Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsProsigue lo restante de la explicación del capítulo 12 del Apocalipsis.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  9    Versos:  106-119


106. Y sucedió en el cielo una gran batalla: Miguel y sus
ángeles peleaban con el dragón y el dragón y sus
ángeles peleaban. Habiendo manifestado el Señor lo que
está dicho a los buenos y malos ángeles, el santo
príncipe Miguel y sus compañeros por el divino permiso
pelearon con el dragón y sus secuaces. Y fue admirable
esta batalla, porque se peleaba con los entendimientos y
voluntades. San Miguel, con el celo que ardía en su
corazón de la honra del Altísimo y armado con su divino
poder y con su propia humildad, resistió a la desvanecida
soberbia del dragón, diciendo: Digno es el Altísimo de
honor, alabanza y reverencia, de ser amado, temido y
obedecido de toda criatura; y es poderoso para obrar
todo lo que su voluntad quisiere; y nada puede querer
que no sea muy justo el que es increado y sin
dependencia de otro ser, y nos dio de gracia el que
tenemos, criándonos y formándonos de nada; y puede
criar otras criaturas cuando y como fuere su beneplácito.
Y razón es que nosotros, postrados y rendidos ante su
acatamiento, adoremos a Su Majestad y real grandeza.
Venid, pues, ángeles, seguidme, y adorémosle y
alabemos sus admirables y ocultos juicios, sus
perfectísimas y santísimas obras. Es Dios Altísimo y
superior a toda criatura, y no lo fuera si pudiéramos
alcanzar y comprender sus grandes obras. Infinito es en
sabiduría y bondad y rico en sus tesoros y beneficios; y,
como Señor de todo y que de nadie necesita, puede
comunicarlos a quien más servido fuere y no puede errar
en su elección. Puede amar y darse a quien amare, y
amar a quien quisiere, y levantar, criar y enriquecer a
quien fuere su gusto; y en todo será sabio, santo y
poderoso. Adorémosle con hacimiento de gracias por la
maravillosa obra que ha determinado de la Encarnación y
favores de su pueblo, y de su reparación si cayere. Y a
este Supuesto de dos naturalezas, divina y humana,
adorémosle y reverenciémosle y recibámosle por nuestra
cabeza; y confesemos que es digno de toda gloria,
alabanza y magnificencia, y como autor de la gracia y de
la gloria le demos virtud y divinidad.
107. Con estas armas peleaban San Miguel y sus ángeles
y combatían como con fuertes rayos al dragón y a los
suyos, que también peleaban con blasfemias; pero a la
vista del santo Príncipe, y no pudiendo resistir, se
deshacía en furor y por su tormento quisiera huir, pero la
voluntad divina ordenó que no sólo fuese castigado, sino
también fuese vencido, y a su pesar conociese la verdad
y poder de Dios; aunque blasfemando, decía: Injusto es
Dios en levantar a la humana naturaleza sobre la
angélica. Yo soy el más excelente y hermoso ángel y se
me debe el triunfo; yo he de poner mi trono (Is., 14, 13)
sobre las estrellas y seré semejante al Altísimo y no me
sujetaré a ninguno de inferior naturaleza, ni consentiré
que nadie me preceda ni sea mayor que yo.Lo mismo
repetían los apostatas secuaces de Lucifer; pero San
Miguel le replicó: ¿Quién hay que se pueda igualar y
comparar con el Señor que habita en los cielos? Enmudece,
enemigo, en tus formidables blasfemias y, pues la
iniquidad te ha poseído, apártate de nosotros, oh infeliz,
y camina con tu ciega ignorancia y maldad a la
tenebrosa noche y caos de las penas infernales; y
nosotros, oh espíritus del Señor, adoremos y reverenciemos
a esta dichosa mujer, que ha de dar carne humana al
eterno Verbo, y reconozcámosla por nuestra Reina y
Señora.
108. Era aquella gran señal de la Reina escudo en esta
pelea para los buenos ángeles y arma ofensiva para
contra los malos; porque a su vista las razones y pelea de
Lucifer no tenían fuerza y se turbaba y como enmudecía,
no pudiendo tolerar los misterios y sacramentos que en
aquella señal eran representados. Y como por la divina
virtud había aparecido aquella misteriosa señal, quiso
también Su Majestad que apareciese la otra figura o
señal del dragón rojo y que en ella fuese
ignominiosamente lanzado del cielo con espanto y terror
de sus iguales y con admiración de los Ángeles Santos;
que todo esto causó aquella nueva demostración del
poder y justicia de Dios.
