Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

Treasury of Prayers - Spiritual meditations, inspirations, reflections, great treasure - The Work of God - Index
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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsLa natividad del precursor de Cristo y lo que hizo en su nacimiento la soberana Señora María santísima.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  22    Versos:  270-282


270. Llegó la hora de nacer al mundo el lucero (Jn 5, 35)
que prevenía al claro Sol de Justicia y anunciaba el
deseado día de la ley de gracia. Era tiempo oportuno de
que saliese a luz el gran profeta del Altísimo, y más que
profeta, San Juan Bautista, que preparando los corazones
de los hombres señalase con su dedo al Cordero que
había de remediar y santificar el mundo (Lc 1, 76; 8, 26; 1,
17; Jn 1, 29). Y primero que saliese del materno vientre,
manifestó el Señor al bendito niño que se llegaba la hora
de su nacimiento para comenzar la carrera de todos los
mortales en la común luz de todos. Tenía el infante uso
perfecto de razón, elevado con la divina luz y ciencia
infusa que de la presencia del Verbo humanado había
recibido, y con ella conoció y atendió que llegaba a
tomar puerto en una tierra maldita (Gen 3, 17) y llena de
peligrosas espinas y a poner los pies en un mundo lleno
de lazos y sembrado de maldades, donde muchos
padecían naufragio y perecían.
271. Entre este conocimiento y el orden divino y natural
de nacer, estaba el grande niño como suspenso y dudoso;
porque de una parte las causas naturales habían
conseguido su término en formar y alimentar el cuerpo
hasta su perfección, con que naturalmente era compelido
con fuerza para nacer, y él lo conocía y sentía que le
despedía y arrojaba la posada materna; juntábase a la
eficacia de la naturaleza la voluntad expresa del Señor
que se lo mandaba, y por otra parte conocía y ponderaba
el riesgo de la peligrosa carrera de la vida mortal; y
entre el temor y la obediencia se detenía con el miedo y
se movía con prontitud. Quisiera resistir y quería
obedecer, y decía consigo mismo: ¿A dónde voy, si entro
en el conflicto del peligro de perder a Dios? ¿Cómo me
entregaré a la conversación de los mortales, donde
tantos se deslumbran, pierden el seso y camino de la
vida? En tinieblas estoy en el vientre de mi madre, pero a
otras paso de mayor peligro. Oprimido estaba desde que
recibí la luz de la razón, pero más me aflige el ensanche
y libertad de los mortales. Pero vamos, Señor, con vuestra
voluntad al mundo, que siempre el ejecutarla es lo mejor,
y si en vuestro servicio, oh Rey altísimo, se puede
emplear mi vida y mis potencias, esto sólo me facilitará
salir a luz y admitir la carrera. Dadme, Señor, vuestra
bendición para pasar al mundo.
272. Mereció con esta petición el precursor de Cristo
que Su Majestad al punto del nacer le diese de nuevo su
bendición y gracia. Y así lo conoció el dichoso niño,
porque tuvo presente a Dios en su mente y que le enviaba
a obrar cosas grandes en su servicio y le prometía su
gracia para ejecutarlas. Y antes de referir el parto
felicísimo de Santa Isabel, para ajustar el tiempo en que
sucedió con el texto de los sagrados evangelistas,
advierto que el preñado de esta admirable concepción
duró nueve meses menos nueve días; porque, en virtud
del milagro con que se le dio fecundidad a la madre
estéril, se perfeccionó el concepto en este tiempo y llegó
al estado de nacer; y cuando San Gabriel dijo a María
santísima que su prima Isabel estaba preñada en el sexto
mes (Lc 1, 36), hace de entender que no era cumplido,
porque faltaba de ocho a nueve días. Dije también arriba
(Cf. supra n. 206), capítulo 16, que al cuarto día después
de la encarnación del Verbo partió la divina Señora a
visitar a Santa Isabel; y porque no fue luego inmediatamente,
dijo San Lucas que salió María santísima en
aquellos días y fue con diligencia a la montaña (Lc 1, 39),
y en el camino gastaron otros cuatro días, como queda
dicho en el mismo lugar, núm. 207.
