Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la virtud de la fortaleza que tuvo María Santísima.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  11    Versos:  571-582


571. La virtud de la fortaleza, que se pone en el tercer
lugar de las cuatro cardinales, sirve para moderar las
operaciones que cada uno ejercita principalmente
consigo mismo con la pasión de la irascible. Y si bien es
verdad que la concupiscible a quien pertenece la
templanza es primero que la irascible, porque del
apetecer la concupiscible nace el repeler la irascible a
quien impide lo apetecido, pero con todo eso se trata
primero de la irascible y de su virtud, que es la fortaleza,
porque en la ejecución de ordinario se alcanza lo
apetecido interviniendo la irascible, que vence a quien lo
impide; y por esto la fortaleza es virtud más noble y
excelente que la templanza, de quien diré en el capítulo
siguiente.
572. El gobierno de la pasión de la irascible por la virtud
de la fortaleza se reduce a dos partes o especies de
operaciones, que son: usar de la ira conforme a razón y
con debidas circunstancias que la hagan loable y
honesta, y dejar de airarse reprimiendo la pasión cuando
es más conveniente detenerla que ejecutarla; pues lo uno
y lo otro puede ser loable y vituperable según el fin y las
demás circunstancias con que se hace. La primera de
estas operaciones o especies se quedó con el nombre de
fortaleza, y algunos doctores la llaman belicosidad. La
segunda se llama paciencia, que es la más noble y
superior fortaleza y la que principalmente tuvieron y
tienen los Santos, aunque los mundanos, trocando el
juicio y los nombres, suelen a la paciencia llamarla
pusilanimidad y a la presunción impaciente y temeraria
llaman fortaleza; porque aún no alcanzan los actos
verdaderos de esta virtud.
573. No tuvo María Santísima movimientos desordenados
que reprimir en la irascible con la virtud de la fortaleza;
porque en la inocentísima Reina todas las pasiones
estaban ordenadas y subordinadas a la razón y ésta a
Dios, que la gobernaba en todas las acciones y
movimientos; pero tuvo necesidad de esta virtud para
oponerse a los impedimentos que el demonio por
diversos modos le ponía, para que no consiguiese todo lo
que prudentísima, y ordenadamente apetecía para sí y
para su Hijo Santísimo. Y en esta valerosa resistencia y
conflicto nadie fue más fuerte entre todas las criaturas;
porque todas juntas no pudieron llegar a la fortaleza de
María nuestra Reina, pues no tuvieron tantas peleas y
contradicciones del común enemigo. Pero cuando era
necesario usar de esta fortaleza o belicosidad con las
criaturas humanas, era tan suave como fuerte o, por
mejor decir, era tan fuerte cuanto era suavísima en obrar;
porque sola esta divina Señora entre las criaturas pudo
copiar en sus obras aquel atributo del Altísimo que en las
suyas junta la suavidad con la fortaleza (Sab.,8, 1). Este
modo de obrar tuvo nuestra Reina con la fortaleza, sin
reconocer su generoso corazón desordenado temor,
porque era superior a todo lo criado; ni tampoco fue
impávida y audaz sin moderación; ni podía declinar a
estos extremos viciosos, porque con suma sabiduría
conocía los temores que se debían vencer y la audacia
que se debía excusar, y así estaba vestida como única
mujer fuerte de fortaleza y hermosura (Prov., 31, 25).
574. En la parte de la fortaleza que toca a la paciencia
fue María Santísima más admirable, participando sola
ella de la excelencia de la paciencia de Cristo su Hijo
Santísimo, que fue padecer y sufrir sin culpa y padecer
más que todos los que las cometieron. Toda la vida de
esta soberana Reina fue una continuada tolerancia de
trabajos, especialmente en la vida y muerte de nuestro
Redentor Jesucristo, donde la paciencia excedió a todo
pensamiento de criaturas y solo el mismo Señor que se la
dio puede dignamente darla a conocer. Jamás esta
candidísima paloma se indignó contra la paciencia con
criatura alguna, ni le pareció grande algún trabajo
y molestia de las inmensas que padeció, ni se contristó
por él, ni dejó de recibirlos todos con alegría y
hacimiento de gracias. Y si la paciencia según el orden
del Apóstol se pone el primer parto de la caridad (1
Cor., 13, 4) y su primogénito, si nuestra Reina fue Madre
del amor (Eclo.,24, 24), también lo fue de la paciencia; y
se debe medir con él, porque cuanto amamos y
apreciamos el bien eterno sobre todo lo visible tanto nos
determinamos a padecer, por conseguirle y no
perderle, todo lo penoso que sufre la paciencia; por eso
fue María Santísima pacientísima sobre todas las
criaturas y madre de esta virtud para nosotros, que,
acudiendo a ella, hallaremos esta torre de David con mil
escudos (Cant., 4, 4) pendientes de paciencia, con que se
arman los fuertes de la Iglesia y de la milicia de Cristo
nuestro Señor.
