Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsComienza a padecer en su niñez la Princesa del Cielo María Santísima; auséntasele Dios; sus querellas dulces y amorosas.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  17    Versos:  677-688


677. El Altísimo, que con infinita sabiduría dispensa el
gobierno de los suyos en peso y medida (Sab., 11, 21),
determinó ejercitar a nuestra divina Princesa con algunos
trabajos proporcionados a su edad y estado de la niñez,
aunque siempre grande en la gracia, que por este medio
le quería acrecentar con mayor gloria. Muy llena estaba
de sabiduría y gracia nuestra niña María; pero con todo
eso convenía que fuese estudiante de experiencia y en
ella se adelantase y aprendiese la ciencia del padecer
trabajos, que con el uso llega a su última perfección y
valor. En el breve curso de sus tiernos años había gozado
de las delicias del Altísimo y sus regalos de los Santos
Ángeles, también de sus padres, y en el Templo de los de
su maestra y sacerdotes, porque en los ojos de todos era
graciosa y amable; convenía ya que del bien que poseía
comenzase a tener otra nueva ciencia y conocimiento que
se adquiere con la ausencia y privación de él, y nuevo uso
que ocasiona de las virtudes, confiriendo el estado de los
regalos y caricias con el de la soledad, sequedad y
tribulaciones.
678. El primero de los trabajos que padeció nuestra
Princesa fue suspender el Señor las continuas visiones
que la comunicaba; y fue tanto mayor este dolor, cuanto
él era nuevo y desacostumbrado, y más alto y precioso el
tesoro que perdía de vista. Ocultáronsele también los
Santos Ángeles, y con el retiro de tantos, tan excelentes y
divinos objetos que a un mismo tiempo se escondieron de
su vista, aunque no se alejaron de su compañía y
protección, quedó aquella alma purísima a su parecer
como desierta y sola en la noche oscura de la ausencia
de su Amado que la vestía de luz.
679. Hízole novedad este suceso a nuestra Niña Reina;
porque el Señor, aunque la había prevenido por mayor
para recibir trabajos, no la había determinado cuáles
serían. Y como el cándido corazón de la sencillísima
paloma nada podía pensar ni obrar que no fuese fruto de
su humildad y amor incomparable, resolvíase toda en
estas dos virtudes: con la humildad atribuía a su
ingratitud no haber merecido la presencia y posesión del
bien perdido, y con el encendido amor le solicitaba y
buscaba con tales y tan amorosos afectos y dolor, que no
hay palabras para encarecerlo. Convertíase toda al
Señor en aquel nuevo estado que sentía, y díjole:
680. Dios Altísimo y Señor de todo lo criado, en bondad
infinito y rico en misericordias, confieso, Dueño mío, que
tan vil criatura no pudo merecer vuestras favores, y mi
alma con íntimo dolor se recela de su propia ingratitud y
vuestro desagrado. Si ella se ha interpuesto para
eclipsarme el sol que me animaba, vivificaba y alumbraba
y he sido remisa en el retorno de tantos beneficios,
conozca yo, Señor y Pastor mío, la culpa de mi grosero
descuido. Si como ignorante y simple ovejuela no supe
ser agradecida y obrar lo más acepto a vuestros ojos,
postrada estoy en tierra y unida con el polvo, para que
vos, mi Dios, que habitáis en las alturas, me levantéis por
pobre y destituida (Sal., 112, 5-7). Vuestras manos
poderosas me formaron (Job 10, 8) y no podéis ignorar
nuestro figmento (Sal., 102, 14) y en qué vaso depositáis
vuestros tesoros. Mi alma desfallece en su amargura
(Sal., 30, 11); y en vuestra ausencia, que sois su dulce
vida, nadie puede dar alimento a mi deliquio. ¿Adonde
iré de vos ausente? ¿Adonde volveré los ojos sin la luz
que los alumbra? ¿Quién me consolará si todo es pena?
¿Quién me preservará de la muerte sin la vida?
681. Volvíase también a los Santos Ángeles y
continuando sin cesar en sus querellas amorosas, les
hablaba y les decía: Príncipes Celestiales, embajadores
del supremo y gran Rey de las alturas y amigos
fidelísimos de mi alma ¿por qué también me habéis
dejado? ¿Por qué me priváis de vuestra dulce vista y me
negáis vuestra presencia? Pero no me admiro, Señores
míos, de vuestro enojo, si por desgracia mía he
merecido caer en el de vuestro Criador y mío. Luceros de
los cielos, alumbrad en esta mi ignorancia a mi entendimiento
y si tengo culpa corregidme y alcanzad de mi
Dueño me perdone. Nobilísimos cortesanos de la feliz
Jerusalén, doleos de mi aflicción y desamparo; decidme
dónde fue mi amado; decidme donde se ha escondido;
decidme dónde le hallaré sin andar vagueando y
discurriendo por los rebaños de todas las criaturas
(Cant., 1, 6). Pero ¡ay de mí, que tampoco me respondéis
vosotros, siendo tan corteses y que expresamente
conocéis las señas de mi Esposo, porque no os arroja de
la vista de su rostro y hermosura!
