Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsOye María Santísima la embajada del Santo Ángel; ejecutase el Misterio de la Encarnación, concibiendo al Verbo Eterno en su vientre.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  11    Versos:  124-143


123. Confesar quiero en presencia del cielo y de la
tierra y sus moradores y del Criador universal de todo y
Dios eterno que, llegando ,a tomar la pluma para escribir
el arcano misterio de la Encarnación, desfallecen mis
flacas fuerzas, enmudece mi lengua y se hielan mis
discursos, se pasman mis potencias y me hallo toda atajada
y sumergido el entendimiento, encaminándole a la
Divina luz que me gobierna y enseña. En ella se conoce
todo sin engaño, se entiende sin rodeos, y veo mi
insuficiencia y conozco el vacío de las palabras y la
cortedad de los términos, para llenar los conceptos de un
sacramento que en epílogo comprende al mismo Dios y
a la mayor obra y maravilla de su omnipotencia. Veo en
este misterio la divina y admirable armonía de la infinita
providencia y sabiduría, con que desde su eternidad lo
ordenó y previno y desde la creación del mundo lo ha
venido encaminando, para que todas sus obras y
criaturas viniesen a ser medio ajustado para el fin
altísimo de bajar Dios al mundo hecho hombre.
124. Veo cómo para descender el Verbo Eterno del seno
de su Padre aguardó y eligió por tiempo y la hora más
oportuna el silencio de la media noche (Sab., 18, 14) de
la ignorancia de los mortales, cuando toda la posteridad
de Adán estaba sepultada y absorta en el sueño del
olvido y en la ignorancia de su Dios verdadero, sin haber
quien abriese su boca para confesarle y bendecirle, salvo
algunos pocos de su pueblo. Todo el resto del mundo
estaba con silencio y lleno de tinieblas, habiendo corrido
una larga noche de cinco mil y casi doscientos años,
sucediendo unos siglos y generaciones a otras, cada cual
en el tiempo prefinido y determinado por la eterna
sabiduría, para que todos pudiesen conocer a su Criador
y topar con Él, pues le tenían tan cerca que en sí mismo
les daba vida, ser y movimiento (Act., 17, 27-28). Pero
como no llegaba el claro día de la luz inaccesible,
aunque de los mortales andaban algunos como ciegos,
tocando las criaturas, no atinaban con la divinidad, y sin
conocerla, se la daban a las cosas sensibles y más viles
de la tierra (Rom., 1, 23).
125. Llegó, pues, el dichoso día en que despreciando el
Altísimo los largos siglos de tan pesada ignorancia (Act.,
17, 30), determinó manifestarse a los hombres y dar
principio a la redención del linaje humano, tomando su
naturaleza en las entrañas de María Santísima,
prevenida para este misterio, como queda dicho (Cf.
supra c. 1 al 9). Y para mejor declarar lo que de él se me
manifiesta, es forzoso anticipar algunos sacramentos
ocultos que sucedieron al descender el Unigénito del
pecho de su Eterno Padre. Supongo que entre las Divinas
Personas, como la fe lo enseña, aunque hay distinción
personal, no hay desigualdad en la sabiduría,
omnipotencia, ni en los demás atributos, como tampoco
la puede haber en la sustancia de la divina naturaleza; y
como en dignidad y perfección infinita son iguales, así
también lo son en las operaciones que llaman ad extra,
porque salen fuera del mismo Dios a producir alguna
criatura o cosa temporal. Estas operaciones son indivisas
entre las tres divinas personas, porque no las hace una
sola persona, sino todas tres en cuanto son un mismo Dios
y tienen una sabiduría, un entendimiento y una voluntad;
y así como sabe el Hijo y quiere y obra lo que sabe y
quiere el Padre, así también el Espíritu Santo sabe y
quiere y obra lo mismo que el Padre y el Hijo.
