Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsCómo al año y medio comenzó a hablar la niña María Santísima, y sus ocupaciones hasta que fue al templo.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  25    Versos:  389-412


389. Llegó el tiempo en que el silencio santo de María
Purísima oportuna y perfectamente se rompiese y se
oyese en nuestra tierra la voz de aquella tórtola divina
(Cant., 2, 12), que fuese embajadora fidelísima del
verano de la gracia. Pero antes de tener licencia del
Señor para comenzar a hablar con los hombres, que fue a
los diez y ocho meses de su tierna infancia, tuvo una
intelectual visión de la Divinidad, no intuitiva sino por
especies, renovándole las que otras veces había recibido
y aumentándole los dones de las gracias y beneficios. Y
en esta Divina visión pasó entre la niña y el supremo
Señor un dulcísimo coloquio que con temor me atrevo a
reducir a palabras.
390. Dijo la Reina a Su Majestad: Altísimo Señor y Dios
incomprensible, ¿cómo a la más inútil y pobre criatura
favorecéis tanto? ¿Cómo a vuestra esclava,
insuficiente para el retorno, inclináis vuestra
grandeza con tan amable dignación? ¿El Altísimo mira a
la sierva? ¿El Poderoso enriquece a la pobre? ¿El Santo
de los Santos se inclina al polvo? Yo, Señor, soy párvula
entre todas las criaturas, soy la que menos merece
vuestros favores, ¿qué haré en vuestra Divina presencia?
¿Con qué daré la retribución de lo que os debo? ¿Qué
tengo yo, Señor, que no sea vuestro si vos me dais el ser,
la vida y movimiento? Pero gozaréme, amado mío, de que
vos tengáis todo lo bueno, y que nada tenga la criatura
fuera de vos mismo, y que sea condición y gloria vuestra
levantar al que es menos, favorecer al más inútil y dar
ser a quien no le tiene, para que así sea vuestra
magnificencia más conocida y engrandecida.
391. El Señor la respondió y dijo: Paloma y querida mía,
en mis ojos hallaste gracia; suave eres, amiga y electa
mía, en mis delicias. Quiérote manifestar lo que en ti será
de mi mayor agrado y beneplácito.Estas razones del
Señor herían de nuevo y desfallecían con la fuerza del
amor el corazón tiernísimo, pero muy robusto, de la niña
Reina; y el Altísimo agradado prosiguió y dijo: Yo soy Dios
de misericordias, y con inmenso amor amo a los mortales,
y entre tantos que con sus culpas me han desobligado,
tengo algunos justos y amigos que de corazón me han
servido y sirven. He determinado remediarlos,
enviándoles a mi Unigénito para que no carezcan más de
mi gloria, ni yo de su alabanza eterna.
392. A esta proposición respondió la santísima niña
María: Altísimo Señor y Rey poderoso, vuestras son las
criaturas y vuestra es la potencia; sólo vos sois el Santo y
el supremo Gobernador de todo lo criado; obligaos,
Señor, de vuestra misma bondad para acelerar el paso
de vuestro Unigénito en la Redención de los hijos de
Adán; llegue ya el deseado día de mis antiguos padres y
vean los mortales vuestra salud eterna. ¿Por qué, amado
Dueño mío, pues sois piadoso Padre de las
misericordias, dilatáis tanto la que tanto esperan
vuestros hijos cautivos y afligidos? Si puede mi vida ser
de algún servicio, yo os la ofrezco pronta para ponerla
por ellos.
393. Mandóla el Altísimo con grande benevolencia, que
desde entonces todos los días muchas veces le pidiese la
aceleración de la Encarnación del Verbo Eterno y el
remedio de todo el linaje humano, y que llorase los
pecados de los hombres, que impedían su misma salud y
reparación. Y luego la declaró que ya era tiempo de
ejercitar todos los sentidos, y que para mayor gloria suya
convenía que hablase con las criaturas humanas. Y para
cumplir con esta obediencia, dijo la niña a Su Majestad:
394. Altísimo Señor de majestad incomprensible, ¿cómo
se atreverá el polvo a tratar misterios tan escondidos y
soberanos, y en vuestro pecho de tan estimable precio, la
que es menor entre los nacidos? ¿Cómo os obligará
por ellos y qué puede alcanzar la criatura que en
nada os ha servido? Pero vos, amado mío, os daréis por
obligado de la misma necesidad, y la enferma buscará la
salud, la sedienta deseará las fuentes de vuestra
misericordia y obedecerá a vuestra Divina voluntad. Y si
ordenáis. Señor mío, que yo desate mis labios para tratar
y hablar con otros fuera de vos mismo, que sois todo mi
bien y mi deseo, atended, os suplico, a mi fragilidad y
peligro; muy dificultoso es para la criatura racional no
exceder en las palabras; yo callara por esto toda la vida,
si fuera de vuestro beneplácito, por no aventurar el
perderos; que si lo hiciese, imposible sería vivir un solo
punto.
