Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la virtud de la templanza que María Santísima tuvo.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  12    Versos:  583-598


583. De los dos movimientos que tiene la criatura en
apetecer el bien sensible y retirarse del mal, este último
se modera con la fortaleza, que como he dicho sirve
para que por la irascible no deje vencerse la voluntad,
antes ella venza con audacia, padeciendo cualquier mal
sensible por conseguir el bien honesto. Para gobernar los
otros movimientos de la concupiscible sirve la templanza,
que es la última virtud de las cardinales y la menor;
porque el bien que consigue no es tan general como el
que miran las otras virtudes, antes la templanza
inmediatamente mira al bien particular del que la tiene.
Consideran los doctores y maestros a la templanza en
cuanto dice una general moderación de todos los
apetitos naturales, y en este sentido es virtud general y
común, que comprende a todas las virtudes que mueven
el apetito conforme a razón. No hablamos ahora de la
templanza en esta generalidad, sino en cuanto sirve para
gobernar la concupiscible en la materia del tacto, donde
el deleite mueve con mayor fuerza, y
consiguientemente en otras materias deleitables que
imitan a la delectación del tacto, aunque no con tanta
fuerza.
584. En esta consideración tiene la templanza el último
lugar de las virtudes, porque su objeto no es tan noble
como en las otras; pero con todo eso se le atribuyen
algunas excelencias mayores, en cuanto desvía de
objetos y vicios más feos y aborrecibles, cuales son la
destemplanza en los deleites sensitivos comunes a los
hombres y a los brutos irracionales. Y por esto dijo David
(Sal., 48, 13.21) que fue hecho el hombre semejante al
jumento, cuando se dejó llevar de la pasión del deleite. Y
por la misma razón el vicio de la destemplanza se llama
pueril; porque un niño no se mueve por la razón sino por
el antojo del apetito, ni se modera si no es con castigo;
como también le pide la concupiscible para refrenarse en
estos deleites. De este deshonor y fealdad redime al
hombre la virtud de la templanza, enseñándole a
gobernarse no por el deleite mas por la razón; y por esto
mereció esta virtud que se le atribuyese a ella cierta
honestidad y decoro o hermosura, que nace en el hombre
de conservarse en el estado de la razón contra una
pasión tan indómita, que pocas veces la escucha ni
obedece; y por el contrario, al sujetarse el hombre al
deleite animal, se le sigue gran deshonor por la similitud
bestial y pueril.
585. Contiene la templanza en sí a las virtudes de
abstinencia y sobriedad, contra los vicios de la gula en la
comida y de la embriaguez en la bebida, y en la
abstinencia se contiene el ayuno; y son las primeras,
porque al apetito lo primero se le ofrece la comida,
objeto del gusto, para conservación de la naturaleza.
Tras de estas virtudes se siguen las que moderan el uso
de la propagación natural, que son castidad y pudicicia,
con sus partes virginidad y continencia, contra los vicios
de lujuria e incontinencia y sus especies. A estas virtudes,
que son las principales en la templanza, se siguen otras
que moderan el apetito en otros deleites menores; y las
que moderan el sentido del olfato, oído y vista reducen a
las del tacto. Pero hay otras semejantes a ellas en
diferentes materias: éstas son la clemencia y
mansedumbre, que gobiernan la ira y el desorden en
castigar contra el vicio de la crueldad inhumana o bestial
a que pueden declinar. Otra es la modestia, que contiene
en sí cuatro virtudes: la primera es la humildad, que
contra la soberbia detiene al hombre para que no
apetezca desordenadamente la propia excelencia; la
segunda es la estudiosidad, para que no apetezca saber
más de lo que conviene y como conviene contra el vicio
de la curiosidad; la tercera es la moderación o
austeridad para que no apetezca el superfluo fausto y
ostentación en el vestido y aparato exterior; la cuarta es
la que modera el apetito desmedido en las acciones
lusorias, como son juegos, movimientos del cuerpo,
burlas, bailes, etc., y, aunque no tiene particular nombre
esta virtud, es muy necesaria y se llama generalmente
modestia o templanza.
