Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsContinúanse otros trabajos de nuestra Reina y algunos que permitió el Señor por medio de criaturas y de la antigua serpiente.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  18    Versos:  689-712


689. Perseveraba siempre el Altísimo escondido y oculto
con la Princesa del Cielo; y a este trabajo, que era el
mayor, añadió Su Majestad otros con que se acrecentase
el mérito, la gracia y la corona, inflamándose más el
castísimo amor de la divina Señora. El Dragón grande y
antigua serpiente Lucifer estaba atento a las obras
heroicas de María Santísima; y si bien de las interiores no
podía ser testigo de vista, porque se las ocultaron, pero
estaba en asechanza de las exteriores, que eran tan
altas y perfectas cuanto bastaba para atormentar la
soberbia e indignación de este envidioso enemigo;
porque le ofendía sobre toda ponderación la pureza y
santidad de la niña María.
690. Movido con este furor juntó un conciliábulo en el
infierno, para consultar sobre este negocio a los
superiores príncipes de las tinieblas, y congregados les
propuso este razonamiento: El gran triunfo que hoy
tenemos en el mundo con la posesión de tantas almas
como rendimos a nuestra voluntad, me recelo y temo se
ha de ver deshecho y humillado por medio de una mujer;
y no podemos ignorar este peligro, pues le conocimos en
nuestra creación y después se nos notificó la sentencia
que la mujer nos quebrantaría la cabeza (Gén., 3, 15);
por lo cual nos conviene estar en vela y no tener
descuido. Noticia tenéis ya de una niña que nació de Ana
y va creciendo en edad y juntamente señalándose en
virtudes; yo he puesto mi atención en todas sus acciones,
movimientos y obras y no he reconocido, al tiempo común
de entrar en el discurso y llegar a sentir sus pasiones
naturales, que en ella se descubran los efectos de
nuestra semilla y malicia como en los demás hijos de
Adán se manifiestan. Véola siempre compuesta y
perfectísima, sin poderla inclinar ni reducir a las
parvuleces pecaminosas y humanas o naturales de otros
niños, y por estos indicios me recelo si ésta es la
escogida para Madre del que se ha de hacer hombre.
691. Pero no me puedo persuadir a esto; porque nació
como los demás y sujeta a las leyes comunes de la
naturaleza, y sus padres hicieron oración y ofrendas para
que a ellos y a ella les fuera perdonada la culpa, siendo
llevada al templo como las demás mujeres. Con todo
eso, aunque no sea ella la escogida contra nosotros,
tiene grandes principios en su niñez y prometen para
adelante señalada virtud y santidad, y no puedo tolerar
su modo de proceder con tanta prudencia y discreción. Su
sabiduría me abrasa, su modestia me irrita, su paciencia
me indigna y su humildad me destruye y oprime y toda
ella me provoca a insufrible furor y la aborrezco más que
a todos los hijos de Adán. Tiene no sé qué virtud especial,
que muchas veces quiero llegar a ella y no puedo, y si le
arrojo sugestiones no las admite, y todas mis diligencias
con ella hasta ahora se han desvanecido sin tener efecto.
Aquí nos importa a todos el remedio y poner mayor
cuidado para que nuestro principado no se arruine. Yo
deseo más la destrucción de esta alma sola que de todo
el mundo. Decidme, pues, ahora, qué medios, qué
arbitrios tomaremos para vencerla y acabar con ella; que
yo ofrezco los premios de mi liberalidad a quien lo
hiciere.
692. Ventilóse el caso en aquella confusa sinagoga,
sólo para nuestro daño concertada, y entre otros
pareceres dijo uno de aquellos horribles consiliarios:
Príncipe y señor nuestro, no te atormentes con tan
pequeño cuidado, que una mujercilla flaca no será tan
invencible y poderosa como lo somos todos los que te
seguimos. Tú engañaste a Eva (Gén., 3, 4), derribándola
del feliz estado que tenía, y por ella venciste a su cabeza
Adán; pues ¿cómo no vencerás a esa Mujer su
descendiente, que nació después de su primera caída?