126. Con esta indivisión ejecutaron y obraron todas tres
personas con una misma acción la obra de la
Encarnación, aunque sola la Persona del Verbo recibió en
sí a la naturaleza de hombre, uniéndola hipostáticamente
a sí mismo; y por esto decimos que fue enviado el Hijo por
el Eterno Padre, de cuyo entendimiento procede, y que le
envió su Padre por obra del Espíritu Santo, que intervino
en esta misión. Y como la persona del Hijo era la que
venía a humanarse al mundo, antes que sin salir del seno
del Padre descendiese de los cielos y en aquel divino
consistorio, en nombre de la misma humanidad que había
de recibir en su persona, hizo una proposición y
petición, representando los merecimientos previstos,
para que por ellos se le concediese a todo el linaje
humano su redención y el perdón de los pecados, por
quienes había de satisfacer a la divina justicia. Pidió el
fíat de la beatísima voluntad del Padre que le enviaba,
para aceptar el rescate por medio de sus obras y pasión
santísima y de los misterios que quería obrar en la nueva
Iglesia y ley de gracia.
127. Aceptó el Eterno Padre esta petición y méritos
previstos del Verbo y le concedió todo lo que propuso y
pidió para los mortales, y él mismo le encomendó a sus
escogidos y predestinados como herencia o heredad
suya; y por esto dijo el mismo Cristo nuestro Señor por
San Juan que no perdió ni perecieron los que su Padre le
dio, porque los guardó todos, salvo el hijo de perdición
(Jn., 17, 12; 18, 9), que fue Judas (Iscariotes). Y otra vez
dijo que de sus ovejas nadie le arrebataría alguna de su
mano (Jn., 10, 28), ni de su Padre. Y lo mismo fuera de
todos los nacidos, si como fue suficiente la redención se
ayudaran ellos para que fuera eficaz para todos y en
todos; pues a ninguno excluyó su Divina Misericordia, si
todos la admitieran por medio de su Reparador.
128. Todo esto —a nuestro entender— precedía en el
cielo en el trono de la Beatísima Trinidad, antes del fíat
de María Santísima, que luego diré. Y al tiempo de
descender a sus virginales entrañas el Unigénito del
Padre, se conmovieron los cielos y todas las criaturas. Y
por la unión inseparable de las tres Divinas personas,
bajaron todas con la del Verbo, que sólo había de
encarnar; y con el Señor y Dios de los ejércitos salieron
todos los de la celestial milicia, llenos de invencible
fortaleza y resplandor. Y aunque no era necesario
despejar el camino, porque la divinidad lo llena todo y
está en todo lugar y nada le puede estorbar, con todo
eso, respetando los cielos materiales a su mismo Criador,
le hicieron reverencia y se abrieron y dividieron todos
once con los elementos inferiores: las estrellas se
innovaron en su luz, la luna y sol con los demás planetas
apresuraron el curso al obsequio de su Hacedor, para
estar presentes a la mayor de sus obras y maravillas.
129. No conocieron los mortales esta conmoción y
novedad de todas las criaturas, así porque sucedió de
noche, como porque el mismo Señor quiso que sólo fuese
manifiesta a los Ángeles, que con nueva admiración le
alabaron, conociendo tan ocultos como venerables
misterios escondidos a los hombres, que estaban lejos
de tales maravillas y beneficios admirables para los
mismos espíritus angélicos, a quienes por entonces solos
se remitía el dar gloria, alabanza y veneración por ellos a
su Hacedor. Sólo en el corazón de algunos justos infundió
el Altísimo en aquella hora un nuevo movimiento e influjo
de extraordinario júbilo, a cuyo sentimiento atendieron
todos y fueron conmovidos a atención, formaron
nuevos y grandes conceptos del Señor; y algunos fueron
inspirados, sospechando si aquella novedad que sentían
era efecto de la venida del Mesías a redimir el mundo,
pero todos callaron, porque cada cual imaginaba que
sólo él había tenido aquella novedad y pensamiento,
disponiéndolo así el poder divino.
