Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsExplícase parte del capítulo 31 de las Parábolas de Salomón, a donde me remitió el Señor para manifestar el orden de vida que María Santísima dispuso en el matrimonio.

  INDICE            Libro  2   Capítulo  23    Versos:  772-784


772. Hallándose la Princesa del Cielo María en el
impensado y nuevo estado de su matrimonio, levantó
luego su mente purísima al Padre de las lumbres, para
entender cómo se gobernaría con mayor agrado suyo
entre las nuevas obligaciones de su estado. Para dar yo
alguna noticia de lo que Su Alteza pensó tan santamente,
me remitió el mismo Señor a las condiciones de la mujer
fuerte, que por esta Señora dejó escritas Salomón en el
último capítulo de sus Parábolas; y discurriendo por él,
diré lo que pudiere de lo que me ha dado a entender.
Comienza, pues, el capítulo, y dice la letra: ¿Quién
hallará una mujer fuerte? Su precio viene de lejos y de los
últimos fines (Prov., 31, 10). Esta pregunta es admirativa,
entendiéndola de nuestra grande y fuerte mujer María; y
de otra cualquiera en su comparación será negativa,
pues en todo el resto de la humana naturaleza y ley
común no se puede hallar otra mujer fuerte como la
Princesa del Cielo. Todas las demás fueron y serán flacas
y débiles, sin exceptuar alguna que no sea tributaria del
demonio en la culpa. ¿Quién hallará, pues, otra mujer
fuerte? No los reyes, ni monarcas, ni los príncipes
poderosos de la tierra, ni los Ángeles del Cielo, ni el mismo
poder Divino hallará otra, porque no la criará como
María Santísima; ella es la única y sola sin ejemplo y sola
sin semejante y la que sola en la dignidad midió el brazo
del Omnipotente; no le pudo dar más que a su mismo Hijo
Eterno y de su misma sustancia, igual, inmenso, increado
e infinito.
773. Consiguiente era que el precio de esta mujer fuerte
viniera de lejos, pues en la tierra y entre las criaturas no
le había. Precio se llama aquel valor en que una cosa se
compra o se estima, y entonces se sabe cuánto vale,
cuando se aprecia y se valorea. El precio de esta mujer
fuerte María fue valoreado en el consejo de la Beatísima
Trinidad, cuando antes de todas las otras puras
criaturas la rescató o compró el mismo Dios para sí, como
recibiéndola de la misma humana naturaleza por algún
retorno, que esto es comprar en rigor. El retorno y precio
que dio por María fue el mismo Verbo Eterno Humanado,
y se dio por satisfecho el Padre Eterno a nuestro modo
de entender con María; pues en hallando esta mujer
fuerte en su mente Divina, la estimó y apreció tanto, que
determinó dar a su mismo Hijo, para que fuese justa y
dignamente Hijo de María Santísima y sólo por ella
tomara carne humana y la eligiera para Madre. Con este
precio dio el Altísimo todos sus atributos, sabiduría,
bondad, omnipotencia, justicia y los demás, y todos los
méritos de su Hijo Humanado para adquirirla y
apropiarla a sí mismo, quitándola a la naturaleza
anticipadamente, para que si toda se perdiese, como se
perdió en Adán, sola María con su Hijo quedase
reservada, como apreciada tan de lejos que no alcanzó
toda la naturaleza criada al decreto de su estimación y
aprecio; así vino de lejos.
774. Este lejos son también los fines de la tierra; porque
Dios es el último fin y principio de todo lo criado, de
donde todo sale y a donde todo vuelve, como los ríos al
mar (Ecl., 1 , 7). También el cielo empíreo es el fin
corporal y material de todo lo demás corpóreo; y
singularmente se llama asiento de la divinidad (Is., 66, 1).
