Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDe la atención y cuidado que María santísima tenía con su preñado y algunas cosas que le sucedieron con él.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  14    Versos:  180-189


180. Luego que nuestra Reina y Señora volvió en sus
sentidos de aquel éxtasis que tuvo en la concepción del
Verbo eterno humanado, se postró en tierra y le adoró en
su vientre, como queda dicho en el capítulo 12, núm. 152.
Esta adoración continuó toda su vida, comenzándola
cada día a media noche, y hasta la otra siguiente solía
repetir las genuflexiones trescientas veces y más, si tenía
oportunidad, y en esto fue más diligente los nueve meses
de su divino preñado. Y para cumplir con plenitud las
nuevas obligaciones en que se hallaba, sin faltar a las de
su estado, con el nuevo depósito del eterno Padre que
tenía en su virginal tálamo, puso toda su atención sobre
muchas y fervorosas peticiones para guardar el tesoro
del cielo que se le había fiado. Dedicó para esto de
nuevo su alma santísima y sus potencias, ejercitando
todos los actos de las virtudes en grado tan heroico y
supremo, que causaba nueva admiración a los mismos
Ángeles. Dedicó también y consagró todas las demás
acciones corporales para obsequio y servicio del Dios y
hombre infante que traía en su virgíneo cuerpo. Si comía,
dormía, trabajaba y descansaba, todo lo encaminaba a
la nutrición y conservación de su dulcísimo Hijo y en
todas estas obras se enardecía en amor divino.
181. El día siguiente a la encarnación se le
manifestaron en forma corpórea los mil Ángeles que la
asistían y con profunda humildad adoraron en el vientre
de la Madre a su Rey humanado, y a ella la reconocieron
de nuevo por Reina y Señora y la dieron debido culto y
reverencia y la dijeron: Ahora, Señora, sois la
verdadera arca del testamento que encerráis al
mismo Legislador y la ley y guardáis el maná del cielo,
que es nuestro pan verdadero. Recibid, Reina nuestra, la
enhorabuena de vuestra dignidad y suma dicha, que por
ella engrandecemos al Altísimo, porque justamente os
eligió por su Madre y tabernáculo. Ofrecémonos de
nuevo a vuestro obsequio y servicio, para obedeceros
como vasallos y siervos del Rey supremo y
todopoderoso, de quien sois Madre verdadera.— Este
ofrecimiento y nueva veneración de los Santos Ángeles
renovó en la Madre de la sabiduría incomparables
efectos de humildad, agradecimiento y amor divino.
Porque en aquel prudentísimo corazón, donde estaba el
peso del santuario para dar a todas las cosas el valor y
precio que se debe, hizo gran ponderación el verse
reverenciada y reconocida por Señora y Reina de los
espíritus angélicos; y aunque era más el verse Madre del
mismo Rey y Señor de todo lo criado, pero todos estos
beneficios y dignidad se le manifestaban más por las
demostraciones y obsequio de los Santos Ángeles.
182. Cumplían ellos estos ministerios como ejecutores y
ministros (Heb 1, 14) de la voluntad del Altísimo y,
cuando su Reina y Señora nuestra estaba sola, todos la
asistían en forma corpórea y la servían en sus acciones y
ocupaciones corporales, y si trabajaba de manos la
administraban lo que era necesario. Si acaso comía
alguna vez en ausencia de San José, la servían de
maestresalas en su pobre mesa y humildes manjares. A
cualquiera parte la acompañaban y hacían escolta y en
el servicio de San José la ayudaban. Y con todos estos
favores y socorros no se olvidaba la divina Señora de
pedir licencia al Maestro de los maestros para todas las
acciones y obras que había de hacer y pedirle su
dirección y asistencia. Tan acertados y tan bien
gobernados eran todos sus ejercicios con la plenitud que
sólo el mismo Señor puede comprender y ponderar.
183. A más de esta enseñanza ordinaria en el tiempo
que tuvo en su vientre santísimo al Verbo humanado,
sentía su presencia divina por diversos modos, todos
admirables y dulcísimos. Unas veces se le manifestaba
por visión abstractiva, como arriba he dicho (Cf. supra p. I
n. 229, 237, 312, 383, 389, 734, 742; p. II n. 6-8). Otras le
conocía y veía en el modo que estaba en su virginal
templo, unido hipostáticamente a la naturaleza humana.
