Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsProsiguiendo el misterio de la concepción de María Santísima, se me dio a entender sobre el capítulo 21 del Apocalipsis; parte primera del capítulo.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  17    Versos:  244-264


244. Encierra tantos y tan ocultos sacramentos el
beneficio de ser María Santísima concebida en gracia,
que, para hacerme más capaz de este maravilloso
misterio, me declaró Su Majestad muchos de los que
encierra el Evangelista San Juan en el capítulo 21 del
Apocalipsis, remitiéndome a la inteligencia que de ellos
se me daba. Y para explicar algo de lo que se me ha
manifestado, dividiré la explicación de aquel capítulo en
tres partes, por excusar algo de la molestia que podría
causar si tan largo capítulo se tomase junto. Y primero
diré la letra según su tenor, que es como sigue: ;
245. Y vi un cielo nuevo y nueva tierra, porque se fue el
cielo primero y la primera tierra y el mar ya no tiene ser.
Y yo Juan vi la Ciudad Santa Jerusalén nueva, que bajaba
de Dios desde el cielo, preparada como esposa adornada
para su esposo. Y oí una gran voz del trono que decía:
Mirad al tabernáculo de Dios con los hombres y habitará
en ellos. Y ellos serán su pueblo y el mismo Dios estará
con ellos y será su Dios; y enjugará Dios toda lágrima de
sus ojos y no quedará muerte, ni llanto, ni clamor, ni
restará ya dolor porque las primeras ya se fueron. Y el
que estaba asentado en el trono dijo: Advierte que todas
las cosas hago nuevas. Y díjome: Escribe, porque estas
palabras son fidelísimas y verdaderas. Y díjome: Ya está
hecho; yo soy Alfa y Omega, principio y fin. Yo daré de
gracia al sediento de la fuente de la vida. El que venciere
poseerá estas cosas y seré para él Dios y él para mí será
hijo, pero a los tímidos, incrédulos, malditos, homicidas,
fornicarios, hechiceros, idólatras y a todos los mentirosos,
su parte les será en el estanque ardiente con fuego y con
azufre, que es la segunda muerte (Ap., 21, 1-8).
246. Esta es la primera de las tres partes de la letra que
explicaré en este capítulo, dividiéndola por sus versos. Y
vi, dice el evangelista, un cielo nuevo y nueva tierra. Con
haber salido María Santísima de las manos del
Omnipotente Dios y puesta ya en el mundo la materia
inmediata de que se había de formar la Humanidad Santísima
del Verbo, que había de morir por el hombre, dice
el Evangelista que vio un cielo nuevo y nueva tierra. No
sin gran propiedad se pudo llamar cielo nuevo aquella
naturaleza y el vientre virgíneo, donde y de donde se
formó; pues en este cielo comenzó a habitar Dios por
nuevo modo (Jer., 31, 22), diferente del que hasta
entonces había tenido en el cielo antiguo y en todas las
criaturas. Pero también se llamó cielo nuevo el de los
Santos, después del misterio de la encarnación, porque
de aquí nació la novedad, que antes no había en él, de
ocuparle los hombres mortales, y la renovación que hizo
en el cielo la gloria de la Humanidad Santísima de Cristo
y también de su Madre Purísima; que fue tanta, después
de la gloria esencial, que bastó para renovar los cielos y
darles nueva hermosura y resplandor. Y aunque estaban
allá los buenos Ángeles, pero esto era ya como cosa
antigua y vieja; y así vino a ser cosa muy nueva que el
Unigénito del Padre con su muerte restituyese a los
hombres el derecho de la gloria, perdido por el pecado, y
mereciéndosela de nuevo los introdujese en el cielo, de
donde estaban ya despedidos e imposibilitados de adquirirle
por sí mismos. Y porque toda esta novedad para el
cielo tuvo principio en María Santísima, cuando la vio el
Evangelista concebida sin el pecado que lo impedía todo,
dijo que había visto un nuevo cielo.