Prométete desde luego esta victoria; y para conseguírla
determinemos, aunque resista muchas veces, perseverar
en tentarla; y si necesario fuere que deroguemos en
alguna cosa nuestra grandeza y presunción, no
reparemos en ello a trueco de engañarla; y si no bastare,
procuraremos destruir su honra, y quitarémosle la vida.
693. Otros demonios añadieron a esto, y dijeron a
Lucifer: Experiencia tenemos, ¡oh poderoso príncipe!, que
para derribar muchas almas es medio poderoso valemos
de otras criaturas como eficaz medio para obrar lo que
por nosotros mismos no alcanzamos, y por este camino
trazaremos y fabricaremos la ruina de esta mujer,
observando para esto el tiempo y coyunturas más
oportunas que nos ofreciere con su proceder. Y sobre
todo importa que apliquemos nuestra sagacidad y
astucia para que una vez pierda la gracia con algún
pecado y, en faltándole este apoyo y protección de los
justos, la perseguiremos y comprenderemos como a quien
está sola y sin haber en ella quien la pueda librar de
nuestras manos, y trabajaremos hasta reducirla a la
desconfianza del remedio.
694. Agradeció Lucifer estos arbitrios y esfuerzo que le
dieron sus secuaces cooperadores de la maldad, y
recíprocamente les mandó y exhortó le acompañasen los
más astutos en la malicia, constituyéndose de nuevo por
caudillo de tan ardua empresa; porque no la quiso fiar de
otras manos que las suyas. Y aunque le asistían otros
demonios, pero el mismo Lucifer en persona se halló
siempre el primero en tentar a María y a su Hijo
Santísimo en el desierto, y en el discurso de sus vidas,
como en ésta veremos adelante.
695. Por todo este tiempo nuestra divina Princesa
continuaba las congojas y dolor de la ausencia de su
Amado, cuando aquella infernal cuadrilla embistió de
tropel para tentarla. Pero la virtud Divina que la hacía
sombra impidió los conatos de Lucifer para que no
pudiese acercarse mucho a ella, ni ejecutar todo lo que
intentaba; pero con permiso del Altísimo le arrojaban en
sus potencias muchas sugestiones y pensamientos varios
de suma iniquidad y malicia; porque no extrañó el Señor
que la Madre de la Gracia fuese también tentada en
todo, pero sin pecado (Heb., 4, 15), como lo había de ser
después su Hijo Santísimo.
696. En este nuevo conflicto no se puede fácilmente
concebir cuánto padeció el purísimo y candidísimo
corazón de María, viéndose rodeada de sugestiones tan
extrañas y distantes de su inefable pureza y de la alteza
de sus divinos pensamientos. Y como la antigua serpiente
la reconocía a la gran Señora afligida y llorosa, pretendió
con esto cobrar mayor esfuerzo, cegándole su misma
soberbia, porque ignoraba el secreto del cielo. Pero
animando a sus infernales ministros, les dijo:
Persigámosla ahora, persigámosla, que ya parece
logramos nuestros intentos y siente la tristeza, camino de
la desconfianza.Y con este engaño le enviaron nuevos
pensamientos de desmayo y desconfianza y con terribles
imaginaciones la combatieron, aunque en vano, porque
herida la piedra de la generosa virtud, con mayor fuerza
despide más centellas y fuego de divino amor. Estuvo
nuestra invencible Reina tan superior e inmóvil a la
batería del infierno, que en su interior ni se alteró, ni dio
por entendida a tantas sugestiones, más de para
reconcentrarse en sus incomparables virtudes y levantar
más la llama del divino incendio de amor que en su
pecho ardía.
