Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la perfección con que María Santísima guardaba las ceremonias del templo y lo que en él le ordenaron.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  4    Versos:  463-480


463. Volviendo a proseguir nuestra divina Historia,
después que la Niña Santísima consagró el templo con su
presencia y habitación, fue creciendo con toda propiedad
en sabiduría y gracia acerca de Dios y de los hombres.
Las inteligencias que se me han dado de lo que la mano
poderosa iba obrando en la Princesa del Cielo en
aquellos años, me ponen como en la margen de un mar
dilatadísimo y sin términos, dejándome admirada y
dudosa por dónde entraré en tan inmenso piélago para
salir con acierto, habiendo de ser inexcusable dejar
mucho y dificultoso acertar en lo poco. Diré, pues, lo que
el Altísimo me declaró en una ocasión, hablándome de
esta manera:
464. Las obras que hizo en el templo la que había de ser
Madre del Verbo Humanado, fueron en todo y por todo
perfectísimas, y el alcanzarlas excede a la capacidad de
toda humana criatura y angélica. Los actos de las
virtudes interiores fueron tantos y de tan alto
merecimiento y fervor, que se adelantaron a todos los
de los Serafines; y tú, alma, conocerás de ellos mucho
más de lo que pueden explicar tus palabras y tu lengua.
Pero mi voluntad es que, en el tiempo de tu peregrinación
en el cuerpo mortal, pongas a María Santísima por
principio de tu alegría y la sigas por el desierto de la
renunciación y negación de todo lo humano y visible.
Sigúela por la perfecta imitación conforme a tus fuerzas y
a la luz que recibes; ella será tu norte y tu maestra y te
hará manifiesta mi voluntad y en ella hallarás mi ley
santísima escrita con el poder de mi brazo, en que
meditarás de día y de noche. Ella será quien con su
intercesión herirá la piedra (Num., 20, 11) de la
humanidad de Cristo, para que en ese desierto redunden
en ti las aguas de la Divina gracia y luz con que sea tu
sed saciada, ilustrado tu entendimiento y tu voluntad
inflamada. Será columna de fuego (Ex., 13, 21) que te dé
luz y nube que te haga sombra y refrigere con su
protección de los ardores de las pasiones e inclemencias
de tus enemigos.
465. Tendrás en ella ángel que te encamine (Ex., 23,20)
y te desvíe lejos de los peligros de Babilonia y de
Sodoma para que no te alcance mi castigo. Tendrás
madre que te ame, amiga que te consuele, señora que te
mande, protectora que te ampare y reina a quien como
esclava sirvas y obedezcas. En las virtudes que obró esta
Madre de mi Unigénito en el templo hallarás un arancel
universal de toda la suma perfección por donde
gobiernes tu vida, un espejo sin mácula en que reverbera
la imagen viva del Verbo Humanado, una copia ajustada
y sin erratas de toda su santidad, la hermosura de la
virginidad, lo especioso de la humildad, la prontitud de la
devoción y obediencia, la firmeza de la fe, la certeza de
la esperanza, lo inflamado de la caridad y un copiosísimo
mapa de todas las maravillas de mi diestra. Con este
nivel has de regular tu vida y por este espejo quiero que
la compongas y te adornes, acrecentando tu hermosura y
gracia, como esposa que desea entrar en el tálamo de su
esposo y señor.
466. Y si la nobleza y calidad del maestro sirve de
estímulo al discípulo y le hace más amable su doctrina
¿quién puede atraerte con mayor fuerza que la maestra
misma que es Madre de tu Esposo, y escogida por más
pura y santa, y sin mácula de culpa, para que fuese
Virgen y juntamente Madre del Unigénito del eterno
Padre y el resplandor de su divinidad en la misma
sustancia? Oye, pues, a tan soberana Maestra, sigúela
por su imitación y medita siempre sin intervalo sus
admirables excelencias y virtudes. Y advierte que la vida
y conversación que tuvo en el templo fue el original que
han de copiar en sí mismas todas las almas que a su
imitación se consagraron por esposas de Cristo.Esta
inteligencia y doctrina es la que me dio el Altísimo en
general de las acciones que María Santísima obraba los
años que vivió en el templo.
