Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDeclárese el estado en que quedó María Santísima después de la Encarnación del Verbo Divino en su virginal vientre.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  13    Versos:  158-179


158. Cuanto voy descubriendo más los divinos efectos y
disposición que resultaron en la Reina del Cielo después
de concebir al Verbo Eterno, tantas más dificultades se
me ofrecen para continuar esta obra, por hallarme
anegada en altos y encumbrados misterios y con razones
y términos tan desiguales a lo que de ellos entiendo. Pero
siente mi alma tal suavidad y dulzura en este propio
defecto, que no me deja arrepentir de todo lo intentado,
y la obediencia me anima y aun me compele para vencer
lo que en un ánimo débil de mujer fuera muy violento, si
me faltara la seguridad y fuerza de este apoyo para
explicarme; y más en este capítulo, que se me han
propuesto los dotes de gloria que los bienaventurados
gozan en el Cielo, con cuyo ejemplo manifestaré lo que
entiendo del estado que tuvo la divina emperatriz María,
después que fue Madre del mismo Dios.
159. Dos cosas considero para mi intento en los
bienaventurados: la una de parte suya, la otra de parte
del mismo Dios. De esta parte del Señor hay la Divinidad
clara y manifiesta con todas sus perfecciones y atributos,
que se llama objeto beatífico, gloria y felicidad objetiva y
último fin donde se termina y descansa toda criatura. De
parte de los santos se hallan las operaciones beatíficas
de la visión y amor y otras que se siguen a éstas en aquel
estado felicísimo que ni ojos vieron, ni oídos oyeron, ni
pudo caer en pensamiento de los hombres (Is., 64, 4; 1
Cor., 2, 9). Entre los dones y efectos de esta gloria que
tienen los santos, hay algunos que se llaman dotes, y se
los dan, como a la Esposa, para el estado del matrimonio
espiritual que han de consumar en el gozo de la eterna
felicidad. Y como la esposa temporal adquiere el dominio
y señorío de su dote y el usufructo es común a ella y al
esposo, así también en la gloria estos dotes se les dan a
los Santos como propios suyos y el uso es común a Dios,
en cuanto se glorifica en sus Santos, y a ellos, en cuanto
gozan de estos inefables dones, que según los méritos y
dignidad de cada uno son más o menos excelentes. Pero
no los reciben más de los Santos, que son de la
naturaleza del Esposo, que es Cristo nuestro bien, que
son los hombres y no los ángeles; porque el Verbo
humanado no hizo con los ángeles el desposorio (Hech.,
2, 16) que celebró con la humana naturaleza, juntándose
con ella en aquel gran sacramento que dijo el Apóstol
(Ef., 5, 32), en Cristo y en la Iglesia. Y como el esposo
Cristo en cuanto hombre consta, como los demás, de
alma y cuerpo, y todo se ha de glorificar en su presencia,
por eso los dotes de gloria pertenecen al alma y cuerpo.
Tres tocan al alma, que se llaman visión, comprensión y
fruición; y cuatro al cuerpo: claridad, impasibilidad,
sutilidad y agilidad, y éstos son propiamente efectos de
la gloria que tiene el alma.
160. De todos estos dotes tuvo nuestra reina María
alguna participación en esta vida, especialmente
después de la encarnación del Verbo Eterno en su vientre
virginal. Y aunque es verdad que a los bienaventurados
se les dan los dotes como a compresores, en prendas y
arras de la eterna felicidad inamisible y como en firmeza
de aquel estado que jamás se ha de mudar, y por esto no
se conceden a los viadores, pero con todo eso, se le
concedieron a María Santísima en algún modo, no como
comprensora sino como viadora, no de asiento pero como
a tiempos y de paso y con la diferencia que diremos. Y
para que se entienda mejor la conveniencia de este raro
beneficio con la soberana Reina, se advierta lo que
dijimos en el capítulo 7 y en los demás (Cf. supra n. 70-
122) hasta el de la Encarnación; que en ellos se declara
la disposición y desposorio con que previno el Altísimo a
su Madre Santísima para levantarla a esta dignidad. Y el
día que en su virginal vientre tomó carne humana el
divino Verbo se consumó este matrimonio espiritual en
algún modo, en cuanto a esta divina Señora, con la visión
beatífica tan excelente y levantada que se le concedió
aquel día, como queda dicho (Cf. supra n. 39); aunque
para todos los demás fieles fue como desposorio (Os., 2,
19) que se consumará en la patria celestial.
