Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsOrdena María santísima sus ejercicios en casa de San Zacarías, y algunos sucesos con Santa Isabel.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  18    Versos:  231-242


231. Santificado ya el precursor Juan y renovada su
madre Santa Isabel con mayores dones y beneficios, que
fue todo el principal intento de la visitación de María
santísima, determinó la gran Reina disponer las
ocupaciones que había de tener en casa de San Zacarías,
porque no en todo podían ser uniformes a las que tenía
en la suya. Para encaminar su deseo con la dirección del
Espíritu divino se recogió y postró en presencia del
Altísimo y le pidió, como solía, la gobernase y ordenase
lo que debía hacer el tiempo que estuviese en casa de
sus siervos Santa Isabel y San Zacarías, para que en todo
fuese agradable y cumpliese enteramente el mayor
beneplácito de su altísima Majestad. Oyó su petición el
Señor y la respondió, diciéndola: Esposa y paloma mía,
yo gobernaré todas tus acciones y encaminaré tus pasos
a mi mayor servicio y agrado y te señalaré el día que
quiero que vuelvas a tu casa; y mientras estuvieres en la
de mi sierva Isabel, tratarás y conversarás con ella, y en
lo demás continúa tus ejercicios y peticiones, en especial
por la salud de los hombres y para que no use con
ellos de mi justicia por las incesantes ofensas que contra
mi bondad multiplican. Y en esta petición me ofrecerás
por ellos el Cordero sin mancilla (1 Pe 1, 19) que tienes
en tu vientre, que quita los pecados del mundo (Jn 1, 29).
Estas serán ahora tus ocupaciones.
232. Con este magisterio y nuevo mandato del Altísimo,
ordenó la Princesa de los cielos todas las ocupaciones
que había de tener en casa de su prima Santa Isabel.
Levantábase a media noche, continuando siempre este
ejercicio, y en él vacaba a la incesante contemplación de
los misterios divinos, dando a la vigilia y al sueño lo que
perfectísimamente y con proporción correspondía al
estado natural del cuerpo. En cada uno de estos tiempos
y en todos recibía nuevos favores, ilustraciones,
elevaciones y regalos del Altísimo. Tuvo en aquellos tres
meses muchas visiones de la divinidad por el modo
abstractivo, que era el más frecuente, y más lo era la
visión de la humanidad santísima del Verbo con la unión
hipostática, porque su virginal tálamo, donde le traía, era
su perpetuo altar y oratorio. Mirábale con los aumentos
que cada día iba recibiendo aquel sagrado cuerpo, y en
esta vista, y los sacramentos que cada día se le manifestaban
en el campo interminable de la divinidad y
poder divino, crecía también el espíritu de esta gran
Señora; y muchas veces con el incendio del amor y sus
ardientes afectos llegara a desfallecer y morir, si no
fuera confortada por la virtud del Señor. Acudía entre
estos disimulados oficios a todos los que se ofrecían del
servicio y consuelo de su prima Santa Isabel, aunque sin
darles un momento más de lo que la caridad pedía.
Volvía luego a su retiro y soledad, donde con mayor
libertad se derramaba el espíritu en la presencia del
Señor.
233. Tampoco estaba ociosa por ocuparse en el interior,
que al mismo tiempo trabajaba en algunas obras de
manos muchos ratos. Y fue tan feliz en todo el precursor
San Juan Bautista, que esta gran Reina con las suyas le
hizo y labró los fajos y mantillas en que se envolvió y crió,
porque le solicitó esta buena dicha la devoción y
atención de su madre Santa Isabel, que con la humildad
de sierva que la tenía se lo suplicó a la divina Señora, y
ella con increíble amor y obediencia lo hizo por
ejercitarse en esta virtud y obedecer a quien quería
servir como la más inferior de sus criadas; que siempre
en humildad y obediencia vencía María santísima a
todos. Y aunque Santa Isabel procuraba anticiparse en
muchas cosas a servirla, pero ella con su rara prudencia y
sabiduría incomparable se anticipaba y lo prevenía todo
para ganar siempre el triunfo de la virtud.
