Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsLa jornada de María santísima a visitar a Santa Isabel y la entrada en casa de Zacarías.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  16    Versos:  200-214


200. Levantándose en aquellos días —dice el texto
sagrad (Lc 1, 39)— María santísima caminó con mucha
diligencia a las montañas y ciudad de Judá. Este
levantarse nuestra divina Reina y Señora no fue sólo
disponerse exteriormente y partir de Nazaret a su
jornada, porque también significa el movimiento de su
espíritu y voluntad con que por el divino impulso y
mandato se levantó interiormente de aquel humilde retiro
y lugar que con su mismo concepto y estimación tenía. De
allí se levantó como de los pies del Altísimo, cuya
voluntad y beneplácito esperaba para cumplirle, como la
más humilde sierva que dijo David (Sal 122, 2) tiene
puestos los ojos en las manos de su señora, aguardando
que la mande. Y levantándose con la voz del Señor
encaminó su afecto dulcísimo a cumplir su voluntad santísima,
en apresurar sin dilación la santificación del
Precursor del Verbo humanado, que estaba en el vientre
de Isabel como encarcelado con las prisiones del primer
pecado. Este era el término y el fin de esta feliz jornada;
para él se levantó la Princesa de los cielos y caminó con
la presteza y diligencia que dice el evangelista san
Lucas.
201. Dejando, pues, la casa de sus padres y olvidando
su pueblo (Sal 44, 11), tomaron el camino los castísimos
esposos María y José y le enderezaron a casa de San
Zacarías en las montañas de Judea, que distaba
veintisiete leguas de Nazaret, y gran parte de él era
áspero y fragoso para tan delicada y tierna doncella.
Toda la comodidad para tan desigual trabajo era un
humilde jumentillo, en que comenzó y prosiguió el viaje;
y aunque iba destinado sólo para su alivio y servicio, pero
la más humilde y modesta de las criaturas se apeaba de
él muchas veces y rogaba a su esposo San José partiesen
el trabajo y comodidad y que fuese el Santo con algún
alivio, sirviéndose de la bestezuela para esto. Nunca lo
admitió el prudente esposo y, por condescender en algo
con los ruegos de la divina Señora, consentía que algunos
ratos fuese con él a pie, mientras le parecía lo podía
sufrir su delicadeza, sin fatigarse demasiado, y luego con
gran decoro y reverencia la pedía no rehusase el admitir
aquel pequeño alivio, y la Reina celestial obedecía,
prosiguiendo a caballo lo restante.
202. Con estas humildes competencias continuaban sus
jornadas María santísima y San José, y en ellas
distribuían el tiempo sin dejar ocioso sólo un punto.
Caminaban en soledad, sin compañía de criaturas
humanas, pero asistíanlos en todo los mil ángeles que
guardaban el lecho de Salomón (Cant 3, 7), María
santísima, que aunque iban en forma visible sirviendo a
su gran Reina y a su Hijo santísimo en su vientre, sola ella
los veía; y atendiendo a los Ángeles y a San José su esposo,
caminaba la Madre de la gracia, llenando los
campos y los montes de fragancia suavísima con su
presencia y con los divinos loores en que sin intervalo
alguno se ocupaba. Unas veces hablaba con sus Ángeles
y alternativamente hacían cánticos divinos, con motivos
diferentes de los misterios de la divinidad y de las obras
de la creación y encarnación, con que de nuevo se
enardecía en divinos afectos el cándido corazón de la
purísima Señora. Y a todo esto ayudaba San José su
esposo con el templado silencio que guardaba, recogiendo
su espíritu en sí mismo con alta contemplación
y dando lugar para que, a su entender, hiciera lo mismo
su devota esposa.
