Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsCómo el Altísimo dio principio a sus obras; y todas las cosas materiales crió para el hombre, y a los ángeles y hombres para que hiciesen pueblo de quien el Verbo humanado fuese cabeza.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  7    Versos:  80-93


80. Causa de todas las causas fue Dios y Criador de
todo lo que tiene ser; y con el poder de su brazo quiso
dar principio a todas sus maravillosas obras ad extra,
cuando y como fue su voluntad. El orden y principio de
esta creación refiere Moisés en el capítulo 1 del Génesis
y, porque el Señor me ha dado su inteligencia, diré aquí
lo conveniente para ir buscando desde su origen las
obras y misterios de la encarnación del Verbo y de
nuestra redención.
81. La letra del cap. 1 del Génesis dice de esta manera:
En el principio crió Dios el cielo y la tierra. Y estaba la
tierra sin frutos y vacía y las tinieblas estaban sobre la
haz del abismo y el espíritu del Señor era llevado sobre
las aguas. Y dijo Dios: sea hecha la luz, y fue hecha la luz.
Y vio Dios la luz que era buena y dividióla y apartóla de
las tinieblas; y a la luz llamó día y a las tinieblas noche; y
fue hecho día de tarde y mañana (Gén., 1, 1-5), etc. En
este día primero, dice Moisés, que en el principio crió
Dios el cielo y la tierra, porque este principio fue el que
dio el todopoderoso Dios, estando en su ser inmutable,
como saliendo de él a criar fuera de sí mismo a las
criaturas, que entonces comenzaron a tener ser en sí
mismas y Dios como a recrearse en sus hechuras, como
obras adecuadamente perfectas. Y para que el orden
fuera también perfectísimo, antes de criar criaturas
intelectuales y racionales, formó el cielo para los ángeles
y hombres y la tierra donde primero los mortales habían
de ser viadores; lugares tan proporcionados para sus
fines y tan perfectos, que, como David (Sal., 18, 2) dice,
los cielos publican la gloria de Dios, el firmamento y la
tierra anuncian las obras de sus manos. Los cielos con su
hermosura manifiestan la magnificencia y gloria, porque
son depósito del premio prevenido para los santos; y el
firmamento de la tierra anuncia que ha de haber
criaturas y hombres que la habiten y por ella caminen a
su Criador. Y antes de criarlos quiere el Altísimo
prevenirles y criarles lo necesario para esto y para la
vida que les había de mandar vivir; para que de todas
partes se hallen compelidos a obedecer y amar a su
Hacedor y Bienhechor y que por sus obras (Rom., 1, 20)
conozcan su nombre admirable e infinitas perfecciones.
82. De la tierra, dice Moisés, que estaba vacía, y no lo
dice del cielo; porque en éste crió los ángeles en el
instante cuando dice Moisés: Dijo Dios: sea hecha la luz,
y fue hecha la luz; porque no habla sólo de la luz
material, sino, también de las luces angélicas o intelectuales.
Y no hizo más clara memoria de ellos que
significarlos debajo de este nombre, por la condición tan
fácil de los hebreos en atribuir la divinidad a cosas
nuevas y de menor aprecio que los espíritus angélicos;
pero fue muy legítima la metáfora de la luz para
significar la naturaleza angélica, y místicamente la luz de
la ciencia y gracia con que fueron iluminados en su
creación. Y crió Dios con el cielo empíreo la tierra
juntamente, para formar en su centro el infierno; porque
en aquel instante que fue criada, por la divina disposición
quedaron en medio de este globo cavernas muy profundas
y dilatadas, capaces para infierno, limbo y
purgatorio; y en el infierno, al mismo tiempo fue criado
fuego material y las demás cosas que allí sirven ahora de
pena a los condenados. Había de dividir luego el Señor la
luz de las tinieblas y llamar a la luz día y a las tinieblas
noche; y no sólo sucedió esto entre la noche y día
naturales, pero entre los ángeles buenos y malos, que a
los buenos dio la luz eterna de su vista, y la llamó día, y
día eterno; y a los malos llamó noche del pecado y fueron
arrojados en las eternas tinieblas del infierno; para que
todos entendamos cuan juntas anduvieron la liberalidad
misericordiosa de criador y vivificador y la justicia de
rectísimo juez en el castigo.