109. Dificultoso es reducir a palabras lo que pasó en
esta memorable batalla, por haber tanta distancia de las
breves razones materiales a la naturaleza y operaciones
de tales y tantos espíritus Angélicos. Pero los malos no
prevalecieron, porque la injusticia, mentira e ignorancia
y malicia no pueden prevalecer contra la equidad,
verdad, luz y bondad; ni estas virtudes pueden ser
vencidas de los vicios; y por esto dice que desde entonces
no se halló lugar suyo en el cielo. Con los pecados que
cometieron estos desagradecidos ángeles, se hicieron
indignos de la eterna vista y compañía del Señor y su
memoria se borró en su mente, donde antes de caer
estaban como escritos por los dones de gracia que les
había dado; y, como fueron privados del derecho que
tenían a los lugares que les estaban prevenidos si
obedecieran, se traspasó este derecho a los hombres y
para ellos se dedicaron, quedando tan borrados los
vestigios de los ángeles apostatas que no se hallarán
jamás en el cielo. ¡Oh infeliz maldad, y nunca harto
encarecida infelicidad, digna de tan espantoso y
formidable castigo! Añade y dice:
110. Y fue arrojado aquel gran dragón, antigua serpiente
que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el
orbe, y fue arrojado en la tierra y sus ángeles fueron
enviados con él. Arrojó del cielo el Santo Príncipe Miguel
a Lucifer, convertido en dragón, con aquella invencible
palabra: ¿Quién como Dios? que fue tan eficaz, que pudo
derribar aquel soberbio gigante y todos sus ejércitos y
lanzarle con formidable ignominia en lo inferior de la
tierra, comenzando con su infelicidad y castigo a tener
nuevos nombres de dragón, serpiente, diablo y Satanás,
los cuales le puso el Santo Arcángel en la batalla, y todos
testifican su iniquidad y malicia. Y privado por ella de la
felicidad y honor que desmerecía, fue también privado de
los nombres y títulos honrosos y adquirió los que declaran
su ignominia; y el intento de maldad que propuso y
mandó a sus confederados, de que engañasen y
pervirtiesen a todos los que en el mundo viviesen,
manifiesta su iniquidad. Pero el que en su pensamiento
hería a las gentes, fue traído a los infiernos, como dice
Isaías, capítulo 14 (Is., 14, 15), a lo profundo del lago, y su
cadáver entregado a la carcoma y gusano de su mala
conciencia; y se cumplió en Lucifer todo lo que dice en
aquel lugar el Profeta.
111. Quedando despojado el cielo de los malos ángeles
y corrida la cortina de la divinidad a los buenos y
obedientes, triunfantes y gloriosos éstos y castigados a
un mismo tiempo los rebeldes, prosigue el evangelista
que oyó una grande voz en el cielo, que decía: Ahora ha
sido hecha la salud y la virtud y el reino de nuestro Dios y
la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el
acusador de nuestros hermanos, que en la presencia de
nuestro Dios los acusaba de día y de noche. Esta voz que
oyó el evangelista fue de la persona del Verbo, y la
percibieron y entendieron todos los Ángeles Santos, y sus
ecos llegaron hasta el infierno, donde hizo temblar y despavorir
a los demonios; aunque no todos sus misterios
entendieron, mas de solo aquello que el Altísimo quiso
manifestarles para su pena y castigo. Y fue voz del Hijo
en nombre de la humanidad que había de tomar,
pidiendo al eterno Padre fuese hecha la salud, virtud y
reino de Su Majestad y la potestad de Cristo; porque ya
había sido arrojado el acusador de sus hermanos del
mismo Cristo Señor nuestro, que eran los hombres. Y fue
como una petición ante el trono de la Santísima Trinidad
de que fuese hecha la salud y virtud, y los misterios de la
Encarnación y Redención fuesen confirmados y ejecutados
contra la envidia y furor de Lucifer, que había
bajado del cielo airado contra la humana naturaleza de
quien el Verbo se había de vestir; y por esto, con sumo
amor y compasión los llamó hermanos. Y dice que Lucifer
los acusaba de día y de noche, porque, en presencia del
Padre Eterno y toda la Santísima Trinidad, los acusó en el
día que gozaba de la gracia, despreciándonos desde
entonces con su soberbia, y después, en la noche de sus
tinieblas y de nuestra caída, nos acusa mucho más, sin
haber de cesar jamás de esta acusación y persecución
mientras el mundo durare. Y llamó virtud, potestad y
reino a las obras y misterios de la Encarnación y Muerte
de Cristo, porque todo se obró con ella y se manifestó su
virtud y potencia contra Lucifer.
