Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsContiene la última parte del capítulo 21 del Apocalipsis en la concepción de María Santísima.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  19    Versos:  283-311


283. El texto de la última y tercera parte del Apocalipsis,
capítulo 21, que voy explicando, es como se sigue: Y los
fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados
con todas las preciosas piedras. El primer fundamento
era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el
cuarto, esmeralda; el quinto, sardonio; el sexto, sardio; el
séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el
décimo, crisoprasio; el undécimo, jacinto; el duodécimo,
ametisto. Y las doce puertas son doce margaritas por
cada una; y cada puerta de cada margarita, y la plaza de
la ciudad, oro limpio como vidrio lucidísimo. Y no vi
templo en ella, porque el Señor Dios omnipotente es su
templo, y el Cordero. Y la ciudad no ha menester sol ni
luna que le den luz, porque la claridad de Dios la iluminó,
y su lucerna es el Cordero. Y las gentes caminarán con su
luz, y los reyes de la tierra llevarán a ella su honor y su
gloria. Y sus puertas no estarán cerradas por el día; que
allí no se hallará noche. No entrará en ella cosa alguna
manchada, o que comete abominación y mentira, mas de
aquellos que están escritos en el libro de la vida del
Cordero (Ap., 21, 19-27). Hasta aquí llega la letra y texto
del capítulo 21 que voy declarando.
284. Habiendo elegido el Altísimo Dios esta Ciudad
Santa de María para su habitación, la más proporcionada
y agradable que fuera de sí mismo en pura criatura podía
tener, no era mucho que de los tesoros de su Divinidad y
méritos de su Hijo Santísimo fabricase los fundamentos
del muro de su ciudad adornados con todo género de
piedras preciosas; para que con igual correspondencia,
la fortaleza y seguridad que son los muros y su
hermosura y alteza de santidad y dones que son las
piedras preciosas y su concepción que es el
fundamento del muro fuesen proporcionadas en sí
mismas y con el fin altísimo para que la fundaba, que era
vivir en ella por amor y por la humanidad que recibió en
su virginal vientre. Todo esto dijo el Evangelista como lo
conoció en María Santísima, porque a su dignidad y
santidad, y a la seguridad que pedía el haber de vivir
Dios en ella como en fortaleza invencible, le convenía
que los fundamentos de sus muros, que eran los primeros
principios de su Concepción Inmaculada, se fabricasen
de todo género de virtudes y en grado eminentísimo y tan
precioso, que no se hallasen otras piedras más ricas para
fundamento de este muro.
285. El primer fundamento o piedra, dice que era de
jaspe, cuya variedad y fortaleza dice la constancia o
fortaleza que le fue infundida a esta gran Señora en el
punto de su Concepción Santísima, para que con aquel
hábito quedara dispuesta por el discurso de su vida para
obrar todas las virtudes con invencible magnificencia y
constancia. Y porque estas virtudes y hábitos que se le
concedieron e infundieron a María Santísima en el
instante de su concepción, significadas por estas piedras
preciosas, tuvieron singulares privilegios que le concedió
el Altísimo en cada una de estas doce piedras, los
manifestaré como me fuere posible, para que se entienda
el Misterio que encierran los doce fundamentos de la Ciudad
de Dios. En este hábito de fortaleza general se le
concedió especial superioridad y como imperio sobre la
antigua serpiente, para que la pudiese rendir, vencer y
sujetar, y para que a todos los demonios les pusiese un
género de terror, que huyesen de ella y de muy lejos la
temiesen, como temblando de acercarse a su divina
presencia; y por esto no llegaban a María Santísima sin
ser afligidos con gran pena. Anduvo tan liberal la Divina
Providencia con Su Alteza, que no sólo no la entró en las
leyes comunes de los hijos del primer padre, librándola
de la culpa original y de la sujeción al demonio que
contraen los que en ella son comprendidos, sino que
apartándola de todos estos daños, juntamente la
concedió el imperio que perdieron todos los hombres
contra los demonios, por no haberse conservado en el
estado de la inocencia. Y a más de esto, por ser Madre
del Hijo del Eterno Padre, que bajó a sus entrañas a
destruir el imperio de maldad de estos enemigos, se le
concedió a la Eminentísima Señora potestad real, participada
del ser de Dios, con que sujetaba, a 'los
demonios y los enviaba repetidas veces a las cavernas
infernales, como adelante diré (Cf. infra p. III n. 447-455).
