Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDecláranse las formas y modos de visiones Divinas que tenía la Reina del Cielo y los efectos que en ella causaban.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  14    Versos:  615-633


615. La gracia de visiones Divinas, revelaciones y raptos
no hablo de la visión beatífica aunque son
operaciones del Espíritu Santo, se distinguen de la gracia
justificante y virtudes que santifican y perfeccionan el
alma en sus operaciones; y porque no todos los justos y
Santos tienen forzosamente visiones ni revelaciones
Divinas, se prueba que puede estar la santidad y virtudes
sin estos dones. Y también que no se han de regular las
revelaciones y visiones por la santidad y perfección de
los que las tienen, sino por la voluntad Divina que las
concede a quien es servido y cuando conviene, y en el
grado que su sabiduría y voluntad dispensan, obrando
siempre con medida y peso (Sab., 11, 21) para los fines
que pretende en su Iglesia; bien puede comunicar Dios
mayores y más altas visiones y revelaciones al menos
santo y menores al mayor. Y el don de la profecía con
otros gratis datos puede concederlos a los que no son
santos; y algunos raptos pueden resultar de causa que no
sea precisamente virtud de la voluntad; y por esto,
cuando se hace comparación entre la excelencia de los
profetas, no se habla de la santidad, que solo Dios puede
ponderarla (Prov., 16 2), sino de la luz de la profecía y
modo de recibirla, en que se puede juzgar cuál sea más o
menos levantado, según diferentes razones. Y en la que
se funda esta doctrina es, porque la caridad y virtudes,
que hacen santos y perfectos a los que las tienen, tocan a
la voluntad, y las visiones, revelaciones y algunos raptos
pertenecen al entendimiento o parte intelectiva, cuya
perfección no santifica al alma.
616. Pero no obstante que la gracia de visiones
divinas sea distinta de la santidad y virtudes, qué
pueden separarse, con todo eso la voluntad y Providencia
Divina las junta muchas veces según el fin y motivo que
tiene en comunicar estos dones gratuitos de las
revelaciones particulares; porque algunas veces las
ordena al beneficio público común de la Iglesia, como lo
dice el Apóstol (1 Cor., 12, 7); y sucedió con los profetas
que inspirados de Dios por Divinas revelaciones del
Espíritu Santo (2 Pe., 1, 21), y no por su propia
imaginación, hablaron y profetizaron para nosotros (1
Pe., 1, 10) los Misterios de la Redención y Ley Evangélica.
Y cuando las revelaciones y visiones son de esta condición,
no es necesario que se junten con la santidad;
pues Balaán fue profeta y no era santo. Pero a la Divina
Providencia convino con gran congruencia que
comúnmente los Profetas fuesen Santos, y no depositase
el espíritu de profecía y divinas revelaciones en vasos
inmundos fácil y frecuentemente (aunque en algún caso
particular lo hiciese como poderoso), porque no
derogase a la verdad Divina y a su Magisterio la mala
vida del instrumento; y por otras muchas razones.
617. Otras veces las Divinas revelaciones y visiones o no
son de cosas tan generales y no se enderezan al bien
común inmediatamente, sino al beneficio particular del
que las recibe; y así como las primeras son efecto del
amor que Dios tuvo y tiene a su Iglesia, así estas
revelaciones particulares tienen por causa el amor
especial con que ama Dios al alma, que se las comunica
para enseñarla y levantarla a más alto grado de amor y
perfección. Y en este modo de revelaciones se transfiere
el espíritu de la sabiduría por diferentes generaciones en
las almas santas para hacer profetas y amigos de Dios
(Sab., 7, 27). Y como la causa eficiente es el amor divino
particularizado con algunas almas, así la causa final y
efecto es la santidad, pureza y amor de las mismas
almas; y el beneficio de las visiones y revelaciones es el
medio por donde se consigue todo esto.
618. No quiero decir en esto que las revelaciones y
visiones Divinas son medio preciso y necesario
absolutamente para hacer santos y perfectos, porque
muchos lo son por otros medios, sin estos beneficios;
pero suponiendo esta verdad, que sólo pende de
la Divina voluntad conceder o negar a los justos estos
dones particulares, con todo esto, de parte nuestra y de
parte del Señor hay algunas razones de congruencia que
alcanzamos para que Su Majestad las comunique tan
frecuentemente a muchos siervos suyos. La primera entre
otras es, porque de parte de la criatura ignorante el
modo más proporcionado y conveniente para que se
levante a las cosas eternas, entre en ellas y se
espiritualice para llegar a la perfecta unión del sumo
bien, es la luz sobrenatural que se le comunica de los
Misterios y secretos del Altísimo por las particulares
revelaciones, visiones e inteligencias que recibe en la
soledad y en el exceso de su mente; y para esto la
convida el mismo Señor con repetidas promesas y
caricias, de cuyos misterios está llena la Escritura Santa,
y en particular los Cantares de Salomón.
619. La segunda razón es de parte del Señor, porque el
amor es impaciente para no comunicar sus bienes y
secretos al amado y al amigo. Ya no quiero llamaros ni
