Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsProsigue el misterio de la Concepción de María Santísima, con la segunda parte del capítulo 21 del Apocalipsis.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  18    Versos:  265-282


265. Prosiguiendo la letra del capítulo 21 del
Apocalipsis, dice de esta manera: Y vino uno de los siete
Ángeles, que tenían siete copas, llenas de siete plagas
novísimas, y habló conmigo, diciendo: Ven, y te mostraré
la esposa, mujer del Cordero. Y levantóme en espíritu a
un grande y alto monte, y mostróme la Ciudad Santa de
Jerusalén, que descendía del Cielo desde Dios y tenía la
claridad de Dios; y su luz era semejante a una piedra
preciosa, como piedra de jaspe, así como cristal. Y tenía
un grande y alto muro con doce puertas, con doce
Ángeles en ellas, y escritos unos nombres, que son de
los doce tribus de los hijos de Israel. Tres puertas al
Oriente, tres puertas al Alquilón, tres puertas al Austro y
tres puertas al Occidente. Y el muro de la ciudad tenía
doce fundamentos y en ellos doce nombres de los doce
Apóstoles del Cordero. Y el que hablaba conmigo, tenía
una medida de caña de oro, para medir la ciudad, sus
puertas y su muro. Y la ciudad estaba puesta en cuadro, y
su longitud es tanta cuanta es su latitud; y midió la
ciudad con la caña por doce mil estadios, y la longitud,
latitud y altura son iguales. Y midió su muro ciento y
cuarenta y cuatro codos con medida de hombre, que es
de ángel. Y la fábrica de su muralla era de piedra de
jaspe; pero la ciudad era oro purísimo, semejante a un
puro vidrio (Ap., 21, 9-18).
266. Estos Ángeles, de quien habla en este lugar el
Evangelista, son siete de los que asisten especialmente al
trono de Dios y a quien Su Majestad ha dado cargo y
potestad para que castiguen algunos pecados de los
hombres (Ap., 15, 1). Y esta venganza de la ira del
Omnipotente sucederá en los últimos siglos del mundo;
pero será tan nuevo el castigo, que ni antes ni después
en la vida mortal se haya visto otro mayor. Y porque estos
misterios son muy ocultos y no de todos tengo luz, ni
tocan a esta Historia, ni conviene alargarme en esto,
paso a lo que pretendo. Este uno, que habló a San Juan
Evangelista, es el Ángel por quien singularmente vengará
Dios las injurias hechas contra su Madre Santísima con
formidable castigo. Por haberla despreciado con osadía
loca, han irritado la indignación de su omnipotencia; y
por estar empeñada toda la Santísima Trinidad en honrar
y levantar a esta Reina del cielo sobre toda criatura
humana y angélica y ponerla en el mundo por espejo de
la Divinidad y Medianera Única de los mortales, tomará
Dios señaladamente por su cuenta vengar las herejías,
errores y blasfemias y cualquier desacato cometido
contra ella y el no haberle glorificado, conocido y
adorado en este su tabernáculo y no se haber
aprovechado de tan incomparable misericordia.
Profetizados están estos castigos en la Iglesia Santa. Y
aunque el enigma del Apocalipsis encubre con oscuridad
este rigor, pero ¡ay de los infelices a quien alcanzare! y
¡ay de mí, que ofendí a Dios, tan fuerte y poderoso en
castigar! Absorta quedo en el conocimiento de tanta
calamidad como amenaza.
267. Habló el Ángel al Evangelista, y díjole: Ven, y te
mostraré la esposa, mujer del Cordero, etc. Aquí declara
que la Ciudad Santa de Jerusalén que le mostró es la
mujer esposa del Cordero, entendiendo debajo de esta
metáfora como ya he dicho (Cf. supra n. 248) a María
santísima, a quien miraba San Juan madre o mujer y
esposa del Cordero, que es Cristo. Porque entrambos
oficios tuvo y ejercitó la Reina divinamente. Fue esposa
de la Divinidad, única y singular, por la particular fe y
amor con que se hizo y acabó este desposorio; y fue
mujer y madre del mismo Señor humanado, dándole
su misma sustancia y carne mortal y criándole y
sustentándole en la forma de hombre que le había dado.