286. El segundo es zafiro. Esta piedra imita al color del
cielo sereno y claro y señala unos como punticos o
átomos de oro refulgente, que significa la serenidad y
tranquilidad que concedió el Altísimo a los dones y
gracias de María Santísima, para que siempre gozase,
como cielo inmutable, de una paz serena y sin nubes de
turbación, descubriéndose en este sereno unos visos de
divinidad desde el instante de su Concepción
Inmaculada, así por la participación y similitud que
tenían sus virtudes de los atributos divinos, en especial
con el de la inmutabilidad, como porque muchas veces,
siendo viadora, se le corrió la cortina y vio claramente a
Dios, como adelante diré (Cf. infra n. 623); concediéndola
Su Majestad en este don singular privilegio y virtud para
comunicar sosiego y serenidad de entendimiento a
quien la pidiere por medio de su intercesión. Así la
pidieran todos los católicos, a quienes las tormentas
inquietas de los vicios tienen mareados y turbados, como
la consiguieran.
287. El tercero es calcedonia. Toma el nombre esta
piedra de la provincia donde se halla, que se llama
Calcedonia. Es del color del carbunco, y de noche imita
su resplandor al de una linterna. El misterio de esta
piedra es manifestar el nombre de María Santísima y su
virtud. Tomóle de esta provincia del mundo donde se
halló, llamándose hija de Adán como los demás, y María,
que mudado el acento en latín significa los mares; porque
fue el océano de las gracias y dones de la divinidad. Y
vino al mundo por medio de su Concepción Purísima, para
anegarle e inundarle con ellas, absorbiendo la malicia
del pecado y sus efectos, y desterrando las tinieblas del
abismo con la luz de su espíritu iluminado con la lumbre
de la sabiduría divina. Concedióla el Altísimo, en
correspondencia de este fundamento, especial virtud
para que por medio de su Nombre Santísimo de María
ahuyentase las espesas nubes de la infidelidad y
destruyese los errores de las herejías, paganismo,
idolatría, y todas las dudas de la fe católica. Y si los
infieles se convirtiesen a esta luz, invocándola, cierto es
que muy presto sacudirían de sus entendimientos las
tinieblas de sus errores y todos se anegarían en este mar
por la virtud de lo alto, y para esto le fue concedida.
288. El cuarto fundamento es esmeralda, cuyo color
verde y alegre, recrea la vista sin fatigarla, y declara
misteriosísimamente la gracia que recibió María
Santísima en su concepción, para que siendo amabilísima
y graciosa en los ojos de Dios y de las criaturas, sin
ofender jamás su dulcísimo nombre y memoria, conservase
en sí misma el verdor y fuerza de la santidad,
virtudes y dones que recibiese y se le concediesen. Y
diole actualmente en esta correspondencia el Altísimo,
que pudiese distribuir este beneficio, comunicándole a
sus fieles devotos que para conseguir la perseverancia y
firmeza en la amistad de Dios y en las virtudes la
llamaren.
289. El quinto es sardonio. Esta piedra es transparente
y su color más imita al encarnado claro, aunque
comprende parte de tres colores: abajo negro, en medio
blanco y en lo alto nácar, y todo hace una variedad
graciosa. El misterio de esta piedra y sus colores fue
significar juntamente a la Madre y al Hijo Santísimo que
había de engendrad. Lo negro dice en María la parte
inferior y terrena del cuerpo negrecido por la
mortificación y trabajos que padeció, y lo mismo de su
Hijo Santísimo afeado por nuestras culpas (Is., 53, 2). Lo
blanco dice la pureza del alma de la Madre Virgen, y la
misma de Cristo, nuestro bien. Y lo encarnado declara en
la humanidad la divinidad unida hipostáticamente, y en
la Madre manifiesta el amor que de su Hijo Santísimo
participó, con todos los resplandores de la Divinidad que
se le comunicaron. Fuele concedido por este fundamento
a la gran Reina del Cielo, que por su intercesión y ruegos
fuese eficaz con sus devotos el valor, suficiente para
todos, de la Encarnación y Redención; y que asimismo
para conseguir este beneficio, les alcanzase devoción
particular con los misterios y vida de Cristo Señor
nuestro.
