Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsLa salutación que hizo la Reina del cielo a Santa Isabel y la santificación de San Juan Bautista.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  17    Versos:  215-230


215. Cumplido el sexto mes del preñado de Santa Isabel,
estaba en la caverna de su vientre el Precursor futuro de
Cristo nuestro bien, cuando llegó la madre santísima
María a la casa de San Zacarías. La condición del cuerpo
del niño San Juan Bautista era en el orden natural muy
perfecta, y más que otras, por el milagro que intervino en
su concepción de madre estéril y porque se ordenaba
para depositar en él la santidad mayor entre los nacidos
(Mt 11, 11), que Dios le tenía prevenida. Pero entonces su
alma estaba poseída de las tinieblas del pecado original
que había contraído en Adán, como los demás hijos de
este primero y común padre del linaje humano. Y como
por ley común y general no pueden los mortales recibir la
luz de la gracia antes de salir a esta luz material del sol,
por esto, después del primer pecado que se contrae con
la naturaleza, viene a servir el vientre materno como de
cárcel o calabozo de todos los que fuimos reos en nuestro
padre y cabeza Adán. A su gran profeta y precursor
determinó Cristo Señor nuestro adelantar en este gran
beneficio, anticipándole la luz de la gracia y justificación
a los seis meses que Santa Isabel le había concebido,
para que su santidad fuese privilegiada como lo había de
ser el oficio de precursor y bautista.
216. Después de la primera salutación que hizo María
santísima a su prima Santa Isabel, se retiraron las dos a
solas, como dije en el fin del capítulo pasado (Cf. supra n.
212). Y luego la Madre de la gracia saludó (Lc 1, 40) de
nuevo a su deuda, y la dijo: Dios te salve, prima y
carísima mía, y su divina luz te comunique gracia y
vida.—Con esta voz de María santísima quedó Santa
Isabel llena del Espíritu Santo (Lc 1, 41) y tan iluminado
su interior, que en un instante conoció altísimos misterios
y sacramentos. Estos efectos y los que sintió al mismo
tiempo el niño San Juan Bautista en el vientre de su
madre resultaron de la presencia del Verbo humanado en
el tálamo de María, donde sirviéndose de su voz como de
instrumento comenzó a usar de la potestad que le dio el
Padre eterno para salvar y justificar las almas como su
Reparador. Y como la ejecutaba como hombre, estando
en el mismo vientre virginal aquel cuerpecito de ocho
días concebido —¡cosa maravillosa!— se puso en forma y
postura humilde de orar y pedir al Padre, y oró y pidió la
justificación de su Precursor futuro y la alcanzó de la
Santísima Trinidad.
217. Fue San Juan Bautista en el vientre materno el
tercero por quien en particular hizo oración nuestro
Redentor, estando también en el de María santísima;
porque ella fue la primera por quien dio gracias y pidió y
oró al Padre, y por esposo suyo entró San José en el segundo
lugar en las peticiones que hizo el Verbo
humanado, como dijimos en el capítulo 12 (Cf. supra n.
147); y el tercero entró el precursor San Juan Bautista
entre las peticiones particulares por personas
determinadas y nombradas por el mismo Señor; tanta fue
la felicidad y privilegios de San Juan Bautista. Presentó
Cristo Señor nuestro al eterno Padre los méritos y pasión
y muerte que venía a padecer por los hombres, y en
virtud de esto pidió la santificación de aquella alma, y
nombró y señaló al niño que había de nacer santo para
precursor suyo y que diese testimonio de su venida al
mundo y preparase los corazones de su pueblo, para que
le conociesen y recibiesen, y que para tan alto ministerio
se le concediesen a aquella persona elegida todas las
gracias, dones y favores convenientes y proporcionados;
y todo lo concedió el Padre, como lo pidió su Unigénito
humanado.
