Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsCelebra el Altísimo con la Princesa del cielo nuevo desposorio para las bodas de la encarnación y adórnala para ellas.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  7    Versos:  70-86


70. Grandes son las obras del Altísimo (Sal., 110, 2),
porque todas fueron y son hechas con plenitud de ciencia
y de bondad, en equidad y mesura (Sap., 11, 21).
Ninguna es manca, inútil ni defectuosa, superflua ni vana;
todas son exquisitas y magníficas, como el mismo Señor
que con la medida de su voluntad quiso hacerlas y
conservarlas, y las quiso como convenían, para ser en
ellas conocido y magnificado. Pero todas las obras de
Dios ad extra, fuera del misterio de la Encarnación,
aunque son grandes, estupendas y admirables, y más
admirables que comprensibles, no son más de una
pequeña centella (Eclo., 42, 23) despedida del inmenso
abismo de la divinidad. Sólo este gran sacramento de
hacerse Dios hombre pasible y mortal es la obra grande
de todo el poder y sabiduría infinita y la que excede sin
medida a las demás obras y maravillas de su brazo
poderoso; porque en este misterio, no una centella de la
divinidad, pero todo aquel volcán del infinito incendio,
que Dios es, bajó y se comunicó a los hombres,
juntándose con indisoluble y eterna unión a nuestra
terrena y humana naturaleza.
71. Si esta maravilla y sacramento del Rey se ha de
medir con su misma grandeza, consiguiente era que la
mujer, de cuyo vientre había de tomar forma de hombre,
fuese tan perfecta y adornada de todas sus riquezas, que
nada le faltase de los dones y gracias posibles y que
todas fuesen tan llenas, que ninguna padeciese mengua
ni defecto alguno. Pues como esto era puesto en razón y
convenía a la grandeza del Omnipotente, así lo cumplió
con María Santísima, mejor que el rey Asuero con la
graciosa Ester, para levantarla al trono de su grandeza.
Previno el Altísimo a nuestra Reina María con tales
favores, privilegios y dones nunca imaginados de las
criaturas, que cuando salió a vista de los cortesanos de
este gran Rey de los siglos inmortal (1 Tim., 1, 17),
conocieron todos y alabaron el poder Divino y que, si
eligió una mujer para Madre, pudo y supo hacerla digna
para hacerse Hijo suyo.
72. Llegó el día séptimo y vecino de este misterio y, a la
misma hora que en los pasados he dicho, fue llamada y
elevada en espíritu la divina Señora, pero con una
diferencia de los días precedentes; porque en éste fue
llevada corporalmente por mano de sus santos ángeles al
cielo empíreo, quedando en su lugar uno de ellos que la
representase en cuerpo aparente. Puesta en aquel
supremo cielo, vio la Divinidad con abstractiva visión
como otros días, pero siempre con nueva y mayor luz y
misterios más profundos, que aquel objeto voluntario
sabe y puede ocultar y manifestar. Oyó luego una voz que
salía del trono real, y decía: Esposa y paloma electa,
ven, graciosa y amada nuestra, que hallaste gracia en
nuestros ojos y eres escogida entre millares y de nuevo
te queremos admitir por nuestra Esposa única, y para
esto queremos darte el adorno y hermosura digna de
nuestros deseos.
73. A esta voz y razones, la humildísima entre los
humildes se abatió y aniquiló en la presencia del
Altísimo, sobre todo lo que alcanza la humana
capacidad, y toda rendida al beneplácito divino, con
agradable encogimiento respondió: Aquí está, Señor, el
polvo, aquí este vil gusanillo, aquí está la pobre esclava
vuestra, para que se cumpla en ella vuestro mayor
agrado. Servios, bien mío, del instrumento humilde de
vuestro querer, gobernadle con vuestra diestra.—Mandó
luego el Altísimo a dos serafines, de los más allegados al
trono y excelentes en dignidad, que asistiesen a aquella
divina mujer, y acompañados de otros se pusieron en
forma visible al pie del trono, donde estaba María
Santísima más inflamada que todos ellos en el amor
divino.