130. En las demás criaturas hubo también su renovación
y mudanza. Las aves se movieron con cantos y alborozo
extraordinario, las plantas y los árboles se mejoraron en
sus frutos y fragancia y respectivamente todas las demás
criaturas sintieron o recibieron alguna oculta vivificación
y mudanza. Pero quien la recibió mayor, fueron los
Padres y Santos que estaban en el limbo, a donde fue
enviado el Arcángel San Miguel para que les diese tan
alegres nuevas y con ellas los consoló y dejó llenos de
júbilo y nuevas alabanzas. Sólo para el infierno hubo
nuevo pesar y dolor, porque al descender el Verbo Eterno
de las alturas sintieron los demonios una fuerza
impetuosa del poder divino, que les sobrevino como las
olas del mar y dio con todos ellos en lo más profundo de
aquellas cavernas tenebrosas, sin poderlo resistir ni
levantarse. Y después que lo permitió la voluntad Divina,
salieron al mundo y discurrieron por él, inquiriendo si
había alguna novedad a que atribuir la que en sí mismos
habían sentido, pero no pudieron rastrear la causa,
aunque hicieron algunas juntas para conferirla; porque el
poder Divino les ocultó el Sacramento de su Encarnación
y el modo de concebir María Santísima al Verbo
humanado, como adelante veremos Cf. infra n. 326), y
sólo en la muerte y en la cruz acabaron de conocer que
Cristo era Dios y hombre verdadero, como allí diremos
(Cf. infra n. 1416).
131. Para ejecutar el Altísimo este misterio entró el
Santo Arcángel Gabriel, en la forma que dije en el
capítulo pasado (Cf. supra n. 113), en el retrete donde
estaba orando María Santísima, acompañado de innumerables
Ángeles en forma humana visible y
respectivamente todos refulgentes con incomparable
hermosura. Era jueves a las siete de la tarde al
oscurecer la noche. Viole la divina Princesa de los cielos y
miróle con suma modestia y templanza, no más de lo que
bastaba para reconocerle por Ángel del Señor, y
conociéndole, con su acostumbrada humildad quiso
hacerle reverencia; no lo consintió el Santo Príncipe,
antes él la hizo profundamente como a su Reina y Señora,
en quien adoraba los divinos misterios de su Criador, y
junto con eso reconocía que ya desde aquel día se mudaban
los antiguos tiempos y costumbre de que los hombres
adorasen a los Ángeles, como lo hizo Abrahán (Gén., 18,
2), porque levantada la naturaleza humana a la dignidad
del mismo Dios en la Persona del Verbo, ya quedaban los
hombres adoptados por hijos suyos y compañeros o
hermanos de los mismos Ángeles, como se lo dijo al
evangelista San Juan el que no le consintió adoración
(Ap., 19, 10).
132. Saludó el Santo Arcángel a nuestra Reina y suya, y
la dijo: Ave gratia plena, Dominus tecum, benedicta
tu in mulieribus (Lc., 1, 28). Turbóse sin alteración la
más humilde de las criaturas, oyendo esta nueva
salutación del Ángel. Y la turbación tuvo en ella dos
causas: la una, su profunda humildad con que se
reputaba por inferior a todos los mortales, y oyendo, al
mismo tiempo que juzgaba de sí tan bajamente,
saludarla y llamarla bendita entre todas las mujeres, le
causó novedad. La segunda causa fue que, al mismo
tiempo cuando oyó la salutación y la confería en su pecho
como la iba oyendo, tuvo inteligencia del Señor que la
elegía para Madre suya, y esto la turbó mucho más, por
el concepto que de sí tenía formado. Y por esta turbación
prosiguió el Ángel declarándole el orden del Señor, y
diciéndola: No temas, María, porque hallaste gracia con
el Señor; advierte que concebirás un hijo en tu vientre y
le parirás y le pondrás por nombre Jesús; será grande y
será llamado Hijo del Altísimo. Y lo demás que prosiguió
el Santo Arcángel (Ib. 30-31).
