Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la presentación de María Santísima en el Templo el año tercero de su edad.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  1    Versos:  413-428


413. Entre las sombras que figuraban a María Santísima
en la ley escrita, ninguna fue más expresa que el arca del
testamento, así por la materia de que estaba fabricada,
como por lo que en sí contenía, y para lo que servía en el
pueblo de Dios, y las demás cosas que mediante el arca y
con ella y por ella hacía y obraba el mismo Señor en
aquella antigua Sinagoga; que todo era un dibujo de esta
Señora y de lo que por ella y con ella había de obrar en
la nueva Iglesia del Evangelio. La materia del cedro incorruptible
(Ex., 25, 10) de que no acaso pero con Divino
acuerdo fue fabricada, expresamente señala a nuestra
arca mística María, libre de la corrupción del pecado
actual y de la carcoma oculta del original y su
inseparable fomes y pasiones. El oro finísimo y purísimo
que por dentro y fuera la vestía (Ib. 11), cierto es que fue
lo más perfecto y levantado de la gracia y dones que en
sus pensamientos divinos, y en sus obras y costumbres,
hábitos y potencias resplandecía, sin que a la vista de lo
interior y exterior de esta arca se pudiese divisar parte,
tiempo, ni momento en que no estuviese toda llena y
vestida de gracia, y gracia de subidísimos quilates.
414. Las tablas lapídeas de la ley, la urna del maná y
vara de los prodigios, que aquella antigua arca
contenía y guardaba, no pudo significar con mayor
expresión al Verbo Eterno humanado, encerrado en
esta arca viva de María Santísima, siendo su Hijo
unigénito la piedra fundamental (1 Cor., 3, 11) y viva del
edificio de la Iglesia Evangélica; la angular (Ef., 2, 20),
que juntó a los dos pueblos, judaico y gentil, tan
divisos, y que para esto se cortó del monte (Dan., 2, 34)
de la eterna generación, y para que, escribiéndose en
ella con el dedo de Dios la nueva ley de gracia, se
depositase en el arca virginal de María; y para que se
entienda que era depositaría esta gran Reina de todo lo
que Dios era y obraba con las criaturas. Encerraba
también consigo el maná de la Divinidad y de la gracia y
el poder y vara de los prodigios y maravillas, para que
sólo en esta arca divina y mística se hallase la fuente
de las gracias, que es el mismo ser de Dios, y de ella
redundasen a los demás mortales, y en ella y por ella se
obrasen las maravillas y prodigios del brazo de Dios; y
todo lo que este Señor quiere, es y obra, se entienda que
en María está encerrado y depositado.
415. A todo esto era consiguiente que el arca del
testamento no por la figura y sombra, sino por la
verdad que significaba sirviese de peana y asiento al
propiciatorio (Ex., 26, 34), donde el Señor tenía el asiento
y tribunal de las misericordias para oír a su pueblo, responderle
y despachar sus peticiones y favores; porque de
ninguna otra criatura hizo Dios trono de gracia fuera de
María Santísima; ni tampoco podía dejar de hacer
propiciatorio de esta mística y verdadera arca, supuesto
que la había fabricado para encerrarse en ella. Y así
parece que el tribunal de la Divina justicia se quedó en el
mismo Dios y el propiciatorio y tribunal de la misericordia
le puso en María dulcísima, para que a ella como a trono
de gracia llegásemos con segura confianza a
presentar nuestras peticiones, a pedir los beneficios,
gracias y misericordias, que, fuera del propiciatorio de la
gran Reina María, ni son oídas ni despachadas para el
linaje humano.
416. Arca tan misteriosa y consagrada, fabricada por la
mano del mismo Señor para su habitación y propiciatorio
para su pueblo, no estaba bien fuera de su templo, donde
estaba guardada la otra arca material, que era figura de
esta verdadera y espiritual arca del Nuevo Testamento.
