Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDistribúyense por instantes los divinos decretos, declarando lo que en cada uno determinó Dios acerca de su comunicación ad extra.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  4    Versos:  35-51


35. Este orden entendí que se debía distribuir por los
instantes siguientes. El primero es en el que conoció Dios
sus divinos atributos y perfecciones, con la propensión e
inefable inclinación a comunicarse fuera de sí; y éste fue
el primer conocimiento de ser Dios comunicativo ad
extra, mirando Su Alteza la condición de sus infinitas
perfecciones, la virtud y eficacia que en sí tenían para
obrar magníficas obras. Vio que tan suma bondad era
convenientísimo en su equidad, y como debido y forzoso,
comunicarse, para obrar según su inclinación
comunicativa y ejercer su liberalidad y misericordia,
distribuyendo fuera de sí con magnificencia la plenitud
de sus infinitos tesoros encerrados en la divinidad.
Porque, siendo todo infinito, le es mucho más natural
hacer dones y gracias que al fuego subir a su esfera, a la
piedra bajar al centro y al sol derramar su luz; y este mar
profundo de perfecciones, esta abundancia de tesoros,
esta infinidad impetuosa de riquezas, todo se encamina a
comunicarse por su misma inclinación y por el querer y
saber del mismo Dios, que se comprendía y sabía que el
hacer dones y gracias comunicándose no era
disminuirlas, 'mas en el modo posible acrecentarlas,
dando despidiente a aquel manantial inextinguible de
riquezas.
36. Todo esto miró Dios en aquel primer instante,
después de la comunicación ad intra por las eternas
emanaciones, y mirándolo se halló como obligado de sí
mismo a comunicarse ad extra, conociendo ser santo,
justo, misericordioso y piadoso el hacerlo; pues nadie se
lo podía impedir y, conforme a nuestro modo de
entender, podemos imaginar no estaba Dios quieto ni
sosegado del todo en su misma naturaleza hasta llegar al
centro de las criaturas, donde y con quien tiene sus
delicias (Prov., 8, 31) con hacerlas participantes de su divinidad
y perfecciones.
37. Dos cosas me admiran, suspenden y enternecen
mi tibio corazón, dejándole aniquilado en este
conocimiento y luz que tengo: la primera es aquella
inclinación y peso que vi en Dios y la fuerza de su
voluntad para comunicar su divinidad y los tesoros de su
gloria; la segunda es la inmensidad inefable e
incomprensible de los bienes y dones que conocí quería
distribuir, como que los señalaba desti nándolos para
esto, y quedándose infinito, como si nada diera. Y en esta
inclinación y deseo que su grandeza tenía, conocí estaba
dispuesto para santificar, justificar y llenar de dones y
perfecciones a todas las criaturas juntas y a cada una de
por sí, dando a cada una más que tienen todos los santos
ángeles y serafines todos juntos, aunque las gotas del
mar y sus arenas, las estrellas, plantas, elementos y
todas las criaturas irracionales fueran capaces de razón
y de sus dones, como de su parte se dispusieran y no
tuvieran óbice que lo impidiera. ¡Oh terribilidad del
pecado y su malicia, que tú sola bastas para detener la
impetuosa corriente de tantos bienes eternos!
38. El segundo instante fue conferir y decretar esta
comunicación de la divinidad con la razón y motivos de
que fuese para mayor gloria ad extra y exaltación de Su
Majestad con la manifestación de su grandeza. Y esta
exaltación propia miró Dios en este instante como fin de
comunicarse y darse a conocer en la liberalidad de
derramar sus atributos y usar de su omnipotencia, para
ser conocido, alabado y glorificado.
39. El tercer instante fue conocer y determinar el orden
y disposición o el modo de esta comunicación en la forma
que se consiguiese el más glorioso fin de obrar tan ardua
determinación: el orden que había de haber en los
objetos y el modo y diferencia de comunicárseles la
divinidad y atributos; de suerte que aquel como
movimiento del Señor tuviese honesta razón y
proporcionados objetos y que entre ellos se hallase la
más hermosa y admirable disposición, armonía y
subordinación. En este instante se determinó en primer
lugar que el Verbo divino tomase carne y se hiciese visible
y se decretó la perfección y compostura de la
humanidad santísima de Cristo nuestro Señor y quedó
fabricada en la mente divina; y en segundo lugar, para
los demás a su imitación, ideando la mente divina la
armonía de la humana naturaleza con su adorno y compostura
de cuerpo orgánico y alma para él, con sus
potencias para conocer y gozar de su Criador,
discerniendo entre el bien y el mal, con voluntad libre
para amar al mismo Señor.
