Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la virtud de la fe y su ejercicio que tuvo María Santísima.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  6    Versos:  488-504


488. En breves razones comprendió Santa Isabel, como lo
refiere el evangelista San Lucas (Lc., 1,45), la grandeza
de la fe de María Santísima, cuando la dijo:
Bienaventurada eres por haber creído; que por esto se
cumplirán en ti las palabras y promesas del Señor. Por la
felicidad y bienaventuranza de esta gran Señora y por su
inefable dignidad se ha de medir su fe; pues fue tal y tan
excelente que por haber creído llegó a la grandeza
mayor después, del mismo Dios. Creyó el mayor
sacramento de los sacramentos y misterios que en ella se
habían de obrar. Y fue tal la prudencia y ciencia divina
de María nuestra Señora para dar crédito a esta verdad
tan nueva y nunca vista, que trascendió sobre todo el
humano y angélico entendimiento y sólo en el Divino se
pudo fraguar su fe, como en la oficina del poder inmenso
del Altísimo, donde todas las virtudes de esta Reina se
fabricaron con el brazo de Su Alteza. Yo me hallo siempre
atajada y torpe para hablar de estas virtudes y mucho
más para las anteriores; porque es grande la inteligencia
y luz que de ellas se me ha dado, pero muy limitados los
términos humanos para declarar los conceptos y actos de
fe engendrados en el entendimiento y espíritu de la más
fiel de todas las criaturas, o la que fue más que todas
juntas; diré lo que pudiere, reconociendo mi incapacidad
para lo que pedía mi deseo, y mucho más el argumento.
489. Fue la fe de María Santísima un asombro de toda
la naturaleza criada y un patente prodigio del poder
Divino; y porque en ella estuvo esta virtud de la fe en el
supremo y perfectísimo grado que pudo tener, en gran
parte y por algún modo satisfizo a Dios la mengua que en
la fe habían de tener los hombres. Dio el Altísimo a los
mortales viadores esta excelente virtud, para que sin
embarazo de la carne mortal tuviesen noticia de la
Divinidad y sus misterios y obras admirables, tan cierta,
infalible y segura en la verdad como si le vieran cara a
cara, así como le ven los Ángeles bienaventurados. El
mismo objeto y la misma verdad que ellos tienen patente
con claridad, esa creemos nosotros debajo del velo y
obscuridad de la fe.
490. Este grandioso beneficio, mal conocido y peor
agradecido de los mortales, bien se deja entender
volviendo los ojos al mundo cuántas naciones, reinos y
provincias le han desmerecido desde el principio del
mundo; cuántas le han arrojado de sí infelizmente,
habiéndoselo concedido el Señor con liberal
misericordia; y cuántos fieles, habiéndolo recibido sin
merecerlo, le malogran y le tienen como de burlas, ocioso
y sin provecho ni efecto para caminar con él a conseguir
el último fin adonde los endereza y guía. Convenía, pues,
a la Divina equidad, que esta lamentable pérdida tuviese
alguna recompensa y que tan incomparable beneficio
tuviese adecuado y proporcionado retorno, en cuanto
fuese posible a las criaturas, y que entre ellas se hallase
alguna en quien estuviera la virtud de la fe en grado
perfectísimo, como en ejemplar y medida de todos los
demás.
491. Todo esto se halló en la gran fe de María Santísima
y sólo por ella y para ella, cuando fuera sola esta Señora
en el mundo, convenientísimamente hubiera Dios criado y
fabricado la virtud excelente de la fe; porque sola María
Purísima desempeñó a la Divina Providencia para que, a
nuestro modo de entender, no padeciera mengua de
parte de los hombres, ni quedara frustrada en la formación
de esta virtud y en la corta correspondencia que
en ella le habían de mostrar los mortales. Este defecto
recompensó la fe de la soberana Reina, y ella copió en sí
misma la Divina idea de esta virtud con la suma posible
perfección; y todos los demás creyentes se pueden
regular y medir por la fe de esta Señora y serán más o
menos fieles cuanto más o menos se ajustaren con la
perfección de su fe incomparable. Y para esto fue
elegida por maestra y ejemplar de todos los creyentes,
entrando los Patriarcas, Profetas, Apóstoles y Mártires y
todos cuantos con ellos han creído y creerán los artículos
de la fe cristiana hasta el fin del mundo.
