Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe los hábitos, de las virtudes con que dotó el Altísimo el alma de María Santísima y las primeras operaciones que con ellas tuvo en el vientre de Santa Ana; y comienza Su Majestad misma a darme la doctrina para su imitación.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  16    Versos:  225-243


225. El impetuoso corriente de su Divinidad encaminó
Dios a letificar esta Mística Ciudad (Sal., 45, 5) del alma
santísima de María, tomando su corrida desde la fuente
de su infinita sabiduría y bondad, con que y donde había
determinado el Altísimo depositar en esta divina Señora
los mayores tesoros de gracias y virtudes que jamás se
vieron y eternamente no se darán a otra alguna criatura.
Y cuando llegó la hora de dárselos en posesión, que fue
al mismo instante que tuvo el ser natural, cumplió el
Omnipotente a su satisfacción y gusto el deseo que
desde su eternidad tenía como suspendido hasta que
llegase el tiempo oportuno de desempeñarse de su
mismo afecto. Hízolo este fidelísimo Señor, derramando
todas las gracias y dones en aquella lma santísima de
María en el instante de su concepción en tan eminente
grado, cual ninguno de los santos ni todos juntos
pudieron alcanzar, ni con la lengua humana se puede
manifestar.
226. Pero aunque fue adornada entonces, como esposa
que descendía del cielo (Ap., 21, 2), con todo género de
hábitos infusos, no fue necesario que luego los
ejercitase todos, mas de sólo aquellos que podía y
convenían al estado que tenía en el vientre de su Madre.
En primer lugar fueron las virtudes teologales, fe,
esperanza y caridad, que tienen por objeto a Dios. Estas
ejercitó luego, conociendo la divinidad por altísimo modo
de la fe, con todas las perfecciones y atributos infinitos
que tiene, con la Trinidad y distinción de las personas; y
no impidió este conocimiento a otro que se le dio del
mismo Dios, como luego diré (Cf. infra n. 488-504).
Ejercitó también la virtud de la esperanza, que mira a
Dios como objeto de la bienaventuranza y último fin,
adonde luego se levantó y encaminó aquella alma santísima
por intensísimos deseos de unirse con Él, sin
haberse convertido a otro, ni estar sólo un instante sin
este movimiento. La tercera, virtud de la caridad, que
mira a Dios como infinito y sumo bien, ejercitó en el
mismo instante con tal intensión y aprecio de la
divinidad, que no podrán llegar todos los Serafines a tan
eminente grado en su mayor fuerza y virtud.
227. Las otras virtudes, que adornan y perfeccionan la
parte racional de la criatura, tuvo en el grado
correspondiente a las teologales; y las virtudes morales y
naturales en grado milagroso y sobrenatural; y mucho
más altamente tuvieron este grado en el orden de la
gracia los dones del Espíritu Santo y frutos. Tuvo ciencia
infusa y hábitos de todas ellas y de las artes naturales,
con que conoció y supo todo lo natural y sobrenatural que
convino a la grandeza de Dios; de suerte que, desde el
primer instante en el vientre de su Madre, fue más sabia,
más prudente, más ilustrada y capaz de Dios y de todas
sus obras, que todas las criaturas, fuera de su Hijo
Santísimo, han sido ni serán eternamente. Y esta
perfección consistió no sólo en los hábitos que le fueron
infusos en tan alto grado, pero en los actos que les
correspondían según su condición y excelencia y según
en aquel instante los pudo ejercer con el poder Divino;
que para esto ni tuvo límite, ni se sujetó a otra ley más de
a su divino y justísimo beneplácito.
228. Y porque de todas estas virtudes y gracias y de sus
operaciones, se dirá mucho en el discurso de esta
Historia de la vida santísima de María, sólo expresaré
aquí algo de lo que obró en el instante de su concepción,
con los hábitos que se le infundieron y luz actual que con
ellos recibió. Con los actos de las virtudes teologales,
como he dicho, y la virtud de la religión y las demás
cardinales que a éstas siguen, conoció a Dios como en sí
es y como a Criador y Glorificador; y con heroicos
actos le reverenció, alabó y dio gracias porque la
había criado, y le amó, temió y adoró, y le hizo sacrificio
de magnificencia, alabanza y gloria por su ser inmutable.