203. Otras veces hablaban los dos y conferían muchas
cosas de la salud de sus almas y de las misericordias del
Señor, de la venida del Mesías y de las profecías que de
él estaban anunciadas a los antiguos padres, y otros
misterios y sacramentos del Altísimo. Sucedió en este
viaje una cosa admirable para el santo esposo José:
amaba tiernamente a su esposa con el amor santo y
castísimo, ordenado (Cant 2, 4) con especial gracia y
dispensación del mismo amor divino; y a más de este
privilegio era el Santo, por otro no pequeño, de condición
nobilísima, cortés, agradable y apacible; y todo esto
obraba en él una solicitud prudentísima y amorosa a que
le movía desde el principio la misma santidad y
grandeza, que conocía en su divina esposa, como objeto
próximo de aquellos dones del cielo. Con esto iba el
Santo cuidando de María santísima y preguntándole
muchas veces si se fatigaba y cansaba y en qué la podía
aliviar y servir. Pero como ya la Reina del cielo llevaba en
su tálamo virginal el divino fuego del Verbo humanado,
sentía el Santo José —ignorando la causa— nuevos
efectos en su alma por las palabras y conversación de su
amada esposa, con que se reconocía más inflamado en el
amor divino y con altísimo conocimiento de estos
misterios que hablaban, con una llama interior y nueva
luz que le espiritualizaba y le renovaba todo. Y cuanto
más proseguían el camino y las pláticas celestiales, tanto
más crecían estos favores, de que conocía ser instrumento
las palabras de su esposa que penetraban su
corazón e inflamaban la voluntad al divino amor.
204. Era tan grande esta novedad, que no pudo dejar
de atender mucho a ella el discreto esposo San José; y
aunque conoció le venía todo por medio de María
santísima, y con la admiración se consolara con saber la
causa e inquirirla sin curiosidad, con todo esto por su
gran modestia no se atrevió a preguntarle cosa alguna,
disponiéndolo así el Señor, porque no era tiempo de que
conociese entonces el sacramento del Rey, que en el
vientre virginal estaba escondido. Miraba la divina
Princesa a su esposo, conociendo todo cuanto pasaba en
el secreto de su pecho, y discurriendo con su prudencia
se le representó que naturalmente era forzoso venir a
manifestarse su preñado sin podérselo ocultar a su
carísimo y castísimo esposo. No sabía entonces la gran
Señora el modo con que Dios gobernaría este
sacramentó; pero aunque no había recibido orden ni
mandato suyo para que le ocultase, su divina prudencia y
discreción la enseñaron cuan bueno era esconderle como
sacramento grande y el mayor de todos los misterios; y
así le tuvo oculto y secreto sin hablar palabra de él con
su esposo, ni en esta ocasión, ni antes en la anunciación
del Ángel, ni después en los cuidados que adelante
diremos (Cf. infra n. 375-394), cuando llegó el caso de
conocer el Santo José el preñado.
205. ¡Oh discreción admirable y prudencia más que
humana! Dejóse toda la gran Reina en la Divina
Providencia, esperando lo que disponía, pero sintió algún
cuidado y pena, previniendo la que su esposo santo podía
recibir, y considerando que no podía anticipadamente
sacarle de ella o divertirla. Y crecíale más este cuidado,
atendiendo al que tenía el santo en servirla y en cuidar
de ella con tanto amor y solicitud, a que se debía igual
correspondencia en todo lo que prudentemente fuera
posible. Por esto hizo especial oración al Señor,
representándole su cuidadoso afecto y deseos del
acierto, y el que San José había menester en la ocasión
que esperaba, pidiendo para todo la asistencia y
dirección divina. Y con esta suspensión ejercitó Su Alteza
grandes y heroicos actos de fe, esperanza, caridad,
prudencia, humildad, paciencia y fortaleza, dando
plenitud de santidad a todo lo que se ofrecía; porque en
cada cosa obraba lo más perfecto.
206. Esta jornada fue la primera peregrinación que hizo
el Verbo humanado en el mundo, cuatro días después de
haber entrado en él; que no pudo sufrir mayor dilación ni
tardanza su ardentísimo amor en comenzar a encender el
fuego que venía a derramar en él (Lc 12, 49), dando
principio a la justificación de los mortales en su divino
precursor. Y esta presteza comunicó a su Madre
santísima, para que con festinación se levantase y fuese
a visitar a Isabel. Y la divinísima Señora sirvió en esta
ocasión de carroza al verdadero Salomón, pero más rica,
más adornada y ligera que la del primero, a que la
comparó el mismo Salomón (Cant 3, 9-10) en sus
Cantares; y así fue más gloriosa esta jornada y con mayor
júbilo y magnificencia del Unigénito del Padre, porque
caminaba con descanso en el tálamo virginal de su
Madre y gozando de sus delicias amorosas, con que le
adoraba, le bendecía, le miraba, le hablaba, le oía y
respondía, y sola ella, que entonces era el archivo real de
este tesoro y la secretaria de tan magnífico sacramento,
le veneraba y agradecía por sí y por todo el linaje
humano, mucho más que los hombres y los ángeles juntos.
