Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDeclárase el modo cómo el Señor manifiesta a mi alma estos misterios y vida de la Reina, en el estado que Su Majestad me ha puesto.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  2    Versos:  12-25


12. Para dejar advertido y declarado en lo restante de
esta obra el modo con que me manifiesta el Señor estas
maravillas, ha parecido conveniente poner en el principio
de este capítulo, donde lo daré a entender como pudiere
y me fuere concedido.
13. Después que tengo uso de razón, he sentido un
beneficio del Señor, que le juzgo por el mayor de los que
su liberal mano me ha hecho, y es haberme dado Su
Alteza un temor íntimo y grande de perderle; y éste me
ha provocado y movido a desear lo mejor y más seguro y
siempre a obrarlo y pedirlo al Altísimo, que ha
crucificado mis carnes con esta flecha (Sal., 118, 120),
porque temí sus juicios y siempre vivo con este pavor, si
perderé la amistad del Todopoderoso y si estoy en ella.
Mi pan de día y de noche ha sido las lágrimas (Sal., 41, 4)
que me causaba esta solicitud, de la cual me ha nacido
en estos últimos tiempos que corren cuando los
discípulos del Señor que profesan su virtud, es menester
sean de los ocultos y que no se manifiesten el hacer
grandes peticiones a Dios y solicitar la intercesión de la
Reina y Virgen pura, suplicándole con todo mi corazón me
guíe y encamine por un camino recto, oculto a los ojos de
los hombres.
14. A estas repetidas peticiones me respondió el Señor:
No temas, alma, ni te aflijas, que yo te daré un estado y
camino de luz y seguridad, de mi parte tan oculto y
estimable, que, si no es el autor de él, no le conocerá; y
todo lo exterior y sujeto a peligro te faltará desde hoy y
tu tesoro estará escondido; guárdale de tu parte y
consérvale con vida perfecta. Yo te pondré en una senda
oculta, clara, verdadera y pura; camina por ella.Desde
entonces conocí mudanza en mi interior y un estado muy
espiritualizado. Al entendimiento se le dio una nueva luz
y se le comunica e infunde ciencia, con la cual conoce en
Dios todas las cosas y lo que son en sí sus operaciones y
se le manifiestan según es la voluntad del Altísimo que
las conozca y vea. Es esta inteligencia y lumen que
alumbra, santo, suave y puro, sutil, agudo, noble, cierto y
limpio (Sab., 7, 22); hace amar el bien y reprobar el mal;
es un vapor de la virtud de Dios y emanación sencilla de
su luz (Ib., 25), la cual se me pone, como espejo, delante
él entendimiento y con la parte superior del alma y vista
interior veo mucho; porque el objeto, con la luz que de él
reverbera, se conoce ser infinito, aunque los ojos son
limitados y corto el entendimiento. Esta vista es como si
el Señor estuviese asentado en un trono de grande
majestad, donde se conocieran sus atributos con
distinción debajo del límite de la mortalidad; porque le
cubre uno como cristal purísimo que media y por él se
conocen y divisan estas maravillas y atributos o
perfecciones de Dios con grande claridad y distinción,
aunque con aquel velo o medio, que impide el verle del
todo, inmediata o intuitivamente y sin velo, que es éste
como cristal que he dicho. Pero el conocimiento de lo que
encubre no es penoso, sino admirable para el
entendimiento; porque se entiende que es infinito el
objeto y limitado el que le mira y le da esperanzas que, si
lo granjea, se correrá aquel velo y quitará lo que media
cuando se desnude el alma de la mortalidad del cuerpo
(2 Cor., 5, 4).