Pero en otra consideración se llaman fines de la tierra los
términos naturales de la vida y el fin de las virtudes, en
que se le pone la última línea a donde se ordena la vida y
ser que tienen los hombres, que todos son criados para el
conocimiento y amor del Criador, como fin inmediato del
vivir y obrar. Todo esto comprende el venir de los últimos
fines el precio de María Santísima; porque su gracia,
dones y merecimientos vinieron y comenzaron de los
últimos fines de los demás Santos, vírgenes,
confesores, mártires, apóstoles y patriarcas; no
llegaron todos en los fines de sus vidas y santidad a
donde María comenzó la suya. Y si también Cristo
Hijo suyo y Señor nuestro se llama fin de las obras del
Altísimo, con igual verdad se dice que el precio de María
Santísima fue de los últimos fines; pues toda su pureza,
inocencia y santidad vino de su Hijo Santísimo, como de
causa ejemplar y dechado y de principal autor de sola
ella.
775. Confía en ella el corazón de su varón y no se
hallará pobre de despojos (Prov., 31, 11). Cierto es que el
divino José se llamó varón de esta mujer fuerte, pues la
tuvo por legítima esposa; y también es cierto que confió
en ella su corazón, esperando que por su incomparable
virtud le habían de venir todos los bienes verdaderos.
Pero singularmente confió en ella, hallándola preñada,
cuando ignoraba el misterio; porque entonces creyó y
confió en la esperanza contra la esperanza (Rom., 4, 18)
de los indicios que conocía, sin tener otra satisfacción de
aquella verdad notoria más de la misma santidad de tal
esposa y mujer. Y aunque se determinó a dejarla (Mt., 1,
19), porque veía el efecto a los ojos y no sabía la causa,
pero nunca se atrevió a desconfiar de su honestidad y
recato, ni a despedirse del amor santo y puro que le tenía
preso el corazón rectísimo de tal esposa. Y no se halló
frustrado en cosa alguna, ni pobre de despojos; porque si
son despojos lo que sobra a lo necesario, todo fue
superabundante para este varón, cuando conoció quién
era su esposa y lo que en ella tenía.
776. Otro varón tuvo esta divina Señora que confió en
ella, de quien principalmente habló Salomón; y este
varón suyo fue su mismo Hijo, verdadero Dios y hombre,
que fió de esta mujer fuerte hasta su propio ser y su
honra para con todas las criaturas. En esta confianza que
hizo de María se encierra toda la grandeza de entrambos;
porque ni Dios pudo confiarle más, ni ella pudo
corresponder le mejor, para que no se hallase frustrado
ni pobre de despojos. ¡Oh estupenda maravilla del poder
y sabiduría infinita, que confiase Dios de una pura
criatura y mujer tomar carne humana en su vientre y de
su misma sustancia! ¡Llamarla Madre con inmutable
verdad, y ella a él Hijo, criarle a sus pechos y a su
obediencia, hacerla coadjutora del rescate del mundo y
su reparación, depositaría de la Divinidad y dispensera
de sus tesoros infinitos y merecimientos de su Hijo
Santísimo, de su vida, de sus milagros, predicación,
muerte, y todos los demás sacramentos! Todo lo confió de
María Santísima. Pero extiéndase más la admiración
sabiendo que en esta confianza no se halló frustrado;
porque una mujer pura criatura supo y pudo satisfacer
adecuadamente a todo cuanto le fiaron, sin que faltase o
sin que pudiese obrar en todo con mayor fe, esperanza,
amor, prudencia, humildad y plenitud de toda santidad.
No se halló su varón pobre de despojos, sino rico,
próspero y abundante de alabanza y gloria; y así añade:
777. Dárale retribución del bien, y no del mal, todos los
días de su vida (Prov., 31, 12). En este retorno entendía el
que a María Santísima dio su varón propio, Cristo su Hijo
verdadero que de su parte de ella ya queda
declarado; y si remunera el Altísimo a todos las
menores obras hechas por su amor con retribución
superabundante y excesiva, no sólo de gloria pero
también de gracia en esta vida, ¿cuál sería el retorno de
bienes y tesoros que la Divinidad le daría, con que remuneró
las obras de su misma Madre? Solo el mismo que lo
hizo, lo conoce. Pero en el comercio y correspondencia
que guarda la equidad del Señor, remunerando con un
beneficio y auxilio más grande a quien se aprovecha bien
del menor, se entenderá algo de lo que en toda la vida
de nuestra Reina sucedía entre ella y el poder Divino.