492. Alguno podría dificultar cómo se compadecía que
la Reina del Cielo ejercitase la fe, supuesto que tuvo
muchas veces visión clara de la Divinidad y muchas más
la tuvo abstractiva, que también hace evidencia de lo
que conoce el entendimiento, como queda dicho arriba
(Cf. supra n. 229 y 237) y adelante repetiré muchas veces
(Passim). Y la duda nacerá de que la fe es la sustancia de
las cosas que esperamos y argumento de las que no
vemos, como lo dice el Apóstol (Heb. 11, 1), que es
decirnos cómo de las cosas que ahora esperamos del
último fin de la bienaventuranza no tenemos otra
presencia, ni sustancia o esencia, mientras somos
viadores, más de la que contiene la fe en su objeto creído
oscuramente y por espejo; si bien, la fuerza de este
hábito infuso con que inclina a creer lo que no vemos y la
certeza infalible de lo creído hacen un argumento
infalible y eficaz para el entendimiento y para que la
voluntad segura y sin temor crea lo que desea y espera. Y
conforme a esta doctrina, si la Virgen Santísima en esta
vida llegó a ver y tener a Dios que todo es uno sin el
velo de la fe oscura, no parece que le quedaría oscuridad
para creer por fe lo que había visto con claridad cara a
cara, y más si en su entendimiento permanecían las
especies adquiridas en la visión clara o en la evidente de
la Divinidad.
493. Esta duda no sólo no impide la fe de María
Santísima, pero antes la engrandece y levanta de punto,
pues quiso el Señor que su Madre fuese tan admirable en
el privilegio de esta virtud de la fe y lo mismo es de la
esperanza que trascendiese a todo el orden común de
los otros viadores y que su excelente entendimiento, para
ser maestra y artífice de estas grandes virtudes, fuese
ilustrado unas veces por los actos perfectísimos de la fe y
esperanza, otras con la visión y posesión, aunque de
paso, del fin y objeto que creía y esperaba, para que en
su original conociese y gustase las verdades que como
maestra de los creyentes había de enseñar a creer por
virtud de la fe; y juntar estas dos cosas en el alma
santísima de María era fácil al poder de Dios; y siéndolo
era como debido a su Madre Purísima, a quien ningún
privilegio por grande desdecía, ni le debía faltar.
494. Verdad es que con la claridad del objeto que
conocemos no se compadece la oscuridad de la fe con
que creemos lo que no vemos, ni con la posesión la
esperanza, ni María Santísima, cuando gozaba de estas
visiones evidentes, ni cuando usaba de las especies que
con evidencia, aunque abstractiva, le manifestaban los
objetos, ejercitaba los actos oscuros de la fe, ni usaba de
su hábito, sino de solo el de la ciencia infusa. Mas no por
esto quedaban ociosos los hábitos de las dos virtudes
teologales, fe y esperanza; porque el Señor, para que
María Purísima usase de ellos, suspendía el concurso o
detenía el uso de las especies claras y evidentes, con que
cesaba la ciencia actual y obraba la fe oscura, en cuyo
perfectísimo estado quedaba a tiempos la soberana
Reina, ocultándose el Señor para todas las noticias
claras; como sucedió en el misterio altísimo de la
encarnación del Verbo, de que diré en su lugar (Cf. infra
p. II n. 119, 133).