586. Para manifestar la excelencia que tuvieron estas
virtudes en la Reina del cielo y lo mismo he dicho de las
otras siempre me parece que vienen cortos los términos
y palabras comunes con que hablamos de las virtudes de
otras criaturas. Mayor proporción tuvieron las gracias y'
dones de María Santísima con las de su dilectísimo Hijo,
y éstas con las perfecciones Divinas, que todas las
virtudes y santidad de los Santos con la de esta soberana
Reina de las virtudes; y así viene a ser muy desigual
cuanto podemos decir de ella con las palabras que
significamos las gracias y virtudes de los demás Santos;
donde por más consumadas que fuesen, estaban en
sujetos imperfectos y sujetos a pecado y desordenados
por él. Y si de éstas dijo el Eclesiástico (Eclo., 26, 20) que
no había digna ponderación para la excelencia del
continente ¿qué diremos de la templanza de la Señora de
las gracias y virtudes y de la hermosura que tenía su
alma santísima con el colmo de todas ellas? Todos los
domésticos (Prov., 31,21) de esta mujer fuerte estaban
guarnecidos con duplicadas vestiduras, porque sus
potencias estaban adornadas con dos hábitos o
perfecciones de incomparable hermosura y fortaleza: el
uno, el de la justicia original que subordinaba los
apetitos a la razón y gracia; el otro, el de los hábitos
infusos, que añadía nueva hermosura y virtud para obrar
con suma perfección.
587. Todos los demás Santos que en la hermosura de
la templanza se han señalado, llegarían hasta sujetar la
concupiscencia indómita, reduciéndola al yugo de la
razón, para que nada apeteciese sin modo, que después
había de retractar con el dolor de haberlo apetecido; y el
que a esto se adelantase llegaría a negar al apetito todo
aquello que se le puede substraer a la naturaleza
humana sin destruirla; pero en todos estos actos de
templanza sentiría alguna dificultad que retardaría el
afecto de la voluntad, o a lo menos le haría tanta
resistencia que no pudiese conseguir su deseo con toda
plenitud; y se querellase con el Apóstol de la infeliz
carga de este pesado cuerpo (Rom., 7, 24). En María
Santísima no había esta disonancia; porque sin
remurmurar los apetitos y sin adelantarse a la razón
dejaban obrar a todas las virtudes con tanta armonía y
concierto que, fortaleciéndola como ejército de
escuadrones bien ordenados (Cant., 6, 3), hacían un coro
de celestial consonancia. Y como no había desmanes de
los apetitos que reprimir, de tal manera ejercitaba las
operaciones de la templanza, que no pudo caer en su
mente especies ni memoria de movimiento desordenado;
antes bien imitando a las Divinas perfecciones eran
sus operaciones como originadas y deducidas de
aquel supremo ejemplar, y se convertían a él como a
única regla de su perfección y como fin último en que se
terminaban.
588. La abstinencia y sobriedad de María Santísima fue
admiración de los Ángeles; porque siendo Reina de todo
lo criado y padeciendo las naturales pasiones de hambre
y sed, no apeteció jamás los manjares que a su poder y
grandeza pudieran corresponder, ni usaba de la comida
por el gusto mas por sola necesidad; y ésta satisfacía con
tal templanza, que ni excedía ni pudo exceder sobre lo
ajustado para el húmido radical y alimento de la vida; y
éste recibía dando primero lugar al padecer el dolor del
hambre y sed, y dejando algún lugar a la gracia junto con
el efecto natural del escaso alimento que recibía. Nunca
padeció alteración de corrupción por la superfluidad de
la comida o bebida, ni por esta causa sintió más
necesidad, ni la tuvo un día más que otro, ni tampoco
sintió estas alteraciones por defecto de alimento; porque
si le moderaba algo de lo que el calor natural pedía,
suplíalo la divina gracia, en que vive la criatura, y no en
solo pan (Mt., 4, 4). Bien pudo el Altísimo sustentarla sin
comida ni bebida, pero no lo hizo; porque no fue
conveniente ni para ella dejar de merecer en este uso de
la comida y ser ejemplar de templanza, ni para nosotros
que nos faltase tanto bien y merecimientos. De la materia
de su comida que usaba y de los tiempos en que la
recibía, se dice en diferentes lugares de esta Historia (Cf.
infra p. III n. 196, 424, 898). Por su voluntad nunca comió
carne, ni más de sola una vez cada día, salvo cuando
vivió con su esposo José o cuando acompañaba a su
Hijo Santísimo en sus peregrinaciones, que en estas
ocasiones, por la necesidad de ajustarse a los demás,
seguía el orden que el Señor le daba; pero siempre era
milagrosa en la templanza.
