Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsLa jornada de María santísima de casa de San Zacarías a Nazaret.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  25    Versos:  314-321


314. Para dar la vuelta de la ciudad de Judá a la de
Nazaret, salió María santísima, vivo tabernáculo de Dios
vivo, caminando por las montañas de Judea en compañía
de su fidelísimo esposo San José. Y aunque los
Evangelistas no dicen la festinación y diligencia con que
hizo esta jornada, como lo dijo San Lucas de la primera
(Lc 1, 39), por el misterio especial que aquella priesa
encerraba, también este viaje y vuelta a Nazaret caminó
la Princesa del cielo con gran presteza para los sucesos
que la esperaban en casa. Y todas las peregrinaciones
de esta divina Señora fueron una mística demostración
de sus progresos espirituales e interiores; porque ella era
el verdadero tabernáculo del Señor que nunca
descansaba de asiento (1 Par 17, 5) en la peregrinación
de la vida mortal, antes procediendo y pasando cada día
de un estado muy alto de sabiduría y gracia a otro más
levantado y superior, siempre caminaba y siempre era
única y peregrina en este camino de la tierra prometida,
y siempre llevaba consigo misma el propiciatorio
verdadero, donde sin intermisión, con aumentos de sus
dones y favores propios, solicitaba y adquiría nuestra
salvación para nosotros.
315. Tardaron en esta jornada nuestra gran Reina y San
José otros cuatro días, como en la venida, que dije en el
capítulo 16 (Cf. supra n. 207). Y en el modo de caminar y
en sus divinas pláticas y conversaciones que tenían en
todo el viaje, sucedió lo mismo que allá dije, y no es
necesario repetirlo ahora. En las contiendas ordinarias de
humildad que tenían, siempre vencía nuestra Reina, salvo
cuando interponía su santo esposo la obediencia de sus
mandatos; que el rendirse obediente era la mayor
humildad. Pero como iba ya preñada de tres meses,
caminaba más atenta y cuidadosa, no porque le fuese
grave ni pesado su preñado, que antes le era de alivio
suavísimo, mas la prudente y atenta Madre cuidaba
mucho de su tesoro, porque le miraba con los aumentos y
progresos naturales que cada día iba recibiendo el
cuerpo santísimo de su Hijo en su virginal vientre. Y no
obstante la facilidad y ligereza del preñado, algunas
veces la fatigaba el trabajo del camino y el calor, porque
para no padecer, no se valía de los privilegios de Reina y
Señora de las criaturas, antes daba lugar a las molestias
y cansancio, para ser en todo maestra de perfección y
estampa única de su Hijo santísimo.
316. Como su divino preñado era en la parte de la
naturaleza tan perfecto y su persona elegantísima y
delicada y todo sin defecto alguno, naturalmente le
crecía el vientre y reconocía la discretísima esposa que
sería imposible ocultarle muchos días a su castísimo y
fidelísimo esposo. Con esta consideración le miraba ya
con mayor ternura y compasión, por el sobresalto que de
cerca le amenazaba, de que deseara excusarle, si
conociera la voluntad divina. Pero el Señor no le
respondió a estos cuidados, porque disponía el suceso
por los medios más oportunos para gloria suya,
merecimiento de San José y de su Madre Virgen. Con
todo esto, en su secreto la gran Señora pedía a Su
Majestad que previniese el corazón del santo esposo con
la paciencia y sabiduría que había menester y le
asistiese con su gracia, para que en la ocasión que
esperaba obrase con beneplácito y agrado de la
voluntad divina; porque siempre juzgaba había de recibir
gran dolor, viéndola preñada.
317. Prosiguiendo el camino hizo en él la Señora del
mundo algunas obras admirables, aunque siempre con
modo oculto y secreto. Sucedió que llegaron a un lugar
no lejos de Jerusalén, y en la misma posada concurrió
aquella noche alguna gente de otro lugar pequeño que
pasaban a la ciudad santa y llevaban una mujer moza y
enferma a buscarle algún remedio, como en lugar más
populoso y grande. Y aunque la conocían por muy
enferma, ignoraban sus dolencias y la causa de ellas.
