Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la virtud de la caridad de María Santísima Señora nuestra.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  8    Versos:  516-532


516. La virtud sobreexcelentísima de la Caridad es la
señora, la Reina, la Madre, alma, vida y hermosura de
todas las otras virtudes; la caridad es quien las gobierna
todas, las mueve y encamina a su verdadero y último fin;
ella las engendra en su ser perfecto, las aumenta y
conserva, las ilustra y adorna y les da vida y eficacia. Y si
todas las demás causan en la criatura alguna perfección
y ornato, la caridad se la da y las perfecciona;
porque sin caridad todas son feas, oscuras,
lánguidas, muertas y sin provecho; porque no
tienen perfecto movimiento de vida ni sentido. La caridad
es la benigna (1 Cor., 13, 4), paciente, mansísima, sin
emulación, sin envidia, sin ofensa, la que nada se
apropia, que todo lo distribuye, causa todos los bienes y
no consiente alguno de los males cuanto es de su parte;
porque es la mayor participación del verdadero y sumo
bien. ¡Oh virtud de las virtudes y suma de los tesoros del
Cielo! Tú sola tienes la llave del paraíso; tú eres la aurora
de la eterna luz, sol del día de la eternidad, fuego que
purificas, vino que embriagas dando nuevo sentido,
néctar que letificas, dulzura que sacias sin hastío, tálamo
en que descansa el alma y vínculo tan estrecho que con
el mismo Dios nos haces uno (Jn., 17, 21), al modo que lo
son el Eterno Padre con el Hijo y entrambos con el
Espíritu Santo.
517. Por la incomparable nobleza de esta señora de las
virtudes el mismo Dios y Señor, a nuestro entender, quiso
honrarse con su nombre, o quiso honrarla a ella,
llamándose caridad, como lo dijo san Juan (1 Jn., 4, 16).
Muchas razones tiene la Iglesia Católica para que de las
perfecciones Divinas se le atribuya al Padre la
omnipotencia, al Hijo la sabiduría y al Espíritu Santo el
amor; porque el Padre es principio sin principio, el Hijo
nace del Podre por el entendimiento y el Espíritu Santo
de los dos procede por la voluntad; pero el nombre de
caridad y esta perfección se la aplica el Señor a sí mismo
sin diferencia de personas, cuando de todas dijo el
evangelista sin distinción: Dios es caridad( Ib.). Tiene
esta virtud en el Señor ser término y como fin de todas las
operaciones ad intra y ad extra, porque todas las divinas
procesiones, que son las operaciones de Dios dentro de sí
mismo, se terminan en la unión del amor y caridad
recíproca de las Tres Divinas Personas, con que tienen
entre sí otro vínculo indisoluble después de la unidad de
la naturaleza indivisa, en que son un mismo Dios. Todas
las obras ad extra, que son las criaturas, nacieron de la
Caridad Divina y se ordenan a ella, para que saliendo del
mar inmenso de aquella bondad infinita se vuelvan por la
caridad y amor a su origen de donde manaron. Y esto es
singular en la Virtud de la Caridad entre todas las otras
virtudes y dones, que es una perfecta participación de la
Caridad Divina; nace del mismo principio y mira al mismo
fin y se proporciona también con ella más que las otras
virtudes. Y si llamamos a Dios nuestra esperanza, nuestra
paciencia y nuestra sabiduría, es porque la recibimos de
su mano y no porque estén en Dios estas virtudes como
en nosotros. Pero la caridad no sólo la recibimos del
Señor, ni él se llama caridad sólo porque nos la
comunica, sino porque en sí mismo la tiene
esencialmente; y de aquella Divina perfección que
imaginamos como forma y atributo de su naturaleza
Divina redunda nuestra caridad con más perfección y
proporción que otra alguna virtud.