Conoció los dones que recibía, aunque con profunda
humildad y postraciones corporales que luego hizo en el
vientre de su Madre y con aquel cuerpecito tan pequeño.
Y con estos actos mereció más en aquel estado que todos
los santos en el supremo de su perfección y santidad.
229. Sobre los actos de la fe infusa tuvo otra noticia y
conocimiento del Misterio de la Divinidad y Santísima
Trinidad. Y aunque no la vio intuitivamente en aquel
instante de su concepción como bienaventurada, pero
viola abstractivamente con otra luz y vista inferior a la
visión beatífica, pero superior a todos los otros modos con
que Dios se puede manifestar o se manifiesta al
entendimiento criado; porque le fueron dadas unas
especies de la Divinidad tan claras y manifiestas, que en
ellas conoció el ser inmutable de Dios y en Él a todas las
criaturas, con mayor luz y evidencia que ninguna otra
criatura se conoce por otra. Y fueron estas especies como
un espejo clarísimo en que resplandecía toda la
Divinidad y en ella las criaturas; y así las vio y conoció
todas en Dios con esta luz y especies de la Divina
naturaleza, con mayor distinción y claridad que por otras
especies y ciencia infusa las conocía en sí mismas.
230. Y por todos estos modos le fueron luego patentes,
desde el instante de su concepción, todos los hombres y
los ángeles con sus órdenes, dignidad y operaciones y
todas las criaturas irracionales con sus naturalezas y
condiciones. Y conoció la creación, estado y ruina de los
ángeles; la justificación y gloria de los buenos y la caída
y castigo de los malos; el estado primero de Adán y Eva
con su inocencia; el engaño y la culpa y la miseria en que
por ella quedaron los primeros padres, y por ellos todo el
linaje humano; la determinación de la Divina voluntad
para su reparo, y cómo se iba ya acercando y
disponiendo el orden y naturaleza de los cielos, astros y
planetas, la condición y disposición de los elementos; el
purgatorio, limbo e infierno; y cómo todas estas cosas, y
las que dentro de sí encierran, habían sido criadas por el
poder divino y por él mismo eran mantenidas y
conservadas sólo por su bondad infinita, sin tener de
ellas alguna necesidad (2 Mac., 14, 35). Y sobre todo
entendió muy altos sacramentos sobre el misterio que
Dios había de obrar haciéndose hombre para redimir a
todo el linaje humano, habiendo dejado a los malos
ángeles sin este remedio.
231. Por todas estas maravillas que fue conociendo por
su orden aquella alma santísima de María, en el instante
que fue unida con su cuerpo, fue también obrando
heroicos actos de las virtudes con incomparable
admiración, alabanza, gloria, adoración, humillación,
amor de Dios y dolor de los pecados cometidos contra
aquel Sumo Bien que reconocía por autor y fin de tantas
obras admirables. Ofrecióse luego en sacrificio
aceptable para el Altísimo, comenzando desde aquél
punto con fervoroso afecto a bendecirle, amarle y reverenciarle
por lo que conocía le habían faltado de amar y
reconocer así los malos ángeles como los hombres. Y a
los Ángeles Santos, la que ya era Reina suya, les pidió la
ayudasen a glorificar al Criador y Señor de todos y
pidiesen también por ella.
232. Manifestóle también el Señor en aquel instante a
los Ángeles de Guarda que la daba; y los vio y conoció y
les hizo benevolencia y obsequio, y los convido a que
alternativamente con cánticos de loor alabasen al Muy
Alto. Y les previno de que había de ser este oficio el que
habían de ejercitar con ella todo el tiempo de la vida
mortal, que la habían de asistir y guardar. Conoció
asimismo toda su genealogía y todo lo restante del
Pueblo Santo y escogido de Dios, los Patriarcas y
Profetas, y cuan admirable había sido Su Majestad en los
dones, gracias y favores que con ellos había obrado. Y es
digno de toda admiración que, siendo aquel cuerpecito,
en el primer instante que recibió el alma santísima, tan
pequeño que apenas se pudieran percibir sus potencias
exteriores, con todo eso, para que no le faltase alguna
milagrosa excelencia de las que podían engrandecer a la
escogida para Madre de Dios, ordenó su poder y diestra
Divina que con el conocimiento y dolor de la caída del
hombre llorase y derramase lágrimas en el vientre de su
madre, conociendo la gravedad del pecado contra el
sumo bien.
