Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la doctrina que me dio la Reina del cielo para los cuatro votos de mi profesión.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  3    Versos:  444-462


444. Hija y amiga mía, no quiero negarte la enseñanza
que con deseo de ejecutarla me pides; pero recíbela con
aprecio y ánimo devoto y pronto para obrarla. El Sabio
dice (Prov., 6, 1-2): Hijo, si prometiste por tu amigo, tu
mano clavaste acerca del extraño, con tu boca te ligaste,
con tus palabras quedas atado. Conforme a esta verdad,
quien a Dios ha hecho votos ha clavado la mano de la
propia voluntad, para no quedar libre ni tener elección
de otras obras fuera de aquellas para que se obligó
según la voluntad y elección de aquel a quien queda
obligado y atado con su misma boca y palabras de la
profesión. Antes que hiciera los votos, en su mano estaba
elegir el camino; pero habiéndose atado y obligado el
alma religiosa, sepa que perdió totalmente su libertad y
se la entregó a Dios en su Prelado. Toda la ruina o
remedio de las almas consiste en el uso de su libertad;
pero como los más usan mal de ella y se pierden, ordenó
el Altísimo el estado fijo de las religiones mediante los
votos, para que, usando de una vez la criatura de su
libertad con perfecta y prudente elección, entregase a Su
Majestad en aquel acto lo que con muchos perdiera, si
quedara suelta y libre para querer y no querer.
445. Piérdese dichosamente con estos votos la libertad
para lo malo y asegúrase para lo bueno, como con una
rienda que desvía del peligro y adiestra por el camino
llano y seguro; y pierde el alma la servidumbre y sujeción
a sus propias pasiones y adquiere sobre ellas nuevo
imperio, como señora y reina en el dominio de su república,
y sólo queda subordinada a la gracia y
movimientos del Espíritu Santo, que la gobernaría en sus
operaciones si ella destinase toda su voluntad para sólo
obrar aquello que prometió a Dios. Pasaría con esto la
criatura del estado y ser de esclava a la excelente
dignidad de hija del Altísimo y de la condición terrena a
la angélica; y los defectos corruptibles y castigo del
pecado no la tocarían de lleno. Y no es posible que en la
vida mortal puedas alcanzar ni comprender cuáles y
cuántos bienes y tesoros granjea el alma que se dispone
con todas sus fuerzas y afectos a cumplir perfectamente
con los votos de su profesión; porque te aseguro,
carísima, que pueden las religiosas perfectas y puntuales
llegar al mérito de los mártires, y aun excederles.
446. Hija mía, tú conseguiste el dichoso principio de
tantos bienes el día que elegiste la mejor parte; pero
advierte mucho que te obligaste a un Dios eterno y
poderoso a quien lo más oculto del corazón es manifiesto.
Y si el mentir a los hombres terrenos y faltarles en las
promesas justas es cosa tan fea y aborrecida de la razón
¿cuánto pesará el ser infiel a Dios en las promesas
justísimas y santísimas? Por tu criador, conservador y
bienhechor le debes la gratitud, por padre la reverencia,
por esposo la lealtad, por amigo la buena
correspondencia, por fidelísimo le debes la fe y
esperanza, por sumo y eterno bien el amor, por
omnipotente el rendimiento y por justísimo juez el temor
santo y humilde. Pues contra todos estos y otros muchos
títulos cometerás traición y alevosía, si faltas y
quebrantas lo que le tienes prometido en tu profesión. Y
si en todas las religiosas, que viven con obligación de
trato y vida espiritual, es tan formidable monstruo
llamarse esposas de Cristo y ser miembros y esclavas del
demonio, mucho más feo sería en ti, que has recibido más
que todas, pues debes excederlas en el amor, en el
trabajo y en el retorno de tan incomparables beneficios y
favores.
