Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsManifiéstase el Altísimo a su dilecta María nuestra Princesa con un singular favor.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  20    Versos:  728-741


728. Sentía ya nuestra divina Princesa que se llegaba el
claro día de la vista deseada del sumo bien y, como por
crepúsculos y anuncios, reconocía en sus potencias la
fuerza de los rayos de aquella luz Divina que ya se le
acercaba. Enardecíase toda con la vecindad de la
invisible llama que alumbra y no consume, y retocado su
espíritu con los asomos de esta nueva claridad
preguntaba a sus Ángeles y les decía: Amigos y señores,
centinelas mías vigilantes y fidelísimas, decidme: ¿qué
hora es de mi noche? ¿y cuándo llegará el alba de mi
claro día en que verán mis ojos al Sol de Justicia que los
alumbra y da vida a mis afectos y espíritu?
Respondiéronla los Santos Príncipes, y dijeron: Esposa del
Altísimo, cerca está vuestra deseada verdad y luz y no
tardará mucho, que ya viene.Con esta respuesta se
corrió algo la cortina que encubría la vista de las sustancias
espirituales y se le manifestaron los Santos
Ángeles y los vio, como solía, en su mismo ser, sin estorbo
ni dependencia del cuerpo ni sentidos.
729. Y con estas esperanzas y con la vista de los espíritus
divinos se alentaron algo las ansias de María Santísima
por la vista de su amado. Pero aquel linaje de amor que
busca al objeto nobilísimo de la voluntad sólo con él se
satisface, y sin él, aunque sea con los mismos ángeles y
santos, no descansa el corazón herido de las flechas del
Todopoderoso. Con todo eso alegre nuestra divina
Princesa con este refrigerio, habló a los Ángeles y les
dijo: Príncipes soberanos y luceros de la inaccesible luz
donde mi amado habita, ¿por qué tan largo tiempo he
desmerecido vuestra vista? ¿En qué os desagradé
faltando a vuestro gusto? Decidme, mis señores y
maestros, en qué fui negligente, para que no me
desamparéis por culpa mía.Señora y Esposa del
Todopoderoso respondieron ellos a la voz de nuestro
Criador obedecemos y por su santa voluntad nos
gobernamos todos, y como a espíritus que somos suyos
nos envía y ordena lo que es de su servicio; mandónos
ocultar de vuestra vista cuando encubrió la suya, pero
que disimulados asistiéramos cuidadosos a vuestro
amparo y defensa; y así lo hemos cumplido estando en
vuestra compañía, aunque encubiertos a la vista.
730. Decidme, pues, ahora replicó María Santísima
dónde está mi dueño, mi bien, mi Hacedor; decidme si le
verán mis ojos luego o si por ventura le tengo disgustado,
para que esta vilísima criatura llore amargamente la
causa de su pena. Ministros y embajadores del Supremo
Rey, doleos de mi aflicción amorosa, y dadme señas de
mi amado.Luego, Señora le respondieron, veréis al
que desea vuestra alma, entretenga la confianza vuestra
dulce pena; no se niega nuestro Dios a quien le busca tan
de veras; grande es, Señora, el amor de su bondad con
quien le admite y no será escaso en satisfacer vuestros
clamores.Llamábanla los Santos Ángeles Señora, y sin
recelo, así como seguros de su prudentísima humildad,
como porque disimulaban este honroso título con el de
Esposa del Altísimo, habiendo sido testigos del
desposorio que con la Reina celebró Su Majestad. Y como
su sabiduría pudo disponer que, ocultándole los ángeles
sólo el título y dignidad de Madre del Verbo hasta su
tiempo, en lo demás le diesen grande reverencia, así la
trataban con ella en muchas demostraciones, aunque en
lo oculto la respetaban mucho más que en lo manifiesto.
731. Entre estas conferencias y coloquios amorosos
aguardaba la divina Princesa la llegada de su Esposo y
sumo bien, cuando los Serafines que la asistían
comenzaron a prepararla con nueva iluminación de sus
potencias, prenda cierta y exordio del bien que la
esperaba. Pero como estos beneficios encendían más
la ardiente llama de su amor, y aún no se conseguía su
deseado fin, crecía siempre el movimiento de sus
congojas amorosas, y con ellas, hablando con los
Serafines, les dijo: Espíritus supremos que estáis más
inmediatos a mi bien, espejos lucidísimos donde
reverberando su retrato le solía mirar con alegría de mi
alma, decidme ¿dónde está la luz que os ilumina y llena
de hermosura? Decid ¿por qué tanto mi amado se
detiene? Decidme ¿qué le impide, para que mis ojos no lo
vean? Si es por culpa mía, enmendaré mis yerros; si es
que no merezco la ejecución de mi deseo,
conformaréme con su gusto; y si le tiene en mi dolor, le
padeceré con alegría del corazón; pero decidme ¿cómo
viviré, sin mi propia vida? ¿cómo me gobernaré sin mi luz?
