Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe lo que sucedió en los nueve meses del preñado de Santa Ana, y lo que hizo María Santísima en el vientre, y su madre en aquel tiempo.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  20    Versos:  312-325


312. Concebida María Santísima sin pecado original,
como queda dicho, con aquella primera visión que
tuvo de la Divinidad, quedó su espíritu todo absorto y
llevado de aquel objeto de su amor, que comenzó en
aquel estrecho tabernáculo del materno vientre en el
instante que fue criada su alma dichosísima, para no interrumpirse
jamás, antes para continuarle por toda la
eternidad en la suma gloria de pura criatura, que goza
en la diestra de su Hijo Santísimo. Y para que en la
contemplación y amor divino fuese creciendo, a más de
las especies infusas que recibió de otras cosas criadas y
de las que redundaron de la primera visión de la
Santísima Trinidad, con que ejercitó muchos actos de las
virtudes que allí podía obrar, renovó el Señor la maravilla
de aquella visión y manifestación abstractiva de su
divinidad, concediéndosela otras dos veces; de suerte
que se le manifestó la Santísima Trinidad tres veces por
este modo, antes de nacer al mundo: una en el instante
que fue concebida, otra hacia la mitad de los nueve
meses y la tercera el día antes que naciera. Y no se
entienda que por no ser continuo este modo de visión, le
faltó otro más inferior, aunque superiorísimo y muy alto,
con que miraba por fe y especial ilustración el ser de
Dios; que este modo de contemplación fue incesante y
continuo en María Santísima sobre toda la contemplación
que tuvieron todos los viadores juntos.
313. Pero aquella visión abstractiva de la Divinidad,
aunque no era ajena del estado de viadora, con todo
eso era tan alta e inmediata a la visión intuitiva, que
no debía ser continua en esta vida mortal para quien
había de merecer la gloria intuitiva por otros actos; mas
venía a ser sumo beneficio de la gracia para este
intento, porque dejaba especies impresas del Señor en el
alma y la levantaba, y absorbía toda la criatura en el
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incendio del amor Divino. Estos afectos se renovaron con
estas visiones en el alma santísima de María mientras
estuvo en el vientre de Santa Ana, donde sucedió que
teniendo uso perfectísimo de razón, y ocupándose en
continuas peticiones por el linaje humano, en actos
heroicos de reverencia, adoración y amor de Dios y trato
con los Ángeles, no sintió el encerramiento de la natural
y estrecha cárcel del vientre, ni le hizo falta el no usar de
los sentidos, ni le fueron pesadas las pensiones naturales
de aquel estado. A todo esto dejó de atender, con estar
más en su amado que en el vientre de su madre y más
que en sí misma.
314. La última de estas tres visiones que tuvo fue con
nuevos y más admirables favores del Señor; porque la
manifestó cómo era ya tiempo de salir a luz del mundo y
conversación de los mortales. Y obedeciendo a la Divina
voluntad la Princesa del cielo, dijo al Señor: Dios Altísimo,
dueño de todo mi ser, alma de mi vida y vida de mi alma,
infinito en atributos y perfecciones, incomprensible,
poderoso y rico en misericordias, Rey y Señor mío; de
nada me habéis dado el ser que tengo; y sin haberlo
podido merecer, me habéis enriquecido con los tesoros
de vuestra Divina gracia y luz, para que con ella
conociera luego vuestro ser inmutable y perfecciones
divinas y conociéndoos fuerais el primer objeto de mi
vista y de mi amor, para no buscar otro bien fuera de vos,
que sois el sumo y el verdadero, y todo mi consuelo.
Mandáisme, Señor mío, que salga a usar de la luz
material y conversación de las criaturas; y en vuestro
mismo ser, donde todas las cosas se conocen como en
clarísimo espejo, he visto el peligroso estado de la vida
mortal y sus miserias. Si en ellas, por mi flaqueza y
naturaleza débil, he de faltar sólo un punto a vuestro
servicio y amor y allí he de morir, muera aquí ahora
primero que pase a estado donde os pueda perder. Pero,
Señor y dueño mío, si vuestra voluntad santa se ha de
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cumplir, remitiéndome al tempestuoso mar de este
mundo, a vos, altísimo y poderoso bien de mi alma,
suplico que gobernéis mi vida, enderecéis mis pasos y
hagáis todas mis acciones a vuestro mayor agrado.
Ordenad en mí la caridad (Cant., 2, 4), para que con el
nuevo uso de las criaturas, con Vos y con ellas se mejore.
