Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe las divisas con que los Santos Ángeles de guarda de María Santísima se le manifestaban, y de sus perfecciones.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  23    Versos:  361-377


361. Ya queda dicho (Cf. supra n. 205) que estos Ángeles
eran mil, como en las demás personas particulares es uno
el que las guarda. Pero según la dignidad de María
Santísima debemos entender que sus mil ángeles la
guardaban y asistían con más vigilancia que cualquier
Ángel guarda al alma encomendada. Y fuera de estos
mil, que eran de la guarda ordinaria y más continua, la
servían en diversas ocasiones otros muchos Ángeles, en
especial después que concibió en sus entrañas al Verbo
Divino Humanado. También he dicho arriba (Cf. supra n.
114) cómo el nombramiento de estos mil Ángeles le hizo
Dios en el principio de la creación de todos, justificación
de los buenos y caída de los malos, cuando después del
objeto de la Divinidad que se les propuso como a
viadores, les fue propuesta y manifestada la Humanidad
Santísima que había de tomar el Verbo, y su Madre
Purísima, a quienes habían de reconocer por superiores.
362. En esta ocasión, cuando los apóstatas fueron
castigados y los obedientes premiados, guardando el
Señor la debida proporción en su justísima equidad, dije
(Cf. supra n. 106-107) que en el premio accidental hubo
alguna diversidad entre los Santos Ángeles, según los
afectos diferentes que tuvieron a los misterios del Verbo
Humanado y de su Madre Purísima, que por su orden
fueron conociendo antes y después de la caída de los
malos ángeles. Y a este premio accidental se reduce
haberlos elegido para asistir y servir a María Santísima y
al Verbo Humanado, y el modo de manifestarse en la
forma que tomaban cuando se aparecían visibles a la
Reina y la servían. Esto es lo que pretendo declarar en
este capítulo, confesando mi incapacidad, porque es
dificultoso reducir a razones y términos de cosas materiales
las perfecciones y operaciones de espíritus
intelectuales y tan levantados. Pero si dejara en silencio
este punto, omitía en la Historia una grande parte de las
más excelentes ocupaciones de la Reina del cielo cuando
fue viadora; porque después de las obras que ejercía con
el Señor, el más continuo trato era con sus ministros los
espíritus angélicos; y sin esta ilustre parte quedara
defectuoso el discurso de esta santísima Vida.
363. Suponiendo todo lo que hasta ahora he dicho de
los órdenes, jerarquías y diferencias de estos mil
ángeles, diré aquí la forma en que corporalmente se le
aparecían a su Reina y Señora, remitiendo las
apariciones intelectuales e imaginarias para otros
catítulos (Cf. infra n. 615-659), donde de intento diré los
modos de visiones que tenía Su Alteza. Los novecientos
Ángeles que fueron electos de los nueve coros,
ciento de cada uno, fueron entresacados de aquellos que
se inclinaron más a la estimación y amor y admirable
reverencia de María Santísima. Y cuando se le aparecían
visibles, tenían forma de un mancebo de poca edad,
pero de extremada hermosura y agrado. El cuerpo
manifestaba poco de terreno; porque era purísimo y
como un cristal animado y bañado de gloria, con que
remedaban a los cuerpos gloriosos y refulgentes; con la
belleza juntaban extremada gravedad, compostura y
amable severidad. El vestido era rozagante, pero como si
fuera todo resplandor, semejante a un lucidísimo y
brillante oro esmaltado o entrepuesto con matices
de finísimos colores, con que hacían una admirable y
hermosísima variedad para la vista; si bien parecía que
todo aquel ornato y forma visible no era proporcionada al
tacto material ni se pudiera asir con la mano, aunque se
dejaba ver y percibir como el resplandor del sol, que
manifestando los átomos entra por una ventana, siendo
incomparablemente más vistoso y hermoso el de estos
ángeles.