395. Esta fue la respuesta de la niña santísima María,
temerosa del nuevo y peligroso ministerio de hablar que
la mandaban; y cuanto era de su voluntad propia, si
lo consintiera Dios, tenía deseo de guardar inviolable
silencio y enmudecer toda su vida. ¡Gran confusión y
ejemplo para la insipiencia de los mortales, que temiese
el peligro de la lengua la que no podía pecar hablando; y
los que no podemos hablar si no es pecando, morimos y
nos deshacemos por hacerlo! Pero, dulcísima niña y Reina
de todo lo criado, ¿cómo queréis dejar de hablar? ¿No
atendéis, Señora mía, que vuestra mudez fuera ruina del
mundo, tristeza para el Cielo y aun, a nuestro corto
entender, fuera gran vacío para la misma Beatísima
Trinidad? ¿No sabéis que en sola una razón que habéis
de responder al Arcángel Santo, Fiat mihi (Lc., 1, 38) etc.,
daréis aquel lleno a todo lo que tiene ser? Al Eterno
Padre, Hija; al Hijo Eterno, Madre; al Espíritu Santo,
Esposa; reparo a los Ángeles, remedio a los hombres,
gloria a los cielos, paz a la tierra, abogada al mundo,
salud a los enfermos, vida a los muertos; y cumpliréis la
voluntad y beneplácito de todo lo que el mismo Dios
puede querer fuera de sí mismo. Pues si de sola vuestra
palabra pende la mayor obra del poder inmenso y todo el
bien de lo criado, ¿cómo, Señora y Maestra mía, quiere
callar quien ha de hablar tan bien? Hablad, pues, niña, y
vuestra voz se oiga en todo el ámbito del Cielo.
396. Del prudentísimo recato de su Esposa se agradó el
Altísimo y fue su corazón herido de nuevo con el amoroso
temor de nuestra niña grande. Y como pagada la
Beatísima Trinidad de su dilecta, y como confiriendo
entre sí la petición, dijeron aquellas palabras de los
Cantares (Cant., 8, 8-9): Pequeña es nuestra hermana y
no tiene pechos, ¿qué haremos para nuestra hermana en
el día que ha de hablar? Si es muro, edifiquemos en ella
torreones de plata. Pequeña eres, querida hermana
nuestra, en tus ojos, pero grande eres y lo serás en los
nuestros. En ese desprecio con uno de tus cabellos
has herido nuestro corazón (Cant., 4, 9). Párvula eres en
tu propio juicio y estimación, y eso mismo nos aficiona y
enamora. No tienes pechos para alimentar con tus
palabras, pero tampoco eres mujer para la ley del
pecado; que contigo no quise ni quiero que se entienda.
Humillaste, siendo grande sobre todas las criaturas;
temes, estando segura; previenes el peligro que no te
podrá ofender. ¿Qué haremos con nuestra hermana el día
que por nuestra voluntad abra sus labios para
bendecirnos, cuando los mortales los abren para
blasfemar Nuestro Santo Nombre? ¿Qué haremos para
celebrar tan festivo día como el que ha de hablar? ¿Con
qué premiaremos tan humilde recato de la que siempre
fue deleitable a nuestros ojos? Dulce fue su silencio y
dulcísima será su voz en nuestros oídos. Si es muralla
fuerte por estar fabricada con la virtud de nuestra gracia
y asegurada con el poder de nuestro brazo,
reedifiquemos sobre tanta fortaleza nuevos
propugnáculos de plata, acrecentemos nuevos dones
sobre los pasados; y sean de plata para que sea más
enriquecida y preciosa, y sus palabras, cuando hubiere
de hablar, sean purísimas, candidas, tersas y sonoras a
nuestros oídos, y tenga derramada en sus labios nuestra
gracia (Sal., 44, 3), y sea con ella nuestra poderosa mano
y protección.