Para ver y entender tan soberanos misterios, fue
levantado en espíritu el Evangelista a un alto monte de
santidad y luz; porque, sin salir de sí mismo y levantarse
sobre la humana flaqueza, no los pudiera entender, como
por esta causa no los entendemos los hombres
imperfectos, terrenos y abatidos. Y levantado, dice:
Mostróme la Ciudad Santa de Jerusalén, que descendía
del Cielo, como fabricada y formada, no en la tierra,
donde era como peregrina y extraña, mas en el Cielo,
donde no se pudo fabricar con materiales de tierra pura y
común; porque si de ella se tomó la naturaleza, pero fue
levantándola al cielo para fabricar esta Ciudad Mística
al modo celestial y angélico, y aun divino y semejante a
la Divinidad.
268. Y por eso añade, que tenía la claridad de Dios;
porque el alma de María Santísima tuvo una
participación de la Divinidad y de sus atributos y
perfecciones, que si fuera posible verla en su mismo ser,
pareciera iluminada con la claridad eterna del mismo
Dios. Grandes cosas y gloriosas están dichas en la Iglesia
católica de esta ciudad de Dios (Sal., 86, 3) y de la
claridad que recibió del mismo Señor, pero todo es poco,
y todos los términos humanos le vienen cortos; y vencido
el entendimiento criado, viene a decir que tuvo María
Santísima un no sé qué de Divinidad, confesando en esto
la verdad en sustancia y la ignorancia para explicar lo
que se confiesa por verdadero. Sí fue fabricada en el
Cielo, el Artífice sólo que a ella la fabricó conocerá su
grandeza y el parentesco y afinidad que contrajo con
María Santísima, asimilando las perfecciones que le dio
con las mismas que encierra su infinita Divinidad y
grandeza.
269. Su luz era semejante a una piedra preciosa, como
piedra de jaspe, como cristal. No es tan dificultoso de
entender que se asimile al cristal y jaspe juntamente,
siendo tan disímiles, como que sea semejante a Dios;
pero de este similitud conoceremos algo por aquélla. El
jaspe encierra muchos colores, visos y variedad de
sombras, de que se compone, y el cristal es clarísimo,
purísimo y uniforme, y todo junto formará una peregrina y
hermosa variedad. Tuvo María Purísima en su formación
la variedad de virtudes y perfecciones de que parece
fabricó Dios su alma compuesta y entretejida, y todas
estas gracias y perfecciones y toda ella semejante a un
cristal purísimo y sin lunar ni átomo de culpa; antes en la
claridad y pureza despide rayos y hace visos de
Divinidad, como el cristal que herido del sol parece le
tiene dentro de sí mismo y le retrata, reverberando como
el mismo sol. Pero este cristalino jaspe tiene sombras,
porque es hija de Adán y es pura criatura, y todo lo que
tiene de resplandor del Sol de la Divinidad es
participado, y aunque parece Sol Divino no lo es por
naturaleza, mas por participación y comunicación de su
gracia; criatura es, formada y hecha por la mano del
mismo Dios, pero para ser Madre suya.