589. De la Pureza Virginal y Pudor de la Virgen de las
vírgenes no pueden hablar dignamente los supremos
Serafines; pues en esta virtud, que en ellos es natural,
fueron inferiores a su Reina y Señora; pues con el
privilegio de la gracia y poder del Altísimo estuvo María
Santísima más libre de la inmunidad del vicio contrario
que los mismos Ángeles, a quienes por su naturaleza no
puede tocarles. No alcanzamos los mortales en esta vida
a formar el concepto debido de esta virtud en la Reina
del Cielo, porque nos embaraza mucho el pesado barro
con que a nuestra alma se le oscurece la candidez y
cristalina luz de la Castidad. Túvola nuestra gran Reina
en tal grado, que pudo dignamente preferir a la dignidad
de Madre de Dios, si no fuera ella quien más la
proporcionaba con esta inefable grandeza. Pero
midiendo la pureza virginal de María con lo que ella la
apreció y con la dignidad a que la levantó, se conocerá
en parte cuál fue esta virtud en su virgíneo cuerpo y
alma. Propúsola desde su Inmaculada Concepción, votóla
desde su natividad, y observóla de suerte que jamás tuvo
acción, ni movimiento, ni ademán en que la violase, ni
tocase en su pudor. Por eso no habló jamás a hombre sin
voluntad de Dios; ni a ellos, ni a las mujeres mismas
miraba al rostro, no por el peligro sino por el mérito, por
el ejemplo nuestro y por la superabundancia de la divina
prudencia, sabiduría y amor.
590. De su clemencia y mansedumbre dijo Salomón que
la ley de la clemencia estaba en su lengua (Prov., 31, 26);
porque nunca se movió que no fuese para distribuir la
gracia que en sus labios estaba derramaba (Sal., 44, 3).
La mansedumbre gobierna la ira y la clemencia modera
el castigo. No tuvo ira que moderar nuestra mansísima
Reina, ni usaba de esta potencia más de como en el
capítulo pasado dije (Cf. supra n. 573ss) en los actos de
fortaleza contra el pecado y el demonio, etc.; pero contra
las criaturas racionales no tuvo ira que se ordenase a
castigarlas, ni por suceso alguno se le movió ira, ni perdió
la perfectísima mansedumbre con inmutable e inimitable
igualdad interior y exterior; sin que jamás se le conociese
diferencia en el semblante, en la voz, ni movimientos que
testificasen algún interior movimiento de ira. Esta
mansedumbre y clemencia tuvo el Señor por instrumento
de la suya, y libró en ella todos los beneficios y efectos
de las eternas y antiguas misericordias; y para este fin
era necesario que la Clemencia de María Señora nuestra
fuese proporcionado instrumento de la que el mismo
Señor tiene con las criaturas. Considerando atenta y
profundamente las obras de la Divina clemencia con los
pecadores y que de todas fue María Santísima el idóneo
instrumento con que se disponían y ejecutaban, se
conocerá en parte la Clemencia de esta Señora. Todas
sus reprensiones fueron más rogando, amonestando y
enseñando, que castigando; y esto pidió ella al Señor, y
su Providencia lo dispuso así, para que en esta
sobreexcelsa Reina estuviese la ley de la clemencia
(Prov., 31, 26) como en original y en depósito, de quien Su
Majestad se sirviese, y los mortales deprendiesen esta
virtud con las demás.
591. En las otras virtudes que contiene la modestia,
especialmente en la humildad, y en la austeridad o
pobreza de María Santísima, para decir algo dignamente
fueran necesarios muchos libros y lenguas de Ángeles. De
lo que yo puedo alcanzar a decir está llena toda esta
Historia, porque en todas las acciones de la Reina del
Cielo resplandeció sobre todas las virtudes su
incomparable humildad. Mucho temo agraviar la
grandeza de esta singular virtud, queriendo ceñir en
breves términos el piélago que pudo recibir y abrazar al
Incomprensible y sin términos. Todo cuanto han
alcanzado a conocer y a obrar los Santos y los mismos
Ángeles con esta virtud de la humildad, no pudo llegar a
lo menos de la que tuvo nuestra Reina. ¿A quién de los
Santos ni de los Ángeles pudo llamar Madre el mismo
Dios? Y ¿quién, fuera de María y del Eterno Padre, pudo
llamar Hijo al Verbo humanado? Pues si la que llegó en
esta dignidad a ser semejante al Padre, y tuvo las
gracias y dones convenientes para ella, se puso en su
estimación en el último lugar de las criaturas y a todas
las reputaba por superiores ¿qué olor, qué fragancia
daría al gusto del mismo Dios este humilde nardo (Cant.,
1, 11), comprendiendo en su pecho al Supremo Rey de los
reyes?