234. Tenían sobre esto las dos primas grandes y dulces
competencias de sumo agrado para el Altísimo y
admiración de los Ángeles; porque Santa Isabel era muy
solícita y cuidadosa en servir a nuestra Señora y gran
Reina y en que lo hiciesen todos los de su familia; pero la
que era maestra de las virtudes, María santísima, más
atenta y oficiosa prevenía y divertía los cuidados de su
prima, y la decía: Amiga y prima mía, yo tengo mi
consuelo en ser mandada y obedecer toda mi vida; no es
bien que vuestro amor me prive del que yo recibo en esto,
siendo la menor; la misma razón pide que sirva no sólo a
vos como a mi madre, pero a todos los de vuestra casa;
tratadme como a vuestra sierva mientras estuviere en
vuestra compañía.—Respondió Santa Isabel: Señora y
amada mía, antes me toca a mí obedeceros y a vos
mandarme y gobernarme en todas las cosas; y esto os
pido yo con más justicia, porque si vos, Señora, queréis
ejercitar la humildad, yo debo el culto y reverencia a mi
Dios y Señor que tenéis en vuestro virginal vientre, y
conozco vuestra dignidad digna de toda honra y
reverencia.—Replicaba la prudentísima Virgen: Mi Hijo y
mi Señor no me eligió por Madre para que en esta vida
me diesen tal veneración como a Señora, porque su reino
no es de este mundo (Jn 18, 36), ni viene a Él a ser
servido, más a servir (Mt 20, 28) y padecer y enseñar a
obedecer y humillarse los mortales, condenando su
soberbia y fausto. Pues si esto me enseña Su Majestad
altísima, y se llama oprobio de los hombres (Sal 21, 7),
¿cómo yo, que soy su esclava, y no merezco la compañía
de las criaturas, consentiré que me sirvan las que son
formadas a su imagen y semejanza? (Gen 1, 27).
235. Instaba siempre Santa Isabel, y decía: Señora y
amparo mío, eso será para quien ignora el sacramento
que en vos se encierra, pero yo, que sin merecerlo recibí
del Señor esta noticia, seré muy reprensible en su
presencia, si no le doy en vos la veneración que debo
como a Dios y a vos como a su Madre; que a entrambos
es justo sirva como esclava a sus señores.—Respondió a
esto María santísima: Amiga y hermana mía, esa
reverencia que debéis y deseáis dar, débese al Señor
que tengo en mis entrañas, que es verdadero y sumo bien
y nuestro Salvador, pero a mí que soy pura criatura y
entre ellas un pobre gusanillo, miradme como lo que soy
por mí, aunque adoréis al Criador que me eligió por
pobre para su morada, y con la misma luz de la verdad
daréis a Dios lo que se debe y a mí lo que me toca, que
es servir y ser inferior a todos; y esto os pido yo por mi
consuelo y por el mismo Señor que traigo en mis
entrañas.
236. En estas felicísimas y dichosas emulaciones
gastaban algunos ratos María santísima y su deuda
Santa Isabel. Pero la sabiduría divina de nuestra Reina la
hacía tan estudiosa e ingeniosa en materias de humildad
y obediencia, que siempre quedaba victoriosa, hallando
medios y caminos con que obedecer y ser mandada; y así
lo hizo con Santa Isabel todo el tiempo que estuvieron
juntas, pero de tal suerte que entrambas
respectivamente trataban con magnificencia el
sacramento del Señor que en su pecho estaba oculto y
depositado en María santísima, como Madre y Señora de
las virtudes y de la gracia, y su prima Santa Isabel como
matrona prudentísima y llena de la divina luz del Espíritu
Santo. Y con ella dispuso cómo proceder con la Madre
del mismo Dios, dándole gusto y obedeciéndola en lo que
podía y juntamente reverenciando su dignidad, y en ella
a su Criador. Propuso en su corazón que si alguna cosa
ordenase a la Madre de Dios, sería por obedecerla y
satisfacer a su voluntad; y cuando lo hacía pedía
licencia y perdón al Señor, y junto con esto no la
ordenaba cosa alguna con imperio sino rogándola; y sólo
en lo que era para algún alivio de la Reina, como para
que durmiese y comiese, la hacía mayor fuerza; y
también la pidió hiciese alguna labor de manos para ella,
y las hizo; pero nunca Santa Isabel usó de ellas, porque
las guardó con veneración.