290. El sexto, sardio. Esta piedra también es
transparente y, por lo que imita a la llama clara del
fuego fue símbolo del don que se le concedió a la Reina
del Cielo de arder su corazón en el divino amor
incesantemente, como la llama del fuego, porque nunca
(hizo intervalo, ni se aplacó la llama de este incendio en
su pecho; antes desde el instante de su concepción,
donde y cuando se encendió este fuego, siempre creció
más, y en el estado supremo que pudo caber en pura
criatura, arde y arderá por todas las eternidades. Fuele
concedido aquí a María Santísima privilegio especial
para dispensar con esta correspondencia el influjo
del Espíritu Santo, y su amor y dones, a quien le pidiere
por ella.
291. El séptimo, crisólito. Esta piedra imita en su color
al oro refulgente con alguna similitud de lumbre o fuego,
y ésta se descubre más en la noche que en el día.
Declara en María Santísima el ardiente amor que tuvo a
la Iglesia militante y a sus misterios y Ley de Gracia en
especial. Y lució más este amor en la noche que cubrió la
Iglesia con la muerte de su Hijo Santísimo y en el Magisterio
que tuvo esta gran Reina en los principios de la Ley
Evangélica y en el afecto con que pidió su
establecimiento y de sus Sacramentos; cooperando a
todo como en sus lugares diré (Cf. infra p. III passim)
con el ardentísimo amor que tuvo a la salud humana; y
ella sola fue la que supo y pudo dignamente hacer el
aprecio debido de la Ley Santísima de su Hijo. Con este
amor fue prevenida y dotada, desde su Inmaculada
Concepción, para coadjutora de Cristo nuestro Señor; y
se le concedió especial privilegio para alcanzar gracia a
quien la llamare, con que se dispongan para recibir los
Sacramentos de la Santa Iglesia con fruto espiritual y no
poner óbice en sus efectos.
292. El octavo, berilo. Este es de color verde y amarillo,
pero más tiene de verde, con que imita y parece a la
oliva, y resplandece brillantemente. Representa las
singulares virtudes de fe y esperanza que fueron dadas a
María Santísima en su concepción, con especial claridad
para que emprendiese y obrase cosas arduas y
superiores, como en efecto las hizo por la gloria de su
Hacedor. Fuele concedido con este don que diese a sus
devotos esfuerzo de fortaleza y paciencia en las
tribulaciones y dificultades de los trabajos, y que dispensase
de aquellas virtudes y dones en virtud de la
divina fidelidad y asistencia del Señor.
293. El noveno, topacio. Esta piedra es transparente,
de color morado, y de valor y estima. Fue símbolo de la
honestísima virginidad de María Señora nuestra junto
con ser Madre del Verbo Humanado, y todo fue para Su
Alteza de grande y singular estimación, con humilde
agradecimiento que le duró toda la vida. En el instante
de su concepción pidió al Altísimo la virtud de la
castidad, y se la ofreció para lo restante de ser viadora; y
conoció entonces que le era concedida esta petición
sobre sus votos y deseos; y no sólo para sí, sino que la
concedió el Señor que fuese maestra y guía de las
vírgenes y castas, y que por su intercesión alcanzasen
estas virtudes sus devotos y la perseverancia en ellas.
294. El décimo es crisoprasio, cuyo color es verde;
muestra algo de oro. Significa la muy firmísima
esperanza que se le concedió a María Santísima en su
concepción, retocada con el amor de Dios que la
realzaba. Y esta virtud fue inmóvil en nuestra Reina, como
convenía para que a las demás comunicase este
mismo efecto; porque su estabilidad se fundaba en la
firmeza inmutable de su ánimo generoso y alto en todos
los trabajos y ejercicios de su vida santísima, en
especial en la muerte y pasión de su benditísimo Hijo.
Concediósele con este beneficio que fuese eficaz
Medianera con el Altísimo para alcanzar esta virtud de la
firmeza en la esperanza para sus devotos.
295. Undécimo, jacinto, que muestra el color violado
perfecto. Y en este fundamento se encierra el amor que
tuvo María Santísima, infuso en su concepción, de la
redención del linaje humano, participado de antemano
del que su Hijo y nuestro Redentor había de tener para
morir por los hombres. Y como de aquí se había de
originar todo el remedio del pecado y justificación de las
almas, se le concedió a esta gran Reina especial
privilegio con este amor, que le duró desde aquel primer
instante, para que por su intercesión ningún género de
pecadores, por grandes y abominables que fuesen, si la
llamasen de veras, fuesen excluidos del fruto de la
redención y justificación, y que por esta poderosa Señora
y Abogada alcanzasen la vida eterna.
