Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe los siete dones del Espíritu Santo que tuvo María Santísima.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  13    Versos:  599-614


599. Los siete dones del Espíritu Santo según la luz
que de ellos tengo me parece añaden algo sobre las
virtudes adonde se reducen, y por lo que añaden
se diferencian de ellas aunque tengan un mismo
objeto. Cualquiera beneficio del Señor se puede llamar
don o dádiva de su mano, aunque sea natural, pero no
hablamos ahora de los dones en esta generalidad,
aunque sean virtudes y dádivas infusas; porque no todos
los que tienen alguna virtud o virtudes tienen gracia de
dones en aquella materia o, a lo menos, no llegan a tener
las virtudes en aquel grado que se llaman dones
perfectos, ¿como los entienden los Doctores Sagrados en
las palabras de Isaías, donde dijo que en Cristo nuestro
Salvador descansaría el Espíritu del Señor (Is., 11, 2),
numerando siete gracias, que comúnmente se llaman
dones del Espíritu Santo, cuales son: el espíritu de
sabiduría y entendimiento, el espíritu de consejo y
fortaleza, el espíritu de ciencia y piedad y el de temor de
Dios. Los cuales dones estuvieron en el alma santísima de
Cristo, redundando de la Divinidad a que estaba
hipostáticamente unida, como en la fuente está el agua
que de ella mana, para comunicarse a otros; porque
todos participamos de las aguas del Salvador (Is., 12, 3),
gracia por gracia (Jn. 1, 16) y don por don; y en él están
escondidos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios
(Col., 2, 3).
600. Corresponden los dones del Espíritu Santo a las
virtudes adonde se reducen. Y aunque en esta
correspondencia discurren con alguna diferencia los
doctores, pero no la puede haber en el fin de los dones,
que es dar alguna especial perfección a las potencias
para que hagan algunas acciones y obras perfectísimas y
más heroicas en las materias de las virtudes; porque sin
esta condición no se pudieran llamar dones particulares
más perfectos y excelentes que en el modo común de
obrar las virtudes. Esta perfección de los dones ha de
incluir o consistir principalmente en alguna especial o
fuerte inspiración y moción del Espíritu Santo, que venza
con mayor eficacia los impedimentos y mueva al libre
albedrío y le dé mayor fuerza para que no obre
remisamente, antes con grande plenitud de perfección y
fuerza, en aquella especie de virtud adonde pertenece el
don. Todo lo cual no puede alcanzar el libre albedrío, si
no es ilustrado y movido con especial eficacia, virtud y
fuerza del Espíritu Santo, que le compele fuerte, suave
(Sab., 8, 1) y dulcemente para que siga aquella
ilustración y con libertad obre y quiera aquella acción
que parece es hecha en la voluntad con la eficacia del
divino Espíritu, como lo dice el Apóstol ad Romanos
(Rom., 8, 14). Y por esto se llama esta moción instinto del
Espíritu Santo; porque la voluntad, aunque obra
libremente y sin violencia, pero en estas obras tiene
mucho de instrumento voluntario y se asimila a él, porque
obra con menos consulta de la prudencia común, como lo
hacen las virtudes, aunque no con menos inteligencia ni
libertad.
601. Con un ejemplo me daré a entender en algo,
advirtiendo que, para mover la voluntad a las obras de
virtud, concurren dos cosas en las potencias; la una es el
peso o inclinación que en sí tiene, que la lleva y mueve,
al modo de la gravedad a la piedra o la liviandad en el
fuego para moverse cada uno a su centro. Esta inclinación
acrecientan los hábitos virtuosos más o menos en
la voluntad y lo mismo hacen los vicios en su modo
porque inclinando al amor pesan, y el amor es su peso
que la lleva libremente. Otra cosa concurre a esta moción
de parte del entendimiento, que es una ilustración en
las virtudes con que se mueve y determina la voluntad; y
esta ilustración es proporcionada con los hábitos y con
los actos que hace la voluntad; para los ordinarios sirve
la prudencia y su deliberación ordinaria, y para otros
actos más levantados sirve o es necesaria más alta y
superior ilustración y moción del Espíritu Santo, y ésta
pertenece a los dones. Y porque la Caridad y Gracia es
un hábito sobrenatural que pende de la Divina Voluntad
al modo que el rayo nace del sol, por esto la Caridad
tiene una particular influencia de la Divinidad, y con ella
es movida y mueve a las demás virtudes y hábitos de la
voluntad, y más cuando obra con los dones del Espíritu
Santo.
