Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDel nacimiento dichoso de María Santísima y Señora nuestra; los favores que luego recibió de mano del Altísimo; y cómo la pusieron el nombre en el cielo y tierra.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  21    Versos:  326-344


326. Llegó el día alegre para el mundo del parto
felicísimo de Santa Ana y nacimiento de la que venía a él
santificada y consagrada para Madre del mismo Dios.
Sucedió este parto a los ocho días de septiembre,
cumplidos nueve meses enteros después de la concepción
del alma santísima de nuestra Reina y Señora.
Fue prevenida su madre Ana con ilustración interior, en
que el Señor le dio aviso cómo llegaba la hora de su
parto. Y llena de gozo del Divino Espíritu atendió a su voz;
y postrada en oración pidió al Señor la asistiese su gracia
y protección para el buen suceso de su parto. Sintió luego
un movimiento en el vientre, que es el natural de las
criaturas para salir a luz; y la más que dichosa niña
María al mismo tiempo fue arrebatada por Providencia y
virtud Divina en un éxtasis altísimo, en el cual absorta y
abstraída de todas las operaciones sensitivas nació al
mundo sin percibirlo por el sentido; como pudiera
conocerlo por ellos, si junto con el uso de razón que tenía,
los dejara obrar naturalmente en aquella hora; pero el
poder del Muy Altó lo dispuso en esta forma, para que la
Princesa del cielo no sintiese lo natural de aquel suceso
del parto.
327. Nació pura, limpia, hermosa y llena toda de
gracias, publicando en ellas que venía libre de la ley y
tributo del pecado; y aunque nació como los demás hijos
de Adán en la sustancia, pero con tales condiciones y
accidentes de gracias, que hicieron este nacimiento
milagroso y admirable para toda la naturaleza y
alabanza eterna del Autor. Salió, pues, este divino lucero
al mundo a las doce horas de la noche, comenzando a
dividir la de la antigua ley y primeras tinieblas del día
nuevo de la gracia, que ya quería amanecer.
Envolviéronla en paños y fue puesta y aliñada como los
demás niños la que tenía su mente en la Divinidad, y
tratada como párvula la que en sabiduría excedía a los
mortales y a los mismos Ángeles. No consintió su madre
que por otras manos fuese tratada entonces, antes ella
por las suyas la envolvió en las mantillas, sin
embarazarle el sobreparto; porque fue libre de las
pensiones onerosas que tienen de ordinario las otras
madres de sus partos.
328. Recibió Santa Ana en sus manos a la que,
siendo hija suya, era juntamente el tesoro mayor del
cielo y tierra en pura criatura, sólo a Dios inferior y
superior a todo lo criado; y con fervor y lágrimas la
ofreció a Su Majestad, diciendo en su interior:
Señor de infinita sabiduría y poder, Criador de todo
cuanto tiene ser; el fruto de mi vientre, que de vuestra
bondad he recibido, os ofrezco con eterno
agradecimiento de que me le habéis dado, sin poderlo yo
merecer. De hija y madre haced a vuestra voluntad santísima,
y mirad nuestra pequeñez desde lo alto de
vuestra silla y grandeza. Eternamente seáis bendito,
porque habéis enriquecido al mundo con criatura tan
agradable a vuestro beneplácito y porque en ella habéis
preparado la morada y tabernáculo (Sab., 9, 8) para que
viva el Verbo Eterno. A mis santos padres y profetas doy
la enhorabuena, y en ellos a todo el linaje humano, por la
segura prenda que les dais de su redención. Pero ¿cómo
trataré yo a la que me dais por hija, no mereciendo ser su
sierva? ¿Cómo tocaré la verdadera arca del testamento?
Dadme, Señor y Rey mío, la luz que necesito para saber
vuestra voluntad, y ejecutarla en agrado vuestro y
servicio de mi hija.
