Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsContinúase la infancia de María Santísima en el Templo; previénela el Señor para trabajos, y muere su padre San Joaquín.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  16    Versos:  660-676


660. Dejamos a nuestra soberana princesa María
Santísima, mediando los años de su infancia en el
Templo, y divirtiendo el discurso para dar alguna noticia
de las virtudes, dones y revelaciones Divinas que, niña
en los años pero adulta en suma sabiduría, recibía de la
mano del Altísimo y ejercitaba con sus potencias. Crecía
la santísima niña en edad y gracia acerca de Dios y de
los hombres; pero con tal correspondencia, que siempre
la devoción era sobre la naturaleza y nunca la gracia se
midió con la edad, pero con el Divino beneplácito y con
los altos fines adonde la destinaba el impetuoso corriente
de la Divinidad, que se iba a represar y sosegar en esta
Ciudad de Dios. Continuaba el Altísimo sus dones y
favores renovando cada hora las maravillas de su brazo
poderoso, como si para sola María Santísima estuviera
reservado. Y correspondía Su Alteza en aquella tierna
edad llenando el corazón del mismo Señor de perfecto y
adecuado beneplácito, y a los Santos Ángeles del cielo
de grande admiración. Era manifiesta a los espíritus
celestiales entre el Altísimo y la Princesa niña una como
porfía y competencia admirable; porque el poder Divino,
para enriquecerla, sacaba cada día de sus tesoros
nuevos y antiguos beneficios (Mt., 13, 52) reservados
para sola María Purísima; y como era tierra bendita, no
sólo no se malograba en ella la semilla de la palabra
eterna y sus dones y favores, ni sólo daba ciento por uno
(Lc. 8, 8) como el mayor de los Santos, pero con admiración
del cielo una tierna niña sobreexcedía en amor,
agradecimiento, alabanza y todas las virtudes posibles a
los más supremos y ardientes Serafines, sin perder
tiempo, lugar, ocasión, ni ministerio en que no obrase lo
sumo, entonces posible, de la perfección.
661. En los tiernos años de su infancia, que ya era
manifiesta su capacidad para leer las Escrituras, leía muy
de ordinario en ellas; y como estaba llena de sabiduría,
confería en su corazón lo que por las Divinas revelaciones
sabía con lo que en las Escrituras estaba revelado para
todos; y en esta lección y conferencias ocultas hacía
peticiones y oraciones continuas y fervorosas por la
redención del linaje humano y Encarnación del Verbo
divino. Leía más de ordinario las Profecías de Isaías y
Jeremías y los Salmos, por estar más expresos y repetidos
en estos Profetas los Misterios del Mesías y de la Ley de
Gracia; y sobre lo que de ellos entendía y comprendía,
preguntaba y proponía cuestiones a los Santos Ángeles
altísimas y admirables; y muchas veces del Misterio de la
Humanidad Santísima del Verbo hablaba con
incomparable ternura, y de que había de ser niño, nacer,
criarse como los demás hombres y que había de nacer de
madre virgen, crecer, padecer y morir por todos los hijos
de Adán.
662. A estas conferencias y preguntas le respondían sus
Ángeles y Serafines, ilustrándola de nuevo,
confirmándola, y caldeando su ardiente y virginal
corazón en nuevas llamas de Divino amor; pero
ocultándole siempre su dignidad altísima, aunque ella
se ofrecía con humildad profundísima muchas veces por
esclava del Señor y de la feliz Madre que había de
elegir para nacer en el mundo. Otras veces,
preguntando a los Ángeles Santos, decía con admiración:
Príncipes y señores míos ¿es posible que el mismo
Criador ha de nacer de una criatura y la ha de tener por
Madre? ¿Que el Omnipotente e Infinito, el que fabricó los
cielos y no cabe en ellos, ha de encerrarse en el vientre
de una mujer y se ha de vestir de una breve naturaleza
terrena? El que viste de hermosura los elementos, los
cielos y a los mismos Ángeles ¿se ha de hacer pasible? ¿Y
que ha de haber mujer de nuestra misma naturaleza
humana, que sea tan dichosa que pueda llamar Hijo al
mismo que de nada la hizo, y que ella se ha de oír llamar
Madre del que es increado y criador de todo el
universo? ¡Oh milagro inaudito! Si el mismo Autor no
le manifestara, ¿cómo podía la capacidad terrena hacer
concepto tan magnífico? ¡Oh maravilla de sus maravillas!
