Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsDespídese María santísima de casa de San Zacarías para volverse a la suya propia en Nazaret.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  24    Versos:  304-313


304. Para volver María santísima a su casa de Nazaret,
vino de ella su felicísimo esposo San José, llamado por
orden de Santa Isabel. Y llegando a casa de San
Zacarías, donde le aguardaban, fue recibido y respetado
con incomparable devoción y reverencia de Santa Isabel
y San Zacarías; después que también el Santo Sacerdote
conocía que el Gran Patriarca era depositario de los
sacramentos y tesoros del cielo, que aun no le eran
manifiestos. Recibióle su divina esposa con humilde y
prudente júbilo y arrodillándose en su presencia le pidió
la bendición, como solía, y que la perdonase lo que había
faltado a servirle en aquellos casi tres meses que había
estado asistiendo a Santa Isabel su prima. Y aunque en
esto ni había hecho culpa ni imperfección, antes había
cumplido la voluntad divina con grande agrado y
beneplácito del mismo Señor y conformidad de su esposo,
con todo eso, con aquella cortés y cariciosa humildad
quiso la prudentísima Señora recompensar a su esposo lo
que con su ausencia le había faltado de consuelo. El
santo José le respondió, que con haberla visto quedaba
aliviado de la pena de su ausencia y lo que su presencia
le hubiera dado de consuelo. Y habiendo descansado
algún día, determinaron el de su partida.
305. Despidióse luego la princesa María del Sacerdote
San Zacarías, que como estaba ya ilustrado con la
ciencia del Señor y conocía la dignidad de su Madre-
Virgen, la habló con suma reverencia como a sagrario
vivo de la divinidad y humanidad del Verbo eterno.
Señora mía —la dijo— alabad eternamente y bendecid a
vuestro Hacedor que se dignó por su misericordia infinita
de elegiros entre todas las criaturas para Madre suya,
depositaría única de todos sus grandes bienes y
sacramentos; y acordaos de mí, vuestro siervo, para pedir
a nuestro Dios y Señor me envíe en paz de este destierro
a la seguridad del verdadero bien que esperamos; y que
por vos merezca ser digno de llegar a ver su divino rostro,
que es la gloria de los santos. Y acordaos también,
Señora, de mi casa y familia, en especial de mi hijo Juan,
y rogad al Altísimo por vuestro pueblo.
306. La gran Señora se puso de rodillas delante del
Sacerdote y le pidió con profunda humildad la bendijese.
Retirábase de hacerlo San Zacarías, y antes la suplicaba
le diese ella su bendición a él. Pero nadie podía vencer
en humildad a la que era maestra y madre de esta virtud
y de toda la santidad, y así obligó al Sacerdote a que le
echase su bendición y él se la dio movido con la divina
luz. Y tomando las palabras de las Escrituras sagradas la
dijo: La diestra del todopoderoso y verdadero Dios te
asista siempre y te libre de todo mal (Sal 120, 7); tengas
la gracia de su eficaz protección y llénete del rocío del
cielo y de la grosura de la tierra, y te dé abundancia de
pan y vino; sírvante los pueblos y adórente los tribus,
porque eres tabernáculo de Dios; serás Señora de tus
hermanos y los hijos de tu madre se arrodillarán en tu
presencia. El que te magnificare y bendijere será
engrandecido y bendito, y el que no te bendijere y
alabare será maldito (Gen 27, 28-29). Conozcan en ti a
Dios todas las naciones y sea por ti engrandecido el
nombre del Dios altísimo de Jacob (Jdt 13, 31).
307. En retorno de esta profética bendición, María
Santísima besó la mano del sacerdote San Zacarías y le
pidió la perdonase lo que pudiera haber causado y
deservido en su casa. El santo viejo se enterneció mucho
en esta despedida y con las razones de la más pura y
amable de las criaturas, y guardó siempre en su pecho el
secreto de los misterios que en presencia de María
santísima le habían sido revelados. Sola una vez que se
halló en una junta o congregación de los sacerdotes que
solían juntarse en el templo, dándole la enhorabuena de
su hijo y de haberse acabado el trabajo de su mudez en
su nacimiento, movido con la fuerza de su espíritu y
respondiendo a lo que se trataba, dijo: Creo con firmeza
infalible que nos ha visitado el Altísimo, enviándonos ya
al mundo el Mesías prometido que ha de redimir su
pueblo.—Pero no declaró más lo que sabía del misterio.