364. Junto con esto traían todos en las cabezas unas
coronas de vivísimas y finísimas flores, que despedían
suavísima fragancia de olores no terrenos, sino
espiritualizados y suaves. En las manos tenían unas
palmas tejidas de variedad y hermosura, significando las
virtudes y coronas que María Santísima había de obrar y
conseguir en tanta santidad y gloria; todo lo cual
estaban como ofreciéndoselo de antemano
disimuladamente, aunque con efectos de júbilo y
alegría. En el pecho traían cierta divisa y señal, que la
entenderemos al modo de las divisas o hábitos de las
órdenes militares; pero tenían una cifra que decía: María
Madre de Dios; y era para aquellos Santos Príncipes
de mucha gloria, adorno y hermosura; pero a la Reina
María no le fue manifestada hasta el punto que concibió
el Verbo Humanado.
365. Esta divisa y cifra era admirable para la vista,
por el extremado resplandor que despedía, señalándose
entre el refulgente adorno de los Ángeles; variaban
también los visos y brillantes, significando por ellos la
diferencia de misterios y excelencias que se encerraban
en esta Ciudad Santa de Dios. Contenía el más soberano
renombre y más supremo título y dignidad que pudo
caber en pura criatura, María Madre de Dios; porque
con él honraban más a su Reina y nuestra, y ellos también
quedaban honrados, como señalados por suyos, y
premiados, como quien más se aventajó en la devoción y
veneración que tuvieron a la que fue digna de ser venerada
de todas las criaturas. Dichosas mil veces las que
merecieron el singular retorno del amor de María y de su
Hijo Santísimo.
366. Los efectos que hacían estos Santos Príncipes y su
ornato en María Señora nuestra, nadie podría fuera de
ella misma explicarlos. Manifestábanle misteriosamente
la grandeza de Dios y sus atributos, los beneficios que
había hecho y hacía con ella en haberla criado y elegido,
enriquecido y prosperado con tantos dones del cielo y
tesoros de la Divina diestra, con que la movían e inflamaban
en grandes incendios del Divino amor y alabanza; y
todo iba creciendo con la edad y sucesos y, en obrándose
la encarnación del Verbo, se desplegaron mucho más;
porque le explicaron la misteriosa cifra del pecho hasta
entonces oculta para Su Alteza. Y con esta declaración, y
en lo que en aquella dulcísima cifra se le dio a entender
de su dignidad y obligación a Dios, no se puede
dignamente encarecer qué fuego de amor y qué
humildad tan profunda, qué afectos tan tiernos se
despertaban en aquel candido corazón de María
Santísima, reconociéndose desigual y no digna de tan
inefable sacramento y dignidad de Madre de Dios.
367. Los setenta serafines de los más allegados al
trono que asistían a la Reina, fueron de los que más se
adelantaron en la devoción y admiración de la unión
Hipostática de las dos naturalezas Divina y humana en la
Persona del Verbo; porque como más allegados a Dios
por la noticia y afecto, desearon señaladamente que se
obrase este misterio en las entrañas de una mujer; y a
este particular y señalado afecto le correspondió el
premio de gloria esencial y accidental. Y a esta última,
de que voy hablando, pertenece el asistir a María
Santísima y a los misterios que en ella se obraron.
368. Cuando estos setenta serafines se le manifestaban
visibles, los veía la Reina en la misma forma que
imaginariamente los vio Isaías, con seis alas; con las dos
cubrían la cabeza, significando con esta acción humilde
la oscuridad de sus entendimientos para alcanzar el
misterio y sacramento a que servían; y que, postrados
ante la majestad y grandeza de su Autor, los creían y
entendían con el velo de la oculta noticia que se les
daba, y por ella engrandecían con alabanza eterna los
incomprensibles y santos juicios del Altísimo. Con otras
dos alas cubrían los pies, que son la parte inferior que
toca en la tierra; y por esto significan a la misma Reina y
Señora del Cielo, pero de naturaleza humana y terrena; y
cubríanla en señal de veneración y que la tenían
como a suprema criatura sobre todas y de su
incomprensible dignidad y grandeza inmediata al
mismo Dios y sobre todo entendimiento y juicio criado;
que por esto también encubrían los pies, significando
que tan levantados serafines no podían dar paso en
comparación de los de María, y de su dignidad y
excelencia.