233. Con este milagroso afecto pidió luego, en el
instante de su ser, por el remedio de los hombres y
comenzó el oficio de medianera, abogada y reparadora;
y presentó a Dios los clamores de los Santos Padres y de
los justos de la tierra, para que su misericordia no
dilatase la salud de los mortales, a quienes miraba ya
como hermanos. Y antes de conversar con ellos los
amaba con ardentísima caridad y tan presto como tuvo el
ser natural tuvo el ser su bienhechora, con el amor divino
y fraternal que ardía en su abrasado corazón. Estas
peticiones aceptó el Altísimo con más agrado que todas
las oraciones de los Santos y Ángeles, y le fue
manifestado a la que era criada para Madre; del mismo
Dios, aunque ignorando ella el fin; pero conoció el amor
del mismo Señor y el deseo de bajar del cielo a redimir
los hombres. Y era justo que se diese por más obligado,
para acelerar esta venida, de los ruegos y peticiones de
aquella criatura por quien principalmente venía, y en
quien había de recibir carne de sus mismas entrañas y
obrar en ella la más admirable de todas sus obras y el fin
de todas juntas.
234. Pidió también en el mismo instante de su
concepción por sus padres naturales, Joaquín y Ana, que
antes dé verlos con el cuerpo los vio y conoció en Dios y
luego ejercitó en ellos la virtud del amor, reverencia y
agradecimiento de hija, reconociéndolos por causa
segunda de su ser natural. Hizo también otras muchas
peticiones en general y en: particular por diferentes
causas. Y con la ciencia infusa que tenía compuso luego
cánticos de alabanza en su mente y corazón, por haber
hallado a la puerta, de la vida la dracma preciosa (Lc.,
15, 9) que perdimos todos en nuestro primer principio.
Halló a la gracia que le salió al encuentro (Eclo., 15, 2) y
a la divinidad que la esperaba en los umbrales de la
naturaleza (Sab., 6, 15). Y sus potencias toparon en el
instante de su ser al nobilísimo objeto que las movió y
estrenó, porque se criaban sólo para Él; y habiendo de
ser suyas en todo y por todo, se le debían las primicias de
sus operaciones, que fueron el conocimiento y amor
divino, sin que hubiese en esta Señora ser sin conocer a
Dios, ni conocimiento sin amor, ni amor sin merecimiento.
Ni en esto hubo cosa pequeña, ni medida con las leyes
comunes y reglas generales. Grande fue todo y grande
salió de la mano del Altísimo para caminar, crecer y
llegar hasta ser tan grande que solo Dios fuese mayor.
¡Oh qué hermosos pasos (Cant., 7, 1) fueron los tuyos,
Hija del príncipe, pues con el primero llegaste a la
divinidad! ¡Hermosa eres dos veces (Cant., 4, 1), porque
tu, gracia y hermosura es sobre toda hermosura y gracia!
¡Divinos son tus ojos (Cant., 7, 4) y tus pensamientos son
como la púrpura del Rey, pues llevaste su corazón y
herido (Cant., 4, 9) de estos cabellos le enlazaste y le
trajiste preso de tu amor al gremio de tu virginal vientre y
corazón!
235. Aquí fue donde verdaderamente dormía la esposa
del Rey y su corazón velaba (Cant., 5, 2). Dormían
aquellos corporales sentidos, que apenas tenían su forma
natural, ni habían visto la luz material del sol; y aquel
divino corazón, más incomprensible por la grandeza de
sus dones que por la pequenez de su ser natural, velaba
en el tálamo de su madre con la luz de la Divinidad que
le bañaba y encendía en el fuego de su inmenso amor.