15. En este conocimiento hay modos o grados de ver de
parte del Señor, según es la voluntad divina mostrarlo,
porque es espejo voluntario. Unas veces se manifiesta
más claramente, otras menos; unas veces se muestran
unos misterios ocultando otros, y siempre grandes. Y esta
diferencia suele seguir también la disposición del alma;
porque si no está con toda quietud y paz, o ha cometido
alguna culpa o imperfección, por pequeña que sea, no se
alcanza a ver esta luz en el modo que digo y donde se
conoce al Señor con tanta claridad y certeza, que no deja
duda alguna de lo que se entiende. Pero primero y mejor
se conoce ser Dios el que está presente, que se entienda
todo lo que Su Majestad habla. Y este conocimiento hace
una fuerza suave, fuerte y eficaz para amar, servir y
obedecer al Altísimo. En esta claridad se conocen
grandes misterios: cuánto vale la virtud y cuán preciosa
cosa es tenerla y obrarla; conócese su perfección y
seguridad; siéntese una virtud y fuerza que compele a lo
bueno y hace oposición y pugna con lo malo y con las
pasiones y muchas veces las vence; y si el alma goza de
esta luz y vista, y no la pierde, no es vencida ((Sab., 7,
30), porque la da ánimo, fervor, seguridad y alegría;
cuidadosa y solícita, llama y levanta, da ligereza y brío,
llevando tras de sí lo superior del alma a lo inferior, y aun
el cuerpo se aligera y queda como espiritualizado por
aquel tiempo, suspendiéndose su gravamen y peso.
16. Y como el alma conoce y siente estos dulces efectos,
con amoroso afecto dice al Altísimo: Trahe me post te
(Cant., 1, 3) y correremos juntos; porque, unida con su
amado, no siente las operaciones terrenas; y dejándose
llevar del dolor de estos ungüentos de su querido, viene a
estar más donde ama que donde anima; deja desierta la
parte inferior y, cuando la vuelve a buscar, es para
perfeccionarla, reformando y como degollando estos
animales apetitos de las pasiones; y si tal vez se quieren
rebelar, los arroja el alma con velocidad, porque ya no
vivo yo, pero Cristo vive en mí (Gál., 2, 20).
17. Siéntese aquí por cierto modo en todas las
operaciones santas y movimientos la asistencia del
espíritu de Cristo, que es Dios y es vida del alma (1 Jn., 5,
11-12), conociéndose en el fervor, en el deseo, en la luz,
en la eficacia para obrar, una fuerza interior que sólo
Dios la puede hacer. Siéntese la continuación y virtud de
esta luz y el amor que causa y una habla íntima,
continuada y viva, que hace atender a todo lo que es
divino y abstrae de lo terreno; en que se manifiesta vivir
Cristo en mí, su virtud y luz, que siempre luce en las
tinieblas. Esto es propiamente estar en los atrios de la
casa del Señor, porque está el alma a la vista donde
reverbera la claridad de la lucerna del Cordero (Ap., 21,
23).
18. No digo que es toda la luz, pero es parte; y esta
parte es un conocimiento sobre las fuerzas y virtud de la
criatura. Y para esta vista anima el Altísimo al
entendimiento, dándole una cualidad y lumen para que
esta potencia se proporcione con el conocimiento, que es
sobre sus fuerzas; y esto también se entiende y conoce en
este estado con la certeza que se creen o conocen las
demás cosas divinas, pero aquí también acompaña la fe;
y en este estado muestra el Todopoderoso al alma el
valor de esta ciencia y lumbre que le infunde; no se
puede extinguir su luz, y todos los bienes me vinieron
juntos con ella y por sus manos una honestidad de grande
precio. Esta lucerna va delante de mí, enderezando mis
caminos; aprendíla sin ficción y deseo comunicarla sin
envidia y no esconder su honestidad; es participación de
Dios y su uso es buen deleite y alegría (Sab., 7, 10-13). De
improviso enseña mucho y reduce el corazón y con fuerza
poderosa lleva y aparta de lo engañoso, en lo cual, sólo
mirándolo a esta luz, se halla una inmensidad de
amargura, con que más se aleja de esto momentáneo y
corriendo huye el alma al sagrado y refugio de la verdad
eterna y entra en la bodega del adobado vino, donde
ordena el Muy Alto en mí la caridad (Cant., 2, 4). Y con
ella me compele a que sea paciente y sin envidia, que
sea benigna sin ofender a nadie, que no sea soberbia, ni
ambiciosa, que no me aire, ni piense mal de nadie, que
todo lo sufra y lo tolere (1 Cor., 13, 4), siempre me da
voces (Prov., 8, 1) y amonesta en mi secreto con fuerza
poderosa, para que obre lo más santo y puro,
enseñándomelo en todo; y si falto, aun en lo más
pequeño, me reprende sin disimular cosa alguna.
