Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe las inteligencias que me dio el Altísimo de la Escritura Sagrada, en confirmación del capítulo precedente; son del octavo de los Proverbios.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  5    Versos:  52-71


52. Hablaré, Señor, con tu gran Majestad, pues eres
Dios de las misericordias, aunque yo soy polvo y ceniza, y
suplicaré a tu grandeza incomprensible mires de tu
altísimo trono a esta vilísima y más inútil criatura: y me
seas propicio, continuando tu luz para iluminar mi
entendimiento. Habla, Señor, que tu sierva oye (1 Sam., 3,
10).Habló, pues, el Altísimo y enmendador de los sabios
(Sab., 7, 15) y remitióme al capítulo 8 de los Proverbios,
donde me dio la inteligencia de este misterio, como en
aquel capítulo se encierra, y primero me fue declarada la
letra, como ella suena, que es la siguiente:
53. El Señor me poseyó en el principio de sus caminos,
antes que hiciera cosa alguna desde el principio. De la
eternidad fui ordenada y de las cosas antiguas, antes
que fuese hecha la tierra. Aun no eran los abismos y yo
estaba concebida; aún no habían rompido las fuentes de
las aguas, ni los montes se habían asentado con su grave
peso; antes que los collados era yo engendrada; antes
que hiciera la tierra y los ríos y quicios de la redondez
del mundo. Cuando preparaba los cielos estaba yo
presente; cuando con cierta ley y rodeo hacía un vallado
a los abismos; cuando afirmaba los cielos en lo alto y
pesaba las fuentes de las aguas; cuando al mar rodeaba
con su término y a las aguas ponía ley, que no salieran de
sus fines; cuando asentaba los fundamentos de la tierra,
estaba yo con él componiendo todas las cosas y me
alegraba todos los días, jugando en su presencia en todo
tiempo, jugando en el orbe de las tierras; y mis delicias y
regalos son estar con los hijos de los hombres (Prov., 8,
22-31).
54. Hasta aquí es el lugar de los Proverbios, cuya
inteligencia me dio el Altísimo. Y primero entendí que
habla de las ideas o decreto que tuvo en su mente divina
antes de criar al mundo; y que a la letra habla de la
persona del Verbo humanado y de su Madre santísima, y
en lo místico de los santos ángeles y profetas; porque,
antes de hacer decreto ni formar las ideas para criar al
resto de las criaturas materiales, las tuvo, y se
decretó la humanidad santísima de Cristo y de su
Madre purísima; y esto suenan las primeras palabras:
55. El Señor me poseyó en el principio de sus caminos.
En Dios no hubo caminos, ni su divinidad los había
menester, pero hízolos para que por ellos le
conociésemos y fuésemos a él todas las criaturas
capaces de su conocimiento. En este principio, antes que
otra cosa alguna fabricase en su idea y cuando quería
hacer sendas y abrir caminos en su mente divina, para
comunicar su divinidad, para dar principio a todo,
decretó primero criar la humanidad del Verbo, que había
de ser el camino por donde los demás habían de ir al Padre
(Jn., 14, 6). Y junto con este decreto estuvo el de su
Madre Santísima, por quien había de venir su divinidad al
mundo, formándose y naciendo de ella Dios y hombre. Y
por esto dice Dios me poseyó, porque a los dos poseyó Su
Majestad: al Hijo, porque cuanto a la divinidad era
posesión, hacienda y tesoro del Padre, sin poderse de él
separar, porque son una misma sustancia y divinidad con
el Espíritu Santo; poseyóla también en cuanto a la
humanidad, con el conocimiento y decreto de la plenitud
de gracia y gloria que la había de dar desde su creación
y unión hipostática; y habiéndose de ejecutar este decreto
y posesión por medio de la Madre que había de
engendrar y parir al Verbo pues no determinó criarle
de nada, ni de otra materia su cuerpo y alma- era
consiguiente poseer a la que había de darle forma
humana, y así la poseyó y adjudicó para sí en aquel
mismo instante, queriendo eficazmente que en ningún
tiempo ni momento tuviese derecho ni parte en ella,
para la parte de la gracia, el linaje humano ni otro
alguno, sino el mismo Señor, que se alzaba con esta
hacienda como parte suya sola; y tan sola suya, cual
había de serlo para darle a Él forma humana de su propia
sustancia y llamarlo sola ella Hijo y Él a ella sola Madre y
Madre digna de tener a Dios por Hijo habiendo de ser
hombre; y como todo esto precedía en dignidad a todo lo
criado, así precedió en la voluntad y mente del supremo
Criador. Por esto dice:
56. En el principio, antes que nada hiciese. De la
eternidad fui ordenada y de las cosas antiguas, etc. En
esta eternidad de Dios, que nosotros concebimos ahora
como imaginando tiempo interminable, ¿cuáles eran las
cosas antiguas, si ninguna estaba criada ?Claro está que
habla de las tres tres Personas Divinas; y es decir que
desde su Divinidad sin principio y desde aquellas cosas
que sólo son antiguas, que es la Trinidad Individua pues
lo demás, que tiene principio, todo es moderno fue
ordenada cuando sólo precedió lo antiguo increado y
antes que se imaginase lo futuro criado. Entre estos dos
extremos estuvo el medio de la unión hipostática, por
intervención de María Santísima, y con ella entrambos,
después de Dios inmediatamente y antes que toda
criatura, fueron ordenados. Y fue la más admirable
ordenación que se ha hecho ni jamás se hará: la primera
y más admirable imagen de la mente de Dios, después de
la eterna generación, fue la de Cristo y luego la de su
Madre.
