Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
Index

  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsPreviene el Señor a María santísima para entrar en la batalla con Lucifer y comienza el dragón a perseguirla.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  27    Versos:  335-358


335. El Verbo eterno, que humanado en el vientre de
María Virgen la tenía ya por Madre y conocía los
consejos de Lucifer, no sólo con la sabiduría increada en
cuanto Dios, pero también con la ciencia criada en
cuanto hombre, estaba atento a la defensa de su
tabernáculo, más estimable que todo el resto de las otras
criaturas. Y para vestir de nueva fortaleza a la invencible
Señora contra la osadía loca de aquel alevoso dragón y
sus cuadrillas, se movió la humanidad santísima y estuvo
como en pie en el tabernáculo virginal, como en forma de
quien se opone y ocurre a la batalla, indignado contra
los príncipes de las tinieblas. En esta postura hizo
oración al Padre eterno, pidiéndole renovase sus favores
y gracias con su misma Madre, para que fortalecida de
nuevo quebrantase la cabeza de la serpiente antigua,
para que humillado y oprimido por una mujer quedasen
frustrados sus intentos y debilitadas sus fuerzas, y la
Reina de las alturas saliese victoriosa y triunfando del
infierno, con gloria y alabanza del mismo ser de Dios y de
la Madre y Virgen.
336. Como lo pidió Cristo Señor nuestro, así lo concedió
y decretó la beatísima Trinidad. Y luego por un modo
inefable se le manifestó a la Virgen Madre su Hijo
santísimo que tenía en su vientre, y en esta visión se le
comunicó una abundantísima plenitud de bienes, gracias
y dones indecibles, y con nueva sabiduría conoció
altísimos misterios y muy ocultos, que yo no puedo
declarar. Especialmente entendió que Lucifer tenía
fabricadas grandes máquinas y soberbios pensamientos
contra la gloria del mismo Señor, y que la arrogancia de
este enemigo se extendía a beberse las aguas puras del
Jordán (Job 40, 18). Y dándole el Altísimo estas noticias,
la dijo Su Majestad: Esposa y paloma mía, el sediento
furor del dragón infernal es tan insaciable contra mi
santo nombre y contra los que le adoran, que sin
excepción de nadie a todos pretende derribar y borrar mi
nombre de la tierra de los vivientes con osadía y
presunción formidable. Yo quiero, amada mía, que tú
vuelvas por mi causa y defiendas mi honor santo,
peleando en mi nombre con este cruel enemigo; que yo
estaré contigo en la batalla, pues estoy en tu virginal
vientre. Y antes de salir al mundo, quiero que con mi
virtud divina los destruyas y confundas, porque están
persuadidos que se acerca la redención de los hombres y
desean, primero que llegue, destruir a todos y ganar las
almas del mundo sin reservar alguna. De tu fidelidad y
amor fío esta victoria. Tú pelearás en mi nombre y yo en ti
con este dragón y serpiente antigua.
337. Este aviso del Señor, y la noticia de tan ocultos
sacramentos, hicieron en el corazón de la divina Madre
tales efectos, que no hallo palabras con que manifestar lo
que conozco. Y sabiendo que era voluntad de su Hijo
santísimo que la celosísima Reina defendiera la honra del
Altísimo, se inflamó tanto en su divino amor y se vistió de
fortaleza tan invencible, que si cada uno de los demonios
fuera un infierno entero con el furor y malicia de todos,
fueran unas flacas hormigas y muy débiles para oponerse
a la virtud incomparable de nuestra capitana; a todos los
aniquilara y venciera con la menor de sus virtudes y celo
de la gloria y honra del Señor. Ordenó este divino
protector y amparador nuestro dar a su Madre santísima
este glorioso triunfo del infierno, para que no se
levantase más la soberbia arrogante de sus enemigos,
cuando se apresuraban tanto a perder el mundo antes
que llegase su remedio, y para que los mortales nos
hallásemos obligados no sólo a tan inestimable amor de
su Hijo santísimo, pero también a nuestra divina
reparadora y defensora, que saliendo a la batalla le
detuvo, le venció, le oprimió, para que no estuviese más
incapaz y como imposibilitado el linaje humano de recibir
a su Redentor.