329. Respondió el Señor a la Santa Matrona en su
interior, que tratase a la divina niña como madre a su
hija en lo exterior, sin mostrarle reverencia, pero que se
la tuviese en lo interior; y que en su crianza cumpliese
con las leyes de verdadera madre, cuidando de su hija
con solicitud y amor. Todo lo cumplió así la feliz madre; y
usando de este derecho y licencia, sin perder la
reverencia debida, se regalaba con su Hija Santísima,
tratándola y acariciándola como lo hacen las otras
madres con las suyas, pero con el aprecio y atención
digna de tan oculto y divino sacramento como entre hija y
madre se encerraba. Los Ángeles de Guarda de la dulce
niña con otra gran multitud la adoraron y reverenciaron
en los brazos de su madre y la hicieron música celestial,
oyendo algo de ella la dichosa Ana; y los mil Ángeles
señalados para la custodia de la gran Reina se le
ofrecieron y se dedicaron para su ministerio; y fue esta la
primera vez que la divina Señora los vio en forma
corpórea con las divisas y hábito que diré en otro
capítulo (Cf. infra n. 361ss); y la niña les pidió que
alabasen al Altísimo con ella y en su nombre.
330. Al punto que nació nuestra Princesa María, envió el
Altísimo al santo Arcángel Gabriel para que evangelizase
a los Santos Padres del limbo esta nueva tan alegre para
ellos; y el embajador celestial bajó luego, ilustrando
aquella profunda caverna y alegrando a los justos que en
ella estaban detenidos. Anuncióles cómo ya comenzaba a
amanecer el día de la felicidad eterna y reparación del
linaje humano, tan deseado y esperado de los Santos y
prenunciado de los Profetas, porque ya era nacida la que
sería Madre del Mesías prometido; y que verían luego la
salud y la gloria del Altísimo. Y dioles noticia el Santo
Príncipe de las excelencias de María Santísima y de lo
que la mano del Omnipotente había comenzado a obrar
en ella, para que conocieran mejor el dichoso principio
del misterio que daría fin a su prolongada prisión; con
que se alegraron en espíritu todos aquellos Padres y
Profetas, y los demás justos que estaban en el limbo, y
con nuevos cánticos alabaron al Señor por este beneficio.
331. Habiendo sucedido en breve tiempo todo lo que he
dicho en que nuestra Reina vio la luz del sol material,
conoció con los sentidos a sus padres naturales y otras
criaturas, que fue el primer paso de su vida en el mundo
en naciendo. El brazo poderoso del Altísimo comenzó a
obrar en ella nuevas maravillas sobre todo el
pensamiento de los hombres; y la primera y estupenda
fue enviar innumerables Ángeles para que a la electa
para Madre del Verbo eterno la llevasen al cielo empíreo
en alma y cuerpo (Cf. infla n. 339-344) para lo que el
Señor disponía. Cumplieron este mandato los Santos
Príncipes y, recibiendo a la niña María de los brazos de
su madre Santa Ana, ordenaron una nueva y solemne
procesión, llevando con cánticos de incomparable júbilo
a la verdadera arca del Nuevo Testamento, para que por
algún espacio estuviese, no en casa de Obededon, mas
en templo del sumo Rey de los reyes y Señor de los
señores, donde después había de ser colocada
eternamente. Y este fue el segundo paso que dio María
Santísima en su vida, desde el mundo al supremo cielo.
332. ¿Quién podrá dignamente engrandecer este
maravilloso prodigio de la diestra del Omnipotente?
¿Quién dirá el gozo y admiración de los espíritus
celestiales, cuando miraban aquella tan nueva maravilla
entre las obras del Altísimo y con nuevos cánticos la
celebraban? Allí reconocieron y reverenciaron a su Reina
y Señora escogida para Madre del que había de ser su
Cabeza, y que era la causa de la gracia y de la gloria
que poseían, pues Él se la había granjeado con sus
méritos previstos en la Divina aceptación. Pero ¿qué
lengua o qué pensamiento de los mortales puede entrar
en el secreto del corazón de aquella niña tan tierna en el
suceso y efectos de tan peregrino favor? Dejólo a la
piedad católica, y mucho más a los que en el Señor lo
conocerán, y nosotros cuando por su misericordia infinita
llegaremos a gozarle cara a cara.
333. Entró la niña María en manos de los Ángeles en el
Cielo empíreo y, postrada con el afecto en la presencia
del trono real del Altísimo, sucedió allí a nuestro
entender la verdad de lo que antes se hizo en figura,
cuando entrando Betsabé en presencia de su hijo
Salomón, que desde su trono juzgaba al pueblo de Israel,
se levantó de él y recibiendo a su madre la magnificó y
honró, dándola asiento de reina a su lado (3 Re., 2, 19).