207. En el discurso del camino, que les duró cuatro días,
ejercitaron los peregrinos María santísima y José, no sólo
las virtudes que miran a Dios como objeto y otras
interiores, pero muchos actos de caridad con los
prójimos; porque no podía estar ociosa en presencia de
los necesitados de socorro. No hallaban en todas las posadas
igual acogida, porque algunos como rústicos los
despedían dejados en su natural inadvertencia, otros los
admitían con amor movidos de la divina gracia. Pero a
ninguno negaba la Madre de la misericordia la que podía
ejercitar con él, y para esto iba cuidadosa si
decentemente podía visitar o topar pobres, enfermos y
afligidos, y a todos los socorría y consolaba, o sanaba de
sus dolencias. No me detengo en referir todos los casos
que en esto sucedieron. Sólo digo la buena dicha de una
pobre doncella enferma que topó nuestra gran Reina en
un lugar por donde pasaba el día primero del viaje. Viola
Su Majestad y movióla a ternura y compasión la
enfermedad, que era gravísima; y usando de la potestad
de Señora de las criaturas, mandó a la fiebre que dejase
a aquella mujer y a los humores que se compusiesen y
ordenasen, reducidos a su natural estado y temperamento.
Y con este mandato y la dulcísima presencia
de María purísima, quedó al punto la enferma libre y
sana de su dolencia en el cuerpo y mejorada en el
espíritu; y después fue creciendo hasta llegar a ser
perfecta y santa, porque le quedó estampada en el
pecho la memoria y las especies imaginarias de la autora
de su bien, y en el corazón le quedó un íntimo amor,
aunque no vio más a la divina Señora, ni se divulgó el
milagro.
208. Prosiguiendo sus jornadas llegaron María santísima
y San José su esposo el cuarto día a la ciudad de Judá,
que era donde vivían Isabel y Zacarías. Y éste era el
nombre propio y particular de aquel lugar, donde a la
sazón vivían los padres de San Juan, y así lo especificó el
evangelista San Lucas llamándola Judá (Lc 1, 39); aunque
los expositores del Evangelio comúnmente han creído que
este nombre no era propio de la ciudad donde vivían
Isabel y Zacarías, sino común de aquella provincia que se
llama Judá o Judea, como también por esto se llamaban
montañas de Judea aquellos montes que de la parte
austral de Jerusalén corren hacia el mediodía. Pero lo
que a mí se me ha manifestado es que la ciudad se
llamaba Judá y que el evangelista la nombró por su
propio nombre, aunque los doctores y expositores han
entendido por el nombre de Judá la provincia a donde
pertenecía. Y la razón de esto ha resultado de que
aquella ciudad que se llamaba Judá se arruinó por años
después de la muerte de Cristo Señor nuestro, y como los
expositores no alcanzaron la memoria de tal ciudad,
entendieron que San Lucas por nombre Judá había dicho
la provincia y no el lugar, y de aquí ha resultado la variedad
de opiniones sobre cuál era la ciudad donde
sucedió la visitación de María santísima a Santa Isabel.
209. Y porque la obediencia me ha ordenado que
declare más exactamente este punto por la novedad que
puede causar y habiendo hecho lo que sobre esto se me
ha mandado, digo que la casa de San Zacarías y Santa
Isabel, donde sucedió la visitación, fue en el mismo puesto
donde ahora son venerados estos misterios divinos por
los fieles y peregrinos que acuden o viven en los Santos
Lugares de Palestina. Y aunque la ciudad de Judá, donde
estaba la casa de Zacarías, fue derruida, no permitió el
Señor que se olvidase y borrase la memoria de tan
venerables lugares donde tantos misterios se habían
obrado, quedando consagrados con las plantas de María
santísima, de Cristo Señor nuestro y del San Juan Bautista
y sus santos padres. Y así tuvieron luz divina los antiguos
fieles que edificaron aquellas iglesias y repararon los
Lugares Santos para conocer con ella y con alguna
tradición la verdad de todo y renovar la memoria de tan
admirables sacramentos, y que gozásemos del beneficio
de venerarlos y adorarlos los fieles que ahora vivimos,
protestando y confesando la fe católica en los lugares
sagrados de nuestra redención.