83. Fueron los ángeles criados en el cielo empíreo y en
gracia, para que con ella precediera el merecimiento al
premio de la gloria; que aunque estaban en el lugar de
ella, no se les había mostrado la divinidad cara a cara y
con clara noticia, hasta que con la gracia lo merecieron
los que fueron obedientes a la voluntad divina. Y así estos
Ángeles Santos, como los demás apóstatas, duraron muy
poco en el primer estado de viadores; porque la
creación, estado y término, fueron en tres estancias o
mórulas divididas con algún intervalo en tres instantes. En
el primero fueron todos criados y adornados con gracia y
dones, quedando hermosísimas y perfectas criaturas. A
este instante se siguió una mórula, en que a todos les fue
propuesta e intimada la voluntad de su Criador, y se les
puso ley y precepto de obrar, reconociéndole por
supremo Señor, y para que cumpliesen con el fin para
que los había criado. En esta mórula, estancia o intervalo
sucedió entre san Miguel y sus ángeles, con el dragón y
los suyos, aquella gran batalla que dice San Juan en el
cap. 12 del Apocalipsis (V., 7); y los buenos ángeles,
perseverando en gracia, merecieron la felicidad eterna y
los inobedientes, levantándose contra Dios, merecieron el
castigo que tienen.
84. Y aunque en esta segunda mórula pudo suceder
todo muy brevemente, según la naturaleza angélica y el
poder divino, pero entendí que la piedad del Altísimo se
detuvo algo y con algún intervalo les propuso el bien y el
mal, la verdad y falsedad, lo justo y lo injusto, su gracia y
amistad y la malicia del pecado y enemistad de Dios, el
premio y el castigo eterno y la perdición para Lucifer y
los que le siguiesen; y les mostró Su Majestad el infierno
y sus penas y ellos lo vieron todo, que en su naturaleza
tan superior y excelente todas las cosas se pueden ver,
como ellas son en sí mismas, siendo criadas y limitadas;
de suerte que, antes de caer de la gracia, vieron
claramente el lugar del castigo. Y aunque no conocieron
por este modo el premio de la gloria, pero tuvieron de
ella otra noticia y la promesa manifiesta y expresa del
Señor, con que el Altísimo justificó su causa y obró con
suma equidad y rectitud. Y porque toda esta bondad y
justificación no bastó para detener a Lucifer y a sus secuaces,
fueron, como pertinaces, castigados y lanzados
en el profundo de las cavernas infernales y los buenos
confirmados en gracia y gloria eterna. Y esto fue todo en
el tercer instante, en que se conoció de hecho que
ninguna criatura, fuera de Dios, es impecable por naturaleza;
pues el ángel, que la tiene tan excelente y la
recibió adornada con tantos dones de ciencia y gracia, al
fin pecó y se perdió. ¿Qué hará la fragilidad humana, si
el poder divino no la defiende y si ella obliga a que la
desampare?
85. Resta de saber el motivo que tuvieron en su pecado
Lucifer y sus confederados que es lo que voy
buscando y de qué tomaron ocasión para su
inobediencia y caída. Y en esto entendí que pudieron
cometer muchos pecados secundum reatum, aunque no
cometieron los actos de todos; pero de los que
cometieron con su depravada voluntad, les quedó hábito
para todos los malos actos, induciendo a otros, y
aprobando el pecado, que por sí mismos no podían obrar.
Y según el mal afecto que de presente tuvo entonces
Lucifer, incurrió en desordenadísimo amor de sí mismo; y
le nació de verse con mayores dones y hermosura de
naturaleza y gracias que los otros ángeles inferiores. En
este conocimiento se detuvo demasiado; y el agrado que
de sí mismo tuvo le retardó y entibió en el agradecimiento
que debía a Dios, como a causa única de todo lo
que había recibido. Y volviéndose a remirar, agradóse de
nuevo de su hermosura y gracias y adjudícoselas y
amólas como suyas; y este desordenado afecto propio no
sólo le hizo levantarse con lo que había recibido de otra
superior virtud, pero también le obligó a envidiar y
codiciar otros dones y excelencias ajenas que no tenía. Y
porque no las pudo conseguir, concibió mortal odio e
indignación contra Dios, que de nada le había criado, y
contra todas sus criaturas.