296. El duodécimo, ametisto, de color refulgente con
visos violados. El misterio de esta piedra o fundamento
corresponde en parte al primero; porque significa un
género de virtud que se le concedió en su concepción a
María Santísima contra las potestades del infierno, para
que sintiesen los demonios que salía de ella una fuerza,
aunque no les mandase ni obrase contra ellos, que les
afligía y atormentaba si querían acercarse a su persona.
Y fuele concedido este privilegio como consiguiente al
incomparable celo que esta Señora tenía que exaltar y
defender la gloria de Dios y su honra. Y en virtud de este
singular beneficio tiene María Santísima particular
potestad para expeler los demonios de los cuerpos humanos
con la invocación de su dulcísimo nombre, tan
poderoso contra estos espíritus malignos que en
oyéndole quedan rendidas y quebrantadas sus fuerzas.
Estos son en suma los misterios de los doce fundamentos
sobre que edificó Dios su Ciudad Santa de María; y
aunque contienen otros muchos misterios y sacramentos
de los favores que recibió, que no puedo explicarlos, pero
en el discurso de esta Historia se irán manifestando,
como el Señor me diere luz y fuerzas para decirlo.
297. Prosigue y dice el Evangelista que las doce puertas
son doce margaritas, por cada una puerta una margarita.
El número de tantas puertas de esta ciudad
manifiesta que por María Santísima, y por su inefable
dignidad y merecimientos, se hizo tan feliz como franca
la entrada para la vida eterna. Y era como debido y
correspondiente a la excelencia de esta eminente Reina,
que en ella y por ella se magnificase la misericordia
infinita del Altísimo, abriéndose tantos caminos para
comunicarse la divinidad, y para entrar a su participación
todos los mortales por medio de María Purísima, si
quisieren entrar por sus méritos e intercesión poderosa.
Pero el precio, grandiosidad, hermosura y belleza de
estas doce puertas, que eran de margaritas o perlas,
declara el valor de la dignidad y gracias de esta
Emperatriz de las alturas y la suavidad de su nombre
dulcísimo para atraer a Dios a los mortales. Conoció María
Santísima este beneficio del Señor, de que la hacía
Medianera única del linaje humano y despensera de los
tesoros de su divinidad por su Hijo Unigénito. Y con este
conocimiento supo la prudente y oficiosa Señora hacer
tan preciosos y tan hermosos los merecimientos de sus
obras y dignidad, que es asombro de los bienaventurados
del cielo, y por eso fueron las puertas de esta ciudad
preciosas margaritas para el Señor y los hombres.
298. En esta correspondencia dice que la plaza de esta
ciudad era oro purísimo como vidrio lucidísimo. La plaza
de esta ciudad de Dios, María Santísima, es el interior,
donde, como en plaza y lugar común, concurren todas las
potencias y asiste el comercio y trato de la república del
alma y todo lo que entra en ella por los sentidos o por
otros caminos. Esta plaza en María Santísima fue oro
lucidísimo y purísimo, porque estaba como fabricada de
sabiduría y amor divino. Nunca hubo allí tibieza, ni
ignorancia o inadvertencia; todos sus pensamientos
fueron altísimos, y sus afectos inflamados en inmensa
caridad. Y en esta plaza se consultaron los misterios
altísimos de la divinidad; allí se despachó aquel fíat mihi
(Lc., 1, 38), etc., que dio principio a la mayor obra que
Dios ha hecho ni hará jamás; allí se formaron y
consultaron innumerables peticiones para el tribunal de
Dios en favor del linaje humano; allí están depositadas
las riquezas que bastan para sacar de pobreza a todo el
mundo, si todos entraren al comercio de esta plaza. Y aun
será también plaza de armas contra el demonio y todos
los vicios; pues en el interior de María Purísima estaban
las gracias y virtudes que a ella la hicieron terrible
contra el infierno, y a nosotros nos darían virtud y fuerzas
para vencerle.
299. Dice más: Que en la ciudad no hay templo, porque
el Señor Dios omnipotente es su templo, y el Cordero. El
templo en las ciudades sirve para el culto y oración que
damos a Dios, y fuera grande falta si en la ciudad de Dios
no hubiera templo, cual a su grandeza y excelencia
convenía. Pero en esta ciudad de María Santísima hubo
tan sagrado templo, que el mismo Dios omnipotente y el
Cordero, que son la divinidad y humanidad de su Hijo
unigénito, fueron templo suyo, porque en ella estuvieron
como en su lugar legítimo y templo, donde fueron
adorados y reverenciados en espíritu y verdad (Jn., 4, 23),
más dignamente que en "todos los templos del mundo.