495. No convenía que la Madre de Dios careciera del
premio de estas virtudes infusas de la fe y esperanza; y
para alcanzarle había de merecerle y para merecerle
había de ejercitar sus operaciones proporcionadas al
premio; y como éste fue incomparable, así lo fueron los
actos de fe que obró esta gran Señora en todas y en cada
una de las verdades católicas; porque todas las conoció y
creyó explícitamente con altísima y perfectísima creencia
como viadora. Y claro está que cuando el entendimiento
tiene evidencia de lo que conoce no aguarda para creer
al consentimiento de la voluntad, porque antes que ella
se lo mande es compelido de la misma claridad a dar
asenso firme; y por eso aquel acto de creer lo que no
puede negar no es meritorio. Y cuando María Santísima
asintió a la embajada del Arcángel, fue digna de
incomparable premio, porque en el asenso de tal misterio
mereció; y lo mismo sucedió en los otros que creyó,
cuando el Altísimo disponía que usase de la fe infusa y no
de la ciencia, aunque también con ésta tenía su mérito,
por el amor que con ella ejercitaba, como en diferentes
lugares he dicho (Cf. supra n. 231, 380, 383).
496. Tampoco le dieron el uso de la ciencia infusa
cuando perdió al Niño, a lo menos para conocer aquel
objeto dónde estaba, como con aquella luz conocía otros
muchos; ni tampoco usaba entonces de las especies
claras de la Divinidad; y lo mismo fue al pie de la cruz,
que suspendía el Señor la vista y operaciones que
en el alma santísima de su Madre habían de impedir el
dolor; porque entonces convenía que le tuviese y obrase
la fe sola y la esperanza. Y el gozo que tuviera con
cualquiera vista o noticia, aunque fuera abstractiva, de
la Divinidad, naturalmente impidiera al dolor, si no hacía
Dios nuevo milagro para que estuviesen juntos pena y
gozo. Y no convenía que Su Majestad hiciera este
milagro, pues con el padecer se compadecían en la Reina
del Cielo el mérito e imitación de su Hijo Santísimo con
las gracias y excelencia de Madre. Por esto buscó al Niño
con dolor (Lc. 2, 48), como ella lo dijo, y con fe viva y
esperanza; y también las tuvo en la pasión y resurrección
de su único y amado Hijo, que creía y esperaba;
permaneciendo en ella sola esta fe de la Iglesia, como
reducida entonces esta virtud a su Maestra y Fundadora.
497. Tres condiciones o excelencias particulares se
pueden considerar en la fe de María Santísima: la
continuación, la intensión y la inteligencia con que creía.
La continuación sólo se interrumpía cuando con claridad
intuitiva o evidencia abstractiva miraba a la divinidad,
como ya he dicho; pero distribuyendo los actos interiores
del conocimiento de Dios que tenía la Reina del Cielo
aunque sólo el mismo Señor que los dispensaba puede
saber cuándo y en qué tiempos ejercitaba su Madre
Santísima los unos actos o los otros; pero jamás estuvo
ocioso su entendimiento, sin cesar solo un instante de
toda su vida, desde el primero de su concepción, en que
perdiese a Dios de vista; porque si suspendía la fe, era
porque gozaba de la vista de la Divinidad clara o
evidente por ciencia altísima infusa, y si el Señor le
ocultaba este conocimiento, entraba obrando la fe; y en
la sucesión y vicisitud de estos actos había una
concertadísima armonía en la mente de María Santísima,
a cuya atención convidaba el Altísimo a los espíritus
angélicos, según aquello que dijo en los Cantares, cap. 8
(Cant., 8, 13): La que habitas en los huertos, los amigos te
escuchan, hazme oír tu voz.
498. En la eficacia o intensión que tenía la fe de esta
soberana Princesa excedió a todos los Apóstoles,
Profetas y Santos juntos y llegó a lo supremo que pudo
caber en pura criatura. Y no sólo excedió a todos los
creyentes, pero tuvo la fe que faltó a todos los infieles
que no han creído y con la fe de María Santísima
pudieron todos ser ilustrados. Por lo cual de tal suerte
estuvo en ella firme, inmoble y constante, cuando los
Apóstoles en el tiempo de la pasión desfallecieron, que si
todas las tentaciones, engaños, errores y falsedades del
mundo se juntaran, no pudieran contrarrestar ni turbar la
invencible fe de la Reina de los fieles; y su Fundadora y
Maestra a todos venciera y contra todos saliera victoriosa
y triunfante.