447. Advierte, pues, alma, cuán aborrecible te haría
esta culpa para con el Señor, para conmigo, con los
Ángeles y Santos; porque todos somos testigos de su
amor y fidelidad que contigo ha mostrado, como esposo
rico, amoroso y fidelísimo. Trabaja, pues, con sumo
desvelo para que no le ofendas en lo mucho ni en lo poco;
y no le obligues a que desamparándote te entregue a las
bestias de las pasiones del pecado; que no ignoras sería
esto mayor desdicha y castigo que si te entregara al furor
de los elementos y de todas las fieras y animales brutos y
al de los mismos demonios, para que todas estas cosas
ejecutaran en ti su ira y el mundo todas las penas y
deshonras que puede hacer; todo fuera menor daño para
ti que cometer sola una culpa venial contra Dios, a quien
debes servir y amar en todo y por todo. Cualquiera pena
de esta vida es menos que la culpa, y éstas en la vida
mortal se acabarán, y la culpa puede ser eterna, y con
ella lo sería la pena y castigo.
448. En la vida presente atemoriza mucho a los
mortales y les espanta cualquiera pena o tribulación,
porque la tienen presente al sentido y les toca en él;
pero no les altera ni atemoriza la culpa, porque,
embarazados en lo visible, no pasan a lo inmediato de la
culpa, que es la pena eterna del infierno. Y con estar
embebida y unida con el mismo pecado, es tan grave y
tardo el corazón humano, que se deja embriagar de la
culpa y no toca en la pena porque no siente al infierno
por el sentido; y cuando le podía ver y tocar con la fe, la
deja ociosa y muerta, como si no la tuviera. ¡Oh
infelicísima ceguedad de los mortales! ¡Oh torpeza y
negligencia, que a tantas almas capaces de razón y de
gloria tienes engañosamente oprimidas! No hay palabras
ni razones suficientes para encarecer este formidable y
tremendo peligro. Hija mía, huye y aléjate con el temor
santo de tan infeliz estado y entrégate a todos los trabajos
y tormentos de la vida, que luego pasa, primero
que te acerques a él, pues nada te faltará si a Dios no
perdieres. Muy poderoso medio será para asegurarte,
que no imagines hay culpa pequeña para ti ni para tu
estado; lo poco has de temer mucho, porque el Altísimo
conoce que en despreciar las pequeñas culpas abre el
corazón la criatura para admitir otras mayores, y no es
amor loable el que no cela cualquier disgusto de la
persona que ama.
449. El orden que las almas religiosas deben guardar en
obrar sus deseos ha de ser que, en primer lugar, sean
solícitas y puntuales en cumplir la obligación de los votos
y todas las virtudes que en sí contienen; y sobre esto, en
segundo lugar, entran las obras voluntarias que llaman
de supererogación. Este orden suelen pervertir algunas
almas engañadas del demonio con indiscreto celo de la
perfección, que faltando en culpas graves a las cosas
obligatorias de su estado, quieren añadir otras acciones
y ocupaciones voluntarias, que de ordinario son párvulas
o inútiles y originadas de espíritu de presunción y
singularidad, deseando ser miradas y señaladas entre
todas por muy celosas y perfectas, y estando muy lejos
de comenzar a serlo. No quiero yo en ti esta mengua tan
reprensible; mas antes quiero que en primer lugar
cumplas con la observancia de tus votos y vida común y
después añadas lo que pudieres con la divina gracia y
según tus fuerzas; que todo junto hermosea el alma y la
hace perfecta y agradable a los ojos divinos.
450. El voto de la obediencia es el mayor de la religión,
porque contiene una renunciación y negación total de la
propia voluntad, de suerte que a la religiosa no le queda
jurisdicción ni derecho alguno sobre sí misma para decir
quiero o no quiero, haré o no haré; todo esto lo puso y
renunció por la obediencia, dejándolo en manos de su
Prelado; y para cumplirlo es necesario que no seas sabia
contigo misma, ni te imagines señora de tu gusto, ni de tu
querer ni entender, porque la obediencia verdadera ha
de ser de linaje de fe; que lo que manda el superior se ha
de estimar, reverenciar y creer, sin pretender examinarlo
ni comprenderlo; y conforme a esto, para obedecer te
debes juzgar sin razón, ni vida, ni discurso; antes
como un cuerpo muerto te deja mover y gobernar,
estando viva sólo para ejecutar con presteza todo lo
que fuere voluntad del superior. Nunca discurras
contigo lo que has de obrar y sólo piensa cómo
ejecutarás lo que te mandaren. Sacrifica tu querer
propio y degüella todos tus apetitos y pasiones; y
después que con esta eficaz determinación quedes
muerta a tus movimientos, sea la obediencia alma y vida
de tus obras. En la voluntad de tu superior ha de estar
reputada la tuya con todos tus movimientos, palabras y
obras, y en todo pide que te quiten el ser propio y te den
otro nuevo, que nada sea tuyo y todo sea de la
obediencia sin contradicción ni resistencia alguna.