218. Esto precedió a la salutación y voz de María
santísima. Y al pronunciar la divina Señora las palabras
referidas, miró Dios al niño en el vientre de Santa Isabel y
le dio uso de razón perfectísimo, ilustrándole con
especiales auxilios de la divina luz, para que se
preparase, conociendo el bien que le hacían. Y con esta
disposición fue santificado del pecado original y
constituido hijo adoptivo del Señor por gracia
santificante y lleno del Espíritu Santo con abundantísima
gracia y plenitud de dones y virtudes, y sus potencias
quedaron santificadas con la gracia, sujetas y
subordinadas a la razón; con que se cumplió lo que había
dicho el Ángel San Gabriel a San Zacarías (Lc 1, 15), que
su hijo sería lleno del Espíritu Santo y desde el vientre de
su madre. Al mismo tiempo el dichoso niño desde su lugar
vio al Verbo encarnado, sirviéndole como de vidriera las
paredes de la caverna uteral y de cristales purísimos el
tálamo de las virgíneas entrañas de María santísima, y
adoró puesto de rodillas a su Redentor y Criador. Y éste
fue el movimiento y júbilo que su madre Santa Isabel
reconoció y sintió en su infante y en su vientre. Otros
muchos actos hizo el niño San Juan Bautista en este
beneficio, ejercitando todas las virtudes de fe,
esperanza, caridad, culto, agradecimiento, humildad,
devoción y las demás que allí podría obrar. Y desde
aquel instante comenzó a merecer y crecer en santidad,
sin perderla jamás ni dejar de obrar con todo el vigor de
la gracia.
219. Conoció Santa Isabel al mismo tiempo el misterio
de la encarnación, la santificación de su hijo propio y el
fin y sacramentos de esta nueva maravilla; conoció
también la pureza virginal y dignidad de María
santísima. Y en aquella ocasión, estando la divina Reina
toda absorta en la visión de estos misterios y de la
divinidad que los obraba en su Hijo santísimo, quedó toda
divinizada y llena de luz y claridad de los dotes que
participaba; y Santa Isabel la vio con esta majestad, y
como por viril purísimo vio al Verbo humanado en el
tálamo virginal, como en una litera de encendido y
animado cristal. De todos estos admirables efectos fue
instrumento eficaz la voz de María santísima, tan fuerte y
poderosa como dulce en los oídos del Altísimo; y toda
esta virtud era como participada de la que tuvo aquella
poderosa palabra: Fiat mihi secundum verbum tuum (Lc
1, 38), con que trajo al eterno Verbo del pecho del Padre
a su mente y a su vientre
220. Admirada Santa Isabel con lo que sentía y conocía
en tan divinos sacramentos, fue toda conmovida con
espiritual júbilo del Espíritu Santo y, mirando a la Reina
del mundo y a lo que en ella veía, con alta voz prorrumpió
en aquellas palabras que refiere San Lucas (Lc 1, 42-45):
Bendita eres tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu
vientre; ¿y de dónde a mí esto que venga la Madre de mi
Señor adonde yo estoy? Pues luego que llegó a mis oídos
la voz de tu salutación, se exultó y alegró el infante en mi
vientre. Bienaventurada eres tú que creíste, porque en ti
se cumplirán perfectamente todas las cosas que el Señor
te dijo. En estas palabras proféticas recopiló Santa Isabel
grandes excelencias de María santísima, conociendo con
la divina luz lo que había hecho el poder divino en ella y
lo que de presente hacía y después en lo futuro había de
suceder. Y todo lo conoció y entendió el niño San Juan
Bautista en su vientre, que percibía las palabras de su
madre, y ella era ilustrada por la ocasión de su santificación;
y engrandeció ella a María santísima por
entrambos como al instrumento de su felicidad a quien él
no podía por su boca bendecir ni alabar desde el vientre.
221. A las palabras de Santa Isabel, con que
engrandeció a nuestra gran Reina, respondió la Maestra
de la sabiduría y humildad, remitiéndolas todas a su
Autor mismo y con dulcísima y suavísima voz entonó el
cántico de la Magníficat que refiere San Lucas, y dijo (Lc
1, 46-55): Mi alma glorifica al Señor: y mi espíritu está
transportado de gozo en el Dios, salvador mío. Porque ha
puesto los ojos en la bajeza de su esclava: por lo tanto,
ya desde ahora me llamarán bienaventurada todas las
generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes
aquel que es todo poderoso, cuyo nombre es santo: y
cuya misericordia se derrama de generación en
generación sobre los que le temen. Hizo alarde del poder
de su brazo: deshizo las miras del corazón de los
soberbios. Derribó del solio a los poderosos y ensalzó a
los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos: y a los
ricos los despidió sin nada. Acordándose de su
misericordia, acogió a Israel su siervo: según la promesa
que hizo a nuestros padres, a Abraham y a su
descendencia por los siglos de los siglos.