499. La claridad o inteligencia con que creía
explícitamente todas las verdades Divinas no se puede
reducir a palabras sin oscurecerla con ellas. Sabía María
purísima todo lo que creía y creía todo lo que sabía;
porque la ciencia infusa teológica de la credibilidad de
los misterios de la fe y su inteligencia estuvo en esta
sapientísima Virgen y Madre con el grado más alto que a
pura criatura fue posible. Tenía en acto esta ciencia y
memoria de ángel sin olvidar lo que una vez aprendía; y
siempre usaba de esta potencia y dones para creer
profundamente, salvo cuando por divina disposición ordenaba
Dios que por otros actos se suspendiese en la fe,
como arriba dije (Cf. supra n. 494, 467). Y fuera de no ser
comprensora, tenía en el estado de viadora, para creer y
conocer a Dios, la inteligencia más alta y más inmediata
en la esfera de la fe con la noticia clara de la Divinidad,
con que transcendía el estado de todos los viadores,
siendo ella sola en otra clase y estado de viadora a que
ninguno otro pudo llegar.
500. Y si María Santísima, cuando ejercitaba los hábitos
de fe y esperanza, tenía el estado más ordinario para
ella, y por eso era el más inferior, y en él excedía a todos
los Santos y Ángeles y en los merecimientos se les
adelantó amando más que ellos ¿qué sería lo que
obraba, merecía y amaba, cuando era levantada por el
poder Divino a otros beneficios y estado más alto de la
visión beatífica o conocimiento claro de la divinidad? Si
al entendimiento angélico le faltarían fuerzas para
entenderlo y penetrarlo ¿cómo tendrá palabras para
explicarlo una criatura terrena? Yo quisiera a lo menos
que todos los mortales conocieran el valor y precio de
esta virtud de la fe, considerándola en este divino
ejemplar donde llegó a los últimos términos de su
perfección y adecuadamente tocó el fin para que fue
fabricada. Lleguen los infieles, herejes, paganos,
idólatras a la maestra de la fe, María Santísima, para
que sean iluminados en sus engaños y tenebrosos errores
y hallarán el camino seguro para atinar con el último fin
para que fueron criados. Lleguen también los católicos y
conozcan el copioso premio de esta excelente virtud y
pidan con los Apóstoles al Señor que les aumente la fe
(Lc., 17, 5), no para llegar a la de María Santísima, mas
para imitarla y seguirla, pues con su fe nos enseña y nos
da esperanza de alcanzarla nosotros por sus
merecimientos altísimos.
501. Al patriarca Abrahán llamó San Pablo (Rom., 4, 11)
padre de todos los creyentes, porque fue quien primero
recibió las promesas del Mesías y creyó todo lo que
Dios le prometió, creyendo en esperanza contra
esperanza (Rom., 4, 18), que es decir cuán excelente fue
la fe del Patriarca, pues el primero creyó las promesas
del Señor, cuando no podía tener esperanza humana en
la virtud de las causas naturales, así para que su mujer
Sara le pariese un hijo ya estéril, como para que
ofreciéndosele después a Dios en sacrificio como se lo
mandaba, le quedase de él la sucesión innumerable
(Gén., 15, 5) que el mismo Señor le había prometido.
Todo esto que naturalmente era imposible y otras palabras
y promesas creyó Abrahán que haría el poder divino
sobrenaturalmente, y por esta fe mereció ser llamado
padre de todos los creyentes y recibir la señal de la fe en
que se había justificado, que fue la circuncisión.
