Mistica Ciudad de Dios - Virgen María
 
por María de Agreda

 - Treasury of Prayers, Catholic inspirations, meditations, reflexions Declárase el modo como nuestra gran Reina ejecutaba la doctrina del Evangelio que su Hijo santísimo la enseñaba.

INDICE   Libro  5   Capítulo  8    Versos:  795-806


795. En la edad y en las obras iba creciendo nuestro Salvador, pasando ya de la puericia, y en todas consumando las obras que en cada una le encomendó el Eterno Padre en beneficio de los hombres. No predicaba en público, ni tampoco hacía entonces en Galilea tan patentes milagros como hizo después y había hecho antes algunos en Egipto, pero oculta y disimuladamente siempre obraba grandes efectos en las almas y en los cuerpos de muchos. Visitaba los pobres y enfermos, consolaba los tristes y afligidos y a éstos y otros muchos reducía a la salvación eterna de las almas, ilustrándolas con el consejo particular y moviéndolas con internas inspiraciones y favores, para que se convirtiesen a su Criador y apartasen del demonio y de la muerte. Estos beneficios eran continuos, y para hacerlos salía muchas veces de casa de su beatísima Madre. Y aunque los hombres conocían que con las palabras y presencia de Jesús eran movidos y renovados, pero, como en el misterio estaban ignorantes, enmudecían no sabiendo a quién atribuirlo más que al mismo Dios. La gran Señora del mundo conocía en el espejo del alma santísima de su Hijo y por otros medios todas estas maravillas que hacía, y en estando juntos le adoraba y daba gracias por ellas, postrada siempre a sus pies.
796. Lo restante del tiempo gastaba el Hijo santísimo con su Madre y ocupándole en oración y enseñarla y conferir con ella los cuidados que como buen pastor tenía de su querida grey y los méritos que para su remedio quería acumular y los medios que en orden a su salvación determinaba aplicar. Atendía la prudentísima Madre a todo y cooperaba con su divina sabiduría y amor, asistiéndole en los oficios que disponía con el linaje humano, de padre, hermano, amigo y maestro, abogado, protector y reparador. Y estas conferencias tenían o por palabras o por las mismas operaciones interiores, con que Hijo y Madre también se hablaban y entendían. Decíale el Hijo santísimo: Madre mía, el fruto de mis obras en que quiero fundar la Iglesia ha de ser una doctrina y ciencia, que creída y ejecutada sea vida y salvación de los hombres; una Ley Santa y eficaz, poderosa para extinguir el mortal veneno que Lucifer derramó en los corazones humanos por la primera culpa. Quiero que por medio de mis preceptos y consejos se espiritualicen y levanten a la participación y semejanza de mí mismo y sean depósitos de mis tesoros viviendo en carne, y después lleguen a la participación de mi eterna gloria. Quiero dar al mundo renovada, mejorada y con nueva luz y eficacia la ley que di a San Moisés, para que comprenda preceptos y consejos.
797. Todos estos intentos del Maestro de la vida conocía su divina Madre con profundísima ciencia y con igual amor los admitía, reverenciaba y agradecía, en nombre de todo el linaje humano. Y como el Señor le iba manifestando singularmente todos y cada uno de estos grandes sacramentos, iba conociendo Su Alteza la eficacia que daría a todos y a la ley y doctrina del Evangelio y los efectos que en las almas haría si la guardasen y el premio que les correspondería, y de antemano obró en todo como si lo ejecutara por cada una de las criaturas. Conoció expresamente todos los cuatro Evangelios, con las palabras formales y misterios que los Evangelistas los habían de escribir y en sí misma entendió la doctrina de todos, porque su ciencia excedía a la de los mismos escritores y pudiera ser su maestra en declarárselos, sin atender a sus palabras. Conoció asimismo que aquella ciencia era como copiada de la de Cristo y que con ella eran como trasladados y copiados los Evangelios que se habían de escribir y quedaban en depósito en su alma, como las tablas de la ley en el arca del testamento, para que sirviesen de originales legítimos y verdaderos a todos los santos y justos de la ley de gracia, porque todos habían de copiar la santidad y virtudes de la que estaba en el archivo de la gracia, María santísima.