40. Y esta unión hipostática de la segunda persona de
la santísima Trinidad con la naturaleza humana, entendí
que era como forzoso fuese la primera obra y objeto
adonde primero saliese el entendimiento y voluntad
divina ad extra, por altísimas razones que no podré
explicar. Una es porque, después de haberse Dios
entendido y amado en sí mismo, el mejor orden era
conocer y amar a lo que era más inmediato a su
divinidad, cual es la unión hipostática. Otra razón es
porque también debía la divinidad sustancialmente
comunicarse ad extra, habiéndose comunicado ad intra,
para que la intención y voluntad divina comenzase por el
fin más alto sus obras y se comunicasen sus atributos con
hermosísimo orden; y aquel fuego de la divinidad obrase
primero y todo lo posible en lo que estaba más inmediato
a él, como era la unión hipostática, y primero comunicase
su divinidad a quien hubiese de llegar al más alto y
excelente grado después del mismo Dios en su
conocimiento y amor, operaciones y gloria de su misma
deidad; porque no se pusiera Dios a nuestro bajo modo
de entender como a peligro de quedarse sin conseguir
este fin, que sólo Él era el que podía tener proporción y
como justificación de tan maravillosa obra. También era
conveniente y como necesario, si Dios quería criar
muchas criaturas, que las criase con armonía y
subordinación y que ésta fuese la más admirable y gloriosa
que ser pudiese. Y conforme a esto, habían de tener
una que fuese cabeza y suprema a todas y, cuanto fuese
posible, inmediata y unida con Dios y que por ella
pasasen todos y llegasen a su divinidad. Y por estas y
otras razones que no puedo explicar, sólo en el Verbo
humano se pudo satisfacer a la dignidad de las obras de
Dios; y con él había hermosísimo orden en la naturaleza y
sin él no le hubiera.
41. El cuarto instante fue decretar los dones y gracias
que se le habían de dar a la humanidad de Cristo Señor
nuestro, unida con la divinidad. Aquí desplegó el Altísimo
la mano de su liberal omnipotencia y atributos para
enriquecer aquella humanidad santísima y alma de Cristo
con la abundancia de dones y gracias en la plenitud y
grado posible. Y en este instante se determinó lo que dijo
después David (Sal., 45, 5); El ímpetu del río de la
divinidad alegra la ciudad de Dios, encaminándose el
corriente de sus dones a esta humanidad del Verbo,
comunicándole toda la ciencia infusa y beata, gracia y
gloria, de que su alma santísima era capaz y convenía al
sujeto que juntamente era Dios y hombre verdadero y
cabeza de todas las criaturas capaces de la gracia y
gloria, que de aquel impetuoso corriente había de resultar
en ellas con el orden que resultó.
42. A este mismo instante, consiguientemente y como
en segundo lugar, pertenece el decreto y predestinación
de la Madre del Verbo humanado; porque aquí entendí
fue ordenada esta pura criatura, antes que hubiese otro
decreto de criar otra alguna. Y así fue primero que todas
concebida en la mente divina, como y cual pertenecía y
convenía a la dignidad, excelencia y dones de la
humanidad de su Hijo santísimo; y a ella se encaminó
luego inmediatamente con él todo el ímpetu del río de la
divinidad y sus atributos, cuanto era capaz de recibirle
una pura criatura y como convenía para la dignidad de
Madre.