Por esto ordenó el mismo Autor de esta maravilla que
María Santísima fuese colocada en su casa y templo,
cumplidos los tres años de su felicísima natividad. Verdad
es que no sin grande admiración hallo una diferencia
admirable en lo que sucedió con aquella primera y
figurativa arca y lo que sucede con la segunda y
verdadera; pues cuando el Santo Rey David trasladó el
arca a diferentes lugares, y después su hijo Salomón la
trasladó o colocó en el templo como a su lugar y asiento
propio, aunque no tenía aquella arca más grandeza que
significar a María Purísima y sus misterios, fueron sus
traslaciones y mudanzas tan festivas y llenas de regocijo
para aquel antiguo pueblo como lo testifican las solemnes
procesiones que hizo Santo David de casa de
Aminadab a la de Obededón y de ésta al tabernáculo de
Sión, ciudad propia del mismo Santo Rey David; y cuando
de Sión la trasladó Salomón al nuevo templo, que para
casa de Dios y de oración edificó por precepto del mismo
Señor ((2 Sam., 6, 10.12; 3 Re., 8, 6; 2 par., 5).
417. En todas estas traslaciones fue llevada la antigua
arca del testamento con pública veneración y culto
solemnísimo de músicas, danzas, sacrificios y júbilo de
aquellos reyes y de todo el pueblo de Israel, como lo
refiere la Sagrada Historia de los libros II y III de los
Reyes y I y II del Paralipómenon. Pero nuestra arca
mística y verdadera, María Santísima, aunque era la más
rica, estimable y digna de toda veneración entre las
criaturas, no fue llevada al templo con tan solemne
aparato y ostentación pública; no hubo en esta
misteriosa traslación sacrificios de animales, ni la
pompa real y majestad de Reina, antes bien fue
trasladada de casa de su padre Joaquín, en los brazos
humildes de su madre Ana, que, si bien no era muy pobre,
pero en esta ocasión llevó a su querida Hija a presentar y
depositarla en el templo con recato humilde, como pobre,
sola y sin ostentación popular. Toda la gloria y majestad
de esta procesión quiso el Altísimo que fuese invisible y
divina; porque los sacramentos y misterios de María
Santísima fueron tan levantados y ocultos que muchos de
ellos lo están hasta el día de hoy por los investigables
juicios del Señor, que tiene destinado el tiempo y hora
para todas las cosas y para cada una.
418. Admirándome yo de esta maravilla en presencia
del Muy Alto y alabando sus juicios, se dignó Su Majestad
de responderme de esta manera: Advierte, alma, que
yo si ordené fuese venerada el arca del viejo testamento
con tanta festividad y aparato, fue porque era figura
expresa de la que había de ser Madre del Verbo Humanado.
Aquella era arca irracional y material, y con ella
sin dificultad se podía hacer aquella celebridad y
ostentación; pero con el arca verdadera y viva no permití
yo esto, mientras vivió en carne mortal, para enseñar con
este ejemplo lo que tú y las demás almas debéis advertir,
mientras sois viadoras. A mis electos, que están escritos
en mi mente y aceptación para eterna memoria, no
quiero yo poner los en ocasión que la honra y el aplauso
ostentoso y desmedido de los hombres les sea parte de
premio en la vida mortal, por lo que en ella trabajan por
mi honra y servicio; ni tampoco les conviene el peligro de
repartir el amor, en quien los justifica y hace santos y en
quien los celebra por tales. Uno es el Criador que los hizo
y sustenta, ilumina y defiende; uno ha de ser el amor y
atención y no se debe partir ni dividir, aunque sea para
remunerar y agradecer las honras que con piadoso celo
se les hacen a los justos. El amor divino es delicado, la
voluntad humana fragilísima y limitada; y dividida, es
poco y muy imperfecto lo que hace, y ligeramente lo
pierde todo. Por esta doctrina y ejemplar con la que era
santísima y no podía caer por mi protección, no quise que
fuese conocida, ni honrada en su vida, ni llevada al
templo con ostentación de honra visible.