602. Conforme a esto, en los dones del Espíritu Santo
me parece conozco de parte del entendimiento una
especial ilustración en que se ha muy pasivamente
para mover a la voluntad, en la cual corresponden sus
hábitos con algún grado de perfección que inclina sobre
la ordinaria fuerza de las virtudes a obras muy heroicas.
Y como si a la piedra sobre su gravedad le añaden otro
impulso se mueve con más ligero movimiento, así en la
voluntad añadiéndole la perfección e impulso de los
dones los movimientos de las virtudes son más excelentes
y perfectos. El don de sabiduría comunica al alma cierto
gusto, con el cual gustando conoce lo divino y humano sin
engaño, dando su valor y peso a cada uno contra el gusto
que hace de la ignorancia y estulticia humana; y
pertenece este don a la Caridad. El don del
entendimiento clarifica para penetrar las cosas divinas y
conocerlas contra la rudeza y tardanza de nuestro
entendimiento; el de ciencia penetra lo más oscuro y
hace maestros perfectos contra la ignorancia; y estos dos
pertenecen a la fe. El don de consejo encamina y
endereza y detiene la precipitación humana contra la
imprudencia; y pertenece a su virtud propia. El de
fortaleza expele el temor desordenado y conforta la
flaqueza; y pertenece a su misma virtud. El de piedad
hace benigno el corazón, le quita la dureza y le ablanda
contra la impiedad y dureza; y pertenece a la religión. El
don de temor de Dios humilla amorosamente contra la
soberbia; y se reduce a la humildad.
603. En María Santísima estuvieron todos los dones del
Espíritu Santo, como en quien tenía cierto respeto y como
derecho a tenerlos, por ser Madre del Verbo Divino, de
quien procede el Espíritu Santo, a quien se le atribuyen. Y
regulando estos dones por la dignidad especial de
madre, era consiguiente que estuvieran en ella con la
proporción debida y con tanta diferencia de todas las
demás almas, cuanta hay de llamarse ella Madre de Dios
y todas las demás sólo criaturas; y por estar la gran
Reina tan cerca del Espíritu Santo por esta dignidad, y
juntamente por la impecabilidad, y todas las demás
criaturas estar tan lejos, así por la culpa como por la
distancia del ser común, sin otro respeto ni afinidad con
el Divino Espíritu. Y si estaban en Cristo, nuestro Redentor
y Maestro, como en fuente y origen, estaban también en
María, su digna madre, como en estanque o en mar de
donde se distribuyen a todas las criaturas, porque de su
plenitud superabundante redundan a toda la Iglesia. Lo
cual en otra metáfora dijo Salomón en los Proverbios
cuando la Sabiduría dice edificó para sí una casa
sobre siete columnas (Prov., 9, 1), etcétera, y en ella
preparó la mesa, mezcló el vino y convidó a los párvulos e
insipientes para sacarlos de la infancia y enseñarles la
prudencia. No me detengo en esta declaración, pues
ningún católico ignora que María Santísima fue esta
magnífica habitación del Altísimo, edificada y fundada
sobre estos siete dones para su hermosura y firmeza y
para prevenir en esta casa mística el convite general de
toda la Iglesia; porque en María está preparada la mesa,
para que todos los párvulos ignorantes, hijos de Adán,
lleguemos a ser saciados de la influencia y dones del
Espíritu Santo.