133. Sola nuestra prudentísima y humilde Reina pudo
entre las puras criaturas dar la ponderación y
magnificencia debida a tan nuevo y singular
sacramento, y como conoció su grandeza, dignamente se
admiró y turbó. Pero convirtió su corazón humilde al Señor,
que no podía negarle sus peticiones, y en su secreto
le pidió nueva luz y asistencia para gobernarse en tan
arduo negocio; porque —como dije en el capítulo pasado
(Cf.supra n. 119)— la dejó el Altísimo para obrar este
misterio en el estado común de la fe, esperanza y
caridad, suspendiendo otros géneros de favores y
elevaciones interiores que frecuente o continuamente
recibía. En esta disposición replicó y dijo a San Gabriel lo
que prosigue San Lucas (Lc., 1, 34): ¿Cómo ha de ser esto
de concebir y parir hijo, porque ni conozco varón ni lo
puedo conocer? Al mismo tiempo representaba en su
interior al Señor el voto de castidad que había hecho y el
desposorio que Su Majestad había celebrado con ella.
134. Respondióla el Santo Príncipe Gabriel: Señora, sin
conocer varón, es fácil al poder Divino haceros madre; y
el Espíritu Santo vendrá con su presencia y estará de
nuevo con vos, y la virtud del Altísimo os hará sombra
para que de vos pueda nacer el Santo de los Santos, que
se llamará Hijo de Dios. Y advertid que vuestra deuda
Elísabet también ha concebido un hijo en su estéril
senectud, y éste es el sexto mes de su concepción;
porque nada es imposible para con Dios (Ib. 35-37), y el
mismo que hace concebir y parir a la que era estéril,
puede hacer que vos, Señora, lleguéis a ser su Madre
quedando siempre Virgen y más consagrada vuestra gran
pureza; y al Hijo que pariéredeis le dará Dios el trono de
su padre David, y su reino será eterno en la casa de
Jacob (Ib. 32). No ignoráis, Señora, la profecía de Isaías,
que concebirá una virgen y parirá un hijo que se llamará
Emmanuel, que es Dios con nosotros (Is., 7, 14). Esta
profecía es infaílible y se ha de cumplir en vuestra
persona. Asimismo sabéis el gran misterio de la zarza
que vio Moisés ardiendo sin ofenderla el fuego (Ex., 3, 2),
para significar en esto las dos naturalezas divina y
humana, sin que ésta sea consumida de la divina, y que
la Madre del Mesías le concebirá y parirá sin que su
pureza virginal quede violada. Acordaos también,
Señora, de la promesa que hizo nuestro Dios eterno al
Patriarca Abrahán, que después del cautiverio de su
posteridad en Egipto a la cuarta generación (Gén., 15,
16) volverían a esta tierra; y el misterio de esta promesa
era que en esta cuarta generación (El misterio de esta
cuarta generación es que se hallan cuatro generaciones:
primera de Adán sin padre ni madre; segunda, de Eva sin
madre; tercera, concepción de padre y madre, que es la
común de todos; cuarta, de madre sin padre, que es la de
Jesucristo Nuestro Señor) por Vuestro medio rescataría
Dios humanado a todo el linaje de Adán de la opresión
del demonio. Y aquella escala que vio Jacob dormido
(Gén., 28, 12), fue una figura expresa del camino real que
el Verbo Eterno en carne humana abriría, para que los
mortales subiesen a los cielos y los ángeles bajasen a la
tierra, a donde bajaría el Unigénito del Padre para
conversar en ella con los hombres y comunicarles los
tesoros de su divinidad con la participación de las
virtudes y perfecciones que están en su ser inmutable y
eterno.
135. Con estas razones y otras muchas informó el
embajador del cielo a María Santísima, para quitarla la
turbación de su embajada con la noticia de las antiguas
promesas y profecías de la Escritura y con la fe y
conocimiento de ellas y del poder infinito del Altísimo.