467. Pero descendiendo más en particular a sus
ocupaciones, después de aquella visión de la divinidad
que dije en el cap. 2, y después de haberse ofrecido toda
al Señor, y a su maestra todas las cosas que tenía,
quedando absolutamente pobre y resignada en manos
de la obediencia, disimulando con el velo de estas
virtudes los tesoros de sabiduría y gracia en que excedía
a los supremos Serafines y Ángeles, pidió con humildad a
los sacerdotes y maestra le ordenasen la vida y
ocupaciones en que había de trabajar. Y habiéndolo
conferido con especial luz que les fue dada y deseando
medir por entonces los ejercicios de la divina niña con la
edad de tres años, la llamaron a su presencia el
sacerdote y la maestra Ana. Estuvo la Princesa del Cielo
hincadas las rodillas para oírlos y, aunque la mandaron
se levantase, pidió licencia con suma modestia para
estar con aquella reverencia delante del ministro y
sacerdote del Altísimo y de su propia maestra por el
oficio y dignidad que tenían.
468. Hablóla el sacerdote y díjola: Hija, muy niña os ha
traído el Señor a su casa y templo santo, pero agradeced
este favor y procurad lograrle trabajando mucho en
servirle con verdad y corazón perfecto, en aprender
todas las virtudes, para que de este lugar sagrado volváis
prevenida y guarnecida para llevar los trabajos del
mundo y defenderos de sus peligros. Obedeced a vuestra
maestra Ana y comenzad temprano a llevar el yugo
(Lam., 3, 27) suave de la virtud, para que le halléis más
fácil en lo restante de la vida.Respondió la soberana
niña: Vos, señor mío, como sacerdote y ministro del
Altísimo, que estáis en lugar suyo, y mi maestra
juntamente, me mandaréis y enseñaréis lo que debo
hacer para no errar yo en ello; y así os lo suplico con
deseo de obedecer en todo a vuestra voluntad.
469. Sentían el sacerdote y la maestra Ana en su interior
grande ilustración y fuerza divina para atender con
particularidad a la divina niña y cuidar de ella más que
de las otras doncellas; y confiriendo el gran concepto que
de ella habían hecho, sin saber el misterio oculto de
aquel soberano impulso, determinaron asistirla y cuidar
de ella y de su gobierno con especial atención. Pero
como ésta sólo podía extenderse a las acciones visibles y
exteriores, no le pudieron tasar los actos interiores y
afectos del corazón que sólo el Altísimo gobernaba con
singular protección y gracia; y así estaba libre aquel
cándido corazón de la Princesa del cielo para crecer y
adelantarse en las virtudes interiores, sin perder un
instante en que no obrase lo sumo y más excelente de
todas.
470. Ordenóla también el sacerdote sus ocupaciones y
la dijo: Hija mía, a las divinas alabanzas y cánticos del
Señor asistiréis con toda reverencia y devoción y haréis
siempre oración al Muy Alto por las necesidades de su
Templo Santo y de su pueblo y por la venida del Mesías.
A las ocho de la noche os recogeréis a dormir y al salir el
alba os levantaréis a orar y bendecir al Señor hasta hora
de tercia esta hora era la que ahora las nueve; desde
tercia hasta la tarde ocuparéis en alguna labor de manos
para que en todo seáis enseñada; y en la comida, que
después del trabajo tomaréis, guardad la templanza que
conviene; iréis luego a oír lo que la maestra os enseñare
y lo restante del día ocuparéis en la lección de las
Escrituras Santas; y en todo seréis humilde, afable y
obediente a lo que mandare vuestra maestra.