Lo mismo hizo y más gloriosa y admirablemente la
Persona del Verbo Eterno con la niña María que para
Madre había escogido, recibiéndola en su trono y
dándole a su lado la posesión de Madre suya y Reina de
todo lo criado, aunque se hacía ignorando ella la
dignidad propia y el fin de tan inefables misterios y
favores; mas para recibirlos fueron sus flacas fuerzas
confortadas con la virtud Divina. Diéronsele nuevas
gracias y dones con que sus potencias respectivamente
fueron elevadas; y las interiores, sobre nueva gracia y luz
con que fueron preparadas, las elevó y proporcionó Dios
con el objeto que se le había de manifestar; y dando el
lumen necesario desplegó su Divinidad y se la manifestó
intuitiva y claramente en grado altísimo; siendo esta vez
la primera que aquella alma santísima de María vio a la
Beatísima Trinidad con visión clara y beatífica.
334. De la gloria que en esta visión tuvo la niña María,
de los sacramentos que le fueron revelados de nuevo, de
los efectos que redundaron en su alma purísima, sólo fue
testigo el Autor de tan inaudito milagro, y la admiración
de los Ángeles que en él mismo conocían algo de este
misterio. Pero estando la Reina a la diestra del Señor que
había de ser su Hijo, y viéndole cara a cara, pidió más
dichosamente que Betsabé que diese la intacta Sunamitis
Abisag (3 re., 2, 21), que era su inaccesible Divinidad, a
la humana naturaleza su propia hermana, y cumpliese la
palabra bajando del cielo al mundo y celebrando el
matrimonio de la unión hipostática en la Persona del
Verbo, pues tantas veces la había empeñado con los
hombres por medio de los Patriarcas y Profetas antiguos;
pidióle acelerase el remedio del linaje humano que por
tantos siglos le aguardaba, multiplicándose los pecados y
pérdidas de las almas. Oyó el Altísimo esta petición de
tanto agrado y prometió a su Madre, mejor que Salomón
a la suya, que luego desempeñaría sus promesas y
bajaría al mundo tomando carne humana para redimirle.
335. Determinóse en aquel consistorio y tribunal divino
de la Santísima Trinidad de dar nombre a la niña Reina; y
como ninguno es legítimo y propio sino el que se pone en
el ser inmutable de Dios, que es donde con equidad,
peso, medida e infinita sabiduría se dispensan y
ordenan todas las cosas, quiso Su Majestad ponérsele
y dársele por sí mismo en el cielo; donde
manifestó a los espíritus angélicos, que las tres divinas
personas habían decretado y formado los dulcísimos
nombres de Jesús y María, para Hijo y Madre de ab initio
ante saecula, y que en todas las eternidades se habían
complacido con ellos y tenídolos grabados en su memoria
eterna y presentes en todas las cosas que habían dado
ser, porque para su servicio las criaban. Y conociendo
estos y otros muchos misterios los Santos Ángeles,
oyeron una voz del trono que decía en Persona del Padre
Eterno: María se ha de llamar nuestra electa, y este
nombre ha de ser maravilloso y magnífico; los que le
invocaren con afecto devoto recibirán copiosísimas
gracias; los que le estimaren y pronunciaren con
reverencia serán consolados y vivificados; y todos
hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que
enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna.
Será terrible contra el infierno, quebrantará la cabeza de
la serpiente y alcanzará insignes victorias de los
príncipes de tinieblas.Mandó el Señor a los espíritus
angélicos que evangelizasen este dichoso nombre a
Santa Ana, para que en la tierra se obrase lo que se había
confirmado en el cielo. La niña divina, postrada con el
afecto ante el trono, rindió agradecidas y humildes
gracias al ser eterno y con admirables y dulcísimos
cánticos recibió el nombre. Y si se hubieran de escribir
las prerrogativas y gracias que le concedieron, fuera
menester libro aparte de mayores volúmenes. Los
Santos Ángeles adoraron y reconocieron de nuevo en el
trono del Altísimo a María Santísima por Madre del Verbo
futura y por su Reina y Señora; y veneraron el nombre,
postrándose a la pronunciación que de él hizo la voz del
Eterno Padre que salía del trono, y particularmente los
que le tenían por divisa en el pecho; y todos dieron
cánticos de alabanza por tan grandes y ocultos misterios;
ignorando siempre la niña Reina la causa de todo lo que
conocía, porque no se le manifestó la dignidad de Madre
del Verbo Humanado hasta el tiempo de la Encarnación.