57. Y ¿qué otro orden puede ser éste en Dios, donde el
orden es estar todo junto lo que en sí tiene, sin que sea
necesario seguirse una cosa a otra, ni perfeccionarse
alguna aguardando las perfecciones de otra o
sucediéndose entre sí mismas? Todo estuvo ordenadísimo
en su eterna naturaleza y lo está y estará siempre. Lo que
ordenó fue que la persona del Hijo se humanase y de
esta humanidad deificada comenzase el orden del querer
divino y de sus decretos, y que fuese cabeza y ejemplar
de todos los demás hombres y criaturas y a quien todos
se ordenasen y subordinasen; porque éste era el mejor
orden y concierto de la armonía de las criaturas, haber
uno que fuese primero y superior y de allí se ordenase
toda la naturaleza, y en especial la de los mortales. Y
entre ellos, la primera era la Madre de Dios-hombre,
como la suprema pura criatura y más inmediata a Cristo y
en Él a la Divinidad. Con este orden se encaminaron los
conductos de la fuente cristalina (Ap., 22, 1) que salió
del trono de la divina naturaleza, encaminada primero a
la humanidad del Verbo y luego a su Madre santísima, en
el grado y modo que era posible a pura criatura y
conveniente a criatura Madre del Criador. Y lo
conveniente era que todos los divinos atributos se
estrenasen en ella, sin que se le negase alguno en lo que
ella era capaz de recibir, para ser inferior sólo a Cristo y
superior en grados de gracia incomparables a todo el
resto de las criaturas capaces de gracia y dones. Este fue
el orden tan bien dispuesto de la Sabiduría, comenzar de
Cristo y de su Madre. Y así añade el texto:
58. Antes que se hiciese la tierra, aún no eran los
abismos y yo estaba concebida. Esta tierra fue la del
primer Adán; y antes que su formación se decretase y en
la divina mente se formasen los abismos de las ideas ad
extra, estaban Cristo y su Madre ideados y formados. Y
llámanse abismos, porque entre el ser de Dios increado y
el de las criaturas hay distancia infinita; y ésta se midió,
a nuestro entender, cuando fueron las criaturas solas
ideadas y formadas, que entonces también fueron
formados en su modo aquellos abismos de distancia
inmensa. Y antes de todo esto ya estaba concebido el
Verbo, no sólo por la generación eterna del Padre, pero
también estaba decretada y en la mente divina
concebida la generación temporal de Madre Virgen y
llena de gracia, porque sin la Madre, y tal Madre, no se
podía determinar con eficaz y cumplido decreto esta
temporal generación. Allí, pues, y entonces fue concebida
María santísima en aquella inmensidad beatífica; y su
memoria eterna fue escrita en el pecho de Dios, para que
por todos los siglos y eternidades nunca se borrase;
quedó estampada y dibujada por el supremo Artífice en
su propia mente y poseída de su amor con inseparable
abrazo.
