Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe un singular favor que hizo el Altísimo a María Santísima luego que se quedó en el templo.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  2    Versos:  429-443


429. Cuando la divina niña María, despedidos sus padres,
se quedó en el templo para vivir en él, le señaló su
maestra el retiro que le tocaba entre las demás vírgenes,
que eran como unas grandes alcobas o pequeños
aposentos para cada una. Postróse en tierra la Princesa
de los cielos y, con advertencia de que era suelo y lugar
del templo, le besó y adoró al Señor dándole gracias por
aquel nuevo beneficio, y a la misma tierra, porque la
había recibido y sustentaba, siendo indigna de aquel
bien, de pisarla y estar en ella. Luego se convirtió a sus
Ángeles santos y les dijo: Príncipes celestiales, nuncios
del Altísimo, fidelísimos amigos y compañeros míos, yo os
suplico con todo el afecto de mi alma, que en este santo
Templo de mi Señor hagáis conmigo el oficio de
vigilantes centinelas, avisándome de todo lo que debo
hacer; enseñadme y encaminadme como maestros y
nortes de mis acciones, para que acierte en todo a
cumplir la voluntad perfecta del Altísimo, dar gusto a los
santos sacerdotes y obedecer a mi maestra y
compañeras.Y hablando con los doce Ángeles
singularmente que arriba dijimos (Cf. supra 202 y 273)
eran los doce del Apocalipsis les dijo: Y a vosotros,
embajadores míos, os pido que, si el Altísimo os diere su
licencia, vais [sic] a consolar a mis santos padres en su
aflicción y soledad.
430. Obedecieron a su Reina los doce Ángeles y,
quedando con los demás en coloquios divinos, sintió una
virtud superior que la movía fuerte y suave y la
espiritualizaba y levantaba en un ardiente éxtasis; y
luego el Altísimo mandó a los Serafines que la asistían
ilustrasen su alma santísima y la preparasen. Y luego le
fue dado un lumen y cualidad divina que perfeccionase y
proporcionase sus potencias con el objeto que le querían
manifestar. Y con esta preparación, acompañada de
todos sus Santos Ángeles y otros muchos, vestida la
divina niña de una refulgente nubécula, fue llevada en
cuerpo y alma hasta el Cielo empíreo, donde fue recibida
de la Santísima Trinidad con digna benevolencia y
agrado. Postróse ante la presencia del poderosísimo y
altísimo Señor, como solía en las demás visiones, y
adoróle con profunda humildad y reverencia. Y luego la
volvieron a iluminar de nuevo con otra cualidad o lumen
con el cual vio la Divinidad intuitiva y claramente; siendo
esta la segunda vez que se le manifestó por este modo
intuitivo a los tres años de su edad.
431. No hay sentido ni lengua que pueda manifestar los
efectos de esta visión y participación de la Divina
esencia. La Persona del Eterno Padre habló a la futura
Madre de su Hijo, y díjola: Paloma mía y dilecta mía,
quiero que veas los tesoros de mi ser inmutable y
perfecciones infinitas y los ocultos dones que tengo
destinados para las almas que tengo elegidas para
herederas de mi gloria, que serán rescatadas con la
Sangre del Cordero que por ellas ha de morir. Conoce,
hija mía, cuán liberal soy para mis criaturas que me
conocen y aman; cuán verdadero en mis palabras, cuán
fiel en mis promesas, cuán poderoso y admirable en
mis obras. Advierte, esposa mía, cómo es verdad
infalible que quien me siguiere no vivirá en tinieblas. De
ti quiero que, como mi escogida, seas testigo de vista de
los tesoros que tengo aparejados para levantar los
humildes, remunerar los pobres, engrandecer los
abatidos y premiar todo lo que por mi nombre hicieren o
padecieren los mortales.