¡Oh felices y bienaventurados los ojos que le vieren y los
siglos que le merecieren! A estos afectos y
exclamaciones amorosas le respondían los Santos
Ángeles, declarándole los sacramentos divinos, fuera de
lo que a ella le tocaba y pertenecía.
663. Cualquiera de los altos, humildes y encendidos
afectos de la niña María eran aquel cabello de la Esposa
que hería el corazón de Dios (Cant., 4, 9) con tan dulce
flecha de amor, que, si no fuera conveniente aguardar la
edad competente y oportuna para concebir y parir al
Verbo humanado, no pudiera a nuestro modo de
entender contenerse el agrado del Altísimo, sin tomar
luego nuestra humanidad en sus entrañas; pero no lo
hizo, aunque desde su niñez en la gracia y merecimientos
estaba ya capaz, porque se disimulara mejor y
ocultara el sacramento de la Encarnación, y la honra de
su Madre Santísima estuviera también más oculta y más
segura, correspondiendo su virginal parto a la edad
natural de otras mujeres; y esta dilación entretenía el
Señor con los afectos y cánticos agradables que a
nuestro entender escuchaba atento en su Hija y Esposa,
que luego había de ser Madre digna del Eterno Verbo. Y
fueron tantos y tan altos los cánticos y salmos que hizo
nuestra Reina y Señora que según la luz que de esto se
me ha dado si quedaran escritos, tuviera la Santa
Iglesia muchos más que de todos los Profetas y
Santos, porque María Purísima dijo y comprendió todo lo
que ellos escribieron; y sobre eso entendió y dijo mucho
más que ellos no alcanzaron. Pero ordenó el Altísimo que
su Iglesia Militante tuviese en las Escrituras de los
Apóstoles y Profetas todo lo necesario con
superabundancia; y lo que reveló a su Madre Santísima,
reservó escrito en su mente Divina, para que en la Iglesia
Triunfante se manifieste lo que fuere conveniente a la
gloria accidental de los Bienaventurados.
664. A más de esto, la Divina dignación condescendió
con la voluntad santísima de María Señora nuestra que,
para engrandecer su prudentísima humildad y dejar a los
mortales este raro ejemplar en tan excelentes virtudes,
siempre quiso ocultar el sacramento del Rey (Tob., 12, 7);
y cuando fue necesario revelarle en algo para el
obsequio de Su Majestad y beneficio de la Iglesia,
procedió María Purísima con tan Divina prudencia, que
siendo Maestra no dejó de ser siempre humildísima
discípula. En su niñez consultaba a los Ángeles Santos y
seguía su consejo; después que nació el Verbo Humanado
tuvo a su Unigénito por Maestro y Ejemplar en todas sus
acciones; y al fin de sus misterios y subida a los cielos
obedecía la gran Reina de todo el universo a los
Apóstoles, como en el discurso de esta Historia diremos.
Y esta fue una de las razones por que San Juan Evangelista,
los misterios que escribió de esta Señora en el
Apocalipsis, los encubrió con tantos enigmas, que se
pudiesen entender de toda la Iglesia Militante o
Triunfante.