732. A estas querellas dulces la respondieron los Santos
Serafines: Señora, no tarda vuestro amado, cuando por
vuestro bien y amor se ausenta y se detiene; pues para
consolar, aflige a quien más ama, para dar más alegría,
entristece y para ser hallado, se retira; y quiere que
sembréis con lágrimas (Sal., 125, 5), para coger después
con alegría el dulce fruto del dolor; y si el bien amado no
se encubriera nunca se buscara con las ansias que
resultan de su ausencia, ni renovara el alma sus afectos,
ni creciera tanto la debida estimación de su tesoro.
733. Diéronla aquel lumen que dije (Cf. supra n. 626)
para purificarle las potencias, no porque tuviese culpas
de que ser purificada, que no las pudo cometer, mas,
aunque todos sus movimientos y operaciones en aquella
ausencia del Señor habían sido meritorios y santos, con
todo eso eran necesarios estos nuevos dones para
sosegar el espíritu y sus potencias de los movimientos
causados con los trabajos y congojas afectuosas de tener
al Señor oculto; y para mudarla de aquel estado a este
otro de diferentes y nuevos favores y proporcionar las
potencias con el objeto y con el modo de verle, era
menester renovarlas y disponerlas. Y todo esto hacían los
Santos Serafines por el modo que arriba se dijo, libro II,
capítulo 14; y después le dio el mismo Señor el último
adorno y cualidad, para estar dispuesta con la última
disposición, inmediata a la visión que la quería
manifestar.
734. Este orden de elevaciones iban causando en las
potencias de la divina Reina los efectos y operaciones de
amor y virtudes que pretendía el mismo Señor, que es
cuanto puedo explicarlas; y en medio de ellas corrió Su
Majestad el velo y, después de haber estado tanto
tiempo oculto, se manifestó a su esposa única y dilecta
María Santísima por visión abstractiva de la Divinidad. Y
aunque esta visión fue por especies y no inmediata, pero
fue clarísima y altísima en su género; y con ella el Señor
enjugó las continuadas lágrimas de nuestra Reina,
premió sus afectos y ansias amorosas, satisfizo a su
deseo y toda descansó con afluencia de delicias,
reclinada en los brazos de su amado (Cant., 8, 5). Allí se
renovó la juventud (Sal., 102, 5) de esta ardiente y
fervorosa águila para levantar más el vuelo a la región
impenetrable de la Divinidad, y, con las especies que
después de la visión por admirable modo le quedaron,
subía hasta donde no pudo llegar ni comprender ninguna
criatura después del mismo Dios.
735. El gozo que recibió la Purísima Señora con esta
visión se debía regular así por el extremo del dolor de
donde pasó como por los méritos a que sucedió. Pero yo
sólo puedo decir que donde y como abundó el dolor
abundó también la consolación (2 Cor., 1, 5), y que la
paciencia, la humildad, la fortaleza, la constancia, los
afectos y las ansias amorosas, fueron en María todo el
tiempo de esta ausencia los más insignes y excelentes
que hasta entonces hubo, ni después pueden caber en
otra criatura. Sola esta única Señora entendió el primor
de esta sabiduría y supo dar el peso al carecer de la
vista del Señor y sentir su ausencia; y, sintiéndola y
pesando lo que monta, supo también buscarle con
paciencia y padecer con humildad, tolerar con fortaleza y
santificarlo todo con su inefable amor y estimar después
el beneficio y gozar de él.
736. Levantada a esta visión María Santísima,
postrándose con el afecto en la presencia Divina, dijo a
Su Majestad: Señor y Dios altísimo, incomprensible y
sumo bien de mi alma, pues levantáis del polvo a este
pobre y vil gusanillo, recibid, Señor, Vuestra misma
bondad y gloria con la que os dan vuestros cortesanos en
humilde agradecimiento de mi alma; y si como de
criatura baja y terrena os desagradaron mis obras,
reformad, Dueño mío, ahora lo que en mí os descontenta.
¡Oh bondad y sabiduría única e infinita!, purificad este
corazón y renovadle, para que os sea grato, humilde y
arrepentido para que no le despreciéis. Si los pequeños
trabajos y muerte de mis padres no los recibí como debía
y en algo me desvié de vuestro beneplácito, ordenad,
Altísimo, mis potencias y obras como Señor poderoso,
como Padre y como Esposo único de mi alma.