161. Tenía otra condición nuestra gran Reina y Señora
para estos privilegios: que estaba exenta de toda culpa
actual y original y confirmada en gracia con
impecabilidad actual; y con estas condiciones estaba
capaz para celebrar este matrimonio en nombre de la
Iglesia militante y comprometer todos en ella, para que
en el mismo punto que fue Madre del Reparador se
estrenasen en ella sus merecimientos previstos, y con
aquella gloria y visión transeúnte de la divinidad
quedase como por fiadora abonada de que no se les
negaría el mismo premio a todos los hijos de Adán, si se
disponían a merecerlo con la gracia de su Redentor. Era
asimismo de mucho agrado para el Divino Verbo
humanado que luego su ardentísimo amor y
merecimientos infinitos se lograsen en la que juntamente
era su Madre, su primera Esposa y tálamo de la
Divinidad, y que el premio acompañase al mérito donde
no se hallaba impedimento. Y con estos privilegios y
favores que hacía Cristo nuestro bien a su Madre
Santísima, satisfacía y saciaba en parte el amor que la
tenía, y con ella a todos los mortales; porque para el
amor Divino era plazo largo esperar treinta y tres años
para manifestar su Divinidad a su misma Madre. Y
aunque otras veces le había hecho este beneficio —como
se dijo en la primera parte (Cf. supra p. 1 n. 333, 430)0—
pero en esta ocasión de la Encarnación fue con diferentes
condiciones, como en imitación y correspondencia de la
gloria que recibió el alma santísima de su Hijo, aunque
no de asiento sino de paso, en cuanto se compadecía con
el estado común de viadora.
162. Conforme a esto, el día que María Santísima tomó
la posesión real de Madre del Verbo Eterno,
concibiéndole en sus entrañas, en el desposorio que
celebró Dios con nuestra naturaleza, nos dio derecho a
nuestra redención, y en la consumación de este matrimonio
espiritual, beatificando a su Madre Santísima y
dándole los dotes de la gloria, se nos prometió lo mismo
por premio de nuestros merecimientos, en virtud de los
de su Hijo Santísimo nuestro Reparador. Pero de tal
manera levantó el Señor a su Madre sobre toda la gloria
de los santos en el beneficio que este día le hizo, que
todos los Ángeles y hombres no pudieron llegar en lo
supremo de su visión y amor beatífico al que tuvo esta
divina Señora; y lo mismo fue en los dotes que redundan
de la gloria del alma al cuerpo, porque todo
correspondía a la inocencia, santidad y méritos que
tenía, y éstos correspondían a la suprema dignidad entre
las criaturas de ser Madre de su Criador.
163. Y llegando a los dotes en particular, el premio del
alma es la clara visión beatífica, que corresponde al
conocimiento oscuro de la fe de los viadores. Esta visión
se le concedió a María Santísima las veces y en los
grados que dejo declarado (Cf. supra ib.) y diré adelante
(Cf. infla n. 473, 956, 1471, 1523; p. III n. 62, 494, 603, 616,
654, 685). Fuera de esta visión intuitiva tuvo otras muchas
abstractivas de la Divinidad, como arriba se ha dicho (Cf.
supra n. 6-101). Y aunque todas eran de paso, pero de
ellas le quedaban en su entendimiento tan claras aunque
diferentes especies, que con ellas gozaba de una noticia
y luz de la Divinidad tan alta, que no hallo términos para
explicarla; porque en esto fue singular esta Señora entre
las criaturas, v en este modo permanecía en ella el efecto
de este dote compatible con ser viadora. Y cuando tal vez
se le escondía el Señor, suspendiendo el uso de estas
especies para otros altos fines, usaba de sola la fe infusa,
que en ella era sobreexcelente y eficacísima. De manera
que, por un modo o por otro, jamás perdió de vista aquel
objeto Divino y sumo bien, ni apartó de él los ojos del
alma por un solo instante; pero en los nueve meses que
tuvo en su vientre al Verbo humanado, gozó mucho más
de la vista y regalos de la divinidad.