Pero de oírle estas razones el Santo Sacerdote Simeón,
que estaba presente, concibió un gran afecto del espíritu,
y con este impulso dijo: No permitáis, Señor Dios de
Israel, que vuestro siervo salga de este valle de miserias,
antes que vea vuestra salud y Reparador de su pueblo.—
Y a estas razones aludieron las que dijo después en el
templo (Lc 2, 28-32), cuando recibió en sus palmas al niño
Dios presentado, como adelante (Cf. infra n. 599)
diremos. Y desde esta ocasión se fue más encendiendo
su afectuoso deseo de ver al Verbo divino encarnado.
308. Dejando a San Zacarías lleno de lágrimas y
ternura, fue María Señora nuestra a despedirse de su
prima Santa Isabel, que como mujer de corazón más
blando, como deuda y como quien había gozado tantos
días de la dulce conversación de la Madre de la gracia y
que por su intervención había recibido tantas de la mano
del Señor, no era mucho desfalleciera con el dolor,
ausentándose la causa de tantos bienes recibidos y la
presencia y esperanza de recibir otros muchos.
Dividíasele el corazón a la santa matrona llegando a
despedirse la Señora del cielo y tierra, que amaba más
que a su misma vida; y con pocas razones, porque no las
podía formar, pero con copiosas lágrimas y sollozos, le
descubría lo íntimo de su pecho. La serenísima Reina,
como invicta y superior a todos los movimientos de las
pasiones naturales, estuvo con severidad agradable
dueña de sí misma, y hablando a Santa Isabel, la dijo:
Amiga y prima mía, no queráis afligiros tanto por mi
partida, pues la caridad del Altísimo, en quien con
verdad os amo, no conoce división ni distancia de tiempo
ni lugar. En Su Majestad os miro y en él os tendré
presente, y vos también siempre me hallaréis en él
mismo. Breve es el tiempo que nos apartamos
corporalmente, pues todos los días de la vida humana son
tan breves (Job 14, 5), y alcanzando con la divina gracia
victoria de nuestros enemigos, muy presto nos veremos y
gozaremos eternamente en la celestial Jerusalén, donde
no hay dolor, ni llanto (Ap 21, 4), ni división. En el ínterin,
carísima mía, todo el bien hallaréis en el Señor y también
me tendréis y veréis a mí en él; quede en vuestro corazón
y os consuele.—No alargó más la plática nuestra
prudentísima Reina, por atajar el llanto de Santa Isabel,
y puesta de rodillas la pidió la bendición y perdón de lo
que la podía haber molestado con su compañía. Hizo
instancia hasta que se la dio, y la misma hizo Santa
Isabel para que la divina Señora la volviese el retorno
con otra bendición, y por no negarla este consuelo, se la
dio María santísima.
309. Llegó la Reina también a ver al niño San Juan
Bautista y recibiéndole en sus brazos le echó muchas
bendiciones eficaces y misteriosas. El milagroso infante
por dispensación divina habló a la Virgen Madre, aunque
en voz baja y de párvulo. Madre sois del mismo Dios —la
dijo— y Reina de todo lo criado, depositaría del tesoro
inestimable del cielo, amparo y protectora de mí, vuestro
siervo; dadme vuestra bendición y no me falte vuestra
intercesión y vuestra gracia. Besó tres veces la mano de
la Reina el niño y adoró en su virginal vientre al Verbo
humanado y le pidió su bendición y gracia, y con suma
reverencia se ofreció a su servicio. El niño Dios se mostró
agradable y con benevolencia a su precursor; y todo esto
lo conoció y miraba la felicísima madre María santísima.
Y en todo procedía y obraba con plenitud de ciencia
divina, dando a cada uno de estos grandes misterios la
veneración y aprecio que pedía; porque trataba
magníficamente a la sabiduría de Dios (2 Mac 2, 9) y sus
obras.
