Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsConoció María santísima la voluntad del Señor para visitar a santa Isabel; pide licencia a San José, sin manifestarle otra cosa.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  15    Versos:  190-199


190. Por la relación del embajador del cielo San Gabriel
conoció María santísima cómo su deuda Isabel —que se
tenía por estéril— había concebido un hijo y que ya
estaba en el sexto mes de su preñado (Lc 1, 36). Y
después, en unas de las visiones intelectuales que tuvo,
la reveló el Altísimo que el hijo milagroso que pariría
Santa Isabel sería grande delante del mismo Señor y
sería profeta y precursor (Lc 1, 15-17) del Verbo
humanado que ella traía en su virginal vientre, y otros
misterios grandes de la santidad y ministerios de San
Juan Bautista. En esta misma visión y en otras conoció
también la divina Reina el agrado y beneplácito del
Señor, en que fuese a visitar a su deuda Isabel, para que
ella y su hijo que tenía en el vientre fuesen santificados
con la presencia de su Reparador; porque disponía Su
Majestad estrenar los efectos de su venida al mundo y
sus merecimientos en su mismo Precursor, comunicándole
el corriente de su divina gracia, con que fuese como fruto
temporáneo y anticipado de la redención humana.
191. Por este nuevo sacramento que conoció la
prudentísima Virgen, hizo gracias al Señor con admirable
júbilo de su espíritu, porque se dignaba de hacer aquel
favor al alma del que había de ser su profeta y precursor
y a su madre Isabel. Y ofreciéndose al cumplimiento del
divino beneplácito, habló con Su Majestad y le dijo:
Altísimo Señor, principio y causa de todo bien,
eternamente sea glorificado vuestro nombre y de todas
las naciones sea conocido y alabado. Yo, la menor de las
criaturas, os doy humildes gracias por la misericordia
que tan liberal queréis mostrar con vuestra sierva
Isabel y con el hijo de su vientre. Si es beneplácito de
vuestra dignación que me enseñéis de que yo os sirva en
esta obra, aquí estoy preparada, Señor mío, para
obedecer con prontitud a vuestros divinos mandatos.—
Respondióla el Altísimo: Paloma mía y amiga mía,
escogida entre las criaturas, de verdad te digo que por tu
intercesión y por tu amor atenderé como Padre y Dios
liberalísimo a tu prima Isabel y al hijo que de ella ha de
nacer, eligiéndole por mi profeta y precursor del Verbo
en ti hecho hombre, y los miro como a cosas propias y
allegadas a ti. Y así quiero que vaya mi Unigénito y tuyo
a visitar a la madre y a rescatar al hijo de la prisión de la
primera culpa, para que antes del tiempo común y
ordinario de los otros hombres suene la voz de sus
palabras y alabanza en mis oídos (Cant2, 14) y
santificando su alma les sean revelados los misterios de
la encarnación y redención. Y para esto quiero, esposa
mía, que vayas a visitar a Isabel, porque todas las tres
Personas divinas elegimos a su hijo para grandes obras
de nuestro beneplácito.
192. A este mandato del Señor respondió la
obedientísima Madre: Bien sabéis, Dueño y Señor mío,
que todo mi corazón y mis deseos se encaminan a vuestro
divino beneplácito y quiero con diligencia cumplir lo que
mandáis a vuestra humilde sierva. Dadme, bien mío,
licencia para que la pida a mi esposo José y que haga
esta jornada con su obediencia y gusto. Y para que del
vuestro no me aparte, gobernad en ella todas mis
acciones y enderezad mis pasos a la mayor gloria de
vuestro santo nombre, y recibid para esto el sacrificio de
salir en público y dejar mi retirada soledad. Y quisiera yo,
Rey y Dios de mi alma, ofrecer más que mis deseos en
esto, hallando que padecer por vuestro amor todo lo que
fuere de mayor servicio y agrado vuestro, para que no
estuviera ocioso el afecto de mi alma.