518. Otras condiciones admirables tiene la caridad de
parte de Dios para nosotros; porque siendo ella el
principio que nos comunicó todo el bien de nuestro ser, y
después el sumo bien que es el mismo Dios, viene a ser el
estímulo y ejemplar de nuestra caridad y amor con el
mismo Señor; porque si para amarle no nos despierta y
mueve el saber que en sí mismo es infinito y sumo bien, a
lo menos nos obligue y atraiga el saber que es sumo bien
nuestro. Y si no podíamos ni sabíamos amarle primero (1
Jn., 4, 10) que nos diera a su Hijo Unigénito, no tengamos
excusa ni atrevimiento para dejarle de amar después de
habérnosle dado; pues si tenemos disculpa para no saber
granjear el beneficio, ninguna hallaremos para no
agradecerle con amor después de haberle recibido sin
merecerle.
519. El ejemplar que en la Divina Caridad tiene
la nuestra, declara mucho más la excelencia de esta
virtud, aunque yo con dificultad puedo declarar en
esto mi concepto. Cuando fundaba Cristo Señor
nuestro su perfectísima ley de amor y de gracia, nos
enseñó a ser perfectos a imitación de nuestro Padre
Celestial, que hace nacer el sol, que es suyo, sobre los
justos e injustos (Mt., 5, 45) sin diferencia. Tal doctrina y
tal ejemplo, sólo el mismo Hijo del eterno Padre le podía
dar a los hombres. Entre todas las criaturas visibles
ninguna como el sol nos manifiesta la Caridad Divina y
nos la propone para imitarla; porque este nobilísimo
planeta por su misma naturaleza, sin otra deliberación
más que su inclinación innata, comunica su luz a todas
partes y a todos aquellos que son capaces de recibirla
sin diferencia, y cuanto es de su parte nunca la niega ni
suspende (Dionisio, De Divinis Nominibus, c. IV); y esto lo
hace sin obligarse a nadie, sin recibir beneficio ni retorno
de que tenga necesidad y sin hallar en las cosas que ilumina
y fomenta alguna bondad antecedente que le
mueva y le atraiga, ni esperar otro interés más que
derramar la misma virtud que en sí contiene, para que
todos la participen y comuniquen.
520. Considerando, pues, las condiciones de tan
generosa criatura ¿quién hay que no vea en ellas una
estampa de la caridad increada a quien imitar? Y ¿quién
hay que no se confunda de no imitarla? Y ¿quién
imaginará de sí mismo que tiene caridad verdadera si no
la imita? No puede nuestra caridad y amor causar alguna
bondad en el objeto que ama, como lo hace la caridad
increada del Señor; pero a lo menos, si no podemos
mejorar lo que amamos, bien podemos amar a todos sin
intereses de mejorarnos y sin andar deliberando y
escogiendo a quién amar y hacer bien con esperanza del
retorno. No digo que la caridad no es libre, ni que hizo
Dios alguna obra fuera de sí por natural necesidad, ni
corre en esto el ejemplo; porque todas las obras ad extra,
que son las de la creación, son libres en Dios. Pero la
voluntad libre no ha de torcer ni violentar la inclinación e
impulso de la caridad; antes debe seguirla a imitación
del sumo bien que, pidiendo su naturaleza comunicarse,
no le impidió la Divina voluntad, antes se dejó llevar y
mover de su misma inclinación para comunicar los rayos
de su luz inaccesible a todas las criaturas según la
capacidad de cada una para recibirla, sin haber
precedido de nuestra parte bondad alguna, servicio o
beneficio y sin esperarle después, porque de nadie tiene
necesidad.
