Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
Index

  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsQue prosigue el discurso de arriba con la explicación del capítulo 12 del Apocalipsis.

  INDICE            Libro  1   Capítulo  8    Versos:  94-105


94. La letra de este capítulo del Apocalipsis dice:
Apareció en el cielo una gran señal, una mujer cubierta
del sol y debajo de sus pies la luna y una corona de doce
estrellas en su cabeza; y estaba preñada y pariendo
daba voces y era atormentada para parir. Y fue vista otra
señal en ¿I cielo, y viose un dragón grande rojo, que tenía
siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en sus
cabezas; y su cola arrastraba la tercera parte de las
estrellas del cielo y las arrojó en la tierra; y él \dragon
estuvo delante de la mujer, que había de parir, para que
en pariendo se tragase el hijo. Y parió un hijo varón, que
había de regir las gentes con vara de hierro; y fue
arrebatado su hijo para Dios y para su trono, y la mujer
huyó a la soledad, donde tenía lugar aparejado por Dios,
para que allí la alimenten mil doscientos y sesenta días.
Y sucedió una gran batalla en el cielo: Miguel y sus
ángeles peleaban con el dragón y peleaba el dragón y
sus ángeles; y no prevalecieron y de allí adelante no se
halló lugar suyo en el cielo. Y fue arrojado aquel dragón,
serpiente antigua que se llama diablo y Satanás, que
engaña a todo el orbe; y fue arrojado en la tierra y sus
ángeles fueron enviados con él. Y oí una gran voz en el
cielo, que decía: Ahora ha sido hecha la salud y la virtud
y el reino de nuestro Dios y la potestad de su Cristo;
porque ha sido arrojado el acusador de nuestros
hermanos, que los acusaba ante nuestro Dios de día y de
noche. Y ellos le han vencido por la sangre del Cordero y
palabras de sus testimonios y pusieron sus almas hasta la
muerte. Por esto os alegrad, cielos, y los que habitáis en
ellos. ¡Ay de la tierra y mar, porque a vosotros ha bajado
el diablo, que tiene grande ira, sabiendo que tiene poco
tiempo! Y después que vio el dragón cómo era arrojado a
la tierra, persiguió a la mujer que parió el hijo varón; y
fuéronle dadas a la mujer alas de una grande águila,
para que volase al desierto a su lugar, donde es
alimentada por tiempo y tiempos y la mitad del tiempo
fuera de la cara de la serpiente. Y arrojó la serpiente de
su boca tras de la mujer agua como un río. Y la tierra
ayudó a la mujer y abrió la tierra su boca y sorbió al río
que arrojó el dragón de su boca. Y el dragón se indignó
contra la mujer y fuese para hacer guerra a los demás de
su generación, que guardan los mandamientos de Dios y
tienen el testimonio de Jesucristo. Y estuvo sobre la arena
del mar (Ap., 12, 1-18).
95. Hasta aquí es la letra del evangelista. Y habla de
presente, porque entonces se le mostraba la visión de lo
que ya había pasado, y dice: apareció en el cielo una
gran señal, una mujer cubierta del sol y debajo de sus
pies la luna y coronada la cabeza con doce estrellas. Esta
señal apareció verdaderamente en el cielo por voluntad
de Dios, que, se la propuso manifiesta a los buenos y
malos ángeles, para que a su vista determinasen sus
voluntades a obedecer los preceptos de su beneplácito;
y así la vieron antes que los buenos se determinasen al
bien y los malos al pecado; y fue como señal de cuán
admirable había de ser Dios en la fábrica de la humana
naturaleza. Y aunque de ella les había dado a los
ángeles noticia, revelándoles el misterio de la unión
hipostática, pero quiso manifestársela por diferente
modo en pura criatura y en la más perfecta y santa que,
después de Cristo nuestro Señor, había de criar. Y
también fue como señal para que los buenos ángeles se
asegurasen que por la desobediencia de los malos,
aunque Dios quedaba ofendido, no dejaría de ejecutar el
decreto de criar a los hombres; porque el Verbo
humanado y aquella mujer Madre suya le obligarían
infinito más que los inobedientes ángeles podían
desobligarle. Fue también como arco en el cielo a cuya
semejanza se pondría el de las nubes después del
diluvio (Gén., 9, 13) para que asegurase que, si los
hombres pecasen como los ángeles y fuesen
inobedientes, no serían castigados como ellos sin
remisión, pero que les daría saludable medicina y
remedio por medio de aquella maravillosa señal. Y fue
como decirles a los ángeles: No castigaré yo de esta
manera a las criaturas que he de criar, porque de la
naturaleza humana descenderá esta mujer en cuyas
entrañas tomará carne mi Unigénito, que será el
restaurador de mi amistad y apaciguará mi justicia y
abrirá el camino de la felicidad, que cerrará la culpa.