247. Vio también una nueva tierra. Porque la tierra
antigua de Adán era maldita, manchada y rea de la
culpa y condenación eterna; pero la tierra santa y
bendita de María fue nueva tierra sin culpa ni maldición
de Adán; y tan nueva, que desde aquella primera formación
no se había visto ni conocido en el mundo otra
tierra nueva hasta María Santísima; y fue tan nueva y
libre de la maldición de la tierra antigua y vieja, que en
esta bendita tierra se renovó toda la demás restante de
los hijos de Adán, pues por la tierra de María bendita, y
con ella y en ella, quedó bendita, renovada y vivificada la
masa terrena de Adán, que hasta entonces había estado
maldita y envejecida en su maldición, pero toda se
renovó por María Santísima y su inocencia; y como en ella
se dio principio a esta renovación de la humana y terrena
naturaleza, dijo San Juan que en María concebida sin
pecado vio un cielo nuevo, una tierra nueva. Y prosigue:
248. Porque se fue el cielo primero y la primera tierra.
Consiguiente era que viniendo al mundo y apareciéndose
en él la nueva tierra y nuevo cielo de María Santísima y
su Hijo, hombre y Dios verdadero, desapareciese el
antiguo cielo y la tierra envejecida de la humana y
terrena naturaleza con el pecado. Hubo nuevo cielo para
la divinidad en la naturaleza humana, que, preservada y
libre de culpa, daba nueva habitación al mismo Dios en
la unión hipostática en la Persona del Verbo. Y dejó ya de
ser el cielo primero, que Dios había criado en Adán y se
manchó e inhabilitó para que Dios viviese en él. Este
se fue y vino otro cielo nuevo en la venida de María
Santísima. Hubo juntamente nuevo cielo de la gloria para
la naturaleza humana, no porque se moviese ni
desapareciese el empíreo, sino porque faltó en él el estar
sin hombres, como lo había estado por tantos siglos; y en
cuanto a esto, dejó de ser el primer cielo y fue nuevo por
los merecimientos de Cristo nuestro Señor, que ya
comenzaban a resplandecer en la aurora de la gracia,
María Santísima su Madre; y así se fue el primer cielo y
la primera tierra, que hasta entonces había estado sin
remedio. Y el mar dejó de ser, porque el mar de
abominaciones y pecados, que tenía inundado él mundo y
anegada la tierra de nuestra naturaleza, dejó ya de ser
con la venida de María Santísima y de Cristo, pues el mar
de Su Sangre superabundó y sobrepujó al de los pecados
en la suficiencia, en cuya comparación y valor es cierto
que ninguna culpa tiene ser. Y si los mortales quisieran
aprovecharse de aquel mar infinito de la divina
misericordia y mérito de Jesucristo nuestro Señor,
dejaran de ser todos los pecados del mundo, que todos
vino a deshacerlos y desviarlos el Cordero de Dios.
249. Y yo, Juan, vi la Ciudad Santa de Jerusalén nueva,
que descendía de Dios desde el cielo, preparada como la
esposa adornada para su varón. Porque todos estos
sacramentos comenzaban de María Santísima y se
fundaban en ella, dice el Evangelista que la vio en forma
de la Ciudad Santa de Jerusalén, etc., que de la Reina
habló con esta metáfora. Y fuele dado que la viese, para
que más conociera el tesoro que al pie de la cruz se le
había encomendado y fiado (Jn., 19, 27) y con aprecio
digno le guardase. Y aunque ninguna prevención pudiera
equivaler a la falta presencial del Hijo de la Virgen, pero,
entrando San Juan en su lugar, era conveniente que fuese
ilustrado conforme a la dignidad y oficio que recibía,
sustituyendo por el Hijo natural.
