Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsCómo, habiéndose propagado el linaje humano, crecieron los clamores de los Justos por la venida del Mesías, y también crecieron los pecados, y en esta noche de la antigua ley envió Dios al mundo dos luceros que anunciasen la Ley de Gracia.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  12    Versos:  164-177


164. Dilatóse en gran número la posteridad y linaje de
Adán, multiplicándose los justos y los injustos, los
clamores de los Santos por el Reparador y los delitos de
los pecadores para desmerecer este beneficio. El pueblo
del Altísimo y el triunfo del Verbo, que había de
humanarse, estaban ya en las últimas disposiciones que
la Divina voluntad obraba en ellos para venir el Mesías;
porque el reino del pecado en los hijos de perdición
había dilatado su malicia casi hasta los últimos términos
y había llegado el tiempo oportuno del remedio. Habíase
aumentado la corona y méritos de los Justos; y los
Profetas y Santos Padres con el júbilo de la Divina luz
reconocían que se acercaba la salud y la presencia de su
Redentor y multiplicaban sus clamores, pidiendo a Dios
se cumpliesen las profecías y promesas hechas a su
pueblo; y delante del Trono Real de la Divina
Misericordia representaban la prolija y larga noche
(Sab., 17, 20) que había corrido en las tinieblas del
pecado, desde la creación del primer hombre, y la
ceguera de idolatrías en que estaba ofuscado todo el
resto del linaje humano.
165. Cuando la antigua serpiente había inficionado con
su aliento todo el orbe y, al parecer, gozaba de la
pacífica posesión de los mortales; y cuando ellos,
desatinando de la luz de la misma razón natural (Rom., 1,
20-22) y de la que por la antigua ley escrita pudieran
tener, en lugar de buscar la Divinidad verdadera, fingían
muchas falsas y cada cual formaba dios a su gusto, sin
advertir que la confusión de tantos dioses, aun para
perfección, orden y quietud, era repugnante; cuando con
estos errores se habían ya naturalizado la malicia, la
ignorancia y el olvido del verdadero Dios y se ignoraba la
mortal dolencia y letargo que en el mundo se padecía,
sin abrir la boca los míseros dolientes para pedir el
remedio; cuando reinaba la soberbia y el número de los
necios era sin número (Ecl., 1, 15) y la arrogancia de
Lucifer intentaba beberse las aguas puras del Jordán (Job
40, 18); cuando con estas injurias estaba Dios más
ofendido y menos obligado de los hombres y el atributo
de su justicia tenía tan justificada su causa para aniquilar
todo lo criado convirtiéndolo a su antiguo no ser.
166. En esta ocasión a nuestro entender convirtió el
Altísimo su atención al atributo de su misericordia e
inclinó el peso de su incomprensible equidad con la ley
de la clemencia; y se quiso dar por más obligado de su
misma bondad y de los clamores y servicios de los Justos
y Profetas de su pueblo, que desobligarse de la maldad y
ofensas de todo el resto de los pecadores; y en aquella
noche tan pesada de la ley antigua determinó dar
prendas ciertas del día de la gracia, enviando al mundo
dos luceros clarísimos que anunciasen la claridad ya
vecina del sol de justicia Cristo, nuestra salud. Estos
fueron San Joaquín y Ana, prevenidos y criados por la divina
Voluntad para que fuesen hechos a medida de su
corazón. San Joaquín tenía casa, familia y deudos en
Nazaret, pueblo de Galilea, y fue siempre varón justo y
santo, ilustrado con especial gracia y luz de lo alto. Tenía
inteligencia de muchos misterios de las Escrituras y
profetas antiguos y con oración continua y fervorosa
pedía a Dios el cumplimiento de sus promesas, y su fe y
caridad penetraban los Cielos. Era varón humildísimo y
puro, de costumbres santas y suma sinceridad, pero de
gran peso y severidad y de incomparable compostura y
honestidad.
167. La felicísima Santa Ana tenía su casa en Belén, y
era doncella castísima, humilde y hermosa y, desde su
niñez, santa, compuesta y llena de virtudes. Tuvo también
grandes y continuas ilustraciones del Altísimo y siempre
ocupaba su interior con altísima contemplación, siendo
juntamente muy oficiosa y trabajadora, con que llegó a la
plenitud de la perfección de las vidas activa y contemplativa.
Tenía noticia infusa de las Escrituras
divinas y profunda inteligencia de sus escondidos
misterios y sacramentos; y en las virtudes infusas, fe,
esperanza y caridad, fue incomparable. Con estos dones
prevenida oraba continuamente por la venida del Mesías,
y sus ruegos fueron tan aceptos al Señor para acelerar el
paso, que singularmente le pudo responder había herido
su corazón en uno de sus cabellos (Cant., 4, 9), pues sin
duda alguna en apresurar la venida del Verbo tuvieron
los merecimientos de Santa Ana altísimo lugar entre los
Santos del Viejo Testamento.