604. Cuando estos dones se adquieren mediante la
disciplina y ejercicio de las virtudes, venciendo los vicios
contrarios, el primer lugar tiene el temor; pero en Cristo
Señor nuestro comenzó Isaías a referirlos por el orden de
la sabiduría, que es el supremo; porque los recibió como
maestro y cabeza y no como discípulo que los aprendía.
Con este mismo orden los debemos considerar en su
Madre Santísima; porque más se asimiló en los dones a
su Hijo bendito que a ella las demás criaturas. El don de
sabiduría contiene una iluminación gustosa, con que el
entendimiento conoce la verdad de las cosas por sus
causas íntimas y supremas, y la voluntad con el gusto de
la verdad del verdadero bien le discierne y divide del
aparente y falso; porque aquel es verdaderamente sabio
que conoce sin engaño el verdadero bien para gustarle y
le gusta conociéndole. Este gusto de la sabiduría consiste
en gozar del sumo bien por una íntima unión de amor, a
que se sigue el sabor y gusto del bien honesto
participado y ejercitado por las virtudes inferiores al
amor. Por esto no se llama sabio el que sólo conoce la
verdad especulativamente, aunque tenga en este
conocimiento su deleite; ni tampoco es sabio el que obra
actos de virtud por sólo el conocimiento, y menos si lo
hace por otra causa; pero si por el gusto del sumo y verdadero
bien, a quien sin engaño conoce, y en él y por él
todas las verdades inferiores, obra con íntimo amor
unitivo, éste será verdaderamente sabio. Este
conocimiento administra a la sabiduría el don de
entendimiento, que la precede y acompaña, y consiste en
una íntima penetración de las verdades divinas y de las
que a este orden se pueden reducir y encaminar; porque
el espíritu escudriña las cosas profundas de Dios (1 Cor.,
2, 10), como el Apóstol dice.
605. Este mismo espíritu era necesario para entender y
decir algo de los dones de sabiduría y entendimiento que
tuvo la Emperatriz del Cielo, María. El ímpetu del río
que de la suma bondad estaba represado por tantos
siglos eternos, alegró esta ciudad de Dios (Sal., 45, 5)
con el corriente que, por medio del Unigénito del Padre y
suyo que habitó en ella, derramó en su alma santísima;
como si a nuestro modo de entender desaguara en
este piélago de sabiduría el infinito mar de la divinidad,
al mismo punto que pudo llamar al espíritu de sabiduría;
y para que le llamase, vino a ella para que la
deprendiese sin ficción y la comunicase sin envidia (Sab.,
7, 13), como lo hizo; pues por medio de su sabiduría se
manifestó al mundo la luz del Verbo Eterno Humanado.
Conoció esta sapientísima Virgen la disposición del
mundo, las condiciones de los elementos, el principio,
medio y fin de los tiempos y sus mudanzas, los cursos de
las estrellas, la naturaleza de los animales, las iras de las
bestias fieras, la fuerza de lo vientos, la complexión y
pensamientos de los hombres, las virtudes de las plantas,
yerbas, árboles, frutos y. raíces, lo escondido y oculto
(Sab., 7, 17-21) sobre el pensamiento de los hombres, los
misterios y caminos retirados del Altísimo; todo lo
conoció María nuestra Reina y lo gustó con el don de la
sabiduría que bebió en su fuente original y quedó hecha
palabra de su pensamiento.