432. Otros sacramentos grandes conoció la santísima
niña en esta visión de la Divinidad, porque el objeto es
infinito; y aunque se le había manifestado otra vez
claramente, pero siempre le resta infinito que comunicar
de nuevo con más admiración y mayor amor de quien
recibe este favor. Respondió la Santísima María al Señor,
y dijo: Altísimo y supremo Dios eterno, incomprensible
sois en vuestra grandeza, rico en misericordias,
abundante en tesoros, inefable en misterios, fidelísimo en
promesas, verdadero en palabras, perfectísimo en
vuestras obras, porque sois Señor infinito y eterno en
vuestro ser y perfecciones. Pero ¿qué hará, altísimo
Señor, mi pequenez a la vista de vuestra grandeza?
Indigna me reconozco de mirar vuestra grandeza que
veo, pero necesitada de que con ella me miréis. En
vuestra presencia, Señor, se aniquila toda criatura, ¿qué
hará vuestra sierva, que es polvo? Cumplid en mí todo
vuestro querer y beneplácito; y si en vuestros ojos
son tan estimables los trabajos y desprecios de los
mortales, la humildad, la paciencia y mansedumbre en
ellos, no consintáis, amado mío, que yo carezca de tan
rico tesoro y prendas de vuestro amor; y dad el premio de
ello a vuestros siervos y amigos, que lo merecerán
mejor, pues nada he trabajado yo en vuestro servicio y
agrado.
433. El Altísimo se agradó mucho de la petición de la
divina niña y la dio a conocer cómo la admitía para
concederle que trabajase y padeciese por su amor en el
discurso de su vida, sin entender entonces el orden y
modo como había de suceder todo. Dio gracias la
Princesa del Cielo por este beneficio y favor de que era
escogida para trabajar y padecer por el nombre y gloria
del Señor y, fervorosa con el deseo de conseguirlo, pidió
licencia a Su Majestad para hacer en su presencia cuatro
votos; de castidad, pobreza, obediencia y perpetuo
encerramiento en el templo, adonde la había traído.
A esta petición la respondió el Señor, y la dijo: Esposa
mía, mis pensamientos se levantan sobre todas las
criaturas y tú, electa mía, ahora ignoras lo que en el
discurso de tu vida te puede suceder y que no será
posible en todo cumplir tus fervorosos deseos en el
modo que ahora piensas; el voto de castidad admito y
quiero le hagas, y que renuncies desde luego las riquezas
terrenas; si bien es mi voluntad que en los demás votos y
en sus materias obres, en lo posible, como si los hubieras
hecho todos; y tu deseo se cumplirá en otras muchas
doncellas que, en el tiempo venidero de la ley de gracia,
por seguirte y servirme harán los mismos votos viviendo
juntas en congregación, y serás madre de muchas hijas.
434. Hizo luego la santísima niña en presencia del
Señor el voto de castidad, y en lo demás sin obligarse
renunció todo el afecto de lo terreno y criado; y propuso
obedecer por Dios a todas las criaturas. Y en el
cumplimiento de estos propósitos fue más puntual,
fervorosa y fiel que ninguno de cuantos por voto lo
prometieron ni prometerán. Con esto cesó la visión
intuitiva y clara de la Divinidad, pero no luego fue
restituida a la tierra; porque en otro estado más inferior
tuvo luego otra visión imaginaria del mismo Señor y
estando siempre en el cielo empíreo; de manera que se
siguieron a la vista de la Divinidad otras visiones
imaginarias.
