Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsAlgunas conferencias que tenía María santísima con sus Santos Ángeles en casa de Santa Isabel y otras con ella misma.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  19    Versos:  243-253


243. La plenitud de la sabiduría y gracia de María
santísima con su inmensa capacidad no podían dejar
vacío ningún tiempo, ni lugar, ni ocasión a que no diese el
lleno de la mayor perfección, obrando en todo tiempo y
sazón lo que pedía y podía, sin faltar a lo más santo y
excelente de la virtud. Y como en todas partes era
peregrina en la tierra y moradora del cielo, y ella misma
era el cielo intelectual y más glorioso, y el templo vivo de
la habitación del mismo Dios, siempre traía consigo el
oratorio y el sagrario, y no hacía diferencia en esto de su
casa propia a la de Santa Isabel su prima, ni otra
ninguna no le impedía lugar ni tiempo ni ocupación. A
todo era superior y sin embarazo vacaba incesantemente
a la vista y fuerza del amor; y entre todo esto a tiempos
oportunos confería con las criaturas y trataba con ellas lo
que pedía la ocasión y lo que la prudentísima Señora
podía y convenía dar a cada cosa. Y porque su conversación
más continua en estos tres meses que estuvo en
casa de Zacarías era con Santa Isabel y con los Santos
Ángeles de su guarda, diré en este capítulo algo de lo
que confería con ellos y otras cosas que con la misma
Santa le sucedieron.
244. En hallándose libre y sola nuestra divina Princesa,
pasaba muchos ratos abstraída y elevada en las
contemplaciones y visiones divinas que tenía, y unas
veces en ellas y otras fuera de ellas solía conferir con sus
Santos Ángeles los misterios y sacramentos de su
amoroso pecho. Un día, luego que estuvo en casa de San
Zacarías, les habló y dijo: Espíritus celestiales,
custodios y compañeros míos, embajadores del Altísimo
y luceros de su divinidad, venid y alentad mi corazón
preso y herido de su divino amor, que le aflige su misma
limitación, porque no puede corresponder con obras a la
debida deuda que reconoce y adonde se extienden sus
deseos. Venid, príncipes soberanos, y alabad conmigo el
admirable nombre del Señor y engrandezcámosle por sus
santísimos pensamientos y obras. Ayudad a este pobre
gusanillo para que bendiga a su Hacedor, que se dignó
piadoso de mirar esta pequeñez. Hablemos de las
maravillas de mi Esposo, tratemos de la hermosura de mi
Señor, de mi Hijo amantísimo, desahóguese este corazón,
hallando a quién manifestar sus íntimos suspiros con
vosotros, amigos y compañeros míos, que conocéis mi
secreto y mi tesoro que depositó el Altísimo en la
estrecheza de este vaso frágil y limitado. Grandes son
estos sacramentos divinos y admirables son estos
misterios y, aunque con afectos dulces los contemplo,
pero su grandeza soberana me aniquila, su profundidad
me anega, la misma eficacia de mi amor me desfallece y
me renueva. Nunca mi abrasado corazón se satisface, no
alcanza entero reposo, porque mi deseo se adelanta a
mis obras y mi obligación a mis deseos, y me querello de
mí misma, porque no obro lo que deseo, ni deseo todo lo
que debo, y siempre me hallo vencida y limitada en el
retorno. Serafines soberanos, oíd mis ansias amorosas;
enferma estoy de amor (Cant 2, 5), abridme vuestros
pechos, donde reverbera la hermosura de mi Dueño, para
que los resplandores de su luz, las señas de su belleza
entretengan la vida que desfallece por su amor.