592. Que las columnas del cielo se encojan (Job 26, 11) y
estremezcan en presencia de la inaccesible luz de la
Majestad infinita, no es maravilla, pues a su vista
tuvieron la ruina de sus semejantes, y ellos fueron
preservados con beneficios y razones comunes a todos.
Que los más fuertes e invencibles Santos se humillasen,
abrazando el desprecio y abatimiento, conociéndose
por indignos de cualquier mínimo beneficio de la
gracia, y aun del mismo obsequio y socorro de las cosas
naturales, todo esto era justísimo y consiguiente; porque
todos pecamos y necesitamos de la gloria del mismo Dios
(Rom., 3, 23); y ninguno fue tan Santo ni tan grande, que
no lo pudiese ser mayor, ni tan perfecto que no le faltase
alguna virtud, ni tan inculpable que no hallasen los ojos
de Dios qué reprender en él; y cuando en todo fuera
alguno perfectamente consumado, todos se quedaban
en la esfera de la común gracia y beneficios, sin que
nadie fuese superior a todos en todo.
593. Pero en esto fue sin ejemplo y sin segunda la
humildad de María Purísima, que siendo autora de la
gracia, principio de todo el bien de las criaturas, la
suprema de ellas, el prodigio de las perfecciones
divinas, el centro de su amor, la esfera de su omnipotencia,
la que le llamó Hijo y se oyó llamar Madre del
mismo Dios, se humilló al más inferior lugar de todo lo
criado. Y la que gozando de la mayor excelencia de todas
las obras de Dios en pura criatura, no le quedaba otra
superior en ellas a que levantarse, se humilló juzgándose
por no digna de la menor estimación, ni excelencia, ni
honra que se le pudiera dar a la mínima de todas las
criaturas racionales. No sólo se reputaba indigna de la
dignidad de Madre de Dios y de las gracias que en esto
se encerraban, pero del aire que respiraba, de la tierra
que la sufría, del alimento que recibía y de cualquier
obsequio y oficio de las criaturas, de todo se reputaba
indigna y lo agradecía como si lo fuera. Y para decir
mucho en pocas razones, el no apetecer la criatura
racional la excelencia que absolutamente no le toca, o
que por algún título le desmerece no es tan generosa
humildad, aunque la infinita clemencia del Altísimo la admita
y se dé por obligado de quien así se humilla; pero lo
admirable es que se humille más que todas juntas las
criaturas aquella que, debiéndosele toda la majestad y
excelencia, no la apeteció ni buscó; pero estando en
forma de digna Madre de Dios, se aniquiló en su
estimación, mereciendo con esta humildad ser levantada
como de justicia al dominio y señorío de todo lo criado .
594. A esta humildad incomparable correspondían en
María Santísima las otras virtudes que se encierran en la
modestia; porque el apetito de saber más de lo qué
conviene, de ordinario nace de poca humildad o caridad;
y siendo vicio sin provecho, viene a ser de mucho daño,
como le sucedió a Dina (Gén., 34, 1-3), que con inútil
curiosidad saliendo a ver lo que no le era de provecho,
fue vista con tanto daño de su honor. De la misma raíz de
soberbia presuntuosa suele originarse la superflua
ostentación y fausto en el vestido exterior y las
desordenadas acciones y gestos o movimientos
corporales que sirven a la vanidad y sensualidad, y
testifican la liviandad del corazón, según que dijo el
Eclesiástico (Eclo., 19, 27): El vestido del cuerpo, la risa
de la boca y los movimientos del hombre nos avisan de su
interior. Todas las virtudes contrarias a estos vicios
estaban en María Purísima intactas y sin reconocer
contradicción ni movimiento que las pudiese retardar o
inficionar; antes, como hijas y compañeras de su profundísima
humildad, caridad y pureza, testificaban en esta
soberana Señora ciertos asomos más de criatura divina
que de humana.
595. Era estudiosísima sin curiosidad; porque estando
llena de sabiduría sobre los mismos querubines,
deprendía y se dejaba enseñar de todos como ignorante.
