Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsProsigue el mismo asunto con la explicación de lo restante del capítulo 31 de las Parábolas (Prov., 31, 16).

  INDICE            Libro  2   Capítulo  24    Versos:  785-802


785. Ninguna condición de mujer fuerte pudo faltar a
nuestra Reina, porque lo fue de las virtudes y fuente de la
gracia. Consideró prosigue él texto el campo y le
compró, del fruto de sus manos plantó una viña (Prov., 31,
16). El campo de la más levantada perfección, donde se
cría lo fértil y fragante de las virtudes, éste fue el que
consideró nuestra mujer fuerte María Santísima y,
considerándole y ponderándole a la claridad de la Divina
luz, conoció el tesoro que encerraba. Y para comprar este
campo vendió todo lo terreno de que era
verdaderamente Reina y Señora, posponiéndolo todo a la
posesión del campo que compró, con negarse al uso de lo
que podía tener. Sola esta Señora pudo venderlo todo,
porque de todo lo era, para comprar el espacioso campo
de la santidad; sola ella lo consideró y conoció
adecuadamente y se apropió a sí misma, después de
Dios, el campo de la Divinidad y sus atributos infinitos, de
que los demás santos recibieron alguna parte. Del fruto
de sus manos plantó la viña. Plantó la Iglesia Santa, no
sólo dándonos a su Hijo Santísimo para que la formase y
fabricase, pero siendo ella coadjutora suya, y después de
su ascensión quedando por Maestra de la Iglesia, como
diré en la tercera parte de esta Historia. Plantó la viña
del paraíso celestial, que aquella singular fiera de Lucifer
había disipado y devastado (Prov., 31, 16); porque se
pobló de nuevas plantas por la solicitud y fruto de María
Purísima. Plantó la viña de su espacioso y magnánimo
corazón con los renuevos de las virtudes, con la vid
fértilísima, Cristo, que destiló en el lagar de la cruz el
vino suavísimo del amor con que son embriagados sus
carísimos y alimentados los amigos (Cant., 5, 1).
786. Ciñó su cuerpo de fortaleza y corroboró su brazo
(Prov., 31, 17). La mayor fortaleza de los que se llaman
fuertes consiste en el brazo, con que se hacen las obras
arduas y dificultosas; y cono la mayor dificultad de la
criatura terrena sea el ceñirse en sus pasiones e
inclinaciones ajustándolas a la razón, por eso juntó el
Texto Sagrado el ceñirse la mujer fuerte y corroborar su
brazo. No tuvo nuestra Reina pasiones ni movimientos
desordenados que ceñir en su inocentísima persona; mas
no por eso dejó de ser más fuerte en ceñirse que todos
los hijos de Adán, a quienes desconcertó el fomes del
pecado. Mayor virtud fue y más fuerte el amor que hizo
obras de mortificación y penalidad cuando y donde no
eran menester, que si por necesidad se hicieran. Ninguno
de los enfermos de la culpa y obligados a su satisfacción
puso tanta fuerza en mortificar sus desordenadas pasiones,
como nuestra princesa María en gobernar y
santificar más todas sus potencias y sentidos. Castigaba
su castísimo y virgíneo cuerpo con penitencias
incesantes, vigilias, ayunos, postraciones en cruz, como
adelante diremos (Cf. infra p.II n. 12, 232, 442, 658, 898,
990, 991; p. III n. 581) ; y siempre negaba a sus
sentidos el descanso y lo deleitable, no porque se
desconcertaran, mas por obrar lo más santo y acepto al
Señor, sin tibieza, remisión o negligencia; porque todas
sus obras fueron con toda la eficacia y fuerza de la
gracia.