521. Habiendo ya conocido en parte la condición de la
caridad en su principio, que es Dios, donde, fuera del
mismo Señor, la hallaremos en toda su perfección posible
a pura criatura es María Santísima, de quien más
inmediatamente podemos copiar la nuestra. Claro está
que saliendo los rayos de esta luz y Caridad del Sol Increado,
donde está sin término ni fin, se va comunicando
a todas las criaturas hasta la más remota con orden, con
medida y tasa, según el grado que tiene cada una por
estar más cerca o más distante de su principio. Y este
orden dice el lleno y perfección de la Divina Providencia;
pues sin él estuviera como defectuosa, confusa y manca
la armonía de las criaturas que había criado para la
participación de su bondad y amor. El primer lugar en
este orden había de tener después del mismo Dios
aquella alma y aquella persona que juntamente fuese
Dios Increado y hombre criado; porque a la suma y
suprema unión de naturaleza siguiese la suma gracia y
participación de amor, como estuvo y está en Cristo
Señor nuestro.
522. El segundo lugar toca a su Madre Santísima
María, en quien con singular modo descansó la caridad
y amor Divino; porque, a nuestro modo de entender, no
sosegaba harto la Caridad Increada sin comunicarse a
una pura criatura con tanta plenitud, que en ella
estuviese recopilado el amor y caridad de toda su
generación humana y que sola ella pudiese suplir por lo
restante de su naturaleza pura y dar el retorno posible y
participar la Caridad Increada sin las menguas y
defectos que le mezclan todos los demás mortales infectos,
del pecado. Sola María entre todas las criaturas fue
electa como el Sol de justicia (Cant., 6, 9), para que le
imitase en la caridad y copiase de él esta virtud
ajustadamente con su original. Y sola ella supo amar más
y mejor que todas juntas, amando a Dios pura, perfecta,
íntima y sumamente por Dios y a las criaturas por el
mismo Dios y como Él las ama. Sola ella adecuadamente
siguió el impulso de la Caridad y su inclinación generosa
amando al sumo bien por sumo bien, sin otra atención;
amando a las criaturas por la participación que tienen de
Dios, no por el retorno y retribución. Y para imitar en todo
a la Caridad Increada, sola María Santísima pudo y supo
amar para mejorar a quien es amado; pues con su amor
obró de suerte, que mejoró el cielo y la tierra en todo lo
que tiene ser, fuera del mismo Dios.
523. Y si la caridad de esta gran Señora se pusiera en
una balanza y la de todos los hombres y ángeles en otra,
pesara más la de María Purísima que la de todo el resto
de las criaturas, pues todas ellas no alcanzaron a saber
tanto como ella sola de la naturaleza y condición de la
Caridad de Dios; y consiguientemente sola María supo
imitarla con adecuada perfección sobre toda la naturaleza
de puras criaturas intelectuales. Y en este exceso de
amor y caridad, satisfizo y correspondió a la deuda del
amor infinito del Señor con las criaturas todo cuanto a
ellas se les podía pedir, no habiendo de ser de
equivalencia infinita, porque esto no era posible. Y como
el amor y caridad del alma santísima de Jesucristo tuvo
alguna proporción con la unión hipostática en el grado
posible, así la caridad de María tuvo otra proporción con
el beneficio de darle el Eterno Padre a su Hijo Santísimo,
para que ella fuese juntamente Madre suya y le
concibiese y pariese para remedio del Mundo.
524. De donde entenderemos que todo el bien y felicidad
de las criaturas se viene a resolver por algún modo en la
caridad y amor que María Santísima tuvo a Dios. Ella hizo
que esta virtud y participación del amor Divino estuviese
entre las criaturas en su última y suma perfección. Ella
pagó esta deuda por todos enteramente cuando todos no
atinaban a hacer la debida recompensa ni la alcanzaban
a conocer. Ella con esta perfectísima Caridad obligó en la
forma posible al Eterno Padre para que le diese su Hijo
Santísimo para sí y para todo el linaje humano; porque si
María Purísima hubiera amado menos y su caridad
tuviera alguna mengua, no hubiera disposición en la
naturaleza para que el Verbo se humanara; pero
hallándose entre las criaturas alguna que hubiese
llegado a imitar la caridad Divina en grado tan supremo,
ya era como consiguiente que descendiese a ella el
mismo Dios, como lo hizo.