164. El segundo dote es comprensión o tención o
aprensión, que es tener conseguido el fin que
corresponde a la esperanza y le buscamos por ella para
llegar a poseerle inamisiblemente. Esta posesión y
comprensión tuvo María Santísima en los modos que
corresponden a las visiones dichas, porque como veía a
la Divinidad así la poseía. Y cuando quedaba en la fe sola
y pura, era en ella la esperanza más firme y segura que
lo fue ni será en pura criatura, como también era mayor
su fe. Y a más de esto, como la firmeza de la posesión se
funda mucho de parte de la criatura en la santidad segura
y en no poder pecar, por esta parte venía a ser tan
privilegiada nuestra divina Señora, que su firmeza y
seguridad en poseer a Dios competía en algún modo,
siendo ella viadora, con la firmeza y seguridad de los
bienaventurados; porque por parte de la inculpable e
impecable santidad tenía seguro el no poder perder
jamás a Dios, aunque la causa de esta seguridad en ella,
viadora, no era la misma que en ellos gloriosos. En los
meses de su preñado tuvo esta posesión de Dios por
varios modos de gracias especiales y milagrosas, con que
el Altísimo se le manifestaba y unía con su alma purísima.
165. El tercero dote es fruición y corresponde a la caridad
que no se acaba (1 Cor 13, 8), pero se perfecciona en la
gloria; porque la fruición consiste en amar al sumo Bien
poseído, y esto hace la caridad en la patria, donde así
como le conoce y tiene como él es en sí mismo, así
también le ama por sí mismo. Y aunque ahora, cuando
somos viadores, le amamos también por sí mismo, pero es
grande la diferencia: que ahora le amamos con deseo y
le conocemos no como él está en sí, mas como se nos
representa en especies ajenas o por enigmas (1 Cor 13,
8), y así no perfecciona nuestro amor, ni con él nos
quietamos, ni recibimos la plenitud de gozo, aunque
tengamos mucho en amarle. Pero a su vista clara y
posesión verémosle como él es en sí mismo y por sí mismo
y no por enigmas, y por eso le amaremos como debe ser
amado y cuanto podemos amarle respectivamente, y
perfeccionará nuestro amor, quietados 13 con su fruición,
sin dejarnos qué desear.
166. De este dote tuvo María santísima más
condiciones que de todos en algún modo; porque su
amor ardentísimo, dado que en alguna condición fuese
inferior al de los bienaventurados, cuando estaba sin
visión clara de la divinidad, fue superior en otras muchas
excelencias, aun en el estado común que tenía. Nadie
tuvo la ciencia divina que esta Señora, y con ella
conoció cómo debía ser Dios amado por sí mismo; y
esta ciencia se ayudaba de las especies y memoria de
la misma divinidad que había visto y gozado en más alto
grado que los Ángeles. Y como el amor le medía con este
conocimiento de Dios, era consiguiente que en él se
aventajase a los bienaventurados en todo lo que no era
la inmediata posesión y estar en el término para no
crecer ni aumentarse. Y si por su profundísima humildad
permitía el Señor o condescendía con dar lugar a que
obrando como viadora temiese con reverencia y
trabajase por no disgustar a su amado, pero este
receloso amor era perfectísimo y por el mismo Dios, y en
ella causaba incomparable gozo y delectación
correspondiente a la condición y excelencia del mismo
amor divirio que tenía.