59. Aún no habían rompido las fuentes de las aguas.
Aún no habían salido de su origen y principio las
imágenes o ideas de las criaturas; porque no habían
rompido las fuentes de la divinidad por la bondad y
misericordia como por conductos, para que la voluntad
divina se determinase a la creación universal y
comunicación de sus atributos y perfecciones; porque,
respecto de todo lo restante del universo, aún estaban
estas aguas y manantiales represadas y detenidas dentro
del inmenso piélago de la divinidad; y en su mismo ser no
había fuentes ni corrientes para manifestarse, ni se
habían encaminado a los hombres; y cuando fueron, ya
estaban encaminadas a la humanidad santísima y a su
Madre Virgen. Y así añade:
60. Ni los montes se habían asentado con su grave
peso, porque Dios no había decretado entonces la
creación de los altos montes, de los patriarcas, profetas,
apóstoles y mártires, etc., ni los demás santos de mayor
perfección; ni el decreto de tan grande determinación se
había asentado con su grave peso y equidad, con el
fuerte y suave modo (Sab., 8, 1) que Dios tiene en sus
consejos y grandes obras. Y no sólo antes que los montes
que son los grandes santos pero antes que los
collados, era engendrada, que son los órdenes de los
santos ángeles, antes de los cuales en la mente divina
fue formada la humanidad santísima, unida
hipostáticamente al Verbo divino, y la Madre que la
engendró. Antes fueron Hijo y Madre que todos los
órdenes angélicos; para que se entienda que, si David
dijo en el salmo 8: ¿Qué es el hombre o el hijo del
hombre, que tú, Señor, te acuerdas de él y le visitas?
hicístelo poco menos que los ángeles (Sal., 8, 5-6),
etcétera, entiendan y conozcan todos que hay hombre y
Dios juntamente, que es sobre todos los hombres y los
ángeles y que son todos inferiores y siervos suyos; porque
es Dios, siendo hombre, superior, y por esto es primero en
la mente divina y en su voluntad, y con él está junta e
inseparable una mujer y Virgen Purísima, Madre suya,
Superior y Reina de toda criatura.
61. Y si el hombre como dice el mismo salmo (Ib., 6)
fue coronado de honra y gloria y constituido sobre todas
las obras de las manos del Señor, fue porque Dioshombre,
su cabeza, le mereció esta corona y la que los
ángeles tuvieron. Y el mismo salmo añade, después de
haber disminuido al hombre a menor ser que los ángeles,
que le puso sobre sus obras (Ib., 7), y también los mismos
ángeles fueron obra de sus manos. Y así David lo
comprendió todo, diciendo que hizo poco menores a los
hombres que a los ángeles; pero aunque inferiores en el
ser natural, había algún hombre que fuese superior y
constituido sobre los mismos ángeles, que eran obra de
las manos de Dios. Y esta superioridad era por el ser de
la gracia, y no sólo por la parte de la divinidad unida a la
humanidad, mas también por la misma humanidad y por
la gracia que resultaría en ella de la unión hipostática; y
después de ella en su Madre Santísima. Y también
algunos de los santos en virtud del mismo Señor
humanado pueden alcanzar superior grado y asiento
sobre los mismos ángeles. Y dice:
62. Fui engendrada o nacida, que dice más que
concebida; porque ser concebida se refiere al
entendimiento divino de la Beatísima Trinidad, cuando
fue conocida y como conferidas las conveniencias de la
encarnación; pero ser nacida refiérese a la voluntad que
determinó esta obra, para que tuviese eficaz ejecución,
determinando la Santísima Trinidad en su Divino
Consistorio, y como ejecutando primero en sí misma, esta
maravillosa obra de la unión hipostática y ser de María
Santísima. Y por eso dice primero en este capítulo que
fue concebida y después engendrada y nacida; porque lo
primero fue conocida y luego determinada y querida.
