Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsContinúa el Altísimo los beneficios de María Santísima en el día cuarto.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  4    Versos:  38-46


38. Continuábanse los favores del Altísimo en
nuestra Reina y Señora con los eminentes sacramentos
con que el brazo poderoso la iba disponiendo para la
vecina dignidad de Madre suya. Llegó el cuarto día de
esta preparación y, en correspondencia de los precedentes,
fue a la misma hora elevada a la visión de la
Divinidad en la forma dicha abstractiva, pero con nuevos
efectos y más altas iluminaciones de aquel purísimo
espíritu. En el poder Divino y su sabiduría no hay límite ni
término; solamente se le pone nuestra voluntad con
sus obras o con la corta capacidad que tiene como
criatura finita. En María Santísima no halló el poder
Divino impedimento por parte de las obras, antes fueron
todas con plenitud de santidad y agrado del Señor,
obligándole y como él mismo dice (Cant., 4, 9)
hiriendo su corazón de amor. Sólo por ser María pura
criatura pudo hallar el brazo del Señor alguna tasa, pero
dentro de la esfera de pura criatura obró en ella sin tasa
ni limitación y sin medida, comunicándole las aguas de la
sabiduría, para que las bebiese purísimas y cristalinas en
la fuente de la Divinidad.
39. Manifestósele el Altísimo en esta visión con
especialísima luz y declaróle la nueva ley de gracia que
el Salvador del mundo había de fundar, con los
sacramentos que contiene y el fin para que los
establecería y dejaría en la nueva Iglesia Evangélica y
los auxilios, dones y favores que prevenía para los
hombres, con deseo de que todos fuesen salvos y se
lograse en ellos el fruto de la Redención. Y fue tanta la
sabiduría que en estas visiones deprendió María
Santísima, enseñada por el sumo Maestro, enmendador
de los sabios (Sab., 7, 15), que, si por imposible algún
hombre o ángel lo pudiera escribir, de sola la ciencia de
esta Señora se formaran más libros que cuantos se han
escrito en el mundo de todas las artes y ciencias y
facultades inventadas. Y no es maravilla, siendo la mayor
de todas en pura criatura; porque en el corazón y mente
de nuestra Princesa se derramó y explayó el océano de la
Divinidad que los pecados y poca disposición de las
criaturas tenían embarazado y represado en sí mismo.
Sólo se le ocultaba siempre, hasta su tiempo, que ella era
la escogida para Madre del Unigénito del Padre.
40. Entre la dulzura de esta ciencia Divina tuvo este día
nuestra Reina un amoroso pero íntimo dolor que la misma
ciencia le renovó. Conoció por parte del Altísimo los
indecibles tesoros de gracias y beneficios que prevenía
para los mortales y aquel peso de la Divinidad tan
inclinado a que todos le gozasen eternamente, y junto
con esto conoció y advirtió el mal estado del mundo y
cuán ciegamente se impedían los mortales y privaban de
la participación de la misma Divinidad. De aquí le resultó
un nuevo género de martirio con la fuerza que se dolía de
la perdición humana, y el deseo de reparar tan
lamentable ruina. Sobre esto hizo altísimas oraciones,
peticiones, ofrecimientos, sacrificios, humillaciones y
heroicos actos de amor de Dios y de los hombres, para
que ninguno, si fuera posible, se perdiese de allí
adelante y todos conociesen a su Criador y Reparador y
le confesasen, adorasen y amasen. Todo esto le pasaba
en la misma visión de la Divinidad; y porque estas
peticiones fueron al modo de otras dichas, no me alargo
en referirlas.
41. Luego le manifestó el Señor en la misma ocasión las
obras de la creación del cuarto día (Gén., 1, 14-19), y
conoció la divina princesa María cuándo y cómo fueron
formados en el firmamento los luminares del cielo para
dividir el día de la noche y para que señalasen los tiempos,
los días y los años; y para este fin tuvo ser el mayor
luminar del cielo, que es el sol, como presidente y señor
del día, y junto con él fue formada la luna, que es el
menor luminar y alumbra en las tinieblas de la noche;
cómo fueron formadas las estrellas en el octavo cielo,
para que con su brillante luz alegrasen la noche y en ella
y en el día presidieran con sus varias influencias. Conoció
la materia de estos orbes luminosos, su forma, sus
calidades, su grandeza, sus varios movimientos, con la
uniforme desigualdad de los planetas. Conoció el número
de las estrellas y todos los influjos que le comunican a la
tierra, a sus vivientes y no vivientes, los efectos que en
ellos causan, cómo los alteran y mueven.