trataros como a siervos, sino como a amigos dijo a los
apóstoles el Maestro de la verdad eterna (Jn., 15, 15)
porque os he manifestado los secretos de mi Padre. Y de
Moisés se dice que Dios hablaba con él como con un
amigo (Ex., 33, 11). Y los Santos Padres, Patriarcas y
Profetas no sólo recibieron del Espíritu Divino las
revelaciones generales, pero otras muchas particulares y
privadas, en testimonio del amor que les tenía Dios, como
se colige de la petición de San Moisés que le dejase el
Señor ver su cara (Ib. 13). Esto mismo dicen los títulos que
da el Altísimo a las almas escogidas, llamándolas
esposa, amiga, paloma, hermana, perfecta, dilecta,
hermosa (Cant., 4, 8-9; 2, 10; 1, 14), etc. Y todos estos
títulos, aunque declaran mucho de la fuerza del Divino
amor y sus efectos, pero todos significan menos de lo que
hace el Rey supremo con quien así quiere honrar; porque
sólo este Señor es poderoso para lo que quiere, y sabe
querer como esposo, como amigo, como padre, y como
infinito y sumo bien, sin tasa ni medida.
620. Y no pierde su crédito esta verdad por no ser
entendida de la sabiduría carnal; ni tampoco porque
algunas almas se hayan deslumbrado con ella, dejándose
engañar por el ángel de Satanás transformado en luz (2
Cor., 11, 14), con algunas visiones y revelaciones falsas.
Este daño ha sido más frecuente en mujeres por su
ignorancia y pasiones, pero también ha tocado a muchos
varones al parecer fuertes y científicos. Pero en todos ha
nacido de una mala raíz; y no hablo de los que con
diabólica hipocresía han fingido falsas y aparentes
revelaciones, visiones y raptos sin tenerlos, sino de los
que con engaño las han padecido y recibido del demonio,
aunque no sin grave culpa y consentimiento. Los primeros
más se puede decir que engañan, y los segundos que al
principio son engañados; porque la antigua serpiente,
que los conoce inmortificados en las pasiones y poco
ejercitados los sentidos interiores en la ciencia de las
cosas Divinas, les introduce con sutileza astutísima una
oculta presunción de que son muy favorecidos de Dios y
les roba el humilde temor, levantándolos en deseos vanos
de curiosidad y de saber cosas altas y revelaciones,
codiciando visiones extáticas y ser singulares y señalados
en estos favores; con que abren la puerta al demonio,
para que los llene de errores y falsas ilusiones y les
entorpezca los sentidos con una confusa tiniebla interior,
sin que entiendan ni conozcan cosa Divina ni verdadera,
si no es alguna que les representa el enemigo para
acreditar sus engaños y disimular su veneno.
621. A este peligroso engaño se ocurre temiendo con
humildad y no deseando saber altamente (Rom., 11, 20),
no juzgando su aprovechamiento en el tribunal
apasionado del propio juicio y prudencia, remitiéndolo a
Dios y a sus Ministros y Confesores Doctos, examinando
la intención; pues no hay duda que se conocerá si el alma
desea estos favores por medio de la virtud y perfección o
por la gloria exterior de los hombres. Y lo seguro es
nunca desearlos y temer siempre el peligro, que es
grande en todos tiempos y mayor en los principios;
porque las devociones y dulzuras sensibles, dado que
sean del Señor que tal vez las remeda el demonio no
las envía Su Majestad porque el alma esté capaz del
manjar sólido de los mayores secretos y favores, sino por
alimento de párvulos, para que con más veras se retiren
de los vicios y se nieguen a lo sensible y no porque se
imaginen por adelantados en la virtud; pues aun los
raptos que resultan de admiración, suponen más
ignorancia que amor. Pero cuando el amor llega a ser
extático, fervoroso, ardiente, moble, líquido, inaccesible,
impaciente de otra cosa fuera de la que ama, y con esto
ha cobrado imperio sobre todo afecto humano, entonces
está dispuesta el alma para recibir la luz de las
revelaciones ocultas y visiones Divinas, y más se dispone
cuanto con esta luz Divina sabe desearlas menos por
indigna de menores beneficios. Y no se admiren los
hombres sabios de que las mujeres hayan sido tan
favorecidas en estos dones; porque a más de ser
fervientes en el amor escoge Dios lo más flaco por testigo
más abonado de su poder; y tampoco no tienen la
ciencia de la teología adquirida como los varones
doctos, si no se les infunde el Altísimo para iluminar su
flaco e ignorante juicio.
622. Entendida esta doctrina cuando no hubiera en
María Santísima otras especiales razones conoceremos
que las divinas revelaciones y visiones que le comunicó el
Altísimo fueron más altas, más admirables, más
frecuentes y divinas que a todo el resto de los Santos.
Estos dones como los demás se han de medir con su
dignidad, santidad, pureza y con el amor que su Hijo y
toda la beatísima Trinidad tenía a la que era Madre del
Hijo, Hija del Padre y Esposa del Espíritu Santo. Con estos
títulos se le comunicaban los influjos de la divinidad,
siendo Cristo Señor nuestro y su Madre más amados con
infinito exceso que todo el resto de los Santos Ángeles y
hombres. A cinco grados o géneros de visiones divinas
reduciré las que tuvo nuestra soberana Reina, y de cada
una diré lo que pudiere, como se me ha manifestado.