397. Al mismo tiempo que, a nuestro entender, pasaba
esta conferencia entre las tres Divinas personas, fue
nuestra Reina niña confortada y consolada en su
humilde cuidado de comenzar a hablar; y el Señor la
prometió la gobernaría sus palabras y asistiría en ella,
para que todas fuesen de su servicio y agrado. Con lo
cual pidió a Su Majestad nueva licencia y bendición para
abrir sus labios llenos de gracia. Y para ser en todo
prudente y advertida, la primera palabra habló con sus
padres San Joaquín y Santa Ana, pidiéndoles la
bendijesen, como quien después de Dios le habían dado
el ser que tenía. Oyéronla los dos Santos dichosos, y
juntamente vieron que comenzaba a andar por sí sola, y
la feliz madre Ana con grande alegría de su espíritu,
tomándola en sus brazos, la dijo: Hija mía y querida de
mi corazón, sea enhorabuena y para gloria del Altísimo
que oigamos vuestra voz y palabras, y que también
comencéis a dar pasos para su mayor servicio. Sean vuestras
razones y palabras pocas, medidas y de mucho peso,
y vuestros pasos rectos y enderezados al servicio y honra
de nuestro Criador.
398. Oyó la niña santísima María estas y otras razones
que su madre Santa Ana la dijo y escribiólas en su tierno
corazón, para guardarlas con profunda humildad y
obediencia. Y en el año y medio siguiente hasta cumplir
los tres, en que fue al templo, fueron muy pocas palabras
las que habló, salvo cuando con su madre Santa Ana en
ocasiones que por oírla hablar la llamaba y mandaba que
con ella hablase de Dios y de sus Misterios; y la niña
divina lo hacía, oyendo y preguntando a su madre. Y la
que en sabiduría excedía a todos los nacidos, quería
ser enseñada e instruida; y en esto pasaban hija y
madre dulcísimos coloquios del Señor.
399. No sería fácil, ni aun posible, decir lo que obró la
niña divina María estos diez y ocho meses que estuvo en
la compañía de su madre, la que mirando algunas veces
a su hija, más venerable que el arca figurativa del
testamento, derramaba copiosas y dulces lágrimas de
amor y agradecimiento. Pero jamás le dio a entender el
sacramento que tenía en su pecho, de que ella era la
escogida para Madre del Mesías, aunque muchas veces
trataban de este inefable Misterio, en que la niña se
inflamaba con ardentísimos afectos, y decía grandes
excelencias de Él y de su propia dignidad, que
misteriosamente ignoraba; y en su felicísima madre
Santa Ana acrecentaba más el gozo, el amor y el cuidado
de su tesoro e hija.
400. Eran las fuerzas tiernas de la niña Reina muy
desiguales a los ejercicios y obras humildes que la
impelía su ferviente y profunda humildad y amor; porque,
juzgándose la Señora de todas las criaturas por la más
inferior de ellas, quería serlo en las acciones y
demostraciones de las obras más abatidas y serviles de
su casa. Y creía que, si no los servía a todos, no satisfacía
a su deuda ni cumplía con el Señor; siendo verdad
que sólo quedaba corta en satisfacer a su inflamado
afecto, porque sus fuerzas corporales no alcanzaban
a su deseo, y los supremos Serafines besaran donde ella
ponía sus sagradas plantas; con todo eso intentaba
muchas veces ejecutar las obras humildes, como limpiar y
barrer su casa; y como esto no se lo consentían,
procuraba hacerlo a solas, asistiéndole entonces los
Santos Ángeles y ayudándola, para que en algo
consiguiese el fruto de su humildad.
401. No era muy rica la casa de Joaquín, pero tampoco
era pobre; y conforme al honrado porte de su familia,
deseaba Santa Ana aliñar a su hija santísima con el
vestido mejor que pudiese, dentro de los términos de la
honestidad y modestia. La niña humildísima admitió este
afecto materno mientras no hablaba, sin resistir a ello;
pero, cuando comenzó a hablar, pidió con humildad a
su madre no le pusiese vestido costoso ni de alguna gala,
antes fuese grosero, pobre y traído por otros, si fuese
posible, y de color pardo de ceniza, cual es el que hoy
usan las religiosas de Santa Clara (La Venerable autora
llevaba, además del hábito de las Concepcionistas, el
hábito de las Clarisas). La madre Santa, que a su misma
hija miraba y respetaba como a Señora, la respondió:
Hija mía, yo haré lo que me pedís en la forma y color de
vuestro vestido; pero vuestras fuerzas de niña no le
podrán sufrir tan grosero como vos le deseáis y en esto
me obedeceréis a mí.