787. Gustó y conoció cuán buena era su negociación; no
será extinguida su luz en la noche (Prov., 31, 18). Es tan
benigno y fiel con sus criaturas el Señor que, cuando nos
manda ceñir con la mortificación y penitencia, porque el
Reino de los Cielos padece violencia y se ha de ganar por
fuerza (Mt., 11, 12), pero a esa misma violencia de
nuestras inclinaciones tiene vinculado en esta vida un
gusto y consolación que llena todo nuestro corazón de
alegría. En este gozo se conoce cuán buena es la
negociación del sumo bien por medio de la mortificación
con que ceñimos las inclinaciones a otros gustos
terrenos; porque de contado recibimos el gozo de la
verdad cristiana y en él una prenda del que esperamos
en la eterna vida; y el que más negocia más le gusta y
más granjea para ella y más estima la negociación.
788. Esta verdad, que con experiencia conocemos
nosotros sujetos a pecados, ¿cómo la conocería y gustaría
nuestra mujer fuerte María Santísima? Y si en nosotros,
donde la noche de la culpa es tan prolija y repetida, se
puede conservar la Divina luz de la gracia por medio de
la penitencia y mortificación de las pasiones, ¿cómo ardería
esta luz en el corazón de esta purísima criatura? No la
oprimía el sinsabor de la pesada y corrupta naturaleza,
no la desazonaba la contradicción del fomes, no la
turbaba el remordimiento de la mala conciencia, no el
temor de las culpas experimentadas y sobre todo esto
era su luz sobre todo humano y angélico pensamiento;
muy bien conocería y gustaría de esta negociación, sin
extinguirse en la noche de sus trabajos y peligros de la
vida la lucerna del Cordero que la iluminaba (Ap., 21, 23).
789. Extendió su mano a cosas fuertes, y sus dedos
apretaron el huso (Prov., 31, 19). La mujer fuerte, que con
el trato y trabajo de sus manos acrecienta sus virtudes y
bienes de su familia y se ciñe de fortaleza contra sus
pasiones, gusta y conoce la negociación de la virtud, ésta
bien puede extender y alargar el brazo a cosas grandes.
Hízolo María Santísima sin embarazo de su estado y de
sus obligaciones, porque levantándose sobre sí misma y
todo lo terreno extendió sus deseos y obras a lo más
grande y fuerte del amor Divino y conocimiento de Dios
sobre toda naturaleza humana y angélica. Y como desde
su desposorio se iba acercando a la dignidad y oficio de
madre, iba también extendiendo su corazón y alargando
el brazo de sus obras santas, hasta llegar a cooperar en
la obra más ardua y más fuerte de la omnipotencia
Divina, que fue la Encarnación del Verbo. De todo esto
diré más en la segunda parte (Cf., infla p. II n. 1-106),
declarando la preparación que tuvo nuestra Reina para
este Gran Misterio. Y porque la determinación y
propósitos de cosas grandes, si no llegan a la ejecución,
serían apariencia y sin efecto, por esto dice que
apretaron el huso los dedos de esta mujer fuerte, y es
decir que ejecutó nuestra Reina todo lo grande, arduo y
dificultoso, como lo entendió y lo propuso en su rectísima
intención. En todo fue verdadera y no ruidosa y aparente,
como lo fuera la mujer que estuviera con la rueca en la
cinta, pero ociosa y sin apretar el huso; y así añade:
790. Alargó su mano al necesitado y desplegó sus
palmas al pobre (Prov., 31, 20). Fortaleza grande es de la
mujer prudente y casera ser liberal con los pobres y no
rendirse con flaqueza de ánimo y desconfianza al temor
cobarde de que por esto le faltará para su familia; pues
el medio más poderoso para multiplicar todos los
bienes ha de ser repartir liberalmente los de fortuna con
los pobres de Cristo, que aun en esta vida presente sabe
dar ciento por uno (Mc., 10, 30). Distribuyó María
santísima con los pobres y con el Templo la hacienda que
de sus padres heredó, como ya dije arriba, capítulo 22 de
este libro (Cf. supra n. 764); y a más de esto, trabajaba
de sus manos para ayudar a esta misericordia, porque si
no les diera su propio sudor y trabajo no satisfacía a su
piadoso y liberal amor de los pobres. No es maravilla que
la avaricia del mundo sienta hoy la falta y pobreza que
padece en los bienes temporales, pues tan pobres están
los hombres de piedad y misericordia con los
necesitados, sirviendo a la inmoderada vanidad lo que
hizo Dios y lo crió para sustento de los pobres y para
remedio de los ricos.