525. Todo esto se encerró en llamarla el Espíritu Santo
Madre de la hermosa dilección o amor (Eclo., 24, 24),
atribuyéndole a ella misma estas palabras como en su
modo queda dicho de la santa esperanza (Cf. supra n.
511); Madre es María del que es nuestro dulcísimo
amor, Jesús, Señor y Redentor nuestro, hermosísimo sobre
los hijos de los hombres por la divinidad de infinita e
increada hermosura y por la humanidad que ni tuvo
culpa, ni dolo (1 Pe., 2, 22), ni le faltó gracia de las que
pudo comunicarle la Divinidad. Madre también es del
amor hermoso; porque sola ella engendró en su mente el
amor y caridad perfecta y hermosísima dilección, que
todas las demás criaturas no supieron engendrar con
toda su hermosura y sin alguna falta, para que no se
llamase absolutamente hermoso. Madre es de nuestro
amor; porque ella nos le trajo al mundo, ella nos le
granjeó y ella nos le enseñó a conocer y obrar; que sin
María Santísima no quedaba otra pura criatura en el
Cielo ni en la tierra de quien pudieran los hombres y los
Ángeles ser discípulos del amor hermoso. Y así es que
todos los Santos son como unos rayos de este sol y como
unos arroyuelos que salen de este mar; y tanto más saben
amar, cuanto más participan del amor y caridad de
María Santísima y la imitan y copian ajustándose con
ella.
526. Las causas que tuvo esta caridad y amor de nuestra
princesa María fueron la profundidad de su altísimo
conocimiento y sabiduría, así por la fe infusa y esperanza
como por los dones del Espíritu Santo, de ciencia,
entendimiento y sabiduría; y sobre todo por las visiones
intuitivas y las que tuvo abstractivas de la Divinidad. Por
todos estos medios alcanzó el altísimo conocimiento de la
caridad increada y la bebió en su misma fuente; y como
conoció que Dios debía ser amado por sí mismo y la
criatura por Dios, así lo ejecutó y obró con intensísimo y
ferventísimo amor. Y como el poder Divino no hallaba
impedimento ni óbice de culpa, ni de inadvertencia,
ignorancia o imperfección, o tardanza en la voluntad de
esta Reina, por esto pudo obrar todo lo que quiso y lo que
no hizo con las demás criaturas; porque ninguna otra tuvo
la disposición que María Santísima.
527. Este fue el prodigio del poder divino y el mayor
ensayo y testimonio de su caridad increada en pura
criatura y el desempeño de aquel gran precepto natural
y divino: Amarás a tu Dios de todo tu corazón, alma y
mente, y con todas tus fuerzas (Dt., 6, 5); porque sola
María desempeñó a todas las criaturas de esta
obligación y deuda que en esta vida y antes de ver a Dios
no sabían ni podían pagar enteramente. Esta Señora lo
cumplió siendo viadora más ajustadamente que los
mismos Serafines siendo comprensores. Desempeñó
también a Dios en su modo en este precepto, para que no
quedara vacío y como frustrado de parte de los viadores;
pues sola María Purísima le santificó y llenó por todos
ellos, supliendo abundantemente todo lo que a ellos les
faltó. Y si no tuviera Dios presente a María nuestra Reina
para intimar a los mortales este mandato de tanto amor y
caridad, por ventura no le hubiera puesto en esta forma;
pero sólo por esta Señora se complació en ponerle y a
ella se le debemos, así el mandato de la caridad perfecta
como su cumplimiento adecuado.