Y con el mismo júbilo y reverencia la volvieron a poner en
los brazos de Santa Ana, a quien se le ocultó también
este suceso y la falta o ausencia de su hija; porque en su
lugar suplió uno de los Ángeles de Guarda, tomando
cuerpo aéreo para este efecto; y a más de esto, mucho
tiempo, mientras la niña divina estuvo en el cielo
empíreo, tuvo su madre Ana un éxtasis de altísima
contemplación y en él, aunque ignoraba lo que se hacía
en su niña, le fueron manifestados grandes misterios de
la dignidad de Madre de Dios, para que era escogida; y
la prudente matrona los guardó siempre en su pecho,
confiriéndolos para lo que debía obrar con ella.
336. A los ocho días del nacimiento de la gran Reina,
descendieron de las alturas multitud de Ángeles
hermosísimos y rozagantes; y traían un escudo en que
venía grabado brillante y resplandeciente el nombre de
María; y manifestándose todos a la dichosa madre Ana,
la dijeron que el nombre de su hija era el que llevaban
allí de María; que la Divina Providencia se le había dado
y ordenaba que se e pusiesen luego ella y Joaquín.
Llamóle la Santa, y confirieron la voluntad de Dios para
dar nombre a su hija; y el más que dichoso padre recibió
el nombre con júbilo y devoto afecto. Determinaron
convocar a los parientes y a un sacerdote, y con mucha
solemnidad y convite suntuoso pusieron María a la recién
nacida; y los Ángeles lo celebraron con dulcísima y
grandiosa música, y solas la oyeron madre e Hija
santísima; con que quedó nuestra Princesa con nombre,
dándosele la Santísima Trinidad en el cielo el día que
nació y en la tierra a los ocho días; escribióse en el arancel
de los demás, cuando salió su madre al templo a
cumplir la ley, como se dirá (Cf. infra n. 345-360). Este fue
el nuevo parto que hasta entonces ni el mundo le había
visto, ni en pura criatura pudo haber otro semejante. Este
fue el nacimiento más dichoso que pudo conocer la
naturaleza, pues ya tuvo una infanta cuya vida de un día
no sólo fue limpia de las inmundicias del pecado, pero
más pura y santa que los supremos serafines. El
nacimiento de Moisés fue celebrado por la belleza y
elegancia del niño (Ex., 2, 2); pero toda era aparente y
corruptible. ¡Oh cuán hermosa es nuestra gran niña! ¡Oh
cuán hermosa! Toda es hermosa y suavísima en sus
delicias (Cant., 7, 6), porque tiene todas las gracias y
hermosuras, sin que le falte alguna. Fue la risa (Gén., 21,
6) y alegría de la casa de Abrahán el nacimiento de
Isaac prometido y concebido de madre estéril; pero no
tuvo este parto mayor grandeza que la participada y
derivada de nuestra niña Reina, a quien se encaminaba
toda aquella tan deseada alegría; y si aquel parto fue
admirable y de tanto gozo para la familia del Patriarca,
porque era como exordio del nacimiento de María
dulcísima, en éste se deben alegrar el cielo y tierra, pues
nace la que ha de restaurar la ruina del cielo y santificar
el mundo. Cuando nació Noé (Gén., 5, 29), se consoló
Lamec su padre, porque aquel hijo sería en cuya cabeza
aseguraba Dios la conservación del linaje humano por el
arca y la restauración de sus bendiciones, desmerecidas
por los pecados de los hombres; pero todo esto se hizo
porque naciese al mundo esta niña, que había de ser
verdadera Reparadora, siendo juntamente el arca
mística que conservó al nuevo y verdadero Noé, y le trajo
del cielo para llenar de bendiciones a todos los
moradores de la tierra. ¡Oh dichoso parto! ¡Oh alegre
nacimiento, que eres el mayor beneplácito de todos los
siglos pasados para la Beatísima Trinidad, gozo para los
Ángeles, refrigerio de los pecadores, alegría de los justos
y singular consuelo para los santos que te aguardaban en
el limbo!