250. Por los misterios que Dios obró en la Ciudad Santa
de Jerusalén, era más a propósito para símbolo de la que
era su Madre y el centro y mapa de todas las maravillas
del Omnipotente. Y por esta misma razón lo es también
de las Iglesias Militante y Triunfante, y a todas se
extendió la vista del águila generosa Juan, por la correspondencia
y analogía que entre sí tienen estas
Ciudades de Jerusalén místicas. Pero señaladamente
miró de hito a la Jerusalén suprema María Santísima,
donde están cifradas y recopiladas todas las gracias,
dones, maravillas y excelencias de las Iglesias Militante y
Triunfante; y todo lo que se obró en la Jerusalén de
Palestina, y lo que significa ella y sus moradores, todo
está reducido a María Purísima, Ciudad Santa de Dios,
con mayor admiración y excelencia que en lo restante del
cielo y tierra y de todos sus moradores. Por esto la llama
Jerusalén nueva, porque todos sus dones, grandeza y
virtudes son nuevas y causan nueva maravilla a los
Santos; y nueva, porque fue después de todos los Padres
Antiguos, Patriarcas y Profetas y en ella se cumplieron y
renovaron sus clamores, oráculos y promesas; y nueva,
porque viene sin el contagio de la culpa y desciende de
la gracia por nuevo orden suyo y lejos de la común ley del
pecado; y nueva, porque entra en el mundo triunfando
del demonio y del primer engaño, que es la cosa más
nueva que en él se había visto desde su principio.
251. Y como todo esto era nuevo en la tierra, y no pudo
venir de ella, dice que bajaba del Cielo. Y aunque por el
común orden de la naturaleza desciende de Adán, pero
no viene por el camino real y ordinario de la culpa,
sendereado de todos los predecesores hijos de aquel
primer delincuente. Para sola esta Señora hubo otro
decreto en la Divina predestinación y se abrió nueva
senda por donde viniese con su Hijo Santísimo al mundo,
sin acompañar en el orden de la gracia a otro alguno de
los mortales, ni que alguno de ellos la acompañase a ella
y a Cristo nuestro Señor. Y así bajó nueva desde el Cielo
de la mente y determinación de Dios. Y cuando los
demás hijos de Adán descienden de la tierra, terrenos y
maculados por ella, esta Reina de todo lo criado viene
del cielo, como descendiente sólo de Dios por la
inocencia y gracia; que comúnmente decimos viene
alguno de aquella casa o solar de donde desciende y
desciende de donde recibió el ser que tiene. Y el ser
natural de María Santísima, que recibió por Adán,
apenas se divisa mirándola Madre del Verbo eterno y
como a su lado del eterno Padre, con la gracia y
participación que para esta dignidad recibió de su
divinidad. Y siendo esto en ella el ser principal, viene a
ser como accesorio y menos principal el ser de la
naturaleza que tiene; y así el Evangelista miró a lo
principal, que bajó del cielo, y no a lo accesorio, que vino
de la tierra.
252. Y prosigue diciendo: Que venía preparada como
esposa adornada, etc. Para el día del desposorio se
busca entre los mortales el mayor adorno y aliño que se
puede hallar para componer la esposa terrena, aunque
las joyas ricas se busquen prestadas, porque nada le
falte según su calidad y estado. Pues si confesamos,
como es forzoso confesarlo, que María Purísima de tal
suerte fue Esposa de la Santísima Trinidad, que
juntamente fuese Madre de la Persona del Hijo, y que
para estas dignidades fue adornada y preparada por el
mismo Dios Omnipotente, infinito y rico sin medida y tasa
¿qué adorno, qué preparación, qué joyas serían estas con
que aliñó a su Esposa y a su Madre para que fuese digna
Madre y digna Esposa? ¿Reservaría por ventura alguna
joya en sus tesoros? ¿Negaríale alguna gracia de cuantas
su brazo poderoso le podía enriquecer y aliñar?
¿Dejaríala fea y desaliñada en alguna parte o en algún
instante? ¿O sería escaso y avariento con su Madre y
Esposa el que derrama pródigamente los tesoros de su
Divinidad con las almas, que en su comparación son
menos que siervas y menos que esclavas de su casa?