Comenzó del primer instante, recibiendo más gracia que
los supremos Ángeles con la preservación del pecado
original, correspondió a este beneficio adecuadamente,
creció en gracia y obró con ella en proporción; y así
fueron los pasos de toda su vida sin tibieza, negligencia
ni tardanza. Pues ¿qué mucho que sólo su Hijo Santísimo
fuese más que ella y todo lo restante de las criaturas
quedasen inferiores casi infinitamente?
778. Buscó lino y lana y trabajó con el consejo de sus
manos (Ib. 13). Legítima alabanza y digna de la mujer
fuerte: que sea oficiosa y hacendosa de sus puertas
adentro, hilando lino y lana para el abrigo y socorro de
su familia en lo que necesita de estas cosas y de otras
que con este medio se pueden adquirir. Este es consejo
sano, que se ejecuta con las manos trabajadoras y no
ociosas; que la ociosidad de la mujer, viviendo mano
sobre mano, es argumento de su torpe estulticia y de
otros vicios que no sin vergüenza se pueden referir. En
esta virtud exterior, que de parte de una mujer casada es
el fundamento del gobierno doméstico, fue María
Santísima mujer fuerte y digno ejemplar de todas las
mujeres; porque jamás estuvo ociosa, y de hecho
trabajaba lino y lana para su esposo y para su Hijo y
muchos pobres que de su trabajo socorría. Pero como jun
taba en sumo grado de perfección las acciones de Marta
con las de María, era más laboriosa con el consejo de
las obras interiores que con las exteriores y,
conservando las especies de las visiones Divinas y la
lección de las Sagradas Escrituras, jamás estuvo ociosa
en su interior sin trabajar y acrecentar los dones y
virtudes del alma; y por esto dice el texto:
779. Fue como nave del mercader, que trae su pan de
lejos (Ib. 14). Como este mundo visible se llama mar
inquieto y proceloso, es consiguiente que se llamen naves
los que le viven y surcan sus inconstantes olas. Trabajan
todos en esta navegación para traer su pan, que es el
sustento y alimento de la vida debajo el nombre de pan;
y aquel le trae de más lejos que más lejos estaba de
tener lo que adquiere con su trabajo; y aquel que más
trabaja, granjea mucho más y lo trae de lejos con su
mayor sudor. Es un género de contrato entre Dios y el
nombre: que trabaje y sude el que es siervo negociando
la tierra y cultivándola y que el Señor de todo le acuda
por medio de las causas segundas con quien concurre,
para que dándole pan al hombre le sustenten y paguen el
sudor de su cara. Y lo mismo que sucede en este contrato
en lo temporal, pasa también en lo espiritual, donde no
come quien no trabaja (2 Tes., 3, 10).
780. Entre todos los hijos de Adán, María Santísima fue
la nave rica y próspera del mercader que trajo su pan y
nuestro pan de lejos. Nadie fue tan discretamente
diligente y laboriosa en el gobierno de su familia; nadie
tan prevenida en lo que con Divina prudencia entendía
ser necesario para su pobre familia y para el socorro de
los pobres; y todo lo mereció y granjeó con su Fe y solicitud
prudentísima, con que lo trajo de lejos; porque
estaba muy lejos de nuestra viciosa naturaleza humana y
aun de su hacienda. Lo mucho que en esto hizo, adquirió,
mereció y distribuyó a los pobres, es imposible poderlo
ponderar. Pero más fuerte y admirable fue en traernos el
pan espiritual y vivo que bajó del cielo; pues le trajo, no
sólo del seno del Padre, de donde no saliera si no hubiera
esta mujer fuerte, pero ni llegara al mundo, de cuyos
merecimientos estaba lejos, si no fuera en la nave de
María. Y aunque no pudo, siendo criatura, merecer que
Dios viniese al mundo, pero mereció que acelerase el
paso y que viniese en la nave rica de su vientre: porque
no pudiera caber en otra que fuera menor en
merecimientos; Ella sola hizo que este pan Divino se viese
y se comunicase y alimentase a los que le tenían lejos.
