Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsRenueva el Altísimo los favores y beneficios en María Santísima y dale de nuevo la posesión de Reina de todo lo criado por última disposición para la Encarnación.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  9    Versos:  99-108


99. El último y noveno día de los que más de cerca
preparaba el Altísimo su tabernáculo para santificarle
(Sal., 45, 5) con su venida, determinó renovar sus
maravillas y multiplicar las señales, recopilando los
favores y beneficios que hasta aquel día había
comunicado a la princesa María. Pero de tal manera
obraba en ella el Altísimo, que, cuando sacaba de sus
tesoros infinitos cosas antiguas, siempre añadía muchas
nuevas (Mt., 13, 52); y todos estos grados y maravillas
caben entre humillarse Dios a ser hombre y levantar una
mujer a ser su Madre. Para descender Dios al otro
extremo de ser hombre, ni se pudo en sí mudar, ni lo
había menester, porque quedándose inmutable en sí
mismo, pudo unir a su persona nuestra naturaleza, mas
para llegar una mujer de cuerpo terreno a dar su misma
sustancia con quien se uniese Dios y fuese hombre,
parecía necesario pasar un infinito espacio y venir a
ponerse tan distante de las otras criaturas, cuanto
llegaba a avecindar con el mismo Dios.
100. Llegó, pues, el día en que María Santísima había
de quedar en esta última disposición tan próxima a Dios
como ser Madre suya; y aquella noche, a la misma hora
del mayor silencio, fue llamada por el mismo Señor, como
en las precedentes se dijo. Respondió la humilde y
prudente Reina: Aparejado está mi corazón (Sal., 107, 2),
Señor y Rey altísimo, para que en mí se haga vuestro
Divino beneplácito.—Luego fue llevada en cuerpo y alma,
como los días antecedentes, por mano de sus Ángeles al
Cielo empíreo y puesta en presencia del trono real del
Altísimo, y Su Majestad poderosa la levantó y colocó a su
lado, señalándole el asiento y lugar que para siempre
había de tener en su presencia, y fue el más alto y más
inmediato al mismo Dios, fuera del que se reservaba
para la humanidad del Verbo; porque excedía sin
comparación al de todos los demás bienaventurados y a
todos juntos.
101. De aquel lugar vio luego la divinidad con
abstractiva visión, como las otras veces antecedentes, y,
ocultándole la dignidad de Madre de Dios, le manifestó
Su Majestad tan altos y nuevos sacramentos que por su
profundidad y por mi ignorancia no puedo declararlos.
Vio de nuevo la Divinidad, todas las cosas criadas y
muchas posibles y futuras; y las corpóreas se le
manifestaron, dándoselas Dios a conocer en sí mismas
por especies corpóreas y sensibles, como si las tuviera
todas presentes a los sentidos exteriores, y como si en la
esfera de la potencia visiva las percibiera con los ojos
corporales. Conoció junta toda la fábrica del universo,
que antes había conocido por sus partes, y las criaturas
que en él se contienen, con distinción y como si las
tuviera presentes en un lienzo. Vio toda su armonía,
orden, conexión y dependencia que tienen entre sí, y
todas de la voluntad Divina que las cría, gobierna y
conserva a cada una en su lugar y en su ser. Vio de nuevo
todos los cielos y estrellas, elementos y sus moradores, el
purgatorio, limbo, infierno, con todos cuantos vivían en
aquellas cavernas. Y como el puesto donde estaba la
Reina de las criaturas era eminente a todas y sólo a Dios
era inferior, así lo fue también la ciencia que la dieron,
porque sola era inferior del mismo Señor y superior a
todo lo criado.
102. Estando la divina Señora absorta en la admiración
de lo que el Altísimo le manifestaba y dándole por todo
el retorno de alabanza y gloria que se debía a tal Señor,
la habló Su Majestad, y la dijo: Electa mía y paloma mía,
todas las criaturas visibles que conoces, las he criado y
las conservo con mi providencia en tanta variedad y
hermosura sólo por el amor que tengo a los hombres. Y
de todas las almas que hasta ahora he criado, y las que
hasta el fin he determinado criar, se ha de elegir y
entresacar una congregación de fieles, que sean
segregados y lavados en la sangre del Cordero que
quitará los pecados del mundo (Ap., 7, 14). Estos serán el
fruto especial de la Redención que ha de obrar y gozarán
de sus efectos por medio de la nueva ley de gracia y
sacramentos que en ella les dará su Reparador; y
después llegarán, los que perseveraren, a la
participación de mi eterna gloria y amistad. Por estos
escogidos en primer intento he criado tantas y
maravillosas obras, y si todos me quisieran servir, adorar
y conocer mi santo nombre, cuanto es de mi parte, para
todos y para cada uno singularmente criara tantos
tesoros y los ordenara a la posesión de cada uno.
103. Y cuando hubiera criado sola una de las criaturas
que son capaces de mi gracia y de mi gloria, a sola ella
la hiciera dueña y señora de todo lo criado, pues todo es
menos que hacerla participante de mi amistad y felicidad
eterna. Tú, Esposa mía, eres mi escogida y hallaste gracia
en mi corazón, y así te hago señora de todos estos bienes
y te doy la posesión y dominio de todos ellos, para que, si
fueres esposa fiel, como te quiero, los distribuyas y
dispenses a quien por tu mano o intercesión me los
pidiere; que para esto los deposito en las tuyas.—Púsole
la Santísima Trinidad a María nuestra princesa una
corona en la cabeza, consagrándola por suprema Reina
de todo lo criado, y estaba sembrada y esmaltada con
unas cifras que decían: Madre de Dios; pero sin
entenderlas ella por entonces, porque solos las conocían
los divinos espíritus, admirados de la magnificencia del
