Apostolado del Trabajo de Dios
Mística Ciudad de Dios - Virgen María Por María de Agreda

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  - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexionsHacen los demonios un conciliábulo en el infierno contra María santísima.

  INDICE            Libro  3   Capítulo  26    Versos:  322-334


322. En el instante que se ejecutó el inefable misterio
de la encarnación, dije arriba en su lugar, capítulo 11,
núm. 140, que Lucifer y todo el infierno sintieron la virtud
del brazo poderoso del Altísimo, que los derribó a lo más
profundo de las cavernas infernales. Estuvieron allí
oprimidos algunos días, hasta que el mismo Señor con su
admirable providencia dio permiso para que saliesen de
aquella opresión, cuya causa ignoraban. Levantóse, pues,
el dragón grande y salió al mundo para rodear la tierra,
reconociendo en toda ella si había alguna novedad a que
atribuir la que él y sus ministros habían sentido en sí
mismos. Esta diligencia no la quiso fiar el soberbio
príncipe de las tinieblas de solos sus compañeros, pero
salió él mismo con ellos y, discurriendo por todo el orbe,
con suma astucia y malignidad anduvo inquiriendo y
acechando por varios modos para investigar lo que
deseaba. Gastó en esta diligencia tres meses, y al fin de
ellos volvió al infierno tan ignorante de la verdad como
de él había salido; porque no eran divinos misterios para
que él los entendiese por entonces, siendo tan tenebrosa
su malignidad, que ni había de gozar de sus admirables
efectos, ni por ellos había de glorificar ni bendecir a su
Hacedor como nosotros, para quienes fue la redención.
323. Hallábase más confuso y congojoso el enemigo
de Dios, sin saber a qué atribuir su nueva desdicha, y
para consultar el caso convocó a todas las cuadrillas
infernales, sin reservar demonio alguno. Y puesto en
lugar eminente en aquel conciliábulo, le hizo este
razonamiento: Bien sabéis, súbditos míos, la solicitud
grande que he puesto, después que Dios nos arrojó de su
casa y destruyó nuestra potestad, en vengarme,
procuro yo destruir la suya. Y aunque no le puedo
tocar a Él, pero en los hombres a quien ama no he
perdido tiempo ni ocasión para traerlos a mi dominio, y
con mis fuerzas he poblado mi reino y tengo tantas
gentes y naciones que me siguen y obedecen, y cada día
voy ganando innumerables almas y apartándolas del
conocimiento y obediencia de Dios, para que no lleguen
a gozar lo que nosotros perdimos, antes los he de traer a
estas penas sempiternas que padecemos, pues han
seguido mi doctrina y mis pisadas, y en ellas vengaré la
ira que tengo concebida contra su Criador. Pero todo lo
referido me parece poco, y siempre me tiene
sobresaltado esta novedad que hemos sentido, porque no
nos ha sucedido cosa como ésta después que nos
arrojaron del cielo, ni tan gran fuerza nos ha oprimido y
arruinado; y reconozco que vuestras fuerzas y las mías se
han quebrantado mucho. Este efecto tan nuevo y
extraordinario sin duda tiene nuevas causas, y en nuestra
flaqueza siento gran temor que nuestro imperio se ha
arruinado.
324. Este negocio pide nuestra advertencia, y mi furor
está constante y la ira de mi venganza no está satisfecha.
Yo he salido y rodeado todo el orbe, reconociendo a
todos sus moradores con gran cuidado, y no he topado
cosa notable. A las mujeres virtuosas y perfectas del
género de aquella nuestra enemiga que conocimos en el
cielo, a todas he observado y perseguido por encontrarla
entre ellas, mas no hallo indicios de que haya nacido;
porque ninguna hallo con las condiciones que me parece
ha de tener la que ha de ser Madre del Mesías. Una
doncella, que yo temía por sus grandes virtudes y la
perseguí en el templo, ya está casada, y así no puede ser
ella la que buscamos, porque Isaías dijo (Is 7, 14) que
había de ser virgen. Con todo eso la temo y aborrezco,
porque será posible que siendo tan virtuosa nazca de ella
la Madre del Mesías o algún gran profeta, y hasta ahora
no la he podido sujetar en cosa alguna, y de su vida
alcanzo menos que de las otras. Siempre me ha resistido
invencible, y fácilmente se me borra de la memoria, y
cuando me acuerdo, no puedo acercarme tanto a ella. Y
no acabo de conocer si esta dificultad y olvido son
misteriosos, o nacen de mi mismo desprecio que hago de
una mujercilla. Pero yo volveré sobre mí, porque en dos
ocasiones estos días me ha mandado y no hemos podido
resistir a su imperio y magnanimidad, con que nos ha
desterrado de nuestra posesión que teníamos en aquellas
personas de donde nos arrojó. Esto es muy digno de
reparo, y sólo por lo que se ha mostrado en estas
ocasiones merece mi indignación. Determino perseguirla
y rendirla y que vosotros me ayudéis en esta empresa con
todas vuestras fuerzas y malicia; que quien se señalare
en esta victoria, recibirá grandes premios de mi gran
poder.