338. ¡Oh hijos de los hombres de corazón tardo y
pesado! ¿Cómo no atendemos a tan admirables
beneficios? ¿Quién es el hombre (Sal 8, 5) que así le
estimas y favoreces, Rey altísimo? ¿A tu misma Madre
Reina y Señora nuestra ofreces a la batalla y al trabajo
por nuestra defensa? ¿Quién oyó jamás ejemplo
semejante? ¿Quién pudo hallar tal fuerza e ingenio de
amor? ¿Dónde tenemos el juicio? ¿Quién nos ha privado
del buen uso de la razón? ¿Qué dureza es la nuestra?
¿Quién tan fea ingratitud nos ha introducido? ¿Cómo no
se confunden los hombres que tanto aman la honra y se
desvelan en ella, cometiendo tal vileza y tan infame
ingratitud, como olvidarse de esta obligación? El
agradecerla y pagarla con la misma vida, fuera nobleza y
honra verdadera de los mortales hijos de Adán.
339. A este conflicto y batalla contra Lucifer se ofreció
la obediente Madre, por la honra de su Hijo santísimo y
su Dios y nuestro. Respondió a lo que la mandaba, y dijo:
Altísimo Señor y bien mío, de cuya bondad infinita he
recibido el ser y gracia y la luz que confieso; vuestra soy
toda, y Vos, Señor, sois por vuestra dignación Hijo mío;
haced de vuestra sierva lo que fuere de mayor gloria y
agrado vuestro; que si vos, Señor, estáis en mí y yo en
vos, ¿quién será poderoso contra la virtud de vuestra
voluntad? Yo seré instrumento de vuestro brazo
invencible; dadme vuestra fortaleza, y venid conmigo, y
vamos contra el infierno y a la batalla con el dragón y
todos sus aliados.—Mientras la divina Reina hacía esta
oración, salió Lucifer de sus conciliábulos tan arrogante y
soberbio contra ella, que a todas las demás almas, de
cuya perdición está sediento, las reputaba por cosa de
muy poco aprecio. Y si este furor infernal se pudiera
conocer como él era, entendiéramos bien lo que dijo de
él Dios al Santo Job (Job 41, 18), que estimaba y reputaba
el acero como pajuelas y el bronce como madero
carcomido. Tal como ésta era la ira de este dragón
contra María santísima; y no es menor ahora, respectivamente,
contra las almas, que a la más santa, invicta y
fuerte la desestima su arrogancia como una hojarasca
seca. ¿Qué hará de los pecadores, que como cañas
vacías y podridas no le resisten? Sola la fe viva y la
humildad del corazón son armas dobles con que le
vencen y rinden gloriosamente.
340. Para dar principio a la batalla, traía consigo
Lucifer las siete legiones con sus principales cabezas,
que señaló en su caída del cielo (Ap 12, 3), para que
tentasen a los hombres en los siete pecados capitales. Y
a cada uno de estos siete escuadrones encargó la
demanda contra la Princesa inculpable, para que en ella
y contra ella estrenasen sus mayores bríos. Estaba la
invencible Señora en oración y, permitiéndolo entonces el
Señor, entró la primera legión para tentarla de soberbia,
que era el especial ministerio de estos enemigos. Y para
disponer las pasiones o inclinaciones naturales,
alterando los humores del cuerpo —que es el modo
común de tentar a otras almas— procuraron acercarse a
la divina Señora, juzgando que era como las demás
criaturas de pasiones desordenadas por la culpa; pero no
pudieron acercarse a ella tanto como deseaban, porque
sentían una invencible virtud y fragancia de su santidad,
que los atormentaba más que el mismo fuego que
padecían. Y con ser esto así, y que el semblante sólo de
María santísima les penetraba con sumo dolor, con todo
era tan furiosa y desmedida la rabia que concebían, que
posponían este tormento, porfiando y forcejando para
llegarse más, deseando ofenderla y alterarla.