168. Hizo también esta mujer fuerte oración fervorosa
para que el Altísimo en el estado del matrimonio la diese
compañía de esposo que la ayudase a la guarda de la
Divina Ley y Testamento Santo y para ser perfecta en la
observancia de sus preceptos. Y al mismo tiempo que
Santa Ana pedía esto al Señor, ordenó su providencia
que San Joaquín hiciese la misma oración, para que
juntas fuesen presentadas estas dos peticiones en el
Tribunal de la Beatísima Trinidad, donde fueron oídas y
despachadas. Y luego por ordenación Divina se dispuso
cómo Joaquín y Ana tomasen estado de matrimonio juntos
y fuesen padres de la que había de ser Madre del
mismo Dios humanado. Y para ejecutar este decreto, fue
enviado el Santo Arcángel Gabriel, que se lo manifestase
a los dos. A Santa Ana se le apareció corporalmente
estando en oración fervorosa pidiendo la venida del
Salvador del mundo y el remedio de los hombres; y vio al
Santo Príncipe con gran hermosura y refulgencia, que a
un mismo tiempo causó en ella alguna turbación y temor
con interior júbilo e iluminación de su espíritu. Postróse la
Santa con profunda humildad para reverenciar al
Embajador del Cielo, pero él la detuvo y confortó, como a
depósito que había de ser del arca del verdadero maná,
María Santísima, Madre del Verbo eterno; porque ya este
Santo Arcángel había conocido este misterio del Señor
cuando fue enviado con esta embajada; aunque entonces
no lo conocieron los demás Ángeles del Cielo, porque a
solo San Gabriel fue hecha esta revelación o iluminación
inmediatamente del Señor. Tampoco manifestó el Ángel a
Santa Ana este gran sacramento por entonces, mas
pidióla atención y la dijo: El Altísimo te dé su bendición,
sierva suya, y sea tu salud. Su Alteza ha oído tus
peticiones y quiere que perseveres en ellas y clames por
la venida del Salvador; y es su voluntad que recibas por
esposo a Joaquín, que es varón de corazón recto y agradable
a los ojos del Señor, y con su compañía podrás
perseverar en la observancia de su Divina Ley y servicio.
Continúa tus oraciones y súplicas y de tu parte no hagas
otra diligencia; que el mismo Señor ordenará el cómo se
ha de ejecutar. Y tú camina por las sendas rectas de la
justicia y tu habitación interior siempre sea en las
alturas; y pide siempre por la venida del Mesías y
alégrate en el Señor que es tu salud.Con esto
desapareció el Ángel, dejándola ilustrada en muchos
Misterios de las Escrituras y confortada y renovada en su
espíritu.
169. A San Joaquín apareció y habló el Arcángel, no
corporalmente como a Santa Ana, pero en sueños
apercibió el varón de Dios que le decía estas razones:
Joaquín, bendito seas de la Divina diestra del Altísimo,
persevera en tus deseos y vive con rectitud y pasos
perfectos. Voluntad del Señor es que recibas por tu
esposa a Ana, que es alma a quien el Todopoderoso ha
dado su bendición. Cuida de ella y estímala como prenda
del Altísimo y dale gracias a Su Majestad porque te la ha
entregado.En virtud de estas Divinas embajadas pidió
luego Joaquín por esposa a la castísima Ana y se efectuó
el casamiento, obedeciendo los dos a la Divina
disposición; pero ninguno manifestó al otro el secreto de
lo que les había sucedido hasta pasados algunos años,
como diré en su lugar (Cf., infra n. 185). Vivieron los dos
Santos Esposos en Nazaret, procediendo y caminando por
las justificaciones del Señor; y con rectitud y sinceridad
dieron el lleno de las virtudes a sus obras y se hicieron
muy agradables y aceptos al Altísimo sin reprensión. De
las rentas y frutos de su hacienda en cada año hacían
tres partes: la primera ofrecían al templo de Jerusalén
para el culto del Señor, la segunda distribuían a los
pobres, y con la tercera sustentaban su vida y familia
decentemente; y Dios les acrecentaba los bienes
temporales, porque los expendían con tanta largueza y
caridad.