325. Toda la infernal canalla, que atentos oyeron a
Lucifer, alabaron y aprobaron sus intentos, y le dijeron no
tuviese cuidado que por aquella mujer se desharían ni
menguarían sus triunfos, pues tan pujante estaba su
poder y debajo de él tenía casi todo el mundo. Y luego
fueron arbitrando los medios que tomarían para
perseguir a María santísima, por mujer señalada y
singular en santidad y virtudes, y no por Madre del Verbo
humanado, que entonces, como he dicho (Cf. supra n.
130), ignoraban los demonios el sacramento escondido.
De este acuerdo se le siguió luego a la divina Princesa
una larga contienda con Lucifer y sus ministros de
maldad, para que muchas veces le quebrantase la
cabeza a este dragón infernal. Y aunque ésta fue gran
batalla contra él, y muy señalada en la vida de esta gran
Señora, pero después tuvo otra mayor, cuando quedó en
el mundo, después de la subida de su Hijo santísimo a los
cielos. Y de ésta hablaré en la tercera parte (Cf. infra p.
III n. 451-527) de la divina Historia, para donde me han
remitido; porque fue muy misteriosa, como ya era
conocida de Lucifer por Madre de Dios, y de ella habló
San Juan Evangelista en el capítulo 12 del Apocalipsis,
como diré en su lugar (Cf. infra p. III n. 505-532).
326. En la dispensación de los misterios incomparables
de la encarnación, fue admirable la providencia del
Altísimo, y ahora lo es en el gobierno de la Iglesia
católica. Y no hay duda que a esta fuerte y suave
providencia convenía ocultar a los demonios muchas
cosas que no es bien las alcancen, así porque son
indignos de conocer los sagrados misterios, por lo que
arriba dije (Cf. supra n. 318), como también porque en
estos enemigos se ha de manifestar más el poder divino,
para que estén debajo de él oprimidos. Y a más de esto,
porque con la ignorancia de las obras que Dios les oculta,
corre más suavemente el orden de la Iglesia y la
ejecución de todos los sacramentos que Dios ha obrado
en ella, y la ira desmedida del demonio se enfrena mejor
en lo que Su Majestad no le quiere dar permiso. Y aunque
siempre le puede y pudiera oprimir y detener, pero todo
lo dispensa el Altísimo con el modo más conveniente a su
bondad infinita. Por esto ocultó el Señor de estos
enemigos la dignidad de María santísima y el modo
milagroso de su preñado, su integridad virginal antes y
después del parto; y con haberla dado esposo se
disimulaba más esto. Tampoco conocieron la divinidad de
Cristo nuestro Señor con infalible y firme juicio hasta la
hora de su muerte, y desde entonces entendieron muchos
misterios de la redención en que se habían alucinado y
deslumbrado; porque si entonces le hubieran
conocido, antes hubieran procurado estorbar su muerte,
como lo dijo el apóstol (1 Cor 2, 8), que incitar a los judíos
para que se la dieran más cruel, como adelante
declararemos en su lugar (Cf.infra n. 1228, 1251, 1259,
1273), y pretendieran impedir la redención, y manifestar
al mundo que era Cristo verdadero Dios. Y por esto,
cuando le conoció y confesó San Pedro (Mt 16, 16), le
mandó a él y a los demás apóstoles que a nadie lo
dijesen; y aunque por los milagros que hacía el Salvador,
y por los demonios que expelía de los cuerpos, como
refiere san Lucas (Lc 4, 33-55; 8, 30-37), venían en
sospechas de que era el Mesías y le llamaban Hijo de
Dios altísimo, no consentía Su Majestad que dijesen esto;
ni tampoco lo afirmaban con certeza que tuviesen,
porque luego se les desvanecían las sospechas con ver
a Cristo nuestro Señor pobre, despreciado y fatigado,
porque nunca penetraron el misterio de la humildad del
Salvador; su soberbia desvanecida se le deslumbraba.
327. Pues como Lucifer no conocía la dignidad de
Madre de Dios en María santísima, cuando la previno
esta persecución, aunque fue terrible como se verá (Cf.
infra n. 335-374), con todo eso fue más cruel otra que
después padeció sabiendo quién era (Cf. infra p. II n.