369. Con las dos alas del pecho volaban o las extendían,
dando a entender también dos cosas: la una, el
incesante movimiento y vuelo del amor de Dios, de su
alabanza y profunda reverencia que le daban; la otra era
que descubrían a María Santísima lo interior del pecho,
donde en el ser y obrar, como en espejo purísimo, reverberaban
los rayos de la Divinidad, mientras que
siendo viadora no era posible ni conveniente que se le
manifestase tan continuamente en sí misma. Y por esto
ordenó la Beatísima Trinidad que su Hija y Esposa tuviese
a los serafines, que son las criaturas más inmediatas y
cercanas a la Divinidad, para que como en imagen viva
viese copiado esta gran Señora lo que no podía ver
siempre en su original.
370. Por este modo gozaba la divina Esposa del retrato
de su amado en la ausencia de viadora, enardecida toda
con la llama de su santo amor con la vista y conferencias
que tenía de estos inflamados y supremos príncipes. Y el
modo de comunicar con ellos, a más de lo sensible, era el
mismo que ellos guardan entre sí mismos, ilustrando los
superiores a los inferiores en su orden, como otras veces
he dicho (Cf. supra n. 203); porque si bien la Reina del
Cielo era superior y mayor que todos en la dignidad y
gracia, pero en la naturaleza, como dice David (Sal., 8,
6), él hombre fue hecho menor que los Ángeles; y el
orden común de iluminar y recibir estas influencias
divinas sigue a la naturaleza y no a la gracia.
371. Los otros doce Ángeles, que son los de las doce
puertas de que san Juan habló en el capítulo 21 (Ap., 21,
12) del Apocalipsis, como arriba dije (Cf. supra n. 273), se
adelantaron en el afecto y alabanza de ver que Dios se
humanase a ser maestro y conversar con los hombres, y
después a redimirlos y abrirles las puertas del cielo con
sus merecimientos, siendo coadjutora de este admirable
sacramento su Madre Santísima. Atendieron
señaladamente estos Santos Ángeles a tan maravillosas
obras, y a los caminos que Dios había de enseñar para
que los hombres fuesen a la vida eterna, significados en
las doce puertas, que corresponden a los doce tribus. El
retorno de esta singular devoción fue señalar Dios a estos
Santos Ángeles por testigos y como secretarios de los
misterios de la Redención, y que cooperasen con la
misma Reina del Cielo en el privilegio de ser Madre de
Misericordia y Medianera de los que a ella acudieron a
buscar su salvación. Y por esto dije arriba (Cf. supra n.
273-274) que Su Majestad, de la Reina, se sirve de estos
doce Ángeles señaladamente, para que amparen,
ilustren y defiendan a sus devotos en sus necesidades, y
en especial para salir de pecado, cuando ellos y María
Santísima son invocados.
372. Estos doce ángeles se le aparecían corporalmente,
como los que dije primero, salvo que llevaban muchas
coronas y palmas, como reservadas para los devotos de
esta Señora. Servíanla, dándole singularmente a conocer
la inefable piedad del Señor con el linaje humano,
moviéndola para que ella le alabase y pidiese la
ejecutase con los hombres. Y en cumplimiento de esto los
enviaba Su Alteza con estas peticiones al trono del Eterno
Padre; y también a que inspirasen y socorriesen a los
devotos que la invocaban, o ella quería remediar y
patrocinar, como después sucedió muchas veces con los
Santos Apóstoles, a quienes por ministerio de los Ángeles
favorecía en los trabajos de la primitiva Iglesia; y hasta
hoy desde el cielo ejercen estos doce Ángeles el mismo
oficio, asistiendo a los devotos de su Reina y nuestra.
373. Los diez y ocho Ángeles restantes para el número
de mil, fueron de los que se señalaron en el afecto a los
trabajos del Verbo Humanado; y por esto fue grande su
premio de gloria. Estos Ángeles se aparecían a María
Santísima con admirable hermosura; llevaban por
adorno muchas divisas de la Pasión y otros misterios de
la Redención; especialmente tenían una Cruz en el pecho
y otra en el brazo, ambas de singular hermosura y
refulgente resplandor. Y la vista de tan peregrino hábito
despertaba a la Reina a grande admiración y más tierna
memoria y afectos compasivos de lo que había de
padecer el Redentor del mundo, y a fervorosas gracias y
agradecimientos de los beneficios que los hombres
recibieron con los misterios de la redención y rescate de
su cautiverio. Servíase la gran Princesa de estos Ángeles
para enviarlos muchas veces a su Hijo Santísimo con
embajadas diversas y peticiones para el bien de las
almas.