528. ¡Oh dulcísima y hermosísima Madre de la hermosa
dilección y caridad, todas las naciones te conozcan,
todas las generaciones te bendigan, todas las criaturas
te magnifiquen y alaben! Tú sola eres la perfecta, tú sola
la dilecta, tú sola la escogida para tu Madre la Caridad
Increada; ella te formó única y electa como el sol (Cant.,
6, 9) para resplandecer en tu hermosísimo y perfectísimo
amor. Lleguemos todos los míseros hijos de Eva a este
sol, para que nos ilustre y encienda. Lleguemos a esta
Madre para que nos reengendre en amor. Lleguemos a
esta Maestra para que nos enseñe a tener el amor,
dilección y caridad hermosa y sin defectos. Amor dice un
afecto que se complace y descansa en el amado;
dilección, obra de alguna elección y separación de lo que
se ama de todo lo demás; y caridad dice sobre todo esto
un íntimo aprecio y estimación del bien amado. Todo esto
nos enseñará la Madre de este amor hermoso, que por
tener todas estas condiciones viene a serlo, y en ella
aprenderemos a amar a Dios por Dios, descansando en Él
todo nuestro corazón y afectos; a separarle de todo lo
demás que no es el mismo sumo bien, pues le ama menos
quien con él quiere amar otra cosa; a saberle apreciar y
estimar sobre el oro y sobre todo lo precioso; pues en su
comparación todo lo precioso es vil, toda la hermosura es
fealdad y todo lo grande y estimable a los ojos carnales
viene a ser contemptible y sin algún valor. De los efectos
de la caridad de María Santísima hablo en toda esta
Historia, y de ellos está lleno el Cielo y la tierra; y por eso
no me detengo a contar en particular lo que no puede
caber en lenguas ni palabras humanas ni angélicas.

Doctrina de la Reina del Cielo.

529. Hija mía, si con afecto de Madre deseo que me
sigas y me imites en todas las otras virtudes, en esta de
la caridad, que es el fin y corona de todas ellas, quiero,
te intimo y declaro mi voluntad de que extiendas
sobremanera todas tus fuerzas para copiar en tu alma
con mayor perfección todo lo que se te ha dado a
conocer en la mía. Enciende la luz de la fe y de la razón
para hallar esta dracma (Lc., 15,8) de infinito valor y,
habiéndola topado, olvida y desprecia todo lo terreno y
corruptible; y en tu mente una y muchas veces confiere,
advierte y pondera las infinitas razones y causas que hay
en Dios para ser amado sobre todas las cosas; y para que
entiendas cómo debes amarle con la perfección que
deseas, éstas serán como señales y efectos del amor, si
le tienes perfecto y verdadero: si meditas y piensas en
Dios continuamente; si cumples sus mandamientos y
consejos sin tedio ni disgusto; si temes ofenderle; si
ofendido solicitas luego aplacarle; si te dueles de que
sea ofendido y te alegras de que todas las criaturas
le sirvan; si deseas y gustas hablar continuamente de
su amor; si te gozas de su memoria y presencia; si te
contristas de su olvido y ausencia; si amas lo que él ama
y aborreces lo que aborrece; si procuras traer a todos a
su amistad y gracia; si le pides con confianza; si recibes
con agradecimiento sus beneficios; si no los pierdes y
conviertes a su honra y gloria; si deseas y trabajas por
extinguir en ti misma los movimientos de las pasiones que
te retardan o impiden el afecto amoroso y obras de las
virtudes.
530. Estos y otros efectos señalan como unos índices de
la Caridad, que está en el alma con más o menos
perfección. Y sobre todo, cuando es robusta y encendida,
no sufre ociosidad en las potencias, ni consiente mácula
en la voluntad, porque luego las purifica y consume
todas, y no descansa si no es cuando gusta la dulzura del
sumo bien que ama; porque sin él desfallece (Cant., 2, 5),
está herida y enferma y sedienta de aquel vino que
embriaga (Cant., 5, 1) el corazón, causando olvido de
todo lo corruptible, terreno y momentáneo. Y como la
Caridad es la madre y raíz de todas las otras virtudes,
luego se siente su fecundidad en el alma donde
permanece y vive; porque la llena y adorna de los hábitos
de las demás virtudes, que con repetidos actos va
engendrando, como lo significó el Apóstol (1 Cor., 13, 4).