270. Y tenía la ciudad un grande y alto muro con doce
puertas. Los misterios encerrados en este muro y puertas
de esta Ciudad Mística de María Santísima son tan
ocultos y grandes, que con dificultad podré yo, mujer
ignorante y tarda, reducir a palabras lo que se me ha
dado a entender; dirélo como se me concediere, advirtiendo
que en el instante primero de la concepción de
María Santísima, cuando se le manifestó la Divinidad por
aquella visión y modo que arriba dije (Cf. supra n.229 y
237), entonces, a nuestro modo de entender, toda la
beatísima Trinidad, como renovando los antiguos
decretos de criarla y engrandecerla, hizo un acuerdo y
como contrato con esta Señora, pero sin dárselo a
conocer por entonces. Pero fue como confiriéndolo entre
sí las tres Divinas Personas, y hablando de esta manera:
271. A la dignidad que damos a esta pura criatura de
Esposa nuestra y Madre del Verbo que ha de nacer de
ella, es consiguiente y debido constituirla Reina y Señora
de todo lo criado. Y sobre los dones y riquezas de nuestra
Divinidad, que para sí misma la dotamos y concedemos,
es conveniente darle autoridad, para que tenga mano en
los tesoros de nuestras misericordias infinitas, para que
de ellos pueda distribuir y comunicar a su voluntad las
gracias y favores necesarios a los mortales,
señaladamente a los que como hijos y devotos suyos la
invocaren, y que pueda enriquecer a los pobres, remediar
a los pecadores, engrandecer a los justos y ser universal
amparo de todos. Y para que todas las criaturas la
reconozcan por su Reina y superiora y depositaría de
nuestros bienes infinitos, con facultad de poderlos
dispensar, la entregaremos las llaves de nuestro pecho y
voluntad, y será en todo la ejecutora de nuestro
beneplácito con las criaturas. Darémosle, a más de todo
esto, el dominio y potestad sobre el Dragón nuestro
enemigo y todos sus aliados los demonios, para que
teman su presencia y su nombre y con él se quebranten y
desvanezcan sus engaños, y que todos los mortales que
se acogieren a esta ciudad de refugio, le hallen cierto y
seguro, sin temor de los demonios y de sus falacias.
272. Sin manifestarle al alma de María Santísima todo
lo que este decreto o promesa contenía, le mandó el
Señor en aquel primer instante que orase con afecto y
pidiese por todas las almas y les procurase y solicitase la
eterna salud, y en especial por los que a ella se
encomendasen en el discurso de su vida. Y la ofreció la
Beatísima Trinidad que en aquel rectísimo Tribunal nada
le sería negado, y que mandase al demonio que le
desviase con imperio y virtud de todas las almas, que
para todo le asistiría el brazo del Omnipotente. Mas no
se le dio a entender la razón por que se le concedía este
favor y los demás que en él se encerraban, que era por
Madre del Verbo. Pero en decir San Juan que la Ciudad
Santa tenía un grande y alto muro, entendió este
beneficio que hizo Dios a su Madre, constituyéndola por
sagrado refugio, amparo y defensa de todos los hombres,
para que en ella lo hallasen todo, como en ciudad fuerte
y segura muralla contra los enemigos, y como a poderosa
Reina y Señora de todo lo criado y despensera de los
tesoros del Cielo y de la gracia, acudiesen a ella todos
los hijos de Adán. Y dice que era muy alto este muro,
porque el poder de María Purísima para vencer al
demonio y levantar a las almas a la gracia es tan alto,
que es inmediato al mismo Dios. Tan bien guarnecida
como esto y tan defendida y segura es para sí esta
Ciudad y para los que en ella buscan su protección, que
ni podrán conquistar sus muros ni escalar por ellos todas
las fuerzas criadas fuera de Dios.
273. Tenía doce puertas este muro de la Ciudad Santa,
porque su entrada es franca y general a todas las
naciones y generaciones, sin excluir alguna, antes
convidando a todos, para que nadie, si no quiere, sea
privado de la gracia y dones del Altísimo y de su gloria,
por medio de la Reina y Madre de Misericordia. Y en las
doce puertas doce ángeles. Estos Santos Príncipes son
los doce que arriba cité (Cf. supra n. 202) entre los mil
que fueron señalados para guarda de la Madre del Verbo
Humanado. El ministerio de estos doce ángeles, a más
de asistir a la Reina, fue servirla señaladamente en
inspirar y defender a las almas que con devoción llaman
a María nuestra Reina en su amparo y se señalan en su
devoción, veneración y amor. Y por esto dice el
Evangelista que los vio en las puertas de esta ciudad,
porque ellos son ministros y como agentes que ayudan y
mueven y encaminan a los mortales para que entren por
las puertas de la piedad de María Santísima a la eterna
felicidad. Y muchas veces los envía ella con inspiraciones
y favores, para que saquen de peligros y trabajos de
alma y cuerpo a los que la invocan y son devotos suyos.