665. Determinó el Altísimo que la plenitud de gracias y
virtudes de la princesa María anticipasen el colmo de
merecimientos, extendiéndose a las obras arduas y
magnánimas en el modo posible a sus tiernos años. Y en
una de las visiones que se le manifestó Su Majestad, la
dijo: Esposa y paloma mía, yo te amo con amor infinito, y
de ti quiero lo más agradable a mis ojos y la satisfacción
entera de mi deseo. No ignoras, hija mía, el tesoro oculto
que encierran los trabajos y penalidades que la ciega
ignorancia de los mortales aborrece y que mi Unigénito,
cuando se vista de la naturaleza humana, enseñará el
camino de la Cruz con ejemplo y con doctrina,
dejándola por herencia a sus escogidos, como él mismo
la elegirá para sí, y establecerá la Ley de Gracia,
fundando su firmeza y excelencia en la humildad y
paciencia de la cruz y penalidades; porque así lo pide la
condición de la misma naturaleza de los hombres y
mucho más después que por el pecado quedó
depravada y mal inclinada. Y también es conforme a
mi equidad y providencia, que los mortales alcancen y
granjeen la corona de la gloria por medio de los trabajos
y cruz, por donde se la ha de merecer mi Hijo unigénito
humanado. Por esta razón entenderás, Esposa mía, que
habiéndote elegido con mi diestra para mis delicias y habiéndote
enriquecido de mis dones, no será justo que
mi gracia esté ociosa en tu corazón, ni tu amor carezca
de su fruto, ni te falte la herencia de mis escogidos; y así
quiero que te dispongas a padecer tribulaciones y
penalidades por mi amor.
666. A esta proposición del Altísimo respondió la
invencible María con más constante corazón que todos
los Santos y Mártires han tenido en el mundo, y dijo a Su
Majestad: Señor Dios mío y Rey Altísimo, todas mis
operaciones y potencias y el mismo ser que de vuestra
bondad infinita he recibido, tengo dedicado a vuestro
Divino beneplácito, para que en todo se cumpla según la
elección de vuestra infinita sabiduría y bondad. Y si me
dais licencia para que yo haga elección de alguna cosa,
sólo quiero hacerla del padecer por vuestro amor hasta
la muerte; y suplicaros, bien mío, hagáis de esta esclava
vuestra un sacrificio y holocausto de paciencia aceptable
en vuestros ojos. Yo confieso, Señor y Dios poderoso y
liberalísimo, mi deuda, y que ninguna de las criaturas
debe tan grande retribución, ni todas juntas están tan
empeñadas como yo sola, la más insuficiente para el
descargo que deseo dar a vuestra magnificencia; pero si
el padecer por vos admitís por alguna retribución, vengan
sobre mí todas las tribulaciones y dolores de la muerte;
sólo pido vuestra divina protección y postrada ante el
trono real de Vuestra Majestad infinita os suplico no me
desamparéis. Acordaos, Señor mío, de las promesas
fieles que por nuestros antiguos Padres y Profetas tenéis
hechas a vuestros fieles de favorecer al justo, estar con el
atribulado, consolar al afligido y hacerle sombra y
defenderle en el conflicto de la tribulación;
verdaderas son vuestras palabras, infalibles y ciertas
vuestras promesas; primero faltará el cielo y la tierra que
falten ellas; no podrá la malicia de la criatura extinguir
Vuestra Caridad al que esperare en Vuestra Misericordia;
hágase en mí vuestra voluntad perfecta y santa.
667. Recibió el Altísimo este sacrificio matutino de la
tierna esposa y niña María Santísima, y con agradable
semblante la dijo: Hermosa eres en tus pensamientos,
hija del Príncipe, paloma mía y dilecta mía; yo admito tus
deseos agradables a mis ojos y quiero que en su
cumplimiento entiendas se llega el tiempo en que, por mí
Divina disposición, tu padre Joaquín ha de pasar de la
vida mortal para la inmortal y eterna; su muerte será muy
breve y luego descansará en paz y será puesto con los
Santos en el Limbo, aguardando la Redención de todo el
linaje humano.Este aviso del Señor no turbó ni alteró el
pecho real de la Princesa del Cielo María; pero como el
amor de los hijos a los padres es deuda justa de la misma
naturaleza, y en la santísima niña tenía este amor toda su
perfección, no se podía excusar el natural dolor de
carecer de su santísimo padre Joaquín, a quien
santamente amaba como hija. Sintió la tierna y dulce
niña María este doloroso movimiento compatible con la
serenidad de su magnánimo corazón, y obrando en todo
con grandeza, dando el punto a la gracia y a la
naturaleza, hizo una ferviente oración por su padre
Joaquín. Pidió al Señor le mirase como poderoso y Dios
verdadero en el tránsito de su dichosa muerte y le defendiese
del demonio, singularmente en aquella hora, y le
conservase y constituyese en el número de sus electos,
pues en su vida había confesado y engrandecido su Santo
y admirable Nombre; y para obligar más a Su Majestad,
se ofreció la fidelísima hija a padecer por su padre
Santísimo Joaquín todo lo que el Señor ordenase.