He conocido en Vos la ingratitud de muchas almas y temo
con razón que soy de su naturaleza si acaso yo
cometeré la misma culpa. En. esta caverna estrecha del
vientre de mi madre he gozado de los espacios infinitos
de vuestra Divinidad, aquí poseo todo el bien, que sois
vos, amado mío; y siendo ahora sólo vos mi parte (Sal.,
72, 26) y posesión, no sé si fuera de este encerramiento la
perderé a la vista de otra luz y uso de mis sentidos. Si
posible fuera y conveniente renunciar el comercio de la
vida que me aguarda, yo de mi voluntad lo negara todo y
careciera de ella; pero no se haga mi voluntad sino la
vuestra. Y pues así lo queréis, dadme vuestra bendición y
beneplácito para nacer al mundo y no apartéis de mí en
el siglo, donde me ponéis, vuestra divina protección.
Hecha esta oración por la dulcísima niña María, el
Altísimo la dio su bendición, y la mandó, como con
imperio, saliese a la luz material de este sol visible y la
ilustró de lo que debía hacer en cumplimiento de sus
deseos.
315. La felicísima madre Santa Ana corría su preñado
toda espiritualizada con divinos efectos y suavidad que
sentía en sus potencias; pero la Divina Providencia, para
mayor corona y seguridad de su próspera navegación de
la Santa, ordenó que llevase algún lastre de trabajos,
porque sin ellos no se logran harto los frutos de la gracia
y del amor. Y para mejor entender lo que a esta
santísima matrona sucedió, se debe advertir que el
demonio, después que con sus malos ángeles fue
derribado del cielo a las penas infernales, andaba
siempre desvelado, atendiendo y acechando a todas las
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mujeres más santas de la ley antigua, para reconocer si
topaba con aquella cuya señal había visto y cuya planta
le había de hollar y quebrantar la cabeza (Ap., 12, 1;
Gén., 3, 15). Y era tan ardiente la indignación de Lucifer,
que estas diligencias no las fiaba de solos sus inferiores;
pero ayudándose de ellos contra algunas mujeres
virtuosas, él mismo por sí atendía y rodeaba a las que
conocía se señalaban más en ellas las virtudes y la
gracia del Altísimo.
316. Con esta malignidad y astucia advirtió mucho en la
extremada santidad de la gran matrona Ana y en todo lo
que alcanzaba de cuanto en ella iba sucediendo; y
aunque no pudo conocer el valor del tesoro que su
dichoso vientre encerraba, porque el Señor le ocultaba
este y otros misterios, pero sentía contra sí una grande
fuerza y virtud que redundaba de Santa Ana; y el no
poder penetrar la causa de aquella poderosa eficacia, le
traía a tiempos muy turbado y zozobrado en su mismo
furor. Otras veces se quietaba un poco, juzgando que
aquel preñado era por el mismo orden y causas naturales
que los demás y que no había en él cosa nueva que
temer; porque le dejaba el Señor alucinarse en su misma
ignorancia y andarse mareando en las olas soberbias de
su propia indignación. Pero con todo esto se
escandalizaba su perversísimo espíritu de ver tanta
quietud en el preñado de Santa Ana y tal vez se le
manifestaba la asistían muchos Ángeles; y sobre todo le
despechaba el sentirse flaco en fuerzas para resistir a la
que salía de la bienaventurada Santa Ana; y dio en
sospechar que no era sola ella quien la causaba.
317. Turbado el Dragón con estos recelos, determinó
quitar la vida si pudiera a la dichosísima Ana; y si no
podía conseguirlo, procurar a lo menos que tuviese mal
gozo de su preñado; porque era tan desmedida la
soberbia de Lucifer, que se persuadía podría vencer o
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quitar la vida, si no se le ocultaba, a la que fuese Madre
del Verbo Humanado, y al mismo Mesías Reparador del
mundo. Y esta suma arrogancia fundaba en que su
naturaleza de ángel era superior en condición y fuerzas a
la naturaleza humana; como si a una y a otra no fuera
superior la gracia, y entrambas no estuvieran subordinadas
a la voluntad de su Criador. Con esta audacia
se animó a tentar a Santa Ana con muchas sugestiones,
espantos, sobresaltos y desconfianzas de la verdad de su
preñado, representándole su larga edad y dilación. Y
todo esto hacía el demonio para explorar la virtud de la
Santa y ver si el efecto de estas sugestiones abría algún
portillo por donde él pudiese entrar a saltearle la
voluntad con algún consentimiento.