237. Por estos modos conseguía María santísima la
práctica de la doctrina que venía a enseñar el Verbo
humanado, humillándose el que era forma del Padre
eterno (Flp 2, 6), figura de su sustancia (Heb 1, 3) y Dios
verdadero de Dios verdadero, para tomar la forma y
ministerio de siervo. Madre era esta Señora del mismo
Dios, Reina de todo lo criado, superior en excelencia y
dignidad a todas las criaturas y siempre fue sierva
humilde de la menor de ellas y jamás admitió obsequio ni
servicio suyo como porque se le debiese, ni jamás se
engrió ni dejó de hacer humildísimo juicio. ¿Qué dirá aquí
ahora nuestra execrable presunción y soberbia, pues
muchos llenos de abominables culpas somos tan
insensatos, que con aborrecible demencia juzgamos se
nos debe el obsequio y veneración de todo el mundo? Y
si nos le niegan, perdemos tan aprisa el poco seso que
las pasiones nos han dejado. Toda esta divina Historia es
una estampa de humildad y una sentencia contra nuestra
soberbia. Y porque a mí no me toca de oficio enseñar ni
corregir, pero ser enseñada y gobernada, ruego y pido a
todos los fieles, hijos de la luz, que pongamos este
ejemplar delante de los ojos, para humillarnos en su
presencia.
238. No fuera dificultoso para el Señor retraer a su
Madre santísima de tantos extremos de humildad y de
muchas acciones con que la ejercitaba, y pudiera
engrandecerla con las criaturas, ordenando que fuera
aclamada, honrada y respetada de todas con las
demostraciones que sabe hacerlo el mundo con aquellos
que quiere honrar y celebrar, como lo hizo Asuero con
Mardoqueo (Est 6, 10). Y por ventura, si esto lo hubiera de
gobernar el juicio de los hombres, ordenara que una
mujer más santa que todos los órdenes del cielo y que en
su vientre tenía al Criador de los mismos ángeles y cielos
estuviera siempre guardada, retirada y adorada de
todos; y les pareciera cosa indigna que se ocupara en
cosas humildes y serviles y que dejara de mandarlo todo
y admitir toda reverencia y autoridad. Hasta aquí llega la
humana sabiduría, si puede llamarse sabiduría la que tan
poco alcanza. Pero no cabe este engaño en la ciencia
verdadera de los Santos, participada de la sabiduría
infinita del Criador, que pone el nombre y precio justo a
las honras y no trueca las suertes de las criaturas. Mucho
le quitara y poco le diera el Altísimo a su querida Madre
en esta vida, si la privara y retrajera de las obras de
profundísima humildad y la levantara en el aplauso
exterior de los nombres; y mucho le faltara al mundo, si
no tuviera esta doctrina y escuela en que aprender y este
ejemplo con que humillar y confundir su soberbia.
239. Fue Santa Iasbel muy favorecida del Señor desde
el día que le tuvo por huésped en su casa, en el vientre
de su Madre Virgen. Y con las continuas pláticas y trato
familiar de esta divina Reina, como sabía y conocía los
misterios de la encarnación, fue creciendo la gran
matrona en todo género de santidad, como quien la
bebía en su fuente. Algunas veces merecía ver a María
santísima en oración arrebatada y levantada del suelo y
toda llena de divinos resplandores y hermosura, que no
podía verle él rostro ni pudiera sufrir su presencia si no la
confortara la virtud divina. En estas ocasiones y en otras,
cuando a excusa de María santísima podía mirarla, se
postraba y se ponía de rodillas delante y en presencia
suya y adoraba al Verbo encarnado en el templo del
virginal vientre de la beatísima Madre. Todos los
misterios que conoció por la divina luz y por el trato de la
gran Reina los guardó Santa Isabel en su pecho, como
depositaría fidelísima y secretaria muy prudente de lo
que se le había fiado. Sólo con su hijo San Juan Bautista y
con San Zacarías, en lo que vivió después del nacimiento
del hijo, pudo Santa Isabel conferir algo de los
sacramentos que todos conocieron; pero en todo fue
mujer fuerte, sabia y muy santa.