210. Para mayor noticia de esto se advierta que el
demonio, después que en la muerte de Cristo Señor
nuestro conoció que era Dios y Redentor de los hombres,
pretendió con increíble furor borrar la memoria, como
dice Jeremías (Jer 11, 19), de la tierra de los vivientes, y
lo mismo de su Madre santísima. Y así, procuró una vez
que se ocultase y soterrase la santísima cruz, otra que
fuese cautiva en Persia, y con este intento procuró que
fuesen arruinados y extinguidos muchos de los Lugares
Santos. De aquí resultó que los Ángeles Santos
trasladasen tantas veces la venerable y santa casa de
Loreto; porque el mismo dragón que perseguía a esta
divina Señora (Ap 12, 13), tenía ya reducidos los ánimos
de los moradores de la tierra para que extinguiesen y
arruinasen aquel sagrado oratorio que había sido la
oficina donde se obró el altísimo misterio de la
encarnación. Y por esta misma astucia del enemigo se
arruinó la antigua ciudad de Judá, ya por negligencia de
los moradores que se fueron acabando, ya por
desgracias e infortunos sucesos; aunque no dio lugar el
Señor para que pereciese y se arruinase del todo la casa
de San Zacarías, por los sacramentos que allí se habían
celebrado.
211. Distaba esta ciudad, como he dicho, veintisiete
leguas de Nazaret, y de Jerusalén dos leguas poco más o
menos, hacia la parte donde tiene su principio el torrente
Sorec en las montañas de Judea. Y después del
nacimiento de San Juan Bautista y despedidos María
santísima y San José para volverse a Nazaret, tuvo Santa
Isabel una revelación divina que amenazaba de próximo
una gran ruina y calamidad para los niños de Belén y su
comarca. Y aunque esta revelación fue con esta
generalidad, sin más claridad ni especificación, movió a
la madre de San Juan Bautista para que con Zacarías su
marido se retirase a Hebrón, que estaba ocho leguas
poco más o menos de Jerusalén, y así lo hicieron; porque
eran ricos y nobles, y no sólo en Judá y en Hebrón pero en
otros lugares tenían casas y hacienda. Y cuando María
santísima y San José, huyendo de Herodes, se fueron
peregrinando a Egipto (Mt 2, 14), algunos meses después
de la natividad del Verbo y más de la del San Juan
Bautista, entonces Santa Isabel y San Zacarías estaban
en Hebrón; y San Zacarías murió cuatro meses después
que nació Cristo Señor nuestro, que serían diez después
del nacimiento de su hijo San Juan Bautista. Esto me
parece suficiente ahora para declarar esta duda, y que la
casa de la visitación ni fue en Jerusalén, ni en Belén, ni
en Hebrón, sino en la ciudad que se llamaba Judá. Y así
lo he entendido con la luz del Señor que los demás
misterios de esta divina Historia, y después de nuevo me
lo declaró el Santo Ángel en virtud de la nueva
obediencia que tuve para preguntárselo otra vez (Nota
de la autora al margen de este número: "Algunos
mapas de Palestina señalan esta ciudad de Judá en
este lugar, que dice en los orígenes del río Sodec; y con
lo que dice en esta declaración se responde
derechamente a Juliano y Porfirio, herejes, que redarguyeron
al Evangelista San Lucas de mal historiador,
pues fue tan exacto declarando el nombre de la
ciudad de la casa de San Zacarías. Véanse los
expositores y especialmente la Historia de la Tierra Santa
del Padre Cuaresmio, libro VI, cap. 2 y en los siguientes".
Cf. QUARESMIUS, F. Histórica, theologica et moralis Terrae
Sanctae elucidatio, Antverpiae 1639.