697. Como ignoraba el Dragón la oculta sabiduría y
prudencia de nuestra Soberana Princesa, aunque la
reconocía fuerte y sin turbarle las potencias, y sentía la
resistencia de la virtud Divina, con todo eso perseveraba
en su antigua soberbia, acometiendo a la Ciudad de Dios
por diversos modos y baterías. Pero, aunque el astuto
enemigo con un mismo afecto mudaba los ingenios,
venían a ser sus máquinas como las de una débil hormiga
contra un muro diamantino. Era nuestra Princesa la mujer
fuerte, de quien se puede fiar el corazón de su varón
(Prov., 31, 11) sin recelos de hallar frustrados sus deseos.
Era su adorno la fortaleza que la llenaba de hermosura; y
su vestido que le servía de gala, eran la Pureza y
Caridad. No podía sufrir la inmunda y altiva serpiente
este objeto, cuya vista le deslumbraba y turbaba con
nueva confusión; y así trató de quitarla la vida,
forcejando mucho en esto todo aquel escuadrón de
espíritus malignos; y en este conato gastaron algún
tiempo, sin más efecto que en los demás.
698. Grande admiración me ha hecho el conocimiento
de este sacramento tan oculto, considerando a lo que se
extendió el furor de Lucifer contra María Santísima en sus
primeros años, y por otra parte la oculta y vigilante
protección del Altísimo para defenderla. Veo al Señor
cuán atento estaba a su Esposa electa y única entre las
criaturas; y miro juntamente a todo el infierno convertido
en furor contra ella, y estrenando la suma indignación
que hasta entonces no había ejecutado con otra criatura,
y la facilidad en que el poder Divino desvanecía todo el
poder y astucia infernal. ¡Oh más que infeliz y mísero
Lucifer, cuánto es mayor tu soberbia y arrogancia que tu
fortaleza! (Is., 16, 6) Muy débil y enano eres para tan loca
presunción; desconfía ya de ti y no te prometas tantos
triunfos, pues una tierna niña quebrantó tu cabeza, y en
todo y por todo te dejó vencido. Confiesa que vales y
sabes poco, pues ignoraste el mayor sacramento del Rey,
y que te humilló su poder con el instrumento que tú
despreciabas, de una mujer flaca y niña en la
condición de su naturaleza. ¡Oh cómo sería grande tu
ignorancia, si los mortales se valiesen de la protección
del Altísimo, y del ejemplar e imitación e intercesión de
esta victoriosa y triunfadora Señora de los Ángeles y los
hombres!
699. Entre estas alternadas tentaciones y combates era
incesante la oración fervorosa de María Santísima, y
decía al Señor: Ahora, Dios mío Altísimo, que estoy en la
tribulación, estaréis conmigo (Sal., 90, 15); ahora que de
todo mi corazón os llamo y busco vuestras justificaciones
(Sal., 118, 145), llegarán mis peticiones a vuestros oídos;
ahora que padezco tan gran violencia, responderéis por
mí (Is., 38, 14); vos, Señor y Padre mío, sois mi fortaleza y
mi refugio (Sal., 30, 4), y por vuestro santo nombre me
sacaréis del peligro, me encaminaréis para el seguro
camino y me alimentaréis como hija vuestra.Repetía
también muchos misterios de la Sagrada Escritura, y en
especial los Salmos que hablan contra los enemigos
invisibles; y con estas invencibles armas, sin perder un
átomo de la paz, igualdad y conformidad interior, antes
confirmándose más en ella, elevado su purísimo
espíritu en las alturas, peleaba, resistía y vencía a
Lucifer con incomparable agrado del Señor y
merecimientos.
700. Vencidas ya estas ocultas tentaciones y peleas,
comenzó otro nuevo duelo la serpiente por medio e
intervención de las criaturas, y para esto arrojó
ocultamente algunas centellas de envidia y emulación
contra María Santísima en el pecho de las doncellas
compañeras suyas, que asistían en el Templo. Este
contagio tenía el remedio tanto más dificultoso, cuanto se
ocasionaba de la puntualidad con que nuestra divina
Princesa acudía al ejercicio de todas las virtudes,
creciendo en sabiduría y gracia para con Dios y con los
hombres; que donde pica la ambición de la honra, las
mismas luces de la virtud encandilan el juicio y le
deslumbran, y aun encienden la llama de la envidia.