791. No sólo desplegó sus manos propias al pobre
nuestra piadosa Reina y Señora, pero también desplegó
las palmas del brazo poderoso del omnipotente Dios, que
parece las tenía cerradas deteniendo al Verbo Divino,
porque no le merecían, o porque le desmerecían los
mortales. Esta mujer fuerte le dio manos, y manos extendidas
y abiertas para los pobres cautivos y afligidos en la
miseria de la culpa; y porque esta necesidad y pobreza
siendo general de todos era de cada uno, los llama la
Escritura pobre en singular; pues todo el linaje humano
era un pobre y no podía más que si fuera sólo uno. Estas
manos de Cristo Señor nuestro, extendidas para trabajar
nuestra redención y abiertas para derramar los tesoros
de sus merecimientos y dones, fueron manos propias de
María Santísima, porque eran de su Hijo y porque sin ella
no las conociera abiertas el pobre linaje humano, y por
otros muchos títulos.
792. No temerá para su casa el frío de las nieves, porque
todos sus domésticos tienen doblados los vestidos (Prov.,
31, 21). Perdido el sol de justicia y el calor de la gracia y
justicia original, quedó nuestra naturaleza debajo de la
nieve helada de la culpa, que encoge, impide y
entorpece para el bien obrar. De aquí nace la dificultad
en la virtud, la tibieza en las acciones, la inadvertencia y
negligencia, la instabilidad y otros defectos
innumerables, y hallarnos después del pecado helados en
el amor Divino, sin abrigo ni amparo para las tentaciones.
De todos estos impedimentos y daños estuvo libre nuestra
divina Reina en su casa y en su alma, porque todos sus
domésticos, potencias interiores y exteriores, estuvieron
defendidos del frío de la culpa con dobladas vestiduras.
La una fue de la original justicia y virtudes infusas, la otra
de las adquiridas por sí misma desde el primer instante
que comenzó a obrar. También fueron vestiduras dobladas
la gracia común que tuvo como persona particular
y la que la dio el Altísimo especialísima para la dignidad
de Madre del Verbo. En el gobierno de su casa no me
detengo sobre esta providencia; porque en las demás
mujeres puede ser loable como necesario este cuidado,
pero en casa de la Reina del Cielo y tierra, María
Santísima, no fue menester doblar las vestiduras para su
Hijo Santísimo, que sola una tenía; ni tampoco para sí ni
para su esposo San José, donde la pobreza era el mayor
adorno y abrigo.
793. Hizo para sí una vestidura muy tejida y se adornó
de púrpura y holanda (Ib. 22). Esta metáfora también
declara el adorno espiritual de esta mujer fuerte; y éste
fue una vestidura tejida con fortaleza y variedad para
cubrirse toda y defenderse de las inclemencias y rigores
de las lluvias, que para esto se tejen los paños fuertes o
los fieltros y otros semejantes. La vestidura talar de
las virtudes y dones de María fue impenetrable del rigor
de las tentaciones y avenidas de aquel río que derramó
contra ella el Dragón grande y rojo, o sanguinolento, que
vio San Juan en el Apocalipsis (Ap., 12, 15); y a más de la
fortaleza de este vestido, era grande su hermosura y
variedad de sus virtudes, entretejidas y no postizas,
porque estaban como entrañadas y sustanciadas en su
misma naturaleza, desde que fue formada en gracia y en
justicia original. Allí estaban la púrpura de la Caridad, lo
blanco de la Castidad y Pureza, lo celeste de la
Esperanza, con toda la variedad de dones y virtudes, que
vistiéndola juntamente la adornaban y hermoseaban.