Fueron también templo de María Purísima, porque ella
estuvo comprendida y rodeada y como encerrada en la
divinidad y humanidad, sirviéndola de su habitación y
tabernáculo. Y como estando en él nunca cesó de adorar,
dar culto y orar al mismo Dios y al Verbo Humanado en
sus entrañas, por eso estaba en Dios y en el Cordero
como en templo, pues al templo no le conviene menos
que la santidad continua en todos tiempos. Y para
considerar esta divina Señora dignamente, siempre la
debemos imaginar en la misma Divinidad encerrada
como en templo, y en su Hijo Santísimo; y allí
entenderemos qué actos y operaciones de amor,
adoración y reverencia haría; qué delicias sentiría con el
mismo Señor y qué peticiones haría en aquel templo tan
en favor del linaje humano; que como veía en Dios la
necesidad grande de reparo que tenía, se encendía en su
caridad, clamaba y pedía de lo íntimo del corazón por la
salud de los mortales.
300. También dice el evangelista: Que la ciudad no ha
menester sol ni luna que la den luz, porque la claridad de
Dios la iluminó, y su lucerna es el Cordero. A la
presencia de otra claridad mayor y más refulgente que la
del sol y de la luna, no son éstas necesarias, como sucede
en el cielo empíreo, que allí hay claridad de infinitos
soles y no hace falta éste que nos alumbra, aunque es tan
resplandeciente y hermoso. En María Santísima, nuestra
Reina, no fue necesario otro sol ni luna de criaturas, para
que la enseñasen o alumbrasen, porque sola sin ejemplo
agradó y complació a Dios; ni tampoco su sabiduría,
santidad y perfección de obrar pudo tener otro maestro y
arbitro menos que al mismo sol de justicia y a su Hijo
Santísimo. Todas las demás criaturas fueron ignorantes
para enseñarla a merecer ser Madre digna de su Criador;
pero en esta misma escuela aprendió a ser humildísima y
obedientísima entre los humildes y obedientes, pues no
por ser enseñada del mismo Dios dejó de preguntar y
obedecer hasta a los más inferiores en las cosas que
convenía obedecerlos, antes, como discípula única del
que enmienda a los sabios, aprendió esta divina filosofía
de tal Maestro. Y salió tan sabia, que pudo decir el
evangelista:
301. Y las gentes caminarán can su luz: porque si Cristo
Señor nuestro llamó a los doctores y santos luces
encendidas (Mt., 5, 14) y puestas sobre el candelero de la
Iglesia para que la ilustrasen, y del resplandor y de la luz
que han derramado los Patriarcas, Profetas, Apóstoles,
Mártires y Doctores, han llenado a la Iglesia Católica de
tanta claridad que parece un cielo con muchos soles y
lunas ¿qué se podrá decir de María Santísima, cuya luz y
resplandor excede incomparablemente a todos los
Maestros y Doctores de la Iglesia y a los mismos Ángeles
del cielo? Si los mortales tuvieran claros ojos para ver
estas luces de María Santísima, ella sola bastaba para
iluminar a todo hombre que viene al mundo (Jn., 1, 9) y
encaminarlos por las sendas rectas de la eternidad. Y
porque todos los que han llegado al conocimiento de Dios
han caminado con la luz de esta Ciudad Santa, dice San
Juan: Que las gentes caminarán con su luz. Y a esto se
seguirá también:
302. Y los reyes de la tierra llevarán a ella su honor y su
gloria. Muy felices serán los reyes y los príncipes que en
sus personas y monarquías trabajaren con dichoso
desvelo para cumplir esta profecía. Todos debían
hacerlo; pero serán bienaventurados los que lo hicieren,
convirtiéndose con afecto íntimo del corazón a María
Santísima, empleando la vida, la honra, las riquezas y
grandeza de sus fuerzas y estados en la defensa de esta
Ciudad de Dios y en dilatar su gloria por el mundo y
engrandecer su nombre por la Iglesia Santa, y contra la
osadía loca de los infieles y herejes. Con dolor íntimo me
admiro de los príncipes católicos que no se desvelen para
obligar a esta Señora e invocarla, para que en sus
peligros, que en los príncipes son mayores, tengan su
refugio y protección, intercesora y abogada. Y si los
peligros son grandes en los reyes y potentados,
acuérdense que no es menor su obligación de ser
agradecidos, pues dice de sí misma esta divina Reina y
Señora que por ella reinan los reyes y mandan los
príncipes, y los grandes y poderosos administran justicia,
ama a los que la aman y los que la ilustraren alcanzarán
la vida eterna, porque obrando en ella no pecarán (Prov.,
8, 15ss).