798. Diole también a conocer su divino Maestro la obligación en que la ponía de obrar y ejecutar con suma perfección toda esta doctrina, para los altísimos fines que tenía en este raro beneficio y favor. Y si aquí hubiéramos de contar cuan adecuada y cabalmente lo cumplió nuestra gran Reina y Señora, fuera necesario repetir en este capítulo toda su vida, pues fue toda una suma del Evangelio, copiada de su mismo Hijo y Maestro. Véase lo que esta doctrina ha obrado en los Apóstoles, Mártires, Confesores y Vírgenes, en los demás Santos y justos que han sido y serán hasta el fin del mundo; nadie, fuera del mismo Señor, lo puede referir y mucho menos comprender. Pues consideremos que todos los Santos y justos fueron concebidos en pecado y todos pusieron algún óbice, y no obstante esto pudieron crecer en virtudes, santidad y gracia, pero dejaron algún vacío para ella; mas nuestra divina Señora no padeció estos defectos ni menguantes en la santidad y sola ella fue materia dispuesta adecuadamente, sin formas repugnantes a la actividad del brazo poderoso y a sus dones, fue la que sin embarazo ni resistencia recibió el torrente impetuoso de la divinidad (Sal 45, 5), comunicada por su mismo Hijo y Dios verdadero. Y de aquí entenderemos que sólo en la visión clara del Señor y en aquella felicidad eterna llegaremos a conocer lo que fuere conveniente de la santidad y excelencia de esta maravilla de su omnipotencia.
799. Y cuando ahora, hablando en general y por mayor, quiera yo explicar algo de lo que se me ha manifestado, no hallo términos con que decirlo; porque nuestra gran Reina y Maestra guardaba los preceptos y doctrina de los consejos evangélicos según la profunda inteligencia que de todos le habían dado, y ninguna criatura es capaz de conocer a dónde llegaba la ciencia e inteligencia de la Madre de la sabiduría en la doctrina de Cristo, y lo que se entiende excede a los términos y palabras que todos alcanzamos. Pongamos ejemplo en la doctrina de aquel primer sermón que hizo el Maestro de la vida a sus discípulos en el monte, como lo refiere San Mateo en el capítulo 5 (Mt 5, 3), donde se comprendió la suma de la perfección Evangélica en que fundaba su Iglesia, declarando por bienaventurados a todos los que le siguiesen.
800. Bienaventurados —dijo nuestro Señor y Maestro—los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Este fue el primero y sólido fundamento de toda la vida evangélica. Y aunque los Apóstoles y con ellos nuestro Padre San Francisco la entendieron altamente, pero sola María santísima fue la que llegó a penetrar y pesar la grandeza de la pobreza de espíritu; y como la entendió, la ejecutó hasta lo último de potencia. No entró en su corazón imagen de riquezas temporales, ni conoció esta inclinación, sino que, amando las cosas como hechuras del Señor, las aborrecía en cuanto eran tropiezo y embarazo del amor divino y usó de ellas parcísimamente y sólo en cuanto la movían o ayudaban a glorificar al Criador. A esta perfectísima y admirable pobreza era como debida la posesión de Reina de todos los cielos y criaturas. Todo esto es verdad; pero todo es poco para lo que entendió, apreció y obró nuestra gran Señora el tesoro de la pobreza de espíritu, que es la primera bienaventuranza.
801. La segunda: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra (Mt 5, 4). En esta doctrina y en su ejecución excedió María santísima con su mansedumbre dulcísima, no sólo a todos los mortales, como San Moisés en su tiempo a todos los que entonces eran (Num 12, 3), pero a los mismos ángeles y serafines, porque esta candidísima paloma en carne mortal estuvo más libre en su interior y potencias de turbarse y airarse en ellas, que los espíritus que no tienen sensibilidad como nosotros. Y en este grado inexplicable fue señora de sus potencias y operaciones del cuerpo terreno y también de los corazones de todos los que la trataban, y poseía la tierra de todas maneras, sujetándose a su obediencia apacible. La tercera: Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados (Mt 5, 5). Entendió María santísima la excelencia de las lágrimas y su valor, y también la estulticia y peligro de la risa y alegría mundana (Prov 14, 13), más de lo que ninguna lengua puede explicar; pues cuando todos los hijos de Adán, concebidos en pecado original y después manchados con los actuales, se entregan a la risa y deleites, esta divina Madre, sin tener culpa alguna ni haberla tenido, conoció que la vida mortal era para llorar la ausencia del sumo bien y los pecados que contra él fueron y son cometidos; llorólos dolorosamente por todos, y merecieron estas lágrimas inocentísimas las consolaciones y favores que recibió del Señor. Siempre estuvo su purísimo corazón en prensa a la vista de las ofensas hechas a su amado y Dios eterno, con que destilaba agua que derramaban sus ojos y su pan de día y de noche era llorar (Sal 41, 4) las ingratitudes de los pecadores contra su Criador y Redentor. Ninguna pura criatura ni todas juntas lloraron más que la Reina de los Ángeles, estando en ellas la causa del llanto y lágrimas por la culpa y en María santísima la del gozo y leticia por la gracia.