No era conveniente que en esta divina criatura obrasen
primero las potencias inferiores que las superiores del
alma, ni que éstas tuviesen operación inferior ni igual a
otra criatura; porque, si el obrar corresponde al ser de
cada cosa, la que siempre era superior a todas en la
dignidad y excelencia, también había de obrar con
proporcionada superioridad a toda criatura angélica y
humana. Y no sólo no le había de faltar la excelencia de
los espíritus angélicos, que luego usaron de sus potencias
en el punto de su creación, pero esta misma grandeza y
prerrogativa se le debía a la que era criada para su
Reina y Señora, y tanto con mayores ventajas, cuanto
excede el nombre y oficio de Madre de Dios al de siervos
suyos y el de Reina al de vasallos, porque a ninguno de
los ángeles les dijo el Verbo tú eres mi madre, ni alguno
de ellos pudo decirle a él mismo tú eres mi hijo (He., 1, 5);
sólo entre María y el eterno Verbo hubo este comercio y
mutua correspondencia, y por ella se ha de medir e
investigar la grandeza de María, como el Apóstol la de
Cristo.
236. En escribir estos sacramentos del Rey (Tob., 12, 7),
cuando ya es honorífico revelar sus obras, confieso mi
rudeza y limitación de mujer; y me aflijo porque hablo
con términos comunes y vacíos que no llegan a lo que
entiendo en la luz que mi alma tiene de estos misterios.
Necesarias fueran, para no agraviar tanta grandeza,
otras palabras, razones y términos particulares y propios,
pero no los alcanza mi ignorancia; y cuando los hubiera,
también sobrepujaran y oprimieran a la humana
flaqueza. Reconózcase, pues, inferior y desigual para
fijar su vista en este sol divino que con rayos de divinidad
sale al mundo, aunque encubierto de la nube del vientre
materno de Santa Ana. Y si queremos todos que nos den
licencia para acercarnos a la vista de esta maravillosa
visión, lleguemos libres y desnudos: unos de la natural
cobardía, otros del temor y encogimiento, aunque sea
con pretexto de humildad; pero todos con suma
devoción y piedad, lejos del espíritu de contención
(Rom., 13, 13), y nos será permitido ver de cerca, en
medio de la zarza, el fuego de la divinidad sin consumirla
(Ex., 3, 2).
237. He dicho que el alma santísima de María, en el
primer instante de su Purísima Concepción, vio
abstractivamente la Divina esencia, porque no se me ha
dado luz de que viese la gloria esencial; antes entiendo
que este privilegio fue singular de la Santísima alma de
Cristo, como debido y consiguiente a la unión sustancial
de la Divinidad en la Persona del Verbo, para que ni por
sólo un instante dejase de estar con ella unida por las
potencias del alma por suma gracia y gloria. Y como
aquel hombre, Cristo nuestro bien, comenzó a ser
juntamente hombre y Dios, así comenzó a conocer a Dios
y amarle como comprensor; pero el alma de su Madre
Santísima no estaba unida sustancialmente a la divinidad
y así no comenzó a obrar como comprensora, porque
entraba en la vida a ser viadora. Mas en este orden,
como quien era la más inmediata a la unión Hipostática,
tuvo también otra visión proporcionada y la más inmediata
a la visión beatífica, pero inferior a ella, aunque
superior a todas cuantas visiones y revelaciones han
tenido las criaturas de la Divinidad fuera de su clara
visión y fruición. Pero en algún modo y condiciones
excedió la visión de la Divinidad que tuvo en el primer
instante la Madre de Cristo a la visión clara de otros, en
cuanto conoció ella más misterios abstractivamente que
otros con visión intuitiva. Y el no haber visto la Divinidad
cara a cara en aquel punto de la concepción, no impide
que después la viese muchas veces por el discurso de su
vida, como adelante diré.
Doctrina que me dio la Reina del cielo sobre este
capítulo.