Pero como la misma Señora excedía a los mismos ángeles
en sabiduría, prudencia y toda santidad, deteníase en la
respuesta para darla con el acuerdo que la dio; porque
fue tal cual convenía al mayor de los misterios y
sacramentos del poder Divino. Ponderó esta gran Señora
que de su respuesta estaba pendiente el desempeño de
la Beatísima Trinidad, el cumplimiento de sus promesas y
profecías, el más agradable y acepto sacrificio de
cuantos se le habían ofrecido, el abrir las puertas del
paraíso, la victoria y triunfo del infierno, la redención de
todo el linaje humano, la satisfacción y recompensa de la
Divina justicia, la fundación de la nueva ley de gracia, la
gloria de los hombres, el gozo de los ángeles y todo lo
que se contiene en haberse de humanar el Unigénito del
Padre y tomar forma de siervo (Flp., 2, 7) en sus virginales
entrañas.
136. Grande maravilla por cierto, y digna de nuestra
admiración, que todos estos misterios, y los que cada uno
encierra, los dejase el Altísimo en mano de una humilde
doncella y todo dependiese de su fíat. Pero digna y
seguramente lo remitió a la sabiduría y fortaleza de esta
mujer fuerte, que pensándolo con tanta magnificencia y
altura no le dejó frustrada su confianza que tenía en ella
(Prov., 31, 11). Las obras que se quedan dentro del mismo
Dios no necesitan de la cooperación de criaturas, que no
pueden tener parte en ellas, ni Dios puede esperarlas
para obrar ad intra; pero en las obras ad extra contingentes,
entre las cuales la mayor y más excelente fue
hacerse hombre, no la quiso ejecutar sin la cooperación
de María Santísima y sin que ella diese su libre
consentimiento; para que con ella y por ella diese este
complemento a todas sus obras, que sacó a luz fuera de
sí mismo, para que le debiésemos este beneficio a la
Madre de la sabiduría y nuestra Reparadora.
137. Consideró y penetró profundamente esta gran
Señora el campo tan espacioso de la dignidad de Madre
de Dios para comprarle (Ib. 16ss.) con un fíat; vistióse de
fortaleza más que humana y gustó y vio cuán buena era
la negociación y comercio de la Divinidad. Entendió las
sendas de sus ocultos beneficios, adornóse de fortaleza y
hermosura; y habiendo conferido consigo misma y con el
paraninfo celestial Gabriel la grandeza de tan altos y
divinos sacramentos, estando muy capaz de la embajada
que recibía, fue su purísimo espíritu absorto y elevado en
admiración, reverencia y sumo intensísimo amor del
mismo Dios; y con la fuerza de estos movimientos y
afectos soberanos, como con efecto connatural de ellos,
fue su castísimo corazón casi prensado y comprimido con
una fuerza que le hizo destilar tres gotas de su purísima
sangre y, puestas en el natural lugar para la concepción
del cuerpo de Cristo Señor nuestro, fue formado de ellas
por la virtud del Divino y Santo Espíritu; de suerte que la
materia de que se fabricó la humanidad santísima del
Verbo para nuestra redención, la dio y administró el
Corazón de María Purísima a fuerza de amor, real y
verdaderamente. Y al mismo tiempo con la humildad
nunca harto encarecida, inclinando un poco la cabeza y
juntas las manos, pronunció aquellas palabras que fueron
el principio de nuestra reparación: Ecce ancilla Domini,
fíat mihi secundum verbum tuum (Lc., 1, 38).