274. Dice que tenían escritos unos nombres, que son de
los doce tribus de los hijos de Israel, etc., porque los
Ángeles Santos reciben los nombres del ministerio y
oficio para que son enviados al mundo. Y como estos doce
Príncipes asistían singularmente a la Reina del Cielo,
para que por su disposición ayudasen a la salvación de
los hombres, y todos los escogidos son entendidos debajo
de los doce tribus de Israel, que hacen el Pueblo Santo
de Dios, por esta razón dice el Evangelista que los
ángeles tenían los doce nombres de los doce tribus, como
destinado cada uno para su tribu, y que tenían protección
y cuidado de todos los que por estas puertas de la íntercesión
de María Santísima habían de entrar a la Celestial
Jerusalén de todas las naciones y generaciones.
275. Admirándome yo de esta grandeza de María
Purísima y que ella fuese la medianera y la puerta para
todos los predestinados, se me dio a entender que este
beneficio correspondía al oficio de Madre de Cristo y al
que como Madre había hecho con su Hijo Santísimo y con
los hombres. Porque le dio cuerpo humano de su purísima
sangre y sustancia, en que padeciese y redimiese a los
hombres, y así en algún modo murió ella y padeció en
Cristo por esta unidad de carne y sangre; y a más de
esto, le acompañó en su pasión y muerte y la padeció de
voluntad en la forma que pudo, con divina humildad y
fortaleza. Y así como ella cooperó a la pasión y dio a su
Hijo en qué padeciese por el linaje humano, así también
el mismo Señor la hizo participante de la dignidad de
redentora y le dio los méritos y fruto de la redención,
para que ella los distribuyese, y que por sola su mano se
comunicasen a los redimidos. ¡Oh admirable tesorera y
depositaría de Dios, qué seguras están en tus divinas y
liberales manos las riquezas de la diestra del
Omnipotente! Pues tenía esta ciudad tres puertas al
Oriente, tres puertas al Aquilón, tres puertas al Mediodía
y tres puertas al Occidente. Tres puertas que
correspondan a cada parte del mundo. Y en el
número de tres nos franquea por ellas a todos los
mortales cuanto el cielo y la tierra poseen y a quien dio
ser a todo lo criado, que son las tres Divinas Personas,
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una de las tres quieren
y disponen que María Santísima tenga puerta para
solicitar los tesoros divinos a los mortales, que aunque es
un Dios en tres Personas, cada una de por sí le da
entrada y puerta franca para que entre esta purísima
Reina al tribunal del ser inmutable de la Santísima
Trinidad, para que interceda, pida y saque tesoros y se
los dé a sus devotos que la buscaren y obligaren de todo
el mundo. Para que nadie de los mortales tenga excusa
en ningún lugar del mundo, ni en ninguna generación ni
nación de él, pues a todas partes hay no una puerta, sino
tres puertas. Y el entrar en una ciudad por una puerta
franca y patente es tan fácil, que si alguno dejare de
entrar, no será por falta de puertas, sino porque él mismo
se detiene y no se quiere poner en salvo. ¿Qué dirán aquí
los infieles, herejes y paganos? ¿Qué los malos cristianos
y obstinados pecadores? Si los tesoros del cielo están en
manos de nuestra Madre y Señora, si ella nos llama y nos
solicita por medio de sus ángeles y si es puerta y muchas
puertas del cielo, ¿cómo son tantos los que se quedan
fuera y tan pocos los que por ellas entran?
276. Y el muro de esta ciudad tenía doce fundamentos,
y en ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.
Los fundamentos inmutables y fuertes, sobre que edificó
Dios esta Ciudad Santa de María su Madre, fueron las
virtudes todas con especial gobierno del Espíritu Santo
que les correspondía. Pero dice fueron doce, con los doce
nombres de los Apóstoles; así porque se fundó sobre la
mayor santidad de los Apóstoles, que son los mayores de
los Santos, según lo de David, que los fundamentos de la
ciudad de Dios fueron puestos sobre los montes santos
(Sal., 86, 1); como porque la santidad de María y su
sabiduría fue como fundamento de los Apóstoles y su
firmeza después de la muerte de Cristo y subida a los
cielos. Y aunque siempre fue su maestra y ejemplar, pero
entonces sola ella fue la mayor firmeza de la Iglesia
primitiva. Y porque fue destinada para este ministerio
desde su Inmaculada Concepción con las virtudes y
gracias correspondientes, por eso dice que sus
fundamentos eran doce.