43. En la inteligencia que tuve de estos altísimos
misterios y decretos, confieso me arrebató la admiración,
llevándome fuera de mi propio ser; y conociendo a esta
santísima y purísima criatura, formada y criada en la
mente divina desde ab initio y antes que todos los siglos,
con alborozo y júbilo de mi espíritu magnifico al Todopoderoso
por el admirable y misterioso decreto que tuvo
de criarnos tan pura, grande, mística y divina criatura,
más para ser admirada con alabanza de todas las demás
que para ser descrita de ninguna; y en esta admiración
pudiera yo decir lo que San Dionisio Areopagita , que si
la fe no me enseñara y la inteligencia de lo que estoy
mirando no me diera a conocer que es Dios quien la está
formando en su idea y que sola su omnipotencia podía y
puede formar tal imagen de su Divinidad, si no se me
mostrara todo a un tiempo, pudiera dudar si la Virgen
Madre tenía en sí Divinidad.
44. ¡Oh, cuántas lágrimas producen mis ojos y qué
dolorosa admiración siente mi alma de ver que este
divino prodigio no sea conocido, ni esta maravilla del
Altísimo no sea manifiesta a todos los mortales! Mucho se
conoce, pero ignórase mucho más, porque este libro
sellado no ha sido abierto. Suspensa quedo en el
conocimiento de este tabernáculo de Dios y reconozco a
su autor por más admirable en su formación que en el
resto de todo lo demás criado e inferior a esta Señora;
aunque la diversidad de criaturas manifiesta con
admiración el poder de su Criador, pero en sola esta
Reina de todas se encierran y contienen más tesoros que
en todas juntas, y la variedad y precio de sus riquezas
engrandecen al Autor sobre todas las criaturas juntas.
45. Aquí a nuestro entender se le dio palabra al
Verbo y se le hizo como contrato de la santidad,
perfección y dones de gracia y gloria que había de tener
la que había de ser su Madre; y la protección, amparo y
defensa que se tendría de esta verdadera ciudad de
Dios, en quien contempló Su Majestad las gracias y
merecimientos que por sí había de adquirir esta Señora y
los frutos que había de granjear para su pueblo con el
amor y retorno que daría a Su Majestad. En este mismo
instante, y como en tercero y último lugar, determinó Dios
criar lugar y puesto donde habitasen y fuesen conversables
el Verbo humanado y su Madre; y en primer
lugar, para ellos y por ellos solos crió el cielo y tierra con
sus astros y elementos y lo que en ellos se contiene; y el
segundo intento y decreto fue para los miembros de que
fuese cabeza y vasallos de quién fuese rey; que con
providencia real se dispuso y previno de antemano todo
lo necesario y conveniente.
46. Paso al quinto instante, aunque ya topé lo que
buscaba. En este quinto, fue determinada la creación de
la naturaleza angélica que, por ser más excelente y
correspondiente en ser espiritual a la divinidad, fue
primero prevista, y decretada su creación y disposición
admirable de los nueve coros y tres jerarquías. Y siendo
criados de primera intención para gloria de Dios y asistir
a su divina grandeza y que le conociesen y amasen,
consiguiente y secundariamente fueron ordenados para
que asistiesen, glorificasen y honrasen, reverenciasen y
sirviesen a la humanidad deificada en el Verbo eterno,
reconociéndola por cabeza, y en su Madre santísima
María, Reina de los mismos ángeles, y les fuese dada
comisión para que por todos sus caminos los llevasen en
las manos (Sal., 90, 12). Y en este instante les mereció
Cristo Señor nuestro con sus infinitos merecimientos,
presentes y previstos, toda la gracia que recibiesen; y fue
instituido por su cabeza, ejemplar y supremo Rey, de
quien eran vasallos; y aunque fuera infinito el número de
los ángeles, fueron suficientísimos los méritos de Cristo
para merecerles la gracia.
47. A este instante toca la predestinación de los buenos
y reprobación de los malos ángeles; y en él vio y conoció
Dios, con su infinita ciencia, todas las obras de los unos y
de los otros con el orden debido, para predestinar con su
libre voluntad y liberal misericordia a los que le habían
de obedecer y reverenciar y para reprobar con su justicia
a los que se habían de levantar contra Su Majestad en
soberbia e inobediencia por su desordenado amor
propio. Y al mismo instante fue la determinación de criar
el cielo empíreo, donde se manifestase su gloria y
premiase en ella a los buenos, y la tierra y lo demás para
otras criaturas, y en el centro o profundo de ella el
infierno para castigo de los malos ángeles.