También fue adorno de María aquel color blanco y
colorado (Cant., 5, 10) que por la humanidad y divinidad
entendió la esposa, dándolos por señas de su esposo;
porque dándole ella al Verbo lo colorado de su
humanidad santísima, le dio Él en retorno la Divinidad, no
sólo uniéndolas en su virginal vientre, pero dejando en su
Madre unos visos y rayos de Divinidad más que en todas
las criaturas juntas.
794. Será noble su varón en las puertas, cuando se
asentare con los senadores de la tierra (Prov., 31, 23). En
las puertas de la eterna vida se hace el juicio particular
de cada uno, y después se hará el general que
esperamos, como en las puertas de la ciudad lo hacían
las antiguas repúblicas. En el juicio universal tendrá
lugar entre los nobles del reino de Dios San José, el
uno de los varones de María Santísima; porque tendrá
silla entre los Apóstoles para juzgar al mundo y gozará
este privilegio por esposo de la mujer fuerte, que es
Reina de todos, y por padre putativo que fue del supremo
Juez. El otro varón de esta Señora, que es su Hijo
Santísimo, como antes dije (Cf. supra n. 776), es tenido y
reconocido por supremo Señor y Juez verdadero en el
juicio que hace y en el que hará de los ángeles y todos
los hombres. Y de esta excelencia se le da parte a María
Santísima, porque le dio ella la carne humana con que
redimió al mundo y la sangre que derramó en precio y
rescate de los hombres; y todo se conocerá cuando con
grande potestad venga al juicio universal, sin quedar
alguno que entonces no lo conozca y confiese.
795. Hizo una sábana y la vendió, y entregó un cíngulo
al cananeo (Prov., 31, 24). En esta solicitud laboriosa de
la mujer fuerte se contienen dos grandezas en nuestra
Reina: la una, que hizo la sábana tan pura, espaciosa y
grande, que pudo caber en ella, aunque estrechándose y
encogiéndose, el Verbo Eterno; y vendióla no a otro sino
al mismo Señor, que le dio en retorno a su mismo Hijo,
porque no se hallara en todo lo criado precio digno para
comprar esta sábana de la pureza y santidad de María,
ni quien dignamente pudiera ser Hijo suyo, fuera del
mismo Hijo de Dios. Entregó también, no vendido pero
graciosamente, el cíngulo al cananeo, hijo de Canaán,
maldito de su padre (Gén., 9, 25), porque todos los que
participaron de la primera maldición, y quedaron
desceñidos y sueltas las pasiones y desordenados apetitos,
se pudieron ceñir de nuevo con el cíngulo que María
Santísima les entregó en su Hijo Primogénito y Unigénito,
y en su Ley de Gracia, para renovarse, reformarse y
ceñirse. No tendrán excusa los prescitos y condenados,
ángeles y hombres, pues todos tuvieron con qué se
contener y ceñir en sus desordenados afectos, como lo
hacen los predestinados, valiéndose de esta gracia, que
por María Santísima tuvieron de gracia y sin pedirles
precio para merecerla o comprarla.
796. La fortaleza y hermosura le sirven de vestido, y se
reirá en el último día (Prov., 31, 25). Otro nuevo adorno y
vestidura de la mujer fuerte son la fortaleza y hermosura;
la fortaleza la hace invencible en el padecer y en obrar
contra las potestades infernales, la hermosura le dio
gracia exterior y decoro admirable en todas las acciones.