341. Era grande el número de los demonios, y María
santísima una sola y pura mujer, pero sola ella era tan
formidable y terrible (Cant 6, 3) contra ellos como muchos
ejércitos bien ordenados. Presentábansele cuanto podían
estos enemigos con iniquísimas fabulaciones (Sal 118,
85), pero la soberana Princesa, enseñándonos a vencer,
no se movió, ni alteró, ni mudó el semblante ni el color; no
hizo caso de ellos, ni los atendía más que si fueran
débilísimas hormigas; despreciólos con invicto y
magnánimo corazón; porque esta guerra, como se hace
con las virtudes, no ha de ser con extremos, estrépito ni
ruido, sino con serenidad, con sosiego, paz interior y
modestia exterior. Tampoco pudieron alterarla las
pasiones ni apetitos, porque esto no caía debajo de la
jurisdicción del demonio en nuestra Reina, que estaba
toda subordinada a la razón, y ésta a Dios, y no había
tocado en la armonía de sus potencias el golpe de la
primera culpa ni las había desconcertado, como en los
demás hijos de Adán. Y por esto las flechas de estos
enemigos eran, como dijo David (Sal 63, 8), de párvulos y
sus máquinas eran como tiros sin munición, y sólo contra
sí mismos eran fuertes, porque les redundaba su flaqueza
en vivo tormento. Y aunque ellos ignoraban la inocencia y
justicia original de María santísima, y por eso no
alcanzaban tampoco que no la podían ofender las
comunes tentaciones, pero en la grandeza de su
semblante y constancia conjeturaban su mismo desprecio
y que la ofendían muy poco. Y no sólo era poco, pero
nada; porque, como dijo el evangelista en el Apocalipsis
(Ap 12, 16), y en la primera parte advertí (Cf. supra p. I n.
129-130), la tierra ayudó a la mujer vestida del sol,
cuando el dragón arrojó contra ella las impetuosas aguas
de tentaciones; porque el cuerpo terreno de esta Señora
no estaba viciado en sus potencias y pasiones, como los
demás que tocó la culpa.
342. Tomaron estos demonios figuras corpóreas,
terribles y espantosas, y añadiendo crueles aullidos y
tremendas voces y bramidos, fingían grandes ruidos,
amenazas y movimientos de la tierra y de la casa, que
amenazaba ruina, y otros desatinos semejantes, para
turbar, espantar o mover a la Princesa del mundo; que
sólo con esto, o retraerla de la oración, se tuvieran por
victoriosos. Pero el invencible y dilatado corazón de
María santísima ni se turbó, ni alteró, ni hizo mudanza
alguna. Y se ha de advertir aquí que para entrar en esta
batalla dejó el Señor a su Madre santísima en el estado
común de la fe y virtudes que ella tenía y suspendió el
influjo de otros favores y regalos que continuamente
solía recibir fuera de estas ocasiones. Ordenó el Altísimo
esto, porque el triunfo de su Madre fuese más glorioso y
excelente, a más de otras razones que tiene Dios en este
modo de proceder con las almas; que sus juicios, en cómo
se avienen con ellas, son inescrutables (Rom 11, 33) y
ocultos. Algunas veces solía pronunciar la gran Señora, y
decir: ¿Quién como Dios que vive en las alturas y mira a
los humildes en el cielo y en la tierra (Sal 112, 5-6)?— Y
con estas palabras arruinaba aquellas bisarmas que se le
ponían delante.
343. Mudaron estos lobos hambrientos su piel y tomaron
la de oveja, dejando las figuras espantosas y
transformándose en Ángeles de luz muy
resplandecientes, hermosos. Y llegándose a la divina Señora,
la dijeron: Venciste, venciste, fuerte eres, y venimos
a asistirte y premiar tu invencible valor.—Y con estas
lisonjas fabulosas la rodearon, ofreciéndola su favor,
pero la prudentísima Señora recogió todos sus sentidos y,
levantándose sobre sí por medio de las virtudes infusas,
adoró al Señor en espíritu y en verdad y, despreciando
los lazos de aquellas lenguas inicuas y fabulosas
mentiras (Eclo 51, 3), habló a su Hijo santísimo y le dijo:
Señor y mi Dueño, fortaleza mía, luz verdadera de la luz,
sólo en vuestro amparo está toda mi confianza y la
exaltación de vuestro santo nombre. A todos los que lo
contradicen, anatematizo, aborrezco y detesto.—
Perseveraban los obradores de la maldad en proponer
insanias falsas a la Maestra de la ciencia y en ofrecer
alabanzas fingidas sobre las estrellas a la que se
humillaba más que las ínfimas criaturas; y dijéronla que
la querían señalar entre las mujeres y hacerla un
exquisito favor, que era elegirla en nombre del Señor por
Madre del Mesías y que fuese su santidad sobre los
patriarcas y profetas.