575. No tuvo jamás nuestra pacientísima Reina
ademanes afeminados de flaqueza, ni tampoco de ira
exterior, porque todo lo tenía prevenido con la Divina luz
y sabiduría; aunque ésta no excusaba dolor, antes le
añadía, porque nadie pudo conocer el peso de las culpas
y ofensas infinitas contra Dios, como las conoció esta
Señora. Mas no por eso se pudo alterar su invencible
corazón; ni por las maldades de Judas, ni por las
contumelias y desacatos de los fariseos, jamás mudó el
semblante y menos el interior. Y aunque en la muerte de
su Hijo Santísimo todas las criaturas y elementos insensibles
parece que quisieron perder la paciencia contra
los mortales, no pudiendo sufrir la injuria y ofensa de su
Criador, sola María estuvo inmóvil y aparejada para
recibir a Judas y a los fariseos y sacerdotes, si después
de haber crucificado a Cristo nuestro Señor se volvieran a
la Madre de Piedad y Misericordia.
576. Bien pudiera la mansísima Emperatriz del Cielo
indignarse y airarse con los que a su Hijo Santísimo
dieron tan afrentosa muerte y no pasar en esta ira los
límites de la razón y virtud, pues el mismo Señor ha
castigado justamente este pecado. Estando yo en este
pensamiento me fue respondido que el Altísimo dispuso
cómo esta gran Señora no tuviese estos movimientos y
operaciones, aunque pudiera debidamente, porque no
quería que ella fuese instrumento y como acusadora de
los pecadores, porque la eligió por Medianera y
Abogada suya y Madre de Misericordia, para que por
ella viniesen a los hombres todas las que el Señor quería
mostrar con los hijos de Adán, y hubiese quien
dignamente moderase la ira del justo Juez, intercediendo
por los culpados. Sólo con el demonio ejecutó la ira esta
Señora, y en lo que fue necesario para la paciencia y
tolerancia, y para vencer los impedimentos que le pudo
oponer este enemigo y antigua serpiente para el bien
obrar.
577. A la virtud de la fortaleza se reducen también la
magnanimidad y la magnificencia; porque participan de
estas condiciones en alguna cosa, dando firmeza a la
voluntad en la materia que las toca. La magnanimidad
consiste en obrar cosas grandes a quienes sigue la honra
grande de la virtud; y por eso se dice que tiene por materia
propia los honores grandes, y de que le nacen a esta
virtud muchas propiedades que tienen los magnánimos,
como aborrecer las lisonjas y simuladas hipocresías
que amarlas es de ánimos apocados y viles no ser
codiciosos, ni interesados, ni amigos de lo más útil, sino
de lo más honesto y grande; no hablar de sí mismo con
jactancia; ser detenidos en obrar cosas pequeñas,
reservándose para las mayores; ser más inclinados a dar
que recibir; porque todas estas cosas son dignas de
mayor honra. Mas no por esto es contra la humildad esta
virtud, que una no puede ser contraria de otra; porque la
magnanimidad hace que con los dones y virtudes se haga
el hombre benemérito de grandes honras, sin apetecerlas
ambiciosa y desordenadamente; y la humildad enseña a
que las refiera a Dios y se desestime a sí mismo por sus
defectos y por su propia naturaleza. Y por la dificultad
que tienen las obras grandes y honrosas de la virtud,
piden especial fortaleza, que se llama magnanimidad,
cuyo medio consiste en proporcionar las fuerzas con las
acciones grandes, para que ni las dejemos por
pusilánimes, ni las intentemos con presunción ni
desordenada ambición ni con apetito de gloria vana;
porque todos estos vicios desprecia el magnánimo.
578. La magnificencia también significa obrar grandes
cosas, y en esta significación tan extendida puede ser
común virtud, que en todas las materias virtuosas obra
cosas grandes. Pero como hay especial razón o dificultad
en obrar y hacer grandes gastos, aunque sea conforme
a razón, por esto se llama magnificencia especial la
virtud que determinadamente inclina a grandes sumptos,
regulándolos por la prudencia, para que ni el ánimo sea
escaso cuando la razón pide mucho, ni tampoco sea
profuso cuando no conviene, consumiendo y talando lo
que no debía. Y aunque esta virtud parece la misma con
la liberalidad, pero los filósofos las distinguen; porque el
magnífico mira a cosas grandes sin atender más y el
liberal mira al amor y uso templado del dinero; y alguno
podrá ser liberal sin llegar a ser magnífico, si se detiene
en distribuir lo que tiene más grandeza y cantidad.
579. Estas dos virtudes de magnanimidad y magnificencia
estuvieron en la Reina del cielo con algunas condiciones
que no pudieron alcanzar los demás que las tuvieron.