273. Advierto asimismo que, cuando el mismo
evangelista dice que María santísima estuvo casi tres
meses (Lc 1, 56) en casa de Santa Isabel, sólo faltaron de
dos a tres días para cumplirse, porque en todo fue
puntual el texto del Evangelio. Y conforme a esta cuenta
es forzoso que María santísima, Señora nuestra, se
hallase no sólo en el parto de Santa Isabel y nacimiento
de San Juan Bautista, pero también en la circuncisión y
determinación de su misterioso nombre, como luego diré
(Cf. infra n. 290). Porque contando ocho días después que
encarnó el Verbo, llegó nuestra Señora con San José a
casa de San Zacarías a dos de abril, conforme nuestra
cuenta de los meses solares, y llegó aquel día por la
tarde; añadiendo ahora otros tres meses menos dos días,
que se comienzan de tres de abril, se cumple este
término a primero de julio inclusive, que es el día octavo
de la natividad de San Juan Bautista y el de su
circuncisión; y a otro día de mañana partió María
santísima para volverse a Nazaret. Y aunque el
Evangelista San Lucas cuenta y dice la vuelta de nuestra
Reina a su casa primero que el parto de Santa Isabel, no
fue antes sino después; y el texto sagrado anticipó la
narración de la jornada de la divina Reina, por acabar
todo lo que a ella tocaba y proseguir la historia del
nacimiento del precursor, sin interrumpir otra vez el hilo
de su discurso; y así se me ha dado a entender para escribirlo.
274. Acercándose, pues, la hora del deseado parto,
sintió la madre Santa Isabel que se movía en su vientre el
niño, como si se pusiera en pie; y todo era efecto de la
misma naturaleza y de la obediencia del infante. Y con
algunos dolores moderados que sobrevinieron a la
madre, dio aviso a la princesa María, pero no la llamó
para que asistiese presente al parto, porque la digna
reverencia debida a la excelencia de María y al fruto que
tenía en su virginal vientre la detuvo prudentemente para
no pedir lo que no parecía decencia. Tampoco fue la gran
Señora en persona a donde estaba su prima, pero envióle
las mantillas y fajos que tenía prevenidos para envolver
al dichoso infante. Nació luego muy perfecto y crecido,
testificando en la limpieza de su cuerpo la que traía en su
alma, porque no tuvo tantas impuridades como otros
niños. Envolviéronle en las mantillas, que antes eran
grandes reliquias dignas de veneración. Y dentro de
algún conveniente espacio, estando ya Santa Isabel
compuesta y aliñada, salió María santísima de su
oratorio, mandándoselo el Señor, y fue a visitar al niño y
a la madre y darle la enhorabuena.
275. Recibió la Reina en sus brazos al recién nacido a
petición de su madre y le ofreció como oblación nueva al
eterno Padre, y Su Majestad la recibió con aprobación y
agrado y como primicias de las obras del Verbo
humanado y ejecución de sus divinos decretos. El
felicísimo niño, que lleno del Espíritu Santo conoció a su
legítima Reina y Señora, la hizo reverencia no sólo
interior, sino exterior, con una disimulada inclinación de
la cabeza, y de nuevo adoró al Verbo divino hecho
hombre en el tálamo de su Madre purísima, donde se le
manifestó entonces con especialísima luz. Y como
también conocía el beneficio que entre los mortales
había recibido, hizo el reconocido infante grandes actos
de agradecimiento, amor, humildad y veneración a Dios
hombre y a su Madre Virgen. Y ofreciéndole la divina
Señora al Padre eterno, hizo por ésta esta oración:
Altísimo Señor y Padre nuestro, santo y poderoso, recibid
en vuestro servicio las estrenas y temporáneo fruto de
vuestro Hijo santísimo y mi Señor. Este es el santificado y
rescatado por vuestro Unigénito del poder y efectos del
pecado y de vuestros antiguos enemigos. Recibid este
sacrificio matutino e infundid en él con vuestra santa
bendición vuestro divino Espíritu, para que sea fiel
dispensador del misterio a que le destináis en honra
vuestra y de vuestro Unigénito.—Fue en todo eficaz esta
oración de nuestra Reina y Señora, y conoció cómo el Altísimo
enriquecía al niño señalado y escogido para su
precursor, y él también sintió en su espíritu el efecto de
tan admirables beneficios.
276. Mientras la gran Reina y Señora del universo tuvo
en sus brazos al infante San Juan Bautista, estuvo
disimuladamente en un éxtasis dulcísimo por algún breve
espacio, y en él hizo la oración y ofrecimiento por el niño,
teniéndole reclinado en su pecho, donde en breve
espacio había de reclinar al Unigénito del Padre y suyo.