344. El autor de esta maraña fue el mismo Lucifer, cuya
malicia se descubre en ella para que otras almas la
conozcan; pero para la Reina del cielo era ridícula,
ofrecerle lo que ella era, y ellos eran los engañados y
alucinados no sólo en ofrecer lo que ni sabían ni podían
dar, sino en ignorar los sacramentos del Rey del cielo que
se encerraban en la dichosísima mujer que ellos
perseguían. Con todo esto fue grande la iniquidad del
dragón, porque sabía él que no podía cumplir lo que
prometía, pero quiso rastrear si acaso nuestra divina
Señora lo era, o si daba algún indicio de saberlo. No
ignoró la prudencia de María santísima esta duplicidad
de Lucifer, y despreciándola estuvo con admirable
severidad y entereza. Y lo que hizo entre las adulaciones
falsas fue continuar la oración y adorar al Señor
postrándose en la tierra y confesándole se humillaba a sí
misma y se reputaba por la más despreciable de las
criaturas y que el mismo polvo que pisaba; y con esta
oración y humildad degolló la soberbia presuntuosa de
Lucifer todo el tiempo que le duró esta tentación. Y en lo
demás que en ella sucedió, la sagacidad de los
demonios, su crueldad y fabulaciones mentirosas que
intentaron, no me ha parecido referirlo todo, ni
alargarme a lo que se me ha manifestado, porque basta
lo dicho para nuestra enseñanza y no todo se puede fiar
de la ignorancia de las criaturas terrenas y frágiles.
345. Desmayados y vencidos estos enemigos de la
primera legión, llegaron los de la segunda, para tentar
de avaricia a la más pobre del mundo. Ofreciéronla
grandes riquezas, plata, oro y joyas muy preciosas: y
porque no pareciesen promesas en el aire, le pusieron
delante muchas cosas de todo esto, aunque aparentes,
pareciéndoles que el sentido tiene gran fuerza para
incitar a la voluntad a lo presente deleitable. Añadieron
a este engaño otros muchos de razones dolosas, y la
dijeron que Dios la enviaba todo aquello para que lo
distribuyese a los pobres. Y como nada de esto
admitiese, mudaron el ingenio y la dijeron que era injusta
cosa estar ella tan pobre, pues era tan santa, y que más
razón había para que fuese Señora de aquellas riquezas
que otros pecadores y malos; que lo contrario fuera
injusticia y desorden de la providencia del Señor, tener
pobres a los justos y ricos, y prósperos a los malos y
enemigos.
346. En vano se arroja la red —dice el Sabio (Prov 1,
17)— ante los ojos de las ligeras aves. En todas las
tentaciones contra nuestra soberana Princesa era esto
verdad; pero en esta de la avaricia era más desatinada
la malicia de la serpiente, pues tendía la red en cosas
tan terrenas y viles contra la fénix de la pobreza, que tan
lejos de la tierra había levantado su vuelo sobre los
mismos serafines. Nunca la prudentísima Señora, aunque
estaba llena de sabiduría divina, se puso a razones con
estos enemigos: como tampoco debe nadie hacerlo, pues
ellos pugnan con la verdad manifiesta y no se darán por
convencidos de ella aunque la conozcan. Y por esto se
valió María santísima de algunas palabras de la
Escritura, pronunciándolas con severa humildad, y dijo
aquella del Salmo 118 (Sal 118, 111): Haereditate
acquisivi testimonia tua in aeternum. Yo elegí por
heredad y riquezas guardar los testimonios y ley de ti,
Señor mío. Y añadió otras, alabando y bendiciendo al
Altísimo con hacimiento de gracias, porque a ella la
había criado y conservado, sustentándola sin merecerlo.
Y con este modo tan lleno de sabiduría venció y confundió
la segunda tentación, quedando atormentados y
confusos los obreros de la maldad.