419. A más de esto, yo envié a mi Unigénito del Cielo y
crié a la que había de ser su Madre, para que sacasen al
mundo de su error y desengañasen a los mortales, de que
era ley iniquísima y establecida por el pecado que el
pobre fuese despreciado y el rico estimado; que el
humilde fuese abatido y el soberbio ensalzado; que el
virtuoso fuese vituperado y el pecador acreditado; que el
temeroso y encogido fuese juzgado por insensato y el
arrogante fuese tenido por valeroso; que la pobreza
fuese ignominiosa y desdichada; las riquezas, fausto,
ostentación, pompas, honras, deleites perecederos
buscados y apreciados de los hombres insipientes y
carnales. Todo esto vino el Verbo Encarnado y su Madre a
reprobar y condenar por engañoso y mentiroso, para que
los mortales conozcan el formidable peligro en que viven
en amarlo y en entregarse tan ciegamente a la mentira
dolosa de lo sensible y deleitable. Y de este insano amor
les nace que con tanto esfuerzo huyan de la humildad,
mansedumbre y pobreza, y desvíen de sí todo lo que
tiene olor de virtud verdadera de penitencia y negación
de sus pasiones; siendo esto lo que obliga a mi equidad y
es aceptable en mis ojos, porque es lo santo, lo honesto,
lo justo y que ha de ser premiado con remuneración de
eterna gloria, y lo contrario con sempiterna pena.
420. Esta verdad no alcanzan los ojos terrenos de los
mundanos y carnales, ni quieren atender a luz que se la
enseñaría; pero tú, alma, óyela y escríbela en tu corazón
con el ejemplo del Verbo Humanado, de la que fue su
Madre y le imitó en todo. Santa era, y en mi estimación y
agrado la primera después de Cristo, y se le debía toda
veneración y honra de los hombres, pues no le pudieran
dar la que merecía; pero yo previne y ordené que no
fuese honrada ni conocida por entonces, para poner en
ella lo más santo, lo más perfecto, lo más apreciable y
seguro, que mis escogidos habían de imitar y aprender
de la Maestra de la verdad; y esto era la humildad, el
secreto, el retiro, el desprecio de la vanidad engañosa y
formidable del mundo, el amor a los trabajos,
tribulaciones, contumelias, aflicciones y deshonras de las
criaturas. Y porque todo esto no se compadece ni
conviene con los aplausos, honras y estimación de los
mundanos, determiné que María Purísima no las tuviese,
ni quiero que mis amigos las reciban ni admitan. Y si para
mi gloria yo los doy a conocer alguna vez al mundo, no es
porque ellos lo desean, ni lo quieren; mas con su
humildad, y sin salir de sus límites, se rinden a mi
disposición y voluntad; y para sí y por sí desean y aman lo
que el mundo desecha, y lo que el Verbo Humanado y su
Madre Santísima obraron y enseñaron.Esta fue la respuesta
del Señor a mi admiración y reparo; con que me
dejó satisfecha y enseñada en lo que debo y deseo
ejecutar.
421. Cumplido ya el tiempo de los tres años determinados
por el Señor, salieron de Nazaret Joaquín y Ana,
acompañados de algunos deudos, llevando consigo la
verdadera arca viva del testamento, María Santísima, en
los brazos de su madre, para depositarla en el Templo
Santo de Jerusalén. Corría la hermosa niña con sus afectos
fervorosos tras el olor de los ungüentos de su amado
(Cant., 1, 3), para buscar en el Templo al mismo que
llevaba en su corazón. Iba esta humilde procesión muy
sola de criaturas terrenas y sin alguna visible
ostentación, pero con ilustre y numeroso
acompañamiento de espíritus angélicos que para
celebrar esta fiesta habían bajado del Cielo, a más de
los ordinarios que guardaban a su Reina niña, y cantando
con música celestial nuevos cánticos de gloria y alabanza
del Altísimo oyéndolos y viéndolos a todos la Princesa
de los cielos, que caminaba hermosos pasos a la vista del
supremo y verdadero Salomón prosiguieron su jornada
de Nazaret hasta la Ciudad Santa de Jerusalén, sintiendo
los dichosos padres de la niña María grande júbilo y
consolación de su espíritu.