451. El modo de obedecer más perfecto, advierte, es
que no ha de reconocer el superior disonancia que le
disguste, antes se le debe obediencia con satisfacción y
que le conste se cumple con prontitud lo que manda, sin
replicar ni remurmurar con palabras ni otros desiguales
movimientos. El superior hace las veces de Dios, y
quien obedece a los Prelados obedece al mismo Señor
que está en ellos, y los gobierna y los ilustra en lo que
mandan a los subditos para el bien de sus almas y salud;
y el desprecio que se hace del Prelado pasa a Dios (Lc.,
10, 16), que por ellos y en ellos está ordenandote y
mandándote su voluntad; y has de entender que el mismo
Señor les mueve su lengua, o que es lengua del mismo
Dios omnipotente. Hija mía, trabaja por ser obediente
para que cantes victorias (Prov., 21, 28); y no temas en
obedecer, porque este es el camino seguro; y lo es tanto,
que los yerros de los obedientes no los pone Dios en
memoria para el día de la cuenta, antes borra los demás
pecados por solo el sacrificio de la obediencia. Y mi Hijo
Santísimo ofreció al Eterno Padre su preciosísima pasión
y muerte con particular afecto por los obedientes, y que
por esta virtud fuesen mejorados en el perdón y en la
gracia, en el acierto y perfección de todo lo que obrasen
por obedecer; y ahora muchas veces representa al Padre,
para aplacarle con los hombres, que murió por ellos
obedeciendo hasta la cruz (Flp., 2, 8), y por esto se
aplaca el mismo Señor. Y por lo que se agradó de la
obediencia de Abrahán y su hijo Isaac, se dio por
obligado (Gén., 22, 16) no sólo para que no muriese el
hijo que tan obediente se mostraba, mas para que fuese
padre del Unigénito Humanado y señalado entre los
demás para cabeza y fundamento de tantas bendiciones.
452. El voto de la pobreza es un generoso ahorro y
desembarazo de la pesada carga de las cosas
temporales; es un desahogo del espíritu, alivio de la
humana flaqueza y libertad de la nobleza del corazón
capaz de bienes eternos y espirituales; es una satisfacción
y hartura en que sosiega el apetito sediento
de tesoros terrenos y un dominio o posesión y uso
nobilísimo de todas las riquezas. Todo esto, hija mía, y
otros mayores bienes contiene la pobreza voluntaria, y
todo lo ignoran porque de todo carecen los hijos del
siglo, amadores de las riquezas y enemigos de la rica y
santa pobreza. No advierten, aunque la padecen y
sufren, cuan pesada es la gravedad de las riquezas que
los abruma hasta el suelo y aun hasta las entrañas de la
tierra, a buscar el oro y la plata con cuidados, desvelos,
trabajos y sudores, no de hombres de razón, sino de
brutos irracionales que ignoran lo que hacen y lo que padecen.
Y si antes de adquirir las riquezas son tan
pesadas ¿cuánto lo serán después de conseguidas?
Díganlo cuantos con esta carga han caído hasta los
infiernos; díganlo los desmedidos afanes en
conservarlas, y mucho más las intolerables leyes que han
introducido en el mundo las riquezas y los ricos que las
poseen.
453. Si todo esto ahoga el espíritu y oprime
tiránicamente su flaqueza y envilece la nobilísima
capacidad que tiene el alma de bienes eternos y del
mismo Dios, cierto es que la pobreza voluntaria
restituye a la criatura a su generosa condición y la alivia
de vilísima servidumbre y la pone en la libertad ingenua
en que fue criada para señora de todas las cosas. Nunca
es más señora que cuando las desprecia, y entonces
tiene la mayor posesión y el uso más excelente de las
riquezas cuando las distribuye o las deja de voluntad y
sacia el apetito cuando tiene gusto de no tenerlas; y
sobre todo dejando desocupado el corazón le tiene
capaz de que deposite Dios en él los tesoros de su
Divinidad, para los cuales le crió con capacidad casi
infinita.