Todas confiesan con él mismo Señor que es una la
escogida y la perfecta (Cant., 6, 8), a quien las demás
han de reconocer, predicar y magnificar por Inmaculada
y felicísima entre las mujeres y de quien, admiradas con
júbilo y alabanza, preguntan: ¿Quién es ésta que sale
como aurora, hermosa como la luna, escogida como el sol
y terrible como ejércitos bien ordenados (Ib. 9)? Esta es
María Santísima, única Esposa y Madre del Omnipotente,
que bajó al mundo adornada y preparada como Esposa
de la Beatísima Trinidad para su Esposo y para su Hijo. Y
esta venida y entrada fue con tantos dones de la
Divinidad, que su luz la hizo más agradable que la
aurora, más hermosa que la luna y más electa y singular
que el sol, sin haber segunda, más fuerte y poderosa que
todos los ejércitos del Cielo y de los Santos. Bajó
adornada y preparada por Dios, que la dio todo lo que
quiso darla y quiso darla todo lo que pudo y pudo darla
todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a su
Divinidad y lo más lejos del pecado que pudo caber en
pura criatura. Fue entero y perfecto este adorno y no lo
fuera si algo le faltara y le faltara si algún punto
estuviera sin la inocencia y gracia. Y sin esto tampoco
fuera bastante para hacerla tan hermosa, si el adorno y
las joyas de la gracia cayeran sobre un rostro feo, de
naturaleza maculada por culpa, o sobre un vestido
manchado y asqueroso. Siempre tuviera alguna tacha, de
donde por más diligencias no pudiera jamás salir del
todo la señal o sombra de la mancha. Todo esto era
menos decente para María, Madre y esposa de Dios; y,
siéndolo para ella, lo fuera también para él, que la
hubiera adornado y preparado, no con amor de esposo,
ni con cuidado de hijo y, teniéndose en casa la tela más
rica y preciosa, hubiera buscado otra manchada y vieja
para vestir a su Madre y Esposa y a sí mismo.
253. Tiempo es ya de que el entendimiento humano se
desencoja y alargue en la honra de nuestra gran Reina; y
también que el que estuviere opuesto, fundado en otro
sentir, se encoja y detenga en despojarla y quitarla el
adorno de su inmaculada limpieza en el instante de su
Divina concepción. Con la fuerza de la verdad y luz en
que veo estos inefables misterios, confieso una y muchas
veces que todos los privilegios, gracias,
prerrogativas, favores y dones de María Santísima,
entrando en ellos el de ser Madre de Dios, según y como
a mí se me dan a entender, todos dependen y se originan
de haber sido Inmaculada y Llena de Gracia en su
Concepción Purísima; de manera que sin este beneficio
parecieran todos informes y mancos o como un suntuoso
edificio sin fundamento sólido y proporcionado. Todos
miran con cierto orden y encadenamiento a la limpieza e
inocencia de la concepción; y por esto ha sido forzoso
tocar tantas veces en este Misterio, por el discurso de
esta Historia, desde los decretos divinos y formación de
María y de su Hijo Santísimo en cuanto hombre. Y no me
alargo ahora más en esto; pero advierto a todos que la
Reina del Cielo estimó tanto el adorno y hermosura que
la dio su Hijo y Esposo en su Purísima Concepción, que
esta correspondencia será su indignación contra aquellos
que con terquedad y porfía pretendieren desnudarla de
él y afearla, en tiempo que su Hijo Santísimo se ha
dignado de manifestarla al mundo tan adornada y
hermosa, para gloria suya y esperanza de los mortales.
Prosigue el Evangelista:
254. Y oí una gran voz del trono, que decía: Mira al
tabernáculo de Dios con los hombres y habitará con ellos
y ellos serán su pueblo, etcétera. La voz del Altísimo es
grande, fuerte, suave y eficaz para mover y arrebatar a sí
toda la criatura. Tal fue esta voz que oyó San Juan salía
del trono de la Beatísima Trinidad; con que le llevó toda
la atención que se le pedía, diciéndole que atendiese o
mirase al Tabernáculo de Dios; para que atento y
circunspecto conociese perfectamente el misterio que se
le manifestaba, de ver el Tabernáculo de Dios con los
hombres y que viva con ellos y sea su Dios y ellos su
pueblo. Todo este sacramento se encerraba en ver a
María Santísima descender del Cielo en la forma que he
dicho; porque estando este Divino Tabernáculo de Dios
en el mundo, era consiguiente que el mismo Dios
estuviera también con los hombres, pues vivía y estaba
en su tabernáculo sin apartarse de él. Y fue como decirle
al Evangelista: El Rey tiene su casa y corte en el mundo y
claro está que será para ir a ser morador en ella. Y de tal
suerte había de habitar Dios en este tabernáculo, que del
mismo tomase la forma humana, en la cual había de ser
morador en el mundo y habitar con los hombres y ser su
Dios para ellos y ellos pueblo suyo, como herencia de su
Padre y también de su Madre. Del Padre Eterno fuimos
herencia para su Hijo santísimo, no sólo porque en Él y
por Él crió todas las cosas (Jn., 1, 3) y se las dio por
herencia en la eterna generación, pero también porque
como hombre nos redimió en nuestra misma naturaleza y
nos adquirió por su pueblo (Tit., 2, 14) y herencia paternal
y nos hizo hermanos suyos. Y por la misma razón de la
naturaleza humana fuimos y somos herencia y legítima
de su Madre Santísima; porque Ella le dio la forma de la
carne humana con que nos adquirió para sí. Y, siendo Ella
Madre suya e Hija y Esposa de la Beatísima Trinidad, era
Señora de todo lo criado y todo lo había de heredar su
Unigénito; y lo que las humanas leyes conceden, siendo
puesto en razón natural, no había de faltar en las divinas.