277. Y el que hablaba conmigo tenía una medida de
caña de oro, etcétera, y midió la ciudad con esta caña
por doce mil estadios, etc. En estas medidas encerró el
Evangelista grandes misterios de la dignidad, gracias,
dones y méritos de la Madre de Dios. Y aunque la
midieron con gran medida en la dignidad y beneficios
que puso el Altísimo en ella, pero ajustóse la medida en
el retorno posible y fueron iguales. La longitud fue tanta
cuanta su latitud: por todas partes estuvo proporcionada
e igual, sin que en ella se hallase mengua, desigualdad
ni improporción. Y no me detengo ahora en esto,
remitiéndome a lo que diré en todo el discurso de su vida.
Sólo advierto ahora que esta medida con que se midieron
la dignidad, méritos y gracia de María Santísima, fue la
humanidad de su Hijo unida al Verbo Divino.
278. Y llámala el Evangelista caña por la fragilidad de
nuestra naturaleza de carne flaca; y llámala de oro por
la Divinidad de la Persona del Verbo. Con esta dignidad
de Cristo, Dios y hombre verdadero, y con los dones
de la naturaleza unida a la Divina Persona y con los
merecimientos que obró, fue medida su Madre Santísima
por el mismo Señor. Él fue quien la midió consigo mismo
y ella, siendo medida por Él, pareció estar igual y
proporcionada en la alteza de su dignidad de Madre. En
la longitud de sus dones y beneficios y en la latitud de sus
merecimientos, en todo fue igual sin mengua ni
improporción. Y aunque no pudo igualarse absolutamente
con su Hijo Santísimo con igualdad que entiendo llaman
los doctores matemática, porque Cristo, Señor nuestro,
era hombre y Dios verdadero y ella era pura criatura y
por esto la medida excedía infinito a lo que era medido
con ella, pero tuvo María Purísima cierta igualdad de
proporción con su Hijo Santísimo. Porque así como a Él
nada le faltó de lo que le correspondía y debía tener
como Hijo verdadero de Dios, así a ella nada le faltó ni
tuvo mengua en lo que se le debía y ella debía como Madre
verdadera del mismo Dios; de manera que ella como
Madre y Cristo como Hijo tuvieron igual proporción de
dignidad, de gracia y dones y de todos los
merecimientos, y ninguna gracia criada hubo en Cristo
que no estuviese con proporción en su Madre Purísima.
279. Y dice, que midió la ciudad con la caña por doce
mil estadios. Esta medida de estadios y el número de
doce mil con que fue medida María Purísima en su
concepción, encierran altísimos Misterios. Estadios llamó
el Evangelista a la medida perfecta con que se mide la
alteza de santidad de los predestinados, según los dones
de gracia y gloria que Dios en su mente y eterno decreto
dispuso y ordenó comunicarles por medio de su Hijo
Humanado, tasándolos y determinándolos por su infinita
equidad y misericordia. Y con estos estadios se miden
todos los escogidos y la alteza de sus virtudes y
merecimientos por el mismo Señor. Infelicísimo aquel que
no llegare a esta medida ni se ajustare con ella, cuando
el Señor le midiere. El número de doce mil comprende
todo el resto de los predestinados y electos, reducidos a
las doce cabezas de estos millares, que son los Doce
Apóstoles, Príncipes de la Iglesia católica, así como en el
capítulo 7 del Apocalipsis (Ap., 7, 4-8) están reducidos a
los doce tribus de Israel; porque todos los electos se
habían de reducir a la doctrina que los Apóstoles del
Cordero enseñaron, como arriba también dije sobre este
capítulo (Cf. supra n. 274).