86. De aquí se originaron la desobediencia, presunción,
injusticia, infidelidad, blasfemia y aun casi alguna
especie de idolatría, porque deseó para sí la adoración y
reverencia debida a Dios. Blasfemó de su divina
grandeza y santidad, faltó a la fe y lealtad que debía,
pretendió destruir todas las criaturas y presumió que
podría todo esto y mucho más; y así siempre su soberbia
sube (Sal., 73, 23) y persevera, aunque su arrogancia es
mayor que su fortaleza (Is., 16, 6), porque en ésta no
puede crecer y en el pecado un abismo llama a otro abismo
(Sal., 41, 8). El primer ángel que pecó fue Lucifer,
como consta del capítulo 14 de Isaías (Is., 14, 12), y éste
indujo a otros a que le siguiesen; y así se llama príncipe
de los demonios, no por naturaleza, que por ella no pudo,
tener este título, sino por la culpa. Y no fueron los que pecaron
de solo un orden o jerarquía, sino de todas cayeron
muchos.
87. Y para manifestar, como se me ha mostrado, qué
honra y excelencia fue la que con soberbia apeteció y
envidió Lucifer, advierto que, como en las obras de Dios
hay equidad, peso y medida (Sab., 11, 21), antes que los
ángeles se pudiesen inclinar a diversos fines, determinó
su providencia manifestarles inmediatamente después de
su creación el fin para que los había criado de naturaleza
tan alta y excelente. Y de todo esto tuvieron ilustración
en esta manera: Lo primero, tuvieron inteligencia muy
expresa del ser de Dios, uno en sustancia y trino en
personas, y recibieron precepto de que le adorasen y
reverenciasen como a su Criador y Sumo Señor, infinito
en su ser y atributos. A este mandato se rindieron todos y
obedecieron, pero con alguna diferencia; porque los
ángeles buenos obedecieron por amor y justicia,
rindiendo su afecto de buena voluntad, admitiendo y
creyendo lo que era sobre sus fuerzas y obedeciendo con
alegría; pero Lucifer se rindió por parecerle ser lo
contrario imposible. Y no lo hizo con caridad perfecta,
porque dividió la voluntad en sí mismo y en la verdad
infalible del Señor; y esto le hizo que el precepto se le
hiciese algo violento y dificultoso y no cumplirle con
afecto lleno de amor y justicia; y así se dispuso para no
perseverar en él. Y aunque no le quitó la gracia esta
remisión y tibieza en obrar estos primeros actos con
dificultad, pero de aquí comenzó su mala disposición,
porque tuvo alguna debilidad y flaqueza en la virtud y
espíritu y su hermosura no resplandeció como debía. Y, a
mi parecer, el efecto que hizo en Lucifer esta remisión y
dificultad fue semejante al que hace en el alma un
pecado venial advertido; pero no afirmo que pecó venial
ni mortalmente entonces, porque cumplió el precepto de
Dios; mas fue remiso e imperfecto este cumplimiento y
más por compelerle la fuerza de la razón que por amor y
voluntad de obedecer; y así se dispuso a caer.
88. En segundo lugar, les manifestó Dios había de criar
una naturaleza humana y criaturas racionales inferiores,
para que amasen, temiesen y reverenciasen a Dios, como
a su autor y bien eterno, y que a esta naturaleza había
de favorecer mucho; y que la segunda persona de la
misma Trinidad Santísima se había de humanar y hacerse
hombre, levantando a la naturaleza humana a la unión
hipostática y Persona Divina, y que a aquel supuesto
hombre y Dios habían de reconocer por Cabeza, no sólo
en cuanto Dios, pero juntamente en cuanto hombre, y le
habían de reverenciar y adorar; y que los mismos Ángeles
habían de ser sus inferiores en dignidad y gracias y sus
siervos. Y les dio inteligencia de la conveniencia y
equidad, justicia y razón, que en esto había; porque la
aceptación de los merecimientos previstos de aquel
hombre y Dios les había merecido la gracia que poseían
y la gloria que poseerían; y que para gloria de él mismo
habían sido criados ellos y todas las otras criaturas lo
serían, porque a todas había de ser superior; y todas las
que fuesen capaces de conocer y gozar de Dios, habían
de ser pueblo y miembros de aquella cabeza, para
reconocerle y reverenciarle. Y de todo esto se les dio
luego mandato a los ángeles.