Visión clara de la Divina esencia a María Santísima.

623. La primera y sobreexcelente fue la visión beatífica
de la esencia Divina, que muchas veces vio claramente
siendo viadora y de paso; y todas las iré nombrando
desde el principio de esta Historia (Cf. supra n. 333, 340;
infra p. II n. 139, 473, 956, 1523 y p. III n. 62, 494, 603, 616,
654, 685) en los tiempos y ocasiones que recibió este
supremo beneficio para la criatura. De otros Santos
dudan algunos doctores si en la carne mortal han llegado
a ver la Divinidad clara e intuitivamente; pero dejando
las opiniones de los otros, no la puede haber de la Reina
del Cielo, a quien se hiciera injuria en medirla con la
regla común de los demás Santos; pues muchos y más
favores y gracias de las que en ellos eran posibles se
ejecutaron en la Madre de la gracia, y por lo menos la
visión beatífica es posible de paso sea por el modo que
fuere en los viadores. La primera disposición en el alma
que ha de ver la cara de Dios, es la gracia santificante en
grado muy perfecto y no ordinario; la que tenía la santísima
alma de María desde el primer instante fue
superabundante y con tal plenitud que excedía a los
supremos Serafines. A la gracia santificante ha de
acompañar para ver a Dios gran pureza en las potencias,
sin haber en ellas reliquia ni efecto ninguno de la culpa; y
como si en un vaso que hubiese recibido algún licor
inmundo, sería necesario lavarle, limpiarle y purificarle
hasta que no le quedase olor ni resabios de él, para que
no se mezclase con otro licor purísimo que se había de
poner en el mismo vaso, así del pecado y sus efectos y
más de los actuales queda el alma como inficionada y
contaminada. Y porque todos estos efectos la
improporcionan con la suma bondad, es necesario que
para unirse con ella por visión clara y amor beatífico sea
primero lavada y purificada, de suerte que no le quede
remanente, ni olor, ni sabor de pecado, ni hábito vicioso,
ni inclinación adquirida por ellos. Y no sólo se entiende
esto de los efectos y máculas que dejan los pecados
mortales, sino también de los veniales, que causan en el
alma justa su particular fealdad, como a nuestro modo
de entender si a un cristal purísimo le tocase el aliento
que le entrapa y oscurece; y todo esto se ha de purificar y
reparar para ver a Dios claramente.
624. A más de esta pureza, que es como negación de
mácula, si la naturaleza del que ha de ver a Dios
beatíficamente está corrupta por el primer pecado, es
necesario cauterizar el fomes; de suerte que para este
supremo beneficio quede extincto o ligado, como si no
le tuviese la criatura; porque entonces no ha de tener
principio ni causa próxima que la incline al pecado ni a
imperfección alguna; porque ha de quedar como
imposibilitado el libre albedrío para todo lo que repugna
a la suma santidad y bondad; y de aquí y de lo que diré
adelante se entenderá la dificultad de esta disposición
viviendo el alma en carne mortal. Y que se ha de
conceder este altísimo beneficio con mucho tiento y no
sin grandes causas y mucho acuerdo, la razón que yo
entiendo es, porque en la criatura sujeta al pecado hay
dos improporciones y distancias inmensas comparada
con la Divina naturaleza; la una consiste en que Dios es
invisible, infinito, acto purísimo y simplicísimo, y la
criatura es corpórea, terrena, corruptible y grosera; la
otra es la que causa el pecado, que dista sin medida de
la suma bondad; y ésta es mayor improporción y
distancia que la primera; pero entrambas se han de
quitar para unirse estos extremos tan distantes, llegando
la criatura a ponerse en el supremo modo con la
divinidad y asimilarse al mismo Dios, viéndole y
gozándole como él es (1 Jn., 3, 2).
625. Toda esta disposición de pureza y limpieza de
culpa o imperfección tenía la Reina del Cielo en más alto
grado que los mismos Ángeles; porque ni le tocó el
pecado original ni actual, ni los efectos de ninguno de
ellos; más pudo en ella la Divina gracia y protección para
esto que en los ángeles la naturaleza por donde estaban
libres de contraer estos defectos; y por esta parte no
tenía María Santísima improporción ni óbice de culpa
que la retardase para ver la Divinidad. Por otra parte, a
más de ser inmaculada, su gracia en el primer instante
sobreexcedía a la de los ángeles y Santos, y sus
merecimientos eran con proporción a la gracia; porque
en el primer acto mereció más que todos con los
supremos y últimos que hicieron para llegar a la visión
beatífica de que gozan. Conforme a esto, si en los demás
Santos es justicia diferir el premio que merecen de la
gloria hasta que llegue el término de la vida mortal, y con
él también el de merecerla, no parece contra justicia que
con María Santísima no se entienda tan rigurosamente
esta ley, y que con ella tenga el altísimo Gobernador otra
providencia y la tuviese mientras vivía en carne mortal.
No sufría tanta dilación el amor de la Beatísima Trinidad
para con esta Señora, sin manifestársele muchas veces;
pues lo merecía sobre todos los Ángeles, Serafines y
Santos que con menos gracia y merecimientos habían de
gozar del sumo bien. Fuera de esta razón, había otra de
congruencia para manifestarse la Divinidad claramente,
por ser elegida para Madre del mismo Dios, porque
conociese con experiencia y fruición el tesoro de la
Divinidad infinita, a quien había de vestir de carne mortal
y traer en sus virginales entrañas; y después tratase a su
Hijo Santísimo como a Dios verdadero, de cuya vista
había gozado.
626. Pero con toda la pureza y limpieza que está dicha
y añadiéndole al alma la gracia que la santifica, no está
proporcionada ni dispuesta para la visión beatífica,
porque le faltan otras disposiciones y efectos Divinos que