48. En el sexto instante fue determinado criar pueblo y
congregación de hombres para Cristo, ya antes
predeterminado en la mente y voluntad divina, y a cuya
imagen y semejanza se decretó la formación del hombre,
para que el Verbo humanado tuviese hermanos
semejantes e inferiores y pueblo de su misma naturaleza,
de quien fuese cabeza. En este instante se determinó el
orden de la creación de todo el linaje humano, que
comenzase de uno solo y de una mujer y de ellos se
propagase hasta la Virgen y su Hijo por el orden que fue
concebido. Ordenóse por los merecimientos de Cristo
nuestro bien, la gracia y dones que se les había de dar y
la justicia original si querían perseverar en ella; viose la
caída de Adán y de todos en él, fuera de la Reina, que no
entró en este decreto; ordenóse el remedio y que fuese
pasible la humanidad santísima; fueron escogidos los
predestinados por liberal gracia y reprobados los prescitos
por la recta justicia; ordenóse todo lo necesario y
conveniente a la conservación de la naturaleza y a
conseguir este fin de la redención y predestinación,
dejando su voluntad libre a los hombres, porque esto era
más conforme a su naturaleza y a la equidad divina; y no
se les hizo agravio, porque si con el libre albedrío
pudieron pecar, con la gracia y luz de la razón pudieran
no hacerlo, y Dios a nadie había de violentar, como
tampoco a nadie falta ni le niega lo necesario; y si
escribió su ley en todos los corazones humanos, ninguno
tiene disculpa en no le reconocer y amar como a sumo
bien y autor de todo lo criado.
49. En la inteligencia de estos misterios conocía con
grande claridad y fuerza los motivos tan altos que los
mortales tienen de alabar y adorar la grandeza del
Criador y Redentor de todos, por lo que en estas obras se
manifestó y engrandeció; y también conocía cuán tardos
son en el conocimiento de estas obligaciones y en el
retorno de tales beneficios, y la querella e indignación
que el Altísimo tiene de este olvido. Y mandóme y
exhortóme Su Majestad no cometiese yo tal ingratitud,
pero que le ofreciese sacrificio de alabanza y cantar
nuevo y le magnificase por todas las criaturas.
50. ¡Oh altísimo e incomprensible Señor mío, quién
tuviera el amor y perfecciones de todos los ángeles y
justos, para confesar y alabar dignamente tu grandeza!
Confieso, Señor grande y poderoso, que no pudo esta
vilísima criatura merecer tan memorable beneficio, como
darme esta noticia y luz tan clara de tu altísima
Majestad; a cuya vista veo también mi parvulez, que
antes de esta dichosa hora ignoraba, y no conocía cuál y
qué era la virtud de la humildad que en esta ciencia se
aprende. No quiero decir ahora que la tengo, pero
tampoco niego que conocí el camino cierto para hallarla;
porque tu luz, ¡oh Altísimo!, me iluminó y tu lucerna me
enseñó las sendas (Sal., 118, 105) por donde veo lo que
he sido y soy y temo lo que puedo ser. Alumbraste, Rey
altísimo, mi entendimiento e inflamaste mi voluntad con
el nobilísimo objeto de estas potencias y toda me rendiste
a tu querer; y así lo quiero confesar a todos los
mortales, para que me dejen y dejarlos. Yo soy para mi
amado y, aunque lo desmerezco, mi amado para mí
(Cant., 2, 16). Alienta, pues, Señor, a mi flaqueza para
que tras de tus olores corra y corriendo te alcance (Cant.,
1, 3) y alcanzándote no te deje ni te pierda.
51. Muy corta y balbuciente soy en este capítulo, porque
se pudieran hacer de él muchos libros; pero callo porque
no sé hablar y soy mujer ignorante y porque mi intento
sólo ha sido declarar cómo la Virgen Madre fue ideada y
prevista ante saecula en la mente divina (Eclo., 24, 14). Y
por lo que sobre este altísimo misterio he entendido, me
convierto a mi interior y con admiración y silencio alabo
al Autor de estas grandezas con el cántico de los
bienaventurados, diciendo: Santo, Santo, Santo, Dios de
Sabaot (Is., 6, 3).
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