Esta fue singularísima prerrogativa y excelencia del gran
precursor, no alcanzada de otro alguno de los santos. Y
no es mucho que el Ángel le predicase por grande en la
presencia del Señor (Lc 1, 15), pues antes de nacer le
visitó y santificó, y en naciendo fue levantado y puesto en
el trono de la gracia y estrenó los brazos en que se había
de reclinar el mismo Dios humanado, y dio motivo a su
madre dulcísima para que desease recibir en ellos a su
mismo Hijo y Señor y que esta memoria le causase regalados
afectos con su precursor, niño recién nacido.
Conoció Santa Isabel estos divinos sacramentos, porque
se los manifestaba el Señor, mirando a su milagroso hijo
en los brazos de la que era más Madre que ella misma;
pues a Santa Isabel le debía la naturaleza y a María
purísima el ser de tan excelente gracia (María es
Medianera de todas las gracias divinas). Todo esto hacía
una suavísima consonancia en el pecho de las dos
felicísimas y dichosas madres, y del niño, que también
tenía luz de tan venerables misterios; y con las
demostraciones párvulas de sus tiernos miembros
declaraba el júbilo de su espíritu y se inclinaba a la
divina Señora y solicitaba sus caricias y no apartarse de
ella. Regalábale la dulcísima Señora, pero con tanta
majestad y templanza, que jamás le besó, como suele
permitir tal edad, porque sus castísimos labios los guardó
y reservó intactos para su Hijo santísimo. Ni tampoco
miró con atención a la cara del niño, porque toda la puso
en la santidad de su alma, y apenas le conociera por las
especies de sus ojos. Tal era la prudencia y modestia de
la gran Reina del cielo.
277. Luego se divulgó el nacimiento de San Juan
Bautista, como dice San Lucas (Lc 1, 58), y toda la
parentela y vecindad vinieron a dar la enhorabuena a
Zacarías y a Santa Isabel, porque su casa era rica, noble
y estimada por toda la comarca, y la santidad de los dos
tenía granjeados los corazones de cuantos los conocían.
Y por estas razones, y haberlos visto tantos años sin
sucesión de hijos, y haber llegado Santa Isabel a edad
provecta y estéril, causó en todos mayor novedad y
admiración y suma alegría, conociendo que aquél era
más hijo de milagro que de naturaleza. El Santo
Sacerdote Zacarías estaba siempre mudo para
manifestar su júbilo, porque no era llegada la hora en
que tan misteriosamente se había de soltar su lengua.
Pero con otras demostraciones daba señales del gozo
interior que tenía y al Altísimo ofrecía afectuosas
alabanzas y repetidas gracias por el beneficio tan raro
que ya reconocía después de su incredulidad, de que diré
en el capítulo siguiente.
Doctrina que me dio la Reina y Señora del cielo
278. Hija mía carísima, no te admires de que mi siervo
San Juan Bautista temiese y dificultase salir al mundo,
porque no saben amarle tanto los hijos ignorantes del
siglo, cuanto saben los sabios aborrecerle y temer sus
peligros con ciencia divina y luz de lo alto. Esta tenía en
eminente grado el que nacía para precursor de mi Hijo
santísimo, y por esta parte, conociendo el detrimento, era
consiguiente el temor de lo que conocía. Pero sirvióle
para entrar en el mundo felizmente, porque el que más le
conoce y aborrece, navega más seguro en sus
encumbradas olas y profundo golfo. Con tanto enojo,
contradicción y aborrecimiento de lo terreno comenzó el
dichoso niño su carrera, que jamás dio treguas a esta
enemistad. No ajustó las paces, ni admitió las venenosas
lisonjas de la carne, ni dio sus sentidos a la vanidad, ni se
abrieron sus ojos para verla, y en esta demanda de
aborrecer al mundo y todo lo que hay en él, dio la vida
por la justicia. No puede ser pacífico y confederado con
Babilonia el ciudadano de la verdadera Jerusalén, ni es
compatible solicitar la gracia del Altísimo, estar en ella y
juntamente en amistad de sus declarados enemigos;
porque nadie pudo ni puede servir a dos señores encontrados,
ni estar juntas la luz y las tinieblas, Cristo y
Belial.
279. Guárdate, carísima, más que del fuego de los
que viven poseídos de las tinieblas y son amadores del
mundo, porque la sabiduría de los hijos del siglo es
carnal y diabólica y sus caminos tenebrosos llevan a la
muerte. Y cuando fuere necesario encaminar alguno a la
vida verdadera, aunque para esto debes ofrecer la tuya
natural, siempre has de reservar la paz de tu interior.