668. Aceptó Su Majestad esta petición y consoló a la
divina niña, asegurándola que asistiría a su padre como
misericordioso y piadoso remunerador de los que le aman
y sirven y que le colocaría entre los Patriarcas Abrahán,
Isaac y Jacob; y la previno de nuevo para recibir y
padecer otros trabajos. Ocho días antes de la muerte del
Santo Patriarca Joaquín tuvo María Santísima otro nuevo
aviso del Señor, declarándole el día y hora en que había
de morir, como en efecto sucedió, habiendo pasado sólo
seis meses después que nuestra Reina entró a vivir en el
Templo. Después que Su Alteza tuvo estos avisos del
Señor, pidió a los doce Ángeles que arriba he dicho (Cf.
supra n. 202, 273, 371) eran los que nombra San Juan en
el Apocalipsis (Sal., 127, 5) asistiesen a su padre
Joaquín en su enfermedad y le confortasen y consolasen
en ella; y así lo hicieron. Y para la última hora de su
tránsito envió a todos los de su guarda y pidió al Señor se
los manifestase a su padre para mayor consuelo suyo.
Concediólo el Altísimo, y en todo confirmó el deseo de su
electa, única y perfecta; y el Gran Patriarca y dichoso
Joaquín vio a los mil Ángeles Santos que guardaban a su
hija María, a cuyas peticiones y votos sobreabundó la
gracia del Todopoderoso; y por su mandado dijeron los
Ángeles a San Joaquín estas razones:
669. Varón de Dios, sea el Altísimo y poderoso tu salud
eterna y envíete de su lugar santo el auxilio necesario y
oportuno para tu alma. María, tu hija, nos envía para
asistir contigo en esta hora que has de pagar a tu Criador
la deuda de la muerte natural. Ella es fidelísima y
poderosa intercesora tuya con el Altísimo, en cuyo nombre
y paz parte de este mundo consolado y alegre,
porque te hizo padre de tan bendita hija. Y aunque Su
Majestad incomprensible, por sus ocultos juicios, no te ha
manifestado hasta ahora el sacramento y dignidad en
que ha de constituir a tu hija, quiere que lo conozcas
ahora, para que le magnifiques y alabes y juntes el júbilo
de tu espíritu con tal nueva al dolor y tristeza natural de
la muerte. María, tu hija y nuestra Reina, es la escogida
por el brazo del Omnipotente para que en sus entrañas
se vista de carne y forma humana el Verbo Divino. Ella ha
de ser la feliz Madre del Mesías y la bendita entre las
mujeres, la superior a todas las criaturas y sólo al mismo
Dios inferior. Tu hija dichosísima ha de ser la Reparadora
de lo que perdió el linaje humano por la primera culpa y
el monte alto donde se ha de formar y establecer la
nueva ley de gracia; y si dejas ya en el mundo su
Restauradora y una hija por quien le prepara Dios el
remedio oportuno, parte de él con júbilo de tu alma, y
bendígate el Señor desde Sión (Sal.,127, 5) y te
constituya entre la parte de los Santos, para que llegues
a la vista y gozo de la feliz Jerusalén.