167. En cuanto a los dotes del cuerpo que redundan en
él de la gloria y dotes del alma, y son parte de la gloria
accidental de los bienaventurados, digo que sirven para
la perfección de los cuerpos gloriosos en el sentido y en
el movimiento, para que en todo lo posible se asimilen a
las almas y sin impedimento de su terrena materialidad
estén dispuestos para obedecer a la voluntad de los
santos, que en aquel estado felicísimo no puede ser
imperfecta ni contraria a la voluntad divina. Para los
sentidos han menester dos dotes: uno que disponga para
recibir las especies sensitivas, y esto perfecciona el dote
de la claridad; otro para que el cuerpo no reciba las
acciones o pasiones nocivas y corruptibles, y para esto
sirve la impasibilidad. Otros ha menester para el
movimiento: uno para vencer la resistencia o tardanza
de parte de su misma gravedad, y para esto se le
concede el dote de agilidad; otro ha menester para
vencer la resistencia ajena de los otros cuerpos, y para
esto sirve la sutilidad. Y con estos dotes vienen a quedar
los cuerpos gloriosos, claros, incorruptibles, ágiles y
sutiles.
168. De todos estos privilegios tuvo parte en esta vida
nuestra gran Reina y Señora. Porque el dote de la
claridad hace capaz al cuerpo glorioso de recibir la luz y
despedirla juntamente de sí mismo, quitándole aquella
oscuridad opaca e impura y dejándole más transparente
que un cristal clarísimo. Y cuando María santísima
gozaba de la visión clara y beatífica participaba su
virginal cuerpo de este privilegio sobre todo lo que
alcanza el entendimiento humano. Y después de estas
visiones le quedaba un linaje de esta claridad y pureza
que fuera admiración rara y peregrina, si se pudiera
percibir con el sentido. Algo se le manifestaba en su
hermosísimo rostro, como diré adelante, en especial en la
tercera parte (Cf. infra n. 219, 329, 422, 560; p. III n. 3, 6,
40, 449, 586, etc.) , aunque no todos la conocieron ni la
vieron de los que la trataban, porque el Señor le ponía
cortina y velo, para que no se comunicase siempre ni
indiferentemente. Pero en muchos efectos sentía ella
misma el privilegio de este dote, que en otros estaba
como disimulado, suspenso y oculto, y no reconocía el
embarazo de la opacidad terrena que los demás
sentimos.
169. Conoció algo de esta claridad Santa Isabel,
cuando viendo a María santísima exclamó con
admiración y dijo (Lc 1, 43): ¿De dónde me vino a mí que
venga la Madre de mi Criador adonde yo estoy?— No era
capaz el mundo de conocer este sacramento del Rey, ni
era tiempo oportuno de manifestarle, pero en algo
tenía siempre el rostro más claro y lustroso que otras
criaturas, y lo restante tenía una disposición sobre todo
orden natural de los demás cuerpos y causaba en ella
una como complexión delicadísima y espiritualizada, y
como un cristal suave animado que para el tacto no
tuviera aspereza de carne, sino una suavidad como de
seda floja muy blanda y fina; que no hallo otros ejemplos
con que darme a entender. Pero no parecerá mucho esto
en la Madre del mismo Dios, porque le traía en su vientre
y le había visto tantas veces, y muchas cara a cara; pues
a Moisés, de la comunicación que tuvo en el monte con
Dios, mucho más inferior que la de María santísima, no
podían los hebreos mirarle cara a cara ni sufrir su
resplandor cuando bajó del monte (Ex 34, 30). Y no hay
duda que si con especial providencia no ocultara el Señor
y detuviera la claridad que la cara y el cuerpo de su purí4
sima Madre despidiera de sí, ilustrara el mundo más que
mil soles juntos y ninguno de los mortales pudiera
naturalmente sufrir sus refulgentes resplandores, pues
aun estando ocultos y detenidos descubría en su divino
rostro lo que bastaba para causar en todos cuantos la
miraban el efecto que en San Dionisio Areopagita,
cuando la vio (Cf. la nota 3 del cap. 4 del libro 1).