422. Llegaron al Templo Santo, y la Bienaventurada
Ana, para entrar con su hija y Señora en él, la llevó de la
mano, asistiéndolas particularmente el Santo Joaquín; y
todos tres hicieron devota y fervorosa oración al Señor:
los padres ofreciéndole a su hija y la hija santísima
ofreciéndose a sí misma con profunda humildad,
adoración y reverencia. Y sola ella conoció cómo el
Altísimo la admitía y recibía; y entre un divino resplandor
que llenó el templo, oyó una voz que le decía: Ven,
esposa mía, electa mía, ven a mi templo, donde quiero
que me alabes y me bendigas.Hecha esta oración se
levantaron y fueron al sacerdote y le entregaron los
padres a su hija y niña María, y el sacerdote le dio su
bendición; y juntos todos la llevaron a un cuarto, donde
estaba el colegio de las doncellas que se criaban en
recogimiento y santas costumbres, mientras llegaban a la
edad de tomar estado de matrimonio; y especialmente se
recogían allí las primogénitas del tribu real de Judá y del
tribu sacerdotal de Leví.
423. La subida de este colegio tenía quince gradas,
adonde salieron otros sacerdotes a recibir la bendita
niña María; y el que la llevaba, que debía de ser uno de
los ordinarios y la había recibido, la puso en la grada
primera; ella le pidió licencia y, volviéndose a sus padres
Joaquín y Ana, hincando las rodillas les pidió su bendición
y les besó la mano a cada uno, rogándoles la
encomendasen a Dios. Los santos padres con gran
ternura y lágrimas la echaron bendiciones, y, en
recibiéndolas, subió por sí sola las quince gradas con
incomparable fervor y alegría, sin volver la cabeza ni
derramar lágrima, ni hacer acción párvula, ni mostrar
sentimiento de la despedida de sus padres; antes puso a
todos en admiración el verla en edad tan tierna con
majestad y entereza tan peregrina. Los sacerdotes la
recibieron y llevaron al colegio de las demás vírgenes; y
el Santo Simeón, Sumo Sacerdote, la entregó a las
maestras, una de las cuales era Ana profetisa. Esta santa
matrona había sido prevenida con especial gracia y luz
del Altísimo para que se encargase de aquella niña de
Joaquín y Ana, y así lo hizo por Divina dispensación,
mereciendo por su santidad y virtudes tener por discípula
a la que había de ser Madre de Dios y maestra de todas
las criaturas.
424. Los padres, Joaquín y Ana, se volvieron a Nazaret
doloridos, y pobres sin el rico tesoro de su casa, pero el
Altísimo los confortó y consoló en ella. El santo sacerdote
Simeón, aunque por entonces no conoció el misterio
encerrado en la niña María, pero tuvo grande luz de
que era santa y escogida del Señor; y los otros
sacerdotes también sintieron de ella con gran alteza y
reverencia. En aquella escala que subió la niña se
ejecutó con toda propiedad lo que Jacob vio en la suya
(Gén., 28, 12), que subían y bajaban Ángeles; unos que
acompañaban y otros que salían a recibir a su Reina; y en
lo supremo de ella aguardaba Dios para admitirla por
Hija y por Esposa; y ella conoció en los efectos de su
amor que verdaderamente aquella era casa de Dios y
puerta del cielo.