170. Vivían asimismo con inviolable paz y conformidad
de ánimos, sin querella y sin rencilla alguna. Y la
humildísima Ana vivía en todo sujeta y rendida a la
voluntad de Joaquín; y el varón de Dios con la emulación
santa de la misma humildad se adelantaba a saber la
voluntad de Santa Ana, confiando en ella su corazón
(Prov., 31, 11), y no quedando frustrado; con que vivieron
en tan perfecta caridad, que en su vida tuvieron
diferencia en que el uno dejase de querer lo mismo que
quería el otro; mas como congregados en el nombre del
Señor (Mt., 18, 20), estaba Su Majestad con su temor
santo en medio de ellos. Y el Santo Joaquín cumplió y
obedeció el mandamiento del Ángel de que estimase a su
esposa y tuviese cuidado de ella.
171. Previno el Señor con bendiciones de dulzura (Sal.,
20, 4) a la Santa Matrona Ana, comunicándola altísimos
dones de gracia y ciencia infusa, que la dispusiesen para
la buena dicha que la aguardaba de ser madre de la que
lo había de ser del mismo Señor; y como las obras del
Altísimo son perfectas y consumadas, fue consiguiente
que la hiciese digna madre de la criatura más pura y que
en santidad había de ser inferior a solo Dios y superior a
todo lo criado.
172. Pasaron estos santos casados veinte años sin
sucesión de hijos; cosa que en aquella edad y pueblo se
tenía por más infelicidad y desgracia, a cuya causa
padecieron entre sus vecinos y conocidos muchos
oprobios y desprecios; que los que no tenían hijos se
reputaban como excluidos de tener parte en la venida
del Mesías que esperaban. Pero el Altísimo, que por
medio de esta humillación los quiso afligir y disponer
para la gracia que les prevenía, les dio tolerancia y
conformidad para que sembrasen con lágrimas (Sal., 125,
5) y oraciones el dichoso fruto que después habían de
coger. Hicieron grandes peticiones de lo profundo de su
corazón, teniendo para esto especial mandato de lo alto,
y ofrecieron al Señor con voto expreso que, si les daba
hijos, consagrarían a su servicio en el templo el fruto que
recibiesen de bendición.
173. Y el hacer este ofrecimiento fue por especial
impulso del Espíritu Santo, que ordenaba cómo antes de
tener ser la que había de ser morada de su unigénito
Hijo, fuese ofrecida y como entregada por sus padres al
mismo Señor. Porque si antes de conocerla y tratarla no
se obligaran con voto particular de ofrecerla al templo,
viéndola después tan dulce y agradable criatura no lo
pudieran hacer con tanta prontitud por el vehemente
amor que la tendrían. Y a nuestro modo de entender
con este ofrecimiento no sólo satisfacía el Señor a los
celos que ya tenía de que su Madre Santísima estuviese
por cuenta de otros, pero se entretenía su amor en la
dilación de criarla.
174. Habiendo perseverado un año entero después que
el Señor se lo mandó en estas fervientes peticiones,
sucedió que San Joaquín fue por Divina inspiración y
mandato al templo de Jerusalén, a ofrecer oraciones y
sacrificios por la venida del Mesías y por el fruto que
deseaba; y llegando con otros de su pueblo a ofrecer los
comunes dones, y ofrendas en presencia del Sumo
Sacerdote, otro inferior, que se llamaba Isacar, reprendió
ásperamente al venerable viejo Joaquín porque llegaba
a ofrecer con los demás, siendo infecundo; y entre otras
razones le dijo: Tú, Joaquín, ¿por qué llegas a ofrecer
siendo hombre inútil? Desvíate de los demás y vete, no
enojes a Dios con tus ofrendas y sacrificios, que no son
gratos a sus ojos.El Santo varón, avergonzado y
confuso, con humilde y amoroso afecto, se convirtió al
Señor y le dijo: Altísimo Dios Eterno, con vuestro mandato
y voluntad vine al templo; el que está en vuestro lugar me
desprecia; mis pecados son los que merecen esta
ignominia; pues la recibo por vuestro querer, no
despreciéis la hechura de vuestras manos (Sal., 137, 8)
Fuese Joaquín del templo contristado, pero pacífico y
sosegado, a una casa de campo o granja que tenía y allí
en soledad de algunos días clamó al Señor e hizo
oración:
175. Altísimo Dios Eterno, de quien depende todo el ser
y el reparo del linaje humano, postrado en vuestra Real
presencia os suplico se digne vuestra infinita bondad de
mirar la aflicción de mi alma y oír mis peticiones y las de
vuestra sierva Ana. A vuestros ojos son manifiestos todos
nuestros deseos (Sal., 37, 10) y, si yo no merezco ser oído,
no despreciéis a mi humilde esposa. Santo Dios de
Abrahán, Isaac y Jacob, nuestros antiguos Padres, no
escondáis vuestra piedad de nosotros, ni permitáis, pues
sois Padre, que yo sea de los réprobos y desechados en
mis ofrendas como inútil, porque no me dais sucesión.