193. Salió de esta visión nuestra gran Reina y, llamando
a los mil ángeles de su guarda, se le manifestaron en
forma corpórea, y declaróles el mandato del Altísimo,
pidiéndoles que en aquella jornada la asistiesen muy
cuidadosos y solícitos, para enseñarla a cumplir aquella
obediencia con el mayor agrado del Señor y la defendiesen
y guardasen de los peligros, para que en todo
lo que se le ofreciese en aquel viaje ella obrase
perfectamente. Ofreciéronse los santos príncipes a
obedecerla y servirla con admirable rendimiento. Esto
mismo solía hacer en otras ocasiones la Maestra de toda
prudencia y humildad, que siendo ella más sabia y más
perfecta en el obrar que los mismos Ángeles, con todo
eso, por el estado de viadora y por la condición de la
inferior naturaleza que tenía, para dar a sus obras toda
plenitud de perfección, consultaba y llamaba a sus
Santos Ángeles, que siendo inferiores en santidad
la guardaban y asistían, y con su dirección disponía las
acciones humanas, gobernadas todas por otra parte con
el instinto del Espíritu Santo. Y los divinos espíritus la
obedecían con la presteza y puntualidad propia a su
naturaleza y debida a su misma Reina y Señora. Y con
ella hablaban y conferían coloquios dulcísimos y
alternaban cánticos de sumo honor y alabanza del
Altísimo. Y otras veces trataba de los misterios soberanos
del Verbo encarnado, de la unión hipostática, del
sacramento de la redención humana, de los triunfos que
alcanzaría, de los frutos y beneficios que de sus obras
recibirían los mortales. Y sería alargarme mucho, si
hubiera de escribir todo lo que en esta parte se me ha
manifestado.
194. Determinó luego la humilde esposa pedir
licencia a San José para poner por obra lo que la
mandaba el Altísimo y sin manifestarle este mandato,
siendo en todo prudentísima, un día le dijo estas
palabras: Señor y esposo mío, por la divina luz he
conocido cómo la dignación del Altísimo ha favorecido a
Isabel mi prima, mujer de Zacarías, dándole el fruto que
pedía en un hijo que ha concebido, y espero en su
bondad inmensa que siendo mi prima estéril, habiéndole
concedido este singular beneficio, será para mucho
agrado y gloria del Señor. Yo juzgo que en tal ocasión
como ésta me corre obligación decente de ir a visitarla y
tratar con ella algunas cosas convenientes a su consuelo
y su bien espiritual. Si esta obra, señor, es de vuestro
gusto, haréla con vuestra licencia, estando sujeta en todo
a vuestra disposición y voluntad. Considerad vos lo mejor
y mandadme lo que debo hacer.
195. Fue para el Señor muy agradable esta discreción y
silencio de María santísima, llena de tan humilde
rendimiento como digna de su capacidad para que se
depositasen en su pecho los grandes sacramentos del
Rey (Tob 12, 7). Y por esto y por la confianza en su fidelidad
con que obraba esta gran Señora, dispuso Su
Majestad el corazón purísimo del Santo José, dándole su
luz divina para lo que debía hacer conforme a la voluntad
del mismo Señor. Este es premio del humilde que pide
consejo, hallarle seguro y con acierto, y también es
consiguiente al santo y discreto celo dar e prudente
cuando se le piden. Con esta dirección respondió el santo
esposo a nuestra Reina: Ya sabéis, Señora y esposa mía,
que mis deseos todos están dedicados para serviros con
toda mi atención y diligencia, porque de vuestra gran
virtud confío, como debo, no se inclinará vuestra
rectísima voluntad a cosa alguna que no sea de mayor
agrado y gloria del Altísimo, como creo lo será esta
jornada. Y porque no extrañen que vais en ella sin la
compañía de vuestro esposo, yo iré con mucho gusto para
cuidar de vuestro servicio en el camino. Determinad el
día para que vayamos juntos.
196. Agradeció María santísima a su prudente esposo
José el cuidadoso afecto y que tan atentamente
cooperase a la voluntad divina en lo que sabía era de su
servicio y gloria; y determinaron entrambos partir luego a
casa de Isabel (Lc 1, 39), previniendo sin dilación la
recámara para el viaje, que toda se vino a resumir en
alguna fruta, pan y pocos pececillos que le trajo el Santo
José y en una humilde bestezuela que buscó prestada,
para llevar en ella toda la recámara y a su Esposa y
Reina de todo lo criado. Con esta prevención partieron de
Nazaret para Judea, y la jornada proseguiré en el
capítulo siguiente. Pero al salir de su pobre casa la gran
Señora del mundo hincó las rodillas a los pies de su
esposo San José y le pidió su bendición para dar principio
a la jornada en el nombre del Señor. Encogióse el Santo
viendo la humildad tan rara de su esposa, que ya con
tantas experiencias tenía muy conocida, y deteníase en
bendecirla, pero la mansedumbre y dulce instancia de
María santísima le venció y el Santo la bendijo en nombre
del Altísimo. Y a los primeros pasos levantó la divina
Señora los ojos al cielo y el corazón a Dios,
enderezándolos a cumplir el divino beneplácito, llevando
en su vientre al Unigénito del Padre y suyo para santificar
a Juan en el de su madre Isabel.