63. Antes que hiciera la tierra y los ríos y quicios de la
redondez del mundo. Antes de formar otra tierra segunda
que por esto repite dos veces la tierra que fue la del
paraíso terrenal, adonde el primer hombre fue llevado,
después de ser criado de la tierra primera del campo
damasceno; antes de esta segunda tierra, donde pecó el
hombre, fue la determinación de criar la humanidad del
Verbo, y la materia de que se había de formar, que era la
Virgen; porque Dios de antemano la había de prevenir,
para que no tuviese parte en el pecado, ni estuviese a él
sujeta. Los ríos y quicios del orbe son la Iglesia Militante
y los tesoros de gracia y dones que con ímpetu habían de
dimanar del manantial de la Divinidad, encaminados a
todos, y eficazmente a los santos y escogidos que como
quicios se mueven en Dios, estando dependientes y
asidos a su querer por las virtudes de fe, esperanza y
caridad, por cuyo medio se sustentan y vivifican y
gobiernan, moviéndose al sumo bien y último fin y
también a la conversación humana, sin perder los quicios
en que estriban. También se comprenden aquí los
Sacramentos y compostura de la Iglesia, su protección y
firmeza invencible y su hermosura y santidad sin mancha
ni ruga, que esto es este orbe y corrientes de gracia. Y
antes que el Altísimo preparase todo esto y ordenase
este orbe y cuerpo místico, de quien Cristo, nuestro bien,
había de ser cabeza, antes decretó la unión del Verbo a
la naturaleza humana y a su Madre, por cuyo medio e
intervención había de obrar estas maravillas en el
mundo.
64. Cuando preparaba los cielos, estaba yo presente.
Cuando preparaba y prevenía el cielo y premio que a los
justos, hijos de esta Iglesia, había de dar después de su
destierro, allí estaba la humanidad con el Verbo unida,
mereciéndoles la gracia como cabeza; y con él estaba su
Madre Santísima, a cuyo ejemplar, habiéndoles
preparado la mayor parte a Hijo y Madre, disponía y
prevenía la gloria para los demás Santos.
65. Cuando con cierta ley y círculo hacía vallado a los
abismos. Cuando determinaba cercar los abismos de su
Divinidad en la Persona del Hijo, con cierta ley y término
que ningún viviente pudiera verlo ni comprenderlo;
cuando hacía este círculo y redondez, adonde nadie pudo
ni puede entrar más que sólo el Verbo, que a sí solo se
puede comprender, para achicarse (Filp., 2, 2) y
encogerse la divinidad en la humanidad; y la divinidad y
humanidad primero en el vientre de María Santísima y
después en la pequeña cantidad y especies de pan y vino
y con ellas en el pecho angosto de un hombre pecador y
mortal. Todo esto significan aquellos abismos y ley,
círculo o término, que llama cierta por lo mucho que
comprenden, y por la certeza de lo que parecía imposible
en el ser y dificultoso en explicarlo; porque no parece
había de caber la divinidad debajo de la ley, ni
encerrarse dentro determinados límites; pero eso pudo
hacer y lo hizo posible la sabiduría y poder del mismo
Señor, encubriéndose en cosa terminada.
66. Cuando afirmaba los cielos en lo alto y pesaba las
fuentes de las aguas; cuando rodeaba al mar con su
término y ponía a las aguas ley, que no pasaran de sus
fines. Llama aquí a los justos cielos, porque lo son, donde
tiene Dios su morada y habitación con ellos por gracia y
por ella les da asiento y firmeza, levantándolos, aun,
mientras son viadores, sobre la tierra, según la
disposición de cada uno; y después, en la celestial
Jerusalén, les da lugar y asiento según sus
merecimientos; y para ellos pesa las fuentes de las aguas
y las divide, distribuyendo a cada uno con equidad y peso
los dones de la gracia y de la gloria, las virtudes, auxilios
y perfecciones, según la divina sabiduría lo dispone.
Cuando se determinaba hacer esta división de estas
aguas, se había decretado dar a la humanidad unida al
Verbo todo el mar que de la divinidad le resultaba de
gracia y dones, como a Unigénito del Padre; y aunque era
todo infinito, puso término a este mar, que fue la
humanidad, donde habita la plenitud de la divinidad
(Col., 2, 9) , y aun estuvo encubierta treinta y tres años
con aquel término, para que habitase con los hombres y
no sucediera a todos lo que en el Tabor a los tres
apóstoles. Y en el mismo instante que todo este mar y
fuentes de la gracia tocaron a Cristo Señor nuestro, como
a inmediato a la Divinidad, redundaron en su Madre Santísima
como inmediata a su Hijo unigénito; porque sin la
Madre, y tal Madre, no se disponían ordenadamente y
con la suma perfección los dones de su Hijo, ni
comenzaba por otro fundamento la admirable armonía
de la máquina celestial y espiritual y la distribución de
los dones en la Iglesia militante y triunfante.