670. Cuando los Ángeles Santos hablaron a San
Joaquín estas palabras, estaba su esposa Santa Ana
presente, asistiendo a la cabecera de su lecho, y las oyó
y entendió por Divina disposición; y al mismo punto el
Santo Patriarca Joaquín perdió el habla y, entrando en la
vereda común de toda carne, comenzó a agonizar con
una lucha maravillosa entre el júbilo de tan alegre nueva
y el dolor de su muerte. En este conflicto con las
potencias interiores hizo muchos y fervorosos actos de
amor divino, de fe, de admiración, de alabanza, de
agradecimiento y humillación, y otras virtudes ejercitó
heroicamente; y así absorto en el nuevo conocimiento de
tan Divino Misterio, llegó al término de la vida natural
con la preciosa muerte de los santos (Sal., 115, 15). Su
Alma Santísima fue llevada por los Ángeles al Limbo de
los Santos Padres y justos; y para nuevo consuelo y luz de
la prolija noche con que vivían, ordenó el Altísimo que el
alma del Santo Patriarca Joaquín fuese el nuevo
paraninfo y legado de su gran Majestad, que diese parte
a toda aquella congregación de justos cómo amanecía ya
el día de la eterna luz y era nacida el alba María
Purísima, hija de Joaquín y de Ana, de quien nacería el
Sol de la Divinidad, Cristo Reparador de todo el linaje
humano. Estas nuevas oyeron los Santos Padres y Justos
del Limbo, y con el júbilo que recibieron, hicieron nuevos
cánticos de alabanza al Altísimo.
671. Sucedió esta feliz muerte del patriarca San
Joaquín medio año como dije arriba (Cf. supra n. 668)
después que su hija María Santísima entró en el Templo,
que eran tres y medio de su tierna edad, cuando quedó
sin padre natural en la tierra; y de la edad del Patriarca
eran sesenta y nueve años, partidos y divididos en esta
forma: de cuarenta y seis años recibió a Santa Ana por
esposa, a los veinte años del matrimonio tuvieron a María
Santísima, y tres y medio que Su Alteza tenía, hacen los
sesenta y nueve y medio, día más o menos.
672. Difunto el Santo Patriarca y padre de nuestra
Reina, volvieron luego a su presencia los Santos Ángeles
de su custodia, que la dieron noticia de todo lo sucedido
en el tránsito de su padre; y luego la prudentísima niña
solicitó con oraciones el consuelo de su madre Santa Ana,
pidiendo al Señor la gobernase y asistiese como padre
en la soledad que la dejaba la falta de su esposo
Joaquín. Envióle también la misma Santa Ana el aviso de
la muerte, y diéronsele primero a la maestra de nuestra
divina Princesa, para que dándole noticia de ello la
consolase. Hízolo así la maestra, y la niña sapientísima la
oyó con disimulación y agrado, pero con paciencia y
modestia de Reina, y que no ignoraba el suceso que la
refería su maestra por nuevo. Pero como en todo era
perfectísima, se fue luego al Templo repitiendo el
sacrificio de alabanza, humildad, paciencia y otras
virtudes y oraciones, procediendo siempre con pasos tan
acelerados como hermosos (Cant.,7, 1) en los ojos del
Muy Alto. Y para el colmo de estas acciones, como de las
demás, pedía a los Santos Ángeles concurriesen con ella
y la ayudasen a bendecirle y alabarle.
Doctrina que me dio la Reina del cielo.
673. Hija mía, repite muchas veces en tu secreto el
aprecio que debes hacer del beneficio de los trabajos,
que la oculta providencia dispensa con justificación a los
mortales. Estos son los juicios justificados en sí mismos, y
más estimables que las preciosas piedras y el oro, y más
dulces que el panal de miel (Sal., 18, 10-11), para quien
tiene concertado el gusto de la razón. Quiero, alma, que
adviertas que padecer y ser trabajada la criatura sin
culpa, o no, por ellas, es beneficio de que no puede ser
digna sin grande misericordia del Altísimo; y el dar a
padecer por sus culpas, aunque es misericordia, tiene
mucho de justicia. Conforme a esto advierte ahora la
común insania de los hijos de Adán, que todos quieren y
apetecen regalos, beneficios y favores de su gusto
sensibles, y se desvelan y trabajan por arrojar de sí lo
penoso y prevenir que no les toque el dolor de los
trabajos; y siendo así que su mayor dicha fuera
buscarlos con diligencia sin merecerlos, la ponen toda
en desviar lo que merecen, y sin lo que no pueden ser
dichosos ni bienaventurados.