606. Allí recibió este vapor de la virtud de Dios y esta
emanación de su caridad sincera (Sab., 7, 25) que la hizo
inmaculada, y la preservó de la mancha que coinquina al
alma, y quedó espejo sin mácula de la Majestad de
Dios. Allí participó el espíritu de inteligencia que
contiene la Sabiduría, y es santo, único, multiplicado,
sutil, agudo, diserto, móvil, limpio, cierto, suave, amador
del bien y que nada le impide, bienhechor, humano,
benigno, estable, seguro, que todas las virtudes
comprende, todo lo alcanza, todo lo entiende con limpieza
y delgadeza purísima con que toca a una y otra
parte (Sab., 7, 22-23). Todas estas condiciones que dijo el
Sabio del espíritu de Sabiduría, única y perfectamente
estuvieron en María Santísima después de su Hijo
Unigénito; y con la sabiduría le vinieron juntos todos los
bienes (Sab., 7, 11), y en todas sus operaciones le
precedían estos altísimos dones de Sabiduría y
entendimiento, para que en todas las acciones de las
otras virtudes fuese gobernada con ellos, y en todas
estuviese embebida su incomparable sabiduría con que
obraba.
607. De los demás dones está dicho algo en sus virtudes,
adonde pertenecen; pero como todo cuanto podemos
entender y decir es tanto menos de lo que había en esta
Ciudad Mística de María, siempre hallaremos mucho que
añadir. El don de consejo se sigue en el orden de Isaías al
de entendimiento; y consiste en una sobrenatural
iluminación con que el Espíritu Santo toca al
interior, iluminándole sobre toda humana y común
inteligencia, para que elija todo lo más útil, decente y
justo, y repruebe lo contrario, reduciendo a la voluntad
con las reglas de la eterna e inmaculada Ley Divina a la
unidad de un solo amor y conformidad de la perfecta
voluntad del sumo bien; y con esta divina erudición
deseche la criatura la multiplicidad y variedad de
diversos afectos, y otros inferiores y externos amores y
movimientos que pueden retardar o impedir al corazón
humano, para que no oiga ni siga este Divino impulso y
consejo, ni llegue a conformarse con aquel ejemplar vivo
de Cristo Señor nuestro, que con altísimo consejo dijo al
Eterno Padre: No se haga mi voluntad sino la tuya (Mt.,
26, 39).
608. El don de fortaleza es una participación o influjo
de la virtud Divina que el Espíritu Santo comunica a la
voluntad criada, para que felizmente animosa se levante
sobre todo lo que puede y suele temer la humana
flaqueza de las tentaciones, dolores, tribulaciones,
adversidades; y sobrepujándolo y venciéndolo todo,
adquiera y conserve lo más arduo y excelente de las
virtudes, y transcienda, suba y traspase todas las
virtudes, gracias, consolaciones internas y espirituales,
revelaciones, amores sensibles, por muy nobles y excelentes
que sean, todo lo deje atrás, y se extienda con un
Divino conato, hasta llegar a conseguir la íntima y
suprema unión del sumo bien, a que con deseos
ardentísimos anhela; donde con verdad salga del
fuerte la dulzura (Jue., 14, 14), habiéndolo vencido todo
en el que la conforta (Flp., 4, 13). El don de ciencia es una
noticia judicativa con rectitud infalible de todo lo que se
debe creer y obrar con las virtudes; y se diferencia del
consejo, porque éste elige y aquella juzga, el uno hace
juicio recto y el otro la prudente elección. Y el don de
entendimiento se distingue, porque éste penetra las
verdades Divinas internas de la fe y virtudes, como en
una simple inteligencia; y el don de la ciencia conoce con
magisterio lo que de ellas se deduce, aplicando las
operaciones externas de las potencias a la perfección de
la virtud, en la cual el don de ciencia es como raíz y
madre de la discreción.
609. El don de piedad es una virtud Divina o influjo con
que el Espíritu Santo ablanda y como derrite y licueface
la voluntad humana, moviéndola para todo lo que
pertenece al obsequio del Altísimo y beneficio de los
prójimos. Y con esta blandura y suave dulzura está pronta
nuestra voluntad, y atenta la memoria para en todo
tiempo, lugar y suceso alabar, bendecir y dar gracias y
honor al sumo bien; y para tener compasión tierna y
amorosa con las criaturas, sin faltarles en sus trabajos y
necesidades. No se impide [sic] este don de piedad con
la envidia, ni conoce odio, ni avaricia, ni tibieza, ni
estrecheza de corazón; porque causa en él una fuerte y
suave inclinación con que sale dulce y amorosamente a
todas las obras del divino amor y del prójimo; y a quien le
tiene, le hace benévolo, obsequioso, oficioso y diligente.