112. Esta fue la primera vez que el Verbo en nombre de
la humanidad intercedió por los hombres ante el trono de
la Divinidad; y, a nuestro modo de entender, el Padre
eterno confirió esta petición con las personas de la
Santísima Trinidad y, manifestando a los Santos Ángeles
en parte el decreto del Divino Consistorio sobre estos
sacramentos, les dijo: Lucifer ha levantado las banderas
de la soberbia y pecado y con toda iniquidad y furor
perseguirá al linaje humano y con astucia pervertirá a
muchos, valiéndose de ellos mismos para destruirlos, y
con la ceguedad de los pecados y vicios en diversos
tiempos prevaricarán con peligrosa ignorancia; pero la
soberbia, mentira y todo pecado y vicio dista infinito de
nuestro ser y voluntad. Levantemos, pues, el triunfo de la
virtud y santidad y humánese para esto la Segunda
Persona pasible, y acredite y enseñe la humildad,
obediencia y todas las virtudes y haga la salud para los
mortales; y siendo verdadero Dios, se humille y sea hecho
el menor, sea hombre justo y ejemplar y maestro de toda
santidad, muera por la salud de sus hermanos; sea la
virtud sola admitida en nuestro Tribunal y la que siempre
triunfe de los vicios. Levantemos a los humildes y
humillemos a los soberbios; hagamos que los trabajos y
el padecerlos sea glorioso en nuestro beneplácito.
Determinemos asistir a los afligidos y atribulados; y que
sean corregidos y afligidos nuestros amigos, y por estos
medios alcancen nuestra gracia y amistad y que ellos
también, según su posibilidad, hagan la salud, obrando la
virtud. Sean bienaventurados los que lloran, sean
dichosos los pobres y los que padecieron por la justicia y
por su cabeza, Cristo, y sean ensalzados los pequeños,
engrandecidos los mansos de corazón; sean amados,
como nuestros hijos, los pacíficos; sean nuestros
carísimos los que perdonaren y sufrieren las injurias y
amaren a sus enemigos (Mt., 5, 3-10). Señalémosles a
todos copiosos frutos de bendiciones de nuestra gracia y
premios de inmortal gloria en el cielo. Nuestro Unigénito
obrará esta doctrina y los que le siguieren serán nuestros
escogidos, regalados, refrigerados y premiados y sus
buenas obras serán engendradas en nuestro
pensamiento, como causa primera de la virtud. Demos
permiso a que los malos opriman a los buenos y sean
parte en su corona, cuando para sí mismos están
mereciendo castigo. Haya escándalo para el bueno y sea
desdichado el que le causare (Mt., 18, 7) y
bienaventurado el que lo padece. Los hinchados y
soberbios aflijan y blasfemen de los humildes, y los
grandes y poderosos a los pequeños y opriman a los
abatidos, y éstos, en lugar de maldición, den bendiciones
(1 Cor., 4, 12); y mientras fueren viandantes, sean
reprobados de los hombres, y después sean colocados
con los espíritus y ángeles nuestros hijos y gocen de los
asientos y premios que los infelices y mal aventurados
han perdido. Sean los pertinaces y soberbios condenados
a eterna muerte, donde conocerán su insipiente proceder
y protervia.