96. En testimonio de esto, el Altísimo, a la vista de
aquella señal, después que los ángeles
inobedientes fueron castigados, se mostró a los
buenos ángeles como desenojado y aplacado de la ira
que la soberbia de Lucifer le había ocasionado y, a
nuestro entender, se recreaba con la presencia de la
Reina del cielo, representada en aquella imagen; dando
a entender a los ángeles santos que pondría en los
hombres, por medio de Cristo y su Madre, la gracia y
dones que los apostatas por su rebeldía habían perdido.
Tuvo también otro efecto aquella gran señal en los
ángeles buenos, que como de la porfía y contienda con
Lucifer estaban, a nuestro modo de entender, como
afligidos y contristados y, casi turbados, quiso el Altísimo
que con la vista de aquella señal se alegrasen y con la
gloria esencial se les acrecentase este gozo accidental,
merecido también con su victoria contra Lucifer; y viendo
aquella vara de clemencia, que se les mostraba en señal
de paz (Est., 4, 11), conociesen luego que no se entendía
con ellos la ley del castigo, pues habían obedecido a la
divina voluntad y a sus preceptos. Entendieron asimismo
los Santos Ángeles en esta visión mucho de los misterios y
sacramentos de la encarnación que en ella se
encerraban y de la Iglesia militante y sus miembros; y
que habían de asistir y ayudar al linaje humano,
guardando a los hombres y defendiéndolos de sus
enemigos y encaminándolos a la eterna felicidad, y que
ellos mismos la recibían por los merecimientos del Verbo
humanado; y que los había preservado Su Majestad en
virtud del mismo Cristo, previsto en su mente divina.
97. Y como todo esto fue de grande alegría y gozo para
los buenos ángeles, fue también de grande tormento
para los malos y como principio y parte de su castigo,
que luego conocieron, de lo que no se habían
aprovechado, y que aquella mujer los había de vencer y
quebrantar la cabeza (Gén., 3, 15). Todos estos misterios,
y muchos que no puedo explicar, comprendió el
evangelista en este capítulo y más en esta señal
grande; aunque lo refiere en oscuridad y enigma,
hasta que llegase el tiempo.
98. El sol, de que dice estaba cubierta la mujer, es el
Sol verdadero de justicia; para que los ángeles
entendiesen la voluntad eficaz del Altísimo, que siempre
quería y determinaba asistir por gracia en esta mujer,
hacerla sombra y defenderla con su invencible brazo y
protección. Tenía debajo de los pies la luna, porque en la
división que hacen estos dos planetas del día y noche, la
noche de la culpa, significada en la luna, había de
quedar a sus pies, y el sol, que es el día de la gracia,
había de vestirla toda eternamente; y también, porque
los menguantes de la gracia, que tocan a todos los
mortales, habían de estar debajo de los pies y nunca
podrían subir al cuerpo y alma, que siempre habían de
estar en crecientes sobre todos los hombres y ángeles; y
sola ella había de ser libre de la noche y menguantes de
Lucifer y de Adán, que siempre los hollaría, sin que
pudiesen prevalecer contra ella. Y como vencidas todas
las culpas y fuerzas del pecado original y actual, se las
pone el Señor en los pies en presencia de todos los
ángeles, para que los buenos la conozcan y los malos
aunque no todos los misterios de la visión alcanzaron
teman a esta Mujer, aun antes que tenga ser.
99. La corona de doce estrellas, claro está, son todas
las virtudes que habían de coronar a esta Reina de los
cielos y tierra; pero el misterio de ser doce fue por los
doce tribus de Israel, adonde se reducen todos los
electos y predestinados, como los señala el evangelista
en el cap. 7 del Apocalipsis (Ap., 7, 4-8). Y porque todos
los dones, gracias y virtudes de todos los escogidos
habían de coronar a su Reina en grado superior y
eminente exceso, se le pone la corona de doce estrellas
sobre su cabeza.