454. Hija mía, yo deseo que tú estudies mucho esta
filosofía y ciencia divina, que tan olvidada tiene el
mundo, y no sólo el mundo, pero muchas almas
religiosas que la prometieron a Dios, cuya
indignación es grande por esta culpa; y de contado
reciben un pesado castigo en que no advierten los
transgresores de este voto, pues con haber desterrado la
pobreza voluntaria han alejado de sí el espíritu de Cristo,
mi Hijo Santísimo, y el que venimos a enseñar a los
hombres en desnudez y pobreza. Y aunque ahora no lo
sienten, porque disimula el justo Juez y ellos gozan de la
abundancia que desean, pero en la cuenta que les
aguarda se hallarán confusos y desimaginados del rigor
que no pensaban, ponderaban ni pesaban en la Divina
justicia.
455. Los bienes temporales criólos el Altísimo para que
sirviesen a los hombres sólo de sustentar la vida y
conseguido este fin cesa la causa de la necesidad; y
siendo ésta limitada y que en breve se acaba y con poco
se satisface y restando el alma que es eterna, no es
razón que el cuidado de ella sea temporal y como de
paso y el deseo y afán de adquirir las riquezas venga a
ser perpetuo y eterno en los hombres. Suma perversidad
es haber trocado los fines y los medios en cosa tan
distante y tan importante, que le dé el hombre ignorante
a su breve y mal segura vida del cuerpo todo el tiempo,
todo el cuidado, todo el trabajo de sus fuerzas y desvelo
de su entendimiento; y a la pobre alma en muchos años
de vida no quiera darle más de una hora, y aquélla
muchas veces la última y la peor de la vida.
456. Aprovéchate, pues, hija mía carísima, de la
verdadera luz y desengaño que de tan peligroso error te
ha dado el Altísimo. Renuncia toda afición y amor a cosa
alguna terrena y, aunque sea con pretexto y color de que
tienes necesidad y que tu convento es pobre, no seas
solícita desordenadamente en procurar las cosas
necesarias para el sustento de la vida; y cuando pusieres
el cuidado moderado que debes, sea de manera que ni te
turbes cuando te falte lo que deseas, ni lo desees con
afición, aunque te parezca es para el servicio de Dios;
pues tanto menos le amas cuanto con él quieres amar
otras cosas. Lo mucho debes renunciarlo por superfluo y
no lo has menester y es delito tenerlo vanamente; lo poco
también se debe estimar poco, porque será mayor error
embarazar el corazón con lo que nada vale y estorba
mucho. Si todo lo que a tu juicio humano pide tu
necesidad lo consigues, no eres de verdad pobre, porque
la pobreza en rigor y propiedad es tener menos de lo que
es menester y sólo se llama rico al que nada le falta;
porque el tener más antes desasosiega y es aflicción de
espíritu, y desearlo y guardarlo sin usar de ello viene a
ser una pobreza sin quietud ni sosiego.
457. De ti quiero esta libertad de espíritu que a cosa
alguna te aficiones, sea grande o pequeña, superflua o
necesaria; y lo que para la vida humana hubieres
menester, debes admitir sólo aquello que es preciso para
no morir ni quedar indecentemente; pero sea lo más
pobre y remendado para tu abrigo y en la comida lo más
grosero, sin antojo de gusto particular, sin pedir más de
aquello en que tienes mucha desazón y menos gusto,
para que antes te den lo que no deseas y te falte lo que
pide el apetito y hagas en todo lo más perfecto.
458. El voto de castidad contiene la pureza de alma y
cuerpo; es fácil el perderla, difícil y aun imposible
repararla, según como se pierde. Este gran tesoro está
depositado en castillo de muchas puertas y ventanas, que
si no están bien guarnecidas y defendidas no tiene
seguridad. Hija mía, para guardar con perfección este
voto, es preciso que hagas pacto inviolable con tus
sentidos de no moverse para lo que no fuere ordenado
por la razón y a la gloria del Criador. Muertos los
sentidos, fácil es el vencimiento de los enemigos, que
sólo con ellos te pueden vencer a ti misma, porque los
pensamientos no reviven ni se despiertan si no les entran
especies e imágenes por los sentidos exteriores que los
fomenten. No has de tocar, ni mirar, ni hablar a persona
humana de cualquiera condición que sea, hombre ni
mujer, ni a tu imaginación entren sus especies o
imágenes. En este cuidado, que te encargó mucho,
consiste la guarda de esta pureza que de ti quiero; y si
por la caridad o por obediencia hablares, que sólo por
estas dos causas debes tratar con criaturas, sea con toda
severidad, modestia y recato.