280. De todo esto se conoce la grandeza de esta
Ciudad de Dios, María Santísima; porque si a los estadios
materiales les damos 125 pasos por lo menos a cada uno,
inmensa parecía una ciudad que tuviese doce mil
estadios. Pues con la medida y estadios con que Dios
mide a los predestinados, fue medida María, Señora
nuestra, y de la altura, longitud y latitud de todos juntos
nada sobró; que a todos juntos igualó la que era Madre
del mismo Dios y Reina y Señora de todos y en sola ella
pudo caber más que en el resto de todo lo criado.
281. Y midió su muro ciento y cuarenta y cuatro codos
con medida de hombre, que es de ángel. Esta medida del
muro de la Ciudad de Dios no fue de la longitud, sino de
la altura de los muros que tenía; porque si los estadios
del cuadro de la ciudad eran doce mil en latitud y
longitud igual por todas partes, era forzoso que el muro
fuese algo mayor, y más por la superficie de afuera, para
encerrar dentro de sí toda la ciudad; y la medida de
ciento y cuarenta y cuatro codos, de cualquiera que
fuesen, era corta para muros de tan extendida ciudad,
pero muy proporcionada para la altura de estos muros y
segura defensa de quien vivía en ella. Esta altura dice la
seguridad que tuvieron en María Santísima todos los
dones y gracias, así de santidad como de la dignidad,
que puso en ella el Altísimo. Y para darlo a entender dice
que la altura contenía 144 codos, que es número desigual
y comprende tres muros, grande, mediano y pequeño,
correspondiendo a las obras que hizo la Reina del Cielo
en lo mayor, mediano y más pequeño. No porque en ella
había cosa pequeña, sino porque las materias en que
obraba eran diferentes y las obras también. Unas eran
milagrosas y sobrenaturales, y otras morales de las
virtudes, y de éstas unas eran interiores y otras exteriores;
y a todas dio tanta plenitud de perfección, que ni
por las grandes dejó las pequeñas de obligación, ni por
éstas faltó a las superiores; pero todas las hizo en grado
tan supremo de santidad y beneplácito del Señor, que fue
a medida de su Hijo Santísimo así en los dones naturales
como sobrenaturales. Y ésta fue la medida del hombre
Dios, que fue el Ángel del Gran Consejo, superior a todos
los hombres y los ángeles, a quienes con proporción
excedió la Madre con el Hijo. Prosigue el Evangelista y
dice:
282. Y la fábrica de su muro era de piedra de jaspe. Los
muros de la ciudad son los que primero se topan y se
ofrecen a la vista de quien los mira; y la variedad de los
visos y colores con sus sombras que contiene el jaspe, de
cuya materia eran los muros de esta ciudad de Dios,
María Santísima, dicen la humildad inefable con que
estaban disimuladas y acompañadas todas las gracias y
excelencias de esta gran Reina. Porque siendo digna
Madre de su Criador, exenta de toda mácula de pecado
e imperfección, se ofreció a la vista de los hombres como
tributaria y con sombras de la común ley de los demás
hijos de Adán, sujetándose a las leyes y penalidades de
la vida común, como en sus lugares diré. Pero este muro
de jaspe, que descubría estas sombras como en las
demás mujeres, era en la apariencia y servía a la ciudad
de inexpugnable defensa. Y la ciudad por dentro dice
que era purísimo oro, semejante a un vidrio purísimo y
limpísimo; porque ni en la formación de María santísima,
ni después en su vida inocentísima nunca admitió mácula
que oscureciese su cristalina pureza. Y como la mancha o
lunar, aunque sea como un átomo, si cayese en el vidrio
cuando se forma, nunca saldría de suerte que no se
conociese la tacha y el haberla tenido y siempre sería
defecto en su transparente claridad y pureza, así
también si María purísima hubiera contraído, en su
concepción la mácula y lunar de la culpa original,
siempre se le conociera y la afeara siempre, y no pudiera
ser vidrio purísimo y limpísimo. Ni tampoco fuera oro
puro, pues tuviera su santidad y dones aquella liga del
pecado original, que la bajara de quilates, pero fue oro y
vidrio esta ciudad, porque fue purísima y semejante a la
divinidad.
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