100. Estaba preñada, porque en presencia de todos los
ángeles, para alegría de los buenos y castigo de los
malos que resistían a la divina voluntad y a estos
misterios, se manifestase que toda la santísima Trinidad
había elegido a esta maravillosa mujer por Madre del
Unigénito del Padre. Y como esta dignidad de Madre del
Verbo era la mayor y principio y fundamento de todas las
excelencias de esta gran Señora y de esta señal, por eso
se les propone a los ángeles como depósito de toda la
Santísima Trinidad, en la Divinidad y Persona del Verbo
humanado; pues, por la inseparable unión y existencia de
las personas por la indivisible unidad, no pueden dejar
de estar todas tres personas donde está cada una,
aunque sola la del Verbo era la que tomó carne humana y
de ella sola estaba preñada.
101. Y pariendo daba voces; porque si bien la dignidad
de esta Reina y este misterio había de estar al principio
encubierto, para que naciese Dios pobre y humilde y
disimulado, pero después dio este parto tan grandes
voces, que el primer eco hizo turbar y salir de sí al rey
Herodes y a los Magos obligó a desamparar sus casas y
patrias para venir a buscarle; unos corazones se turbaron
y otros con afecto interior se movieron (Mt., 2, 1-3). Y
creciendo el fruto de este parto, desde que fue levantado
en la cruz (Jn., 12, 32) dio tan grandes voces, que se han
oído desde el oriente al poniente y desde el septentrión
al mediodía (Rom., 10, 18). Tanto se oyó la voz de esta
Mujer, que dio, pariendo, la Palabra del Eterno Padre.
102. Y era atormentada para parir. No dice esto porque
había de parir con dolores, que esto no era posible en
este parto Divino, sino porque fue gran dolor y tormento
para esta Madre que, en cuanto a la humanidad, saliese
del secreto de su virgíneo vientre aquel cuerpecito
divinizado, para padecer y sujeto a satisfacer al Padre
por los pecados del mundo y pagar lo que no había de
cometer (Sal., 68., 5); que todo esto conocería y conoció
la Reina por la ciencia de las Escrituras; y, por el natural
amor de tal Madre a tal Hijo, naturalmente lo había de
sentir, aunque conforme con la voluntad del Eterno Padre.
También se comprende en este tormento el que había de
padecer la Madre Piadosísima conociendo los tiempos
que había de carecer de la presencia de su tesoro, desde
que saliese de su tálamo virginal; que si bien en cuanto a
la divinidad le tenía concebido en el alma, pero en
cuanto a la humanidad Santísima había de estar mucho
tiempo sin él y era Hijo solo suyo. Y aunque el Altísimo
había determinado hacerla exenta de la culpa, pero no
de los trabajos y dolores correspondientes al premio que
le estaba aparejado; y así fueron los dolores de este
parto (Gén., 3, 16), no efectos del pecado como en las
descendientes de Eva, sino del intenso y perfecto amor
de esta Madre divina a su único y Santísimo Hijo. Y todos
estos sacramentos fueron para los Santos Ángeles motivo
de alabanza y admiración y para los malos principio de
su castigo.
103. Y fue vista en el cielo otra señal: viose un dragón
grande y rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos y
siete diademas en sus cabezas; y con la cola arrastraba
la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó en
la tierra. Después de lo que está dicho, se siguió el
castigo de Lucifer y sus aliados. Porque a sus blasfemias
contra aquella señalada mujer, se siguió la pena de
hallarse convertido de ángel hermosísimo en dragón fiero
y feísimo, apareciendo también la señal sensible y
exterior figura. Y levantó con furor siete cabezas, que
fueron siete legiones o escuadrones, en que se dividieron
todos los que le siguieron y cayeron; y a cada principado
o congregación de éstas le dio su cabeza, ordenándoles
que pecasen y tomasen por su cuenta incitar y mover a
los siete pecados mortales, que comúnmente se llaman
capitales, porque en ellos se contienen los demás
pecados y son como cabezas de los bandos que se
levantan contra Dios. Estos son soberbia, envidia,
avaricia, ira, lujuria, gula y pereza; que fueron las siete
diademas con que Lucifer convertido en dragón fue
coronado, dándole el Altísimo este castigo y habiéndolo
negociado él, como premio de su horrible maldad, para sí
y para sus ángeles confederados; que a todos fue señalado
castigo y penas correspondientes a su malicia y
haber sido autores de los siete pecados capitales.