Con estas dos excelencias y condiciones era nuestra
Reina amable a los ojos de Dios, de los ángeles y del
mundo; no sólo no tenía culpa ni defecto que se le
reprendiese, pero tenía esta doblada gracia y hermosura
que tanto le agradó y ponderó el Esposo, repitiendo que
era muy hermosa y muy agraciada toda ella (Cant., 4, 1-
7). Y donde no se pudo hallar defecto reprensible,
tampoco había causa para llorar el día último, cuando
ninguno de los mortales, fuera de esta Señora y de su
Hijo Santísimo, todos estarán y parecerán con alguna
culpa que tuvieron de que dolerse, y los condenados
llorarán entonces el no haberlas llorado antes
dignamente. En aquel día estará alegre y risueña esta
fuerte mujer con el agradecimiento de su incomparable
felicidad y de que se ejecute la Divina justicia en los
protervos y rebeldes a su Hijo Santísimo.
797. Abrió su boca para la sabiduría y en su lengua
estuvo la ley de la clemencia (Prov., 31, 26). Gran
excelencia es de la mujer fuerte no abrir su boca para
otra cosa que no sea para enseñar el temor santo del
Señor y ejecutar alguna obra de clemencia. Esto cumplió
con suma perfección nuestra Reina y Señora; abrió su
boca como maestra de la divina sabiduría, cuando dijo al
santo arcángel: Fiat mihi secundum verbum tuum (Lc., 1,
38); y siempre que hablaba era como Virgen
Prudentísima y llena de ciencia del Altísimo para
enseñarla a todos y para interceder por los miserables
hijos de Eva. Estaba y está siempre en su lengua la ley de
la clemencia, como en piadosa Madre de Misericordia;
porque sola su intercesión y palabra es la ley inviolable
de donde depende nuestro remedio en todas las
necesidades, si sabemos obligarla a que abra su boca y
mueva su lengua para pedirlo.
798. Consideró las sendas de su casa y no comió el pan
estando ociosa (Prov., 31, 27). No es pequeña alabanza
de la madre de familia considerar también atentamente
todos los caminos más seguros para aumentarla en
muchos bienes; pero en esta divina prudencia sola María
fue la que dio forma a los mortales, porque sólo ella supo
considerar e investigar todos los caminos de la justicia y
las sendas y atajos por donde con mayor seguridad y
brevedad llegaría a la Divinidad. Alcanzó esta ciencia
tan altamente que dejó atrás a todos los mortales y a los
mismos Querubines y Serafines. Conoció y consideró el
bien y el mal, lo profundo y oculto de la santidad, la
condición de la humana flaqueza, la astucia de los
enemigos, el peligro del mundo y todo lo terreno; y como
todo lo conoció, obró lo que conocía sin comer ociosa el
pan y sin recibir en vano el alma (Sal., 23, 4) ni la Divina
gracia; y mereció lo que se sigue.
799. Levantáronse y predicáronla sus hijos por beatísima
y su varón se levantó para alabarla (Prov., 31, 28).
Grandes cosas y gloriosas han dicho en la Militante
Iglesia los hijos verdaderos de esta mujer fuerte,
predicándola por beatísima entre las mujeres; y los que
no se levantan y no la predican, no se tengan por sus
hijos, ni por doctos, ni sabios, ni devotos. Pero aunque
todos han hablado inspirados y movidos por su varón y
esposo Cristo y el Espíritu Santo, con todo eso hasta
ahora parece que se ha callado y no se ha levantado
para predicarla respecto de los muchos y altos
sacramentos que ha tenido ocultos de su Madre
Santísima. Y son tantos, que se me ha dado a entender
los reserva el Señor para manifestarlos en la Iglesia
triunfante después del juicio universal; porque no es
conveniente manifestarlos todos ahora al mundo indigno
y no capaz de tantas maravillas. Allí hablará Cristo, varón
de María, manifestando para gloria de los dos y gozo de
los Santos las prerrogativas y excelencias de esta
Señora, y allí las conoceremos; basta ahora que con veneración
las creamos debajo del velo de la fe y esperanza
de tantos bienes.