Señor con esta doncella dichosísima y bendita entre las
mujeres, a quien ellos reverenciaron y veneraron por su
Reina legítima y Señora suya y de todo lo criado.
104. Todos estos portentos obraba la diestra del Altísimo
con muy conveniente orden de su infinita sabiduría;
porque antes de bajar a tomar carne humana en el
virginal vientre de esta Señora, convenía que todos los
cortesanos de este gran Rey reconociesen a su Madre
por Reina y Señora y por esto la diesen debida reverencia.
Y era justo y conteniente al buen orden que primero
la hiciera Dios Reina y después Madre del Príncipe de las
eternidades, pues quien había de parir al Príncipe de
necesidad había de ser Reina y reconocida por sus
vasallos; pues en que la conociesen los ángeles no había
inconveniente ni necesidad de ocultársela, antes era
como deuda del Altísimo a la majestad de su divinidad,
que su tabernáculo escogido para morada suya fuese
prevenido y calificado con todas excelencias de dignidad
y perfección, alteza y magnificencia que se le pudiesen
comunicar, sin que se le negase alguna; y así la recibieron
y reconocieron los Santos Ángeles, dándole honor
de Reina y Señora.
105. Para poner la última mano en esta prodigiosa obra
de María Santísima, extendió el Señor su brazo poderoso
y por sí mismo renovó el espíritu y potencias de esta gran
Señora, dándole nuevas iluminaciones, hábitos y
cualidades, cuya grandeza y condiciones no caben en
términos terrenos. Era éste el último retoque y pincel de
esta imagen viva del mismo Dios, para formar en ella y
de ella misma la forma que había de vestirse el Verbo
eterno, que por esencia era imagen del Padre eterno (2
Cor., 4, 4) y figura de su sustancia (He., 1, 3). Pero quedó
todo este templo de María Santísima mejor que el de
Salomón, vestido dentro y fuera del oro purísimo (3 Re., 6,
30) de la Divinidad, sin que por alguna parte se pudiese
descubrir en ella algún átomo de terrena hija de Adán.
Toda quedó deificada con divisas de Divinidad, porque
habiendo de salir el Verbo Divino del seno del eterno
Padre para bajar al de María, la preparó de suerte que
hallase en ella la similitud posible entre madre y padre.
106. No me quedan nuevas razones para decir como
quisiera los efectos que todos estos favores hicieron en el
corazón de nuestra gran Reina y Señora. No llega el
juicio humano a concebirlos, ¿cómo llegarán las palabras
a explicarlos? Pero lo que mayor admiración me hace de
la luz que se me ha dado en estos tan altos misterios es
la humildad de esta divina mujer y la porfía entre ella y
el poder Divino. ¡ Raro prodigio y milagro de humildad es
ver a esta doncella, María Santísima, levantada a la
suprema dignidad y santidad después de Dios y que
entonces se humille y aniquile a lo más ínfimo de todas
las criaturas, y que a fuerza de esta humildad no entrase
en el pensamiento de esta Señora que pudiese ser madre
del Mesías! Y no sólo esto, pero ni imaginó de sí cosa
grande, ni admirable sobre sí (Sal., 130, 1). No se
levantaron sus ojos ni corazón, antes bien cuanto la
ensalzaban más las obras del brazo del Señor, tanto
sentía humildemente de sí misma. Justo fue, por cierto,
que atendiese a su humildad el todopoderoso Dios y que
por ella la llamen todas las generaciones dichosa y
bienaventurada (Lc., 1, 48).
Doctrina que me dio la Reina y Señora del Cielo.
107. Hija mía, no es digna esposa del Altísimo la que
tiene amor interesado y servil, porque la esposa no ha de
amar ni temer como la esclava, ni tampoco ha de servir
por el jornal del estipendio. Pero aunque su amor ha de
ser filial y generoso por el agrado y bondad inmensa de
su esposo, con todo eso se ha de obligar mucho para esto
de verle tan rico y liberal; y que por el amor que a las
almas haya criado tanta variedad de bienes visibles,
para que sirvan todos a quien sirve a Su Majestad, y
sobre todo por los tesoros ocultos que tiene prevenidos
en abundancia de dulzura para los que le temen (Sal., 30,
20), como hijos de esta verdad. Quiero, que te des por
muy obligada a tu Señor y Padre, Esposo y Amigo,
conociendo cuán ricas son las almas que por gracia
llegan a ser hijas y carísimas suyas; pues, como poderoso
padre, tiene prevenidos tantos y tan diversos bienes para
sus hijos, y todos para cada uno, si fueren necesarios. No
tiene descargo el desamor de los hombres en medio de
tantos motivos e incentivos, ni su ingratitud admite
disculpa a vista de tantos beneficios y estándolos
recibiendo sin medida.
108. Advierte, pues, carísima, que no eres advenediza
(Ef., 2, 19) ni extraña en esta casa del Señor, que es su
Iglesia Santa, pero eres doméstica y esposa de Cristo
entre los santos, alimentada con sus favores y regalos de
esposa. Y porque todos los tesoros y riquezas que son del
esposo pertenecen a la legítima esposa, considera de
cuántos te hace participante y señora. Goza, pues, de
todos como doméstica y cela su honra como hija y esposa
tan favorecida y agradece todas estas obras y beneficios,
como si para ti sola fueran criados por tu Señor, y ámale
y reverencíale por ti y por los demás prójimos, para
quienes fue tan liberal. Y en todo esto imita con tus flacas
fuerzas lo que has entendido que yo hacía, y advierte,
hija, que será muy de mi agrado que engrandezcas y
alabes al Todopoderoso, con fervoroso afecto, por lo que
su diestra Divina me favoreció y enriqueció esta novena,
que fue sobre toda ponderación humana.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #82                                                 INDICE  Arriba ^^

 

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