737. A esta humilde oración respondió el Altísimo:
Esposa y paloma mía, el dolor de la muerte de tus padres
y el sentimiento de otros trabajos es natural efecto de la
condición humana y no es culpa; y por el amor con que te
conformaste en todo con la disposición de mi Divina
voluntad, mereciste de nuevo mi gracia y beneplácito. Yo
dispenso la verdadera luz y sus efectos con mi sabiduría,
como Señor de todo, y formo sucesivamente el día y la
noche, hago serenidad y doy también su tiempo a la
tormenta, para que mi poder y gloria se engrandezcan, y
con ellas camine el alma más segura con el lastre de su
conocimiento, y con las violentas olas de la tribulación
apresure más el viaje y llegue al puerto seguro de mi
amistad y gracia, y más llena de merecimientos me
obligue a recibirla con mayor agrado. Este es, querida
mía, el orden admirable de mi sabiduría, y por esto me
escondí tanto tiempo de tu vista; porque de ti quiero lo
más santo y más perfecto. Sírveme, pues, hermosa mía,
que soy tu Esposo y Dios de misericordias infinitas, y mi
nombre es admirable en la diversidad y variedad de mis
grandes obras.
738. Salió de esta visión nuestra princesa María toda
renovada y deificada, llena de nueva ciencia de la
Divinidad y de los ocultos sacramentos del Rey,
confesándole, adorándole y alabándole con
incesantes cánticos y vuelos de su pacífico y tranquilísimo
espíritu; y al mismo paso eran los aumentos de la
humildad y todas las demás virtudes. Su continua petición
era siempre inquirir la más perfecta y agradable
voluntad del Altísimo y en todo y por todo ejecutarla y
cumplirla; y así pasó algunos días, hasta que sucedió lo
que se dirá en el capítulo siguiente.
Doctrina de la Reina del Cielo Señora nuestra.
739. Hija mía, muchas veces te repetiré la lección de la
mayor sabiduría de las almas, que consiste en alcanzar el
conocimiento de la Cruz por el amor de los trabajos y la
imitación en padecerlos. Y si la condición de los mortales
no fuera tan grosera, debían codiciarlos sólo por el gusto
de su Dios y Señor, que en esto les ha declarado su
voluntad y beneplácito; pues en el servicio fiel debe el
siervo afectuoso anteponer siempre el agrado de su
dueño a su misma comodidad. Pero a la torpeza de los
mundanos, ni les obliga esta buena correspondencia con
su Padre y Señor, ni tampoco el haberles declarado que
todo su remedio está librado en seguir a Cristo por la
Cruz y padecer los hijos pecadores con su padre
inocente, para que el fruto de la Redención se logre en
ellos, conformándose los miembros con su Cabeza.
740. Admite, pues, carísima, esta disciplina y escríbela
en medio del corazón; y entiende que por hija del
Altísimo, por esposa de mi Hijo Santísimo y por mi
discípula, cuando no tuvieras otro interés, debías para tu
adorno comprar la preciosa margarita del padecer, para
ser grata a tu Señor y Esposo. Y te advierto, hija mía, que
entre los regalos y favores de su mano y los trabajos de
su Cruz debes anteponer y elegir el padecer y abrazarle
antes que ser regalada de sus caricias; porque en elegir
los favores y delicias puede tener parte el amor que a ti
misma tienes; pero en admitir las tribulaciones y penas
sólo puede obrar el amor de Cristo. Y si entre regalos del
mismo Señor y trabajos, cualesquiera que sean sin culpa,
se han de preferir las penas al gusto del mismo espíritu,
¿qué estulticia será de los hombres amar tan ciegamente
los deleites sensibles y feos y aborrecer tanto todo lo que
es padecer por Cristo y por la salud de su alma?
741. Tu incesante oración, hija mía, será repitiendo
siempre: Aquí estoy, Señor, ¿qué queréis hacer de mí?
Preparado está mi corazón, aparejado está y no turbado,
¿qué queréis, Señor, que yo haga por Vos? El sentir de
estas palabras sea en ti verdadero y de todo corazón,
pronunciándolas con lo íntimo y fervoroso de tu afecto
más que con los labios. Tus pensamientos sean altos, tu
intención muy recta, pura y noble, sólo de hacer en todo
el mayor agrado del Señor, que con medida y peso
dispensa los trabajos y la gracia y sus favores. Examínate
y remírate siempre con qué pensamientos, qué acciones y
en qué ocasiones puedes ofender o agradar más a tu
amado, para que conozcas aquello que debes en ti
reformar o codiciar. Y cualquier desorden, por pequeño
que sea, o lo que fuere menos puro y perfecto, cercénalo
y apártalo luego, aunque parezca lícito y de algún
provecho; porque todo lo qué no agrada más al Señor
debes juzgar por malo, o por inútil para ti; y ninguna
imperfección te parezca pequeña si a Dios le desagrada.
Con este cuidadoso temor y santo cuidado caminarás
segura; y está cierta, carísima hija mía, que no cabe en la
ponderación humana el premio tan copioso que reserva
el Altísimo Señor para las almas fieles que viven con esta
atención y cuidado.
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