42. Y no es esto contra lo que dijo el profeta, salmo 146
(Sal., 146, 4), que conoce Dios el número de las estrellas
y las llama por sus nombres; porque no niega el Santo
Rey David que puede conceder Su Majestad con su
poder infinito a la criatura por gracia lo que tiene Su
Alteza por naturaleza. Y claro está que, siendo posible
comunicar esta ciencia y redundando en mayor
excelencia de María Señora nuestra, no le había de
negar este beneficio, pues le concedió otros mayores, y
la hizo Reina y Señora de las estrellas como de las demás
criaturas. Y venía a ser este beneficio como consiguiente
al dominio y señorío que la dio sobre las virtudes, influjos
y operaciones de todos los orbes celestiales, mandando a
todos ellos la obedeciesen como a su Reina y Señora,
43. De este como precepto que puso el Señor a las
criaturas celestes y el dominio que dio a María Santísima
sobre ellas, quedó Su Alteza con tanta potestad, que si
mandara a las estrellas dejar su asiento en el cielo la
obedecieran al punto y fueran a donde esta Señora les
ordenara. Lo mismo hicieran el sol y los planetas, y todos
detuvieran su curso y movimiento, suspendieran sus
influjos y dejaran de obrar al imperio de María. Ya dije
arriba (Cf. supra n. 21) que alguna vez usaba Su Alteza
de este imperio; porque como adelante veremos
(Cf. infra p. II n. 633, 706) le sucedió algunas en Egipto,
donde los calores son muy destemplados, mandar al sol
que no diese su ardor tan vehemente, ni molestase ni
fatigase con sus rayos al niño Dios y Señor suyo, y le
obedecía el sol en esto, afligiendo y molestándola a ella,
porque así lo quería, y respetando al Sol de Justicia que
tenía en sus brazos. Lo mismo sucedía con otros planetas,
y detenía alguna vez al sol, como hablaré en su lugar.
44. Otros muchos sacramentos ocultos manifestó el
Altísimo a nuestra gran Reina en esta visión, y cuanto he
dicho y diré de todos me deja el corazón como violento,
porque puedo decir poco de lo que entiendo, y conozco
entiendo mucho menos de lo que sucedió a la divina
Señora; y muchos de sus misterios están reservados para
manifestarlos su Hijo Santísimo el día del juicio universal,
porque ahora no somos capaces de todos. Salió María
Santísima de esta visión más inflamada y transformada
en aquel objeto infinito y en sus atributos y perfecciones
que había conocido, y con el progreso de los favores
Divinos los hacía ella en las virtudes y multiplicaba los
ruegos, las ansias, fervores y los méritos con que
aceleraba la Encarnación del Verbo Divino y nuestra
salud.
Doctrina que me dio la divina Reina.
45. Carísima hija mía, quiero que hagas mucha
ponderación y aprecio de lo que has entendido que yo
hice y padecí cuando el Altísimo me dio conocimiento tan
alto de su bondad, inclinada con infinito peso a
enriquecer a los mortales, y la mala correspondencia y
tenebrosa ingratitud de parte de ellos. Cuando de
aquella liberalísima dignación descendí a conocer y
penetrar la estulta dureza de los pecadores, era
traspasado mi corazón con una flecha de mortal
amargura que me duró toda la vida. Y te quiero
manifestar otro misterio: que muchas veces el Altísimo,
para sanar la contrición y quebranto de mi corazón en
este dolor, solía responderme y me decía: Recibe tú,
Esposa mía, lo que el mundo ignorante y ciego desprecia
como indigno de recibirlo y conocerlo.Y en esta
respuesta y promesa soltaba el Altísimo el corriente de
sus tesoros, que letificaban mi alma más que la
capacidad humana puede alcanzar ni toda lengua
explicar.
46. Quiero, pues, ahora que tú, amiga mía, seas mi
compañera en este dolor, tan poco advertido de los
vivientes, que yo padecí por ellos. Y para que me imites
en él y en los efectos que te causará tan justa pena,
debes negarte y olvidarte de ti misma en todo y coronar
tu corazón de espinas y dolores contra lo que hacen los
mortales. Llora tú lo que ellos se ríen y deleitan (Sab., 2,
6-9) en su eterna damnación, que éste es el oficio más
legítimo de las que son con verdad esposas de mi Hijo
Santísimo, y sólo se les permite que se deleiten en las
lágrimas que derraman por sus pecados y por los del
mundo ignorante. Prepara tu corazón con esta
disposición para que te haga el Señor participante de sus
tesoros, y esto no tanto porque tú quedes rica, cuanto
porque Su Majestad cumpla su liberal amor de comunicártelos
y justificar las almas. Imítame en todo lo que
yo te enseño, pues conoces ser ésta mi voluntad para
contigo.
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