435. En esta segunda e imaginaria visión llegaron a ella
algunos Serafines de los más inmediatos al Señor y, por
mandado suyo, la adornaron y compusieron en esta
forma. Lo primero, todos sus sentidos fueron como
iluminados con una claridad o lumen que los llenaba de
gracia y hermosura. Luego la vistieron una ropa o tunicela
preciosísima de refulgencia y la ciñeron con una
cintura de piedras diferentes de varios colores
transparentes, lucidísimos y brillantes, que toda la
hermoseaba sobre la humana ponderación; y significaba
la pura candidez y heroicas y diferentes virtudes de su
alma santísima. Pusiéronla también una gargantilla
o collar inestimable y de subido valor con tres grandes
piedras, símbolo de las tres mayores y excelentes
virtudes, fe, esperanza y caridad; y estas pendían del
collar sobre el pecho, como señalando su lugar y
asiento de tan ricas joyas. Diéronle tras esto siete anillos
de rara hermosura en sus manos, donde se los puso el
Espíritu Santo en testimonio de que la adornaba con sus
dones en grado eminentísimo. Y sobre este adorno la
Santísima Trinidad puso sobre su cabeza una imperial
corona de materia y piedras inestimables, constituyéndola
juntamente por Esposa suya y por Emperatriz del
cielo; y en fe de todo esto la vestidura cándida y
refulgente estaba sembrada de unas letras o cifras de
finísimo oro y muy brillante, que decían: María hija del
Eterno Padre, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la
verdadera luz. Esta última empresa o título no entendió la
divina Señora, pero los Ángeles sí, que admirados en la
alabanza del Autor asistían a obra tan peregrina y nueva;
y en cumplimiento de todo esto puso el Altísimo en los
mismos espíritus angélicos nueva atención, y salió una
voz del trono de la Santísima Trinidad, que hablando con
María Santísima le dijo: Nuestra Esposa, nuestra querida
y escogida entre las criaturas serás por toda la
eternidad; los Ángeles te servirán y todas las naciones y
generaciones te llamarán bienaventurada (Lc., 1, 48).
436. Adornada la soberana niña con las galas de la
divinidad, se celebró luego el desposorio más célebre y
maravilloso que pudo imaginar ninguno de los más altos
querubines y serafines, porque el Altísimo la admitió por
Esposa única y singular y la constituyó en la más
suprema dignidad que pudo caber en pura criatura, para
depositar en ella su misma Divinidad en la Persona del
Verbo y con él todos los tesoros de gracias que a tal
eminencia convenían. Estaba la humildísima entre los
humildes absorta en el abismo de amor y admiración que
la causaban tales favores y beneficios y en presencia del
Señor, dijo:
437. Altísimo Rey y Dios incomprensible, ¿quién sois vos
y quién soy yo, para que vuestra dignación mire a la que
es polvo, indigna de tales misericordias? En vos, Señor
mío, como en espejo claro, conociendo vuestro ser
inmutable, veo y conozco sin engaño la bajeza y vileza
del mío, miro vuestra inmensidad y mi nada, y en este
conocimiento quedo aniquilada y deshecha con
admiración de que la Majestad infinita se incline a tan
humilde gusanillo, que sólo puede merecer el desecho y
desprecio entre todas las criaturas. ¡Oh Señor y bien mío,
qué magnificado y engrandecido seréis en esta obra!
¡Qué admiración causaréis conmigo en vuestros espíritus
angélicos, que conocen vuestra infinita bondad, grandeza
y misericordias, en levantar al polvo y a la que en él es
pobre (Sal., 112, 3), para colocarla entre los príncipes! Yo,
Rey mío y mi Señor, os admito por mi Esposo y me ofrezco
por vuestra esclava. No tendrá mi entendimiento otro
objeto, ni mi memoria otra imagen, ni mi voluntad otro fin
ni deseo fuera de vos, sumo, verdadero y único bien y
amor mío, ni mis ojos se levantarán para ver otra criatura
humana, ni atenderán mis potencias y sentidos a nadie
fuera de vos mismo y a lo que Vuestra Majestad me
encaminare; solo vos, amado mío, seréis para vuestra
Esposa (Cant., 2, 16) y ella para solo vos, que sois incomutable
y eterno bien.