Administrábales el Dragón a las simples doncellas
muchas sugestiones interiores, persuadiéndolas que a
vista del sol de María Santísima quedaban ellas
oscurecidas y poco estimadas y que sus propias
negligencias eran más conocidas de la maestra y de los
sacerdotes y que sola María sería la preferida en estado
y estimación de todos.
701. Admitieron esta mala semilla en su pecho las
compañeras de nuestra Reina y, como poco advertidas y
ejercitadas en las batallas espirituales, la dejaron crecer
hasta que llegó a redundar en interior aborrecimiento
con la Purísima María. Este odio pasó a indignación, con
que la miraban y trataban no pudiendo sufrir la modestia
de la cándida paloma; porque el Dragón las incitaba,
revistiendo a las incautas doncellas del mismo furor
que él había concebido contra la Madre de las
virtudes. Perseverando más la tentación se fue también
manifestando en los efectos y llegaron las doncellas a
conferirla entre sí mismas, ignorando de qué espíritu
eran; y concertaron molestar y perseguir a la Princesa del
mundo, no conocida, hasta despedirla del Templo; y
llamándola aparte, la dijeron palabras muy pesadas,
tratándola con modo muy imperioso de gestera,
hipócrita y que sólo trataba de granjear con artificio la
gracia de la Maestra y sacerdotes y desacreditar a las
demás compañeras, murmurando de ellas y encareciendo
sus faltas, siendo ella la más inútil de todas, y que por
esto la aborrecían como al enemigo.
702. Estas contumelias y otras muchas oyó la
prudentísima Virgen sin recibir turbación alguna, y con
igual humildad respondió: Amigas y señoras mías, razón
tenéis por cierto que yo soy la menor y más imperfecta
de todas; pero vosotras, mis hermanas, como más
advertidas habéis de perdonar mis faltas y enseñar mi
ignorancia, encaminándome para que acierte en hacer lo
mejor y en daros gusto. Yo os suplico, amigas, que
aunque soy tan inútil, no me neguéis vuestra gracia, no
creáis de mí que deseo desmerecerla, porque os amo y
reverencio como sierva y lo seré en todo lo que gustareis;
haced experiencia de mi buena voluntad; mandadme,
pues, y decidme lo que de mí queréis.
703. No ablandaron estas humildes y suaves razones de
la modestísima María el pecho endurecido de sus amigas
y compañeras, poseídas de la saña furiosa que el Dragón
tenía contra ella; antes irritándose él más, las incitaba e
irritaba también a ellas, para que con la dulce triaca se
entumeciesen más la mordedura y veneno serpentino
derramado contra la mujer que había sido señal grande
en el cielo (Ap., 12, 15). Fuese continuando muchos días
esta persecución, sin que fuesen poderosas la humildad,
paciencia, modestia y tolerancia de la divina Señora para
templar el odio de sus compañeras; antes se avanzó el
demonio a proponerles muchas sugestiones llenas de
temeridad, para que pusiesen las manos en la
humildísima cordera y la maltratasen, y aun le quitasen
la vida. Pero el Señor no permitió que tan sacrílegos
pensamientos se ejecutasen, y a lo que más se
extendieron fue a injuriarla de palabra y darle algunos
empellones. Pasaba esta batalla en secreto, sin haber
llegado a noticia de la Maestra ni de los sacerdotes; y en
este tiempo la Santísima María granjeaba incomparables
merecimientos y dones del Altísimo con la materia que
se le ofrecía de ejercitar todas las virtudes con Su
Majestad y con las criaturas que la perseguían y
aborrecían. Con ellas hizo heroicos actos de Caridad y
humildad, dando bien por mal, bendiciones por
maldiciones, obsecraciones por blasfemias (1 Cor., 4, 12-
13) y cumpliendo en todo con lo perfecto y más alto de la
Divina Ley. Con el Altísimo ejercitó las más excelentes
virtudes, rogando por las criaturas que la perseguían,
humillándose con admiración de los Ángeles, como si
fuera la más vil de los mortales y merecedora de lo que
con ella hacían; y todas estas obras excedían al juicio de
los hombres y al más alto merecimiento de los Serafines.