347. Llegó la tercera legión con el inmundo príncipe que
tienen en la flaqueza de la carne; y en ésta forcejaron
más, porque hallaron más imposibilidad para ejecutar
cosa alguna de las que deseaban; y así consiguieron
menos, si menos puede haber en unas que en otras.
Intentaron introducirle algunas sugestiones y
representaciones feas y fabricar otras monstruosidades
indecibles. Pero todo se quedó en el aire, porque la
purísima Virgen, cuando reconoció la condición de este
vicio, se recogió toda al interior y dejó suspendido todo el
uso de sus sentidos sin operación ninguna, y así no pudo
tocar en ellos sugestión de cosa alguna, ni entrar especie
a su pensamiento, porque nada llegó a sus potencias. Y
con la voluntad fervorosa renovó muchas veces el voto de
castidad en la presencia interior del Señor, y mereció
más en esta ocasión que todas las vírgenes que han sido
y serán en el mundo. Y el Todopoderoso le dio en esta
materia tal virtud, que no despide el fuego encerrado en
el bronce la munición que está delante con tal fuerza y
presteza, como eran arrojados los enemigos cuando
intentaban tocar a la pureza de María santísima con
alguna tentación.
348. La cuarta legión y tentación fue contra la
mansedumbre y paciencia, procurando mover la ira de la
mansísima paloma. Y esta tentación fue más molesta,
porque los enemigos trasegaron toda la casa, rompieron
y destrozaron todo cuanto había en ella, en ocasiones y
con tal modo que más pudieran irritar a la mansísima Señora;
y todo este daño repararon luego sus Santos
Ángeles. Vencidos en esto los demonios, tomaron figuras
de algunas mujeres conocidas de la serenísima Princesa
y fueron a ella con mayor indignación y furor que si lo
fueran verdaderas, y la dijeron exorbitantes contumelias,
atreviéndose a amenazarla y quitarle de su casa algunas
cosas de las más necesarias. Pero todas estas
maquinaciones eran frívolas para quien los conocía como
María santísima, que no hicieron ademán, ni acción
alguna que no la penetrase, aunque se abstraía
totalmente de ellas, sin moverse ni alterarse, sino con
majestad de Reina lo despreciaba todo. Temieron los
malignos espíritus que eran conocidos, y por eso
despreciados, y tomaron otro instrumento de una mujer
verdadera, de condición acomodada para su intento. A
ésta la movieron contra la Princesa del cielo con una
arte diabólica, porque tomó un demonio la forma de otra
su amiga y la dijo que María la de José la había
deshonrado en su ausencia, hablando de ella muchos
desaciertos que fingió el demonio nuestro enemigo.
349. Esta engañada mujer, que por otra parte tenía muy
ligera la ira, se fue toda muy enfurecida a nuestra
mansísima cordera María santísima y la dijo en su rostro
execrables injurias y vituperios. Pero dejándola poco a
poco derramar el enojo concebido, la habló Su Alteza con
palabras tan humildes y dulces, que la trocó toda y le
puso blando el corazón. Y cuando estuvo más en sí, la
consoló y sosegó, amonestándola se guardase del
demonio, y dándola alguna limosna, porque era pobre, la
despidió en paz; con que se desvaneció este enredo,
como otros muchos de esta condición que fabricó el
padre de la mentira Lucifer, no sólo para irritar a la
mansísima Señora, sino también para de camino
desacreditarla. Pero el Altísimo previno la defensa de la
honra de su Madre santísima por medio de su misma
perfección, humildad y prudencia, de tal suerte que
jamás pudo el demonio desacreditarla en cosa alguna;
porque ella obraba y procedía con todos tan mansa y
sabiamente, que la multitud de máquinas que fraguaba
el dragón se destruían sin tener efecto. La igualdad y
mansedumbre, que en este género de tentaciones tuvo la
soberana Señora, fue de admiración para los Ángeles, y
aun los mismos demonios se admiraban, aunque
diferentemente, de ver tal modo de obrar en una criatura
humana y mujer, porque jamás habían conocido otra
semejante.