337. ¡Oh preciosa y rica margarita, que saliste al sol
encerrada en la grosera concha de este mundo! ¡Oh niña
grande, que si apenas te divisan a la luz material los ojos
terrenos, pero en los del Supremo Rey y sus cortesanos
excedes en dignidad y grandeza a todo lo que no es el
mismo Dios! Todas las generaciones te bendigan; todas
las naciones reconozcan y alaben tu gracia y hermosura;
la tierra sea ilustrada con este nacimiento; los mortales
se letifiquen porque les nació su Reparadora, que llenará
el vacío que originó y en que los dejó el primer
pecado. Bendita y engrandecida sea vuestra
dignación conmigo, que soy el más abatido polvo y
ceniza. Y si me dais licencia, Señora mía, para que
hable en vuestra presencia, preguntaré una duda que
se me ha ofrecido en este misterio de vuestro admirable
y santo nacimiento, sobre lo que hizo el Altísimo con vos
en la hora que os puso en esta luz material del sol.
338. La duda es: ¿cómo se entenderá que por mano de
los Santos Ángeles fuisteis llevada en cuerpo hasta el
Cielo empíreo y vista de la Divinidad? Pues según la
doctrina de la Santa Iglesia y sus doctores, estuvo
cerrado el Cielo, y como entredicho para los hombres,
hasta que Vuestro Hijo Santísimo le abrió con su vida y
muerte y como Redentor y cabeza entró en él cuando
resucitado subió el día de su admirable ascensión, siendo
el primero para quien se abrieron aquellas puertas
eternales que por el pecado estaban cerradas.
Respuesta y doctrina de la Reina del cielo.
339. Carísima hija mía, verdad es que la Divina justicia
cerró a los mortales el Cielo por el primer pecado, hasta
que mi Hijo Santísimo le abrió, satisfaciendo con su vida y
muerte sobreabundantemente por los hombres. Y así fue
conveniente y justo que el mismo Reparador, que como
cabeza había unido a sí mismo los miembros redimidos y
les abría el cielo, entrase en él primero que los demás
hijos de Adán. Y si él no hubiera pecado, no fuera
necesario guardar este orden para que los hombres
subieran a gozar de la Divinidad en el Cielo empíreo;
pero vista la caída del linaje humano, determinó la
Beatísima Trinidad lo que ahora se ejecuta y cumple. Y
este gran misterio fue el que encerró David en el salmo
23, cuando, hablando con los espíritus del cielo, dijo dos
veces: Abrid, príncipes, vuestras puertas, y levantaos,
puertas eternales, y entrará el Rey de la gloria (Sal., 23,
7-9). Dijo a los Ángeles que eran puertas suyas porque
sólo para ellos estaban abiertas, y para los hombres
mortales estaban cerradas. Y aunque no ignoraban
aquellos cortesanos del cielo que el Verbo Humanado les
había ya quitado los candados y cerraduras de la culpa, y
que subía rico y glorioso con los despojos de la muerte y
del pecado, estrenando el fruto de su pasión en la gloria
de los Santos Padres del limbo que llevaba en su
compañía; con eso se introducen los Santos Ángeles,
como admirados y suspensos de esta maravillosa
novedad, preguntando: ¿Quién es este Rey de la gloria
(Sal., 23, 8), siendo hombre y de la naturaleza de aquel
que perdió para sí y para todo su linaje el derecho de
subir al cielo?
340. A la duda se responden ellos mismos, diciendo que
es el Señor fuerte y poderoso en la batalla y el Señor de
las virtudes, Rey de la gloria (Ib.). Que fue como darse ya
por entendidos de que aquel hombre que venía del
mundo para abrir las puertas eternales, no era sólo
hombre ni estaba comprendido en la ley del pecado,
antes era hombre y Dios verdadero, que fuerte y
poderoso en la batalla había vencido al fuerte armado
(Lc., 11, 22) que reinaba en el mundo y le había
despojado de su reino y de sus armas. Y era el Señor de
las virtudes, porque las había obrado como Señor de
ellas, con imperio y sin contradicción del pecado y sus
efectos. Y como Señor de la virtud y Rey de la gloria,
venía triunfante y distribuyendo virtudes y gloria a sus
redimidos, por quien en cuanto hombre había padecido
y muerto y en cuanto Dios los levantaba a la eternidad de
la visión beatífica, habiendo rompido las eternales cerraduras
e impedimentos que les había puesto el pecado.