245. Madre de nuestro Criador y Señora nuestra —
respondieron los Santos Ángeles—, vos tenéis en posesión
verdadera al Todopoderoso y sumo bien, y pues le tenéis
con tan estrecho lazo y sois su verdadera Esposa y
Madre, gozadle y tenedle eternamente. Esposa y Madre
sois del Dios de amor, y si en vos está la causa única y la
fuente de la vida, nadie vivirá con ella como vos, Reina y
Señora nuestra. Mas no queráis en vuestro amor
tan encendido hallar descanso, pues la condición y
estado de viadora no permite ahora que vuestros afectos
lleguen a su término, ni se retarden en adquirir nuevos
aumentos de mayores méritos y corona. A todas las
naciones exceden sin comparación vuestras obligaciones,
pero siempre han de crecer y ser mayores, y nunca
vuestro amor tan encendido se adecuará con el objeto,
porque es eterno y en perfecciones infinito y sin medida,
y siempre de su grandeza quedaréis dichosamente
vencida; pues nadie le puede comprender, sino él a sí
mismo se comprende y se ama cuanto debe ser amado. Y
siempre Vos, Señora, hallaréis en Él que desear más y
más que amar, y esto pertenece a su grandeza y nuestra
gloria.
246. Con estos coloquios y conferencias se encendía
más el fuego del divino amor en el corazón de María
santísima, porque en ella se cumplió legítimamente el
mandato del Señor: que en su tabernáculo y altar ardiese
continuamente el fuego del holocausto y que le fomentase
el antiguo sacerdote para que fuese perpetuo
(Lev 6, 12-13). Esta verdad se ejecutó en María santísima,
donde estaban juntos el tabernáculo, el altar y el Sumo y
nuevo Sacerdote Cristo nuestro Señor, que conservaba
este divino incendio y le acrecentaba cada día
administrando nueva materia de favores, beneficios e
influjos de su divinidad; y la muy excelsa Señora
asimismo administraba sus continuas obras, sobre cuyo
incomparable valor caían los nuevos dones del Señor,
que acrecentaban su santidad y gracia. Y después que
esta Señora entró en el mundo, se encendió el fuego de
su amor divino, para no extinguirse en aquel altar por
toda la eternidad del mismo Dios. Tan perpetuo fue y
continuo, y será, el fuego de este vivo santuario.
247. Otras veces hablaba y conversaba con los Santos
Ángeles, manifestándosele en forma humana, como en
diversas partes he dicho (Cf. supra p.I n. 329, 421, 761; p.
II n. 181, 202, etc.) ; y la más repetida conversación era
de los misterios del Verbo humanado, y en esto era tan
profunda, hablando de las Escrituras y profetas, que
causaba admiración a los mismos Ángeles. En una
ocasión confiriendo con ellos estos sacramentos
venerables, les dijo: Señores míos y siervos del Altísimo y
sus amigos, lastimado está mi corazón y penetrado con
flechas dolorosas, considerando lo que de mi Hijo
santísimo dicen las Escrituras Santas, y lo que escribieron
San Isaías (Is 53, 2ss) y San Jeremías (Jer 11, 19) de los
acerbísimos dolores y tormentos que le esperan, y
Salomón dice (Sab 2, 20) que le condenarán a torpísimo
género de muerte, y siempre hablan los profetas con
grande ponderación de su pasión y muerte y todo ha de
venir a ejecutarse en él. ¡Oh si fuera la voluntad de Su
Alteza que yo viviera entonces para entregarme a la
muerte por el autor de mi vida! Aflígese mi espíritu,
confiriendo en mi pecho estas verdades infalibles, y de
mis entrañas ha de salir mi bien y mi Señor a padecer.
¡Oh quién le guardara y le defendiera de sus enemigos!
Decidme, príncipes soberanos, ¿con qué obras o por qué
medios obligaré al eterno Padre para que se convierta
contra mí el rigor de su justicia y quede libre el inocente
que no puede tener culpa? Bien conozco que para satisfacer
a Dios infinito, ofendido de los hombres, se piden
obras de Dios humanado, pero con la primera que hizo mi
Hijo santísimo ha merecido más que pudo perder y
ofender el linaje humano. Pues si esto es suficiente,
decidme: ¿será posible que yo muera por excusar su
muerte y sus tormentos? No se desgraciará por mis
deseos humildes, no le disgustarán mis angustias. Pero
¿qué digo y a dónde me lleva la pena y el afecto? Pues en
todo quiero que se cumpla la voluntad divina a que estoy
rendida.