170. La impasibilidad causa en el cuerpo glorioso una
disposición por la cual ningún agente, fuera del mismo
Dios, lo puede alterar ni mudar, por más poderosa que
sea su virtud activa. De este privilegio participó nuestra
Reina en dos maneras: la una, en cuanto al
temperamento del cuerpo y sus humores, porque los tuvo
con tal peso y medida, que no podía contraer ni padecer
enfermedades, ni otras pensiones humanas que nacen de
la desigualdad de los cuatro humores, y por esta parte
era casi impasible; la otra fue por el dominio e imperio
poderoso que tuvo sobre todas las criaturas, como
arriba se dijo (Cf. supra n. 18, 30, 43, 56, 60), porque
ninguna la ofendiera sin su consentímiento y voluntad. Y
podemos añadir otra tercera participación de la
impasibilidad, que fue la asistencia de la virtud divina
correspondiente a su inocencia. Porque si los primeros
padres en el paraíso no padecieran muerte violenta si
perseveraran en la justicia original, y este privilegio
gozaran no por virtud intrínseca o inherente —porque si
les hiriera una lanza pudieran morir—, sino por virtud
asistente del Señor que los guardara de no ser heridos,
con mayor título se le debía esta protección a la
inocencia de la soberana María, y así le gozaba como
Señora, y los primeros padres le tuvieron, y tuvieran sus
descendientes como siervos y vasallos.
171. No usó de estos privilegios nuestra humilde Reina,
porque los renunció para imitar a su Hijo santísimo y
merecer y cooperar a nuestra redención; que por todo
esto quiso padecer y padeció más que los mártires. Y con
razón humana no se puede ponderar cuántos fueron sus
trabajos, de los cuales diremos en toda esta divina
Historia dejando mucho más, porque no alcanzan las
razones y términos comunes a ponderarlo. Pero advierto
dos cosas: la una, que el padecer de nuestra Reina no
tenía relación a las culpas propias, que en ella no las
había, y así padecía sin la amargura y acedía que está
embebida en las penas que padecemos con memoria y
atención a nuestros propios pecados y en sujetos que los
han cometido; la otra es que para padecer María
santísima fue confortada divinamente en
correspondencia de su ardentísimo amor, porque no pudiera
sufrir naturalmente el padecer tanto como su amor
le pedía, y por el mismo amor la concedía el Altísimo.
172. La sutilidad es un privilegio que aparta del cuerpo
glorioso la densidad o impedimento que tiene por su
materia cuantitativa para penetrarse con otro semejante
y estar en un mismo lugar con él; y así el cuerpo
sutilizado del bienaventurado queda con condiciones de
espíritu, que puede sin dificultad penetrar otro cuerpo de
cuantidad y sin dividirle ni apartarle se pone en el mismo
lugar, como lo hizo el cuerpo de Cristo Señor nuestro
saliendo del sepulcro y entrando a los Apóstoles cerradas
las puertas (Jn 20, 19) y penetrando los cuerpos que
cerraban aquellos lugares. Participó este dote María
santísima no sólo mientras gozaba de las visiones
beatíficas, pero después le tuvo como a su voluntad para
usar de él muchas veces, como sucedió en algunas
apariciones que hizo corporalmente en su vida, como
adelante diremos (Cf. infra p. III n. 193, 325, 352, 399,
560, 562, 568), porque en todas usó de esta sutilidad penetrando
otros cuerpos.
173. El último dote de la agilidad sirve al cuerpo
glorioso de virtud tan poderosa para moverse de un lugar
a otro que sin impedimento de la gravedad terrestre se
moverá de un instante a otro a diferentes lugares, al
modo de los espíritus, que no tienen cuerpo y se mueven
por su misma voluntad. Tuvo María santísima una admirable
y continua participación de esta agilidad, que
especialmente le resultó de las visiones divinas; porque
no sentía en su cuerpo la gravedad terrena y pesada que
los demás, y así caminaba sin la tardanza que los demás
y sin molestia pudiera moverse velocísimamente sin
sentir quebranto y fatiga como nosotros. Y todo esto era
consiguiente al estado y condiciones de su cuerpo tan
espiritualizado y bien formado. Y en el tiempo de los
nueve meses que estuvo preñada, sintió menos el
gravamen del cuerpo, aunque, para padecer lo que
convenía, daba lugar a las molestias para que obrasen
en ella y la fatigasen. Con tan admirable modo y
perfección tenía todos estos privilegios y usaba de ellos,
que yo me hallo sin palabras para explicar lo que se me
ha manifestado, porque es mucho más que cuanto he
dicho y puedo decir.