425. La niña María, entregada y encargada a su
maestra, con humildad profunda le pidió de rodillas la
bendición, y la rogó que la recibiese debajo de su
obediencia, enseñanza y consejo, y que tuviese paciencia
en lo mucho que con ella trabajaría y padecería. Ana
profetisa, su maestra, la recibió con agrado y la dijo:
Hija mía, en mi voluntad hallaréis madre y amparo y yo
cuidaré de vos y de vuestra crianza con todo el desvelo
posible.Luego pasó a ofrecerse con la misma humildad
a todas las doncellas que allí estaban, y a cada una
singularmente la saludó y abrazó y se dedicó por sierva
suya, y les pidió que como mayores y más capaces de lo
que allí habían de hacer la enseñasen y mandasen; y
dioles gracias porque sin merecerlo la admitían en su
compañía.

Doctrina de la Santísima Virgen María.

426. Hija mía, la mayor dicha que puede venirle en esta
vida mortal a un alma es que la traiga el Altísimo a su
casa y la consagre toda a su servicio; porque con este
beneficio la rescata de una peligrosa esclavitud y la
alivia de la vil servidumbre del mundo, donde sin
perfecta libertad come su pan con el sudor de su cara
(Gén., 3, 19). ¿Quién hay tan insipiente y tenebroso que
no conozca el peligro de la vida mundana, con tantas
leyes y costumbres abominables y pésimas como la
astucia diabólica y la perversidad de los hombres han
introducido? La mejor parte es la religión y retiro; aquí se
halla puerto seguro y lo demás todo es tormenta y olas
alteradas y llenas de dolor y desdichas; y no reconocer
los hombres esta verdad y agradecer este singular
beneficio, es fea dureza de corazón y olvido de sí mismos.
Pero tú, hija mía, no te hagas sorda a la voz del Altísimo,
atiende y obra y responde a ella; y te advierto que uno
de los mayores desvelos del demonio es impedir la
vocación del Señor cuando llama y dispone a las almas
para que se dediquen a su servicio.
427. Sólo aquel acto público y sagrado de recibir el
hábito y entrar en la religión, aunque no se haga siempre
con el fervor y pureza de intención debida, indigna y
enfurece al Dragón infernal y a sus demonios, así por la
gloria del Señor y gozo de los Santos Ángeles, como
porque sabe aquel mortal enemigo que la religión lo
santifica y perfecciona. Y sucede muchas veces que
habiéndola recibido por motivos humanos y terrenos,
obra después la divina gracia y lo mejora y ordena todo.
Y si esto puede cuando el principio no fue con intención
tan recta como convenía, mucho más poderosa y eficaz
será la luz y virtud del Señor y la disciplina de la religión,
cuando el alma entra en ella movida del Divino amor y
con íntimo y verdadero deseo de hallar a Dios, servirle y
amarle.
428. Y para que el Altísimo reforme o adelante al que
viene a la religión por cualquier motivo que traiga,
conviene que, en volviendo al mundo las espaldas, no le
vuelva los ojos y que borre todas sus imágenes de la
memoria y olvide lo que tan dignamente ha dejado en el
mundo. A los que no atienden a esta enseñanza y son
ingratos y desleales con Dios, sin duda les viene el
castigo de la mujer de Lot (Gén., 19, 26), que si por la
Divina piedad no es tan visible y patente a los ojos
exteriores, pero recíbenle interiormente, quedando
helados, secos y sin fervor ni virtud. Y con este
desamparo de la gracia, ni consiguen el fin de su
vocación, ni aprovechan en la religión, ni hallan consuelo
espiritual en ella, ni merecen que el Señor les mire y
visite como a hijos; antes los desvía como esclavos
infieles y fugitivos. Advierte, María, que para ti todo lo
del mundo ha de estar muerto y crucificado, y tú para él,
sin memoria, ni imagen, ni atención, ni afecto o cosa
alguna terrena y si tal vez fuere necesario ejercitar la
caridad con los prójimos, ordénala tan bien que en
primer lugar pongas el bien de tu alma y tu seguridad y
quietud, paz y tranquilidad interior. Y en estas
advertencias todo extremo, que no sea vicio, te lo
amonesto y mando si has de estar en mi escuela.
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