255. Salió esta voz del Trono Real por medio de un
Ángel, que con emulación santa me parece diría al
Evangelista: Atiende y mira al Tabernáculo de Dios con
los hombres y vivirá con ellos y serán ellos su pueblo;
será su hermano y tomará su forma por medio de ese
Tabernáculo de María, que miras bajar del Cielo por su
concepción y formación. Pero les podemos responder con
alegre semblante a estos cortesanos del Cielo, que está
muy bien el tabernáculo de Dios con nosotros, pues es
nuestro, y por él lo será Dios; y recibirá vida y sangre que
por nosotros ofrezca y con ella nos adquiera y haga
pueblo suyo y viva con nosotros como en su casa y
morada, pues le recibiremos Sacramentado y nos hará su
tabernáculo; estén contentos estos divinos espíritus y
Príncipes con ser hermanos mayores y menos necesitados
que los hombres. Nosotros somos los pequeñuelos y
enfermos que necesitamos de regalo y favores de nuestro
Padre y Hermano; venga en el Tabernáculo de su Madre y
nuestra, tome forma de carne humana de sus virginales
entrañas, encúbrase la Divinidad y viva con nosotros y
en nosotros; tengámosle tan cerca que sea
nuestro Dios y nosotros su pueblo y su morada. Admírense
y suspensos de tantas maravillas ellos le bendigan, y
gocémosle nosotros los mortales acompañándolos en la
misma alabanza de admiración y amor. Prosigue el texto:
256. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos y no
quedará muerte, ni llanto, ni clamor, ni restará dolor, etc.
Con el fruto de la redención humana, de que se nos
dieron prendas ciertas en la concepción de María
Santísima, se enjugaron las lágrimas que el pecado sacó
a los ojos de los mortales; pues para quien se
aprovechare de las misericordias del Altísimo, de la
Sangre y Méritos de su Hijo, de sus Misterios y
Sacramentos, de los Tesoros de su Iglesia Santa y, para
conseguirlos, de la intercesión de su Madre Santísima,
para ellos no hay muerte, ni dolor, ni llanto, porque la
muerte del pecado y todo lo antiguo que de ella resultó,
dejó ya de ser y se acabó. El verdadero llanto se fue al
profundo con los hijos de perdición, adonde no hay
remedio. El dolor de los trabajos no es llanto, ni dolor
verdadero, sino aparente y que se compadece con la
verdadera y suma alegría; y recibido con igualdad es de
inestimable valor, y como prenda de amor lo eligió para
sí, para su Madre y para sus hermanos el Hijo de Dios.