438. Recibió el Altísimo con inefable agrado esta
aceptación que hizo la soberana Princesa del nuevo
desposorio que con su alma santísima había celebrado; y,
como a verdadera Esposa y Señora de todo lo criado, le
puso en sus manos todos los tesoros de su poder y gracia
y la mandó que pidiese lo que deseaba, que nada le
sería negado. Hízolo así la humildísima paloma y pidió
al Señor con ardentísima caridad enviase a su Unigénito
al mundo para remedio de los mortales; que a todos los
llamase al conocimiento verdadero de su Divinidad; que
a sus padres naturales Joaquín y Ana les aumentase en el
amor y dones de su Divina diestra; que a los pobres y afligidos
los consolase y confortase en sus trabajos; y para sí
misma pidió el cumplimiento y beneplácito de la Divina
voluntad. Estas fueron las peticiones más particulares
que hizo la nueva esposa María en esta ocasión a la
Beatísima Trinidad. Y todos los espíritus angélicos en
alabanza del Altísimo hicieron nuevos cánticos de admiración
y, con música celestial, los que Su Majestad
destinó volvieron a la santísima niña desde el cielo
empíreo al lugar del templo, dé donde la habían
llevado.
439. Y para comenzar luego a poner por obra lo que Su
Alteza había prometido en presencia del Señor, fue a
su maestra y la entregó todo cuanto su madre Santa Ana
le había dejado para su necesidad y regalo, hasta unos
libros y vestuario; y la rogó lo distribuyese a los pobres, o
como ella gustase disponer de ello, y la mandase y
ordenase lo que debía hacer. La discreta maestra, que ya
he dicho era Ana la profetisa, con divino impulso admitió
y aprobó lo que la hermosa niña María ofrecía y la dejó
pobre y sin cosa aguna más de lo que tenía vestido; y
propuso cuidar singularmente de ella como de más
destituida y pobre, porque las otras doncellas cada una
tenía su peculio y homenaje señalado y propio de sus
ropas y otras cosas a su voluntad.
440. Diole también la maestra orden de vivir a la
dulcísima niña, habiéndolo comunicado primero con el
sumo sacerdote; y con esta desnudez y resignación
consiguió la Reina y Señora de las criaturas quedar sola,
destituida y despojada de todas ellas y de sí misma, sin
reservar otro afecto ni posesión más de solo el amor
ardentísimo del Señor y de su propio abatimiento y
humillación. Yo confieso mi suma ignorancia, mi vileza, mi
insuficiencia y que del todo me hallo indigna para
explicar misterios tan soberanos y ocultos; donde las
lenguas expeditas de los sabios y la ciencia y amor de los
supremos querubines y serafines fueran insuficientes
¿qué podrá decir una mujer inútil y abatida? Conozco
cuánto ofendiera a la grandeza de sacramentos tan
venerables, si la obediencia no me excusara; pero aun
con ella temo y creo que ignoro y callo lo más y conozco y
digo lo menos en cada uno de los misterios y sucesos de
esta Ciudad de Dios María Santísima.
Doctrina de la Santísima Virgen María.
441. Hija mía, entre los favores grandes e inefables que
recibí en el discurso de mi vida de la diestra del
Todopoderoso, uno fue el que acabas de conocer y
escribir ahora; porque en la vista clara de la
divinidad y ser incomprensible del Altísimo conocí ocultísimos
sacramentos y misterios, y en aquel adorno y
desposorio recibí incomparables beneficios, y en mi
espíritu sentí dulcísimos y divinos efectos. Aquel deseo
que tuve de hacer los cuatro votos de pobreza,
obediencia, castidad y encerramiento, agradó mucho al
Señor; y merecí con el deseo que se estableciese en la
Iglesia y ley de gracia el hacer los mismos votos las
religiosas, como hoy se acostumbra; y aquel fue el
principio de lo que ahora hacéis las religiosas, según lo
que dijo Santo Rey David (Sal., 44, 13): Adducentur Regí
virgines post eam, en el salmo 44, porque el Altísimo
ordenó que fuesen mis deseos el fundamento de las
religiones de la Ley Evangélica. Y yo cumplí entera y
perfectísimamente todo lo que allí propuse delante del
Señor, en cuanto según mi estado y vida fue posible; ni
jamás miré al rostro a hombre alguno, ni de mi esposo
San José, ni de los mismos Ángeles, cuando en forma
humana se me aparecían, pero en Dios los vi y conocí
todos; y a ninguna cosa criada o racional tuve afecto, ni
en operación e inclinación humana; ni tuve querer propio:
sí o no, haré o no haré, porque en todo me gobernó el
Altísimo, o por sí inmediatamente, o por la obediencia de
las criaturas a quien de voluntad me sujetaba.