recibía la Reina del cielo cuando gozaba de este
beneficio; y con mayor razón las ha menester cualquiera
otra alma si le hiciesen este favor en carne mortal.
Estando, pues, el alma limpia y santificada, como he
dicho, le da el Altísimo un retoque como con un fuego
espiritualísimo, que la caldea y acrisola como al oro el
fuego material, al modo que los Serafines purificaron a
Isaías (Is., 6, 7). Este beneficio hace dos efectos en el
alma; el uno, que la espiritualiza y separa de ella a
nuestro modo de entender la escoria y terrenidad de su
propio ser y de la unión terrena del cuerpo material; el
otro, que llena toda el alma de una nueva luz que
destierra no sé qué oscuridad y tinieblas, como la luz del
alba destierra las de la noche; y esta nueva luz se queda
en posesión, y la deja clarificada y llena de nuevos
resplandores de este fuego. Y a esta luz se siguen otros
efectos en el alma; porque, si tiene o ha tenido culpas,
las llora con incomparable dolor y contrición, a que no
puede llegar ningún otro dolor humano, que todos en
comparación del que aquí se siente son muy poco
penosos. Luego se siente otro efecto de esta luz, que
purifica el entendimiento de todas las especies que ha
cobrado por los sentidos de las cosas terrenas y visibles
o sensibles, porque todas estas imágenes y especies
adquiridas por los sentidos desproporcionan al
entendimiento y le sirven de óbice para ver claramente al
sumo espíritu de la divinidad; y así es necesario despejar
la potencia y limpiarla de aquellos terrenos simulacros y
retratos que la ocupan, no sólo para que no vea clara e
intuitivamente a Dios, pero también para que no le vea
abstractivamente, que para esta visión asimismo es
necesario purificarle.
627. En el alma purísima de nuestra Reina, como no
había culpas que llorar, hacían los demás efectos estas
iluminaciones y purificaciones, comenzando a elevar a la
misma naturaleza y proporcionarla para que no estuviese
tan distante del último fin y no sintiese los efectos de lo
sensible y dependencia del cuerpo. Y junto con esto
causaban en aquella alma candidísima nuevos afectos y
movimientos de humillación y propio conocimiento de la
nada de la criatura, comparada con el Criador y con sus
beneficios; con que se movía su inflamado corazón a
otros muchos actos heroicos de virtudes; y los mismos
efectos haría este beneficio respectivamente, si Dios se
le comunicase a otras almas disponiéndolas para las
visiones de su Divinidad.
628. Bien podría juzgar nuestra rudeza que bastan para
llegar a la visión beatífica estas disposiciones referidas;
pero no es así, porque sobre ellas falta otra cualidad,
vapor o lumen más divino, antes del lumen gloriae. Y esta
nueva purificación, aunque es semejante a las que he
dicho, todavía es diferente en sus efectos; porque levanta
al alma a otro estado más alto y sereno, donde con
mayor tranquilidad siente una paz dulcísima, la cual no
sentía en el estado de las disposiciones y purificaciones
primeras; porque en ellas se siente alguna pena y
amargura de las culpas, si las hubo, o si no, un tedio de la
misma naturaleza terrena y vil; y estos efectos no se
compadecen con estar el alma tan cerca y asimilada a la
suma felicidad. Paréceme que las primeras purificaciones
sirven para mortificar, y ésta que ahora digo sirve de
vivificar y sanar a la naturaleza; y en todas juntas
procede el Altísimo como el pintor, que dibuja primero la
imagen y luego le da los primeros colores en bosquejo, y
después le da los últimos para que salga a luz.
629. Sobre todas estas purificaciones, disposiciones
y efectos admirables que causan, comunica Dios la
última que es el lumen gloriae, con el cual se eleva,
conforta y acaba de proporcionarse el alma para ver y
gozar a Dios beatíficamente. En este lumen se le
manifiesta la Divinidad, que sin él no podrá ser vista de
ninguna criatura; y como es imposible por sí sola
alcanzar este lumen y disposiciones, por eso lo es
también ver a Dios naturalmente, porque todo
sobreexcede a las fuerzas de la naturaleza.
630. Con toda esta hermosura y adorno era prevenida la
Esposa del Espíritu Santo, Hija del Padre y Madre del
Hijo, para entrar en el tálamo de la Divinidad, cuando
gozaba de paso de su vista y fruición intuitiva. Y como
todos estos beneficios corresponden a su dignidad y
gracias, por eso no puede caer debajo de razones ni de
pensamiento criado y menos en el de una mujer
ignorante qué tan altas y divinas serían en nuestra
Reina estas iluminaciones; y mucho menos se puede
ponderar y apear el gozo de aquella alma santísima
sobre todo el más levantado de los supremos Serafines y
Santos. Si de cualquier justo, aunque sea el menor de los
que gozan de Dios, es verdad infalible que ni ojos lo
vieron, ni oídos lo oyeron, ni puede caer en humano
pensamiento aquello que Dios le tiene preparado (1
Cor., 2, 9) ¿qué será para los mayores Santos? Y si el
mismo Apóstol que dijo esto, confesó no podía decir lo
que él había oído (2 Cor., 12, 4), ¿qué dirá nuestra
cortedad de la Santa de los Santos y Madre del mismo
que es gloria de los Santos? Después del alma de su Hijo
Santísimo, que era hombre y Dios verdadero, ella fue la
que más misterios y sacramentos conoció y vio en
aquellos infinitos espacios y secretos de la Divinidad; a
ella más que a todos los Bienaventurados se le
franquearon los tesoros infinitos, los ensanches de la
eternidad de aquel objeto inaccesible, que ni el
principio ni el fin le pueden limitar; allí quedó letificada
(Sal., 45, 5) y bañada esta Ciudad de Dios del torrente de
la Divinidad, que la inundó con los ímpetus de su
sabiduría y gracia, que la espiritualizaron y divinizaron.