310. Quedó toda la casa de San Zacarías santificada de
la presencia de María santísima y del Verbo humanado
en sus entrañas, edificada de su ejemplo, enseñada de su
conversación y doctrina, aficionada a su dulcísimo trato y
modestia. Y llevándose los corazones de aquella dichosa
familia, los dejó a todos en ella llenos de dones celestiales
que les mereció y alcanzó de su Hijo santísimo. Su
santo esposo José quedó en gran veneración con San
Zacarías, Santa Isabel y San Juan Bautista, que
conocieron su dignidad, antes que a él mismo se le
manifestase. Y despidiéndose el dichoso Patriarca de
todos, alegre con su tesoro, aunque no del todo conocido,
partió para Nazaret; y lo que sucedió en el viaje diré en
el capítulo siguiente. Pero antes de comenzarle María
santísima pidió la bendición de rodillas a su esposo,
como en tales ocasiones lo hacía, y habiéndosela dado,
principiaron la jornada.
Doctrina de la Reina María santísima.
311. Hija mía, aquella dichosa alma a quien Dios elige
para su trato regalado y alta perfección, siempre debe
tener el corazón preparado (Eclo 2, 20) y no turbado,
para todo lo que Su Majestad quisiere disponer y hacer
en ella, sin resistencia; y de su parte debe ejecutarlo
todo con prontitud. Yo lo hice así, cuando el Altísimo me
mandó salir de mi casa y dejar mi amable retiro para
venir a la de mi sierva Santa Isabel, y lo mismo cuando
me ordenó la dejase. Todo lo ejecuté con pronta alegría;
y aunque de Santa Isabel y su familia recibí tantos beneficios,
y con el amor y benevolencia que has conocido,
pero no obstante esto, en sabiendo la voluntad del Señor,
aunque me hallé obligada, pospuse todo afecto propio,
sin admitir más de lo que era compatible de caridad y
compasión con la presteza de la obediencia que debía al
divino mandato.
312. Hija mía carísima, ¡cómo procurarías esta
verdadera y perfecta resignación, si del todo conocieras
su valor y cuan agradable es a los ojos del Señor y útil y
provechosa para el alma! Trabaja, pues, por conseguirla
con mi imitación, a que tantas veces te convido y te
persuado. El mayor impedimento para llegar a este
grado de perfección es admitir afectos o inclinaciones
particulares a cosas terrenas, porque éstas hacen
indigna al alma de que el Señor la elija para sus delicias
y la manifieste su voluntad. Y si la conocen las almas, las
detiene el amor vil que han puesto en otras cosas, y con
este asimiento no están capaces de la prontitud y alegría
con que deben obedecer al gusto de su Señor. Reconoce,
hija, este peligro y no admitas en tu corazón afecto
alguno particular, porque te deseo muy perfecta y
docta en este arte del amor divino y que tu obediencia
sea de ángel y tu amor de serafín. Tal quiero que seas en
todas tus acciones, pues a esto te obliga mi amor, y te lo
enseña la ciencia y luz que recibes.
313. No te quiero decir que no has de ser sensible, que
esto no es posible a la criatura naturalmente, pero
cuando te sucediere alguna cosa adversa, o te faltare lo
que te pareciere útil o necesario y apetecible, entonces
con alegre igualdad te deja toda en el Señor y le hagas
sacrificio de alabanza, porque se hace su voluntad santa
en lo que a ti te tocaba. Y con atender sólo al beneplácito
de su divina disposición y que todo lo demás es
momentáneo, te hallarás pronta y fácil en la victoria de ti
misma y lograrás todas las ocasiones de humillarte al
poder de la mano del Señor. También te advierto que me
imites en el respeto y veneración de los sacerdotes y que
para hablarles y despedirte les pidas siempre la
bendición; y esto mismo harás con el Altísimo para
cualquiera obra que comenzares. A los superiores te
muestra siempre con rendimiento y sumisión. A las
mujeres que vinieren a pedirte consejo, amonéstalas si
fueren casadas que sean obedientes a sus maridos,
sujetas y pacíficas en sus casas y familias, recogidas en
ellas y cuidadosas en cumplir con sus obligaciones. Pero
que no se ahoguen ni entreguen totalmente a los
cuidados con pretexto de necesidad, pues más se les ha
de suplir por la bondad y liberalidad del Altísimo, que
por su demasiada negociación. En los sucesos que a mí
me tocaron en mi estado, hallarás para esto la doctrina y
ejemplar verdadero, y toda mi vida lo será para que las
almas compongan la perfección que deben en todos sus
estados; por esto no te doy advertencias para cada uno.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #97                                                 INDICE  Arriba ^^

 

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