138. Al pronunciar este fíat tan dulce para los oídos de
Dios y tan feliz para nosotros, en un instante se obraron
cuatro cosas: la primera, formarse el cuerpo santísimo de
Cristo Señor nuestro de aquellas tres gotas de sangre
que administró el corazón de María Santísima; la
segunda, ser criada el alma santísima del mismo Señor,
que también fue criada como las demás; la tercera,
unirse el alma y cuerpo y componer su humanidad
perfectísima; la cuarta, unirse la divinidad en la persona
del Verbo con la humanidad, que con ella unida
hipostáticamente hizo en un supuesto la Encarnación, y
fue formado Cristo Dios y hombre verdadero. Señor y
Redentor nuestro. Sucedió esto viernes a 25 de marzo al
romper del alba, o a los crepúsculos de la luz, a la misma
hora que fue formado nuestro primer padre Adán, y en el
año de la creación del mundo de cinco mil ciento noventa
y nueve, como lo cuenta la Iglesia romana en el
Martirologio, gobernada por el Espíritu Santo. Esta
cuenta es la verdadera y cierta, y así se me ha
declarado, preguntándolo por orden de la obediencia. Y
conforme a esto, el mundo fue criado por el mes de
marzo, que corresponde a su principio de la creación; y
porque las obras del Altísimo todas son perfectas (Dt., 32,
4) y acabadas, las plantas y los árboles salieron de la
mano de Su Majestad con frutos, y siempre los tuvieran
sin perderlos si el pecado no hubiera alterado a toda la
naturaleza, como lo diré de intento en otro tratado, si
fuere voluntad del Señor, y lo dejo ahora por no pertenecer
a éste.
139. En el mismo instante de tiempo que celebró el
Todopoderoso las bodas de la unión hipostática en el
tálamo virginal de María Santísima, fue la divina Señora
elevada a la visión beatífica y se le manifestó la
Divinidad intuitiva y claramente y conoció en ella altísimos
sacramentos, de que hablaré en el capítulo
siguiente. Especialmente se le mostraron patentes los
secretos de aquellas cifras que recibió en el adorno que
dejo dicho (Cf. supra n.82) la pusieron en el capítulo 7, y
también las que traían sus ángeles. El divino niño iba
creciendo naturalmente en el lugar del útero con el
alimento, sustancia y sangre de la Madre Santísima,
como los demás hombres, aunque más libre y exento de
las imperfecciones que los demás hijos de Adán padecen
en aquel lugar y estado; porque de algunas accidentales
y no pertenecientes a la sustancia de la generación, que
son efectos del pecado, estuvo libre la Emperatriz del
cielo, y de las superfluidades imperfectas que en las
mujeres son naturales y comunes, de que los demás niños
se forman, sustentan y crecen; pues para dar la materia
que le faltaba de la naturaleza infecta de las
descendientes de Eva, sucedía que se la administraba,
ejercitando actos heroicos de las virtudes, y en especial
de la caridad. Y como las operaciones fervorosas del
alma y los afectos amorosos naturalmente alteran los
humores y sangre, encaminábala la Divina Providencia al
sustento del Niño Divino, con que era alimentada naturalmente
la humanidad de nuestro Redentor y la
Divinidad recreada con el beneplácito de heroicas
virtudes. De manera que María Santísima administró al
Espíritu Santo, para la formación del cuerpo, sangre pura,
limpia, como concebida sin pecado, y libre de sus pensiones.
Y la que en las demás madres, para ir creciendo
los hijos, es imperfecta e inmunda, la Reina del cielo
daba la más pura, sustancial y delicada, porque a poder
de afectos de amor y de las demás virtudes se la
comunicaba, y también la sustancia de lo mismo que la
divina Reina comía. Y como sabía que el ejercicio de
sustentarse ella era para dar alimento al Hijo de Dios y
suyo, tomábale siempre con actos tan heroicos, que
admiraba a los espíritus angélicos que en acciones
humanas tan comunes pudiese haber realces tan
soberanos de merecimiento y de agrado del Señor.