442. No ignores, carísima, que como el estado de la
religión es sagrado y ordenado por el Altísimo, para que
en él se conserve la doctrina de la perfección cristiana
y perfecta imitación de la vida santísima de mi Hijo, por
esto mismo está indignadísimo con las almas religiosas
que duermen olvidadas de tan alto beneficio y viven tan
descuidadas y más relajadamente que muchos hombres
mundanos; y así les aguarda más severo juicio y castigo
que a ellos. También el demonio, como antigua y astuta
serpiente, pone más diligencia y sagacidad en tentar y
vencer a los religiosos y religiosas que con todo el resto
de los mundanos respectivamente; y cuando derriba a un
alma religiosa, hay mayores consejos y solicitud de todo
el infierno, para que no se vuelva a levantar con los remedios
que para esto tiene más prontos la religión, como
son la obediencia y ejercicios santos y uso frecuente de
los sacramentos. Para que todo esto se malogre y no le
aproveche al religioso caído, usa el enemigo de tantas
artes y ardides, que sería espantosa cosa el conocerlos.
Pero mucho de esto se manifiesta considerando los
movimientos y obras que hace un alma religiosa para
defender sus relajaciones, excusándolas si puede con
algún color y si no con inobediencias y mayores
desórdenes y culpas.
443. Advierte, pues, hija mía, y teme tan formidable
peligro; y con las fuerzas de la Divina gracia procura
levantarte a ti sobre ti, sin consentir en tu voluntad afecto
ni movimiento desordenado. Toda quiero que trabajes en
morir a tus pasiones y espiritualizarte, para que,
extinguido en ti todo lo que es terreno, pases al ser
angélico por la vida y conversación. Para llenar el
nombre de esposa de Cristo has de salir de los términos y
esfera del ser humano y ascender a otro estado y ser
divino; y aunque eres tierra, has de ser tierra bendita sin
espinas de pasiones, cuyo fruto copioso sea todo para el
Señor, que es su dueño. Y si tienes por esposo aquel
supremo y poderoso Señor, que es Rey de los reyes y
Señor de los señores, dedígnate de volver los ojos, y
menos el corazón, a los esclavos viles, que son las
criaturas humanas; pues aun los ángeles te aman y
respetan por la dignidad de esposa del Altísimo. Y si
entre los mortales se juzga por osadía temeraria y
desmesurada que un hombre vil ponga los ojos en la
esposa del príncipe ¿qué delito será ponerlos en la
esposa del Rey celestial y todopoderoso? Y no será
menor culpa que ella lo admita y lo consienta. Asegúrate
y pondera que es incomparable y terrible el castigo que
para este pecado está prevenido, y no te le muestro a la
vista porque con ella no desfallezca tu flaqueza. Y quiero
que para ti sea bastante mi enseñanza para que ejecutes
todo lo que te ordeno y me imites como discípula en
cuanto alcanzaren tus fuerzas; y sé solícita en amonestar
a tus monjas esta doctrina y hacer que la ejecuten.
Señora mía y Reina piadosísima, con júbilo de mi alma
oigo vuestras dulcísimas palabras llenas de espíritu y de
vida; y deseo escribirlas en lo íntimo de mi corazón con la
gracia de vuestro Hijo Santísimo que os suplico me
alcancéis. Y si me dais licencia, hablaré en vuestra
presencia como discípula ignorante con mi Maestra y
Señora. Deseo, Madre y amparo mío, que para cumplir
los cuatro votos de mi profesión, como Vuestra Majestad
me lo manda y yo debo, y aunque indigna y tibia lo
deseo, me déis alguna doctrina más copiosa que me sirva
de guía y magisterio en el cumplimiento de esta obligación
y afecto que en mi ánimo habéis puesto.
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