222. Como Santa Isabel fue la primera que oyó este
dulce cántico de la boca de María santísima, así también
fue la primera que le entendió y con su infusa
inteligencia le comentó. Entendió en él grandes misterios
de los que encerró su autora en tan pocas razones.
Magnificó el espíritu de María santísima al Señor por la
excelencia de su ser infinito; refirió y dio a él toda la
gloria y alabanza, como a principio y fin de todas sus
obras, conociendo y confesando que sólo en Dios se debe
gloriar y alegrar toda criatura, pues él solo es todo su
bien y su salud. Confesó asimismo la equidad y magnificencia
del Altísimo en atender a los humildes y poner en
ellos su divino amor y espíritu con abundancia, y cuán
digna cosa es que los mortales vean, conozcan y
ponderen que por esta humildad alcanzó ella que todas
las naciones la llamasen bienaventurada; y con ella
merecerán también esta misma dicha todos los humildes,
cada uno en su grado. Manifestó también en sola una
palabra todas las misericordias, beneficios y favores que
hizo con ella el Todopoderoso y su santo y admirable
nombre, llamándolas grandes cosas, porque ninguna fue
pequeña en capacidad y disposición tan inmensa como la
de esta gran Reina y Señora.
223. Y como las misericordias del Altísimo redundaron
de la plenitud de María santísima para todo el linaje
humano y ella fue la puerta del cielo por donde todas
salieron y salen y por donde todos hemos de entrar a la
participación de la divinidad, por esto confesó que la
misericordia del Señor con ella se extendería por todas
las generaciones para comunicarse a los que le temen. Y
así como las misericordias infinitas levantan a los
humildes y buscan a los que temen a Dios, también el
poderoso brazo de su justicia disipa y destruye a los
soberbios con la mente de su corazón y los derriba de su
solio o trono para colocar en el a los pobres y humildes.
Esta justicia del Señor se estrenó con admiración y gloria
en la cabeza de los soberbios Lucifer y en sus secuaces,
cuando los disipó y derribó el brazo poderoso del
Altísimo —porque ellos mismos se precipitaron— de
aquel lugar y asiento levantado de la naturaleza y de la
gracia, que tenían en la primera voluntad de la mente
divina y de su amor, con que quiere que sean todos salvos
(1 Tim 2, 4); y su precipitación fue su desvanecimiento con
que intentaron subir (Is 14, 13) adonde ni podían ni
debían, y con esta arrogancia toparon contra los justos e
investigables juicios del Señor, que disiparon y
derribaron el soberbio ángel y todos los de su séquito (Ap
12, 9), y en su lugar fueron colocados los humildes por
medio de María santísima, madre y archivo de las
antiguas misericordias.
224. Por esta misma razón dice y confiesa también esta
divina Señora que enriqueció Dios a los pobres,
llenándolos de la abundancia de sus tesoros de gracia y
gloria, y a los ricos de propia estimación, presunción y
arrogancia, y a los que llenan su corazón de los falsos
bienes que tiene el mundo por riquezas y felicidad, a
éstos los despidió y despide el Altísimo de sí mismo,
vacíos de la verdad, que no puede caber en corazones
tan ocupados y llenos de mentira y falacia. Recibió a su
siervo y a su niño Santa Israel, acordándose de su
misericordia, para enseñarle dónde está la prudencia
(Bar 3, 14), dónde está la verdad, dónde está el
entendimiento, dónde la vida larga y su alimento, dónde
está la lumbre de los ojos y la paz. A éste enseñó el
camino de la prudencia y las ocultas sendas de la
sabiduría y disciplina, que se escondió de los príncipes
de las gentes y no la conocieron los poderosos que
predominan sobre las bestias de la tierra y se
entretienen y juegan con las aves del cielo y amontonan
los tesoros de plata y oro; ni la alcanzaron los hijos de
Agar y los habitadores de Teman, que son los sabios y
prudentes soberbios de este mundo. Pero entrégasela el
Altísimo a los que son hijos de luz y de Abrahán por la fe
(Gal 3, 7), por la esperanza y obediencia, porque así se lo
prometió a él y a su posteridad y generación espiritual,
por el bendito y dichoso fruto del vientre virginal de la
santísima Virgen María.