402. No replicó la niña obediente a la voluntad de su
madre Santa Ana, porque jamás lo hacía; y se dejó vestir
de lo que ella la dio, aunque fue en el color y forma como
lo pedía Su Alteza, semejante a los hábitos de devoción
que visten a los niños. Y aunque deseaba más aspereza
y pobreza, pero con la obediencia la recompensó,
siendo esta virtud más excelente que el sacrificar (1
Sam., 15, 22); y así quedó la santísima niña María
obediente a su madre y pobre en su afecto, juzgándose
por indigna de lo que usaba para defender la vida
natural. Y en esta obediencia de sus padres fue
excelentísima y prontísima los tres años que vivió en su
compañía; porque con la Divina ciencia, que conocía
sus interiores, estaba prevenida para obedecer al
punto. Y para lo que ella hacía por sí misma pedía la
bendición y licencia a su madre, besándole la mano con
grande humillación y reverencia; pero aunque la
prudente madre lo consentía en lo exterior, con el interior
reverenciaba la gracia y dignidad de su hija santísima.
403. Retirábase algunas veces en tiempos oportunos
para gozar a solas con más libertad de la vista y
coloquios divinos de sus Ángeles Santos y manifestarles
con señales exteriores el amor ardiente de su amado. Y
en algunos ejercicios que hacía se postraba llorando, y
afligiendo aquel cuerpecito perfectísimo y tierno, por los
pecados de los mortales, pidiendo e inclinando la
misericordia del Altísimo, para que obrase grandes
beneficios que desde luego comenzó a merecerles. Y
aunque el dolor interno de las culpas que conocía, y la
fuerza del amor que se le causaba, hacían en la divina
niña efectos de intensísimo dolor y pena, en comenzando
a usar de las fuerzas corporales en aquella edad, las
estrenó con la penitencia y mortificación, para ser en
todo Madre de Misericordia y Medianera de la Gracia,
sin perder punto, ni tiempo, ni operación, por donde
pudiese granjearla para sí y nosotros.
404. En llegando a los dos años, comenzó a señalarse
mucho en el afecto y caridad con los pobres. Pedía a su
madre Santa Ana limosna para ellos; y la piadosa madre
satisfacía juntamente al pobre y a su Hija Santísima, y la
exhortaba a que los amase y reverenciase a la que era
maestra de caridad y perfección. Y a más de lo que
recibía para distribuir a los pobres, reservaba alguna
parte de su comida para darles, desde aquella edad,
para que pudiese decir mejor que el santo Job: Desde mi
niñez creció la miseración conmigo (Job 31, 8). Daba al
pobre la limosna, no como quien la hacía en beneficio de
gracia, sino como quien pagaba de justicia la deuda; y
decía en su corazón: A este hermano y señor mío se le
debe y no lo tiene y yo lo tengo sin merecerlo; y
entregando la limosna besaba la mano del pobre, y si
estaba a solas le besaba los pies, y si no podía hacerlo
besaba el suelo donde había pisado. Pero jamás dio
limosna a pobre, que no se la hiciese mayor a su alma,
pidiendo por ella; y así volvían remediados de alma y
cuerpo de su divina presencia.
405. No fue menos admirable la humildad y obediencia
de la santísima niña en dejarse enseñar a leer y otras
cosas, como es natural en aquella tierna edad.
Hiciéronlo así sus santos padres, enseñándola a leer y
otras cosas; y todo lo admitía y deprendía la que estaba
llena de ciencia infusa de todas las materias criadas, y
callaba y oía a todos; con admiración de los Ángeles, que
en una niña miraban tan peregrina prudencia. Su madre
Santa Ana, según el amor y luz que tenía, estaba atenta
a la divina Princesa, y en sus acciones bendecía al
Altísimo; pero como se iba acercando el tiempo de
llevarla al Templo, crecía con el amor el sobresalto de
ver que, cumplido el plazo de los tres años señalado por
el Todopoderoso, lo ejecutaría luego para que cumpliese
con su voto. Para esto comenzó la niña María a prevenir y
disponer a su madre, manifestándole seis meses antes el
deseo que tenía de verse ya en el Templo; y
representábale los beneficios que de la mano del Señor
habían recibido, y cuán debido era hacer su mayor
beneplácito, y que en el Templo, estando dedicada a
Dios, la tendría más por suya que en su casa propia.