257. Tampoco habrá clamor, ni voces querellosas,
porque los justos y sabios, con el ejemplo de su Maestro y
de su Madre humildísima, han de aprender a callar, como
la simple ovejuela cuando es llevada a ser víctima y
sacrificio (Is., 53, 7). Y el derecho que tiene la flaca
naturaleza a buscar algún alivio dando voces y
quejándose, le deben renunciar los amigos de Dios
viendo a Su Majestad, que es su cabeza y ejemplar,
abatido hasta la muerte afrentosa de la Cruz para
restaurar los daños de nuestra impaciencia y poca
espera. ¿Cómo se le ha de consentir a nuestra naturaleza
que a la vista de tanto ejemplo se altere y dé voces en
los trabajos? ¿Cómo se ha de permitir que tenga
movimientos desiguales y contrarios a la caridad cuando
Cristo viene a establecer la ley del amor fraternal? Y
vuelve a repetir el Evangelista que no habrá más dolor;
porque si alguno había de quedar en los hombres, era el
dolor de la mala conciencia; y para remedio de esta
dolencia fue tan suave medicina la Encarnación del Verbo
en las entrañas de María Santísima, que ya este dolor es
gustoso y causa de alegría y no merece nombre de dolor,
pues contiene en sí el sumo y verdadero gozo, y con haberle
introducido en el mundo se fueron las cosas
primeras, que fueron los dolores y rigores ineficaces de la
ley antigua, porque todo se templó y acabó con la
abundancia de la Ley Evangélica para dar gracia. Y por
esto añade y dice: Advierte, que todo lo hago nuevo. Esta
voz salió del que estaba asentado en el Trono, porque él
mismo se declaró por artífice de todos los Misterios de la
nueva Ley del Evangelio. Y comenzando esta novedad de
cosa tan peregrina, y no pensada de las criaturas, como
lo fue encarnar el Unigénito del Padre y darle Madre
virgen y purísima, era necesario que si todo era nuevo no
hubiese en su Madre Santísima alguna cosa vieja y
antigua; y claro está que el pecado original era casi tan
antiguo como la naturaleza, y si lo tuviera la Madre del
Verbo Humanado no hubiera hecho todas las cosas
nuevas.
258. Y díjome: Escribe, que estas palabras son
fidelísimas y verdaderas. Y me dijo: Ya está hecho, etc. A
nuestro modo de hablar, mucho siente Dios que se
olviden las grandes obras de amor que hizo por nosotros
en su Encarnación y Redención humana, y para memoria
de tantos beneficios y reparo de nuestra ingratitud
manda que se escriban. Y así debían los mortales escribir
esto en sus corazones y temer la ofensa que contra
Dios cometen con tan grosero y execrable olvido. Y
aunque es verdad que los católicos tienen credulidad y fe
de estos Misterios, pero con el desprecio que muestran
en agradecerlos, y el que suponen en olvidarlos, parece
que tácitamente los niegan, viviendo como si no los
creyesen. Y para que tengan un fiscal de su feísimo
desagradecimiento, dice el Señor: Que estas palabras
son verdaderas y fidelísimas; y siendo así que lo son,
véase la torpeza y sordera de los mortales en no darse
por entendidos de verdades, que, como son fidelísimas,
fueran eficaces para mover el corazón humano y vencer
su rebeldía, si como verdaderas y fidelísimas se fijaran
en la memoria y en ella se revolvieran y pesaran como
ciertas e infalibles, que las obró Dios por cada uno de
nosotros.
259. Pero como los dones de Dios no son con penitencia
(Rom., 9, 29), porque no retracta el bien que hace,
aunque desobligado de los hombres dice que ya está
hecho: como si nos dijera que por nuestra ingratitud no
quiere retroceder en su amor, antes habiendo enviado al
mundo a María Santísima sin culpa original, ya da por
hecho todo lo que pertenece al Misterio de la
Encarnación, pues estando María Purísima en la tierra no
parece que se podía quedar el Verbo Eterno solo en el
Cielo sin bajar a tomar carne humana en sus entrañas. Y
asegúralo más diciendo: Yo soy Alfa y Omega, la primera
y última letra, que como principio y fin encierro la
perfección de todas las obras, porque si les doy principio
es para llevarlas hasta la perfección de su último fin. Y
así lo haré por medio de esta Obra de Cristo y María, que
por ella comencé y acabaré todas las obras de la gracia,
y llevaré a mí y encaminaré a mí todas las criaturas en el
hombre, como a su último paradero y centro donde
descansan.
260. Yo daré al sediento graciosamente de la fuente de
la vida, y el que venciere poseerá estas cosas, etc.