74. Era espectáculo de nueva admiración y júbilo para
todos los espíritus angélicos ver en aquel lugar celestial,
nunca hollado de otras plantas, una humilde doncella
consagrada para Reina suya y más inmediata al mismo
Dios entre todas las criaturas, ver en el cielo tan
apreciada y valorada aquella mujer (Prov., 31,10) que
ignoraba el mundo y como no conocida la despreciaba,
ver a la naturaleza humana con las arras y principio de
ser levantada sobre los coros celestiales y ya interpuesta
en ellos. ¡Oh qué santa y dulce emulación pudiera
causarles esta peregrina maravilla a los cortesanos
antiguos de la superior Jerusalén! ¡Oh qué conceptos
formaban en alabanza del Autor! ¡Oh qué afectos de
humildad repetían, sujetando sus elevados
entendimientos a la voluntad y ordenación divina!
Reconocían ser justo y santo que levante a los humildes y
que favorezca a la humana humildad y la adelante a la
angélica.
75. Estando en esta loable admiración los moradores
del cielo, la beatísima Trinidad —a nuestro bajo modo de
entender y de hablar— confería entre sí misma cuán
agradable era en sus ojos la princesa María, cómo había
correspondido perfecta y enteramente a los beneficios y
dones que se le habían fiado, cuánto con ellos había
granjeado la gloria que adecuadamente daba al mismo
Señor y cómo no tenía falta ni defecto, ni óbice para la
dignidad de Madre del Verbo para que era destinada. Y
junto con esto, determinaron las tres divinas personas
que fuese levantada esta criatura al supremo grado de
gracia y amistad del mismo Dios, que ninguna otra pura
criatura había tenido ni tendrá jamás, y en aquel instante
la dieron a ella sola más que tenían todas juntas. Con
esta determinación la Beatísima Trinidad se complació y
agradó de la santidad suprema de María, como ideada y
concebida en su mente Divina.
76. Y en correspondencia de esta santidad y en su
ejecución, y en testimonio de la benevolencia con que el
mismo Señor la comunicaba nuevas influencias de su
divina naturaleza, ordenó y mandó que fuese María
Santísima adornada visiblemente con una vestidura y
joyas misteriosas, que señalasen los dones interiores de
las gracias y privilegios que le daban como a Reina y
Esposa. Y aunque este adorno y desposorio se le concedió
otras veces, como queda dicho (Cf. supra p. I n. 435),
cuando fue presentada al templo, pero en esta ocasión
fue con circunstancias de nueva excelencia y admiración,
porque servía de más próxima disposición para el
milagro de la Encarnación.
77. Vistieron luego los dos Serafines por mandado del
Señor a María Santísima una tunicela o vestidura larga,
que como símbolo de su pureza y gracia era tan hermosa
y de tan rara candidez y belleza refulgente, que sólo un
rayo de luz de los que sin número despedía, si apareciera
al mundo, le diera mayor claridad sólo él que todo el
número de las estrellas si fueran soles; porque en su
comparación toda la luz que nosotros conocemos
pareciera oscuridad. Al mismo tiempo que la vestían los
serafines, le dio el Altísimo profunda inteligencia de la
obligación en que la dejaba aquel beneficio de
corresponder a Su Majestad con la fidelidad y amor y con
un alto y excelente modo de obrar, que en todo conocía,
pero siempre se le ocultaba el fin que tenía el Señor de
recibir carne en su virginal vientre. Todo lo demás
reconocía nuestra gran Señora, y por todo se humillaba
con indecible prudencia y pedía el favor divino para
corresponder a tal beneficio y favor.