406. Oía la Santa madre Ana las razones prudentes de
su niña María Santísima y, aunque estaba rendida a la
Divina voluntad y quería cumplir la promesa de
ofrecerle su amada Hija, pero la fuerza del amor
natural de tan única y cara prenda, junto con saber el
tesoro inestimable que tenía en ella, pugnaban en su
fidelísimo corazón con el dolor de la ausencia que ya la
amenazaba tan de cerca; y sin duda rindiera la vida a
tan viva y dura pena, si la mano poderosa del Altísimo
no la confortara; porque la gracia y dignidad, que solo
ella conocía, de su divina hija la tenían robado el corazón
y su presencia y trato le eran más deseables que la misma
vida. Con este dolor respondía tal vez a la niña: Hija
mía querida, muchos años os he deseado y pocos
merezco gozar de vuestra compañía, porque se haga la
voluntad de Dios; pero, aunque no resisto a la promesa
de llevaros al Templo, tiempo me queda para cumplirlo;
tened paciencia mientras llega el día en que se cumplan
vuestros deseos.
407. Pocos días antes que cumpliese María Santísima
los tres años, tuvo una visión de la Divinidad
abstractivamente, en que le fue manifestado se llegaba
ya el tiempo en que Su Majestad ordenaba llevarla a su
Templo, donde viviese dedicada y consagrada a su
servicio. Con esta nueva se llenó su purísimo espíritu de
nuevo gozo y agradecimiento, y hablando con el Señor le
dio gracias y dijo: Altísimo Dios de Abrahán, Isaac y
Jacob, eterno y sumo bien mío, pues yo no puedo
alabaros dignamente, háganlo en nombre de esta
humilde esclava todos los espíritus angélicos, porque vos,
Señor inmenso, que de nadie tenéis necesidad, miráis a
este vil gusanillo con la grandeza de vuestra liberal
misericordia. ¿De dónde a mí tal beneficio, que me
recibáis en vuestra casa y servicio, si no merezco el más
despreciado lugar de la tierra que me sustenta? Pero si
de vuestra misma grandeza os dais por obligado, yo os
suplico, Señor mío, pongáis el cumplimiento de esta
vuestra santa voluntad en el corazón de mis padres para
que así lo ejecuten.
408. Luego tuvo Santa Ana otra visión en que la mandó
el Señor cumpliese la promesa llevando al templo a su
hija, para presentarla a Su Majestad el mismo día que
cumpliese los tres años. Y no hay duda que fue este
mandato de mayor dolor para la madre que el de
Abrahán en sacrificar a su hijo Isaac; pero el mismo
Señor la consoló y confortó, prometiéndola su gracia y
asistencia en la soledad de quitarle a su amada hija. La
Santa matrona se mostró rendida y pronta para cumplir
lo que el Altísimo Señor la mandaba, y obediente hizo
esta oración: Señor y Dios eterno, dueño de todo mi ser,
ofrecida tengo a vuestro templo y servicio a mi hija, que
vos con misericordia inefable me habéis dado; vuestra
es, yo os la doy con hacimiento de gracias por el tiempo
que la he tenido y por haberla concebido y criado; pero
acordaos, Dios y Señor, que con la guarda de vuestro
inestimable tesoro estaba rica; tenía compañía en este
destierro y valle de lágrimas, alegría en mi tristeza, alivio
en mis trabajos, espejo en quien regular mi vida y un
ejemplar de encumbrada perfección que estimulaba mi
tibieza, fervorizaba mi afecto; y por esta sola criatura
esperaba vuestra gracia y misericordia, y todo temo me
falte en solo un punto hallándome sin ella. Curad, Señor,
la herida de mi corazón y no hagáis conmigo según lo
que merezco, pero miradme como padre piadoso de
misericordias; yo llevaré mi hija al templo, como vos,
Señor, lo mandáis.