802. En la cuarta bendición, que hace bienaventurados a los sedientos y hambrientos de la justicia (Mt 5, 6), alcanzó nuestra divina Señora el misterio de esta hambre y sed y la padeció mayor que el hastío de ella que todos los enemigos de Dios han tenido y tendrán. Porque llegando a lo supremo de la justicia y santidad, siempre estuvo sedienta de hacer más por ella y a esta sed correspondía la plenitud de gracia con que la saciaba el Señor, aplicándole el torrente de sus tesoros y suavidad de la divinidad. La quinta bienaventuranza de los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia de Dios (Mt 5, 7), tuvo un grado tan excelente y noble que sólo en ella se pudo hallar; por donde se llama Madre de Misericordia, como el Señor se llama Padre de las Misericordias (2 Cor 1, 3). Y fue que, siendo ella inocentísima, sin culpa alguna de que pedir a Dios misericordia, la tuvo en supremo grado de todo el linaje humano y le remedió con ella. Y porque conoció con altísima ciencia la excelencia de esta virtud, jamás la negó ni negará a nadie que se la pidiere, imitando en esto perfectísimamente al mismo Dios, como también en adelantarse (Sal 58, 11) y salir al encuentro a los pobres y necesitados para ofrecerles el remedio.
803. La sexta bendición, que toca a los limpios de corazón, para ver a Dios (Mt 5, 8), estuvo en María santísima sin semejante. Porque era electa como el sol (Cant 6, 9), imitando al verdadero Sol de Justicia y al material que nos alumbra y no se mancha de las cosas inferiores e inmundas; y en el corazón y potencias de nuestra Princesa purísima jamás entró especie ni imagen de cosa impura, antes en esto estaba como imposibilitada por la pureza de sus limpísimos pensamientos, a que desde el primer instante pudo corresponder la visión que tuvo en él de la divinidad y después las demás que en esta Historia se refieren (Cf. supra p. I n. 333, 430; p. II n. 138, 473; infra p. III n. 62, 494, etc.), aunque por el estado de viadora fueron de paso y no perpetuas. La séptima, de los pacíficos que se llamarán hijos de Dios (Mt 5, 9), se le concedió a nuestra Reina con admirable sabiduría, como la había menester para conservar la paz de su corazón y potencias en los sobresaltos y tribulaciones de la vida, pasión y muerte de su Hijo santísimo. Y en todas estas ocasiones y las demás fue un vivo retrato de su pacificación. Nunca se turbó desordenadamente y supo admitir las mayores penas con la suprema paz, quedando en todo perfecta Hija del Padre celestial; y este título de Hija del Padre Eterno se le debía singularmente por esta excelencia. La octava, que beatifica a los que padecen por la justicia (Mt 5, 10), llegó en María santísima a lo sumo posible; pues quitarle la honra y la vida a su Hijo santísimo y Señor del mundo, por predicar la justicia y enseñarla a los hombres, y con las condiciones que tuvo esta injuria, sola María y el mismo Dios la padecieron con alguna igualdad, pues era ella verdadera Madre, como el Señor era Padre de su Unigénito. Y sola esta Señora imitó a Su Majestad en sufrir esta persecución y conoció que hasta allí había de ejecutar la doctrina que su divino Maestro enseñaría en el Evangelio.
804. A este modo puedo declarar algo de lo que he conocido de la ciencia de nuestra gran Señora en comprender la doctrina del Evangelio y en obrarla. Y lo mismo que he declarado en las Bienaventuranzas podía decir de los demás preceptos y consejos del Evangelio y de sus parábolas; como son el precepto de amar a los enemigos, perdonar las injurias, hacer las obras ocultas o sin gloria vana, huir la hipocresía; y con esta doctrina toda la de los consejos de perfección y las parábolas del tesoro, de la margarita, de las vírgenes, de la semilla, de los talentos y cuantas contienen todos cuatro Evangelistas. Porque todas las entendió con la doctrina que contenían, con los fines altísimos a donde el divino Maestro las encaminaba, y todo lo más santo y ajustado a su divina voluntad entendió cómo se había de obrar y así lo ejecutó sin omitir sola una tilde ni una letra (Mt 5, 18). Y de esta Señora podemos decir lo mismo que dijo Cristo nuestro bien: que no vino a soltar la ley sino a cumplirla.