212. A esta ciudad de Judá y casa de Zacarías llegaron
María santísima y San José. Y para prevenirla se
adelantó algunos pasos el santo esposo, y llamando
saludó a los moradores, diciendo: El Señor sea con
vosotros, y llene vuestras almas de su divina gracia.—
Estaba ya prevenida Santa Isabel, porque el mismo Señor
la había revelado que María de Nazaret su deuda partía
a visitarla; aunque sólo había conocido por esta visión
cómo la divina Señora era muy agradable en los ojos del
Altísimo, pero el misterio de ser Madre de Dios no se le
había revelado hasta que las dos se saludaron a solas.
Pero salió luego Santa Isabel con algunos de su familia a
recibir a María santísima, la cual previno en la
salutación, como más humilde y menor en años, a su
prima, y la dijo: El Señor sea con Vos, prima y carísima
mía.—El mismo Señor, respondió Isabel, os premie el
haber venido a darme este consuelo.—Con esta
salutación subieron a la casa de Zacarías, y retirándose
las dos primas a solas, sucedió lo que diré en el capítulo
siguiente.
Doctrina que me dio nuestra Reina y Señora.
213. Hija mía, cuando la criatura hace digno aprecio de
las buenas obras y de la obediencia del Señor que se las
manda para gloria suya, de aquí le nace gran facilidad
en obrarlas, grande y suavísima dulzura en emprenderlas
y una presteza diligente en continuarlas y proseguirlas; y
estos efectos dan testimonio de la verdad y utilidad que
hay en ellas. Mas no puede el alma sentir este efecto y
experiencia, si no está muy rendida al Señor, mirando y
levantando los ojos a su divino beneplácito para oírlo con
alegría y ejecutarlo con presteza, olvidándose de su
propia inclinación y comodidad, como el siervo fiel, que
sólo quiere hacer la voluntad de su señor y no la suya.
Este es el modo de obedecer fructuoso que deben todas
las criaturas a Dios, y mucho más las religiosas que así lo
prometieron. Y para que tú, carísima, le consigas
perfectamente, advierte con qué aprecio habla Santo Rey
David en muchas partes de los preceptos del Señor, de
sus palabras y de su justificación y efectos que causaron
en el profeta, y ahora en las almas; pues confiesa que a
los niños hacen sabios (Sal 18, 8), que alegran el corazón
humano (Sal 18, 9), que iluminan los ojos de las almas,
que para sus pies eran luz clarísima (Sal 118, 105), que
son más dulces que la miel y más deseables y estimables
que el oro y que las piedras más preciosas (Sal 18, 11).
Esta prontitud y rendimiento a la divina voluntad y su ley
hizo a Santo Rey David conforme al corazón de Dios (1
Sam 13, 14; Act 13, 22), porque tales quiere Su Majestad
a sus siervos y amigos.
214. Atiende, pues, hija mía, con todo aprecio a las obras
de virtud y perfección que conoces son del beneplácito
de tu Señor, y ninguna desprecies, ni resistas, ni la dejes
de emprender por más violencia que sientas en tu
inclinación y flaqueza. Fía del Señor y aplícate a la
ejecución, que luego vencerá su poder todas las
dificultades, y luego conocerás con feliz experiencia cuan
ligera es la carga y suave el yugo del Señor (Mt 11, 30) y
que no fue engaño el decirlo Su Majestad, como lo
quieren suponer los tibios y negligentes, que con su
torpeza y desconfianza tácitamente redarguyen esta
verdad. Quiero también que para imitarme en esta
perfección adviertas el beneficio que me hizo la
dignación divina, dándome una piedad y afecto suavísimo
con las criaturas, como hechuras y participantes de la
bondad y ser divino. Con este afecto deseaba consolar,
aliviar y animar a todas las almas, y con una natural
compasión les procuraba todo bien espiritual y corporal,
y á ninguno por grande pecador que fuese le deseaba
mal ninguno, antes a éstos me inclinaba con grande
fuerza de mi compasivo corazón para solicitarles su salud
eterna. Y de aquí me resultó el cuidado de la pena que
mi esposo José había de recibir con mi preñado, porque a
él le debía más que a todos. Esta suave compasión
teníala también muy particular con los afligidos y enfermos,
y a todos procuraba granjearles algún alivio. Y en
esta condición quiero de ti que usando de ella
prudentemente me imites como lo conoces.
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