452ss). Y si en esta ocasión de que voy hablando
entendiera que ella era la que había visto en el cielo
vestida
327. Pues como Lucifer no conocía la dignidad de Madre
de Dios en María santísima, cuando la previno esta
persecución, aunque fue terrible como se verá (Cf. infra
n. 335-374), con todo eso fue más cruel otra que después
padeció sabiendo quién era (Cf. infra p. III n. 452ss). Y si
en esta ocasión de que voy hablando entendiera que ella
era la que había visto en el cielo vestida del sol y que le
había de quebrantar la cabeza, se enfureciera y deshiciera
en su rabia, convirtiéndose en rayos de ira. Y si
considerándola solamente mujer santa y perfecta se
indignaron todos tanto, cierto es que si conocieran su
excelencia, hubieran turbado toda la naturaleza, cuanto
ellos pudieran para perseguirla y acabar con ella. Pero
como el dragón y sus aliados ignoraban, por una parte, el
oculto misterio de la divina Señora y, por otra, sentían en
ella tan poderosa virtud y la santidad tan extremada, con
esta confusión andaban atentando y conjeturando y se
preguntaban unos a otros quién sería aquella mujer,
contra quien tan flacas reconocían sus fuerzas, y si por
ventura era la que entre las criaturas había de tener el
preeminente lugar.
328. Otros respondían que no era posible ser aquella
mujer Madre del Mesías que aguardaban los fieles,
porque, a más de tener marido, ella y él eran muy pobres
y humildes y poco celebrados en el mundo, y no se
manifestaban con milagros y prodigios, ni se dejaban
estimar ni temer de los hombres. Y como Lucifer y sus
ministros son tan soberbios, no se persuadían que con la
grandeza y dignidad de Madre de Dios eran compatibles
tan extremado desprecio de sí misma y tan rara
humildad; y todo lo que a él le había descontentado
tanto, viéndose con menor excelencia, juzgaba que el
que era poderoso no lo eligiera para sí. Al fin le engañó
su misma arrogancia y desvanecida soberbia, que son los
vicios más tenebrosos para cegar el entendimiento, y
precipitar la voluntad. Por esto dijo Salomón (Sab 2, 21)
que su propia malicia los había cegado, para que no conocieran
que el Verbo eterno había de elegir tales
medios para destruir la arrogancia y altivez de este
dragón, cuyos pensamientos distaban de los juicios del
altísimo Señor más que el cielo dista de la tierra (Is 55,
9); porque juzgaba que Dios bajaría al mundo contra él
con grande aparato y ostentación ruidosa, humillando
con potencia a los soberbios, a los príncipes y monarcas
que el mismo demonio tenía desvanecidos; como se vio
en tantos que precedieron a la venida de Cristo nuestro
Señor, tan llenos de soberbia y presunción, que parecían
haber perdido el seso y el conocimiento de ser mortales y
terrenos. Todo esto lo medía Lucifer por su propia cabeza,
y le parecía que Dios había de proceder en esta venida
como procede él con su furor y condición contra las obras
de nuestro Señor.
329. Pero Su Majestad, que es sabiduría infinita, lo hizo
todo al contrario de lo que juzgó Lucifer, porque vino a
vencerle, no con sola su omnipotencia, pero con la
humildad, mansedumbre, obediencia y pobreza, que son
las armas de su milicia (2 Cor 10, 4), y no con ostentación,
fausto y vanidad mundana, que se alimenta con las
riquezas de la tierra. Vino disimulado y oculto en el
aparato, eligió Madre pobre, y todo lo que el mundo
aprecia vino a desestimar y a enseñar la ciencia de la
vida con doctrina y con ejemplo; con que se halló el
demonio engañado y vencido con los medios que más le
oprimen y atormentan.
330. Ignorando todos estos misterios, anduvo Lucifer
algunos días acechando y reconociendo la condición
natural de María santísima, su complexión, compostura,
sus inclinaciones y el sosiego de sus acciones, tan iguales
y medidas, que era lo que a este enemigo no se le
encubría. Y conociendo que todo esto era tan perfecto y
la condición tan dulce y que todo junto era un muro
invencible, volvió a consultar a los demonios,
proponiéndoles la dificultad que sentía en aquella mujer
para tentarla y que era empresa de gran cuidado.
Fabricaron todos grandes y diversas máquinas de
tentaciones con que acometerla, ayudándose unos a
otros en esta demanda. Y de cómo lo ejecutaron hablaré
en los capítulos siguientes, y del triunfo glorioso que
alcanzó la soberana Princesa de todos estos enemigos y
de sus dañados y malignos consejos fraguados con
iniquidad.