674. Si el oro huye de la hornaza, el hierro de la lima, el
grano del molino y del trillo, las uvas de la prensa, todos
serán inútiles y no se conseguirá el fin para que fueron
criados. Pues ¿cómo se dejan engañar los mortales,
suponiendo que estando llenos de feos vicios y
abominaciones de culpas, sin la hornaza y sin la lima de
los trabajos, han de salir puros y dignos de gozar de Dios
eternamente? Si cuando fueran inocentes no eran aptos
ni beneméritos de conseguir el bien infinito y eterno por
premio y por corona ¿cómo lo serán estando en tinieblas
y en desgracia del mismo Dios? Y sobre todo esto los hijos
de la perdición emplean todo su desvelo en conservarse
indignos y enemigos de Dios y en arrojar de sí la cruz de
los trabajos, que son el camino para volver al mismo Dios,
la luz del entendimiento, desengaño de lo aparente,
alimento de los justos, medio único de la gracia, precio
de la gloria y sobre todo herencia legítima de mi Hijo y
mi Señor que eligió para sí y para sus electos, naciendo y
viviendo siempre en trabajos y muriendo en Cruz.
675. Por aquí, hija mía, has de medir el precio del
padecer, que los mundanos no alcanzan; porque son
indignos de esta ciencia Divina, y como la ignoran la
desprecian. Alégrate y consuélate en las tribulaciones, y
cuando el Altísimo se dignare de enviarte alguna, procura
tú salirle al encuentro, para recibirla como bendición
suya y prenda de su amor y gloria. Dilata tu corazón con
la magnanimidad y constancia, para que en la ocasión
del padecer seas igual y la misma que eres en lo
próspero y en los propósitos; y no cumplas con tristeza lo
que prometes con alegría (2 Cor., 9, 7); porque el Señor
ama a quien es el mismo en dar y en ofrecer. Sacrifica,
pues, tu corazón y potencias en holocausto de paciencia
y cantarás con cánticos nuevos de alegría y alabanza las
justificaciones del Altísimo, cuando en el lugar de tu
peregrinación te señalare y tratare como suya con la
señal de su amistad, que son los trabajos y cruz de las
tribulaciones.
676. Advierte, carísima, que mi Hijo Santísimo y yo
deseamos tener entre las criaturas alguna alma de las
que han llegado al camino de la cruz, a quien
pudiésemos enseñar ordenadamente esta Divina ciencia,
y desviarla de la sabiduría mundana y diabólica, en que
los hijos de Adán con ciega porfía se quieren adelantar y
arrojar de sí la saludable disciplina de los trabajos. Si
quieres ser nuestra discípula entra en esta escuela,
donde sólo se enseña la doctrina de la Cruz, y busca en
ella el descanso y las delicias verdaderas. Con esta
sabiduría no se compadece el amor terreno de los
deleites sensibles y riquezas; no la vana ostentación y
pompa que fascina los flacos ojos de los mundanos,
codiciosos de la honra vana, de lo precioso y grande que
lleva tras de sí la admiración de los ignorantes. Tú, hija
mía, ama y elige para ti la mejor parte y ser de las ocultas
y olvidadas del mundo. Madre era yo del mismo Dios
Humanado y Señora por esta parte de todo lo criado con
mi Hijo Santísimo, pero fui poco conocida, y Su Majestad
muy despreciado de los hombres; y si no fuera esta
doctrina la más estimable y segura, no la enseñáramos
con ejemplo y con palabras: ésta es la luz que luce en las
tinieblas (Jn., 1, 5), amada de los escogidos y aborrecida
de los réprobos.
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