19. Esta es luz que a un mismo tiempo alumbra, fervoriza,
enseña, reprende, mortifica y vivifica, llama y detiene,
amonesta y compele; enseña con distinción el bien y el
mal, lo encumbrado y lo profundo, la longitud y latitud
(Ef., 3, 18); el mundo, su estado, su disposición, sus
engaños, tabulaciones y falacias de sus moradores y
amadores y, sobre todo, me enseña a hollarlo y pisarlo y
levantarme al Señor, mirándole como a supremo dueño
y gobernador de todo. Y en Su Majestad veo y conozco
la disposición de las cosas, las virtudes de los elementos,
el principio, medio y fin de los tiempos y sus mutaciones y
variedad, el curso de los años, la armonía de todas las
criaturas y sus cualidades (Sab., 7, 17-20); todo lo
escondido, los hombres, sus operaciones y pensamientos
y lo que distan de los del Señor; los peligros en que viven
y sus caminos siniestros por donde corren; los estados, los
gobiernos, su momentánea firmeza y poca estabilidad; lo
que es todo su principio y su fin, lo que tienen de verdad
o de mentira. Todo esto se ve y conoce en Dios
distintamente con esta luz, conociendo las personas y
condiciones. Pero descendiendo a otro estado más
inferior y que el alma tiene de ordinario, en que usa de la
sustancia y hábito de la luz, aunque no de toda su
claridad, en éste hay alguna limitación de aquel
conocimiento tan alto de personas y estados, secretos y
pensamientos que he dicho; porque aquí, en este inferior
lugar, no tengo más conocimiento de lo que basta para
apartarme del peligro y huir del pecado,
compadeciéndome con verdadera ternura de las
personas, sin darme licencia para hablar con claridad
con nadie, ni descubrir lo que conozco; ni pudiera hacerlo,
porque parece quedo muda, si no es cuando el
autor de estas obras tal vez da licencia y ordena que
amoneste a algún prójimo, pero no ha de ser declarando
el modo, sino hablando al corazón con razones llanas,
lisas, comunes y caritativas en Dios y pedir por estas
necesidades, que para esto me lo enseñan.
20. Y aunque todo esto he conocido con claridad,
jamás el Señor me ha mostrado el fin malo de ninguna
alma que se haya condenado; y ha sido providencia
divina, porque es así justo y no se ha de manifestar la
condenación de nadie sin grandes fines y, porque si lo
conociera, juzgo muriera de pena; y fuera efecto del
conocimiento de esta luz, porque es gran lástima ver que
alguna alma carezca para siempre de Dios; y le he
suplicado no me muestre ninguno que se condene; si
puedo librar con la vida a alguno que esté en pecado, no
rehusaré el trabajo, ni que el Señor me lo muestre; pero
el que no tiene remedio, no le vea yo.
21. Danme esta luz, no para que declare mi sacramento
en particular, sino para que con prudencia y sabiduría
use de él. Quédame este lumen como una sustancia que
vivifica aunque es accidente que emana de Dios y un
hábito para usar de él, ordenando bien los sentidos y
parte inferior; pero en la superior del espíritu siempre
goza de una visión y habitación de paz; y conozco
intelectualmente todos los misterios y sacramentos que
se me muestran de la vida de la Reina del cielo y otros
muchos de la fe, que casi incesantemente tengo
presentes; a lo menos la luz nunca la pierdo de vista. Y si
alguna vez desciendo, como criatura, con atención a la
conversación humana, luego me llama el Señor con rigor
y fuerza suave y me vuelve a la atención de sus palabras
y locuciones y al conocimiento de estos sacramentos,
gracias y virtudes y obras exteriores e interiores de la
Madre Virgen, como iré declarando.
22. A este modo, y en los estados y luz que digo, veo
también y conozco a la misma Reina y Señora nuestra,
cuando me habla y a los santos ángeles y su naturaleza y
excelencia; y unas veces los conozco y veo en el Señor y
otra en sí mismos, pero con diferencia, porque, para
conocerlos en sí mismos, desciendo algún grado más
inferior; y también conozco esto; y resulta de la
diferencia de los objetos y el modo de mover al
entendimiento. En este grado más inferior veo, hablo y
(entiendo a los santos príncipes, conversan conmigo y me
declaran muchos de los misterios que el Señor me ha
mostrado; y la Reina del cielo me declara y manifiesta los
de su santísima vida y los sucesos admirables de ella; y
con distinción conozco a cada una de estas personas por
sí, sintiendo los efectos divinos que cada cual
respectivamente hace en el alma.