374. Debajo de estas formas y divisas he declarado
algo de las perfecciones y operaciones de estos espíritus
celestiales, pero muy limitadamente para lo que en sí
contienen; porque son unos invisibles rayos de la
divinidad, prestísimos en sus movimientos y operaciones,
poderosísimos en su virtud, perfectísimos en su entender
sin engaño, inmutables en la condición y voluntad; lo que
una vez aprenden, nunca lo olvidan ni pierden de vista.
Están ya llenos de gracia y gloria sin peligro de perderla;
y porque son incorpóreos e invisibles, cuando el Altísimo
quiere hacer beneficio a los hombres de que los vean,
toman cuerpo aéreo y aparente y proporcionado al
sentido y al fin para que lo toman. Todos estos mil
Ángeles de la Reina María eran de los superiores de sus
órdenes y coros adonde pertenecen; y esta superioridad
es principalmente en gracia y gloria. Asistieron a la
guarda de esta Señora, sin faltar un punto en su vida
santísima; y ahora en el cielo tienen especial y accidental
gozo de su vista y compañía. Y aunque algunos de ellos
señaladamente son enviados por su voluntad, pero todos
mil sirven también para este ministerio en algunas
ocasiones, según la disposición divina.
Doctrina que me dio la Reina del cielo.
375. Hija mía, en tres documentos te quiero dar la
doctrina de este capítulo. El primero, que seas
agradecida con eterna alabanza y reconocimiento al
beneficio que Dios te ha hecho en darte Ángeles que te
asistan, enseñen y encaminen en tus tribulaciones y
trabajos. Este beneficio tienen de ordinario olvidado los
mortales con odiosa ingratitud y pesada grosería, sin
advertir en la Divina misericordia y dignación de haber
mandado el Altísimo a estos Santos Príncipes que
asistan, guarden y defiendan a otras criaturas terrenas
y llenas de miserias y culpas, siendo ellos de naturaleza
tan superior y espiritual y llenos de tanta gloria, dignidad
y hermosura; y por este olvido se privan los hombres
ingratos de muchos favores de los mismos Ángeles y
tienen indignado al Señor; pero tú, carísima, reconoce tu
beneficio y dale el retorno con todas tus fuerzas.
376. El segundo documento sea, que siempre y en todo
lugar tengas amor y reverencia a estos espíritus divinos,
como si con los ojos del cuerpo los vieras, para que con
esto vivas advertida y circunspecta, como quien tiene
presentes los cortesanos del cielo, y no te atrevas a
hacer en presencia suya lo que en público no hicieras, ni
dejes de obrar en el servicio del Señor lo que ellos hacen
y de ti quieren. Y advierte que siempre están mirando la
cara de Dios (Mt., 18, 10), como bienaventurados, y
cuando juntamente te miran a ti, no es razón que vean
alguna cosa indecente; agradéceles lo que te guardan,
defienden y amparan.
377. Sea el tercero documento, que vivas atenta a los
llamamientos, avisos e inspiraciones con que te
despiertan, mueven y te ilustran para encaminar tu
mente y corazón con la memoria del Altísimo y en el
ejercicio de todas las virtudes. Considera cuántas veces
los llamas y te responden; los buscas y los hallas; cuántas
veces les has pedido señas de tu amado y te las han
dado; y cuántas ellos te han solicitado al amor de tu
Esposo, han reprendido benignamente tus descuidos y
remisiones; y cuando por tus tentaciones y flaquezas has
perdido el norte de la luz, ellos te han esperado, sufrido y
desengañado, volviéndote al camino derecho de las justificaciones
del Señor y de sus testimonios. No olvides,
alma, lo mucho que en este beneficio de los Ángeles
debes a Dios sobre muchas naciones y generaciones;
trabaja por ser agradecida a tu Señor y a sus Ángeles sus
ministros.
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