Doctrina que me dio la divina Reina y Señora.
197. Hija mía carísima, muchas veces te fío y manifiesto
el amor de mi pecho, porque deseo grandemente que se
encienda en el tuyo y te aproveches de la doctrina que te
doy. Dichosa es el alma a quien manifiesta el Altísimo su
voluntad santa y perfecta, pero más feliz y
bienaventurada es quien conociéndola pone en ejecución
lo que ha conocido. Por muchos medios enseña Dios a los
mortales el camino y sendas de la vida eterna: por los
evangelios y santas Escrituras, por los sacramentos y
leyes de la santa Iglesia, por otros libros y ejemplos de
los Santos, y especialmente por medio de la doctrina y
obediencia de sus ministros, de quienes dijo Su Majestad:
Quien a vosotros oye, a mí me oye (Lc 10, 16); que el
obedecerlos a ellos es obedecer al mismo Señor. Cuando
por alguno de estos caminos llegares a conocer la divina
voluntad, quiero de ti que con ligerísimo vuelo,
sirviéndote de alas la humildad y la obediencia, o como
un rayo prestísimo, así seas pronta en ejercitarla y en
cumplir el divino beneplácito.
198. Fuera de estos modos de enseñanza, tiene otros el
Altísimo para encaminar las almas, intimándoles su
voluntad perfecta sobrenaturalmente, por donde les
revela muchos sacramentos. Este orden tiene sus grados
y muy diferentes, y no todos son ordinarios ni comunes a
las almas, porque dispensa el Altísimo su luz con medida
y peso: unas veces habla el corazón y sentidos interiores
con imperio, otras corrigiendo, otras amonestando y
enseñando, otras veces mueve al corazón para que él lo
pida y otras le propone claramente lo que el mismo Señor
desea, para que se mueva el alma a ejecutarlo, y otras
suele proponer en sí mismo, como en un claro espejo,
grandes misterios que vea y conozca el entendimiento y
ame la voluntad. Pero siempre este gran Dios y sumo bien
es dulcísimo en mandar, poderoso en dar fuerzas para
obedecer, justo en sus órdenes y presto en disponer las
cosas para ser obedecido y eficaz en vencer los
impedimentos, para que se cumpla su santísima voluntad.
199. En recibir esta luz divina te quiero, hija mía, muy
atenta, y en ejecutarla muy presta y diligente; y para oír
al Señor y percibir esta voz tan delicada y espiritualizada
es necesario que las potencias del alma estén purgadas
de la grosería terrena y que toda la criatura viva según el
espíritu, porque el hombre animal no percibe las cosas
levantadas y divinas (1 Cor 2, 14). Atiende, pues, a tu
secreto (Is 24, 16) y olvida todo lo de fuera; oye, hija mía,
e inclina tu oído (Sal 44, 11) despedida de todo lo visible.
Y para que seas diligente, ama; que el amor es fuego y
no sabe dilatar sus efectos donde halla dispuesta la
materia, y tu corazón siempre le quiero dispuesto y
preparado. Y cuando el Altísimo te mandare o enseñare
alguna cosa en beneficio de las almas, y más para su
salud eterna, ofrécete con rendimiento, porque son el
precio más estimable de la sangre del Cordero (1 Pe 1,
18-19) y del amor divino. No te impidas para esto con tu
misma bajeza ni encogimiento, pero vence el temor que
te acobarda, que si tú vales poco y eres inútil para todo,
el Altísimo es rico, poderoso, grande, y por sí mismo hizo
todas las cosas (Is 44, 24), y no carecerá de premio tu
prontitud y efecto, aunque sólo quiero que te mueva el
beneplácito de tu Señor.
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