238. En el discurso de lo que dejo escrito he dicho
algunas veces cómo la Reina y Madre de Misericordia me
había prometido que, en llegando a escribir las primeras
operaciones de sus potencias y virtudes, me daría
instrucción y doctrina para componer mi vida en el espejo
purísimo de la suya, porque éste era el principal intento
de esta enseñanza. Y como esta gran Señora es
fidelísima en sus palabras, asistiéndome siempre con su
presencia divina al tiempo de declararme estos misterios,
ha comenzado a desempeñarla en este capítulo y
prevenir para hacerlo en lo restante que fuere escribiendo.
Y así guardaré este orden y estilo, que al fin
escribiré lo que me enseñare Su Alteza, como lo ha hecho
ahora, hablándome en esta forma:
239. Hija mía, de escribir los misterios y sacramentos
de mi santísima vida, quiero que para ti misma cojas el
fruto que deseas y que el premio de lo que trabajares sea
la mayor pureza y perfección de tu vida, si con la gracia
del Altísimo te dispones para imitarme, obrando lo que
oyeres. Esta es la voluntad de mi Hijo Santísimo, que
extiendas tus fuerzas a lo que yo te enseñare, atendiendo
con todo el aprecio de tu corazón a mis virtudes y obras.
Óyeme con atención y fe, que yo te hablaré palabras de
vida eterna y te enseñaré lo más santo y perfecto de la
vida cristiana y lo más aceptable a los ojos de Dios; con
que desde luego te comenzarás a disponer mejor para
recibir la luz en que te son patentes los ocultos misterios
de mi vida santísima y la doctrina que deseas. Prosigue
este ejercicio y escribirás lo que para esto te enseñare. Y
ahora advierte.
240. Acto es de justicia debido a Dios eterno, que la
criatura, cuando recibe el uso de la razón, encamine su
primer movimiento al mismo Dios, conociéndole para
amarle, reverenciarle y adorarle como a su Criador y
Señor único y verdadero. Y los padres por natural
obligación deben instruir a sus hijos desde niños en este
conocímiento, enderezándolos con cuidado, para que
luego busquen su último fin y le topen con los primeros
actos de la razón y voluntad. Y debían con grande
desvelo retirarlos de las parvuleces y burlas pueriles a
que la misma naturaleza depravada se inclina, si la dejan
sin otro maestro. Y si los padres y madres se anticipasen
a prevenir estos engaños y torcidas costumbres de sus
hijos y desde su niñez los fuesen informando, dándoles
temprano noticia de su Dios y Criador, después se
hallarían más hábiles para comenzar luego a conocerle y
adorarle. Mi Santa Madre, que ignoraba mi sabiduría y
estado, hizo esto conmigo tan puntual y anticipada, que
llevándome en su vientre adoraba en mi nombre al
Criador, dándole por mí la suma reverencia y gracias
debidas por haberme criado y le suplicaba me guardase,
defendiese y sacase libre del estado que entonces tenía.
Deben asimismo los padres pedir a Dios con fervor que
ordene con su Providencia cómo aquellas almas de los
niños alcancen a recibir el Bautismo y sean libres de la
servidumbre del pecado original.