318. Pero la invicta matrona resistió estos golpes
varonilmente, con humilde fortaleza, paciencia, continua
oración y viva fe en el Señor, con que desvanecía las
marañas fabulosas del dragón y todas redundaban en
mayores aumentos de la gracia y protección divina;
porque a más de los grandes merecimientos que la santa
madre acumulaba, la defendían los príncipes, que
guardaban a su Hija santísima, y arrojaban a los
demonios de su presencia. Mas no por esto desistió la
insaciable malicia de este enemigo; y como su arrogancia
y su soberbia excede a su fortaleza, procuró valerse
de medios humanos; porque con tales instrumentos se
promete siempre mayores victorias. Y habiendo
procurado primero derribar la casa de San Joaquín y
Santa Ana, para que con el susto se alterase y moviese,
como no lo pudo conseguir, porque los Ángeles Santos le
resistieron, irritó a unas mujercillas flacas, conocidas de
Santa Ana, para que riñesen con ella, como lo hicieron
con grande ira, injuriándola con palabras muy
desmedidas de contumelia; y entre ellas hicieron gran
mofa de su preñado, diciéndola que era embuste del
demonio salir con aquello al cabo de tantos años y vejez.
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319. No se turbó Santa Ana con esta tentación, antes
con toda mansedumbre y caridad sufrió las injurias y
acarició a quien se las hacía; y desde entonces miró a
aquellas mujeres con más afecto y les hizo mayores
beneficios. Pero no luego se les templó la ira, por
haberlas poseído el demonio para encenderlas en odio
de la Santa; y como entregándosele una vez a este cruel
tirano, cobra más fuerzas para traer a su mandado a
quien se le sujeta, incitó aquellos ruines instrumentos
para que intentasen alguna venganza en la persona
y vida de Santa Ana; mas no pudieron ejecutarlo, porque
la virtud Divina hizo más débiles e ineptas las flacas
fuerzas de aquellas mujeres y nada pudieron obrar
contra la Santa, antes ella las venció con amonestaciones
y las redujo con sus oraciones a conocimiento y enmienda
de sus vidas.
320. Con esto quedó vencido el Dragón, pero no rendido,
porque luego se valió de una criada que servía a los
Santos Casados y la irritó contra Santa Ana; de suerte
que ésta fue peor que las otras mujeres, porque era
enemigo doméstico, y por esto más pertinaz y peligroso.
No me detengo en referir lo que intentó el enemigo por
medio de esta criada, porque fue lo mismo que por las
otras mujeres, aunque con mayor molestia y riesgo de la
Santa Matrona; pero con el favor Divino alcanzó victoria
de esta tentación más gloriosamente que de las otras;
porque no dormitaba la guarda de Israel que guardaba a
su Ciudad Santa (Sal., 120, 4) y la tenía guarnecida con
tantas centinelas, los más esforzados de su milicia, que
ahuyentaron a Lucifer y sus ministros para que no
molestasen más a la dichosa madre, que aguardaba ya el
parto felicísimo de la Princesa del Cielo, y se había
dispuesto para él con los actos heroicos de las virtudes y
merecimientos adquiridos en estas peleas, y se acercaba
el fin deseado. Y yo deseo también el de estos capítulos
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para oír la saludable doctrina de mi Señora y Maestra;
que si bien me administra todo lo que escribo, pero lo
que a mí me está mejor es su maternal amonestación, y
así la aguardo con sumo gozo y júbilo de mi espíritu.
321. Hablad, pues, Señora, que vuestra sierva oye. Y si
me dais licencia, aunque soy polvo y ceniza, preguntaré
una duda que en este capítulo se me ha ofrecido, pues en
todas me remito a vuestra dignación de Madre, de
Maestra y Dueña mía. La duda en que me hallo es ésta:
¿cómo, habiendo sido vos Señora de todo lo criado,
concebida sin pecado y con tan alta noticia de todas las
cosas en la visión de la Divinidad que vuestra alma
santísima tuvo, se compadecía con esta gracia el temor y
ansias tan grandes que teníades de no perder la amistad
de Dios y no ofenderle? Si al primer paso e instante de
vuestro ser os previno la gracia, ¿cómo en habiendo
comenzado a ser temíades perderla? Y si el Altísimo os
eximió de la culpa, ¿cómo podíades caer en otras y
ofender a quien os guardó de la primera?

Doctrina y respuesta de la Reina del cielo.