704. Sucedió un día que, atropelladas aquellas mujeres
de la tentación diabólica, llevaron a la princesa María a
un aposento retirado y, pareciéndoles estaban más a su
salvo, la llenaron de injurias y contumelias desmedidas
para irritar su mansedumbre y desquiciar su inmóvil
modestia con algún desairado ademán. Pero como la
Reina de las virtudes no podía ser esclava de algún vicio
ni por sólo un instante, mostróse más invencible su
paciencia cuando fue más necesaria, y las respondió
con mayor agrado y dulzura. Ofendidas ellas de no
conseguir su desordenado intento, alzaron la voz
destempladamente, de manera que siendo oídas en el
Templo, fuera de lo que se acostumbraba, causaron
grande novedad y confusión. Acudieron al ruido los
sacerdotes y Maestra y, dando lugar el Señor a esta
nueva aflicción de su Esposa, preguntaron con severidad
la causa de aquella inquietud. Y callando la mansísima
paloma, respondieron las otras doncellas con mucha
indignación, y dijeron: María de Nazaret nos trae a todas
inquietas y alteradas con su terrible condición, y fuera de
vuestra presencia nos desconsuela y provoca, de suerte
que si no sale del Templo no será posible tener todas paz
con ella. Si la sufrimos, es altiva, y si la reprendemos se
burla de todas, postrándose a los pies con fingida
humildad, y después lo murmura y lo inquieta todo entre
nosotras.
705. Los sacerdotes y Maestra llevaron a otro aposento
a la Señora del mundo y allí la reprendieron con la
severidad consiguiente al crédito que dieron por
entonces a sus compañeras; y habiéndola exhortado que
se enmendase y procediese como quien vivía en la casa
de Dios, la amenazaron que si no lo hacía la despedirían
y echarían del templo. Y esta amenaza fue el mayor
castigo que pudieron darle, aunque hubiera tenido
alguna culpa, siendo ignorante en todas las que le
imputaban. Quien tuviere del Señor inteligencia y luz
para conocer alguna parte de la profundísima humildad
de María Santísima, entenderá algo de los efectos que en
su candidísimo corazón obraban estos misterios; porque
se juzgaba por la más vil de los nacidos y la más indigna
de vivir entre ellos y pisar la tierra. Enternecióse un poco
la Prudentísima Virgen con esta conminación y con
lágrimas respondió a los Sacerdotes, y les dijo: Señores,
yo agradezco el favor que me hacéis con reprenderme y
enseñarme como a tan imperfecta y vil mujer; pero
suplicóos me perdonéis, pues sois Ministros del Altísimo,
y disimulando mis defectos me gobernéis en todo para
que yo acierte mejor que hasta ahora a dar gusto a Su
Majestad y a mis hermanas y compañeras; que con la
gracia del Señor lo propongo de nuevo y comenzaré
desde hoy.
706. Añadió nuestra Reina otras razones llenas de
dulcísima candidez y modestia; con que la dejaron la
Maestra y Sacerdotes, advirtiéndola de nuevo de la
misma doctrina de que ella era sapientísima Maestra.