Otras se le manifestaba la humanidad santísima como si
por un viril cristalino la mirara, sirviendo para esto el
mismo vientre y cuerpo purísimo materno, y este género
de visión era de especial consuelo y jubilo para la gran
Reina. Otras veces conocía que de la divinidad resultaba
en él cuerpo del niño Dios algún influjo de la gloria de su
alma santísima, con que le comunicaba algunos efectos
de bienaventurado y glorioso, especialmente la claridad
y luz que del cuerpo natural del Hijo resultaba en la
Madre con un ilapso inefable y divino. Y este favor la
transformaba toda en otro ser, inflamando su corazón y
causando en toda ella tales efectos, que ninguna
capacidad de criaturas los puede explicar. Extiéndase y
dilátese el juicio más levantado de los supremos
serafines y quedará oprimido de esta gloria (Prov 25, 27),
porque toda esta divina Reina era un cielo intelectual y
animado y en ella sola estaba epilogada la grandeza y
gloria que no pueden abarcar ni ceñir los dilatados fines
de los mismos cielos (3 Re 8, 27).
184. Alternábanse y sucedíanse estos beneficios y otros
con los ejercicios de la divina Madre, con la variedad y
diferencia de operaciones que ejercitaban, unas
espirituales, otras manuales y corporales; unas en servir
a su esposo, otras en beneficio de los prójimos; y todo
esto junto y gobernado por la sabiduría de una doncella
hacía armonía admirable y dulcísima para los oídos del
Señor y admirable para todos los espíritus angélicos. Y
cuando entre esta variedad quedaba la Señora del
mundo más en su natural estado, porque así lo disponía
el Altísimo, padecía un deliquio causado de la fuerza y
violencia de su mismo amor; porque con verdad pudo
decir lo que por ella dijo Salomón en nombre de la
esposa: Socorredme con flores, porque estoy enferma
de amor (Cant 2, 5); y así sucedía que con la herida
penetrante de esta dulcísima flecha llegaba al extremo
de la vida, pero luego la confortaba el brazo poderoso
del Altísimo por modo sobrenatural.
185. Y tal vez para darla algún aliento sensible, por el
mismo imperio del Señor venían a visitarla muchas
avecillas, y como si tuvieran discurso la saludaban con
sus meneos y la daban concertadísima música a coros y
aguardaban su bendición para despedirse de ella.
Señaladamente sucedió esto luego que concibió al Verbo
divino, como dándole la enhorabuena de su dignidad,
después que lo hicieron los Santos Ángeles. Y este día les
habló la Señora de las criaturas, mandando a diversos
géneros de aves que con ella estaban reconociesen a su
Criador, y en agradecimiento del ser y hermosura que las
había dado, y de su conservación, le cantasen y alabasen.
Y luego la obedecieron como a Señora y de nuevo
hicieron coros y cantaron con muy dulce armonía y
humillándose hasta el suelo hicieron reverencia al
Criador y a su Madre, que le tenía en su vientre. Solían
otras veces traerle flores en los picos y se las ponían en
las manos, aguardando que les mandase cantar o callar
a su voluntad. También sucedía que con las inclemencias
de los tiempos venían algunas avecillas al amparo de su
divina Señora, y Su Alteza las admitía y sustentaba con
admirable afecto de su inocencia y glorificando al
Criador de todo.
186. Y no debe extrañar nuestra tibia ignorancia estas
maravillas, pues aunque la materia en que se obraban
pudiera estimarse por pequeña, pero las obras del
Altísimo todas son grandes y venerables en sus fines, y
también eran grandiosas las obras de nuestra
prudentísima Reina en cualquiera materia que las
hiciese. ¿Y quién hay tan ignorante o temerario que no
conozca cuán digna acción de la criatura racional es
conocer la participación del ser de Dios y de sus
perfecciones en todas las criaturas, buscarle y hallarle,
bendecirle y magnificarle en todas ellas, por admirable,
poderoso, liberal y santo, como lo hacía la santísima
María, sin haber tiempo ni lugar ni criatura visible que
para ella fuese ociosa? ¿Y cómo también no se confundirá
nuestro ingratísimo olvido? ¿Cómo no se ablandará
nuestra dureza? ¿Cómo no se encenderá nuestro tibio corazón,
hallándonos reprendidos y enseñados de las
criaturas irracionales, que sólo por aquella participación
de su ser recibido de ser Dios le alaban sin ofenderle y
los hombres que han participado la imagen y semejanza
del mismo Dios, con capacidad de conocerle y gozarle
eternamente, le olvidan sin conocerle, si le conocen no le
alaban y sin quererle servir le ofenden? Con ningún
derecho se han de preferir éstos a los animales brutos,
pues vienen a ser peores que ellos (Sal 48, 13; 21).