Y por eso dijo el Apóstol que el ejercicio de la piedad era
útil para todas las cosas (1 Tim., 4, 8), y tiene la promesa
de la vida eterna; porque es un instrumento nobilísimo de
la caridad.
610. En el último lugar está el don de temor de Dios tan
alabado, encarecido y encomendado repetidamente en
la Escritura Divina y por los Santos Doctores, como
fundamento de la perfección cristiana y principio de la
verdadera sabiduría; porque el temor de Dios es el
primero que resiste a la estulticia arrogante de los
hombres y el que con mayor fuerza la destruye y
desvanece. Este don tan importante consiste en una
amorosa fuga y nobilísima erubescencia y encogimiento
con que el alma se retrae a sí misma y a su propia
condición y bajeza, considerándola en comparación de la
suprema grandeza y majestad de Dios; y no queriendo
sentir de sí ni saber altamente, teme, como enseñó el
Apóstol (Rom., 11, 20). Tiene sus grados este temor santo,
porque al principio se llama inicial y después se llama
filial; porque primero comienza huyendo de la culpa
como contraria al sumo bien que ama con reverencia, y
después prosigue en su abatimiento y desprecio, porque
compara su propio ser con la majestad, su ignorancia con
la sabiduría, su pobreza con la infinita opulencia. Y todo
esto hallándose rendida a la Divina voluntad con
plenitud, se humilla y rinde a todas las criaturas por Dios;
y para con Él y con ellas se mueve con un amor íntimo,
llegando a la perfección de los hijos del mismo Dios y a la
suprema unidad de espíritu con el Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
611. Si me dilatara más en la explicación de estos
dones, saliera mucho de mi intento y alargara demasiado
este discurso; lo que digo me parece suficiente para
entender su naturaleza y condiciones. Y habiéndola
entendido se debe considerar que en la Soberana
Reina del cielo estuvieron todos los dones del Espíritu
Santo, no sólo en el grado suficiente y común que
tienen en su género cada uno porque esto puede
ser común a otros Santos pero estuvieron en esta
Señora con especial excelencia y privilegio, cual no pudo
caber en otro Santo alguno, ni pudiera ser conveniente a
otro inferior suyo. Entendido, pues, en qué consiste el
temor santo, la piedad, la fortaleza, la ciencia y el
consejo, en cuanto son dones especiales del Espíritu
Santo, extiéndase el juicio humano y el entendimiento
angélico y piense lo más alto, lo más noble, lo más excelente,
lo más perfecto, lo más divino; que sobre lo que
concibieron todas juntas las criaturas están los dones de
María, y lo inferior de ellos es lo supremo del
pensamiento criado; así como lo supremo de los dones de
esta Señora y Reina de las virtudes toca, en algún modo,
a lo ínfimo de Cristo y de la Divinidad.

Doctrina de la Reina Santísima María.

612. Hija mía, estos nobilísimos y excelentísimos dones
del Espíritu Santo que has entendido, son la emanación
por donde la Divinidad se comunica y transfiere a las
almas santas; y por esto no admiten limitación de su
parte, como la tienen del sujeto donde se reciben. Y si las
criaturas desocupasen el corazón de los afectos y amor
terreno, aunque su corazón es limitado, participarían sin
tasa el torrente de la Divinidad infinita por medio de los
inestimables dones del Espíritu Santo. Las virtudes
purifican a la criatura de la fealdad y mácula de los
vicios, si los tenía, y con ellas comienza a restaurar el
orden concertado de sus potencias, perdido primero por
el pecado original y después por los actuales propios; y
añaden hermosura, fuerza y deleite en el bien obrar. Pero
los dones del Espíritu Santo levantan a las mismas
virtudes a una sublime perfección, ornato y hermosura
con que se dispone, hermosea y agracia el alma para
entrar en el tálamo del Esposo, donde por admirable
modo queda unida con la Divinidad en un espíritu y
vínculo de la eterna paz. Y de aquel felicísimo estado
sale fidelísima y seguramente a las operaciones de
heroicas virtudes, y con ellas se vuelve a retraer al
mismo principio donde salió, que es el mismo Dios, en
cuya sombra (Cant., 2, 3) descansa sosegada y quieta, sin
que la perturben los ímpetus furiosos de las pasiones
y sus desordenados apetitos; pero esta felicidad
alcanzan pocos, y sólo por experiencia la conoce quien la
recibe.