113. Y para que todos tengan verdadero ejemplar y
superabundante gracia, si de ella se quisieren
aprovechar, descienda nuestro Hijo pasible y Reparador
y redima a los hombres a quienes Lucifer derribará de
su dichoso estado y levántelos con sus infinitos
merecimientos. Sea hecha la salud ahora en nuestra
voluntad y determinación de que haya redentor y
maestro que merezca y enseñe, naciendo y viviendo
pobre, muriendo despreciado y condenado por los
hombres a muerte torpísima y afrentosa; sea juzgado por
pecador y reo y satisfaga a nuestra justicia por la ofensa
del pecado; y por sus méritos previstos usemos de
nuestra misericordia y piedad. Y entiendan todos que el
humilde, el pacífico, el que obrare la virtud, sufriere y
perdonare, éste seguirá a nuestro Cristo y será nuestro
hijo; y que ninguno podrá entrar por voluntad libre en
nuestro reino, si primero no se niega a sí mismo y,
llevando su cruz, sigue a su cabeza y maestro (Mt., 16,
24). Y éste será nuestro Reino, compuesto de los
perfectos y que legítimamente hubieren trabajado y
peleado perseverando hasta el fin. Estos tendrán parte
en la potestad de nuestro Cristo, que ahora es hecha y
determinada, porque ha sido arrojado el acusador de sus
hermanos, y es hecho su triunfo, para que, lavándolos y
purificándolos con su sangre, sea para Él la exaltación y
gloria; porque sólo Él será digno de abrir el libro de la ley
de gracia (Ap., 7, 9) y será camino, luz, verdad y vida (Jn.,
14, 6) para que los hombres vengan a mí y Él solo abrirá
las puertas del cielo; sea mediador (1 Tim., 2, 5) y abogado
(1 Jn., 2, 1) de los mortales y en Él tendrán padre,
hermano y protector, pues tienen perseguidor y acusador.
Y los ángeles, que, como nuestros hijos, también obraron
la salud y virtud y defendieron la potestad de mi Cristo,
sean coronados y honrados por todas las eternidades de
eternidades en nuestra presencia.
114. Esta voz, que contiene los Misterios escondidos
desde la constitución del mundo (Mt., 13, 35),
manifestados por la doctrina y vida de Jesucristo, salió
del Trono, y decía y contiene más de lo que yo puedo
explicar. Y con ella, se les intimaron a los Santos Ángeles
las comisiones que habían de ejercer; a San Miguel y san
Gabriel, para que fuesen Embajadores del Verbo
humanado y de María su Madre Santísima y fueran
Ministros para todos los sacramentos de la Encarnación y
Redención; y otros muchos Ángeles fueron destinados con
estos dos Príncipes para el mismo ministerio, como
adelante diré (Cf., infra n. 202-207). A otros ángeles
destinó y mandó el Todopoderoso acompañasen,
asistiesen a las almas y las inspirasen y enseñasen la
santidad y virtudes contrarías a los vicios a que Lucifer
había propuesto inducirlas y que las defendiesen y
guardasen y las llevasen en sus manos (Sal., 90, 12), para
que a los justos no ofendiesen las piedras, que son las
marañas y engaños que armarían contra ellos sus
enemigos.
115. Otras cosas fueron decretadas en esta ocasión o
tiempo que el Evangelista dice fue hecha la potestad,
salud, virtud y reino de Cristo; pero lo que se obró
misteriosamente fue que los predestinados fueron
señalados y puestos en cierto número y escritos en la
memoria de la mente divina por los merecimientos
previstos de Jesucristo nuestro Señor. ¡Oh misterio y
secreto inexplicable de lo que pasó en el pecho de Dios!
¡Oh dichosa suerte para los escogidos! ¡Qué punto de
tanto peso! ¡qué Sacramento tan digno de la Omnipotencia
Divina! ¡qué triunfo de la potestad de Cristo!
¡Dichosos infinitas veces los miembros que fueron
señalados y unidos a tal Cabezal ¡Oh Iglesia grande,
pueblo grave y Congregación Santa, digna de tal
Prelado y Maestro! En la consideración de tan alto
Sacramento (Misterio) se anega todo el juicio de las
criaturas y mi entender se suspende y enmudece mi
lengua.