502. Pero nuestra preexcelsa señora María tiene
mayores títulos y prerrogativas que Abrahán para ser
llamada Madre de la fe y de todos los creyentes y en su
mano está enarbolado el estandarte y vexilo de la fe
para todos los creyentes de la ley de gracia. Primero fue
el Patriarca en el orden del tiempo, y de primer intento
fue dado por padre y cabeza del pueblo hebreo; grande y
excelente fue su fe en las promesas de Cristo nuestro
Señor y en las palabras del Altísimo; pero en todas estas
obras fue la fe de María Purísima más admirable sin
comparación, y así es la primera en la dignidad. Mayor
dificultad o imposibilidad era parir y concebir una virgen
que una vieja estéril; y no estaba el patriarca Abrahán
tan cierto de que se ejecutara el sacrificio de Isaac, como
lo estaba María Santísima de que sería con efecto
sacrificado su Hijo Santísimo. Y ella fue la que en todos
los misterios creyó, esperó y enseñó a toda la Iglesia
cómo debía creer en el Altísimo y las obras de la
Redención. Y conocida la fe de María nuestra Reina, ella
es la madre de los creyentes y el ejemplar de la fe
católica y de la santa esperanza. Y para concluir este
capítulo, digo que Cristo, nuestro Redentor y Maestro,
como era comprensor y su alma santísima gozaba la
suma gloria y visión beatífica, no tenía fe ni podría usar
de ella, ni con sus actos pudo ser maestro de esta virtud.
Pero lo que no pudo hacer el Señor por sí mismo hizo por
su Madre Santísima, constituyéndola fundadora, madre y
ejemplar de la fe de su Iglesia Evangélica, y para que el
día del juicio universal sea esta soberana Señora y Reina
juez que singularmente asista con su Hijo Santísimo a
juzgar los que después no han creído, habiéndoles dado
este ejemplo en el mundo.

Doctrina de la Madre de Dios y Señora nuestra.

503. Hija mía, el tesoro inestimable de la virtud de la fe
divina está oculto a los mortales que sólo tienen ojos
carnales y terrenos; porque no le saben dar el aprecio y
estimación que piden este don y beneficio de tan
incomparable valor. Advierte, carísima, y considera cuál
estuvo el mundo sin fe y cuál estaría hoy si mi Hijo y
Señor no la conservase. ¡Cuántos hombres que el mundo
ha celebrado por grandes, poderosos y sabios, por
faltarles la luz de la fe se despeñaron desde las tinieblas
de su infidelidad en abominables pecados y de allí a las
tinieblas eternas del infierno! ¡Cuántos reinos y provincias
llevaron ciegas y llevan hoy tras de sí estos más ciegos,
hasta caer todos en la fóvea de las penas eternas! A
estos siguen los malos fieles y creyentes que, habiendo
recibido esta gracia y beneficio de la fe, viven con él
como si no le tuviesen en sus almas.
504. No te olvides, amiga mía, de agradecer esta
preciosa margarita que te ha dado el Señor, como arras y
vínculo del desposorio que contigo ha celebrado para
traerte al tálamo de su Santa Iglesia y después al de su
eterna visión beatífica. Ejercita siempre esta virtud de la
fe, pues ella te pone cerca del último fin adonde caminas
y del objeto que deseas y amas. Ella es la que enseña el
camino cierto de la eterna felicidad, ella es la que luce
en las tinieblas de la vida mortal de los viadores y los
lleva seguros a la posesión de su patria, adonde debían
caminar si no estuvieran muertos con la infidelidad y
pecados. Ella es la que despierta las demás virtudes, la
que sirve de alimento al justo y le entretiene en sus
trabajos. Ella es la que confunde y atemoriza a los
infieles y a los tibios fieles, negligentes en el obrar;
porque les manifiesta en esta vida sus pecados y en la
otra el castigo que les aguarda. Es la fe poderosa para
todo, pues al creyente nada le es imposible (Mc., 9, 22),
antes lo puede y lo alcanza todo; es la que ilustra y
ennoblece al entendimiento humano, pues le adiestra
para que no yerre en las tinieblas de su natural
ignorancia y le levanta sobre sí mismo para que vea y
entienda con infalible certeza lo que no alcanzara por
sus fuerzas y lo crea tan seguro como si lo viera con
evidencia; y le desnuda de la grosería y villanía, cual es
no creer el hombre más de aquello que él mismo con su
cortedad alcanza, siendo tan poco y limitado mientras
vive el alma en la cárcel del cuerpo corruptible, sujeta en
el entender al uso grosero de los sentidos. Estima, pues,
hija mía, esta preciosa margarita de la fe católica que
Dios te ha dado y guárdala y ejercítala con aprecio y
reverencia.
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