248. Estos y otros semejantes coloquios tenía María
santísima con sus Ángeles, especialmente en el tiempo
de su preñado; y los divinos espíritus la respondían a
todos sus cuidados con grande reverencia y la
confortaban y consolaban renovándole la memoria de los
mismos sacramentos que ella conocía y proponiéndole
las razones y conveniencias de que muriese Cristo
nuestro Señor para rescate del linaje humano, para
vencer al demonio y privarle de su tiranía y para la gloria
del eterno Padre y exaltación del santísimo y altísimo
Señor, Hijo suyo. Fueron tantos y tan altos los misterios de
esta gran Reina con sus Ángeles, que ni lengua humana
los puede referir, ni nuestra capacidad en esta vida
puede percibir tantas cosas. En el Señor veremos las que
ahora no alcanzamos cuando le gocemos. Y por lo poco
que he dicho puede nuestra piedad venir a la consi
deración de otras cosas mayores.
249. Era también Santa Isabel muy capaz e ilustrada en
las divinas Escrituras, y lo fue mucho más desde la hora
de la visitación, y así confería con ella nuestra Reina los
misterios divinos que conocía y entendía la santa
matrona, y fue más informada y enseñada por la doctrina
de María santísima, por cuya intercesión recibió
grandes beneficios y dones del cielo. Admirábase muchas
veces de ver y oír la profunda sabiduría de la Madre de
Dios y de nuevo la volvía a bendecir, y le decía: Bendita
seáis, Señora mía y Madre de mi Señor, entre todas las
mujeres (Lc 1, 42), y todas las naciones engrandezcan
vuestra dignidad y la conozcan. Dichosísima sois por el
tesoro riquísimo que portáis en vuestro virginal vientre;
yo os doy humildes y afectuosas enhorabuenas del gozo
que tendréis en vuestro espíritu, cuando el Sol de Justicia
esté en vuestros brazos y le alimentéis a vuestros
virgíneos pechos. Acordaos entonces. Señora mía, de
vuestra sierva y ofrecedme a vuestro Hijo santísimo y mi
Dios verdadero en la carne humana, para que reciba mi
corazón en sacrificio. ¡Oh quién mereciera serviros
desde ahora y asistiros! Pero si desmerezco conseguir
esta dicha, tenga yo la de que llevéis mi corazón en
vuestro pecho, pues no sin causa temo se me ha de dividir
cuando me aparte de vos.—Otros dulcísimos afectos de
amor tiernísimo tenía Santa Isabel en compañía y
presencia de María santísima; y la prudentísima Señora
la consolaba, renovaba y vivificaba con sus divinas y
eficaces razones. Y entre estas acciones tan excelentes y
soberanas interponía otras muchas de humildad y abatimiento,
sirviendo no sólo a su prima Santa Isabel, pero a
las criadas de su casa. Y cuando alcanzaba ocasión
barría la casa de su deuda, y siempre el oratorio donde
estaba de ordinario, y con las criadas lavaba los platos, y
otras cosas obraba de profunda humildad. Y no se
extrañe que particularice estas acciones tan pequeñas,
porque la grandeza de nuestra gran Reina las
engrandece para nuestra enseñanza y que a su vista se
desvanezca nuestra soberbia y se abata nuestra
villantez. Cuando Santa Isabel sabía los oficios humildes
que ejercitaba la Madre de piedad, lo sentía y la
impedía, y por esto la divina Señora se ocultaba cuanto
le era posible de su prima.
250. ¡Oh Reina y Señora de los cielos y de la tierra,
amparo y abogada nuestra!, aunque sois maestra de toda
santidad y perfección, con admiración de vuestra
humildad me atrevo, Madre mía, a preguntaros: ¿cómo
sabiendo que en vuestro virginal vientre estaba el
Unigénito del Padre humanado y que como Madre suya
os queríadeis gobernar en todo, se humillaba vuestra
grandeza a tan bajas acciones como barrer el suelo y las
demás obras, pues, a nuestro entender, por la reverencia
de vuestro Hijo santísimo las podíades excusar sin faltar
a vuestro deseo? El mío, Señora, es entender cómo se
gobernaba en esto Vuestra Majestad.
