Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la virtud de la esperanza y ejercicio de ella que tuvo la Virgen Señora nuestra.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  7    Versos:  505-515


505. A la virtud de la fe sigue la esperanza, a quien ella
se ordena; porque si el Altísimo Dios nos infunde la luz de
la fe Divina, con que todos sin diferencia y sin aguardar
tiempo vengamos en el conocimiento infalible de la
Divinidad y de sus misterios y promesas, es para que
conociéndole por nuestro último fin y felicidad, y también
los medios para llegar a él, nos levantemos en un
vehemente deseo de conseguirle cada uno para sí mismo.
Este deseo, a quien se sigue como efecto el conato de
alcanzar el sumo bien, se llama esperanza, cuyo hábito
se nos infunde en el bautismo en nuestra voluntad, que se
llama apetito racional; porque a ella le toca apetecer la
eterna felicidad como su mayor bien e interés y también
el esforzarse con la Divina gracia para alcanzarle y
vencer las dificultades que en esta contienda se
ofrecieren.
506. Cuán excelente virtud es la esperanza, se conoce
de que tiene por objeto a Dios como último y sumo bien
nuestro, aunque le mira y le busca como ausente, pero
como posible o adquirible por medio de los
merecimientos de Cristo y de las obras que hace quien
espera. Regúlanse los actos y operaciones de esta virtud
por la lumbre de la fe Divina y de la prudencia particular
con que aplicamos a nosotros mismos las promesas
infalibles del Señor; y con esta regla obra la esperanza
infusa tocando el medio de la razón, entre los vicios
contrarios de la desesperación y presunción, para que ni
vanamente presuma el hombre alcanzar la gloría eterna
con sus fuerzas o sin hacer obras para merecerla, ni
tampoco si quiere hacerlas tema ni desconfíe que la
alcanzará, como el Señor se lo promete y asegura. Y
esta seguridad común y general a todos, enseñada
por la Fe Divina, se aplica el hombre que espera por
medio de la prudencia y sano juicio que hace de sí mismo
para no desfallecer ni desesperar.
507. Y de aquí se conoce que la desesperación puede
venir de no creer lo que la fe nos promete o, en caso que
se crea, de no aplicarse a sí mismo la seguridad de las
promesas Divinas, juzgando con error que él no puede
conseguirlas. Entre estos dos peligros procede segura la
esperanza, suponiendo y creyendo que no me negará
Dios a mí lo que prometió a todos y que la promesa no
fue absoluta sino debajo de condición, que yo de mi parte
trabajase y procurase merecerla en cuanto me fuese
posible con el favor de su divina gracia; porque si Dios
hizo al hombre capaz de su vista y eterna gloria, no era
conveniente que llegase a tanta felicidad por medio del
mal uso de las mismas potencias con que le había de
gozar, que son los pecados, sino usando de ellas con
proporción al fin adonde con ellas camina, Y esta
proporción consiste en el buen uso de las virtudes, con las
cuales se dispone el hombre para llegar a gozar del sumo
bien, buscándole desde luego en esta vida con el conocimiento
y amor Divino.
508. Tuvo, pues, esta virtud de la esperanza en María
Santísima el sumo grado de perfección posible en sí y con
todos sus efectos y circunstancias o condiciones; porque
el deseo y conato de conseguir el último fin de la vista y
fruición Divina tuvo en ella mayores causas que en todas
las criaturas; y esta fidelísima y prudentísima Señora no
impedía sus efectos, antes los ejecutaba con suma
perfección posible a pura criatura. No sólo tuvo Su Alteza
fe infusa de las promesas del Señor, a la cual, siendo
como fue la mayor, correspondía también
proporcionadamente la mayor esperanza; pero tuvo
sobre la fe la visión beatífica, en que por experiencia
conoció la infinita verdad y fidelidad del Altísimo. Y si
bien no usaba de la esperanza cuando gozaba de la vista
y posesión de la Divinidad, pero después que se reducía
al estado ordinario le ayudaba la memoria del sumo bien
que había gozado para esperarle y apetecerle ausente
con mayor fuerza y conato; y este deseo era un género de
nueva y singular esperanza en la Reina de las Virtudes.
509. Otra causa tuvo también la esperanza de María
Santísima para ser mayor y sobre la esperanza de todos