104. Los diez cuernos de las cabezas son los
triunfos de la iniquidad y malicia del dragón y la
glorificación, y exaltación arrogante y vana que él se
atribuye a sí mismo en la ejecución de los vicios. Y con
estos depravados afectos, para conseguir el fin de su
arrogancia, ofreció a los infelices ángeles su depravada y
venenosa amistad y fingidos principados, mayorías y
premios. Y estas promesas, llenas de bestial ignorancia y
error, fueron la cola con que el dragón arrastró la tercera
parte de las estrellas del cielo; que los ángeles estrellas
eran y, si perseveraran, lucieran después con los demás
ángeles y justos, como el sol, en perpetuas eternidades
(Dan., 12, 3); pero arrojólos (Jds., 1, 6) el castigo
merecido en la tierra de su desdicha hasta el centro de
ella, que es el infierno, donde carecerán eternamente de
luz y de alegría.
105. Y el dragón estuvo delante de la mujer, para
tragarse al hijo que pariese. La soberbia de Lucifer fue
tan desmedida que pretendió poner su trono en las
alturas (Is., 14, 13-14) y con sumo desvanecimiento dijo en
presencia de aquella señalada mujer: Ese hijo, que ha de
parir esa mujer, es de inferior naturaleza a la mía; yo le
tragaré y perderé y contra él levantaré bando que me
siga; y sembraré doctrinas contra sus pensamientos y
leyes que ordenare; y le haré perpetua guerra y
contradicción. Pero la respuesta del altísimo Señor fue,
que aquella mujer había de parir un hijo varón que había
de regir las gentes con vara de hierro. Y este varón,
añadió el Señor, será no sólo hijo de esta mujer, sino
también Hijo mío, hombre y Dios Verdadero, y fuerte, que
vencerá tu soberbia y quebrantará tu cabeza. Será para
ti, y para todos los que te oyeren y siguieren, juez poderoso,
que te mandará con vara de hierro (Sal., 2, 9) y
desvanecerá todos tus altivos y vanos pensamientos. Y
será este hijo arrebatado a mi trono, donde se asentará a
mi diestra y juzgará, y le pondré a sus enemigos por
peana de sus pies (Sal., 109., 1), para que triunfe de
ellos; y será premiado como hombre justo y que, siendo
Dios, ha obrado tanto por sus criaturas; y todos le
conocerán y darán reverencia y gloria (Ap., 5, 13); y tú,
como el más infeliz, conocerás cuál es el día de la ira
(Sof., 1, 15) del Todopoderoso; y esta mujer será puesta
en la soledad, donde tendrá lugar aparejado por mí. Esta
soledad adonde huyó esta mujer, es la que tuvo nuestra
gran Reina siendo única y sola en la suma santidad y
exención de todo pecado; porque, siendo mujer de la
común naturaleza de los mortales, sobrepujó a todos los
ángeles en la gracia y dones y merecimientos que con
ellos alcanzó. Y así huyó y se puso en una soledad entre
las puras criaturas, que es única y sin semejante en todas
ellas; y fue tan lejos del pecado esta soledad, que el
dragón no pudo alcanzarla de vista, ni desde su
concepción la pudo divisar. Y así la puso el Altísimo sola y
única en el mundo, sin comercio ni subordinación a la
serpiente, antes, con aseguración y como firme protesta,
determinó y dijo: Esta mujer, desde el instante que tenga
ser, ha de ser mi escogida y única para mí; yo la eximo
desde ahora de la jurisdicción de sus enemigos y la
señalo un lugar de gracia eminentísimo y solo, para que
allí la alimenten mil doscientos y sesenta días.Este
número de días había de estar la Reina del cielo en un
estado altísimo de singulares beneficios interiores y espirituales
y mucho más admirables y memorables; y esto
fue en los últimos años de su vida, como en su lugar con
la divina gracia diré (Cf. Infra p. III, Libro VIII, cap. 8 y 11)
Y en aquel estado fue alimentada tan divinamente, que
nuestro entendimiento es muy limitado para conocerlo. Y
porque estos beneficios fueron como fin adonde se
ordenaban los demás de la vida de la Reina del cielo y el
remate de ellos, por eso fueron señalados estos días
determinadamente por el evangelista.
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