Respuesta y doctrina de la Reina del cielo.
251. Hija mía, para responder a tu duda, a más de lo
que dejas escrito en el capítulo precedente, debes
advertir que ninguna ocupación o acto exterior en
materia de virtud, por más humilde que sea, puede
impedir, si se ordena bien, para dar el culto, reverencia y
alabanza al Criador de todas las cosas; porque estas
virtudes no se excluyen unas a otras, antes son todas
compatibles en la criatura, y más en mí, que siempre tuve
presente al sumo bien sin perderle de vista por un medio
o por otro. Y así le adoraba y respetaba en todas las
acciones, refiriéndolas siempre a su mayor gloria; y el
mismo Señor, que hizo y ordenó todas las cosas, ninguna
desprecia, ni tampoco le ofenden ni le tocan las cosas
ínfimas. Y el alma que le ama de veras no extraña cosa
alguna de estas humildes en su divina presencia, porque
todas le buscan y le hallan como principio y fin de toda
criatura. Y porque no puede vivir la que es terrena sin
estas acciones humildes, y otras que son inseparables de
la condición frágil y de la conservación de la naturaleza,
es necesario entender bien esta doctrina para
gobernarse en ellas; porque si acudiendo a estas
acciones y pensiones no atendiese a su Criador, haría
muchos y largos intervalos en las virtudes y méritos y en
el uso de las interiores, y todo es mengua y defecto
reprensible y poco advertido de las criaturas terrenas.
252. Por esta doctrina debes regular tus acciones
terrenas, cualesquiera que sean, para que no pierdas el
tiempo, que jamás se recompensa; y sea comiendo (1 Cor
10, 31), trabajando, descansando, durmiendo y velando,
en cualquiera tiempo, lugar y ocupación, en todas adora,
reverencia y mira a tu Señor grande y poderoso, que todo
lo llena y lo conserva. Y quiero que entiendas ahora, que
a mí lo que más me movía y excitaba para hacer todos
los actos de humildad, era la consideración de que mi
Hijo santísimo venía humilde para enseñar con doctrina y
con ejemplo esta virtud en el mundo y desterrar la
vanidad y soberbia de los hombres y arrancar esta
semilla que sembró Lucifer entre los mortales con el
primer pecado. Y diome Su Majestad tan alto
conocimiento de lo que se agrada de esta virtud, que por
hacer sólo un acto de los que has referido, como barrer el
suelo o besar los pies a un pobre, padeciera los mayores
tormentos del mundo. Y no hallarás tú palabras con que
ponderar este afecto que yo tuve, ni tampoco la
excelencia y nobleza de la humildad. En el Señor lo
conocerás y entenderás lo que no puedes manifestar con
razones.
253. Pero escribe esta doctrina en tu corazón y guárdala
por arancel de tu vida, y ejercitándote siempre en todo lo
que desprecia la vanidad humana, despréciala tú a ella
como execrable y odiosa en los ojos del Altísimo. Y con
este proceder humilde sean siempre tus pensamientos
nobilísimos y tu conversación en los cielos (Flp 3, 20) y
con los espíritus angélicos; trata y conversa con ellos, que
te darán nueva luz de la divinidad y misterios de Cristo
mi Hijo santísimo. Con las criaturas sean tus
conversaciones tales que de ellas quedes siempre más
fervorosa, y tú a ellas las despiertes y muevas a la
humildad y amor divino. Toma el último lugar en tu
interior entre todas las criaturas, y cuando llegue la
ocasión y tiempo de ejercitar los actos de humildad, te
hallarás pronta para ellos; y serás señora de tus
pasiones, si primero en tu concepto te has conocido por
la menor y más débil e inútil de las criaturas.
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