los fieles juntos; porque el premio y gloria de esta
soberana Reina, que es el principal objeto de la
esperanza, fue sobre toda la gloria de los Ángeles y
Santos; y conforme al conocimiento de tanta gloria que el
Altísimo le dio, tuvo la suma esperanza y afectó para
conseguirla. Y para que llegase a lo supremo de esta
virtud, esperando dignamente todo lo que el brazo
poderoso de Dios quería obrar en ella, fue prevenida con
la luz de la fe suprema, con los hábitos y auxilios y dones
proporcionados y con especial movimiento del Espíritu
Santo. Y lo mismo que decimos de la suma esperanza
que tuvo del objeto principal de esta virtud, se ha de
entender de los otros objetos que llaman secundarios,
porque los beneficios, dones y misterios que se obraron
en la Reina del cielo fueron tan grandes, que no pudo
extenderse a más el brazo del omnipotente Dios. Y como
esta gran Señora los había de recibir mediante la fe y
esperanza de las promesas Divinas, proporcionándose
con estas virtudes para recibirlas, por eso era
necesario que su fe y esperanza fuesen las mayores que
en pura criatura eran posibles.
510. Y si, como queda dicho (Mc., 9, 22) de la virtud de
la fe, tuvo la Reina del cielo conocimiento y fe explícita
de todas las verdades reveladas y de todos los misterios
y obras del Altísimo, y a los actos de fe correspondían los
de la esperanza, ¿quién podrá entender, fuera del
mismo Señor, cuántos y cuáles serían los actos de
esperanza que tuvo esta Señora de las virtudes, pues
conoció todos los misterios de su propia gloria y felicidad
eterna y los que en ella y en el resto de la Iglesia
Evangélica se habían de obrar por los méritos de su Hijo
Santísimo? Por sola María, su Madre, formara Dios esta
virtud y la diera como la dio a todo el linaje humano,
como antes dijimos de la virtud de la fe (Cf. supra 499).
511. Por esta razón la llamó el Espíritu Santo Madre del
amor hermoso y de la santa esperanza (Eclo., 24, 24); y
así como el darle carne al Verbo Divino la hizo Madre de
Cristo, así el Espíritu Santo la hizo Madre de la
esperanza; porque con su especial concurso y operación
concibió y parió esta virtud para los fieles de la Iglesia. Y
el ser Madre de la santa esperanza fue como
consiguiente y anejo a ser Madre de Jesucristo nuestro
Señor, pues conoció que en su Hijo nos daba toda nuestra
segura esperanza. Y por estos concebimientos y partos
adquirió la Reina Santísima cierto género de dominio y
autoridad sobre la gracia y promesas del Altísimo que
con la muerte de Cristo nuestro Redentor, hijo de María,
se habían de cumplir; porque todo nos lo dio esta Señora,
cuando mediante su voluntad libre concibió y parió al
Verbo Humanado y en él todas nuestras esperanzas.
Donde se cumplió legítimamente aquello que la dijo el
Esposo: Tus emisiones fueron paraíso (Cant., 4, 13);
porque todo cuanto salió de esta Madre de la Gracia fue
para nosotros felicidad, paraíso y esperanza cierta de
conseguirle.
512. Padre Celestial y verdadero tenía la Iglesia en
Jesucristo, que la engendró, fundó y con sus
merecimientos y trabajos la enriqueció de gracias,
ejemplos y doctrinas, como era consiguiente a ser tal
Padre y Autor de esta admirable obra; parece que a su
perfección convenía que juntamente tuviese Madre
amorosa y blanda, que con regalo y caricia suave y con
maternal afecto e intercesiones criase a sus pechos los
hijos párvulos (1 Cor., 3,1), y con tierno y dulce mantenimiento
los alimentase, cuando por su pequeñez no
pueden sufrir el pan de los robustos y fuertes. Esta dulce
madre fue María Santísima, que desde la primitiva
Iglesia, cuando nacía en los tiernos hijos de la ley de
gracia, les comenzó a dar dulce leche de luz y doctrina
como piadosa madre; y hasta el fin del mundo continuará
este oficio con sus ruegos en los nuevos hijos que cada
día engendra Cristo nuestro Señor con los méritos de su
sangre y por los ruegos de la Madre de Misericordia. Por
ella nacen, ella los cría y alimenta y ella es dulce Madre,
vida y esperanza nuestra, el original de la que nosotros
tenemos, el ejemplar a quien imitamos, esperando por su
intercesión conseguir la eterna felicidad que su Hijo
Santísimo nos mereció y los auxilios que por ella nos
comunica, para que así la alcancemos.