Fuese luego a las demás compañeras y doncellas y
postrándose a sus pies les pidió perdón, como si los
defectos que la imputaban pudieran caer en la que era
Madre de la inocencia. Admitiéronla ellas mejor por
entonces, juzgando que sus lágrimas eran efecto del
castigo y reprensión de los Sacerdotes y Maestra, a
quienes habían reducido a su intento mal gobernado. El
Dragón, que ocultamente iba urdiendo esta tela, levantó
a mayor altivez y presunción los incautos corazones de
todas aquellas mujeres y, como habían hecho camino en
el de los mismos Sacerdotes, prosiguieron con mayor
audacia en desacreditar y descomponer con ellos a la
Purísima Virgen. Para esto fabricaron nuevas
fabulaciones y mentiras con instinto del mismo Demonio;
pero nunca dio lugar el Altísimo que se dijese ni
presumiese cosa muy grave ni indecente de la que tenía
escogida para Madre Santísima de su Unigénito. Y sólo
permitió que la indignación y engaño de las doncellas del
templo llegase a encarecer mucho algunas pequeñas
aunque fingidas faltas que la imputaban, y que por mayor
hiciesen muchas hazañerías mujeriles; cuanto bastaba
para que ellas declarasen su inquietud y con ella y con
las reprensiones de la Maestra y Sacerdotes tuviese
nuestra humildísima Señora María ocasión de ejercitar
las virtudes y acrecentar los dones del Altísimo y el colmo
de merecimientos.
707. Todo lo hacía nuestra Reina con plenitud de agrado
en los ojos del Señor, que se recreaba con el olor
suavísimo de aquel humilde nardo (Cant., 1, 11),
maltratado y despreciado de las criaturas que no le
conocían. Repetía sus clamores y gemidos por la
ausencia continuada de su amado, y en una de estas
ocasiones le dijo: Sumo bien y Señor mío de misericordias
infinitas, si vos que sois mi Dueño y mi Hacedor me habéis
desamparado, no es mucho que todo el resto de las
criaturas me aborrezcan y se conviertan contra mí. Todo
lo merece mi ingratitud a vuestros beneficios; pero
siempre os reconozco y os confieso por mi refugio y mi
tesoro; Vos sólo sois mi bien, mi amado y descanso, y si lo
sois y os tengo ausente ¿cómo sosegará mi afligido
corazón? Las criaturas hacen conmigo lo que deben, pero
aun no llegan a tratarme como merezco, porque Vos,
Señor y Padre mío, en afligir sois parco y en premiar
liberalísimo. Descontad, Señor, mis negligencias con el
dolor de haberos ocultado a mi interior y pagad con larga
mano el bien que Vuestras criaturas me granjean,
obligándome a conocer más Vuestra bondad y mi vileza;
levantad, Señor, a la menesterosa del polvo de la tierra
(1 Sam., 2, 8) y renovad a la que es pobre y vilísima entre
las criaturas, y vea yo Vuestro Divino Rostro y seré salva
(Sal., 79, 4).
708. No será posible ni necesario referir todo lo que
sucedió a nuestra gran Princesa en esta prueba de sus
virtudes; pero, dejándola por ahora en ella, será vivo
ejemplar para llevar con dilatación cualquiera trabajo los
que necesitamos de las penas y de duros golpes para
satisfacer nuestros pecados y domar nuestra cerviz al
yugo de la mortificación. No cometió culpa ni se halló
dolo en nuestra inocentísima paloma, y padeció con
humilde silencio y tolerancia ser de balde aborrecida y
perseguida; pues hallémonos en su presencia
confundidos los que una leve injuria que todas son muy
leves para quien tiene a Dios por enemigo reputamos
por irreparable ofensa hasta vengarla. Poderoso era el
Altísimo para desviar de su escogida y Madre cualquiera
persecución y contrariedad, pero, si en esto usara de su
poder, no le manifestara en conservarla perseguida, ni le
diera prendas tan seguras de su amor, ni ella consiguiera
el dulce fruto de amar a los enemigos y perseguidores.
Indignos nos hacemos de tanto bien cuando en los
agravios levantamos el grito contra las criaturas y el
corazón soberbio contra el mismo Dios que en todo las
gobierna, y no se quieren sujetar a su Hacedor y Justificador
que sabe de lo que necesitan para su salud.