89. A este precepto todos los obedientes y santos
ángeles se rindieron y prestaron asenso y obsequio con
humilde y amoroso afecto de toda su voluntad; pero
Lucifer con soberbia y envidia resistió y provocó a los
ángeles, sus secuaces, a que hicieran lo mismo, como de
hecho lo hicieron, siguiéndole a él y desobedeciendo al
divino mandato. Persuadióles el mal Príncipe que sería su
cabeza y que tendrían principado independiente y
separado de Cristo. Tanta ceguera pudo causar en un
ángel la envidia y soberbia y un afecto tan desordenado,
que fuese causa y contagio para comunicar a tantos el
pecado.
90. Aquí fue la gran batalla, que San Juan dice (Ap., 12,
7) sucedió en el cielo; porque los Ángeles obedientes y
Santos, con ardiente celo de defender la gloria del
Altísimo y la honra del Verbo humanado previsto,
pidieron licencia y como beneplácito al Señor para
resistir y contradecir al dragón, y les fue concedido este
permiso. Pero sucedió en esto otro misterio: que cuando
se les propuso a todos los ángeles habían de obedecer al
Verbo humanado, se les puso otro tercero precepto, de
que habían de tener juntamente por superiora a una
mujer, en cuyas entrañas tomaría carne humana este
Unigénito del Padre; y que esta mujer había de ser su
Reina y de todas las criaturas y que se había de señalar y
aventajar a todas, angélicas y humanas, en los dones de
gracia y gloria. Los buenos ángeles, en obedecer este
precepto del Señor, adelantaron y engrandecieron su
humildad y con ella le admitieron y alabaron el poder y
sacramentos del Altísimo; pero Lucifer y sus
confederados, con este precepto y misterio, se levantaron
a mayor soberbia y desvanecimiento; y con desordenado
furor apeteció para sí la excelencia de ser cabeza de
todo el linaje humano y órdenes angélicos y que, si había
de ser mediante la unión hipostática, fuese con él.
91. Y en cuanto al ser inferior a la Madre del Verbo
humanado y Señora nuestra, lo resistió con horrendas
blasfemias, convirtiéndose en desbocada indignación
contra el Autor de tan grandes maravillas; y provocando
a los demás, dijo este dragón: Injustos son estos
preceptos y a mi grandeza se le hace agravio; y a esta
naturaleza, que tú, Señor, miras con tanto amor y
propones favorecerla tanto, yo la perseguiré y destruiré y
en esto emplearé todo mi poder y cuidado. Y a esta
mujer, Madre del Verbo, la derribaré del estado en que
la prometes poner y a mis manos perecerá tu intento.
92. Este soberbio desvanecimiento enojó tanto al Señor,
que humillando a Lucifer le dijo: Esta mujer, a quien no
has querido respetar, te quebrantará la cabeza (Gén., 3,
15) y por ella serás vencido y aniquilado. Y si por tu
soberbia entrare la muerte en el mundo (Sab., 2, 24), por
la humildad de esta mujer entrará la vida y la salud de
los mortales; y de su naturaleza y especie de estos dos
gozarán el premio y coronas que tú y tus secuaces habéis
perdido.Y a todo esto replicaba el dragón con
indignada soberbia contra lo que entendía de la
divina voluntad y sus decretos; amenazaba a todo el
linaje humano. Y los ángeles buenos conocieron la justa
indignación del Altísimo contra Lucifer y los demás
apostatas y con las armas del entendimiento, de la razón
y verdad peleaban contra ellos.
93. Obró aquí el Todopoderoso otro misterio maravilloso:
que habiéndoles manifestado por inteligencia a todos los
ángeles el sacramento grande de la unión hipostática, les
mostró la Virgen Santísima en una señal o especie, al
modo de nuestras visiones imaginarias, según nuestro
modo de entender. Y así les dio a conocer y representó la
humana naturaleza pura en una mujer perfectísima, en
quien el brazo poderoso del Altísimo había de ser más
admirable que en todo el resto de las criaturas, porque
en ella depositaba las gracias y dones de su diestra en
grado superior y eminente. Esta señal y visión de la Reina
del cielo y Madre del Verbo humanado fue notoria y
manifiesta a todos los ángeles buenos y malos. Y los buenos
a su vista quedaron en admiración y cánticos de
alabanza y desde entonces comenzaron a defender la
honra de Dios humanado y su Madre Santísima, armados
con este ardiente celo y con el escudo inexpugnable de
aquella señal. Y, por el contrario, el dragón y sus aliados
concibieron implacable furor y saña contra Cristo y su
Madre santísima; y sucedió todo lo que contiene el cap.
12 del Apocalipsis, cuya declaración, como se me ha
dado, pondré en el que se sigue.
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