Tres lugares te señalo para que en ellos vivas y de donde
nunca salgas con la atención, y si alguna vez te mandare
el Señor acudir a las necesidades de las criaturas, quiero
que sea sin perder este refugio; como el que vive en un
castillo rodeado de enemigos, que para negociar lo
forzoso sale a la puerta y de allí dispone lo que conviene
con tanta circunspección, que más atiende al camino por
donde volverse a retirar y esconder que a los negocios de
fuera, y siempre está cuidadoso y sobresaltado del
peligro. Esto mismo debes atender tú, si quieres vivir
segura, porque no dudes te rodean enemigos crueles y
venenosos más que áspides y basiliscos.
280. Los lugares de tu habitación han de ser la divinidad
del Altísimo, la humanidad de mi Hijo santísimo y el
secreto de tu interior. En la divinidad has de vivir como la
perla encerrada en su concha y el pez en el mar, en
cuyos espacios interminables dilatarás tus afectos y
deseos. La humanidad santísima será el muro que te
defienda, y su pecho patente el tálamo donde te reclines
y descanses debajo de la sombra de sus alas (Sal 16, 8).
Tu interior te dará pacífica alegría con el testimonio de la
conciencia, y ella te facilitará, si la conservas pura, el
trato amigable y dulce de tu Esposo. Para que a todo esto
te ayudes con el retiro corporal y sensible, gusto y quiero
que le guardes en tu tribuna o celda y que sólo salgas de
ella cuando la fuerza de la obediencia o el ejercicio de la
caridad te compelieren. Y te manifiesto un secreto, y es
que hay Demonios destinados por Lucifer, con expreso
orden suyo, para que aguarden a los religiosos y
religiosas cuando salen fuera de su recogimiento, para
embestirles luego y darles batería con tentaciones que
los derriben. Y éstos no entran fácilmente en las celdas,
porque allí no hay tanta ocasión de hablar, ver y de usar
mal de los sentidos, en que de ordinario hacen ellos
presa y se ceban como lobos carniceros. Y por esto los
atormenta el retiro y el recato que en él guardan los
religiosos y le aborrecen, porque desconfían de vencerlos
mientras no los cogen entre el peligro de la conversación
humana.
281. Y generalmente es cierto que los Demonios no
tienen poder sobre las almas, cuando por alguna culpa
venial o mortal respectivamente no se le sujetan y no les
dan entrada; porque el pecado mortal les da un derecho
como expreso sobre quien le comete para atraerlo a
otros, y el venial, así como enflaquece las fuerzas del
alma, se le aumentan al enemigo para tentar, y con las
imperfecciones se retarda el mérito y progreso de la
virtud a lo más perfecto, y también esto anima al
adversario. Y cuando conoce que el alma sufre su propia
tibieza, o se pone livianamente al peligro con una ociosa
liviandad y olvido de su daño, entonces la astuta
serpiente la acecha y sigue para tocarla con su mortal
veneno, y como a una simple avecilla la lleva inadvertida,
hasta que caiga en algún lazo de muchos que siembra
para este fin.
282. Admírate, pues, hija mía, de lo que sobre esto
conoces con la divina luz y llora con íntimo dolor la ruina
de tantas almas absortas en este peligroso sueño. Ellas
viven oscurecidas con sus pasiones y depravadas
inclinaciones, olvidadas del peligro, insensibles en el
daño, inadvertidas en las ocasiones; y en vez de
prevenirlas y temerlas, las buscan con ignorancia ciega,
siguen con ímpetu furioso sus torcidas inclinaciones a lo
deleitable, no ponen freno a las pasiones y deseos, ni
advierten dónde ponen los pies, arrójanse a cualquiera
peligro y precipicio. Los enemigos son innumerables, su
astucia diabólica e insaciable, su vigilancia sin treguas,
su ira incansable, su diligencia sin descuido; pues ¿qué
mucho si de semejantes extremos o, por mejor decir, de
tan disímiles y desiguales, se siguen tan irreparables
daños en los vivientes, y que siendo infinito el número de
los necios (Ecl 1, 15), sean sin número el de los réprobos,
y el Demonio se ensoberbezca con tantos triunfos como le
dan los mortales con su propia y formidable perdición?
Guárdate Dios eterno de tanta desdicha, y llora y duélete
de la de tus hermanos y pide siempre el remedio en
cuanto fuere posible.
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