471. Oyó siempre la Santísima Niña de rodillas al
sacerdote y pidióle la bendición y la mano y,
habiéndosela besado a él y a la maestra, propuso en su
corazón guardar el orden que le señalaban de su vida
todo el tiempo que estuviese en el Templo y no le mandasen
otra cosa; y como lo propuso lo cumplió la que era
maestra de santidad y virtud, como si fuera la menor
discípula. A muchas obras exteriores, más de las que le
ordenaron, se extendían sus afectos y ardentísimo amor,
pero sujetóle al ministro del Señor, anteponiendo el
sacrificio de la perfecta y santa obediencia a sus fervores
y dictamen propio; conociendo, como maestra de toda
perfección, que se asegura más el cumplimiento de la
voluntad divina en el humilde rendimiento de obedecer
que en los deseos más altos de otras virtudes. Con este
raro ejemplo quedaremos enseñadas las almas,
especialmente las religiosas, a no seguir nuestros
fervorcillos y dictámenes contra el de la obediencia y
voluntad de los superiores, pues en ellos nos enseña Dios
su gusto y beneplácito y en nuestros afectos buscamos
sólo nuestro antojo; en los superiores obra Dios y en
nosotros, si es contra ellos, obra la tentación, la pasión
ciega y el engaño.
472. En lo que nuestra Reina y Señora se señaló, a más
de lo que le ordenaron, fue pedir licencia a su maestra
para servir a todas las otras doncellas y ejercitar los
oficios humildes de barrer y limpiar la casa y lavar los
platos. Y si bien esto parecía novedad, y más en las
primogénitas, porque las trataban con mayor autoridad y
respeto, pero la humildad sin semejante de la divina Princesa
no podía resistirse o contenerse en los límites de la
majestad sin descender a todos los ejercicios más
inferiores; y así los hacía con tan prevenida humildad,
que ganaba el tiempo y ocasión de lo que otras habían
de hacer, para tenerlo hecho antes que ninguna. Con la
ciencia infusa conocía todos los misterios y ceremonias
del templo, pero como si no las conociera las aprendió
por disciplina y experiencia, sin faltar jamás a ceremonia
ni acción por mínima que fuese. Era estudiosísima en su
humillación y desprecio rendidísimo; y a su maestra cada
día por la mañana y tarde pedía la bendición y besaba la
mano, y lo mismo hacía cuando la mandaba algún acto
de humildad o le daba licencia para hacerlo, y algunas
veces, si lo permitía, le besaba los pies con humildad
profundísima.
473. Era tan dócil la soberana Princesa, tan apacible y
suave en su proceder, tan oficiosa, rendida y diligente en
humillarse, en servir y respetar a todas las doncellas que
vivían en el templo, que a todas robaba el corazón y a
todas obedecía como si cada una fuera su maestra. Y con
la inefable y celestial prudencia que tenía, ordenaba sus
acciones de suerte que no se le perdiese ocasión alguna
en que adelantarse a todas las obras manuales, humildes
y del servicio de sus compañeras y agrado de la voluntad
divina.
474. Pero ¿qué diré yo, vilísima criatura, y qué diremos
todos los fieles hijos de la Iglesia Católica, llegando a
escribir y ponderar este ejemplo vivo de humildad? Virtud
grande nos parece que el inferior obedezca al superior y
el menor al mayor y humildad grande que el igual quiera
obedecer lo que le manda otro igual; pero que el inferior
mande y el superior obedezca, que la reina se humille a
la esclava, la santísima y perfectísima criatura a un
gusanillo, la Señora del cielo y tierra a una ínfima
mujercilla; y que esto sea tan de corazón y verdad ¿quién
no se admira y se confunde en su desvanecida soberbia?