140. Quedó esta divina Señora en la posesión de Madre
del mismo Dios con tales privilegios, que cuantos he
dicho hasta ahora y diré adelante no son aún lo menos de
su excelencia, ni mi lengua lo puede manifestar; porque
ni al entendimiento le es posible debidamente
concebirlo, ni los más doctos ni sabios hallarán términos
adecuados para explicarlos. Los humildes, que entienden
el arte del amor divino, lo conocerán por la luz infusa y
por el gusto y sabor interior con que se perciben tales
sacramentos. No sólo quedó María Santísima hecha cielo,
templo y habitación de la Santísima Trinidad y
transformada, elevada y deificada con la especial y
nueva asistencia de la Divinidad en su vientre purísimo,
pero también aquella humilde casa y pobre oratorio
quedó todo divinizado y consagrado por nuevo santuario
del Señor. Y los divinos espíritus, que testigos de esta
maravilla asistían a contemplarla, con nuevos cánticos de
alabanza y con indecible júbilo engrandecían al
Omnipotente y en compañía de la felicísima Madre le
bendecían en su nombre, y del linaje humano, que
ignoraba el mayor de sus beneficios y misericordias.

Doctrina de la Reina Santísima María.
141. Hija mía, admirada te veo, con razón, por haber
conocido con nueva luz el misterio de humillarse la
divinidad a unirse con la naturaleza humana en el vientre
de una pobre doncella como yo lo era. Quiero, pues,
carísima, que conviertas la atención a ti misma y
ponderes que se humilló Dios viniendo a mis entrañas, no
para mí sola, mas también para ti misma como para mí.
El Señor es infinito en misericordias y su amor no tiene
límite; y de tal manera atiende y asiste a cualquiera de
las almas que le reciben y se regala con ella, como si
sola aquélla hubiera criado y por ella se hubiera hecho
hombre. Por esta razón debes considerarte como sola en
el mundo, para agradecer con todas tus fuerzas de afecto
la venida del Señor a él; y después le darás gracias,
porque juntamente vino para todos. Y si con viva fe
entiendes y confiesas que el mismo Dios, infinito en
atributos y eterno en la majestad, que bajó a tomar carne
humana en mis entrañas, ese mismo te busca, te llama, te
regala, acaricia y se convierte a ti todo (Gal., 2, 20), como
si fueras tú sola criatura suya, pondera bien y considera a
qué te obliga tan admirable dignación y convierte esta
admiración en actos vivos de fe y de amor; pues todo lo
debes a tal Rey y Señor, que se dignó de venir a ti,
cuando no le pudiste buscar ni alcanzar.
142. Todo cuanto este Señor te puede dar fuera de sí
mismo te pareciera mucho, mirándolo con luz y afecto
humano, sin atender a lo superior. Y es verdad que de la
mano de tan eminente y supremo Rey cualquiera dádiva
es digna de estimación. Pero si atiendes al mismo Dios y
le conoces con luz Divina y sabes que te hizo capaz de su
divinidad, entonces verás que si ella no se te comunicara
y viniera Dios a ti todo lo criado fuera nada y
despreciable para ti, y sólo te gozarás y quietarás con
saber que tienes tal Dios, tan amoroso, amable, tan
poderoso, suave, rico, y que siendo tal y tan infinito, se
digna de humillarse a tu bajeza para levantarte del polvo
y enriquecer tu pobreza y hacer contigo oficio de pastor,
de padre, de esposo y amigo fidelísimo.
143. Atiende, pues, hija mía, en tu secreto a los efectos
de esta verdad. Pondera bien y confiere el amor
dulcísimo de este gran Rey para contigo en su
puntualidad, en sus regalos y caricias, en los favores que
recibes, en los trabajos que de ti fía, en la lucerna que ha
encendido su Divina ciencia en tu pecho para conocer
altamente la infinita grandeza de su mismo ser, lo
admirable de sus obras y misterios más ocultos. Esta
ciencia es el primer ser y principio, la base y fundamento
de la doctrina que te he dado para que llegues a conocer
el decoro y magnificencia con que has de tratar los
favores y beneficios de este Señor y Dios, tu verdadero
bien, tesoro, luz y guía. Mírale como a Dios infinito,
amoroso y terrible. Oye, carísima, mis palabras, mi
enseñanza y disciplina, que en ella está la paz y lumbre
de los ojos.
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