Doctrina de la Reina del Cielo María Santísima.
709. Pues adviertes, hija mía, en el ejemplar de estos
sucesos, quiero que él te sirva de doctrina y enseñanza
para que con aprecio la escondas en tu pecho,
dilatándole para recibir con alegría las persecuciones y
calumnias de las criaturas, si fueres participante de este
beneficio. Los hijos de perdición que sirviendo a la
vanidad ignoran el tesoro de padecer injurias y
perdonarlas, hacen honra de la venganza, que aun en los
términos de la ley natural es la mayor vileza y fealdad de
todos los vicios; porque se opone más a la razón natural y
nace de corazón no humano sino brutal o ferino y, por el
contrario, el que perdona las injurias y las olvida
aunque no tenga Fe Divina ni luz del Evangelio por esta
magnanimidad se hace superior, como rey de la misma
naturaleza; porque tiene de ella lo más noble y excelente
y no paga el vilísimo tributo de hacerse fiera irracional
con la venganza.
710. Y si tanto se opone el vicio de la venganza con la
misma naturaleza, considera, carísima, qué oposición
tendrá con la gracia y cuán odioso y aborrecible será el
vengativo en los ojos de mi Hijo Santísimo, que se hizo
hombre, murió y padeció sólo por perdonar y para que el
linaje humano alcanzase perdón de las injurias cometidas
contra el mismo Señor. Contra esta intención y
obras suyas y contra su misma naturaleza y bondad
infinita se opone la venganza; y cuanto en ella es, el
vengativo destruye todo punto al mismo Dios y sus obras;
y así merece singularmente por este pecado que le
destruya Dios con todo su poder. Entre el que perdona y
sufre las injurias y entre el vengativo, hay la misma
diferencia que entre el hijo único y heredero y el enemigo
mortal: éste provoca toda la fuerza de la indignación de
Dios y el otro merece todos los bienes y los adquiere;
porque en esta gracia es imagen perfectísima del Padre
Celestial.
711. Quiero, alma, entiendas que padecer las injurias
con igualdad de corazón y perdonarlas enteramente por
el Señor, será más grato a sus ojos que si por tu voluntad
hicieres rígidas penitencias y derramares tu propia
sangre. Humíllate a los que te persiguen, ámalos y ruega
por ellos con verdadero corazón; y con esto rendirás a tu
amor el corazón de Dios, subirás a lo perfecto de la
santidad y vencerás a todo el infierno. Aquel gran Dragón
que a todos persigue, le confundía yo con la humildad y
mansedumbre y no podía su furor tolerar estas virtudes y
más veloz que un rayo huía por ellas de mi presencia; y
así alcancé con ellas grandes victorias para mi alma y
gloriosos triunfos para la exaltación de divinidad. Cuando
alguna criatura se movía contra mí, no concebía
indignación contra ella, porque de verdad conocía era
instrumento del Altísimo, gobernado por su Providencia
para mi bien propio; y este conocimiento y considerarla
hechura de mi Señor y capaz de su gracia, me atraían
para que la amase con verdad y fuerza, y no sosegaba
hasta remunerarle este beneficio con alcanzarle, en
cuanto me era posible, la salvación eterna.
712. Procura, pues, y trabaja por imitar lo que has
entendido y escrito, y muéstrate mansísima, pacífica y
agradable a los que te fueren molestos; estímalos con
verdad en tu corazón; y no tomes venganza del mismo
Señor por tomarla de sus instrumentos, ni desprecies la
estimable margarita de las injurias; y cuanto es de tu
parte dales siempre bien por mal (Rom., 12, 14),
beneficios por agravios, amor por aborrecimientos,
alabanzas por vituperios, bendición por maldición; y
serás hija perfecta de tu Padre (Mt., 5, 45) y esposa
amada de tu Dueño, mi amiga y mi carísima.
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