350. Entró la quinta legión con la tentación de gula; y
aunque la antigua serpiente no le dijo a nuestra Reina
que hiciera de las piedras pan, como después a su Hijo
santísimo (Mt 4, 3), porque no le había visto hacer
milagros tan grandes por habérsele ocultado, pero
tentóla como a la primera mujer con golosina; y
pusiéronla delante grandes regalos que con la
apariencia convidasen y despertasen el apetito, y
procuraron alterarla los humores naturales, para que
sintiese alguna hambre bastarda; y con otras sugestiones
se cansaron en incitarla, para que atendiese a lo que la
ofrecían. Pero todas estas diligencias fueron vanas y sin
efecto alguno, porque de todos estos objetos tan
materiales y terrenos estaba el corazón alto de nuestra
Princesa y Señora tan lejos como el cielo de la tierra. Y
tampoco empleó sus sentidos en atender a la golosina,
que ni la percibió casi; porque en todo iba deshaciendo
lo que había hecho nuestra madre Eva, que, incauta y sin
atención al peligro, puso la vista en la hermosura del
árbol de la ciencia y en su dulce fruto y luego alargó la
mano y comió, dando principio a nuestro daño. No lo hizo
así María santísima, que cerró y abstrajo sus sentidos,
aunque no tenía el peligro que Eva; pero ella quedó
vencida para nuestra perdición, y la gran Reina victoriosa
para nuestro rescate y remedio.
351. Muy desmayada llegó la sexta tentación de la
envidia, viendo el despecho de los antecedentes
enemigos; porque si bien ellos no conocían toda la
perfección con que obraba la Madre de la santidad,
pero sentían su invencible fuerza, y la conocían tan inmóvil,
que se desahuciaban de poderla reducir a ninguno de
sus depravados intentos. Con todo eso, el implacable
odio del dragón y su nunca reconocida soberbia no se
rendían, antes añadieron nuevos ingenios para provocar
a la amantísima del Señor y de los prójimos a que
envidiase en otros lo que ella misma poseía, y lo que
aborrecía como inútil y peligroso. Hiciéronla una relación
muy larga de muchos bienes de gracias naturales que
otras tenían, y la decían que a ella no se las había dado
Dios. Y por si los dones sobrenaturales le fueran más
eficaz motivo de la emulación, la referían grandes
favores y beneficios que la diestra del Todopoderoso
había comunicado a otros y a ella no. Pero estas
mentirosas fabulaciones ¿cómo podían embarazar a la
misma que era Madre de todas las gracias y dones del
cielo? Y porque en todas las criaturas que la podían
representar habían recibido los beneficios del Señor,
eran todos menos que ser Madre del Autor de la gracia; y
por la que le había Su Majestad comunicado, y el fuego
de caridad que ardía en su pecho, deseaba con vivas
ansias que la diestra del Altísimo los enriqueciese y los
favoreciese liberalmente. Pues ¿cómo había de hallar
lugar la envidia donde abundaba la caridad? Pero no
desistían los crueles enemigos. Representaron luego a la
divina Reina la felicidad aparente de otros que con
riquezas y bienes de fortuna se juzgaban por dichosos en
esta vida y triunfaban en el mundo, y movieron a diversas
personas para que fuesen a María santísima, y le dijesen
al mismo tiempo el consuelo que tenían en hallarse ricas
y bien afortunadas; como si esta engañosa felicidad de
los mortales no estuviera reprobada tantas veces en las
divinas Escrituras, y era ciencia y doctrina que la Reina
del cielo y su Hijo santísimo venían a enseñar con
ejemplo al mundo.
352. A estas personas que llegaban a nuestra divina
Maestra, las encaminaba a usar bien de los dones y
riquezas temporales y dar gracias por ellos a su Hacedor,
y ella misma lo hacía, supliendo el defecto de la
ingratitud ordinaria de los hombres. Y aunque la humildísima
Señora se juzgaba por no digna del menor de
los beneficios del Altísimo, pero en hecho de verdad su
dignidad y santidad eminentísima protestaban en ella lo
que en su nombre dijeron los profetas: Conmigo están las
riquezas y la gloria, los tesoros y la justicia. Mi fruto es
mejor que la plata, oro y que las piedras muy preciosas
(Prov 8, 18-19). En mí está toda la gracia del camino y de
la verdad, y toda la esperanza de la vida y de la virtud
(Eclo 24, 25). Y con esta excelencia y superioridad vencía
a sus enemigos, dejándolos como atónitos y confusos de
ver que donde estrenaban todas sus fuerzas y astucia
conseguían menos y se hallaban más arruinados.