Doctrina de la Reina del cielo María santísima.

805. Hija mía, al verdadero maestro de la virtud le conviene enseñar lo que obra y obrar lo que enseña (Mt 5, 19), porque el decir y el hacer son dos partes del magisterio, para que las palabras enseñen y el ejemplo mueva y acredite lo que se enseña, para que sea admitido y ejecutado; todo esto hizo mi Hijo santísimo, y yo a su imitación. Y porque no siempre había de estar Su Majestad ni yo tampoco en el mundo, quiso dejar los Sagrados Evangelios como trasunto de su vida, y también de la mía, para que los hijos de la luz, creyendo en ella y siguiéndola, ajustasen sus vidas con la de su Maestro, con la observancia de la doctrina evangélica que les dejaba; pues en ella quedaba practicada la doctrina que el mismo Señor me enseñó y me ordenó a mí para que le imitase; tanto como esto pesan los Sagrados Evangelios y tanto los debes estimar y tener en extremada veneración. Y te advierto que para mi Hijo santísimo y para mí es de grande gloria y complacencia ver que sus divinas palabras, y las que contienen su vida, son respetadas y estimadas dignamente de los hombres, y por el contrario reputa el Señor por grande injuria que sean los Evangelios y su doctrina olvidada de los hijos de la Iglesia, porque hay tantos en ella que no entienden, atienden, ni agradecen este beneficio, ni hacen de él más memoria que si fueran paganos o no tuvieran la luz de la fe.
806. Tu deuda es grande en esta parte, porque te ha dado ciencia de la veneración y aprecio que yo hice de la doctrina evangélica y de lo que trabajé en ponerla por obra; y si en esto no has podido conocer todo lo que yo obraba y entendía —que no es posible a tu capacidad—por lo menos con ninguna nación he mostrado mi dignación más que contigo en este beneficio. Atiende, pues, con gran desvelo cómo has de corresponder a él y no malograr el amor que has concebido con las divinas Escrituras, y más con los Evangelios y su altísima doctrina. Ella ha de ser tu lucerna (Sal 118, 105) encendida en tu corazón, y mi vida tu ejemplar y dechado, que sirva para formar la tuya. Pondera cuánto vale y te importa hacerlo con toda diligencia y el gusto que recibirá mi Hijo y mi Señor y que de nuevo me daré yo por obligada para hacer contigo el oficio de madre y maestra. Teme el peligro de no atender a los llamamientos divinos, que por este olvido se pierden innumerables almas, y siendo tan frecuentes y admirables los que tienes de la liberal misericordia del Todopoderoso y no correspondiendo a ellos sería tu grosería reprensible y aborrecible al Señor, a mí y a sus santos.
Apostolado del Trabajo de Dios - mcdd #139

INDICE  Arriba ^^