Sólo María purísima no halló dificultad ni resistencia en
obrar todas las cosas grandes; y sola ella las hizo
todas grandes, aun en las materias pequeñas, y sola ella
entendió perfectamente la naturaleza y condición de
estas virtudes como de todas las demás; y así pudo
darles la suprema perfección, sin tasarla por las
contrarias inclinaciones, ni por ignorar el modo, ni por
acudir a otras virtudes, como suele suceder a los más
Santos y prudentes que, cuando no lo pueden todo, eligen
y obran lo que les parece mejor. En todas las obras
virtuosas fue esta Señora tan magnánima, que siempre
hizo lo más grande y digno de honor y gloria; y
mereciéndola de todas las criaturas fue más magnánima
en despreciarla y posponerla refiriéndola sólo a Dios,
y obrando en la misma humildad lo más grande y
magnánimo de esta virtud; y estando las obras de la
humildad heroica como en una divina emulación y
competencia con lo magnánimo de todas las demás
virtudes, vivían todas juntas como ricas joyas que a porfía
con su hermosa variedad adornaban a la hija del Rey,
cuya gloria toda se quedaba en lo interior, como lo dijo
David su padre (Sal., 44, 14).
580. En la magnificencia también fue grande nuestra
Reina; porque si bien era pobre, y más en el espíritu sin
amor alguno a cosa terrena, con todo eso de lo que
el Señor le dio dispensó magníficamente, como sucedió
cuando los Reyes Magos le ofrecieron preciosos dones al
Niño Jesús, y después en el discurso que vivió en la
Iglesia, subido el Señor al cielo. Y la mayor magnificencia
fue que, siendo Señora de todo lo criado, lo destinase
todo para que magníficamente, cuanto era de su afecto,
se gastase en el beneficio de los necesitados y en el
honor y culto de Dios. Y esta doctrina y virtud enseñó a
muchos, para ser maestra de toda perfección en obras
que, tan a pesar de las viles costumbres e inclinaciones,
hacen los mortales, sin llegar a darles el punto de
prudencia que deben. Comunmente desean los mortales
(según su inclinación), la honra y gloria de la virtud y ser
tenidos por singulares y grandes; y como esta inclinación
y afecto van desordenados, y tampoco enderezan esta
gloria de la virtud al Señor de todo, desatinan con los
medios y, si llega la ocasión de hacer alguna obra de
magnanimidad o magnificencia, desfallecen y no la
hacen, porque son de ánimos abatidos y viles. Y como por
otra parte quieren juntamente parecer grandes,
excelentes y dignos de veneración, toman para esto otros
medios engañosamente proporcionados y
verdaderamente viciosos, como hacerse iracundos,
hinchados, impacientes, ceñudos, altivos y jactanciosos; y
como todos estos vicios no son magnanimidad, antes
dicen poquedad y bajeza de corazón, por eso no
alcanzan gloria ni honra entre los sabios, sino vituperio y
desprecio; porque la honra más se halla huyendo de ella
que solicitándola, y con obras, más que con deseos.

Doctrina de la Reina del cielo.

581. Hija mía, si con atención procuras, como yo te lo
mando, entender la condición y necesidad de esta virtud
de la fortaleza, con ella tendrás a la mano la rienda de la
irascible, que es una de las pasiones que más presto se
mueven y conturban la razón. Y también tendrás un
instrumento con que obrar lo más grande y perfecto de
las virtudes como tú lo deseas, y con que resistir y vencer
los impedimentos de tus enemigos que se te oponen para
acobardarte en lo más difícil de la perfección. Pero
advierte, carísima, que como la potencia irascible sirva a
la concupiscible para resistir a quien la impide en lo que
su concupiscencia apetece, de aquí procede que, si la
concupiscible se desordena y ama lo que es vicioso y sólo
bien aparente, luego la irascible se desordena tras ella y
en lugar de la fortaleza virtuosa incurre en muchos vicios
execrables y feos. Y de aquí entenderás cómo del apetito
desordenado de la propia excelencia y gloria vana, que
causan la soberbia y vanidad, nacen tantos vicios en la
irascible, cuales son las discordias, las contenciones,
las riñas, la jactancia, los clamores, impaciencia, per76
tinacia, y otros vicios de la misma concupiscible, como
son la hipocresía, mentira, deseo de vanidades,
curiosidad y parecer en todo más de lo que son las
criaturas y no lo que verdaderamente les toca por sus
pecados y bajeza.
582. De todos estos vicios tan feos estarás libre, si con
fuerza mortificas y detienes los movimientos inordenados
de la concupiscible con la templanza, de que dirás luego.
Pero cuando apeteces y amas lo justo y conveniente,
aunque te debes ayudar para conseguirlo de la fortaleza
y de la irascible bien ordenada, sea de manera que no
excedas; porque siempre tiene peligro de airarse con
celo de la virtud quien está sujeto a su propio y
desordenado amor; y tal vez se disimula y solapa este
vicio con capa de buen celo, y se deja engañar la
criatura airándose por lo que ella apetece para sí, y queriendo
que se entienda es celo de Dios y del bien de sus
prójimos. Por esto es tan necesaria y gloriosa la
paciencia que nace de la caridad y se acompaña con la
dilatación y magnanimidad, pues el que ama de veras al
sumo y verdadero bien fácilmente sufre la pérdida de la
honra y gloria aparente, y con magnanimidad la
desprecia como vil y contentible; y aunque se la den las
criaturas, no la estima, y en los demás trabajos se
muestra invencible y constante; con que granjea cuanto
puede el bien de la perseverancia y tolerancia.
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