341. Esto fue, alma, lo que hizo mi Hijo querido, Dios y
hombre verdadero, y como Señor de las virtudes y gracias
me levantó y adornó con ellas desde el primer instante
de mi Inmaculada Concepción; y como no me tocó el
óbice del primer pecado, no tuve el impedimento que los
demás mortales para entrar por aquellas puertas
eternales del Cielo; antes el brazo poderoso de mi Hijo
hizo conmigo como con Señora de las virtudes y Reina del
Cielo. Y porque de mi carne y sangre había de vestirle y
hacerle hombre, quiso su dignación de antemano
prevenirme y hacerme su semejante en la pureza y
exención de la culpa y en otros dones y privilegios
divinos. Y como no fui esclava de la culpa, no obraba las
virtudes como sujeta a ella, sino como señora, sin
contradicción y con imperio; no como semejante a los
hijos de Adán, pero como semejante al Hijo de Dios que
también era Hijo mío.
342. Por esta razón los espíritus celestiales me
abrieron las puertas eternales que ellos tenían por
suyas, reconociendo que el Señor me había criado más
pura que todos los supremos ángeles del cielo y para su
Reina y Señora de todas las criaturas. Y advierte,
carísima, que quien hizo la ley pudo sin contradicción
dispensar de ella, como lo hizo conmigo el supremo Señor
y Legislador, extendiendo la vara de su clemencia más
que Asuero con Ester (Est., 4, 11), para que las leyes
comunes de los otros, que miraban a la culpa, no se
entendiesen conmigo que había de ser Madre del Autor
de la gracia. Y aunque estos beneficios no los podía
merecer yo, pura criatura, pero la clemencia y bondad
Divina se inclinaron liberalmente y me miraron como
humilde sierva, para que eternamente alabase al Autor
de tales obras. Y tú, hija mía, quiero que le engrandezcas
y bendigas también por ellas.
343. La doctrina que ahora te doy, sea que, pues yo con
liberal piedad te elegí por mi discípula y compañera,
siendo tú pobre y desvalida, trabajes con todas tus
fuerzas en imitarme en un ejercicio que hice toda mi vida
después que nací al mundo, sin omitirle día ninguno, por
más cuidados y trabajos que tuviese. El ejercicio fue
que cada día en amaneciendo me postraba en presencia
del Altísimo, y le daba gracias y alababa por su ser
inmutable y perfecciones infinitas, y porque me había
criado de la nada; y reconociéndome criatura y hechura
suya le bendecía y adoraba, dándole honor,
magnificencia y divinidad, como a supremo Señor y
Criador mío y de todo lo que tiene ser. Levantaba mi
espíritu a ponerle en sus manos y con profunda
humildad y resignación me ofrecía en ellas, y le pedía
hiciese de mí a su voluntad en aquel día y en todos los
que me restasen de mi vida y me enseñase lo que fuese
de mayor agrado suyo para cumplirlo. Esto repetía
muchas veces en las obras exteriores de aquel día, y en
las interiores consultaba primero a Su Majestad, y le
pedía consejo, licencia y bendición para todas mis
acciones.
344. De mi dulcísimo nombre serás muy devota. Y quiero
que sepas que fueron tantas las prerrogativas y gracias
que le concedió el Todopoderoso, que de conocerlas yo a
la vista de la Divinidad quedé empeñada y cuidadosa
para el retorno; de manera que siempre que me ocurría a
la memoria "María", que era muchas veces, y las que me
oía nombrar, me despertaba el afecto al agradecimiento
y a emprender arduas empresas en servicio del Señor
que me le dio. El mismo nombre tienes tú y
respectivamente quiero que haga en ti los mismos
efectos, y que me imites con puntualidad en la doctrina
de este capítulo, sin faltar desde hoy por causa alguna
que ocurriere; y si, como flaca, te descuidares, vuelve
luego y en presencia del Señor y mía di tu culpa,
reconociéndola con dolor. Con este cuidado, y
repitiendo muchos actos en este santo ejercicio,
excusarás imperfecciones y te irás acostumbrando a lo
más alto de las virtudes y del beneplácito del Altísimo,
que no te negará su Divina gracia para que lo hagas tú, si
atendieres a su luz y al objeto más agradable y más
deseado de tus afectos y de los míos, que son te
entregues toda a oír, atender y obedecer a tu Esposo y
Señor, que quiere en ti lo más puro, santo y perfecto, y la
voluntad pronta y oficiosa para ejecutarlo.
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