Doctrina de la Santísima Virgen.

513. Hija mía, con las dos virtudes fe y esperanza, como
con dos alas de infatigable vuelo, se levantaba mi
espíritu buscando al interminable y sumo bien, hasta
descansar en la unión de su íntimo y perfecto amor.
Muchas veces gozaba y gustaba de su vista clara y
fruición, pero como este beneficio no era continuo por el
estado de pura viadora, éralo el ejercicio de la fe y
esperanza; que como quedaban fuera de la visión y
posesión, luego las hallaba en mi mente y no hacía otro
intervalo en sus operaciones. Y los efectos que en mí
hacían, el afecto, conato y anhelo que causaban en mi
espíritu para llegar a la eterna posesión de la fruición
divina, no puede entenderlo con su cortedad el
entendimiento criado adecuadamente, pero conocerálo
en Dios con alabanza eterna el que mereciere gozar de
su vista en el cielo.
514. Y tú, carísima, pues tanta luz has recibido de la
excelencia de esta virtud y de las obras que yo ejercitaba
con ella, trabaja por imitarme sin cesar según las fuerzas
de la Divina gracia. Renueva siempre y confiere en tu
memoria las promesas del Altísimo y con la certeza de la
fe que tienes de su verdad levanta el corazón con
ardiente deseo, anhelando a conseguirlas; y con esta
firme esperanza te puedes prometer por los méritos de
mi Hijo Santísimo que llegarás a ser moradora de la
celestial patria y compañera de todos los que en ella con
inmortal gloria miran la cara del Altísimo. Y si con esta
ayuda que tienes levantas tu corazón de lo terreno y
pones toda tu mente fija en el bien inconmutable por
quien suspiras, todo lo visible te será pesado y molesto y
lo juzgarás por vil y contemptible y nada podrás apetecer
fuera de aquel amabilísimo y deleitable objeto de tus
deseos. En mi alma fue este ardor de la esperanza como
de quien con la fe le había creído y con experiencia le
había gustado, lo cual ninguna lengua ni palabras
pueden explicar ni decir.
515. Fuera de esto, para que más te muevas, considera
y llora con íntimo dolor la infelicidad de tantas almas,
que son imagen de Dios y capaces de su gloria y por sus
culpas están privadas de la esperanza verdadera de
gozarle. Si los hijos de la Santa Iglesia hicieran pausa
en sus vanos pensamientos y se detuvieran a pensar y
pesar el beneficio de haberles dado fe y esperanza
infalible, separándolos de las tinieblas y señalándolos sin
merecerlo ellos con esta divisa, dejando perdida la ciega
infidelidad, sin duda se avergonzarían de su torpísimo
olvido y reprendieran su fea ingratitud. Pero
desengáñense, que les aguardan más formidables
tormentos, y que a Dios y a los Santos son más
aborrecibles por el desprecio que hacen de la Sangre
derramada de Cristo, en cuya virtud se les han hecho
estos beneficios; y como si fueran fábulas desprecian el
fruto de la verdad, corriendo todo el término de la vida
sin detenerse sólo un día, y muchos ni una hora, en la
consideración de sus obligaciones y de su peligro. Llora,
alma, este lamentable daño y según tus fuerzas trabaja y
pide el remedio a mi Hijo Santísimo y cree que cualquier
desvelo y conato que en esto pongas te será premiado de
Su Majestad.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #53                                                 INDICE  Arriba ^^

 

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