409. Al mismo tiempo había tenido San Joaquín otra
visitación o visión del Señor, que le mandaba también lo
mismo que a Santa Ana. Y habiéndolo conferido entre los
dos y conociendo la voluntad Divina, determinaron
cumplirla con rendimiento y señalaron el día para llevar
la niña al templo; aunque no fue menor en su modo el
dolor y ternura del Santo viejo, pero no tanto como el de
Santa Ana, porque entonces ignoraba el misterio altísimo
de la que había de ser Madre de Dios.
Doctrina de la Reina del cielo.
410. Hija mía y carísima, advierte que todos los vivientes
nacen destinados a la muerte, ignorando el término de su
vida; pero lo que de cierto saben es que su plazo es corto
y la eternidad sin fin; y que en ella sólo ha de coger el
hombre lo que ahora sembrare de malas o buenas obras,
que entonces darán su fruto de muerte o vida eterna; y en
tan peligroso viaje no quiere Dios que nadie conozca de
cierto si es digno de su amor o aborrecimiento (Ecl., 9, 1);
porque si tiene seso, esta duda le sirva de estímulo, para
diligenciar con todas sus fuerzas la amistad del mismo
Señor. Y él justifica su causa desde que el alma comienza
el uso de la razón; porque desde luego enciende en ella
una luz y dictamen que le estimula y encamina a la virtud
y desvía del pecado, enseñándola a distinguir entre el
fuego y agua, abonando el bien y reprendiendo el mal,
eligiendo la virtud y reprobando el vicio. A más de esto,
la despierta y llama por sí mismo con inspiraciones
santas y continuos impulsos, y por medio de los
sacramentos, artículos y mandamientos, por los Ángeles,
predicadores, confesores, prelados y maestros, por los
trabajos propios y beneficios, por el ejemplo de los
ajenos, en tribulaciones, muertes y otros varios sucesos y
medios que su providencia dispone para traer a sí a
todos, porque todos quiere sean salvos (1 Tim., 2, 4); y de
estas cosas hace un compuesto de grandes auxilios y
favores, de que la criatura puede y debe usar
aprovechándose de ellos.
411. Contra esto procede la contienda de la parte
inferior y sensitiva, que con el fomes peccati inclina a los
objetos sensibles y mueve a la concupiscible e irascible,
para que turbando la razón arrastren a la voluntad ciega
para abrazar la libertad del deleite. Y el demonio con
fascinaciones y falsas e inicuas fabulaciones oscurece el
sentido interior y oculta el mortal veneno de lo deleitable
transitorio (Sab., 4, 12). Mas no luego desampara el
Altísimo a sus criaturas, antes renueva sus
misericordias y auxilios, con que de nuevo la revoca y
llama; y si responde a las primeras vocaciones,
añade otros mayores, según su equidad; y a la
correspondencia los va acrecentando y multiplicando; y
en premio de que el alma se venció, se le van atenuando
las fuerzas a sus pasiones y al fomes, y se aligera más el
espíritu para que pueda levantarse a lo alto y hacerse
muy superior a sus inclinaciones y al demonio.
412. Pero, si dejándose llevar del deleite y del
olvido, da la mano el hombre al enemigo de Dios y suyo,
cuanto se va alejando de la bondad Divina, tanto menos
digno se hace de sus llamamientos y siente menos los
auxilios aunque sean grandes; porque el demonio y las
pasiones han cobrado sobre la razón mayor dominio y
fuerza y la hacen más inepta e incapaz de la gracia del
Altísimo. En esta doctrina, hija y amiga mía, consiste lo
principal de la salvación o condenación de las almas, en
comenzar a resistir o admitir los auxilios del Señor. Esta
doctrina quiero que no la olvides, para que respondas a
los muchos llamamientos que tienes de la mano del Altísimo.
Procura ser fuerte en resistir a tus enemigos y
puntual y eficaz en ejecutar el gusto de tu Señor, con que
le darás agrado, y atender a su querer, que con su divina
luz conoces. Grande amor tenía yo a mis padres, y las
razones y ternura de mi madre me herían el corazón,
pero, como sabía era orden y agrado del Señor dejarlos,
olvidé su casa y mi pueblo (Sal., 44 11), no más de para
seguir a mi Esposo. La buena crianza y doctrina de la
niñez hace mucho para después, y que la criatura se
halle más libre y habituada a la virtud, comenzando
desde el puerto de la razón a seguir este norte verdadero
y seguro.
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