¿Quién se mira en este claro espejo, que no vea su infeliz
presunción? ¿Quién podrá imaginar que ha conocido la
humildad verdadera, cuanto menos obrarla, si la
reconoce y mira en su propia esfera María Santísima? Las
almas que vivimos debajo de la obediencia prometida,
lleguemos a esta luz para conocer y corregir nuestros
desórdenes, cuando la obediencia de los superiores que
representan a Dios se nos hace molesta y dura si
contradice a nuestro antojo. Quebrántese aquí nuestra
dureza, humíllese la más engreída y confúndase en su
vergonzosa soberbia y desvanézcase la presunción de la
que se juzga por obediente y humilde, por haberse
rendido tal vez a los superiores, pues no ha llegado a
pensar de sí que a todas es inferior y a ninguna es igual,
como lo juzgó la que es superior a todas.
475. La hermosura, gracia, el donaire y agrado de
nuestra Reina eran incomparables, porque a más de
estar en ella en grado perfectísimo todas las gracias y
dones naturales de alma y cuerpo, como no estaban
solas, antes obraba en ellas el realce de la gracia
sobrenatural y divina, hacía un admirable compuesto de
gracias y hermosura en el ser y en el obrar, con que
llevaba la admiración y el afecto de todos; aunque la
divina providencia moderaba las demostraciones que de
esto hicieran cuantos la trataban, si se dejaran a la
fuerza de su amor fervoroso con la Reina. En la comida y
sueno era, como en las demás virtudes, perfectísima;
tenía regla ajustada a la templanza, jamás excedía, ni
pudo, antes moderaba algo de lo que era necesario. Y
aunque el breve sueño que recibía no la impedía la
altísima contemplación como otras veces he dicho (Cf.
supra n. 353) por su voluntad le dejara; pero en virtud
de la obediencia se recogía el tiempo que le habían
señalado y en su humilde y pobre lecho, florido (Cant., 1,
15) de virtudes y de los Serafines y Ángeles que la
guardaban y asistían, gozaba de más altas inteligencias,
fuera de la visión beatífica, y de más inflamado amor que
todos ellos juntos.
476. Dispensaba el tiempo y le distribuía con rara
discreción, para dar el que le tocaba a cada una de sus
acciones y ocupaciones. Leía mucho en las Sagradas
Escrituras antiguas; y con la ciencia infusa estaba tan
capaz de todas ellas y de sus profundos misterios, que
ninguno se le ocultó, porque le manifestó el Altísimo
todos sus secretos y sacramentos, y con los Santos
Ángeles de su custodia los trataba y confería,
confirmándose en ellos y preguntándoles muchas cosas
con incomparable profundidad y grande agudeza. Y si
esta soberana Maestra escribiera lo que entendió,
tuviéramos otras muchas escrituras divinas, y de las que
tiene la Iglesia alcanzáramos toda la inteligencia
perfecta de sus profundos sentidos y misterios. Pero de
toda esta plenitud de ciencia se valía para el culto,
alabanza y amor divino y toda la reducía a este fin, sin
que en ella hubiese rayo de luz ocioso ni estéril. Era
prestísima en discurrir, profundísima en entender,
altísima y nobilísima en pensamientos, prudentísima en
elegir y disponer, eficacísima y suavísima en obrar y en
todo era una regla perfectísima y un objeto prodigioso de
admiración para los hombres, para los Ángeles y, en su
modo, para el mismo Señor, que la hizo toda a su corazón
y agrado.

Doctrina de la soberana Señora.