116. En este Consistorio de las tres Divinas Personas, le
fue dado y como entregado al Unigénito del Padre aquel
libro misterioso del Apocalipsis; y entonces fue
compuesto y firmado y cerrado con los siete sellos (Ap.,
5, 1ss) que el Evangelista dice, hasta que tomó carne
humana y le abrió, soltando por su orden los sellos, con
los misterios que desde su nacimiento, vida y muerte fue
obrando hasta el fin de todos. Y lo que contenía el libro
era todo lo que decretó la santísima Trinidad después de
la caída de los ángeles y pertenece a la Encarnación del
Verbo y a la Ley de Gracia; los Diez Mandamientos, los
Siete Sacramentos y todos los Artículos de la Fe, y lo que
en ellos se contiene, y el orden de toda la Iglesia
Militante, dándole potestad al Verbo para que
humanado, como Sumo Sacerdote y Santo, comunicase el
poder y dones necesarios a los Apóstoles y a los demás
Sacerdotes y Ministros de esta Iglesia.
117. Este fue el misterioso principio de la Ley
Evangélica. Y en aquel Trono y Consistorio secretísimo se
instituyó y se escribió en la Mente Divina que aquellos
serían escritos en el libro de la vida que guardasen esta
Ley. De aquí tuvo principio y del Padre Eterno son
sucesores o vicarios los Pontífices y Prelados. De Su
Alteza tienen principio los mansos, los pobres, los
humildes y todos los justos. Este fue y es su nobilísimo
origen, por donde se ha de decir que quien obedece a
los Superiores obedece a Dios, y quien los desprecia a
Dios menosprecia (Lc., 10, 16). Todo esto fue decretado
en la Divina Mente y sus ideas, y se le dio a Cristo Señor
nuestro la potestad de abrir a su tiempo este libro, que
estuvo hasta entonces cerrado y sellado. Y en el ínterin,
dio el Altísimo su testamento y testimonios de sus
palabras Divinas en la ley natural y escrita, con obras
misteriosas, manifestando parte de sus secretos a los
Patriarcas y Profetas.
118. Y por estos testimonios y sangre del Cordero,
dice: Que le vencieron los justos; porque, si bien la
Sangre de Cristo Redentor nuestro fue suficiente y
superabundante para que todos los mortales venciesen al
dragón y su acusador, y los testimonios y palabras
verdaderísimas de sus Profetas son de grande virtud y
fuerza para la salud eterna, pero con la voluntad libre
cooperan los justos a la eficacia de la Pasión y Redención
y de las Escrituras y consiguen su fruto venciéndose a sí
mismos y al demonio, cooperando a la Gracia. Y no sólo
le vencerán en lo que comúnmente Dios manda y pide,
pero con su Virtud y Gracia añadirán el dar sus almas y
ponerlas hasta la muerte por el mismo Señor (Ap., 6, 9) y
por sus testimonios y por alcanzar la Corona y triunfo de
Jesucristo, como lo han hecho los Mártires en testimonio
de la fe y por su defensa.
119. Por todos estos Misterios añade el Texto y dice:
Alegraos Cielos, y los que vivís en ellos. Alegraos, porque
habéis de ser morada eterna de los justos y del Justo de
los justos, Jesucristo, y de su Madre Santísima. Alegraos
Cielos, porque de las criaturas materiales e inanimadas a
ninguna le ha caído mayor suerte, pues vosotros seréis
Casa de Dios, que permanecerá eternos siglos, y en ella
recibiréis para Reina vuestra a la criatura más pura y
santa que hizo el poderoso brazo del Altísimo. Por esto os
alegrad, cielos, y los que vivís en ellos, Ángeles y justos,
que habéis de ser compañeros y Ministros de este Hijo
del Padre Eterno y de su Madre y partes de este Cuerpo
Místico, cuya Cabeza es el mismo Cristo. Alegraos, Ángeles
Santos, porque, administrándolos y sirviéndolos
con vuestra defensa y custodia, granjearéis premios de
gozo accidental. Alégrese singularmente San Miguel,
Príncipe de la Milicia Celestial, porque defendió en
batalla la gloria del Altísimo y de sus misterios venerables
y será Ministro de la Encarnación del Verbo y
testigo singular de sus efectos hasta el fin; y alégrense
con él todos sus aliados y defensores del Nombre de
Jesucristo y de su Madre, y que en estos ministerios no
perderán el gozo de la gloria esencial que ya poseen; y
por tan Divinos Sacramentos se regocijan los cielos.
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 Mística Ciudad de Dios, Virgen María - Prosigue lo restante de la explicación del capítulo 12 del Apocalipsis.