Doctrina de la Reina del cielo María santísima.
331. Hija mía, deseóte muy advertida y atenta para que
no seas poseída de la ignorancia y tinieblas con que
comúnmente están oscurecidos los mortales, olvidando su
salud eterna, sin considerar su peligro, por la incesante
persecución de los demonios para perderlos. Así
duermen, descansan y se olvidan los hombres, como si no
tuviesen enemigos fuertes y vigilantes. Este formidable
descuido se origina de dos causas: la una, que los
hombres están tan entregados a lo terreno, animal (1 Cor
2, 14) y sensible, que no saben sentir otras heridas más
de las que tocan al sentido animal; todo lo demás interior
no les ofende en su estimación. La otra razón es porque
los príncipes de las tinieblas son invisibles y ocultos al
sentido (Ef 6, 12), y como los hombres carnales no los
tocan, ni los ven, ni sienten, olvídanse de temerlos; siendo
así que por eso mismo debían de estar más atentos y
cuidadosos, porque los enemigos invisibles son más
astutos y diestros en ofender a traición, y por eso el
peligro es tanto más cierto cuanto es menos manifiesto, y
las heridas tanto más mortales cuanto menos sensibles,
imperceptibles y menos sentidas.
332. Oye, hija, las verdades más importantes para la
vida verdadera y eterna. Atiende a mis consejos, ejecuta
mi doctrina y recibe mis amonestaciones, porque si te
dejas con descuido, enmudeceré contigo. Advierte, pues,
lo que hasta ahora no has penetrado de la condición de
estos enemigos: porque te hago saber que ningún entendimiento,
ni lengua de hombres, ni de los ángeles,
pueden manifestar la ira (Ap 12, 12) y furiosa saña que
Lucifer y sus demonios tienen concebida contra los
mortales, porque son imagen del mismo Dios y capaces
de gozarle eternamente. Sólo el mismo Señor comprende
la iniquidad y maldad de aquel pecho soberbio y
rebelado contra su santo nombre y adoración. Y si con su
poderoso brazo no tuviera oprimidos a estos enemigos,
en un momento destruyeran el mundo, y más que leones
hambrientos, dragones y fieras despedazaran a todos los
hombres y rasgaran sus carnes. Pero el Padre
piadosísimo, padre de las misericordias, defiende y
enfrena esta ira y guarda entre sus brazos a sus hijuelos
para que no caigan en el furor de estos lobos infernales.
333. Considera, pues, ahora, con la ponderación que
pudieres, si hay dolor tan lamentable como ver tantos
hombres oscurecidos y olvidados de tal peligro, y que
unos por liviandad, por ligeras causas, por un deleite
breve y momentáneo, otros por negligencia y otros por
sus apetitos desordenados, se arrojen todos voluntariamente,
desde el refugio donde los pone el Altísimo, a las
furiosas manos de tan impíos y crueles enemigos; y esto
no para que una hora, un día, un mes o un año ejecuten
en ellos su furor, sino para que lo hagan eternamente con
tormentos indecibles e imponderables. Admírate, hija
mía, y teme de ver tan horrenda y formidable estulticia
de los mortales impenitentes, y que los fieles, que esto
conocen por fe, hayan perdido el seso y los tenga el
demonio tan dementados y ciegos en medio de la luz que
les administra la fe verdadera y católica que profesan
que ni ven ni conocen el peligro, ni saben apartarse de
él.
334. Y para que tú más le temas y te guardes, advierte
que este dragón te reconoce y acecha desde la hora que
fuiste criada y saliste al mundo, y noche y día te rodea
sin descansar, para aguardar lance en que hacer presa
en ti, y observa tus naturales inclinaciones, y aun los
beneficios del Señor, para hacerte guerra con tus propias
armas. Hace consulta con otros demonios sobre tu ruina y
les promete premios a los que más la solicitaren; y para
esto pesan tus acciones con grande desvelo y miden tus
pasos y todos trabajan en arrojarte lazos y peligros para
cada obra y acción que intentas. Todas estas verdades
quiero veas en el Señor, donde conocerás a dónde
llegan, y mídelas después con la experiencia que tienes,
que careándolo entenderás si es razón que duermas
entre tantos peligros. Y aunque a todos los nacidos les
importa este desvelo, a ti más que a otro ninguno por
especiales razones, que aunque no todas te las
manifiesto ahora, no por eso dudes de que te conviene
vivir vigilantísima y atenta; y basta que conozcas tu
natural blando y frágil, de que se aprovecharán contra ti
tus enemigos.
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