Doctrina de la santísima Reina y Señora nuestra.
187. Hija mía, prevenida estás de mi doctrina hasta
ahora, para desear y procurar la ciencia divina, que
deseo mucho aprendas, para que con ella entiendas y
conozcas profundamente el decoro y reverencia con que
has de tratar con Dios. Y de nuevo te advierto que entre
los mortales esta ciencia es muy dificultosa y de pocos
codiciada, con mucho daño suyo, por su ignorancia;
porque de ella nace que, cuando llegan a tratar con el
Altísimo y de su culto y servicio, no hacen el concepto
digno de su grandeza infinita, ni se desnudan de las
imágenes tenebrosas y operaciones terrenas, que los
hacen torpes y carnales, indignos e improporcionados
para el magnífico trato de la divinidad soberana. Y a esta
grosería se sigue otro desorden, que si tratan con los
prójimos se entregan sin orden, sin medida y sin modo a
las acciones sensitivas, perdiendo totalmente la memoria
y atención de su Criador, y con el mismo furor de sus
pasiones se entregan a todo lo terreno.
188. Quiero, pues, carísima, que te alejes de este
peligro y deprendas la ciencia cuyo objeto es el
inmutable ser de Dios y sus infinitos atributos, y de tal
manera le has de conocer y unirte con él, que ninguna
cosa criada se interponga entre tu espíritu y alma y entre
el verdadero y sumo bien. En todo tiempo, lugar,
ocupación y operaciones le has de tener a la vista, sin
soltarle (Cant 3, 4) de aquel íntimo abrazo de tu corazón.
Y para esto te advierto y te mando que le trates con
magnificencia, con decoro, con reverencia y temor íntimo
de tu pecho. Y cualquiera cosa de las que tocan a su
divino culto, quiero que la trates con toda atención y
aprecio. Y sobre todo, para entrar en su presencia por la
oración y deprecaciones, desnúdate de toda imagen
sensible y terrena. Y porque la humana fragilidad no
puede siempre ser estable en la fuerza del amor, ni sufrir
sus movimientos violentos para el ser terreno, admite
algún alivio decente y tal que en él halles también al
mismo Dios: como alabarle en la hermosura de los cielos
y estrellas, en la variedad de las yerbas, en la apacible
vista de los campos, en la fuerza de los elementos y más
en la naturaleza de los Ángeles y en la gloria de los
Santos.
189. Pero siempre estarás advertida, sin olvidar jamás
este documento, que por ningún suceso ni trabajo
busques alivio, ni admitas divertimiento con criaturas
humanas; y entre ellas menos con los hombres, porque en
tu natural flaco e inclinado a no dar pena, puedes tener
peligro de exceder y pasar la raya de lo que es lícito y
justo, introduciéndose el gusto sensible más de lo que
conviene a las religiosas esposas de mi Hijo santísimo. En
todas las criaturas humanas corre riesgo este descuido,
porque si a la naturaleza frágil se le da rienda, ella no
atiende a la razón ni a la verdadera luz del espíritu, mas
olvidándolo todo sigue a ciegas el ímpetu de la pasión y
ésta su deleite. Contra este general peligro se ordenó el
encerramiento y retiro de las almas consagradas a mi
Hijo y Señor, para cortar de raíz las ocasiones infelices y
desgraciadas de aquellas religiosas que de voluntad las
buscan y se entregan a ellas. Tus alivios, carísima, y de
tus hermanas no han de ser tan llenos de peligro y de
mortal veneno, y siempre has de buscar de intento los
que hallarás en el secreto de tu pecho y en el retrete de
tu Esposo, que es fiel en consolar al triste y asistir al
atribulado (Sal 90, 15).
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