303. No quiero ocultar la luz que muchas Veces se me
ha dado, y señaladamente en este lugar, para que la
manifieste. En el Señor se me ha mostrado que todas las
aflicciones de la Iglesia Católica, y los trabajos que
padece el pueblo cristiano, siempre se han reparado por
medio de la intercesión de María Santísima; y que en el
afligido siglo de los tiempos presentes, cuando la
soberbia de los herejes tanto se levanta contra Dios y su
Iglesia llorosa y afligida, sólo tienen un remedio tan
lamentables miserias; y éste es convertirse los reinos y
los reyes católicos a la Madre de la Gracia y
Misericordia, María Santísima, obligándola con algún
singular servicio en que se acreciente y dilate su
devoción y gloria por toda la redondez de la tierra, para
que, inclinándose a nosotros, nos mire con misericordia.
En primer lugar alcance gracia de su Hijo Santísimo, con
que se reformen los vicios tan desbocados como el enemigo
común ha sembrado en el pueblo cristiano, y con su
intercesión aplaque la ira del Señor que tan justamente
nos castiga y amenaza con mayor azote y desdichas. De
esta reformación y enmienda de nuestros pecados se
seguirá en segundo lugar la victoria contra los infieles y
extirpación de las falsas sectas que oprimen la Iglesia
Santa, porque María Santísima es el cuchillo que las ha
de extinguir y degollar en el mundo universo.
304. Hoy experimenta el mundo el daño de este olvido,
y si los príncipes católicos no tienen prósperos sucesos en
el gobierno de sus reinos, en su conservación y aumento
de la fe católica, en la expugnación de sus enemigos, en
las victorias o guerras contra los infieles, todo sucede
porque no atinan con este norte que los encamine, ni
han puesto a María por principio y fin inmediato de sus
obras y pensamientos, olvidados que esta Reina anda en
los caminos de la justicia para enseñarla y llevarlos por
ella y enriquecer a los que la aman (Prov., 8, 21).
305. ¡Oh Príncipe y Cabeza de la Santa Iglesia católica
y Prelados que también os llamáis príncipes de ella! ¡Oh
católico Príncipe y Monarca de España (Felipe IV, con
quien la autora mantuvo correspondencia epistolar), a
quien por obligación natural, por singular afecto y por
orden del Altísimo enderezo esta humilde pero
verdadera exhortación! arrojad vuestra corona y
monarquía a los pies de esta Reina y Señora del cielo y
de la tierra; buscad a la Restauradora de todo el linaje
humano; acudid a la que con el poder Divino es sobre
todo el poder de los hombres y del infierno; convertid
vuestros afectos a la que tiene en su mano las
llaves de la voluntad y tesoros del Altísimo; llevad vuestra
honra y gloria a esta Ciudad Santa de Dios, que no
la quiere porque la ha menester para acrecentar la suya
sino antes para mejorar y dilatar la vuestra; ofrecedle
con vuestra piedad católica y de todo corazón algún
obsequio grande y agradable, en cuya recompensa están
librados infinitos bienes, la conversión de gentiles, la
victoria contra herejes y paganos, la paz y tranquilidad
de la Iglesia, nueva luz y auxilios para mejorar las
costumbres y haceros rey grande y glorioso en esta vida y
en la otra.