Doctrina que me dio la Reina santísima María.
240. Hija mía, los beneficios del Altísimo y la noticia de
sus divinos misterios en las almas atentas engendran un
linaje de inclinación y aprecio de la humildad que con
fuerza eficaz y suave las lleva, como la ligereza al fuego
y la gravedad a la piedra, a su lugar legítimo y natural.
Esto hace la verdadera luz, que coloca y pone a la
criatura en el conocimiento claro de sí misma y a las
obras de la gracia las reduce a su origen, de donde viene
todo perfecto don (Sant 1, 17), y así constituye en su
centro a cada uno. Y éste es el orden rectísimo de la
buena razón, que turba y casi violenta la falsa presunción
de los mortales; por esto la soberbia, y el corazón donde
vive, no sabe apetecer el desprecio ni consentirle, ni
sufre superior y aun de los iguales se ofende y todo lo
violenta por ser solo y sobre todos. Pero el corazón
humilde con los beneficios mayores se aniquila más y de
ellos le nace una codicia y un afán ardiente en su
quietud, para abatirse y buscar el último lugar, y se halla
violentado cuando no le tiene inferior a todos y cuando le
falta la humillación.
241. En mí conocerás, carísima, la práctica verdadera de
esta doctrina; pues ninguno de los favores y beneficios
que obró la divina diestra conmigo fue pequeño, pero
nunca mi corazón se elevó (Sal 130, 1) ni anduvo sobre sí
con presunción, ni supo codiciar más que el abatimiento y
último lugar de todas las criaturas. Esta imitación quiero
de ti con especial deseo y que tu solicitud sea ser menos
entre todos y ser mandada, abatida y reputada por inútil;
y en la presencia del Señor y de los hombres te has de
juzgar por menos que el mismo polvo de la tierra. No
puedes negar que ninguna generación ha sido más
beneficiada que lo eres tú y ninguna lo ha merecido
menos; pues ¿cómo recompensarás esta gran deuda si no
te humillas a todos, y más que todos los hijos de Adán, y
si no engendras conceptos altos y afectos amorosos de la
humildad? Bueno es obedecer a tus prelados y maestros y
así lo debes hacer siempre, pero yo quiero de ti que te
adelantes más y obedezcas al más pequeño en todo lo
que no fuere culpable, como obedecieras al mayor
superior; y en esto es mi voluntad que seas muy
estudiosa, como yo lo era.
242. Sólo con tus subditas advertirás a dispensar este
rendimiento con más cuidado, para que conociendo tu
deseo de obedecer, no quieran que alguna vez lo hagas
en lo que no conviene. Pero sin que pierdan ellas su
rendimiento, puedes tú granjear mucho dándoles ejemplo
con tenerle siempre en lo justo, sin derogar a la auto52
ridad de prelada. Cualquier disgusto o injuria, si alguna
se hiciere sola a ti, admítela con gran aprecio, sin mover
tus labios para defenderte ni querellarte, y las que fueren
contra Dios repréndelas, sin mezclar tu causa con la de
Su Majestad, porque para defenderte jamás has de
hallar causa y para la honra de Dios siempre; pero ni
para la una ni para la otra no has de moverte con ira ni
enojo desordenado. También quiero que tengas gran
prudencia en disimular y ocultar los favores del Señor,
porque el sacramento del Rey no se ha de manifestar
(Tob 12, 7) livianamente, ni los hombres carnales son
capaces (1 Cor 2, 14) ni dignos de los misterios del
Espíritu Santo. En todo me imita y sigue, pues deseas ser
mi hija carísima, que con obedecerme lo conseguirás y
obligarás al Todopoderoso para que te fortalezca y
enderece tus pasos a lo que quiere obrar en ti; no le
resistas, sino dispón y prepara tu corazón suave y presto
para obedecer a su luz y gracia; no esté en ti vacía (2 Cor
6, 1), sino obra diligente y vayan llenas de perfección tus
acciones.
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