800. Muchas hijas congregaron las riquezas, pero tú
excediste a todas ellas (Ib. 29). Todas las almas que
llegaron a conseguir la gracia del Altísimo se llaman
hijas suyas, y todos los merecimientos, dones y virtudes
que con ella pudieron granjear, y de hecho los
granjearon, son riquezas verdaderas; que todo lo demás
terreno tiene injustamente usurpado el nombre de
riqueza. Muy grande será el nombre de los
predestinados; el que numera las estrellas por sus
nombres (Sal., 146, 4), los conoce. Pero sola María
congregó más que todas juntas estas criaturas, hijas del
Altísimo y suyas, y sola ella se aventajará, como la
excelencia de ser ella, no sólo Madre suya y ellas hijas
en gracia y gloria, pero como Madre del mismo Dios;
porque según esta dignidad excede a toda la excelencia
de los mayores Santos, así la gracia y gloria de esta
Reina se adelantará a toda la que tienen y tendrán todos
los predestinados. Y porque, en comparación de estas
riquezas y dones de la gracia interior y gloria que le
corresponde, es vana la exterior y aparente en las
mujeres que tanto la aprecian, añade y dice:
801. Engañosa es la gracia y vana la hermosura; la mujer
que teme a Dios, aquella será alabada; denle a ésta del
fruto de sus manos y alaben sus obras en las puertas
(Prov., 31, 30-31). El mundo reputa falsamente por gracia
muchas cosas visibles que no lo son, y no tienen más de
gracia y hermosura de lo que les da el engaño de los
ignorantes, corno son: la apariencia de las buenas obras
en la virtud, el agrado en las palabras dulces o
elocuentes, el donaire en hablar y moverse; y también
llaman gracia a la benevolencia de los mayores y del
pueblo. Todo esto es engaño y falacia, como la
hermosura de la mujer que en breve se desvanece. La
que teme a Dios y enseña a temerle, ésta merece
dignamente la alabanza de los hombres y del mismo
Señor. Y porque él mismo quiere alabarla, dice que le
den del fruto de sus manos, y remite su alabanza a sus
grandes obras puestas en público a vista de todos, para
que ellas mismas sean lenguas en su alabanza; porque
importa muy poco que alaben los hombres a la mujer a
quien sus mismas obras la vituperan. Para esto quiere el
Altísimo que las obras de su Madre Santísima se
manifiesten en las puertas de su Iglesia Santa, en cuanto
ahora es posible y conveniente, como arriba dije (Cf.
supra n. 798), reservando la mayor alabanza y gloria
para que después permanezca por todos los siglos de los
siglos. Amén.

Doctrina de la Reina del cielo.

802. Hija mía, grande enseñanza tienes para tu gobierno
en este capítulo; y aunque no todo lo que contiene has
escrito, pero así lo que has declarado como lo que dejas
oculto, quiero todo lo escribas en lo íntimo de tu corazón
y con inviolable ley lo ejecutes en ti misma. Para esto es
necesario estar retirada dentro de tu interior, olvidado
todo lo visible y terreno, y atentísima a la divina luz que
te asiste y defiende todas tus potencias con vestiduras
dobladas, para que no sientas la frialdad y tibieza en la
perfección y también resistas a los movimientos
desmandados de las pasiones. Cíñelas y mortifícalas con
el apretador del temor Divino y, alejada de lo aparente y
engañoso, levanta tu mente a considerar y entender los
caminos de tu interior y las sendas que Dios te ha
enseñado para buscarle en tu secreto y hallarle sin
peligro del engaño. Y habiendo gustado de la
negociación del Cielo, no consientas por tu descuido que
se extinga en tu mente la Divina luz que te enciende y
alumbra en las tinieblas. No comas el pan estando
ociosa, pero trabaja sin dar treguas al cuidado, y
comerás el fruto de tus diligencias; y esforzada en el
Señor harás obras dignas de su beneplácito y agrado y
correrás tras el olor de sus ungüentos hasta llegar a
poseerle eternamente. Amén.
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