353. Perseveró con todo esto su porfía hasta llegar con
la séptima tentación de pereza; pretendiendo
introducirla en María santísima con despertarle algunos
achaques corporales y lasitud o cansancio y tristeza, que
es un arte poco conocida, con que este pecado de la
pereza hace grandes suertes en muchas almas y las
impide su aprovechamiento en la virtud. Añadieron a esto
más sugestiones, de que estando cansada dilatase
algunos ejercicios para cuando estuviese más bien
dispuesta; que no es menor astucia cuando nos engaña a
los demás, y no la percibimos ni conocemos lo que es
menester. Sobre toda esta malicia procuraron impedir
a la santísima Señora en algunos ejercicios por medio de
criaturas humanas, solicitando quien la fuese a estorbar
en tiempos intempestivos, para retardarla en alguna de
sus acciones y ocupaciones santas, que a sus horas y
tiempos tenía destinadas. Pero todas estas
maquinaciones conocía la prudentísima y diligentísima
Princesa, y las desvanecía con su sabiduría y solicitud, sin
que jamás el enemigo consiguiese el impedirla en cosa
alguna para que en todo no obrase con plenitud de
perfección. Quedaron estos enemigos como
desesperados y debilitados, y Lucifer furioso contra ellos
y contra sí mismo. Pero renovando su rabiosa soberbia,
determinaron acometer juntos, como diré en el capítulo
siguiente.
Doctrina que me dio la Reina María santísima.
354. Hija mía, aunque has resumido en breve
compendio la prolija batalla de mis tentaciones, quiero
que de lo escrito, y de lo demás que en Dios has
conocido, saques las reglas y doctrina de resistir y vencer
al infierno. Y para esto el mejor modo de pelear es
despreciar al demonio, considerándole enemigo del
altísimo Dios, sin temor santo y sin esperanza de algún
bien, desahuciado del remedio en su desdicha pertinaz y
sin arrepentimiento de su maldad. Y con esta verdad
infalible te debes mostrar contra él superior,
magnánima e inmutable, tratándole como a despreciador
de la honra y culto de su Dios. Y sabiendo que defiendes
tan justa causa, no te debes acobardar, antes con todo
esfuerzo y valentía le has de resistir y contradecir en todo
cuanto intentare, como si estuvieses al lado del mismo
Señor por cuyo nombre peleas; pues no hay duda que Su
Majestad asiste a quien legítimamente pelea. Tú estás en
lugar y estado de esperanza y ordenada para gloria
eterna, si trabajas con fidelidad por tu Dios y Señor.
355. Considera, pues, que los demonios aborrecen con
implacable odio lo que tú amas y deseas, que son la
honra de Dios y tu felicidad eterna, y te quieren privar a
ti de lo que ellos no pueden restaurar. Y al demonio le
tiene Dios reprobado, y a ti ofrece su gracia, virtud y
fortaleza para vencer a su enemigo y tuyo y conseguir tu
dichoso fin del eterno descanso, si trabajares fielmente y
observares los mandamientos del Señor. Y aunque la
arrogancia del dragón es grande (Is 16, 6), pero su
flaqueza es mayor, y no supone más que un átomo
débilísimo en presencia de la virtud divina. Pero como su
astucia ingeniosa y su malicia excede tanto a los
mortales, no le conviene al alma llegar a razones ni
pláticas con él, ahora sea visible o invisiblemente, porque
de su entendimiento tenebroso, como de un horno de
fuego, salen tinieblas y confusión que oscurecen el juicio
de los mortales; y si les escuchan, le llenan de
fabulaciones y tinieblas, para que ni se conozca la
verdad y hermosura de la virtud, ni la fealdad de sus
engañosos venenosos, y con esto no saben apartar las
almas lo precioso de lo vil (Jer 15, 19), la vida de la
muerte, ni la verdad de la mentira, y así caen en manos
de este impío y cruel dragón.