459. Para con tu persona vive como peregrina y ajena
del mundo, pobre, mortificada, trabajada y amando la
aspereza de todo lo temporal sin apetecer descanso ni
regalo, como quien está ausente de su casa y patria
propia, conducida para trabajar y pelear con fuertes
enemigos. Y porque el más pesado y peligroso es la
carne, te conviene resistir a tus naturales pasiones sin
descuido y en ellas a las tentaciones del demonio.
Levántate a ti sobre ti y busca una habitación muy
levantada sobre todo lo terreno para que vivas
debajo de la sombra del que deseas (Cant., 2, 3) y en su
protección goces de tranquilidad y verdadero sosiego.
Entrégate de todo tu corazón y fuerzas a su casto y
santo amor, sin que imagines hay para ti criaturas más
de en cuanto te ayudan y obligan a que ames y sirvas a
tu Señor, y para todo lo demás han de ser para ti
aborrecibles.
460. A la que se llama esposa de Cristo, y lo tiene por
oficio, aunque ninguna virtud le ha de faltar, pero la
castidad es la que más la proporciona y asimila a su
esposo, porque la espiritualiza y aleja de la corrupción
terrena y la levanta al ser angélico y aun a cierta
participación del mismo ser de Dios. Es virtud que hermosea
y adorna a todas las demás y levanta el cuerpo a
superior estado, ilustra al entendimiento y conserva a las
almas en su nobleza superior a todo lo corruptible. Y
porque esta virtud fue especial fruto de la redención,
merecida por mi Hijo Santísimo en la Cruz donde quitó los
pecados del mundo, por eso singularmente se dice que
las vírgenes acompañan y siguen al Cordero (Ap., 14,
4).
461. El voto de la clausura es el muro de la castidad y
de todas las virtudes, el engaste donde se conservan y
resplandecen y es un privilegio del Cielo para eximir a
las religiosas, esposas de Cristo, de los pesados y
peligrosos tributos que paga la libertad del mundo al
príncipe de sus vanidades. Con este voto viven las
religiosas en seguro puerto, cuando las otras almas en la
tormenta de los peligros se marean y zozobran a cada
paso. Con tan grandes intereses no es lugar angosto el
de la clausura, donde a la religiosa se le ofrecen los
espaciosos campos de las virtudes y del conocimiento de
Dios y de sus infinitas perfecciones y misterios y
admirables obras que hizo y hace por los hombres. En
estos dilatados campos y espacios se puede y se debe
esparcir y recrear, y de no hacerlo viene a parecer
estrecha cárcel la mayor libertad. Para ti, hija mía, no
hay otro ensanche, ni yo quiero que te estreches tanto
como lo es todo el mundo. Sube a lo alto del
conocimiento y amor Divino, donde sin términos ni límites
que te angosten, vivas en libertad espaciosa y desde allí
conocerás cuán estrecho, vil y despreciable es todo lo
criado para ensancharse tu alma en ello.
462. A esta clausura forzosa del cuerpo añade tú la de
tus sentidos, para que, guarnecidos de fortaleza,
conserven tu pureza interior y en ella el fuego del
santuario (Lev., 6, 12) que siempre debes fomentar y
guardar que no se apague. Y para la guarda de los
sentidos y lograr la clausura, nunca llegues a la puerta, ni
a red, ni ventana, ni te acuerdes de que las tiene él
convento, si no fuere para cumplir con lo preciso de tu
oficio y por la obediencia. Nada apetezcas, pues no lo
has de conseguir, ni trabajes por lo que no debes
apetecer; en tu retiro, recato y cautela estará tu bien y
paz y el darme gusto y merecer el copioso fruto y premio
de amor y gracia que deseas.
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