Acordaos, Señor, de los sacrificios y oblaciones de
vuestros Siervos y Profetas (Dt., 9, 27), mis Padres
antiguos, y tened presentes las obras que en ellos fueron
gratas a vuestros Ojos Divinos; y pues me mandáis, Señor
mío, que con confianza Os pida como a poderoso y rico
en misericordias, concededme lo que por Vos deseo y
pido; pues en pediros hago Vuestra Santa Voluntad y
obediencia, en que me prometéis mi petición: y si mis
culpas detienen vuestras misericordias, apartad de mí lo
que os desagrada e impide. Poderoso sois, Señor Dios de
Israel, y todo lo que fuere vuestra voluntad podéis obrar
sin resistencia (Est., 13, 9). Lleguen a vuestros oídos mis
peticiones, que si soy pobre y pequeño, vos sois infinito e
inclinado a usar de misericordia con los abatidos.
¿Adonde iré de Vos, que sois el Rey de los reyes, el Señor
de los señores y Todopoderoso? A vuestros hijos y siervos
habéis llenado, Señor, de dones y bendiciones en sus
generaciones; a mí me enseñáis a desear y esperar de
Vuestra liberalidad lo que habéis obrado con mis
hermanos. Si fuere vuestro beneplácito conceder mi
petición, el fruto de sucesión que de vuestra mano
recibiere, lo ofreceré y consagraré a vuestro templo
santo, para servicio vuestro. Entregado tengo mi corazón
y mente a Vuestra voluntad y siempre he deseado
apartar mis ojos de la vanidad. Haced de mí lo que fuere
Vuestro agrado y alegrad, Señor, nuestro espíritu con el
cumplimiento de nuestra esperanza. Mirad desde Vuestro
solio al humilde polvo y levantadle, para que os magnifique
y adore y en todo se cumpla vuestra voluntad y no
la mía.
176. Esta petición hizo Joaquín en su retiro; y en el ínterin
el Santo Ángel declaró a Santa Ana cómo sería
agradable oración para su alteza que le pidiese sucesión
de hijos con el santo afecto e intención que los deseaba.
Y habiendo conocido la Santa Matrona ser ésta la Divina
voluntad y también la de su esposo Joaquín, con humilde
rendimiento y confianza en la presencia del Señor, hizo
oración por lo que se le ordenaba y dijo: Dios Altísimo,
Señor mío, Criador y Conservador universal de todas las
cosas, a quien mi alma reverencia y adora como a Dios
verdadero, infinito, santo y eterno; postrada en vuestra
real presencia hablaré, aunque sea polvo y ceniza (Gén.,
18, 27), manifestando mi necesidad y aflicción. Señor,
Dios increado, hacednos dignos de vuestra bendición,
dándonos fruto santo que ofrecer a vuestro servicio en
vuestro templo (1 Sam., 1, 11). Acordaos, Señor mío, que
Ana, sierva vuestra, madre de Samuel, era estéril y con
vuestra liberal misericordia recibió el cumplimiento de
sus deseos. Yo siento en mi corazón una fuerza que me
alienta y anima a pediros hagáis conmigo esta
misericordia. Oíd, pues, dulcísimo Señor y Dueño mío, mi
petición humilde y acordaos de los servicios, ofrendas y
sacrificios de mis antiguos Padres y los favores que obró
en ellos el brazo poderoso de Vuestra omnipotencia. Yo,
Señor, quisiera ofrecer a Vuestros ojos oblación
agradable y aceptable, pero la mayor y la que puedo es
mi alma, mis potencias y sentidos que me disteis y todo el
ser que tengo; y si mirándome desde vuestro Real Solio
me diereis sucesión, desde ahora la consagro y ofrezco
para serviros en el templo. Señor Dios de Israel, si fuere
voluntad y gusto vuestro mirar a esta vil y pobre criatura
y consolar a vuestro siervo Joaquín, concedednos, Señor,
esta petición y en todo se cumpla Vuestra voluntad santa
y eterna.
177. Estas fueron las peticiones que hicieron los santos
Joaquín y Ana; y de la inteligencia que he tenido de ellas
y de la santidad incomparable de estos dichosos padres,
no puedo por mi gran cortedad e insuficiencia decir todo
lo que conozco y siento; ni todo se puede referir, ni es
necesario, pues es bastante para mi intento lo dicho; y
para hacer altos conceptos de estos Santos, se han de
medir y ajustar con el altísimo fin y ministerio para que
fueron escogidos de Dios, que era ser abuelos inmediatos
de Cristo Señor nuestro y padres de su Madre Santísima.
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