781. De noche se levantó y proveyó lo necesario a sus
domésticos y el mantenimiento a sus criados (Prov., 31,
15). No es menos loable esta condición de la mujer
fuerte, privarse del reposo y descanso delicioso de la
noche para gobernar su familia, distribuyendo a sus
domésticos, esposo, hijos y allegados, y luego a sus
criados, las ocupaciones legítimas a cada uno con todo lo
necesario para ellas. Esta fortaleza y prudencia no
conocen la noche para entregarse ni absorberse en el
sueño y olvido de las propias obligaciones, porque el
alivio del trabajo no se toma por fin del apetito, sino por
medio de la necesidad. Fue nuestra Reina en esta
prudencia económica admirable; y aunque no tuvo
criados ni criadas en su familia, porque la emulación de
la obediencia y humildad servil en los oficios domésticos
no le consintió que fiase de nadie estas virtudes, pero en
el cuidado de su Hijo Santísimo y de su esposo San José
era vigilantísima sierva, y jamás hubo en ella descuido, ni
olvido, ni tardanza o inadvertencia en lo que había de
prevenir y proveer para ellos, como en todo este discurso
diré adelante.
782. Pero ¿qué lengua puede explicar la vigilancia de
esta mujer fuerte? Levantóse y estuvo en pie en la noche
oculta de su secreto corazón y en el oculto entonces
misterio de su matrimonio esperó atenta qué se le
mandaba, para ejecutarlo humilde y obediente. Previno a
sus domésticos y siervos, las potencias interiores y
sentidos exteriores, de todo el alimento necesario y
distribuyóles a cada cual su legítimo sustento, para que
en el trabajo del día, acudiendo al servicio de fuera, no
se hallase el espíritu necesitado y desproveído. Mandó a
las potencias del alma con inviolable precepto que su
alimento fuese la luz de la Divinidad, su ocupación
incesante la abrasada meditación y contemplación de
día y de noche en la Divina Ley, sin que jamás se
interrumpiese por alguna extraña obra y ocupación de su
estado. Este era el gobierno y alimento de los domésticos
del alma.
783. A los siervos, que son los sentidos exteriores,
distribuyó también sus legítimas ocupaciones y sustento;
y usando de la jurisdicción que tenía sobre estas
potencias, las mandó que como siervas del espíritu le
sirviesen y, aunque vivían en el mundo, ignorasen su
vanidad y viviesen muertas para ella, sin vivir más de
para lo necesario a la naturaleza y a la gracia; que no se
alimentasen tanto del deleite de lo sensible, cuanto del
que la parte superior del alma les comunicase y
dispensase de su influencia superabundante. Puso término
y límites a todas las operaciones, para que todas sin
faltar ninguna quedasen reducidas a la esfera del Divino
amor, sirviéndole y obedeciéndole todas sin resistencia,
sin réplica ni tardanza. Levantóse de noche y gobernó
también a sus domésticos.
784. Otra noche hubo en que también se levantó esta
mujer fuerte y otros domésticos a quien proveyese.
Levantóse en la noche de la antigua ley oscura con las
sombras de la futura luz; salió al mundo en la declinación
de esta noche y con su inefable providencia a todos sus
domésticos y siervos, los de su pueblo y de lo restante de
la humana naturaleza, a los Santos Padres y justos
domésticos suyos, a los pecadores, siervos y cautivos, a
todos dio y distribuyó el alimento de la gracia y de la
eterna vida. Y dieseles con tanta verdad y propiedad,
que se les dio hecho alimento de su misma sustancia y de
su misma sangre, que recibió en su tálamo virginal.
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