682. Convertíase luego al resto de las otras criaturas y
con repetidas ansias de amor hablaba con ellas, y decía:
Sin duda que vosotras, que también estáis armadas
(Sab., 5, 18) contra los ingratos, estaréis indignadas,
como agradecidas, contra quien no lo ha sido; pero si
por la bondad de mi Señor y vuestro me consentís entre
vosotras, aunque yo soy la más vil, no podéis satisfacer a
mi deseo. Muy bellos y espaciosos sois los cielos,
hermosos y refulgentes los planetas y todas las estrellas,
grandes e invencibles los elementos, adornada la tierra
y vestida de plantas olorosas y de yerbas, innumerables
los peces de las aguas, admirables las elevaciones del
mar (Sal., 92, 4), ligeras las aves veloces, los minerales
ocultos, fuertes los animales y todo junto es una
continuada escala y una dulce armonía para llegar a la
noticia de mi Amado; pero son largos rodeos para quien
ama; y cuando por todos camine con presteza, al fin me
quedo y hallo ausente de mi bien; y con la cierta relación
que me dais las criaturas de su hermosura sin medida, no
se quieta mi vuelo, no se templa el dolor, no se modera
mi pena, crece mi congoja, aumentase el deseo,
inflamase el corazón y en el no saciado amor la vida
terrena desfallece. ¡Oh dulce muerte sin mi vida! ¡Oh
penosa vida sin mi alma y sin mi Amado! ¿Qué haré?
¿Adonde volveré? ¿Dónde vivo? Pero ¿dónde muero? Pues
me faltó la vida ¿qué virtud es la que sin ella me
sustenta? ¡Oh vosotras todas las criaturas que con vuestra
repetida conservación y perfecciones me dais tantas
señas de mi Dueño, atended si hay dolor semejante al
mío! (Lam., 1, 12)
683. Otras muchas razones formaba en su pecho y
repetía en su lengua nuestra divina Señora, que no
pueden caer en otro pensamiento criado; porque sola su
prudencia y amor alcanzaron el peso y sentimiento del
ausentarse Dios de una alma, habiéndole gustado y
conocido como la de Su Alteza. Pero si los mismos Ángeles,
como con una emulación amorosa y santa, se
admiraban de ver en una pura criatura y tierna niña tanta
variedad de acciones prudentísimas de humildad, de fe,
de amor, afectos y vuelos del corazón, ¿quién podrá
explicar el agrado y beneplácito del mismo Señor en el
alma de su electa y sus movimientos, que cada uno hería
el corazón de Su Majestad, y procedía de mayor gracia y
amor que cuanto había puesto en los mismos Serafines? Y
si todos ellos a la vista de la Divinidad no sabían ejercer
ni imitar las acciones de María Santísima ni guardar las
leyes del amor con tanta perfección como ella, estando
ausente y escondido el mismo Dios, ¿qué complacencia
sería la que con tal objeto recibía toda la Beatísima Tri
nidad? Oculto misterio es éste para nuestra bajeza; pero
debemos reverenciarle con admiración y admirarle con
toda reverencia.
684. No hallaba nuestra candidísima paloma donde su
corazón pudiera sosegar, ni descansar el pie (Gén., 8, 9)
de sus afectos, que con repetidos vuelos y gemidos
discurrían sobre todas las criaturas. Iba muchas veces al
Señor con lágrimas y suspiros amorosos, volvía y
solicitaba a los Ángeles de su guarda y despertaba a
todas las criaturas, como si fueran todas capaces de
razón; subía a aquella habitación altísima con su
ilustrado entendimiento y ardentísimo afecto, donde el
sumo bien se le hacía encontradizo y gozaba recíprocamente
sus inefables delicias. Pero el supremo Señor y
enamorado Esposo, que se dejaba poseer y no gozar de
su querida, enardecía más y más aquel purísimo corazón
con poseerle, acrecentando sus méritos y poseyéndole de
nuevo por nuevos y ocultos dones, para que más poseído
más le amase y más amado y poseído le buscase con
nuevas invenciones y ansias de amor inflamado. Búsquele
decía la divina Princesa y no le hallé; levantaréme de
nuevo y, discurriendo más por las calles y plazas de la
ciudad de Dios, renovaré mis cuidados (Cant., 3, 1-2).