241. Y si la criatura racional no hubiere reconocido y
adorado al Criador con el primer uso de la razón, debe
hacerlo en el punto que llegue a su noticia aquel ser y
único bien, antes no conocido, por la fe. Y desde este
conocimiento debe trabajar el alma para nunca perderle
de vista y siempre temerle, amarle y reverenciarle. Tú,
hija mía, has debido a Dios esta adoración por el discurso
de tu vida, mas ahora quiero que la ejecutes y mejores,
como yo te lo enseñare. Pon la vista interior de tu alma
en el ser de Dios sin principio ni término y mírale infinito
en atributos y perfecciones y que sólo Él es la
verdadera santidad, el sumo bien, el objeto nobilísimo
de la criatura, el que dio ser a todo lo criado y sin tener
de ello necesidad lo sustenta y gobierna. Es la
consumada hermosura sin mácula ni defecto alguno, el
que en amor es eterno, en palabras verdadero y en las
promesas fidelísimo, y el que dio su misma vida y se
entregó a los tormentos por el bien de sus criaturas sin
habérselo alguna merecido. En este inmenso campo de
bondad y beneficios extiende tu vista y ocupa tus
potencias, sin olvidarle ni desviarle de ti, porque,
habiendo conocido tanto al sumo bien, es fea grosería y
deslealtad olvidarle con aborrecible ingratitud, como lo
sería la tuya si, habiendo recibido superior luz divina
sobre la común y ordinaria de la fe infusa, se
descaminase tu entendimiento y voluntad de la carrera
del amor Divino. Y si alguna vez con flaqueza lo hicieres,
vuelve luego a buscarla con toda presteza y diligencia, y
humillada adora al Altísimo, dándole honor,
magnificencia y alabanza eterna. Y advierte que el hacer
esto incesantemente por ti y por todas las demás
criaturas, lo has de tener por oficio propio tuyo, en que
quiero vivas cuidadosa.
242. Y para ejercitarte con más fuerza, confiere en tu
corazón lo que conoces que yo hice y cómo aquella
primera vista del sumo bien dejó herido mi corazón de
amor, con que me entregué toda a Él para jamás
perderle. Y con todo esto vivía siempre solícita y no
sosegaba, caminando hasta llegar al centro de mis
deseos y afectos; porque, siendo infinito el objeto,
tampoco el amor ha de tener fin ni descansar hasta
poseerle. Tras el conocimiento de Dios y su amor, se ha
de seguir el conocerte a ti misma, pensando y confiriendo
tu poquedad y vileza. Y advierte que estas verdades bien
entendidas, repetidas y ponderadas hacen divinos
efectos en las almas.Oídas estas razones y otras de la
Reina, dije a Su Majestad:
243. Señora mía, cuya soy esclava y a quien de nuevo
para serlo me dedico y me consagro, no sin causa mi
corazón por vuestra maternal dignación solícito deseaba
este día, para conocer la inefable alteza de vuestras
virtudes en el espejo de vuestras divinas operaciones y
oír la dulzura de vuestras saludables palabras. Confieso,
Reina mía, de todo mi corazón, que no tengo obra buena
a quien corresponda este beneficio por premio; y ésta de
escribir vuestra Vida Santísima juzgara por atrevimiento
tan desigual, que si en ello no obedeciera a vuestra
voluntad y de vuestro Hijo Santísimo, no mereciera
perdón. Recibid, Señora mía, este sacrificio de alabanza,
y hablad que vuestra sierva oye (1 Sam., 3,10). Suene,
dulcísima Señora mía, vuestra suavísima voz en mis oídos
(Cant., 2, 14), pues tenéis palabras de vida (Jn., 6, 69).
Continuad, Dueña mía, Vuestra doctrina y luz para que se
dilate mi corazón en este mar inmenso de Vuestras
perfecciones y tenga digna materia de alabar al
Todopoderoso. En mi pecho arde el fuego que Vuestra
piedad ha encendido, para desear lo más santo, más
puro y más acepto de la virtud a Vuestros ojos; pero en la
parte inferior siento la ley repugnante de mis miembros
al espíritu (Rom., 7, 23) que me retarda y embaraza y
temo justamente no me impida el bien que Vos, piadosa
Madre, me ofrecéis. Miradme, pues, Señora mía, como a
hija, enseñadme como a discípula, corregidme como a
sierva y compeledme como a esclava, cuando yo tardare
o resistiere; que no deseo hacerlo de voluntad, pero
reincidiré de flaqueza. Yo levantaré la vista a conocer el
ser de Dios y con su Divina gracia gobernaré mis afectos,
para que se enamoren de sus infinitas perfecciones, y si
le tengo no le dejaré (Cant., 3, 4). Pero vos, Señora y
Madre del conocimiento y del amor hermoso (Eclo., 24,
24), pedid a Vuestro Hijo y mi Señor no me desampare,
por lo que se mostró liberalísimo en favorecer vuestra humildad
(Lc., 1, 48), Reina y Señora de todo lo criado.
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