306. ¡Oh reino y monarquía de España católica, y por
esto dichosísima, si a la firmeza y celo de tu fe que sobre
tus méritos has recibido de la omnipotente diestra,
añadieses tú el temor santo de Dios, correspondiente a la
profesión de esta fe, señalada entre las naciones de todo
el orbe! ¡Oh, si para conseguir este fin y corona de tus
felicidades, todos tus moradores se levantasen con
ardiente fervor en la devoción de María Santísima! ¡Cómo
resplandecería tu gloria, cómo serías iluminada, cómo,
amparada y defendida de esta Reina, y tus católicos
reyes enriquecidos de tesoros de lo alto, y por su mano la
suave ley del Evangelio propagada por todas las
naciones! Advierte que esta gran Princesa honra a los
que la honran, enriquece a los que la buscan, ilustra a los
que la ilustran y defiende a los que en ella esperan; y
para hacer contigo estos oficios de madre singular y usar
de nuevas misericordias, te aseguro que espera y desea
que la obligues y solicites su maternal amor. Pero
también advierte que Dios de nadie necesita (Sal., 15,
2) y es poderoso para hacer de piedras hijos de
Abrahán (Lc., 3, 8); y si de tanto bien te haces indigna,
puede reservar esta gloria para quien él fuere servido y
menos lo desmereciere.
307. Y porque no ignores el servicio con que hoy se dará
por obligada esta Reina y Señora de todos, entre muchos
que te enseñará tu devoción y piedad, atiende al estado
que tiene el misterio de su Inmaculada Concepción en
toda la Iglesia y lo que falta para asegurar con firmeza
los fundamentos de esta Ciudad de Dios. Y nadie
juzgue esta advertencia como de mujer flaca e ignorante,
o nacida de particular devoción y amor a mi estado y
profesión debajo de este nombre y religión de María sin
pecado original, pues para mí me basta mi creencia y luz
que en esta Historia he recibido; no es para mí esta
exhortación, ni yo la diera por sólo mi juicio y dictamen;
obedezco en ella al Señor que da lengua a los mudos,
hace prestas las de los niños infantes (Sab., 10, 21). Y
quien se admirare de esta liberal misericordia, advierta
lo que de esta Señora añade el Evangelista, diciendo:
308. Y sus puertas no estarán cerradas por el día, que
allí no hay noche. Las puertas de la misericordia de
María Santísima nunca estuvieron ni están cerradas, ni
hubo en ella noche de culpa, desde el instante primero
de su ser y concepción, que cerrase las puertas de esta
Ciudad de Dios, como en los demás santos. Y como en un
lugar donde las puertas están siempre patentes, salen
y entran libremente todos los que quieren, a todos
tiempos y horas, así a ninguno se le pone entredicho de
los mortales para que entre con libertad al comercio de
la divinidad por las puertas de la misericordia de María
Purísima, donde tiene estanco el tesoro del cielo, sin
limitación de tiempo, lugar, edad, ni sexo. Todos han
podido entrar desde su fundación; que para eso la fundó
el Altísimo con tantas puertas, y éstas no cerradas, sino
abiertas y francas, y a la luz; porque desde su
Concepción Purísima comenzaron a salir misericordias y
beneficios por estas puertas para todo el linaje humano.
Pero no porque tiene tantas puertas para que salgan por
ellas las riquezas de la Divinidad, deja de estar segura
de enemigos. Y por eso añade el texto:
309. No entrará en ella cosa manchada, o que cometiere
abominación y mentira, mas de aquellos que están
escritos en el libro de la vida del Cordero. Renovando el
evangelista el privilegio de las inmunidades de esta
Ciudad de Dios, María, dio fin a este capítulo 21,
asegurándonos que en ella no entró cosa manchada,
porque se le dio alma y cuerpo inmaculados. Y no se
pudiera decir que no había entrado en ella cosa sin
mancha, si hubiera tenido la de la culpa original, pues
aun por esta puerta no entran las manchas o máculas de
los pecados actuales. Todo lo que entró en esta Ciudad
Santa fue lo que estaba escrito en la vida del Cordero,
porque de su Hijo Santísimo se tomó el padrón y original
para formarla, y de ningún otro se pudo copiar virtud
alguna de María Santísima, por pequeña que fuese, si en
ella pudiera haber alguna pequeña. Y si a esta puerta de
María corresponde el ser ciudad de refugio para los
mortales, es con condición que tampoco ha de tener
parte ni entrada en ella el que cometiere abominación y
mentira. Mas no por esto se despidan los manchados y
pecadores hijos de Adán de llegar a las puertas de esta
Ciudad Santa de Dios, que si llegan reconocidos y
humillados a buscar la limpieza de la gracia, en estas
puertas de la gran Reina la hallarán y no en otras. Limpia
es, pura es, abundante es, y sobre todo es Madre de la
Misericordia, dulce, amorosa y poderosa para enriquecer
nuestra pobreza y limpiar las máculas de todas nuestras
culpas.
Doctrina que me dio la Reina en estos capítulos.