174. Reina del cielo y Señora mía, después que vuestra
dignación me adoptó por hija, quedó vuestra palabra en
empeño de ser mi guía y mi maestra. Con esta fe me
atrevo a proponeros una duda en que me hallo: ¿Cómo,
Madre y Dueña mía, habiendo llegado vuestra alma
santísima a ver y gozar de Dios las veces que Su Majestad
altísima lo dispuso, no quedó siempre
bienaventurada? Y ¿cómo no decimos que siempre lo
fuisteis, pues no había en vos culpa alguna ni otro óbice
para serlo, según la luz que de vuestra excelente
dignidad y santidad se me ha dado?
Respuesta y doctrina de la misma Reina y Señora
nuestra.
175. Hija mía carísima, tú dudas como quien me ama y
preguntas como quien ignora. Advierte, pues, que la
perpetuidad y duración es una de las partes de felicidad
y bienaventuranza destinada para los Santos, porque ha
de ser del todo perfecta; y si fuera sólo por algún tiempo,
faltárale el complemento y adecuación necesaria para
ser suma y perfecta felicidad. Y tampoco es compatible
por ley común y ordinaria que la criatura sea gloriosa y
esté juntamente sujeta a padecer, aunque no tenga
pecado. Y si en esto se dispensó con mi Hijo santísimo,
fue porque siendo hombre y Dios verdadero no debía
carecer de la visión beatífica su alma santísima unida a
la divinidad hipostáticamente; y siendo juntamente
Redentor del linaje humano, no pudiera padecer ni pagar
la deuda del pecado, que es la pena, si no fuera pasible
en el cuerpo. Pero yo era pura criatura y no siempre
había de gozar de la visión debida al que era Dios, ni
tampoco me podía llamar siempre bienaventurada,
porque sólo de paso lo era. Y con estas condiciones
estaba bien dispuesto que padeciese a tiempos y gozase
a otros, y que fuese más continuo el padecer y merecer
que aquel gozar, porque era viadora y no comprensora.
176. Y dispuso el Altísimo con justa ley que las
condiciones de la vida eterna no se gocen en la mortal
(Ex 33, 20) y que el venir a la inmortalidad sea pasando
por la muerte corporal y precediendo los merecimientos
en estado pasible, cual es el de la vida presente de los
hombres. Y aunque la muerte en todos los hijos de Adán
fue estipendio (Rom 6, 23) y castigo del pecado, y por
este título yo no tenía parte en la muerte ni en los otros
efectos y castigos del pecado, pero el Altísimo ordenó
que yo también entrase en la vida y felicidad eterna por
medio de la muerte corporal, como lo hizo mi Hijo
santísimo; porque en esto no había inconveniente para mí
y había muchas conveniencias en seguir el camino real
de todos y granjear grandes frutos de merecimientos y
gloria por medio del padecer y morir. Otra conveniencia
había en esto para los hombres, que conociesen cómo mi
Hijo santísimo y yo, que era su Madre, éramos de verdadera
naturaleza humana como los demás, pues éramos
mortales como ellos. Y con este conocimiento venía a ser
más eficaz el ejemplo que dejábamos a los hombres para
imitar en la carne pasible las obras que nosotros
habíamos hecho en ella, y todo redundaba en mayor
gloria y exaltación de mi Hijo y Señor, y mía. Y todo esto
se evacuara en mucha parte, si fueran continuas en mí las
visiones de la divinidad. Pero después que concebí al
Verbo eterno, fueron más frecuentes y mayores los
beneficios y favores, como de quien ya le tenía por más
propio y más vecino.