¿Quién se anticipó de todas las criaturas para dar
consejo a Dios (Rom., 11, 34) o alguna dádiva con que
obligarle al retorno? Esto dijo el Apóstol, para que se
entendiese que todo cuanto Dios hace y ha hecho con los
hombres fue de gracia y sin obligación que a ninguno
tuviese. El origen de las fuentes a nadie debe su corriente
de los que van a beber a ellas, de balde y de gracia se
dan a todos los que llegan; y de que todos no participen
su manantial, no es culpa de la fuente, sino de quien no
llega a beber, estando ella convidando con abundancia y
alegría. Y aun porque no llegan ni la buscan, sale ella
misma a buscar quien la reciba y corre sin detenerse, que
tan de gracia y de balde se ofrece a todos (Jn., 7, 37).
¡Oh tibieza reprensible de los mortales! ¡Oh ingratitud
abominable! Si nada nos debe el verdadero Señor y todo
nos lo dio y lo da de gracia, y entre todas sus gracias y
beneficios la mayor gracia fue haberse hecho hombre y
muerto por nosotros, porque en este beneficio se nos dio
todo a sí mismo, corriendo el ímpetu de la Divinidad
hasta topar con nuestra naturaleza y unirse con ella y con
nosotros ¿cómo es posible que estando tan sedientos de
honra, de gloria y deleites, no lleguemos a beberlo todo
en esta fuente (Is., 55 1), que nos lo ofrece de gracia?
Pero ya veo la causa; porque no estamos sedientos de la
verdadera gloria, honra y descanso, anhelamos por la
engañosa y aparente y malogramos las fuentes de la
gracia (Is., 12, 3) que nos abrió Jesucristo, nuestro bien,
con sus merecimientos y muerte. Mas a quien tuviere
sed de la Divinidad y de la gracia, dice el Señor que le
dará de balde de la fuente de la vida. ¡Oh qué gran dolor
y compasión es que, habiéndose descubierto la fuente de
la vida, haya tan pocos sedientos por ella y tantos corran
a las aguas de la muerte! Pero el que venciere en sí
mismo al mundo, al demonio y a su carne propia, éste
poseerá estas cosas. Y dice que las tendrá, porque
dándose las aguas de gracia, pudiera temer si en algún
tiempo se las negarán o revocarán; y para asegurarle,
dice que se las darán en posesión, sin limitarla ni
coartarla.
261. Antes le afianza con otra nueva y mayor
aseguración, diciéndole el Señor: Yo seré Dios para él y
él para mí será hijo; y si Él es Dios para nosotros y
nosotros hijos, claro está que fue hacernos hijos de Dios;
y siendo hijos, era consiguiente ser herederos de sus
bienes (Rom., 8, 17), y siendo herederos aunque toda la
herencia sea de gracia la tenemos segura como los
hijos tienen los bienes de su padre. Y siendo Padre y Dios
juntamente, infinito en atributos y perfecciones ¿quién
podrá decir lo que nos ofrece con hacernos hijos suyos?
Aquí se encierra el amor paternal, la conservación, la
vocación, la vivificación, la justificación, los medios para
alcanzarla y, para fin de todo, la glorificación y estado de
la felicidad, que ni ojos vieron, ni oídos oyeron, ni pudo
venir en corazón humana (1 Cor., 2, 9). Todo esto es para
los que vencieren y fueren hijos esforzados y verdaderos.
262. Pero a los tímidos, execrables, incrédulos,
homicidas y fornicarios, hechiceros, idólatras y todos los
mentirosos, etc. En este formidable padrón se han escrito
por sus manos propias innumerables hijos de perdición,
porque es infinito el número de los necios (Ecl., 1, 15) que
a ciegas han hecho elección de la muerte, cerrando el
camino de la vida; no porque esté oculto a los que tienen
ojos, mas porque los cierran a la luz y se han dejado y
dejan fascinar y oscurecer con los embustes de Satanás,
que a diferentes inclinaciones y gustos de los hombres les
ofrece el veneno disimulado en diversos potajes de vicios
que apetecen. A los tímidos, que son los que ya quieren,
ya no quieren, sin haber gustado el maná de la virtud, ni
entrado en el camino de la vida eterna, se les representa
insípida y terrible, siendo el yugo suave y la carga del
Señor muy ligera (Mt., 11, 30); y engañados con este
temor, se dejan vencer primero de la cobardía que del
trabajo. Otros incrédulos, o no admiten las verdades
reveladas ni les dan crédito, como los herejes, paganos e
infieles, o si las creen, como los católicos, parece que las
oyen de lejos y las creen para otros y no para sí mismos,
y así tienen la fe muerta (Sant., 2, 26) y obran como
incrédulos.