310. Hija mía, grande enseñanza y luz encierran los
misterios de estos capítulos, aunque en ellos has dejado
de decir muchas cosas. Pero de todo lo que has
entendido y escrito trabaja para que te aproveches y no
recibas la luz de la gracia en vano (2 Cor., 6, 1). Y lo que
brevemente quiero de ti que adviertas es que, por haber
sido tú concebida en pecado, descendiente de tierra y
con inclinaciones terrenas, no por eso desmayes en la
batalla de las pasiones hasta vencerlas, y en ellas a tus
enemigos, pues con las fuerzas de la gracia del Altísimo,
que te ayudará, te puedes levantar sobre ti misma y
hacerte descendiente del cielo, donde viene la gracia. Y
para que lo consigas ha de ser tu continua habitación las
alturas, estando tu mente fija en el conocimiento del ser
inmutable y perfecciones de Dios, sin consentir que de
allí te derribe la atención de otra cosa alguna, aunque
sea de las cosas necesarias. Y con esta incesante
memoria y vista interior de la grandeza de Dios estarás
dispuesta en todo lo demás para obrar lo más perfecto
de las virtudes, y te harás idónea para recibir él influjo
del Espíritu Santo y sus dones, y llegar al estrecho vínculo
de la amistad y comunicación con el Señor. Y para que no
impidas en esto su voluntad santa, que muchas veces se
te ha mostrado y manifestado, trabaja en mortificar la
parte inferior de la criatura, donde viven las inclinaciones
y pasiones siniestras. Muere a todo lo terreno, sacrifica
en presencia del Altísimo todos tus apetitos sensitivos y
ninguno cumplas, ni hagas tu voluntad sin obediencia, ni
salgas del secreto de tu interior donde te ilustrará la
lucerna del Cordero. Adórnate para entrar en el tálamo
de tu Esposo y déjate componer, como lo hará la diestra
del Todopoderoso, si tú concurres de tu parte y no le
impides. Purifica tu alma con muchos actos de dolor de
haberle ofendido y con ardentísimo amor le alaba y
magnifica. Búscale y no sosiegues hasta hallar al que
desea tu alma y no le dejes (Cant., 3, 4). Y quiero que
vivas en esta peregrinación al modo de los que la han
acabado, mirando sin cesar al objeto que los hace gloriosos.
Este ha de ser el arancel de tu vida, para que con
la luz de la fe y la claridad de Dios omnipotente, que te
iluminará y llenará tu espíritu, le ames, adores y
reverencies, sin hacer en esto intervalo alguno. Esta es la
voluntad del Altísimo en ti; advierte lo que puedes
granjear y también lo que puedes perder. No quieras por
ti misma aventurarlo, pero sujeta tu voluntad y redúcete
toda a la enseñanza de tu Esposo, a la mía y a la de la
obediencia, con quien lo has de conferir todo.Esta fue
la doctrina que me dio la Madre del Señor, a quien yo
respondí llena de confusión, y la dije:
311. Reina y Señora de todo lo criado, cuya soy y deseo
serlo por todas las eternidades, yo alabo por todas ellas
la omnipotencia del Altísimo, que tanto quiso
engrandeceros. Pues tan próspera sois y tan poderosa
con Su Alteza, yo, Señora mía, os suplico miréis con
misericordia a esta vuestra sierva pobre y mísera; y con
los dones que el Señor puso en vuestras manos para
distribuirlos a los necesitados, reparad mi vileza y
enriqueced mi desnuda pobreza y compeledme como
Señora hasta que eficazmente quiera y obre lo más
perfecto y halle gracia en los ojos de vuestro Hijo
Santísimo y mi Señor. Granjead para vos misma esta
exaltación, de que la más inútil criatura sea levantada
del polvo. En vuestras manos pongo mi suerte, queredla
vos, Señora y Reina mía, con eficacia, que vuestro querer
es santo y poderoso, por los méritos de vuestro Hijo
Santísimo y por la palabra de la Beatísima Trinidad, que
tiene empeñada a vuestra voluntad y peticiones, para
admitirlas sin negar alguna. No puedo obligaros porque
soy indigna, pero representóos, Señora mía, vuestra
misma santidad y clemencia.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #20                                                 INDICE  Arriba ^^

 

 El Trabajo de Dios
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 Mística Ciudad de Dios, Virgen María - Contiene la última parte del capítulo 21 del Apocalipsis en la concepción de María Santísima.