Visión abstractiva de la Divinidad que tenia María
Santísima.

631. El segundo modo y forma de visiones de la Divinidad
que tuvo la Reina del cielo fue abstractivo, que es muy
diferente y muy inferior al intuitivo; y por eso era más
frecuente, aunque no cotidiano o incesante. Este
conocimiento o visión comunica el Altísimo, no
descubriéndose en sí mismo inmediatamente al
entendimiento criado, sino mediante algún velo o
especies en que se manifiesta; y por haber medio entre el
objeto y la potencia, es inferiorísima esta vista respecto
de la visión clara intuitiva; y no enseña la presencia real,
aunque la contiene intelectualmente con inferiores
condiciones. Y aunque conoce la criatura que está cerca
de la Divinidad, y en ella descubre los atributos,
perfecciones y secretos, que como en espejo voluntario le
quiere Dios mostrar y manifestar, pero no siente ni
conoce su presencia, ni la goza a satisfacción ni hartura.
632. Con todo eso, este beneficio es grande, raro, y
después de la visión clara es el mayor; y aunque no pide
lumen gloriae más de la luz que tienen las mismas
especies, ni tampoco se requiere la última disposición y
purificación a que sigue el lumen gloriae, pero todas las
demás disposiciones antecedentes que preceden a la
visión clara, preceden a ésta; porque con ella entra el
alma en los atrios (Sal., 64, 5) de la casa del Señor Dios
eterno. Los efectos de esta visión son admirables, porque
a más del estado que supone el alma, hallándola a sí
sobre sí (Lam., 3, 28), la embriaga (Sal., 25, 9) de una
inefable e inexplicable suavidad y dulzura, con que la
inflama en el amor Divino y se transforma en él y la causa
un olvido y enajenamiento de todo lo terreno y de sí
misma, que ya no vive ella en sí, sino en Cristo, y Cristo
en ella (Gal., 2, 20). Fuera de esto le queda de esta visión
al alma una luz, que si no la perdiese por su negligencia
y tibieza o por alguna culpa, siempre la encaminaría a lo
más alto de la perfección, enseñándola los más seguros
caminos de la eternidad, y sería como el fuego perpetuo
del santuario (Lev., 6, 12) y como la lucerna de la ciudad
de Dios (Ap., 22, 5).
633. Estos y otros efectos causaba esta visión Divina en
nuestra soberana Reina con grado tan eminente, que no
puedo yo explicar mi concepto con los términos
ordinarios. Pero déjase entender algo considerando
el estado de aquella alma purísima, donde no había
impedimento de tibieza ni óbice de culpa, descuido, ni
olvido, ni negligencia, ni ignorancia, ni una mínima
inadvertencia; antes estaba llena de gracia ardiente en
el amor, diligente en el obrar, perpetua e incesante en
alabar al Criador, solícita y oficiosa en darle gloria y
dispuesta para que su brazo poderoso obrase en ella sin
contradicción ni dificultad alguna. Tuvo este género
de visión y beneficio en el primer instante de su
concepción, como ya he dicho en su lugar (Cf. supra n.
229, 237, 312, 383, 389), y después muchas veces en el
discurso de su vida santísima, de que también hablaré
adelante (Cf. infra n. 734, 742; p. II n. 6-8; p. III n. 537).

Visiones y revelaciones intelectuales de María Santísima.