78. Sobre la vestidura la pusieron los mismos
serafines una cintura, símbolo del temor santo que se le
infundía; era muy rica, como de piedras varias en
extremo refulgentes, que la agraciaban y hermoseaban
mucho. Y al mismo tiempo la fuente de la luz que tenía
presente la divina Princesa la iluminó e ilustró para que
conociese y entendiese altísimamente las razones por
que debe ser temido Dios de toda criatura. Y con este
don de temor del Señor quedó ajustadamente ceñida,
como convenía a una criatura pura que tan familiarmente
había de tratar y conversar con el mismo Criador, siendo
verdadera Madre suya.
79. Conoció luego que la adornaban de hermosísimos
y dilatados cabellos recogidos con un rico apretador, y
ellos eran más brillantes que el oro subido y refulgente. Y
en este adorno entendió se le concedía que todos sus
pensamientos toda la vida fuesen altos y divinos,
inflamados en subidísima caridad, significada por el oro.
Y junto con esto se le infundieron de nuevo hábitos de
sabiduría y ciencia clarísima, con que quedasen ceñidos
y recogidos varia y hermosamente estos cabellos en una
participación inexplicable de los atributos de ciencia y
sabiduría del mismo Dios. Concediéronla también para
sandalias o calzado que todos los pasos y movimientos
fuesen hermosísimos (Cant., 7, 1) y encaminados siempre
a los más altos y santos fines de la gloria del Altísimo. Y
cogieron este calzado con especial gracia de solicitud y
diligencia en el bien obrar para con Dios y con los
prójimos, al modo que sucedió cuando con festinación fue
a visitar a Santa Isabel y San Juan (Lc., 1, 39); con que
esta hija del Príncipe (Cant., 7, 1) salió hermosísima en
sus pasos.
80. Las manos las adornaban con manillas, infundiéndola
nueva magnanimidad para obras grandes, con
participación del atributo de la magnificencia, y así las
extendió siempre para cosas fuertes (Prov., 31, 19). En los
dedos la hermosearon con anillos, para que con los
nuevos dones del Espíritu Divino en las cosas menores o
en materias más inferiores obrase superiormente con
levantado modo, intención y circunstancias, que hiciesen
todas sus obras grandiosas y admirables. Añadieron
juntamente a esto un collar o banda que le pusieron lleno
de inestimables y brillantes piedras preciosas y
pendiente una cifra de tres más excelentes, que en las
tres virtudes fe, esperanza y caridad correspondía a
las tres divinas personas. Renováronle con este
adorno los hábitos de estas nobilísimas virtudes para el
uso que de ellas había menester en los misterios de la
Encarnación y Redención.
81. En las orejas le pusieron unas arracadas de oro con
gusanillos de plata (Cant., 1, 10), preparando sus oídos
con este adorno para la embajada que luego había de oír
del Santo Arcángel Gabriel, y se le dio especial ciencia
para que la oyese con atención y respondiese con
discreción, formando razones prudentísimas y agradables
a la voluntad divina; y en especial para que del metal
sonoro y puro de la plata de su candidez resonase en los
oídos del Señor y quedasen en el pecho de la divinidad
aquellas deseadas y sagradas palabras: Fiat mihi
secundum verbum tuum (Lc., 1, 38).
82. Sembraron luego la vestidura de unas cifras que
servían como de realces o bordaduras de finísimos
matices y oro, que algunas decían: María, Madre de Dios,
y otras, María, Virgen y Madre; mas no se le manifestaron
ni descifraron entonces estas cifras misteriosas a ella
sino a los ángeles santos; y los matices eran los hábitos
excelentes de todas las virtudes en eminentísimo grado y
los actos que a ellas correspondían sobre todo lo que han
obrado todas las demás criaturas intelectuales. Y para
complemento de toda esta belleza la dieron por agua de
rostro muchas iluminaciones y resplandores, que se
derivaron en esta divina Señora de la vecindad y
participación del infinito ser y perfecciones del mismo
Dios; que para recibirle real y verdaderamente en su
vientre virginal, convenía haberle recibido por gracia en
el sumo grado posible a pura criatura.