613. Advierte, pues, carísima, y con atención
profunda considera cómo ascenderás a lo alto de estos
dones; porque la voluntad del Señor y la mía es que
subas más arriba (Lc., 14, 10) en el convite que te
previene su dulzura con la bendición de los dones (Sal.,
20, 4), que para este fin de su liberalidad recibiste.
Atiende que para la eternidad hay solos dos caminos: uno
que lleva a la eterna muerte por el desprecio de la virtud
y por la ignorancia de la Divinidad; otro lleva a la eterna
vida por el conocimiento fructuoso del Altísimo; porque
ésta es la vida eterna, que le conozcan a él y a su
Unigénito que envió al mundo (Jn., 17, 3). El camino de la
muerte siguen infinitos necios (Ecl., 1, 45) que ignoran su
misma ignorancia, presunción y soberbia con formidable
insipiencia. A los que llamó su Misericordia a su
admirable lumbre (1 Pe., 2, 9) y los reengendró en hijos
de la luz, les dio en esta generación el nuevo ser que
tienen por la fe, esperanza y caridad, que los hace suyos
y herederos de la Divina y eterna fruición; y reducidos al
ser de hijos les dio las virtudes que se infunden en la
primera justificación, para que como hijos de la luz obren
con proporción operaciones de luz; y tras ellas tiene
prevenidos los dones del Espíritu Santo. Y como el sol
material a nadie niega su calor y luz, si hay capacidad y
disposición para recibir la fuerza de sus rayos, tampoco
la Divina Sabiduría que, dando voces en los altos montes,
sobre los caminos reales y en las sendas más ocultas, en
las puertas y plazas de las ciudades (Prov., 8, 1-3),
convida y llama a todos, a ninguno se negaría ni
ocultaría. Pero la estulticia de los mortales los hace
sordos, o la malicia impía los hace irrisores, y la
incrédula perversidad los aparta de Dios, cuya sabiduría
no halla lugar en el corazón malévolo, ni en el cuerpo
sujeto a pecados (Sab., 1, 4).
614. Pero tú, hija mía, advierte en tus promesas, vocación
y deseos; porque la lengua que miente a Dios es feo
homicida de su alma (Sab., 1, 11); y no celes la muerte en
el error de la vida, ni adquieras la perdición con las
obras de tus manos, como se te manifiesta en la divina
luz que lo hacen los hijos de las tinieblas. Teme al
poderoso Dios y Señor con temor santo, humilde y bien
ordenado, y en todas tus obras te gobierna con este
Maestro. Ofrece tu corazón blando, fácil y dócil a la
disciplina y obras de piedad. Juzga con rectitud de la
virtud y del vicio. Anímate con invencible fortaleza para
obrar lo más arduo y levantado y sufrir lo más adverso y
difícil de los trabajos. Elige con discreción los medios
para la ejecución de estas obras. Atiende a la fuerza de
la divina luz, con que transcenderás todo lo sensible y
subirás al conocimiento altísimo de lo oculto de la Divina
sabiduría y aprenderás a dividir el hombre nuevo del
antiguo; y te harás capaz de recibirla, cuando entrando
en la oficina del vino de tu Esposo serás embriagada de
su amor, ordenada en ti su caridad eterna.
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