634. El tercer género de visiones o revelaciones Divinas
que tuvo María Santísima, fueron intelectuales. Y aunque
la noticia abstractiva o visión de la divinidad se puede
llamar revelación intelectual, pero doyle otro lugar solo y
más alto por dos razones: la una, porque el objeto de
aquella revelación es único y supremo entre las cosas
inteligibles, y estas más comunes revelaciones
intelectuales tienen muchos y varios objetos, porque se
extienden a cosas espirituales y materiales y a las
verdades y misterios inteligibles; la otra razón es, porque
la visión abstractiva de la divina esencia se causa por
especies altísimas, infusas y sobrenaturales de aquel
objeto infinito; pero la común revelación y visión
intelectual algunas veces se hace por especies infusas
al entendimiento de los objetos revelados y otras veces
no son necesarias infusas para todo lo que se entiende;
porque pueden servir a esta revelación las mismas
especies que tiene la imaginación o fantasía y en ellas
puede el entendimiento, ilustrado con nuevo lumen y
virtud sobrenatural, entender los misterios que Dios le
revela, como sucedió a José en Egipto (Gén., 40) y a
Santo Profeta Daniel en Babilonia (Dan., 2, 19). Y este
modo de revelaciones tuvo Santo Rey David; y fuera del
conocimiento de la Divinidad, es el más noble y seguro,
porque ni los demonios ni los mismos Ángeles buenos
pueden infundir esta luz sobrenatural en el
entendimiento, aunque pueden mover las especies por la
imaginación y fantasía.
635. Esta forma de revelación intelectual fue común a
los Profetas Santos del Viejo y Nuevo Testamento, porque
la luz de la profecía perfecta, como ellos la tuvieron, se
termina en la inteligencia de algún misterio oculto; y sin
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esta inteligencia o luz intelectual no fueran profetas
perfectamente ni hablaran proféticamente. Y por eso, el
que hace o dice alguna cosa profética, como Caifas (Jn.,
11, 51) y los soldados que no quisieron dividir la túnica
de Cristo nuestro Señor (Jn., 19, 24), aunque fueron
movidos con impulso Divino, no eran perfectamente
profetas; porque no hablaban proféticamente, que es con
lumbre divino o inteligencia. Verdad es que también los
Profetas Santos y perfectamente profetas, que se
llamaban videntes por la luz interior con que miraban los
secretos ocultos, podían hacer alguna acción profética,
sin conocer todos los misterios que comprendía, o sin
conocer alguno; pero en aquella acción no fueran tan
perfectamente profetas como en las que profetizaban
con inteligencia sobrenatural. Tiene esta revelación
intelectual muchos grados que no toca a este lugar
declararlos; y aunque la puede comunicar el Señor
desnudamente y sin caridad o gracia y virtudes, pero de
ordinario anda acompañada con ellas, como en los
Profetas, Apóstoles y Justos, cuando como a amigos les
manifestaba sus secretos; como también sucede cuando
las revelaciones intelectuales son para el mayor bien
del que las recibe, como arriba está dicho (Cf. supra n.
617). Por esta razón piden estas revelaciones muy buena
disposición en el alma que ha de ser levantada a estas
Divinas inteligencias, que de ordinario no las comunica
Dios si no es cuando el alma está quieta, pacífica,
abstraída de los afectos terrenos y bien ordenadas sus
potencias para los efectos de esta luz Divina.
636. En la Reina del cielo fueron estas inteligencias o
revelaciones intelectuales muy diferentes que las de los
Santos y Profetas; porque las tenía Su Alteza continuas, y
en acto y en hábito, cuando no gozaba de otras visiones
más altas de la Divinidad. Y a más de esto, la claridad y
extensión de esta luz intelectual y sus efectos fueron
incomparables en María Santísima; porque de los
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Misterios, verdades y sacramentos ocultos del Altísimo,
conoció ella más que todos los Santos Patriarcas,
Profetas, Apóstoles y más que los mismos Ángeles juntos;
y todo lo conocía con mayor profundidad, claridad,
firmeza y seguridad. Con esta inteligencia penetraba
desde el mismo ser de Dios y sus atributos hasta la
mínima de sus obras y criaturas, sin escondérsele cosa
alguna en que no conociese la participación de la
grandeza del Criador y su Divina disposición y providencia;
y sola María Santísima pudo decir con plenitud
que el Señor la manifestó lo incierto y oculto de su
sabiduría, como lo afirmó el Profeta (Sal., 50, 8). Los
efectos que causaban en la Soberana Señora estas
inteligencias, no es posible decirlo, pero toda esta
Historia sirve para su declaración. En otras almas son de
admirable utilidad y provecho, porque iluminan
altamente el entendimiento, inflaman con increíble ardor
la voluntad, desengañan, desvían, levantan y
espiritualizan a la criatura; y tal vez parece que hasta el
mismo cuerpo terreno y pesado se aligera y sutiliza en
emulación santa de la misma alma. Tuvo la Reina del
cielo en este modo de visiones otro privilegio, que diré en
el capítulo siguiente.

Visiones imaginarias de la Reina del Cielo María
Santísima.

637. El cuarto lugar tienen las visiones imaginarias que
se hacen por especies sensitivas causadas o movidas en
la imaginación o fantasía; y representan las cosas con
modo material y sensitivo, como cosa que se mira con los
ojos, o se oye, o se toca, o se gusta. Debajo de esta forma
de visiones manifestaron los profetas del Testamento
Viejo grandes misterios y sacramentos, que les reveló el
Altísimo en ellas, particularmente San Ezequiel, San
Daniel y San Jeremías; y debajo de semejantes visiones
escribió el Evangelista San Juan su Apocalipsis. Por la
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parte que tienen estas visiones de sensitivo y corpóreo,
son más inferiores que las precedentes; y por eso las
puede remedar el demonio en la representación,
moviendo las especies de la fantasía, pero no las remeda
en la verdad el que es padre de la mentira. Con todo eso
se deben mucho desviar estas visiones y examinar con la
doctrina cierta de los Santos y Maestros, porque, si el
demonio reconoce alguna golosina en las almas que
tratan de oración y devoción y si lo permite Dios, las
engañará fácilmente; pues aun aborreciendo el peligro
de estas visiones los Santos fueron invadidos con ellas
por el demonio transfigurado en luz, como en sus vidas
está escrito para nuestra erudición y cautela.
638. Donde estuvieron estas visiones y revelaciones
imaginarias sin peligro alguno y con toda seguridad y
condiciones Divinas, fue en María Santísima, cuya interior
luz no podía oscurecer ni invadir toda la astucia de la
serpiente. Tuvo nuestra Reina muchas visiones de este
género; porque en ellas le fueron manifestadas muchas
obras de las que su Hijo Santísimo hacía cuando estaba
ausente, como en el discurso de su vida veremos (Cf. infra
p. II n. 965-994, 1156, 1204-1222). Conoció también por visión
imaginaria otras muchas criaturas y misterios en
ocasiones que era necesario según la divina voluntad y
dispensación del Altísimo. Y como este beneficio con los
demás que recibía la soberana Princesa del cielo eran
ordenados a fines altísimos, así en lo que le tocaba a su
santidad, pureza y merecimientos, como en orden al
beneficio de la Iglesia, cuya Maestra y Cooperadora de
la Redención era esta gran Madre de la gracia, por esto
los efectos de estas visiones y de su inteligencia eran
admirables, y siempre con incomparables frutos de gloria
del Altísimo y aumento de nuevos dones y carismas en el
alma santísima de María. De lo que en las demás
criaturas suele suceder con estas visiones diré en la
siguiente; porque de estas dos especies de visiones se
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debe hacer un mismo juicio.