67. Cuando asentaba, los fundamentos de la tierra,
estaba yo con él componiendo todas las cosas, A todas
las tres divinas personas son comunes las obras ad extra,
porque todas son un solo Dios, una sabiduría y poder; y
así era necesario e inexcusable que el Verbo, en quien
según la divinidad fueron hechas todas las cosas (Jn., 1,
3), estuviera con el Padre para hacerlas. Pero aquí dice
más, porque también el Verbo humanado estaba ya en la
divina voluntad presente con su Madre Santísima; porque
así como por el Verbo, en cuanto Dios, fueron hechas
todas las cosas, así también para él, en el primer lugar y
como más noble y dignísimo fin, fueron criados los
fundamentos de la tierra y todo cuanto en ella se
contiene. Y por esto dice:
68. Y me alegraba todos los días, jugando en su
presencia en todo tiempo, burlándome en el orbe de la
tierra. Holgábase el Verbo humanado todos los días,
porque conoció todos los de los siglos y las vidas de los
mortales, que según la eternidad son un breve día (Sal.,
89, 4); y holgábase de que toda la sucesión de la
creación tendría término, para que, acabado el último
día con toda perfección, gozasen los hombres de la
gracia y corona de la gloria; holgábase, como contando
los días en que había de descender del cielo a la tierra y
tomar carne humana; conocía que los pensamientos y
obras de los hombres terrenos eran como juego y que
todos eran burla y engaño; y miraba a los justos, que,
aunque flacos y limitados, eran a propósito para
comunicarles y manifestarles su gloria y perfecciones;
miraba su ser inconmutable y la cortedad de los hombres
y cómo se había de humanar con ellos, y deleitábase en
sus propias obras, y particularmente en las que disponía
para su Madre Santísima, de quien le era tan agradable
tomar forma de hombre y hacerla digna de obra tan
admirable. Estos eran los días en que se alegraba el
Verbo humanado; y porque al concebir y como idear
todas estas obras y al decreto eficaz de la divina
voluntad se seguía la ejecución de todo, añadió el Verbo
divino:
69. Y mis delicias son estar con los hijos de los hombres.
Mi regalo es trabajar por ellos y favorecerlos; mi
contento, morir por ellos; y mi alegría, ser su maestro y
reparador; mis delicias son levantar al pobre desde el
polvo (Sal., 112, 7) y unirme con el humilde, y humillar
para esto mi divinidad y cubrirla y encubrirla con su
naturaleza; encogerme y humillarme y suspender la
gloria de mi cuerpo, para hacerme pasible y merecerles
la amistad de mi Padre; y ser medianero entre su
justísima indignación y la malicia de los hombres, y ser su
ejemplar y cabeza, a quien puedan imitar y seguir. Estas
son las delicias del Verbo eterno humanado.
70. ¡Oh bondad incomprensible y eterna, qué admirada
y suspendida quedo, viendo la inmensidad de vuestro ser
inmutable comparado con la parvulez del hombre, y
mediando vuestro amor eterno entre dos extremos de tan
incomparable distancia, amor infinito para criatura no
sólo pequeña pero ingrata! ¡En qué objeto tan abatido y
vil ponéis, Señor, vuestros ojos y en qué objeto tan noble
podía y debía el hombre poner los suyos y sus afectos, a
la vista de tan gran misterio! Suspensa en admiración y
ternura de mi corazón, me lamento de la desdicha de los
mortales y de sus tinieblas y ceguera, pues no se
disponen para conocer cuán de antemano comenzó
vuestra Majestad a mirarlos y prevenirles su verdadera
felicidad con tanto cuidado y amor, como si en ella
consistiera la vuestra.
71. Todas las obras y disposición de ellas, como las había
de criar, tuvo presentes el Señor desde ab initio en su
mente y las numeró y pesó con su equidad y rectitud; y,
como está escrito en la Sabiduría (Sab., 7, 18ss) supo la
disposición del mundo antes de criarle, conoció el
principio, medio y fin de los tiempos, sus mudanzas y
concursos de los años, la disposición de las estrellas, las
virtudes de los elementos, las naturalezas de los
animales, las iras de las bestias, la fuerza de los vientos,
las diferencias de los árboles, las virtudes de las raíces y
los pensamientos de los hombres; todo lo pesó y numeró
(Sab., 11, 21); y no sólo esto, que suena la letra de las
criaturas materiales y racionales, pero todas las demás
que místicamente por éstas son significadas, que, por no
ser para mi intento ahora, no las refiero.
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