83. Con este adorno y hermosura quedó nuestra princesa
María tan bella y agradable, que pudo el Rey supremo
codiciarla (Sal., 44, 12). Y por lo que en otras partes he
dicho de sus virtudes (Cf. supra p. I n. 226-235, 482-611), y
será forzoso repetir en toda esta divina Historia, no me
detengo más en explicar este adorno, que fue con nuevas
condiciones y efectos más divinos. Y todo cabe en el
poder infinito y en el inmenso campo de la perfección y
santidad, donde siempre hay mucho que añadir y entender
sobre lo que nosotros alcanzamos a conocer. Y
llegando a este mar de María Purísima, quedamos
siempre muy a las márgenes de su grandeza; y mi
entendimiento de lo que ha conocido queda siempre con
gran preñez de conceptos que no puede explicar.
Doctrina que me dio la Reina santísima María.
84. Hija mía, las ocultas oficinas y recámaras del
Altísimo son de Rey divino y Señor omnipotente y por esto
son sin medida y número las ricas joyas que en ellas tiene
para componer el adorno de sus esposas y escogidas. Y
como enriqueció mi alma, pudiera hacer lo mismo con
otras innumerables y siempre le sobrara infinito. Y
aunque a ninguna otra criatura dará tanto su liberal
mano como me concedió a mí, no será porque no puede o
no quiere, sino porque ninguna se dispondrá para la
gracia como yo lo hice; pero con muchas es liberalísimo
el Todopoderoso y las enriquece grandemente, porque le
impiden menos y se disponen más que otras.
85. Yo deseo, carísima, que no pongas impedimento al
amor del Señor para ti, antes quiero te dispongas para
recibir los dones y preseas con que te quiere prevenir,
para que seas digna de su tálamo de esposo. Y advierte
que todas las almas justas reciben este adorno de su
mano, pero cada una en su grado de amistad y gracia de
que se hace capaz. Y si tú deseas llegar a los más
levantados quilates de esta perfección y estar digna de
la presencia de tu Señor y Esposo, procura crecer y ser
robusta en el amor; pero éste crece, cuando crece la
negación y mortificación. Todo lo terreno has de negar y
olvidar y todas tus inclinaciones a ti misma y a lo visible
se han de extinguir en ti, y sólo en el amor divino has de
crecer y adelantarte. Lávate y purifícate en la sangre de
Cristo tu reparador y aplícate este lavatorio muchas
veces, repitiendo el amoroso dolor de la contrición de tus
culpas. Con esto hallarás gracia en sus ojos y tu hermosura
le será de codicia y tu adorno estará lleno de
toda perfección y pureza.
86. Y habiendo tú sido tan favorecida y señalada del
Señor en estos beneficios, razón es que sobre muchas
generaciones seas agradecida y con incesante alabanza
le engrandezcas por lo que contigo se ha dignado. Y si
este vicio de la ingratitud es tan feo y reprensible en las
criaturas que menos deben, cuando luego como terrenas
y groseras olvidan con desprecio los beneficios del Señor,
mayor será la culpa de esta villanía en tus obligaciones.
Y no te engañes con pretexto de humillarte, porque hay
mucha diferencia entre la humildad agradecida y la
ingratitud humillada con engaño; y debes advertir que
muchas veces hace grandes favores el Señor a los in59
dignos, para manifestar su bondad y grandeza y para
que no se alce nadie con ellos, conociendo su propia
indignidad, que ha de ser de contrapeso y triaca contra
el veneno de la presunción; pero siempre se compadece
con esto el agradecimiento, conociendo que todo don
perfecto es y viene del Padre de las lumbres (Sant., 1, 17)
y nunca por sí le pudo merecer la criatura, sino que se le
da por sola su bondad, con que debe quedar rendida y
cautiva del agradecimiento.
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