Visiones divinas corpóreas de María Santísima.

639. El último y quinto grado de visiones y revelaciones
es el que se percibe por los sentidos corporales
exteriores, que por eso se llaman corpóreas, aunque
puede suceder de dos maneras. La una es propia y
verdaderamente corpórea, cuando con cuerpo real y
cuantitativo se aparece a la vista o al tacto alguna cosa
de la otra vida, Dios, Ángel, o Santo, o el demonio, o
alma, etc., formándose para esto, por ministerio y virtud
de los ángeles buenos o malos, algún cuerpo aéreo y
fantástico, que si bien no es cuerpo natural ni verdadero
de lo que representa, pero es verdaderamente cuerpo
cuantitativo del aire condensado con sus dimensiones
cuantitativas. Otra manera de visiones corpóreas puede
haber más impropia, y como ilusoria del sentido de la
vista, cuando no es cuerpo cuantitativo el que se percibe,
sino unas especies del cuerpo y color, etc., que alterando
el aire medio puede causar un ángel en los ojos; y el que
las recibe piensa que mira algún cuerpo real presente; y
no hay tal cuerpo, sino solas especies con que se altera
la vista con una fascinación imperceptible al sentido.
Este modo de visiones ilusorias al sentido no es propia
de los buenos ángeles ni apariciones divinas, aunque es
posible, y, tal pudo ser la voz que oyó Samuel (1 Sam., 3,
4); mas las afecta el demonio por lo que tienen de
engaño, especialmente por los ojos; y así por esto como
porque no tuvo la Reina esta forma de visiones, sólo diré
de las verdaderamente corpóreas, que fueron las que
tenía.
640. En la Escritura hay muchas visiones corporales que
tuvieron los Santos y Patriarcas. Adán vio a Dios
representado por el ángel (Gén., 3, 8); Abrahán a los tres
Ángeles (Gén., 18, 1-2), Santo Profeta y Legislador Moisés
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la zarza (Ex., 3, 2), y muchas veces al mismo Señor.
También han tenido muchas visiones corpóreas e
imaginarias otros que eran pecadores, como Caín (Gén.,
4, 9), Baltasar (Dan., 5, 5), que vio la mano en la pared; y
de las imaginarias tuvo Faraón (Gén., 41, 2) la visión de
las vacas y Nabucodonosor la del árbol (Dan., 4, 2) y
estatua (Dan., 2, 1); y otras semejantes hay en las Divinas
letras. De donde se conoce que para estas visiones
corpóreas e imaginarias no se requiere santidad en el
que las recibe. Pero es verdad que quien tiene alguna
visión imaginaria o corpórea, sin alcanzar luz o alguna
inteligencia, no se llama profeta, ni es perfecta
revelación en el que ve o recibe las especies sensitivas,
sino en el que tiene la inteligencia, que, como dijo
Daniel (Dan., 10, 1), es necesario en la visión; y así
fueron profetas José y el mismo San Daniel, y no Faraón,
ni Baltasar, ni Nabucodonosor. Y aquella será más alta y
excelente visión en razón de visión, que viniere con mayor
y más alta inteligencia, aunque en cuanto a lo aparente
son mayores las que representan a Dios y su Madre
santísima, y después a los Santos por sus grados.
641. El recibir visiones corpóreas cierto es que pide
estar dispuestos los sentidos para percibirlas con ellos.
Las imaginarias muchas veces las envía Dios en sueños,
como al santísimo José (Mt., 1, 20), esposo de María
purísima, y a los Reyes Magos (Mt., 2, 12) y Faraón (Gén,
41, 2), etc. Otras se pueden recibir estando en los
sentidos corporales, que en esto no hay repugnancia.
Pero el modo más común y connatural a estas visiones y a
las intelectuales, es comunicarlas Dios en algún éxtasis o
rapto de los sentidos exteriores; porque entonces están
las potencias interiores todas más recogidas y dispuestas
para la inteligencia de cosas altas y Divinas; aunque
en esto menos suelen impedir los sentidos exteriores
para las visiones intelectuales que para las imaginarias,
porque éstas están más cerca de lo exterior que las
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inteligencias del entendimiento. Y por esta causa, cuando
las revelaciones intelectuales son por especies infusas, o
cuando el afecto no arrebata los sentidos, se reciben
muchas veces, sin perderlos, inteligencias altísimas de
grandes misterios y sobrenaturales.
642. En la Reina del Cielo sucedía esto muchas veces y
casi frecuente; porque si bien tuvo muchos raptos para
la visión beatífica donde siempre es forzoso en los
viadores y también en algunas visiones intelectuales
e imaginarías, pero, aunque estaba de ordinario en sus
sentidos, tenía más altas revelaciones e inteligencias que
todos los Santos y Profetas en sus mayores raptos, donde
vieron tantos misterios. Ni tampoco para las visiones
imaginarias estorbaban a nuestra gran Reina los sentidos
exteriores; porque su dilatado corazón y sabiduría no se
embarazaba con los efectos de admiración y amor, que
suele arrebatar los sentidos en los demás Santos y
Profetas. De las visiones corpóreas que tuvo Su Majestad
de los Ángeles, consta por la anunciación de San Gabriel
Arcángel (Lc., 1, 28). Y aunque del discurso de su vida
santísima no lo digan los Evangelistas, no puede el juicio
prudente y católico poner duda, pues la Reina de los
cielos y de los Ángeles había de ser servida de sus
vasallos; como adelante iremos (Cf. infra n. 761 y passim)
declarando el continuo obsequio que le hacían los de su
guarda, y otros en forma corporal y visible, como se verá
en el capítulo siguiente.
643. Las demás almas deben ser muy circunspectas y
cautelosas en este género de visiones corporales, por
estar más sujetas a peligros, engaños e ilusiones de la
serpiente antigua; quien nunca las apeteciere, excusará
gran parte del peligro. Y si hallando al alma lejos de éste
y otros desordenados afectos, le sucediere alguna visión
corporal o imaginaria, deténgase mucho en creer y en
ejecutar lo que le pide la visión; porque será muy mala
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señal, y propia del demonio, querer luego y sin acuerdo
ni consejo que se le dé crédito y obedezca; lo que no
hacen los Santos Ángeles, como maestros de obediencia
y verdad, prudencia y santidad. Otros indicios y señales
se toman de la causa y efectos de estas visiones para
conocer su seguridad y verdad o engaño; pero yo no me
detengo en esto por no alejarme más de mi intento y
porque me remito a los Doctores y Maestros.