322. Hija mía, oye la respuesta de tu duda. Cuando en
la visión que tuve de la Divinidad en el primer instante
hubiera conocido mi inocencia y que estaba concebida
sin pecado, son de tal condición estos beneficios y dones
de la mano del Altísimo, que cuanto más aseguran y se
conocen tanto mayor cuidado y atención despiertan para
conservarlos y no ofender a su Autor, que por sola su
bondad los comunica a la criatura; y traen consigo tanta
luz de que se derivan de la virtud sola de lo alto y por los
méritos de mi Hijo Santísimo, sin conocer la criatura más
que su indignidad e insuficiencia, que con esto entiende
muy claro recibe lo que no merece, y que siendo ajeno no
debe ni puede apropiárselo a sí misma. Y conociendo que
hay dueño y causa tan superior que, como de liberalidad
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lo concede, puede asimismo quitárselo y dar a quien
fuere servido, de aquí nace forzosamente la solicitud y
cuidado de no perder lo que se tiene de gracia, antes
obrar con diligencia para conservarlo y aumentar el
talento (Mt., 25, 16ss), pues se conoce ser este sólo el
medio para no perder lo que tenemos en depósito, y que
se le da a la criatura para que vuelva el retorno y trabaje
en la gloria de su Hacedor; y el cuidar de este fin es
precisa condición para conservar los beneficios de la
gracia recibida.
323. A más de esto se conoce allí la fragilidad de la
humana naturaleza y su libre voluntad para el bien y el
mal. Y este conocimiento no me le quitó el Altísimo, ni le
quita a nadie cuando es viador; antes le deja a todos
como conviene para que a su vista se arraigue el temor
santo de no caer en culpa, aunque sea pequeña. Y en mí
fue mayor esta luz; porque conocí que una pequeña falta
dispone para otra mayor y la segunda es castigo de la
primera. Verdad es que por los beneficios y gracias que
había obrado el Señor en mi alma, no era posible caer en
pecado con ellas; pero de tal suerte dispuso su
providencia este beneficio, que me ocultó la seguridad
absoluta de no pecar; y conocía que por mí sola era
posible caer y sólo pendía de la Divina voluntad el no
hacerlo; y así reservó para sí el conocimiento y mi
seguridad y a mí me dejó el cuidado y santo temor de no
pecar como viadora; y desde mi concepción hasta la
muerte no le perdí, mas antes creció en mí con la vida.
324. Diome también el Altísimo discreción y humildad
para que no preguntase ni examinase este misterio, y
sólo atendía a fiar de su bondad y amor que me asistiría
para no pecar. Y de aquí resultaban dos efectos
necesarios en la vida cristiana: el uno tener quietud en el
alma, el otro no perder el temor y desvelo de guardar mi
tesoro; y como éste era temor filial, no disminuía el amor,
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antes le encendía más y acrecentaba. Y estos dos efectos
de amor y temor hacían en mi alma una consonancia
divina para ordenar todas mis acciones en alejarme del
mal y unirme con el sumo bien.
325. Amiga mía, este es el mayor examen de las cosas
del espíritu: que vengan con verdadera luz y sana
doctrina, que enseñen la mayor perfección de las virtudes
y con gran fuerza muevan para buscarla. Esta condición
tienen los beneficios que descienden del Padre de las
lumbres, que aseguran humillando y humillan sin desconfianza,
y dan confianza con solicitud y desvelo y
solicitud con sosiego y paz, para que estos afectos no se
impidan en el cumplimiento de la voluntad Divina. Y tú,
alma, ofrece humilde y fervorosa agradecimiento al
Señor, porque ha sido tan liberal contigo, habiéndole
obligado tan poco, y te ha ilustrado con su Divina luz y
franqueado el archivo de sus secretos y te previno con el
temor de su desgracia. Pero usa de él con medida y
excede más en el amor; y con estas dos alas te levanta
sobre todo lo terreno y sobre ti misma. Procura
deponer luego cualquiera desordenado afecto que te
mueva temor excesivo; y deja tu causa al Señor y la suya
toma por cosa propia. Teme hasta que seas purificada
y limpia de tus culpas e ignorancias; y ama al Señor
hasta que seas toda transformada en Él y en todo le
hagas dueño y arbitro de tus acciones, sin que tú lo seas
de ninguna. No fíes de tu propio juicio, ni seas sabia
contigo misma (Prov., 3, 7), porque al dictamen propio le
ciegan fácilmente las pasiones y le llevan tras de sí, y él
con ellas arrebatan la voluntad; con que se viene a temer
lo que no se debía temer y a dilatarse en lo que no le
conviene. Asegúrate de suerte que no te dilates con
liviano gusto interior; duda y teme hasta que con quietud
solícita halles el medio conveniente en todo; y siempre le
hallarás si te sujetas a la obediencia de tus Prelados y a
lo que el Altísimo en ti obrare y te enseñare. Y
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aunque los efectos sean buenos en el fin que se desea,
todos se han de registrar con la obediencia y consejo,
porque sin esta dirección suelen salir monstruos y sin
provecho. En todo serás atenta a lo más santo y perfecto.
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