Había sido aquella mujer muy virtuosa; y conociendo el
común enemigo su natural y virtudes adelantadas,
convirtióse contra ella, como lo hace siempre contra los
amigos de Dios y enemigos suyos. Persiguiéndola, la hizo
caer en algunas culpas, y para llevarla de un abismo en
otro, la tentó con falsas ilusiones de desconfianza y
desordenado dolor de su propia deshonra, y turbándole
el juicio halló lugar este dragón de entrarse en la afligida
mujer y poseerla con otros muchos demonios. Ya dije en
la primera parte (Cf. supra p. I n. 132), que concibió
grande ira el infernal dragón contra todas las mujeres
virtuosas después que vio en el cielo aquella mujer
vestida del sol (Ap 12, 1), de cuya generación son las
demás que la siguen, como del capítulo 12 del
Apocalipsis se colige; y por este enojo estaba muy
soberbio y ufano con la posesión de aquel cuerpo y alma
de la afligida mujer y la trataba como tirano enemigo.
318. Vio nuestra divina Princesa en su posada a aquella
mujer enferma y conoció su dolencia que todos
ignoraban; y movida de su maternal misericordia, oró y
pidió a su Hijo santísimo la diese salud de cuerpo y alma.
Y conociendo la voluntad divina que se inclinaba a
clemencia, y usando de la potestad de Reina, mandó a
los Demonios saliesen al punto de aquella mujer y la
dejasen libre sin volver más a molestarla; que se fuesen a
los profundos, como su legítima y propia habitación. Este
mandato de nuestra gran Reina y Señora no fue vocal,
sino mental o imaginario, de manera que lo pudieran
percibir los inmundos espíritus; pero fue tan eficaz y
poderoso, que sin dilación salieron Lucifer y sus
compañeros de aquel cuerpo y fueron lanzados en las
tinieblas del infierno. Quedó la dichosa mujer libre y
suspensa de tan inopinado suceso, pero inclinóse con un
movimiento del corazón a la purísima y santísima Señora,
miróla con especial veneración y afecto, y con esta vista
recibió otros dos beneficios: el uno, que se le movió el
interior con íntimo dolor de sus pecados; el otro, que se le
quitaban o deshacían los malos efectos y reliquias que le
habían dejado en el cuerpo aquellos injustos poseedores
que algún tiempo había sentido y padecido. Reconoció
que aquella divina forastera, encontrada por su gran
dicha en el camino, tenía parte en el bien que sentía y
que había recibido del cielo. Habló con ella, y
respondiéndola nuestra Reina al corazón, la exhortó y
amonestó a la perseverancia, y también se la mereció
para adelante. Los deudos que con ella iban conocieron
también el milagro, pero atribuyéronlo a la promesa que
iban cumpliendo de llevarla al templo de Jerusalén,
ofreciendo en él alguna limosna. Y así lo hicieron
alabando a Dios, pero ignorando el instrumento de aquel
beneficio.
319. Fue grande y furiosa la turbación que recibió
Lucifer, viéndose arrojado con solo el imperio de María
santísima y desposeído de esta mujer, y con rabiosa
indignación se admiraba y decía: ¿Quién es esta
mujercilla que con tanta fuerza nos manda y nos oprime?
¿Qué novedad es ésta y cómo la sufre mi soberbia?