Doctrina de la Reina del Cielo.

644. Hija mía, de la luz que en este capítulo has recibido,
tienes la regla cierta de gobernarte en las visiones y
revelaciones del Señor, que consiste en dos partes. La
una en sujetarlas con humilde y sencillo corazón al juicio
y censura de tus Padres y Prelados, pidiendo con viva fe
les dé luz el Altísimo para que entiendan su voluntad y
verdad Divina y te la enseñen en todo. La otra regla ha
de estar en tu mismo interior; y ésta es atender a los
efectos que hacen las visiones y revelaciones, para
discernirlas con prudencia y sin engaño, porque la virtud
Divina, que obra con ellas, te inducirá, moverá, inflamará
en amor casto y reverencia del Altísimo, al conocimiento
de tu bajeza, a aborrecer la vanidad terrena, a desear el
desprecio de las criaturas, a padecer con alegría, a amar
la cruz y llevarla con esforzado y dilatado corazón, a
desear el último lugar, a amar a quien te persiguiere, a
temer el pecado y aborrecerle, aunque sea muy leve, a
aspirar a lo más puro, perfecto y acendrado de la virtud,
a negar tus inclinaciones, a unirte con el sumo y
verdadero bien. Estas serán infalibles señales de la
verdad con que te visita el Altísimo por medio de sus
revelaciones, enseñándote lo más santo y perfecto de la
ley cristiana y de su imitación y mía.
645. Y para que tú, carísima, pongas por obra esta
doctrina que la dignación del Altísimo te enseña, nunca
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la olvides, ni pierdas de vista los beneficios de habértela
enseñado con tanto amor y caricia; renuncia toda
atención y consolación humana, los deleites y gustos que
el mundo ofrece; y a todo lo que piden las inclinaciones
terrenas te niegas con fuerte resolución, aunque sea en
cosas lícitas y pequeñas; y volviendo las espaldas a todo
lo sensible, sólo quiero que ames el padecer. Esta ciencia
y filosofía Divina te han enseñado, te enseñan y te
enseñarán las visitas del Altísimo, y con ellas sentirás la
fuerza del Divino fuego, que nunca se ha de extinguir en
tu pecho por culpa tuya ni por tibieza. Está advertida,
dilata el corazón y cíñete de fortaleza para recibir y
obrar cosas grandes, y ten constancia en la fe de estas
amonestaciones, creyéndolas, apreciándolas y
escribiéndolas en tu corazón con humilde afecto y estimación
de lo íntimo de tu alma, como enviadas por la
fidelidad de tu Esposo y administradas por mí, que soy tu
Maestra y Señora.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #60                                                 INDICE  Arriba ^^

 

 El Trabajo de Dios
www.theworkofgod.org/Spanish

 Mística Ciudad de Dios, Virgen María - Decláranse las formas y modos de visiones Divinas que tenía la Reina del Cielo y los efectos que en ella causaban.