Y no sólo tiene el alma que está en caridad los efectos de
esta virtud con que ama al Señor, pero estando en
caridad es amada del mismo Dios, recibe del amor Divino
aquel recíproco efecto de estar Dios en el que ama y
venir a vivir como en su templo el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo; beneficio tan soberano que con ningún
término ni ejemplo se puede conocer en la vida mortal.
531. El orden de esta virtud es amar primero a Dios que
es sobre la criatura y luego amarse ella a sí misma y tras
de sí amar lo que está cerca de sí, que es su prójimo. A
Dios se ha de amar con todo el entendimiento sin engaño,
con toda la voluntad sin dolo ni división, con toda la
mente sin olvido, con todas las fuerzas sin remisión, sin
tibieza, sin negligencia. El motivo que tiene la caridad
para amar a Dios y todo lo demás a que se extiende es el
mismo Dios; porque debe ser amado por sí mismo, que es
sumo bien infinitamente perfecto y santo. Y amando a
Dios con este motivo, es consiguiente que la criatura se
ame a sí misma y al prójimo como a sí misma; porque ella
y su prójimo no son suyos, tanto como son del Señor, de
cuya participación reciben el ser, la vida y movimiento; y
quien de verdad ama a Dios por quien es, ama también a
todo lo que es de Dios y tiene alguna participación de su
bondad. Por esto la Caridad mira al prójimo como obra y
participación de Dios y no hace diferencia entre amigo y
enemigo; porque sólo mira lo que tienen de Dios y que
son cosa suya y no atiende esta virtud a lo que tiene la
criatura de amigo o enemigo, de bienhechor o
malhechor; sólo diferencia entre quien tiene más o
menos participación de la bondad infinita del Altísimo y
con el debido orden los ama a todos en Dios y por Dios.
532. Todo lo demás que aman las criaturas por otros
fines y motivos, y esperando algún interés y comodidad o
retornó, lo aman con amor de concupiscencia
desordenada o con amor humano o natural; y cuando no
sea amor virtuoso y bien ordenado, no pertenece a la
caridad infusa. Y como es ordinario en los hombres
moverse por estos bienes particulares y fines interesables
y terrenos, por eso hay muy pocos que atiendan,
abracen y conozcan la nobleza de esta generosa virtud,
ni la ejerciten con su debida perfección; pues aun al
mismo Dios buscan y llaman por temporales bienes, o por
el beneficio y gusto espiritual. De todo este
desordenado amor quiero, hija mía, que desvíes tu
corazón y que sólo viva en él la caridad bien ordenada, a
quien el Altísimo ha inclinado tus deseos. Y si tantas
veces repites que esta virtud es la hermosa y la
agraciada y digna de ser querida y estimada de todas las
criaturas, estudia mucho en conocerla y, habiéndola
conocido, compra tan preciosa margarita, olvidando y
extinguiendo en tu corazón todo amor que no sea de
Caridad perfectísima. A ninguna criatura has de amar
más de por sólo Dios y por lo que en ella conoces que te
le representa y como cosa suya, y al modo que la esposa
ama a todos los siervos y familiares de la casa de su
esposo porque son suyos; y en olvidándote que amas
alguna criatura sin atender a Dios en ella y amándola por
este Señor, entiende que no la amas con Caridad, ni
como de ti lo quiero y el Altísimo te lo ha mandado.
También conocerás si los amas con Caridad en la
diferencia que hicieres de amigo o enemigo, de apacible
o no apacible, de cortés más o menos y de quien tiene o
no tiene gracias naturales. Todas estas diferencias no las
hace la caridad verdadera, sino la inclinación natural o
las pasiones de los apetitos, que tú debes gobernar con
esta virtud, extinguiéndolos y degollándolos.
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 Mística Ciudad de Dios, Virgen María - De la virtud de la caridad de María Santísima Señora nuestra.