177. Con esto respondo a tus dudas. Y por mucho que
hayas entendido y trabajado para manifestar los
privilegios y efectos que yo gozaba en la vida mortal, no
será posible que alcances todo lo que en mí obraba el
brazo poderoso del Altísimo. Y mucho menos de lo que
entiendes podrás declarar con palabras materiales. Advierte
ahora a la doctrina consiguiente a la que te enseñé
en los capítulos precedentes. Si yo fui el ejemplar que
debes imitar, recibiendo la venida del mismo Dios a las
almas y al mundo con la reverencia, culto, humildad y
agradecimiento y amor que se le debe, consiguiente
será que, si tú lo haces a imitación mía, y lo mismo las
demás almas, venga a ti el Altísimo para comunicarte y
obrar efectos divinos, como en mí lo hizo, aunque en ti y
en las demás sean inferiores y menos eficaces. Porque si
la criatura desde el principio que tiene uso de razón
comenzase a caminar al Señor como debe, enderezando
sus pasos por las sendas derechas de la salud y vida, Su
Majestad altísima, que ama a sus hechuras, le saldría al
encuentro (Sab 6, 15), anticipando sus favores y
comunicación; que le parece largo el plazo de aguardar
al fin de la peregrinación para manifestarse a sus
amigos.
178. Y de aquí nace que, por medio de la fe, esperanza
y caridad y por el uso de los sacramentos dignamente
recibidos, se les comuniquen a las almas muchos y
divinos efectos que su dignación les da, unos por el modo
común de la gracia y otros por orden más sobrenatural y
milagroso, y cada uno más o menos, conforme a su
disposición ya los fines del mismo Señor, que no luego se
conocen. Y si las almas no pusieran óbice de su parte,
fuera tan liberal con ellas el amor divino como lo es con
algunas que se disponen, a quienes da mayor luz y
noticia de su ser inmutable y con un ilapso divino y
dulcísimo las transforma en sí mismo y las comunica muchos
efectos de la bienaventuranza; porque se deja tener
y gozar por aquel oculto abrazo que sintió la esposa,
cuando dijo: Téngole y no le dejaré, habiéndolo hallado
(Cant 3, 4). Y de esta presencia y posesión le da el mismo
Señor muchas prendas y señales para que le posea en
amor quieto como los Santos, aunque sea por tiempo
limitado. Tan liberal como esto es Dios, nuestro Dueño y
Señor, en remunerar los afectos de amor y los trabajos
que recibe la criatura por obligarle, tenerle y no
perderle.
179. Y con esta violencia suave del amor desfallece y
muere la criatura a todo lo terreno, que por esto se llama
el amor fuerte como la muerte (Cant 8, 6). Y de esta
muerte resucita a nueva vida espiritual, donde se hace
capaz de recibir nueva participación de la bienaventuranza
y de sus dotes, porque goza más frecuente
de la sombra y de los dulces frutos del sumo bien que
ama (Cant 2, 3). Y de estos ocultos sacramentos redunda
a la parte inferior y animal un género de claridad que la
purifica de los efectos de las tinieblas espirituales,
hácela fuerte y como impasible para sufrir y padecer
todo lo adverso a la naturaleza de la carne y con una sed
sutilísima apetece todas las dificultades y violencias que
padece el reino de los cielos (Mt 11, 12), queda ágil y sin
la gravedad terrena, de suerte que muchas veces siente
este privilegio el mismo cuerpo, que de suyo es pesado, y
con esto se le facilitan los trabajos que antes le parecían
graves. De todos estos efectos, hija mía, tienes ciencia y
experiencia, y te los he declarado y representado para
que más te dispongas y trabajes y procedas de manera
que el Altísimo, como agente divino y poderoso, te halle
materia dispuesta y sin resistencia ni óbice para obrar en
ti su beneplácito.
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