225. Entendió Santa Isabel estos escondidos misterios,
oyendo a la Reina de las criaturas; y no sólo eso, que yo
puedo manifestar, entendió la dichosa matrona, pero
muchos y mayores sacramentos que no alcanza mi
entendimiento; ni tampoco me quiero alargar en todo lo
que se me ha declarado, porque me dilataría demasiado
en este discurso. Pero en las dulces pláticas y
conferencias divinas que tuvieron estas dos señoras y
mujeres santas y prudentes, María purísima y su prima
Isabel, me acordaron los dos serafines que vio Isaías (Is
6, 2-3) sobre el trono del Altísimo, alternando aquel
cántico divino y siempre nuevo: Santo, Santo, Santo, etc.,
cubriendo con dos alas su cabeza, con dos los pies y
volando con otras dos. Claro está que el encendido amor
de estas divinas Señoras excedía a todos los serafines, y
sola María santísima amaba más que todos ellos. En este
divino incendio se abrasaban, extendiendo las alas de los
pechos para manifestárselos una a otra y para volar a la
más levantada inteligencia de los misterios del Altísimo.
Con otras dos alas de rara sabiduría cubrían su cabeza,
porque entrambas propusieron y concertaron el secreto
del sacramento del Rey y guardarle para sí solas toda la
vida, y porque también cautivaron y sujetaron su
discurso, creyendo con rendimiento, sin altivez ni
curiosidad. Cubrieron asimismo los pies del Señor y suyos
con alas de serafines, estando humilladas y aniquiladas
en su baja estimación a la vista de tanta Majestad. Y si
María santísima encerraba en su virginal vientre al
mismo Dios de la majestad, con razón y toda verdad
diremos que cubría el trono donde el Señor tenía su
asiento.
226. Cuando fue hora que saliesen las dos Señoras de
su retiro, Santa Isabel ofreció a la Reina del cielo su
persona por esclava y a toda su familia y casa para su
servicio, y que para su quietud y recogimiento admitiese
un aposento de que ella misma usaba para la oración,
por más retirado y acomodado para esta ocupación. La
divina Princesa con rendido agradecimiento admitió el
aposento y le señaló para su recogimiento y para dormir;
y nadie entró en él fuera de las dos primas. Y en lo demás
se ofreció a servir y asistir a Santa Isabel como sierva,
pues para esto dijo había venido a visitarla y consolarla.
¡Oh qué amistad tan dulce, tan verdadera e inseparable,
unida con el mayor vínculo del amor divino! Admirable
veo al Señor en manifestar este gran sacramento de su
encarnación a tres mujeres primero que a otro ninguno
del linaje humano; porque la primera fue Santa Ana,
como queda dicho en su lugar (Cf. supra p. I n. 184), la
segunda fue su Hija y Madre del Verbo, María santísima,
la tercera fue Santa Isabel y su Hijo con ella, pero en el
vientre de su madre, que no se reputa por otra persona a
que fue manifestó; que lo estulto de Dios es más sabio
que los hombres, como dijo san Pablo (1 Cor 1, 25).
227. Salieron María santísima y Santa Isabel de su
retiro entrada ya la noche, habiendo estado grande rato
en él, y la Reina vio a Zacarías que estaba con su mudez
y le pidió su bendición como a Sacerdote del Señor, y el
Santo se la dio. Pero aunque le vio con piedad y ternura
de que estaba mudo, como sabía el sacramento que
había encerrado en aquel trabajo, no se movió a
remediarle por entonces, pero hizo oración por él. Santa
Isabel, que ya conocía la buena dicha del castísimo
esposo San José, aunque entonces la ignoraba él, le
acarició y regaló con grande reverencia y estimación. Y
después de tres días que había estado en casa de San
Zacarías, pidió licencia a su divina esposa María para
volverse a Nazaret, dejándola en compañía de Santa
Isabel para que la asistiese en su preñado. Despidióse el
Santo esposo con acuerdo que volvería por la Reina
cuando le diese aviso; y Santa Isabel le ofreció algunos
dones que llevase a su casa, pero de todo recibió muy
poco, y esto por la instancia que le hizo, porque era el
varón de Dios no sólo amador de la pobreza, pero de
corazón magnánimo y generoso. Con esto caminó la
vuelta de Nazaret con la bestezuela que había traído. Y
en su casa le sirvió en ausencia de su esposa una mujer
vecina y deuda, que solía acudir a las cosas que se le
ofrecían traer de fuera cuando estaba en su casa María
santísima Señora nuestra.