356. Sea para ti regla inviolable, que en las
tentaciones no atiendas a lo que te proponen, ni
escuches ni discurras sobre ello. Y si pudieres sacudirte y
alejarte de manera que no lo percibas, ni conozcas su
mala condición, esto será lo más seguro; mirándolas de
lejos, porque siempre envía el demonio delante alguna
prevención para introducir su engaño, en especial a las
almas que teme él le resistirán la entrada, si no la facilita
primero. Y así suele comenzar por tristeza, caimiento de
corazón, o con algún movimiento y fuerza que divierta y
distraiga al alma de la atención y afecto del Señor, y
luego llega con el veneno en vaso de oro, para que no
cause tanto horror. Al punto que reconozcas en ti alguno
de estos indicios, pues ya tienes experiencia, obediencia
y doctrina, quiero que con alas de paloma levantes el
vuelo y te alejes hasta llegar al refugio del Altísimo (Sal
54, 7-8) llamándole en tu favor y presentándole los
méritos de mi Hijo santísimo. Y también debes recurrir a
mi protección como a tu Madre y Maestra y a la de tus
Ángeles devotos y a todos los demás del Señor. Cierra
también tus sentidos con presteza y júzgate muerta a
ellos, o como alma de la otra vida a donde no llega la
jurisdicción de la serpiente y exactor tirano. Ocúpate más
entonces en el ejercicio de los actos virtuosos contrarios
a los vicios que te propone, y en especial en la fe y
esperanza y en el amor, que echan fuera la cobardía y
temor (1 Jn 4, 18) con que se enflaquece la voluntad para
resistir.
357. Las razones para vencer a Lucifer has de buscar
sólo en Dios, y no se las des a este enemigo, porque no te
llene de fascinaciones confusas. Juzga por cosa indigna,
a más de ser peligrosa, ponerte con él a razones, ni
atender al enemigo de quien amas y tuyo. Muéstrate
superior y magnánima contra él y ofrécete a la guarda de
todas las virtudes para siempre, y contenta con este
tesoro te retira en él; que la mayor destreza de los hijos
de Dios en esta batalla es huir muy lejos, porque el
demonio es soberbio y siente que le desprecien y desea
que le oigan, confiado en su arrogancia y embustes. Y de
aquí le nace la porfía para que le admitan en alguna
cosa, porque el mentiroso no puede fiar en la fuerza de la
verdad, pues no la dice, y así pone la confianza en ser
molesto y en vestir el engaño con apariencia de bien y de
verdad. Y mientras este ministro de maldad no se halla
despreciado, nunca piensa que le han conocido, y como
importuna mosca vuelve a la parte que reconoce más
próxima a la corrupción.
358. Y no menos advertida has de ser cuando tu
enemigo se valiere contra ti de otras criaturas, como lo
hará por uno de dos caminos: moviéndolas a demasiado
amor, o al contrario a aborrecimiento. Donde conocieres
desordenado afecto en los que te trataren, guarda el
mismo documento que en huir del demonio, pero con esta
diferencia: que a él le aborrezcas y a las demás
criaturas las consideres hechuras del Señor y no les
niegues lo que en Su Majestad y por él les debes. Pero en
retirarte, míralos a todos como a enemigos; pues para lo
que Dios quiere de ti, y en el estado que estás, será
demonio el que a las demás personas quiera inducir a
que te aparten del mismo Señor y de lo que le debes. Si,
por el otro extremo, te persiguieren con aborrecimiento,
corresponde con amor y mansedumbre, rogando por los
que te aborrecen y persiguen (Mt 5, 44), y esto sea con
afecto íntimo del corazón. Y si necesario fuere quebrantar
la ira de alguno con palabras blandas, o
deshacer algún engaño en satisfacción de la verdad,
haráslo, no por tu disculpa, sino por sosegar a tus
hermanos y por su bien y paz interior y exterior; y con
esto te vencerás de una vez a ti misma y a los que te
aborrecieren. Para fundar todo esto es necesario cortar
los vicios capitales por las raíces, arrancarlas del todo,
muriendo a los movimientos del apetito en que se
arraigan estos siete vicios capitales con que tienta el
demonio; que todos los siembra en las pasiones y
apetitos desordenados e inmortificados.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #100                                                 INDICE  Arriba ^^

 

 El Trabajo de Dios
www.theworkofgod.org/Spanish

 Mística Ciudad de Dios, Virgen María - Previene el Señor a María santísima para entrar en la batalla con Lucifer y comienza el dragón a perseguirla.