Y cuando usaba de la divina ciencia o inquiría la Divina
voluntad, era tan prudente y con tan altos fines y debidas
circunstancias, que siempre sus deseos herían el corazón
de Dios y le atraían a su ordenada voluntad. En la
pobreza y austeridad fue admirable; pues quien era
Señora de todo lo criado y lo tenía a su disposición, dejó
tanto por la imitación de su Hijo Santísimo cuanto el
mismo Señor puso en sus manos; porque así como el
Padre puso todas las cosas en manos (Jn., 13, 3) del
Verbo Humanado, así las puso este Señor todas en manos
de su Madre y ella, para hacer lo mismo, las dejó todas
con afecto y efecto por la gloria de su Hijo y Señor. De la
modestia de sus acciones y dulzura de sus palabras y
todo lo exterior, bastará decir que, por la inefable
grandeza que con ellas descubría, fuera tenida por más
que humana, si la fe no enseñara que era pura criatura,
como lo confesó el sabio de Atenas, San Dionisio.

Doctrina de la Reina del cielo.

596. Hija mía, de la dignidad de esta virtud de la
templanza has dicho algo por lo que de su excelencia has
entendido y de la que yo ejercitaba; aunque de todo
dejas mucho que decir para que se acabase de entender
la necesidad tan precisa que los mortales tienen de usar
en sus acciones de la templanza. Pena del primer pecado
fue perder el hombre el perfecto uso de la razón, y que
las pasiones, inobedientes contra ella, se rebelasen
contra quien se había rebelado contra su Dios,
despreciando su justísimo precepto. Para reparar este
daño fue necesaria la virtud de la templanza, que
domase las pasiones, que refrenase sus movimientos
deleitables, que les diese modo, y restituyese al hombre
el conocimiento del medio perfecto en la concupiscible y
le enseñase e inclinase de nuevo a seguir la razón como
capaz de la divinidad y no a seguir su deleite como uno
de los brutos irracionales. No es posible, sin esta virtud,
desnudarse la criatura del hombre antiguo, ni disponerse
para los dones de la gracia y sabiduría divina; porque
ésta no entra en el alma del cuerpo sujeto a pecados
(Sab., 1, 4). El que sabe con la templanza moderar sus
pasiones, negándoles el inmoderado y bestial deleite que
apetecen, éste podrá decir y experimentar que le
introduce el rey en las oficinas de su regalado vino
(Cant., 2, 4) y tesoros de la sabiduría y espirituales
carismas; porque esta virtud es una oficina general,
llena de las virtudes más hermosas y fragantes al gusto
del Altísimo.
597. Y si bien quiero que trabajes mucho por alcanzarlas
todas, pero singularmente considera la hermosura y buen
olor de la Castidad, la fuerza de la abstinencia y
sobriedad en la comida y bebida, la suavidad y efectos
de la modestia en las palabras y obras y la nobleza de la
pobreza altísima en el uso de las cosas. Con estas virtudes
alcanzarás la luz Divina, la paz y tranquilidad de tu
alma, la serenidad de tus potencias, el gobierno de tus
inclinaciones y llegarás a ser toda iluminada con los
resplandores de la Divina gracia y dones; y de la vida
sensible y animal serás levantada a la conversación y
vida angélica, que es la que de ti quiero y lo que tú
misma deseas con la virtud Divina. Advierte, pues,
carísima, y desvélate en obrar siempre con la luz de la
gracia y nunca se muevan tus potencias por solo deleite y
gusto suyo; pero siempre obra por razón y gloria del
Altísimo en todas las cosas necesarias para la vida, en el
comer, en el dormir, en el vestir, en hablar, en oír, en
desear, en corregir, en mandar, en rogar; todo lo
gobierne en ti la luz y el gusto de tu Señor y Dios y no el
tuyo.
598. Y para que más te aficiones a la hermosura y
gracia de esta virtud, atiende a la fealdad de sus vicios
contrarios y pondera con la luz que recibes cuán feo,
abominable, horrible y monstruoso está el mundo en los
ojos de Dios y de los Santos por la enormidad de tantas
abominaciones como los hombres cometen contra esta
amable virtud. Mira cuántos siguen como brutos animales
el horror de la sensualidad, otros la gula y embriaguez,
otros el uso y vanidad, otros la soberbia y presunción,
otros la avaricia y deleite de adquirir hacienda y todos
generalmente el ímpetu de sus pasiones, buscando ahora
sólo el deleite, en que para después atesoran eternos
tormentos y el carecer de la vista beatífica de su Dios y
Señor.
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 Mística Ciudad de Dios, Virgen María - De la virtud de la templanza que María Santísima tuvo.