Doctrina que me dio la misma Reina y Señora nuestra.
228. Hija mía, para que en tu corazón más se encienda
la llama del deseo con que te veo siempre de conseguir
la gracia y amistad de Dios, deseo yo mucho que
conozcas la dignidad y excelencia y felicidad grande de
un alma, cuando llega a recibir esta hermosura; pero es
tan admirable y de tanto valor, que no la podrás
comprender aunque yo te la manifieste, y mucho menos
es posible que lo expliques con tus palabras. Atiende al
Señor y mírale con su divina luz que recibes, y en ella
conocerás cómo es más gloriosa obra para el Señor
justificar sola un alma, que haber criado todos los orbes
del cielo y de la tierra con el complemento y perfección
natural que tienen. Y si por estas maravillas que perciben
las criaturas en mucha parte por los sentidos corporales
conocen a Dios por grande y poderoso (Rom 1, 20), ¿qué
dirían y qué juzgarían, si viesen con los ojos del alma lo
que vale y monta la hermosura de la gracia en tantas
criaturas capaces de recibirla?
229. No hay términos ni palabras con que adecuar lo
que en sí es aquella participación del Señor y
perfecciones de Dios que contiene la gracia santificante:
poco es llamarla más pura y blanca que la nieve, más
refulgente que el sol, más preciosa que el oro y que las
piedras, más apacible, más amable y agradable que
todos los deleitables regalos y caricias y más hermosa
que todo cuanto puede imaginar el deseo de las
criaturas. Atiende asimismo a la fealdad del pecado,
para que por su contrario vengas en mayor conocimiento
de la gracia, porque ni las tinieblas, ni la corrupción, ni lo
más horrible, espantable y feo, llega a compararse con
ella y con su mal olor. Mucho conocieron de esto los
Mártires y los Santos que por conseguir esta hermosura y
no caer en aquella infeliz ruina, no temieron el fuego, ni
las fieras, las navajas, tormentos, cárceles, ignominias,
penas, dolores, ni la misma muerte, ni el prolongado y
perpetuo padecer (Heb 11, 36-37); que todo esto es
menos, pesa menos y vale más poco y no se debe estimar
por conseguir un solo grado de gracia; y éste y muchos
puede tener un alma, aunque sea la más desechada del
mundo. Y todo esto ignoran los hombres, que sólo estiman
y codician la fugitiva y aparente hermosura de las
criaturas, y lo que no la tiene es para ellos vil y
contentible.
230. Por esto conocerás algo del beneficio que hizo el
Verbo humanado a su precursor San Juan Bautista en el
vientre de su madre; y él lo conoció, y con este
conocimiento saltó en él de alegría y júbilo. Conocerás
asimismo cuánto debes tú hacer y padecer para
conseguir esta felicidad y no perder ni manchar tan
estimable hermosura con culpa alguna, por leve que sea,
ni retardarla con ninguna imperfección. Y quiero que, a
imitación de lo que yo hice con Santa Isabel mi prima, no
admitas ni introduzcas amistad con humana criatura y
sólo trates con quien puedes y debes hablar de las obras
del Altísimo y sus misterios y que te pueda enseñar el
camino verdadero de su divino beneplácito. Y aunque
tengas grandes ocupaciones y cuidados, no dejes ni
olvides los ejercicios espirituales y el orden de vida
perfecta, porque éste no sólo se ha de conservar y
guardar en la comodidad, pero también en la mayor
contradicción, dificultad y ocupaciones, porque la
naturaleza imperfecta con poca ocasión se relaja.
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