477. Hija mía, la naturaleza humana es imperfecta y
remisa en obrar la virtud y frágil en desfallecer, porque
se inclina mucho al descanso y repugna al trabajo con
todas sus fuerzas. Y cuando el alma escucha y
contemporiza con las inclinaciones de la parte animal y
le da mano, ella la toma de suerte que se hace superior a
las fuerzas de la razón y del espíritu y le reduce a
peligrosa y vil servidumbre. En todas las almas este
desorden de la naturaleza es abominable y formidable,
pero sin comparación le aborrece Dios en sus ministros y
religiosos, a quienes, como la obligación de ser perfectos
es más legítima, así es mayor el daño de no salir siempre
victoriosos de esta contienda de las pasiones. De esta
tibieza en resistir y la frecuencia en ser vencidos, resulta
un desaliento y perversidad de juicio, que vienen a
satisfacer y quedar mal seguros con hacer algunas
ceremonias muy leves de virtud, y aun les parece, sin
hacer cosa de provecho, que mudan un monte de una
parte a otra. Introduce con esto el demonio otros
divertimientos y tentaciones y, con el poco aprecio que
hacen de las leyes y ceremonias comunes de la religión,
vienen a desfallecer casi en todas y, juzgándolas cada
una por cosa leve y pequeña, llegan a perder el
conocimiento de la virtud y vivir en una falsa seguridad.
478. Pero tú, hija mía, quiero que te guardes de tan
peligroso engaño y adviertas que un descuido voluntario
en una imperfección dispone y abre camino para otra, y
éstas para los pecados veniales, y ellos para los
mortales, y de un abismo en otro se llega al profundo y al
desprecio de todo mal. Para prevenir este daño se debe
atajar muy de lejos la corriente, porque una obra o
ceremonia que parece pequeña es antemuralla que
detiene lejos al enemigo, y los preceptos y leyes de las
obras mayores obligatorias son el muro de la conciencia,
y si el demonio rompe y gana la primera defensa está
más cerca de ganar la segunda, y si en ésta hace portillo
con algún pecado, aunque no sea gravísimo, ya tiene más
fácil y seguro el asalto del reino interior del alma, y como
ella se halla debilitada con los actos y hábitos viciosos, y
sin las fuerzas de la gracia, no resiste con fortaleza, y el
demonio que la tiene adquirida la sujeta y oprime sin
hallar resistencia.
479. Considera, pues, ahora, carísima, cuánto ha de ser
tu desvelo entre tantos peligros, cuánta tu obligación
para no dormir entre ellos. Considérate religiosa,
esposa de Cristo, prelada, enseñada, ilustrada y llena
de tan singulares beneficios, y por estos títulos y otros,
que en ellos debes ponderar, mide tu cuidado, pues a
todos debes retorno y correspondencia a tu Señor.
Trabaja, porque seas puntual en el cumplimiento de
todas las ceremonias y leyes de la religión y para ti no
haya ley, ni mandato, ni acción perfecta que sea
pequeña; ninguna desprecies ni olvides, todas las
observa con rigor, porque en los ojos de Dios todo es
precioso y grande, lo que se hace por su gusto. Cierto es
que le tiene en ver cumplido lo que manda y que el
despreciarlo le ofende. En todo considera que tienes
Esposo a quien agradar, Dios a quien servir, Padre a
quien obedecer, Juez a quien temer y Maestra a quien
imitar y seguir.
480. Para que todo esto lo cumplas has de renovar en tu
ánimo una resolución fuerte y eficaz de no oír a tus
inclinaciones ni consentir en la flojedad remisa de tu
naturaleza; ni, por la dificultad que sintieres, omitir
acción o ceremonia alguna, aunque sea besar la tierra,
cuando sueles hacerlo, según la costumbre de la religión;
lo poco y lo mucho ejecuta con afecto y constancia y
serás agradable a los ojos de mi Hijo y a los míos. En las
obras de supererogación pide consejo a tu Confesor y
Prelado; y primero suplica a Dios que le dé acierto y
llega desnuda de toda inclinación y afecto a cosa
determinada, y lo que te ordenare, óyelo y escríbelo en
tu corazón y ejecútalo con puntualidad; y si es posible
acudir a la obediencia y consejo, nunca por ti sola
determines cosa alguna por más buena que te parezca;
que la voluntad de Dios se te manifestará siempre por la
santa obediencia.
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