23. En el Señor los veo como en espejo voluntario,
mostrándome Su Majestad los santos que quiere y como
gusta, con una claridad grande y efectos más superiores;
porque se conoce con admirable luz el mismo Señor y a
los santos y sus excelentes virtudes y maravillas y cómo
las obraron con la gracia y en cuya virtud todo lo pudieron
(Flp., 4, 13). Y en este conocimiento queda la
criatura más abundante y adecuadamente llena de gozo,
que la llena de más virtud y satisfacción y queda como en
el descanso de su centro; porque cuanto es más
intelectual y menos corpóreo e imaginario, es la luz más
fuerte y los efectos más altos, mayor la sustancia y
certeza que se siente. Pero también hay aquí una
diferencia, que se conoce ser más superior la vista o
conocimiento del mismo Señor y de sus atributos y
perfecciones, y sus efectos son dulcísimos e inefables; y
qué es grado más inferior ver y conocer las criaturas aun
en el mismo Señor; y esta inferioridad me parece que en
parte nace de la misma alma, que, como su vista es tan
limitada, no atiende tanto ni conoce a Dios con las
criaturas, como a sólo Su Majestad sin ellas; y esta vista
sola parece que tiene más plenitud de gozo que el ver en
Dios las criaturas; tan delicado es este conocimiento de
la divinidad, que atender en ella a otra cosa le impide
algo, a lo menos mientras somos mortales.
24. En el otro estado más inferior del que he dicho, veo
a la Virgen santísima en sí misma y a los ángeles;
entiendo y conozco el modo de enseñarme y hablarme e
ilustrarme, que es semejante y a la manera que los
mismos ángeles se dan luz y comunican y hablan unos a
otros y alumbran los superiores a los inferiores. El Señor
da esta luz como primera causa, pero de aquélla
participada, que esta Reina goza con tanta plenitud, la
comunica a la parte superior del alma, conociendo yo a
Su Alteza y sus prerrogativas y sacramentos del modo
que el ángel inferior conoce lo que le comunica el
superior. También se conoce por la doctrina que enseña y
por la eficacia que tiene y por otras condiciones que se
sienten y gustan de la pureza, alteza y verdad de la
visión, donde nada oscuro, impuro, falso o sospechoso se
reconoce y nada santo, limpio y verdadero se deja de
reconocer. Lo mismo me sucede en su modo con los
santos príncipes; y así me lo ha mostrado muchas veces
el Señor que la comunicación e ilustración con mi interior
es como la tienen ellos entre sí mismos. Y muchas veces
me sucede que pasa la iluminación por todos estos
arcaduces y conductos: que el Señor da la inteligencia y
luz, o el objeto de ella, y la Virgen santísima la declara y
los ángeles me dan los términos. Otras veces, y lo más
ordinario, lo hace todo el Señor y me enseña la doctrina;
otras lo hace la Reina, dándolo ella todo, y otras los
ángeles. Y también suelen darme la inteligencia sola, y
los términos para declararme los tomo yo de lo que tengo
entendido; y en esto podría errar, si lo permitiese el
Señor, porque soy mujer ignorante y me valgo de lo que
he oído; y cuando tengo alguna dificultad en declarar
las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual
en las materias más arduas y difíciles.
25. Visiones corpóreas en estos tiempos y estados tengo
muy pocas veces, pero algunas imaginarias sí; y éstas son
en grado mucho más inferior a todos los que tengo
dichos, que son muy superiores y espirituales o
intelectuales. Y lo que puedo asegurar es que en todas
las inteligencias, grandes y pequeñas, inferiores y
superiores, del Señor y de la Virgen santísima y de los
santos ángeles, en todas ellas recibo abundantísima luz y
doctrina muy provechosa, en que veo y conozco la
verdad, la mayor perfección y santidad; y siento una
fuerza y luz divina que me compele a desear la mayor
pureza del alma y la gracia del Señor y morir por ella y
obrar en todo lo mejor. Y con estos grados y modos de
inteligencias que he dicho, conozco todos los misterios de
la vida de la Reina del cielo con grande provecho y júbilo
de mi espíritu. Por lo cual de todo mi corazón y mente
magnifico al Todopoderoso, le engrandezco, adoro y confieso
por santo y omnipotente Dios, fuerte y admirable,
digno de alabanza, magnificencia, gloria y reverencia
por todos los siglos. Amén.
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