263. Los execrados, que siguiendo cualquier vicio sin
reparo y sin frenó, antes gloriándose de la maldad y
despreciando el cometerlas, se hacen contemptibles a
Dios, execrables y malditos, llegando a estado de
rebeldía y casi imposibilitándose para el bien obrar; y
alejándose del camino de la vida eterna, como si no
fueran criados para ella, se apartan y enajenan de Dios y
de sus bendiciones y beneficios, quedando aborrecibles
al mismo Señor y a los Santos. A los homicidas, que sin
temor ni reverencia de la Divina Justicia usurpan a Dios el
derecho de supremo Señor, para gobernar el universo y
castigar y vengar las injurias; y así merecen ser medidos
y juzgados por la misma medida con que ellos han
querido medir a los otros y juzgarlos (Lc., 6, 38). Los
fornicarios, que por un breve e inmundo deleite cumplido
y aborrecido, pero nunca saciado el desordenado
apetito, posponen la amistad de Dios y desprecian los
eternos deleites, que saciando se apetecen más y
satisfaciendo jamás se acabarán. Los hechiceros, que
creyeron y confiaron en las falsas, promesas del Dragón
disimulado con apariencia de amigo, quedaron
engañados y pervertidos para engañar y pervertir a
otros. Los idólatras, que siguiendo y buscando la
divinidad no la toparon, estando cerca de todos (Act., 17,
27), y se la dieron a quien no la podía tener, porque se la
daban los mismos que los fabricaban; y eran inanimadas
sombras de la verdad, pero todas cisternas disipadas
para contener la grandeza de ser Dios verdadero (Jer., 2,
13). A los mentirosos, que se oponen a la suma verdad,
que es Dios, y por alejarse al extremo contrario se privan
de su rectitud y virtud, fiando más en el fingido engaño
que en el mismo Autor de la verdad y todo el bien.
264. De todos éstos, dice el Evangelista, oyó que la parte
de ellos sería en el estanque de fuego ardiente con
azufre que es la muerte segunda. Nadie podrá redargüir
a la Divina equidad y justicia, pues habiendo justificado
su causa con la grandeza de sus beneficios y
misericordias sin número, bajando del Cielo a vivir y
morir entre los hombres y rescatándolos con su misma
Vida y Sangre, dejando tantas fuentes de gracia que se
nos diesen de balde en su Iglesia Santa, y sobre todas a
la Madre de la misma gracia y fuente de la vida, María
Santísima, por cuyo medio la pudiésemos alcanzar; si de
todos estos beneficios y tesoros no han querido
aprovecharse los mortales y, por seguir con un deleite
momentáneo la herencia de la muerte, dejaron la de la
vida, no es mucho que cojan lo que sembraron y que su
parte y herencia sea el fuego eterno en aquel profundo
formidable de piedra azufre, donde no hay redención ni
esperanza de vida, por haber incurrido en la Muerte
Segunda del Castigo. Y aunque esta muerte por su
eternidad es infinita, pero más fea y abominable fue la
muerte primera del pecado, que voluntariamente se
tomaron los réprobos con sus manos, porque fue muerte
de la gracia, causada por el pecado, que se opone a la
bondad y santidad infinita de Dios, ofendiéndole cuando
debía ser adorado y reverenciado; y la muerte de la pena
es justo castigo de quien merece ser condenado, y se la
aplica el atributo de la rectísima justicia; y en esto es
ensalzado y engrandecido por ella, así como en el
pecado fue despreciado y ofendido. El sea por todos los
siglos temido y adorado. Amén.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #18                                                 INDICE  Arriba ^^

 

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 Mística Ciudad de Dios, Virgen María - Prosiguiendo el misterio de la concepción de María Santísima, se me dio a entender sobre el capítulo 21 del Apocalipsis; parte primera del capítulo.