Pero ¡ay de mí, que mis manos destilaron mirra (Cant., 5,
5), no bastan mis diligencias, no son poderosas mis obras
más de para acrecentar mi dolor! Busqué al que ama mi
corazón, búsquele y no le hallé. Ya mi querido se ausentó;
llámele y no me respondió; volví los ojos a buscarle, pero
las guardas de la ciudad y centinelas y todas las
criaturas me fueron enojosas y me ofendieron con su
vista. Hijas de Jerusalén, almas santas y justas, yo os
ruego, yo os suplico, si encontráredeis a mi querido, le
digáis que desfallezco y muero de su amor (Cant., 3, 1-5).
685. En estas endechas dulces y amorosas se ocupó
continuamente nuestra Reina algunos días, derramando
fragantísimos olores de suavidad aquel humilde nardo,
en sus recelos despreciado del Señor, que descansaba en
el retrete de su fidelísimo corazón. Y la Divina
Providencia, para mayor gloria suya y superabundantes
merecimientos de su Esposa, alargó este plazo de suerte
que se continuó algún tiempo, aunque no fue muy largo;
pero en él padeció la divina Señora más tormentos
espirituales y trabajos que todos los Santos juntos;
porque llegando a sospechar y recelarse si había perdido
a Dios y caído en su desgracia por culpa suya, nadie
puede encarecer ni conocer, fuera del mismo Señor,
cuánto y cuál sería el dolor de aquel ardiente corazón
que tanto supo amar; y para ponderarlo tenía el mismo
Dios, y para sentirlo lo dejaba Su Majestad en los recelos
y temores de haberlo perdido.
Doctrina que me dio mi Señora y Reina.
686. Hija mía, todos los bienes se estiman según el
aprecio que de ellos hacen las criaturas, y en tanto los
aprecian, en cuanto conocen ser bienes; pero como sólo
es uno el verdadero bien, y los demás fingidos y
aparentes, sólo este sumo bien debe ser apreciado y
conocido; y entonces llegarás a darle la estimación y
amor cuando le gustares y conocieres y apreciares sobre
todo lo criado. Por este aprecio y amor se regula el dolor
de perderle; y así entenderás algo de los afectos que yo
sentí cuando se me ausentaba el bien eterno, dejándome
temerosa si acaso por culpas le perdía. Y es sin duda que
muchas veces el dolor de estos recelos y la fuerza del
amor me privaran de la vida, si el mismo Señor no la
conservara.
687. Pondera, pues, ahora, cuál debe ser el dolor de
perder a Dios verdaderamente por pecados, si en una
alma que no siente los malos efectos de la culpa puede
causar tanto dolor la ausencia del verdadero bien;
siendo así que no le pierde, antes le posee, aunque
disimulado y oculto a su propio dictamen. Esta
sabiduría no llega a la mente de los hombres carnales,
antes con estultísima ceguedad aprecian el aparente: y
fingido bien y se atormentan y desconsuelan de que les
falte. Pero del sumo y verdadero bien no hacen
concepto ni estimación, porque nunca le gustaron ni
conocieron. Y aunque esta ignorancia formidable
contraída por el primer pecado la desterró mi Hijo
Santísimo, mereciéndoles la Fe y la Caridad, para que
pudiesen conocer y gustar en algún modo el bien que
nunca habían experimentado, pero ¡ay dolor! que la
caridad se pierde y por cualquier deleite se pospone y
la fe quedando ociosa y muerta no aprovecha; y así
viven los hijos de las tinieblas, como si de la eternidad
sólo tuviesen una fingida o dudosa relación.
688. Teme, alma, este peligro nunca bastantemente
ponderado; desvélate y vive siempre advertida y
prevenida contra los enemigos que jamás duermen. Tu
meditación de día y de noche sea cómo trabajarás para
no perder el sumo bien que amas. No te conviene dormir
ni dormitar entre invisibles enemigos, y si tal vez se te
escondiere tu amado, espera con paciencia y búscale con
solicitud sin descansar, que no sabes sus ocultos juicios; y
para el tiempo de la ausencia y tentación lleva prevenido
el aceite (Mt., 25, 4) de la Caridad y sana intención, para
que no te falte y seas reprobada con las vírgenes estultas
y necias.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #65                                                 INDICE  Arriba ^^

 

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