Conviene que todos reparemos en esto y tratemos de
aniquilarla. Y porque en el capítulo siguiente diré más en
este punto, lo dejo ahora. Pero llegando nuestros
caminantes divinos a otra posada, que era dueño de ella
un hombre de mala condición y costumbres; y para
comenzar a ser dichoso, ordenó Dios que recibiese con
ánimo piadoso y benévolo a María santísima y a San José
su esposo; hízoles más cortesía y servicios de los que
solía hacer a otros huéspedes; y porque el retorno fuese
también más aventajado, la gran Reina, que conoció el
estado de la conciencia estragado de su hospedero, oró
por él y le dejó el fruto de esta oración en pago del
hospedaje, dejándole justificada el alma, mejorada la
vida y también la hacienda; que por un pequeño
beneficio que hizo a sus huéspedes soberanos, se le acrecentó
Dios de allí adelante. Otras muchas maravillas hizo
la Madre de la gracia en este viaje, porque sus emisiones
eran divinas (Cant 4, 13) y todo lo santificaba si hallaba
disposición en las almas. Dieron fin a su jornada llegando
a Nazaret, donde la Princesa del cielo aliñó y limpió su
casa con asistencia y ayuda de sus Santos Ángeles, que
en estos tan humildes ministerios siempre la
acompañaban como émulos de su humildad y celosos de
su veneración y culto. El Santo José se ocupaba en su
ordinario trabajo para sustentar a la Reina, y ella no
frustraba la esperanza del corazón del santo (Prov 31,
11). Ceñíase de nueva fortaleza para los misterios que
aguardaba y extendía su mano a cosas fuertes (Prov 31,
17; 19), y en su secreto gozaba de la continua vista del tesoro
de su vientre, y con ella de incomparables favores,
delicias y regalos. Granjeaba grandiosos merecimientos
e incomparable agrado de Dios.
Doctrina que me dio la Reina del cielo.
320. Hija mía, las almas fieles que conocen a Dios por
la luz de la fe y son hijas de la Iglesia, para usar de esta
virtud y de las que con ella se les infunden, no debían de
hacer diferencia de tiempos, ni lugares ni ocupaciones;
porque Dios está presente en todas las cosas y las llena
de su ser infinito, y en cualquiera lugar y ocasión se halla
la fe para adorarle y reconocerle en espíritu y verdad (Jn
4, 23). Y así como a la creación, por donde recibe el alma
el ser primero, se sigue la conservación, y a la vida la
respiración, en que nunca admite intervalo, como
tampoco en la nutrición y aumento, hasta llegar al
término, a este modo la criatura racional, después de ser
regenerada por la fe y la gracia, debía no interrumpir
jamás el aumento de esta vida espiritual, obrando
siempre obras de vida con la fe, esperanza y amor en
todo tiempo y lugar. Y por el olvido y descuido que los
hombres tienen en esto, y más los hijos de la Iglesia,
vienen a tener la vida de la fe como si no la tuviesen,
porque la dejan morir, perdiendo la caridad. Y son éstos
los que recibieron en vano (Sal 23, 4) esta nueva alma,
como lo dice Santo Rey David, porque no usan de ella
más que si no la hubieran recibido.
321. Tu vida espiritual quiero yo, carísima, que no tenga
más vacíos ni intervalos que la natural. Siempre has de
obrar con la vida de la gracia y dones del Altísimo,
orando, amando, alabando, creyendo, esperando y
adorando a este Señor en espíritu y verdad, sin
diferencia de tiempos, de ocupaciones ni de lugar. En
todo está presente y de todas las criaturas racionales
quiere ser amado y servido. Por lo que te encargo que,
cuando llegaren a ti las almas con este olvido o con otras
culpas y fatigadas del Demonio, pide por ellas con viva fe
y confianza; que si el Señor no obrare siempre al modo
que lo deseas, y ellas piden, harálo ocultamente, y tú
conseguirás el haberle dado gusto, trabajando como fiel
hija y esposa. Y si en todo procedes como quiere de ti, te
aseguro que para el beneficio de las almas te concederá
muchos privilegios de esposa. Atiende en esto a lo que yo
hacía cuando miraba a las almas en desgracia del Señor
y el cuidado y celo con que trabajaba por todas, y
señaladamente por algunas. Y a imitación mía, y para
obligarme cuando el Altísimo te manifestare el estado de
algunas almas, o ellas te lo declararen, trabaja y pide
por todas y amonéstalas con prudencia, humildad y
recato; que el Todopoderoso no quiere obres tú con ruido,
ni que los efectos de tu trabajo se manifiesten, sino que
sean ocultos, que en esto se mide a tu natural
encogimiento y deseo y quiere en ti lo más seguro. Y
aunque por todas las almas has de pedir, más
eficazmente por aquellas que conocieres ser más
conforme a la voluntad divina.
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